27 Abril 2012
Querid@s Tod@s:
Ahí estaba yo con mis amigas Hilaria y Casilda a las que hacía mucho tiempo que no veía. Hilaria estaba feliz pero suspicaz, ausente, antojadiza, y nada más vernos desparramó encima de la mesa donde estaban las copas todo un arsenal de cremas farmacéuticas. Casilda alarmada abrió los ojos de par en par sujetando su copa al vuelo mientras preguntaba si estaba enferma, a lo que Hilaria replicó que algo así sólo que en peor; ¡estaba embarazada!. ¡Dios mío!, ¡pero si eso es fabuloso!, ¿no?. Bueno, se supone que es algo fabuloso si como ella se está casada - y en su caso muy bien casada- se tiene veintinueve años, una casa comprada por sus suegros, un coche familiar fabuloso donde hay hasta un compartimento muy estilo años cuarenta para el neceser, un perrito de raza exótica traído de la mismísima isla de Barbados, una VISA oro a su nombre que recargaba el tío bueno de su marido, y para más INRI tenía en su casa toda una agenda llena de tarjetas con los nombres de los interioristas mejor reputados para decorarle la nueva casa vacacional. Casilda bebió un sorbito a su copa intentando controlar su ira mientras le preguntaba el por qué si lo tenía todo no estaba contenta, Hilaria la miró recelosa pensando que claramente se estaba riendo de ella con esa pregunta tan irónica; pues no estaba contenta porque tenía una clara tendencia a las estrías. Así que tenía que elegir entre zapatos de doce centímetros de tacón que hasta después de siete meses y medio no podría usar casi con toda probabilidad o tener la tripa como un acordeón a cambio de un ser humano tamaño Nancy llorando, moqueando, y tirando por la borda todos sus fabulosos planes de recién casada. Yo estaba absorta, era incapaz de articular palabra, tan sólo se me iban los ojos a los precios de esas cremas que sin ser liberadas de su envoltorio olían al mismo tiempo a salud y a locura.
Las mujeres somos algo así como unas ingratas con nosotras mismas, parece que llevamos implantados un gen que nos imposibilita ante el hecho de ser totalmente felices o tener una actitud complacida. Es como si el hecho de ser honesta y plácidamente felices nos inquiete tanto que tenemos que retorcerlo todo no creyendo que el destino nos tenga esa sensación delegada a nosotras, así que al no fiarnos, tenemos que buscar el lado negativo de todo. La inseguridad es un mal que claramente se trasmite a los cromosomas X, por lo que cuando la vida parece sonreírnos y nos da el privilegio de concedernos una tregua dándonos un cuento de hadas por vida, le hacemos un corte de mangas diciéndole al destino: "¡ey, tú!, ¡si te crees que no me he dado cuenta de que quieres engañarme estás equivocado!, ¡que sé perfectamente lo que tramas y no me hace ninguna gracia!..."
Así que ahí estaba Hilaria, delante de nosotras con ganas de abofetearla y hacerle tragar los quinientos veinte euros en cremas antiflacidez, vitaminas de todo tipo, cremas de ácido fólico, elastina... diciendo que lo suyo era un revés del universo para que no pudiera ser feliz. Y mientras bebía su zumo de papaya seguía con las manos puestas en su tripa rogándole a Dios que esa criaturita que crecía imparable en sus entrañas fuera un chico, que según aseguraba, se criaban mejor y daban menos guerra: "... así se lo lleva Ernesto a jugar al golf mientras yo voy a Pilates, y cuando quiera ir de compras que Ernesto se lo lleve a hacer ski acuático o a que de clases de navegación... ¿Tú crees?, ah! pues no había pensado que para eso hubiese un mínimo de edad, bueno, Ernesto tiene muchos hobbies, y es muy bueno con los números, ya se lo llevará a algún sitio o si no, que le de clases de álgebra que cuanto antes empiece su carrera financiera mucho mejor..."
Seguro que pensaréis que Hilaria es una total idiota descerebrada, y bueno, no os quito razón, pero en su defensa alego que el no ser una persona muy centrada estaba ligeramente condimentada por un exceso de hormonas unido a una inmadurez ‘in crescendo' que contra todo pronóstico parece que no la va a abandonar nunca. Aquí no es como con la justicia, que se limita de una manera irrevocable a sentenciar basándose en los hechos, sino que aquí deberíamos mirar con lupa acontecimientos que le aminorarían la condena hasta casi la absolución.
Resulta que Hilaria viene de una familia de gente con mucho dinero, su padre, un banquero muy prestigioso, abandonó a su madre cuando ella estaba con un pie sobre la rodilla de ese padre que era casi un héroe de leyenda y con el otro en la adolescencia, marchándose con su secretaria - ¡qué típico!- que era pechugona pero peluda, y no supo de él más que por teléfono hasta pasados los tres años, cuando le fue a recoger al instituto para darle el gran notición; ¡se casaba por segunda vez!, aunque no con la secretaria, sino con la hasta la fecha llamada "putón verbenero" (una exótica rubia de bote con un cuerpazo de quitar el hipo, que era simpática con todos, hasta con ella, y eso la desquiciaba terriblemente porque la abocaba a tener que odiarla en silencio). Su papá era tan terriblemente feliz con la señorita Verbenero que se dedicaba a ganar dinero, hacer unos viajes de escándalo, a hacerle regalos fabulosos con la contraprestación de que jamás tenía tiempo para ella, así que se desquitaba de su conciencia recargándole las tarjetas del móvil y la VISA.
Pero la Verbenero, que sería rubia pero no corta de miras, se encaprichó de un amigo de su padre durante un viaje a Pantelleria, así que su padre ni corto ni perezoso se lió ‘ipso facto' con la hija de este señor, comenzando así un ardiente romance que acabó con denuncias cruzadas. Y papá volvió a casa, a la casa que tenían en Biarritz para las vacaciones, haciendo que Hilaria se ilusionase muchísimo por poder por fin pasar unas navidades en condiciones y tener a su papá sólo para ella. Así que en esas fechas Hilaria y todas las amigas nos reunimos con ella justo cuando acabaron las clases para despedirnos, estábamos muy ilusionadas por verla tan feliz, nosotras en secreto teníamos a su padre subido en el pedestal de los cabrones, pero ella le tenía en el pedestal del súper padre, héroe todopoderoso, el papá de su nena... Y cierto es que en alguna parte de su alma culpaba a su madre por haber dejado marchar a su padre con esa secretaria tetona y peluda, pero al mismo tiempo se compadecía terriblemente por ella, por no haber sido capaz de reunir fuerzas de flaqueza para haberle perdonado y haber vuelto con él. Así era la manera de pensar de Hilaria, así sigue siendo su manera de pensar, y eso que ni tan siquiera ni una sóla vez se preguntó si su padre habría querido volver con su madre o si a su madre aquella humillación le habría dejado el corazón roto para siempre.
Muchas mujeres son así, y por más que avance el mundo con sus privilegios ganados y las condecoraciones progres que nos adentran en la majestuosa potestad de sabernos libres y con unos derechos adquiridos desde la conciencia social y la lucha enrabietada de esas libertadoras que alzaron su voz y sus esfuerzos rompiendo lanzas contra la opresión machista del hombre; adquieren y hacen suyo el poder notorio de la tradición cultural abigarrado en las entrañas de una educación clasista escrita por el hombre y tatuada de por vida en la mujer. Definitivamente hoy en día las normas sociales siguen siendo las escritas por el hombre y las acatadas por la mujer, que continúa la tradición asumiéndola como su deber absoluto, sobretodo en determinados núcleos aburguesados donde el elitismo y el buen vivir hacia afuera imposibilitan en muchos casos una vida hacia dentro sana y libre. Las conjunciones sociales son claramente un yugo esclavizante para aquellos que como Hilaria, son cautivos dentro de una beligerante historia mortal en un cruce entre la liberación histórica del S. XXI, donde cada vez más se confunde uno de los preceptos más importantes de la aristocracia: la que asume que dicha aristocracia no tiene preponderancia social, con los antológicos de la misma y la permisividad. El cruce de fuegos entre los antagónicos sociales siempre ha existido, pero en una era donde impera la clase media destronarse de ella es caer o al vacío de la perdición social, o a la imposición cueste lo que cueste de obtener a toda costa una balsa que te rescate de esas fauces y te deje tranquila sumida en las posibilidades abullonadas del yate de esa vida que ansiamos tener, y de tenerla a mano, ansiamos no perder aún a costa de nuestra felicidad. Podrá parecer una contradicción; ser infeliz por no ser infeliz, pero de toda la vida se sabe que las personas siempre somos contradictorias, y desvelar nuestro mapa de contradicciones es un arduo y estúpido trabajo, no se pueden quitar los antónimos de nuestra vida, si no, todo carecería de sentido. Los sinsentido dan sentido a nuestra vida, como para que haya felicidad ha de haber tristeza, y como para que exista la sensación de hambre debe existir la sensación de saciedad. Así que la gula de Hilaria está implantada no en las tripas, sino en el hecho de llevar una vida perfecta de cuento, de ese cuento del que despertó siendo aún muy niña, empecinada en que su niñez aún no se había acabado porque su cuento no podía ser granate, sino rosa, y porque su padre no podía abandonar a su princesa por unas pelandruscas caza fortunas, ni su padre podría ser un cabrón desconsiderado que dejó a su madre por una secretaria con peras tamaño calabaza de Halloween. Así que sometía su felicidad a pruebas constantes, buscaba un marido que hiciera las veces de su perfecto padre y perfecto padre para sus hijos, y planificaba su vida ordenadamente sin dejar lugar a la improvisación; así que había decidido que los dos primeros años de casados serían sin retoño y quedarse embarazada era algo que por más que buscaba en su agenda no lo encontraba escrito por ningún lado.
E Hilaria llegó por fin a Biarritz, ilusionada ante el hecho de poder estar con su papá después de tanto tiempo y recuperar todo el tiempo perdido. Biarritz, ¡un lugar al que hacía tiempo que no iba pero que conocía tan bien!... Su padre la esperaba en el salón luciendo la mejor de sus sonrisas y abriendo los brazos de par en par para recoger entre ellos a su preciosa niña mayor. Tenía una noticia magnífica que darle e Hilaria no podía esperar más, así que dijo en voz alta: _"¡Vuelves a casa con mamá y conmigo!", a lo que el padre sonrió y dijo: _"¡Casi!, te voy a presentar dentro de un par de horas a tu nueva mamá, se llama Charlotte y te va a encantar, es muy joven y muy sofisticada, le encanta la moda como a ti... Verás que llegaréis a ser grandes amigas!, no os lleváis mucha edad". Así que Hilaria se tragó su entusiasmo mientras se abría en su corazón una brecha paterno- masculina de dolor inagotable y de resentimiento ahogado en la frustración más temeraria y cruel del mundo; jamás se fiaría del todo ni de su padre, ni de ningún espécimen con pene entre las ingles. Lo de Charlotte obviamente acabó con el regalo de la Navidad, ella odiaba a esa Charlotte cuasi perfecta de glúteos almidonados, y Charlotte la odiaba a ella por su insistencia en querer irse a vivir con su adorado "suggar-daddy". Así que recogió el descapotable recién estrenado y se largó sin dar posteriores señales de vida.
Casilda y yo llevábamos treinta y siete minutos enteros escuchando las quejas y lloriqueos de Hilaria, que decidida como estaba a no dejar que su vientre engordase más que lo justo para que naciese un bebé de kilo y medio, no paraba de buscar nuestra aprobación para todo tipo de remedios caseros y químicos que había encontrado en internet en busca del embarazo perfecto. Así que estábamos dándonos irremediablemente a la bebida, sumidas en nuestras propias frustraciones de personas adultas con problemas reales, poníamos cara de absentismo total mientras conspirábamos con la manera legal de hacer que Hilaria dejase sus estupideces y pisara el suelo con los pies, no con los tacones.
Después de Charlotte el papá de Hilaria se casó con Teresa, una señora quince años mayor que él y muy rica, que entró en su vida justamente dos meses antes de que su padre anunciase de un modo público pero familiar, que estaba total y absolutamente arruinado. Así que Teresa, adicta al bótox, al rejuvenecimiento de todo tipo de partes nobles e innobles, operada de todo tipo de cosas operables, y adicta a todo tipo de cremas y sustancias legales o criminales... se convirtió no en la amenaza, sino en la esperanza de tener una nueva segunda mamá a la que convenía tener contenta para seguir acomodada en su status social, y una cómplice con la que contar en caso de necesitar reconstruirse el himen si no se casaba con un ‘chico bien' de toda la vida y tenía que echar mano de un jeque apuesto; en su caso una mamoplastia de aumento considerable a los dieciocho y una liposucción a los veintiuno. Un par de años más tarde Teresa invitó a esquiar a su casa de Suiza a su sobrino, unos diez años mayor que Hilaria, interesante, apuesto y prometedor estudiante de un MBA en Boston que hacía sus pinitos con la bolsa y de un padre, hermano de Teresa, con un marquesado en condiciones de los de toda la vida. Así que el sobrino Ernesto y la encantadora pero desgraciada Hilaria comenzaron un tórrido cortejo que acabó en boda, y visto lo visto; en embarazo.
Hilaria tenía los ojos puestos en otra parte, odiaba ser pesimista, odiaba tener siempre ese miedo al abandono incrustado en las entrañas y por más que intentaba mirar su vida con el prisma de la positividad eso era algo que se le resistía. También odiaba mentir, odiaba tener que fingir siempre ante su perfecto y adorado marido que un celaje de tinieblas se le había aposentado en su alma haciendo decoración con sus principios de señorita perfecta y tenía miedo a que fuese usurpando todo ese gran lugar dónde tenía colocadas las sonrisas perfectas, las perfectas y maduradas acciones que debían resultar ser espontáneas, esos comentarios fantásticos y optimistas... porque entendía que ahí su lista de decoradores no tenían nada que hacer. Así que suspiraba recelosa, asentía sonriente pero dolorida, abría la boca para destilar frases incorruptas de buena voluntad y modales intachables, y sobretodo; simulaba que ella también era consciente de tener esa vida perfecta con la que cualquiera podía soñar y que la disfrutaba como tal siendo todo una gran mentira que le colocaba un peso vibrante y gigantesco sobre su persona. El miedo se apoderaba de ella en cada media hora de retraso de Ernesto, el pavor se le metía de lleno en el estómago cuando tenía que acompañar a su marido a cualquier evento: profesional o lúdico, y el pánico escénico salía a flote cuando casi siempre su inseguridad la mortificaba pensando en lo más profundo de su ser que no merecía esa vida que le había sido asignada. Así que creía a pies juntillas que cuando el destino se diese cuenta de que le había dado el marido perfecto a una farsante perfecta y desgraciada se lo quitaría dándoselo a la Charlotte de turno, que cuando su marido le acariciaba el pelo y le decía que estaba preciosa en realidad podría estar fantaseando con la idea de que la que estaba embarazada en la cama no era ella, Hilaria, sino una nueva secretaria de piernas kilométricas y escote de saldo. Y cuando Ernesto comentaba que sería una buena oportunidad invertir en una fabulosa casa en la costa azul para las vacaciones, lloraba a escondidas pensando que lo mismo era un nidito de amor que ella, incautamente, estaba aprobando para su marido. Y cuando esto mismo ocurrió, Hilaria no dejó de ir a misa todos los días hasta ver firmados los papeles de la escritura, pensando, como bien nos confesó avergonzada después, que tal vez su marido estuviese arruinado y la compra de la villa fuera una excusa para más tarde dar el notición de que lo habían engañado y estaba en la ruina más absoluta. El caso no es que desconfiara de su marido, que no hubiese amor en ese matrimonio más que el deseo de tener una vida perfecta al lado del ‘conveniente', porque lo cierto es que estaban absolutamente enamorados el uno del otro; Ernesto bebía los vientos por ella y ella le admiraba y le adoraba por encima de cualquier otra cosa. Sino que su problema venía de su desconfianza hacia ella misma, a ese odio contra su ser reprimido y miserable que ella misma se creó cuando se sentía en cierto modo culpable por ser pequeña, inmadura e incapaz de entender por qué su padre había abandonado su propia vida ‘perfecta' junto a su madre. Su añoranza de ser feliz era una búsqueda de respuestas no resueltas en su infancia, un cruce de reproches ahogados y callados, un resentimiento no verbalizado de esa madre despechada, que aún abandonada, hablaba de su padre como el mejor marido del mundo utilizando la humillación como un método de barrera entre la sociedad de las apariencias que debía saber lo mártir y exquisita en modales que era, y ese corazón roto de por vida que la marcó con la cicatriz gigantesca de la utilización, el engaño, el desprecio, la degradación, y la negación más absoluta.
La perfecta sala donde nos arremolinábamos entre cojines era verdaderamente acogedora. Luz tenue perfecta que abrigaba las llamas tintineantes de las velas. La casa de Casilda tenía un encanto especial; había libros en los rincones más inhóspitos y nunca sé cómo se las arregla para que aún cuando está desordenada y sin limpiar huela tan condenadamente bien. Puedo asegurar que no he visto en ningún enchufe ambientador alguno. Hilaria a ratos se toca la tripa animada y a ratos se desploma sobre sí misma como una niña pequeña y asustada escondiendo su aún plana barriga debajo del jersey que abullona adrede. Bebe lentamente el brebaje de colores sin alcohol a modo de copa exótica mientras pregunta a Casilda sobre el chico que le gusta.
Casilda hacía dos meses que había conocido a un chico gracias a un intercambio de dos semanas para ejecutivos de su empresa. El chico en cuestión era un holandés que llevaba años viviendo en Barcelona. Así que cuando Casilda llegó a la empresa matriz, cuya sede estaba en la ciudad condal, para entrevistarse con el ejecutivo encargado de los intercambios, Manfred, la saludó cortésmente mientras la secretaria les hacía esperar en la sala de juntas. Pasaban los minutos y comenzaron a charlar animadamente mientras se ponían al tanto de sus cargos y pormenores de la empresa. Finalmente y tras la reunión Casilda llevaba bajo el brazo varios dossieres y un billete de avión para la sucursal de Sevilla. Cuando salió de nuevo se encontró con Manfred, que le sonrió amigablemente y le dio su tarjeta deseándole suerte.
No habían pasado ni cuatro días cuando recibe un correo vía intranet donde Manfred le pregunta cómo le está yendo y si le apetece quedar a cenar el viernes, ya que tiene una despedida de soltero el sábado en Sevilla y no tiene planes para esa noche. Casilda acepta encantada, total, según nos contaba no había terminado de encajar del todo con sus nuevos compañeros de trabajo. El viernes Manfred apareció ante su sorpresa frente a la puerta de entrada de su oficina, había cogido el vuelo anterior y estaba desesperado de dar vueltas solo por la ciudad. Estaba extraordinariamente atractivo, según nos aseguraba Casilda, con el pelo perfectamente engominado y de un castaño brillante. Pero a Casilda le gustaba sobretodo su sonrisa, tenía unos dientes normales pero la forma de sus labios le resultaba especialmente sensual y mucho más atractivos cuando sonreían formándole hoyuelos a dos centímetros de la comisura de la boca. La acompañó hasta el hotel y fue tan caballero que sin tener que decírselo ella espetó que la esperaba abajo en el bar y que se tomase el tiempo que necesitase. Ya, ya... sé que diréis que es lo normal, pero yo no tengo tan claro eso, a ver, que muchos de los que estéis leyendo este relato sabéis más que de sobra que no siempre sale de vosotros el mencionar que os quedáis abajo, que os hacéis los remolones por lo que pudiese pasar, ¿o no, chicas?. Así la cosa y tres cuartos de hora después Manfred está parando un coche de caballos para que les lleve a dar una vuelta por la ciudad; hacía una temperatura de lo más agradable.
Pasearon por Santa Cruz, ese barrio de arte cubierto de balcones de hierro atrapando geranios rojos apunto de sangre mientras de las losas empedradas de los callejones sale un reguero de incienso árabe acompasado por el taconeo de los tablaos flamencos. Casilda iba cogida a su brazo, apenas lo tenía sujeto para no caerse por culpa de los tacones que iban desgastando sus tapas en aquellos añejos adoquines de piedra. Cenaron en un patio dentro de un palacete señorial que acogía apenas ocho mesas. Desde la fuente del cenador se reflejaba la luna, de la noche apenas brotaba una ligera brisa que emponzoñaba la piel volviéndola sensible y erecta, como queriendo despegarse del cuerpo con tibios escalofríos. Manfred le colocó su americana por los hombros, y complacida le agradeció el gesto con una sonrisa mientras el helado de té se iba derritiendo poco a poco en el plato.
Le gustaba Manfred, le cogía la mano cálidamente mientras se encaminaban a su hotel... La magia de la madrugada de primavera la envolvía de un optimismo prometedor ante esa sensación de tensión no resuelta. Pero Casilda sólo sabía que le gustaba, y que él sentía cierta atracción evidente hacia ella, pero no podía asegurar más allá de eso. De hecho él la besó, sí, pero en la mejilla cuando la dejó a la puerta de su hotel y se despidió. Y la llamaba, sí, pero a pesar de que mantenían largas charlas por ninguno de sus contenidos podía afirmar que él estuviese flirteando o insinuando un paso más allá. Así que estaba descolocada, ebria por la emoción de sentir las atenciones del chico que le gustaba, pero confundida por no saber bien de qué manera estaba interesada. Sin ir más lejos, nos enseña, hoy le ha mandado una foto por correo de cómo iba vestido -Hilaria y yo pegamos las cabezas para mirar la pantalla de su móvil, ¡desde luego era bien pintón!-... ¡Pero eso sólo se hace con las amigas!, ¿no?, nos preguntaba. Lo cierto es que ninguna sabíamos qué decirle. Por un lado estaba claro que tenía interés, pensaba en ella y lo demostraba llamándola, mandándole mensajes, proponiéndole cenas... pero por otro lado también tuvo la oportunidad de besarla, de liarse con ella, y no parecía muy dispuesto a dar ningún paso al respecto. ¡No sabíamos qué pensar!. Casilda dijo que lo mismo era gay, o que le gustaba tanto, tantísimo que quería ir conociéndola despacito para no equivocarse; al fin y al cabo estaban viviendo en ciudades distintas, y aunque ambos pudiesen trasladarse a otras sucursales dentro de la empresa siempre era un paso arriesgado que había que meditar. Resolvimos que no se tenía que agobiar para nada, que diera tiempo al tiempo, y un sin fin de frases hechas cuyo contenido todos conocemos de sobra y sabemos que en determinados casos no nos quita ni un ápice la ansiedad.
En fin, que la noche dio para largo, hablando de todo y de nada... llegando a ninguna conclusión pero tratando de arreglar el mundo. Aunque una cosa sí queda clara: en el mundo de las relaciones, como con la amistad, las cosas son verdaderamente complicadas independientemente del sexo, y sobretodo; que no hay cosa en el mundo que más nos inquiete que el tema de las relaciones humanas y el amor.
Un Besazo,
Rocío Medina
P.D.: ¿Qué opináis de Casilda?. ¿Creéis que en algún momento comenzará a madurar?. ¿Pesará su bebé el kilo y medio que ella tiene programado?. ¿Será niño y jugará al golf con Ernesto?
P.D.1: ¿Qué opináis del asunto de Manfred?; ¿está verdaderamente interesado en ella?, ¿de qué manera?. ¿Creéis que pueda ser homosexual?
servido por rociomedina
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8 Marzo 2012
Querid@s Tod@s:
No podría empezar a escribir hoy con tranquilidad si no resuelvo cuanto antes un asunto que me ronda la cabeza y que es motivo de una perenne discusión con un acalorado y testarudo amigo psiquiatra.
Resulta que dicho amigo, pongamos que se llama J.T., no tiene más manía que decirme que los médicos - ¡todos!- en Barcelona, que es donde él vive y ejerce, van siempre vestidos con vaqueros y zapatillas (él las llama "bambas" independientemente de que sean o no de esta marca, sino "bambas" a secas; como el distrito de Corongo, como ese postre que relleno de nata está para chuparte los dedos, como el himno popular de Veracruz...) Hombre, le digo yo afanosamente, seguro que todos no irán así, pero él me asegura que hasta su jefe que es catedrático de la facultad donde estudiaba va calzado de esa guisa. Pues yo, ¡qué queréis que os diga!, me parece muy importante el atuendo del facultativo que te atienda; por aquello de la imagen vale más que mil palabras. Y sobretodo porque reconociéndolo o no, la idea de que un médico ejerza con su corbata y sus buenos zapatos nos induce a pensar que es un tío pulcro, refinado, que sabe estar atento a que sus indicadores no verbales seduzcan la idea de ser un tío forjado y culto en la materia, que no para de estudiar y estudiar, y además sabe de la importancia que la comunicación no verbal nos sugiere - porque amén de la gestualidad también es un consabido precepto del mismo la importancia de ir acorde en físico y vestimenta con la idea que se quiere transmitir- O sea; que el ir impecablemente vestidos nos insinúa el concepto de un tío que "sabe estar" y que es un profesional maduro a pesar de los años que se tenga.
Porque claro, el ir con zapatillas -"bambas"- cuando se tiene treinta años y se está en la presencia de un paciente, si fuese yo pensaría; no dudo que igual sepa distinguir un hígado de un ovario, pero este chico parece recién salido de la facultad y eso no mola nada de nada cuando tengo mi vida - y en este caso la salud mental- puesta en manos de este tipejo. En cambio si lo veo con sus buenos zapatos, ahí la cosa cambia, ahí yo pienso; ¡hombre!, por lo menos parece un tío serio, se ve jovencito... pero estoy segura que debe ser un portento en medicina, el "number one" de la psique; joven pero en su sitio, con criterio... Y lo mismo si lo veo con vaqueros. ¿Cómo va a ser igual un médico con vaqueros y zapatillas que un médico con sus pantalones bien planchados y sus zapatos bien limpios?; ¡pues no hay color!. Además, que un psiquiatra en este caso debería tener esto más en cuenta que nadie; porque al margen de frivolidades me dirás tú que entra a la consulta una paciente bipolar y se lleva el disgusto padre al ver que su médico mientras le receta el uranio -perdón, el plutonio, digo... el litio; ¡si ya decía yo!- está con un pie sobre el suelo y con el otro pie sobre la bamba mientras tiene un tic nervioso en la pierna, entonces los ojos se le van al pantalón y resulta que es vaquero; ¿qué seriedad es esa?. ¡Pues salen corriendo!. Dicen: este tío que va en bambas, y se las está pisando todo el tiempo, y con las cordoneras sucias, y encima con vaqueros... Éste tipo tiene más psicosis maníaco-depresivas que yo. Y claro no me extraña que la paciente salga pitando como alma que lleva el diablo y con un ataque doble de excitabilidad que ahora le obliga a tener que ingresar pero no en el psiquiátrico, sino en el cardiólogo mucho antes de lo previsto.
En cambio si el médico lleva sus zapatos, con o sin cordones, uno no se los pisa; como mucho mueve una pierna si se hace pis mientras la señora le va contando que el otro día pasó de la risa al llanto en menos tiempo de lo que venía siendo habitual (venía tan contenta ella de la compra y se encontró al marido en la cama con otra... Aunque claro, cualquiera en esta situación sentiría lo mismo), y que cuando ya creía que estaba hundida del todo agarró un cuchillo jamonero y le rebanó al marido una oreja - que era lo que más a mano le pilló- y acto seguido le vino tal ataque de risa que sin querer se tragó la oreja.
De todos modos ahora que lo pienso es tan complejo eso de la psiquiatría que a saber si el ir en zapatillas y vaqueros es un truco para que las señoras se centren exclusivamente en el hecho de no sentirse discriminadas por ser los bichos "raros" de una sociedad donde los problemas mentales son vistos como una plaga a extinguir contagiosa y llena de veneno. Tal vez esta cruel sociedad que trata a los dolientes de patologías psíquicas como unos apestados tenga la culpa de que los psiquiatras vayan con "alpargatas" (a ver, si usáis bambas en invierno seguro que en verano lleváis las esparteñas, aunque eso sí; con el talón bien puesto y nada de chancletas que lo mismo se os pega algo de verdad, que a veces en los hospitales hay muchos más contagios ¡faltaría más!) y vaqueros.
Por ahí he oído tantas veces entre mis amigos y familiares médicos que no hay que poner distancia entre el paciente y el galeno que yo creo que nadie se ha parado a pensar en qué narices tiene eso que ver con la vestimenta. Así que muchos que van de ‘guay' -y no miro a nadie- una vez que han esgrimido esa frase polvorienta han deducido que la distancia se mira en si llevan o no la bata. Y como muchos no se han tragado mi discurso del "buen vestir" a pies juntillas, y al cabo del tiempo ya no saben de qué manera combinarse el ‘look' adecuadamente, han vuelto al recurso de la bata que siempre queda bien. Así que han decidido que la famosa distancia esa no sea directamente proporcional al hecho de llevar o no la bata, sino al hecho de centrarse como corresponde a su paciente pero utilizando un lenguaje molón, o grotesco, o bestia, o barriobajero, o culto... según sea el paciente para que le pueda entender bien. Por ejemplo: _ "Doctor, vengo porque me duele mucho el hígado", respuesta del doctor: _"El hígado en sí no duele, señor López, es imposible del todo debido a su conformación, lo que usted siente es dolor por la distensión de la ‘Cápsula de Glisson'; ya que ésta sí posee terminaciones nerviosas sensitivas... Pero el hígado (¡alma de cántaro!), ¡que es una glándula anexa al tubo digestivo...! ¡A ver si lo que le duele es el aparato hepatobiliar..."". ¡Pues lo mismo!, ¡fíjate tú que yo eso no lo había pensado!.
Pero si es un médico con zapatos, pantalones bien planchados, y su bata bien blanca y sin arrugas donde ponga en el bolsillo con letras bien grandes "Doctor Fulano", seguro que lo que nos dice para que no haya esa distancia es: _"Señor López, a su hígado no le pasa nada de nada... ¡Que no se preocupe usted!, que haberse comido de los " Cien Montaditos" cien montaditos no inflama el hígado; pero desde luego ha hecho usted trabajar de lo lindo a su vesícula (aquí el doctor piensa; la de bilis que el jodido ha tenido que secretar...) De todos modos yo lo que creo es que si al final se pidió los cien montaditos de verdad y no probó bocado -saciedad prematura- entonces la acidez que siente y el dolor... ¿a que está eructando mucho?, ¿lo ve?; pues eso, ¡lo que yo decía, Señor López!, que a usted le duele la parte derecha del abdomen pero no el hígado...(la dispepsia es lo que tiene)"
Así que el Señor López después de visitar al médico ‘informal & guay' que va con zapatillas y vaqueros, que parece ser lo más de lo más - sin distancia ni nada de eso-, concluyó: _ "¡Este tío es la leche!... Tiene que ser buenísimo, pero yo no me he enterado de nada, Antonia -Antonia es su mujer- que me ha dicho que se me ha alojado una cápsula ahí dentro del tubo digestivo, y que tengo hepatitis y la bilis hecha mierda... Bueno, debo tener algo realmente grave que la pobre criatura ha venido derecho del parque de beber litronas a la consulta... ¡Si hasta se ha sentado a mi lado y sólo le faltaba cogerme la mano...! Yo creo que me van a tener que hacer un transplante, Antonia... La cosa no pinta nada bien, que hasta me ha nombrado algo de los nervios y en tu familia hay muchos locos, ¡a ver si me han pegado algo...!"
Pero como Antonia es una mujer muy lista, muy obcecada, y poco dada al hecho de dejarse convencer por un médico que no se sentase frente a ti marcando la distancia mínima de una mesa con su calendario en un bloc de hojitas pequeñas y su boli, con sus talonarios de recetas, con los libros grandes que pesan quintal y medio, y con su agenda llena de notas indescifrables porque los médicos, ya lo sabemos todos, tienen una caligrafía distinta al resto... no se quedaba tranquila. Así que antes de dar por desahuciado al hígado de su marido decidió que debían tener una segunda opinión pero con un médico de los de toda la vida; con su corbata, sus pantalones bien sujetos a la cintura, sus zapatos con cordoneras, y su bata bien blanca y planchada portando una pluma en el bolsillo. Después de visitar al doctor "classic by the way" se quedó más tranquila: _"¿Lo ves, merluzo?; ¡si es que te tengo que llevar yo al médico para que te enteres de algo!. Si por ti hubiese sido ya me veía yo en la puerta de la carnicería pidiendo el hígado más sano que tuvieran para transplantártelo; porque de un muerto no, que me da como cosa -hombre, digo yo que no le iban a transplantar el órgano de la vaca con la vaca viva, ¿o sí?- Si es que para ir a cualquier médico mejor no ir, mejor ir donde Basilio El Curandero, que ese lo mismo te cura de la sarna que te quita el mal de ojo. Tanto medicucho moderno, con sus teorías revolucionarias... nada, nada, que hay que ir a un médico de los de toda la vida, de esos que te recetan pastillas para la tensión en vez de potingues de herbolario... ¡Que da lo mismo!... Pero ¿cómo va a salir pitando de un parque derecho a la consulta y vestido de cualquier manera?, ¡tú es que tienes unas fantasías...! Lo que pasa con ese es que es un guarro ¡no te andes con paños calientes!. ¿Qué clase de médico va con vaqueros y zapatillas?; pues ya te lo digo yo: ¡un estudiante que no tiene ni puta idea!. ¿O no te dijo acaso que tenías que cambiarte de hígado?..."
Pues más o menos esto viene a ser de manera exagerada un ejemplo de que la distancia, o no, marcada con el paciente no viene de forma alguna directamente proporcional con el modo de vestir; sino con el modo de acercar la patología al paciente de un modo fácilmente entendible. Pero si es verdad que una imagen poco adecuada distorsiona con rotundidad el modo en que los pacientes vemos al médico. Dicho de otro modo: si yo voy a una peluquería y veo a una peluquera con el pelo hecho unos zorros no entro. Si voy a una boda y veo al padrino con bermudas y camisa de manga corta pienso que el tío se ha metido un viaje brutal y ha confundido en su éxodo la boda de su hija con un domingo de resaca en la playa de Benidorm...
Si un médico va en zapatillas y vaqueros obviamente traslada una imagen pésima y poco seria de un colectivo endiosado gracias más que nada a las superproducciones de Hollywood; dónde sólo se le permite al Doctor House llevar bambas -en su caso New Balance- y vaqueros... Da una sensación, sobretodo si eres joven, de ser un pobre estudiante que no se sabe bien cómo ha aprobado el MIR y el descerebrado de su adjunto lo deja sólo ante el peligro de un paciente con irritabilidad aguda; desprotegido ante la posible catástrofe -"disipación-rumiación"-. En cambio un médico bien vestido y sobretodo con zapatos limpios y pantalón planchado nos sugiere la idea de un tío centrado, profesional, serio... y si es joven el ser un lumbrera y no entender por qué narices el cretino de su jefe no lo planta directamente en el quinto año de residencia (¡más quisierais!, jeje). Otra cosa bien distinta es que el médico de vaqueros y zapatillas en cuestión te lo hayan recomendado tus mejores amigas, o salga en la tele - que dicen que la televisión jamás se equivoca-, o que directamente tenga un premio Nóbel; con lo que no pasa a ser un médico "perroflauta", sino que simplemente es un excéntrico bohemio que no tiene tiempo de comprarse una bata, ni unos zapatos, porque lo único que hace es medicina transgresora y punto.
Dicho esto, espero que J.T. tenga un animado momento "café de máquina" en la sala de descanso de su hospital "loquero ‘deluxe'". Donde del mismo modo -y para los ajenos a este colectivo que desconocemos en mayoría el cómo son estas salitas-, deseo que sea un lugar tan sugerente, cómodo, y bien decorado como en las series de los yankees -¡qué faena, si no!- que todas son amplias, con tías buenorras que se pirran por un masaje en los pies, con enfermeras estupendas y bien dispuestas a da un masaje a los sufridos cirujanos de guardia, y con médicos potentes que a veces hasta tienen el descuido de no afeitarse en un par de días y que encima la barbita les quede hasta bien.
Por lo demás poco o nada que añadir, a excepción de haceros saber que no estaría nada mal agregar al plus del buen vestir el llevar una manicura decente -nos vais a tocar con esas manos y nos da lo mismo a las muy escrupulosas que llevéis guantes-, oler como los ángeles- y si, Dr. Florido, no voy a dejar de hacer alusión a los olores, porque como usted bien sabrá son fundamentales en la vida para tantas cosas...- Y ya si eso; ir duchados y sin pearcings, que también ayuda mucho para depurar aún más en nuestra pobre psique vuestra línea profesional.
Un besazo,
Rocío Medina
P.D.: Ruego encarecidamente que cualquier facultativo médico-sanitario no se sienta ofendido por lo aquí expuesto; huelga decir que está escrito en tono de humor. Y si bien es cierto que eso no resta un ápice de la importancia que humilde servidora cree que tiene la indumentaria adecuada para cualquier tipo de trabajo como forma vital de "comunicarnos" de un modo u otro con esta sociedad mal llamada "primer mundo", cierto también es el hecho de que la praxis de un buen médico no está para nada reñida con el atuendo con el que se vista.
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29 Febrero 2012
Querid@s Tod@s:
Cuando la vida te obsequia con bombones no nos queda otra que zampárnoslos todos con el rencor de la dieta señalándonos con el dedo. La verdad es que las mujeres, una vez queda clara nuestra tendencia natural a ser esclavas de nuestra cada día más incipiente inseguridad motivada por nosotras mismas y por los estandartes más vanguardistas de las revistas de moda y la televisión, no tenemos otra opción que ser sumisas y reconocer éste como uno de nuestros mayores defectos a erradicar. Me preguntan muchas amigas qué es lo que ocurre cuando fulanito no las ha llamado en meses, si yo creo que es que pasa de ellas o se hace el interesante... y aquí es cuando recuerdo una conversación de la serie femenina de cabecera "Sex & The City" -que tanto daño social y personal nos ha hecho- muy acertada, donde se decía claramente:
1- No está loco por ti si no te pide una cita: porque si le gustas, créeme, te invitará a salir
2- No está loco por ti si no te llama: los hombres saben usar el teléfono
Pero claro, mi amiga quiere un complot mundial que le haga retirar estos pensamientos negativos de su cabeza, y reclama un autoengaño complaciente para hacerse la víctima pero de una manera más feliz. Prefiere reclutarse en el dulce abandono de la ‘pérdida' no resuelta antes que en el avance lógico que requiere un pensamiento práctico de shock: ¡Ha pasado de mi!, me equivoqué claramente sobre mis perspectivas hacia él y obviamente no está interesando; por lo que yo en este momento tengo la absoluta obligación de olvidarme de él y plantearme seriamente el no proyectar más situaciones idílicas ni más razonamientos ilusorios de el por qué no me llama. No es probable que lo haya raptado una secta, ni esté en paradero desconocido porque sea un criminal a sueldo buscado por la Interpol, ni su madre lo haya castigado seis meses a no usar ningún tipo de tecnología incluido el móvil, el teléfono, los locutorios donde pagas Internet por minutos o la cabina. No llama porque no quiere, no soy una prioridad en su vida o tal vez ni tan siquiera sea una vulgar opción. Por lo que en este momento él tampoco va a ser la mía en absoluto. Y duele, porque nuestra autoestima se resiente como un gatito asustado después de un manguerazo de agua fría, y cuesta; porque no somos tan fuertes ni nadie es capaz de aniquilar un sentimiento con tal sólo desearlo por más práctico que sea nuestro modo de pensar... Pero hay que ejercitar el modo determinante de subir la autoestima sin pensar que ésta depende necesariamente siempre del ojo que nos mira; nuestro valor pasa por nosotros mismos, el que cada cual se dé para sí.
Daniela sigue escrutándome con la mirada y dice: "_Va, tía... ¡suéltalo ya y deja de mirarme así!. Que pasa de mi, ¿no?. Pero si tu le hubieses visto cómo me miraba...¡cómo me besaba!;¡esas cosas no se pueden fingir!". Ya, ¡o si!... ahí fuera hay un elenco de actores premiadísimos que lo demuestran sobradamente y otros tantos que aún no han sido descubiertos, y todos y todas podríamos aportar a esta lista un montón de incipientes creadores de falsos momentos que nos reportan un éxtasis sin igual y que bien podrían ser nominados a los Óscar. Epicúreos malvados, inocentes, enfermizos, simplones... pero todos tienen de manera más o menos consolidada en su instinto el modo ataque con puerta trasera de emergencia.
Hablemos claro: si un hombre no llama con un margen de tiempo prudencial obviamente es porque no quiere, y a la inversa. ¿Por qué tenemos esa tendencia natural a exculpar lo que inexorablemente cae por su propio peso buscando burdas excusas que ni aún en sueños nos podemos creer?. Tener esperanza es bueno, pero proyectar una falsa ilusión es lo peor que existe; no podemos avanzar si no somos capaces de afrontar la realidad de forma precisa y concreta marcando nuevas pautas que nos ayuden a crecer asumiendo que volveremos a equivocarnos pero controlando no recaer en patrones desteñidos. Dicho esto, que parece casi un texto de manual de autoayuda de esos que tanto detesto porque siempre nos enfrentan con lo que ya sabemos pero no somos capaces, o no queremos, asumir; aquí contradicción clara entre mis argumentaciones anteriores pero igualmente válida porque son los recursos de los que toda mujer echa mano en algún momento... ¡Metámonos en harina!.
Daniela: Guapa, interesante (hizo un máster en literatura francesa y luego varios cursos de arte postmoderno), mantiene una conversación fluida. Es rubia, que eso ayuda mucho a su atractivo físico - cualquier chico ante esta apreciación me dará la razón- y además no una rubia cualquiera, sino una rubia natural con alguna mecha química para que resalte su color. Tiene buen cuerpo: es de las culonas que ahora están tan de moda; trasero prieto a base de bodypump y de hacer unas treinta sentadillas en la tapa del wáter cada vez que visita el WC desde la época de la selectividad (cogió esa manía, ¡qué queréis que os diga!, tan válida en el mundo de las rarezas como otra cualquiera, sólo que ésta es saludable y mantiene a raya la celulitis y la flacidez).
Carlos: Tipo simpático, atractivo; más atractivo aún en días laborables gracias al uniforme clónico de los ejecutivos. Alto (ser alto en el caso de los chicos suma muchos puntos, a no ser que te pases de centímetros y no tengas un cuerpo cuidado porque puedes ser desde un aguilucho encorvado hasta una torreta por donde se vislumbran metros de tela de pantalón y eso no resulta nada atractivo. Pero vamos, que en general ser alto conlleva más ventajas que al revés de cara a una primera impresión de atractivo para una chica) delgado y fibroso. Calvo.
Situación: Daniela sale de un taxi, llueve a cántaros, abre el paraguas y éste de manera muy mal intencionada se da la vuelta sacando varias varillas de su sitio. Daniela mete el bolso entre las rodillas y las junta con todas sus fuerzas aprisionándolo mientras se hace, con las dos manos desocupadas, del dichoso paraguas. Éste que no quiere ni por un segundo volver a su posición habitual sale huyendo volando varios metros del revés y estampándose contra Carlos. Carlos coge el paraguas, se toca la frente en acto reflejo con cierto malestar, sujeta su maletín con las rodillas, agarra bien el paraguas mientras le dice a Daniela: "_Si, estoy bien ¡no te preocupes!... a ver si consigo darle la vuelta a tu paraguas sin romperlo..." El paraguas se rompió, al menos había un lado de una varilla que se destrozó para siempre, aún así volvió a su posición inicial. Carlos va en la misma dirección que Daniela, sólo que Daniela había llegado en unos cuantos pasos al portal de su casa y a Carlos aún le faltaban varios kilómetros de autovía. Daniela se despide de Carlos a pie de portal, Carlos que sentía ya todo su traje empapado bajo el abrigo pensó que estaría bien secarse en casa de Daniela. Daniela que cortésmente le dio las gracias, ante la insistencia a seguir hablando de él y ya que había abierto el portal, le invita a subir a casa mientras él acepta con la excusa de resguardarse un poco de la lluvia. A la tercera cerveza que Carlos se tomó Daniela ya sabía que había hecho mal en dejarle subir. Por dentro no paraba de pensar en que iba a pudrir el sofá con la humedad de los pantalones, en que llegaría tarde al gimnasio, en que no sabía ni cómo iba a poder echarlo de allí, en que con la luz de la habitación no era en absoluto tan atractivo como le había parecido en un principio. En fin, al cabo de varios minutos donde le escuchaba sin prestarle atención se empezó a dar cuenta de otros detalles: llevaba un rólex bastante bonito, tenía las manos cuidadas y de aspecto quebrado y eso a ella que era una admiradora del arte siempre le había atraído muchísimo. También observó sus zapatos de Berluti y que tenía una sonrisa magnífica: pero era calvo, clarísimamente eso no iba nada de nada con ella. Tenía una especial tirria a los calvos, al menos a los de pelo rapado, y Carlos tenía la cabeza sin un solo pelo. Por lo que mientras él no paraba de sonreír y sonreír, en ella la tendencia a vislumbrarle como un hombre de nuevo atractivo había menguado casi en un ochenta por ciento de manera irreparable. Y él no paraba de sonreír, de sacar temas de conversación interesantes a los que ella contestaba de manera autómata y sin mucha emotividad. Para sus adentros Daniela no paraba de decirse: Me elogias continuamente, y Daniela sonreía... eres algo así como un embaucador con fondo de armario de Paul Smith pero claro, es que eres calvo; y a mi eso de que los calvos sean más sexuales no me lo trago tampoco...
A la quinta cerveza estaba el calvo con la infeliz de Daniela practicando coitos simultáneos en la cama tailandesa que ésta compró a un chino que vendía en la trastienda bolsos de marca falsificados y fabulosas joyas vintage de origen dudoso. Carlos era un Dios en la cama, Daniela incluso se cabreó consigo misma por no poder fingir ni uno sólo de los tres orgasmos con los que generosamente él agasajó a su menudo cuerpo ahora endiosado gracias a un primer beso esquivo donde impuso su dominancia masculina: "_¡Cállate Daniela!, deja de decir que "no" que sé que lo estás deseando, ¡no vuelvas a quitarme la cara! - aquí cogió su cabeza pegando ambas frentes con firmeza- Pienso besarte, el mejor beso que te hayan dado en tu vida. Y si luego no te gusta me lo dices y me voy". Y claro, ¿qué se puede hacer ante un tío así de resolutivo y firme?. Pues nada, Daniela se levantó casi desmayada, ¡qué importante es el primer beso!, y se tumbó en la cama mientras esperaba a que él tirase la ropa casi con saña repartiéndola por todo el dormitorio. Se dejó hacer, obviamente, aquí cada "NO" pronunciado por ella era rebatido con un beso en partes traviesas que engullían su cada vez menos firme voluntad. A la mañana siguiente Daniela en bragas y con camiseta salía dando traspiés en busca de una toalla grande que ofrecerle mientras él pellizcaba su trasero con ganas de comprobar que estaba hecho de carne y músculo como el de todo hijo de vecino. Ella se quejaba pero de mala gana, agarró unos shorts de verano y salió pitando a la cocina a preparar café y rebuscar algo parecido al pan de molde pero sin moho. Él le pidió el teléfono, lo apuntó en su iPhone y al segundo llamaba a alguien de su trabajo avisando que llegaría después de la reunión. Se dirigió a ella en tono sonriente y le aclaró que primero tenía que ir a casa a cambiarse de ropa. ¿Entonces para qué narices se ducha poniéndose la ropa guarreada del día anterior si ya se había duchado anoche después del mambo?. ¡Cosas inexplicables que tienen los hombres de hoy en día aunque mola que sean tan limpitos!. Daniela le da un beso, refunfuña algo que Carlos insiste en que le repita. Daniela se queda sola y me llama. Daniela entusiasmada por los orgasmos y decepcionada consigo misma por haberse dejado embaucar por un calvo. Daniela no parece muy entusiasta ante la idea de que él la llame, más que nada siente vergüenza de sí misma: ¡un tío que no conocía de nada!... Daniela me cuenta al detalle las prácticas amatorias que probaron a modo de Kamasutra. Daniela me habla enrabietada y con voz llorosa, asustada y confundida. Arrepentida.
Dos días más tarde Daniela queda con Carlos, aparece de nuevo rapado pero con una incipiente y atractiva barba de dos días. Los ojos son claros, color avellana, y despiertos, y redondos, y parpadeantes, y joviales... Y le planta un beso en la boca como si tal cosa mientras le toca el culo diciéndole que está guapísima, y le encantan sus zapatos. No hay tía en el mundo que no se sienta poderosa cuando un tío le alaba su forma de vestir, pero si encima se fija en los zapatos eso ya es el novamás. Daniela y Carlos dos maravillosos orgasmos. Carlos se queda a dormir.
Cuatro días más tarde y numerosos whatsapp con fotos compartidas de todo tipo Daniela y Carlos enredan de nuevo bajo las sábanas de algodón que Daniela perfuma con aroma a melocotón y lavanda. Carlos tiene que irse después del segundo asalto porque no puede faltar a la reunión del día siguiente y ha de estar despejado.
Varios toques, algunos whatsapp, un par de llamadas y dos semanas después Carlos invita a Daniela a cenar a un restaurante muy cool que lleva poco tiempo abierto. Se meten mano en el coche y suben a casa de Daniela. Un post-coito interesante y Carlos empieza a vestirse mientras se aparta con sonrisa y sutileza de los pucheritos de ésta y la voz ñoña e infantiloide que en esas situaciones se nos incrusta en la garganta como un herpes crónico a erradicar de manera ipso facta.
Llamadas inquietas, conversaciones divertidas, whatsapp juguetones... Daniela insiste en que él le mande la ubicación de su casa para darle una sorpresa. Daniela me cuenta que empieza a gustarle pese a que las indirectas de que no se rape el pelo aunque tenga muchas entradas no están dando ningún resultado. Daniela me llama cada vez más nerviosa, ansiosa... ¡no sabe nada de él en varios días!. Daniela vive con el ojo pegado a al whatsapp de él y mosqueada porque a las dos de la mañana de un lunes él había escrito algún mensaje y seguro que era a otra porque desde luego no le había escrito a ella. Daniela angustiada le llama y le deja algún que otro mensaje sin respuesta en su buzón de voz. Tras varias semanas sin noticias Daniela resuelve olvidarse, que total era calvo sin remedio y eso no iba a mejorar, y de esta forma es cuando empieza de nuevo a tener relación con el resto de la humanidad.
Mes y medio después Carlos reaparece, asoma pérfidamente por el sonido del teléfono donde al ver su cara Daniela casi se estrella y mata al perro por agarrar el teléfono y que no corte la llamada. Daniela pretende falsa despreocupación y finge voz simpática y relajada: -"Si... si yo también he estado ocupada. La verdad que me apetece mucho quedar pero creo que no voy a poder hoy... bueno, venga, ¡pásate si quieres!". Daniela nerviosa le cuelga, rauda se apresura a cambiar las sábanas y a meter todos los enredos en los distintos armarios como bultos que se amontonan sin orden ni concierto y casi a patadas. Se ducha, saca un par de vestidos y se los prueba; ninguno le gusta. Vaqueros. Hora y media después de venir Carlos los mismos vaqueros están del revés debajo de la cama y el vecino golpea la pared con fuerza para que no giman tan fuerte (el vecino es un amargado padre de familia con un bebé al que le cuesta poco desvelarse y cogerse la rabieta del siglo). Hora y media después del primer acto Carlos le da un beso en la frente, se espachurra contra ella, la abraza tiernamente, le acaricia el pelo con la mano, ella nota cómo se le acelera el corazón; pero de otra manera, se siente relajada y feliz... Es obvio que la quiere, que tiene un sentimiento fuerte hacia ella, está más claro que el agua que si un tío está así en la cama después de un coito monumentalmente satisfactorio para ambos es que está muy pillado. Está cogiendo posición para quedarse dormido, y ella no le va a despertar. Sigue pensando que si Carlos se pega a ella con toda la fuerza del mundo, la tiene sujeta por la cintura mientras el brazo que pasa por su nuca sostiene con caricias su mano es que está claro que la quiere, ¿no?. Media hora después Carlos la vuelve a besar intensamente en la frente despertándola de ese déjà vu placentero al que se rendía plácidamente. Carlos se va.
Han pasado muchos meses como decía al principio, Daniela sigue enclaustrada en la idea de que Carlos no se ha ido definitivamente con mil excusas tontas que rebusca en su cabeza no sé si para no sentirse tan patética o para mantener controlada su autoestima. Engaños funestos que exculpan la realidad a veces poco optimista. En la mayoría de los casos lo que no nos ayuda a cortar definitivamente con el lastre es el hecho de no obtener respuestas; ni buenas ni malas, a no saber el por qué de las cosas tal cual la otra persona las ha vivido o sentido. La realidad se asume antes aún siendo tremendamente dolorosa cuando entendemos los por qués aunque nos neguemos claramente a aceptarlos a priori. No es fácil comprender el por qué de determinados comportamientos masculinos o femeninos; a veces no hay una explicación clara ni contundente, a veces es todo mucho más simple y ha pasado porque si. Pero las personas siempre, en casos donde nuestro corazón no comprende lo que nuestra razón dicta, necesitamos explicaciones aún surrealistas a modo de analgésico para poder seguir adelante.
Daniela ahora no quiere más que calvos en su vida, en cada calvo pretende encontrar el enfoque panorámico con el que observaba recelosa esa imagen primera de Carlos. Ahora bien, todos los calvos por descarte vienen a ser una mala copia de él. Y después del primer beso si no ha gustado no hay alcoba, y después de la alcoba si no ha sido satisfecha a modo Carlos-Kamasutra tampoco hay un día más. Se siente vacía, y sola, y en cada calvo del mundo atractivo que pasa por su vida encuentra el reproche justo que no pudo hacerle a Carlos tratando de sonsacar alguna probable respuesta que adjudicar a su "no-ex". Y en cada calvo del mundo encuentra la fuerza suficiente como para seguir buscando la magnífica proyección auto-complaciente de haber dado con el calvo de su vida al que insta a raparse del todo la cabeza.
Esto me hace pensar que las personas que repiten una y otra vez los roles que tanto les hacen sufrir se han quedado ancladas obviamente a situaciones no resueltas. A veces no es cuestión per se de la personalidad de cada uno aunque siempre tenga mucho que ver, sino que forma parte inexorable de una vivencia incrustada que se nos quedó agarrada como un bucle y del que no sabemos salir. Hay momentos en que la vida de un mazazo suertudo nos destroza esa espiral de despropósitos en los que caemos una y otra vez sin remedio. Pero también hay momentos en la vida en que tenemos que sincerarnos abiertamente con nosotros mismos y hacer el esfuerzo enorme y maduro de querer salir de esa hélice que cuanto más se mueve más cortes nos hace.
Daniela hoy ha tomado conciencia del asunto ¡por fin!, así que tras varias revistas de moda donde no hemos parado de recortar a tíos macizos que nos gustan a todas y ponerlos sobre la pared del salón -borrachas como cubas- con plastilina (era lo que más a mano nos pilló en la tienda del chino), resolvió que los calvos, a excepción de algunos que si se rapan están igual de apetecibles (ejemplo claro de Bruce Willis al que estampamos un buen beso en la calva antes de pegarle la plastilina en el trasero), mejor de lejos durante un tiempo. Total, que tres botellas de Chardonnay y un montón de lágrimas primero y risas después ahí que nos llega un repartidor a tocarnos la puerta con una caja de bombones y una nota de Carlos.
Pues bien, ante la mirada atónita de todas, Daniela cogió los bombones y rompió la notita de Carlos aún sin leer dejándola en manos del chico que la portaba. Hecho esto nos miró a todas y dijo: "_¡Que le den a la dieta!, si la vida te obsequia con bombones no hay ‘bodypump' ni agujetas suficientes que sean capaces de que no me los coma".
Besazo,
Rocío Medina
P.D.: ¿Qué creéis que ponía la nota?
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12 Octubre 2010
Queridos Tod@s:
Me hallo sentada al borde de una mesa de mantel fucsia con centro de mesa lleno de ababoles o amapolas, al gusto de cada cual, y repleto de velas rojas y púrpuras con olor a lavanda. Estoy que me va a dar algo de un momento a otro; entre la alergia y ese mareo de colores y olores fuertes lo de la comida va a ser algo bastante indigesto, desde ya os lo digo.
Mi tío Manuel Enrique nos ha invitado a conocer al novio de su hija, así que después de la cena íntima que tuvieron ayer y donde resolvieron que era un buen chico hoy ha abierto las puertas de su salón para que el chaval se sienta más arropado con gente de su edad. Mi prima, que aunque compartimos apellido está provista de una genética recesiva bastante difícil e imprevisible, se ha empeñado en vestir ella la mesa y claro, cuando hemos aparecido entre que las paredes son rojas y el mantel estaba teñido de aquel color cabreante hemos acabado todos con un dolor de cabeza insoportable.
Por su parte mi tía Cuchi - si, se llama así desde que la conozco y ¡haced el favor de no reírse!- hace siglos que dio por imposible a mi tío, así que estuvo durante toda la comida ignorando las incursiones políticas de mi tío Manuel Enrique y haciendo lo propio: seguir sometiendo a su invitado al ‘tercer grado' voluntario.
Mi tía Cuchi es una gran dama, una dama de esas que siempre llevan todo a juego y que cuando algo descoloca su sentido asentado de las cosas se sumerge de lleno en la búsqueda de la píldora correcta para soportar ese encontronazo con la realidad. Mi tío Manuel Enrique es alto, tiene una voz atronadora, es un loco de la caza y luce siempre un gran bigote espeso desde que recuerdo. Se repeina su pelo oscuro hacia atrás y si le vieses con poca luz sentado creerías que se ha escapado de alguna película del siglo XIX. Siempre va con traje de chaqueta y zapatos de cordones.
Cuando mi prima Cuchita -¡que no os riáis!, ¡que ya no sé cómo decíroslo!- nos ha presentado a su querido Mariano casi nos caemos de culo al ver lo guapo que era (los chicos no, obvio, pero dieron por hecho que si tenía un físico con pintaza seguro que también estaba provisto de sentido del humor; tradúzcase a que daban por hecho que no era un pringado, ni un penoso... o sea, un tío que mola). Así pues, estábamos con nuestro futuro primo "El Molón" sentados a la mesa y teníamos todos que contener las ganas locas de hacer preguntas, a lo que mi tía Cuchi respondió con un acaparamiento total y absoluto del pobre primo Mariano - y lo de ‘primo' no va con segundas- y haciendo caso omiso cuando mi tío se enzarzaba en el problemón nacional. De momento hasta aquí nadie sabía si Mariano sería ‘guay' o no, pero nos quedó claro que listo era un rato; logró esquivar airosamente todas las preguntas de mi tía y lo mejor de todo es que la dejó visiblemente satisfecha.
La injusticia más grave del mundo social es claramente, pensaba yo, ese momento que estaba viviendo y presenciando: otorgamos una etiqueta conductora de buenos propósitos y aperturas a nuestro mundo íntimo, familiar, etcétera con tan sólo echar un vistazo a la pericia estilosa del que tenemos enfrente. Si hubiese sido feo le habríamos mirado con compasión e incredulidad - Cuchita es bien guapa a pesar del resbalón filológico de su nombre-, si hubiese sido normaducho - o sea, que ni ‘fu' ni ‘fa'- le habríamos mirado escépticos, pero como el chaval tenía una pinta inmejorable, una estatura consideradamente agradecida y buen pelo; pues aquí estábamos todos que se nos caía la baba con el ‘buen partido' - expresión que resalto porque la detesto con todas mis fuerzas- que mi prima había traído a casa y que aguantó estoicamente toda una cena con mi tío Manuel Enrique y tuvo las agallas de repetir mesa al día siguiente; es que él, mi tío, es de los que cuesta aguantar a menos que seas de su familia o te mediques sin control.
Mariano es algo así como un gurú de algo, no se sabe a ciencia cierta de qué -porque mi tía Cuchi lo contaba entusiasmada al resto de mis tías y a alguna amiga suya que nos acompañaba a la hora del té- pero lo que estaba claro es que aunque fuese un gurú en el mismo arte que el que practicaba "Jack El Destripador", aquello que fuera lo que le contó a mi tía le dejó más que satisfecha (ya os dije que era listo en el regateo). También dijo mi tía que su padres eran de origen gallego pero que no podía precisar en qué lugar tenían la finca, y que estudió en alguna universidad de por ahí en EEUU y con buenas notas (esto lo resaltó levantando un dedo y abriendo mucho los ojos). Total, que Mariano estaba ya bendecido en casa aunque no se supiese muy bien nada de él, tan sólo se sabía que el chaval había logrado cosechar a su paso porciones incontables de entusiasmo en la poco entusiasta casa de mis tíos ‘los Cuchis'.
Cuchita entra de pronto y yo pego un respingo, ella suspira con cara de enamorada (ya sabemos todos lo que es: mejillas teñidas en ligero rubor, ojos abiertos más de la cuenta modelo "tipsy but not drunk", cara sonriente a medio camino entre sonreír por todo y ser mema del todo, mirada de "la vie in rose", y pensamiento con un pie en el altar y otro en Barbados para pasar la luna de miel) y se sienta a mi lado susurrándome en el oído que qué me parece su amado Mariano, el hombre del que nada se sabe a ciencia cierta. La miro dispuesta a contestar, y ella cierra los ojos con fuerza y los abre mirándome de reojo, y aquí es cuando recuerdo aquella novela de Alcott donde la heroína Imperia es acusada por su marido, el Conde Stennio, de no creer en el amor: _"Tú eres igual a la flor oriental de la camelia traída por los jesuitas, hermosa pero sin el aroma del amor", cosa cierta, así que esta hermosa e insensible mujer veneciana cuya idea del matrimonio resultaba totalmente fastidiosa, al suicidarse su esposo por tanto despecho se dio cuenta de cuánto le quería en el fondo y que su pérdida le producía un dolor insoportable que la tenía llorando por los rincones diciendo cosas tan poéticas como ésta: _"Una flor puede brotar sin perfume, pero una mujer no puede florecer sin amor". Total, que como mi prima me hace con su cara de mueca tediosa recordar fragmentos de libros que leo en ratos tontos - ¡ojo!, que con esto no quiero decir que el libro no merezca la pena- y hace darme cuenta que en realidad no busca mi opinión verdadera sino la que quiere oír, resuelvo en decirle que su Mariano es estupendo y ella complacida me aprieta con ganas en un abrazo envuelto en las dudas de ese recién estrenado frenesí tan inesperado.
Che Montijo, amiga amiguísima de mi tía que presenciaba la escena suspiró y entre susurros dijo aquello tan socorrido en el vocabulario de las abuelas: _ "Juventud, ¡divino tesoro!", y su amiga Clementina Bonano remató diciendo: _ "¡Tampoco son tan jóvenes!, que como se descuiden un poco se les pasa el arroz y eso ya no lo arregla nadie". Mi tía acabó indigestándose con la pastita que deglutía ajena a esta realidad tan aplastante y mi prima ruborizada se levantó a palmear la espalda de Tía Cuchi a ver si recuperaba color dejando libre su garganta del atoramiento sufrido. Cuando recuperó tono y parecía que el oxígeno ya circulaba a sus anchas por el cerebro, mi tía, que no puede remediar el corregir la cosas en el momento en que pasan, puso los puntos sobre las íes: _ "Mi sobrina - o sea, yo- es la que es un caso perdido, pero Cuchita ¡ni hablar!, esta noche en la cena le digo a Mariano que su talla de anillo es la 15, la niña es guapa pero tiene los dedos rechonchos como su abuela ¡qué le vamos a hacer!. Y tú, Cuchita, la próxima vez que me atragante no me des golpes en la espalda, tienes que darme un golpe cerca del esternón, pero asegúrate de que lo haces tú y no cualquiera de los bestias que hay en esta casa, no quiero que me rompan la pleura". ¡Amén!. Mi prima y yo salimos despavoridas según mi tía se recolocaba satisfecha de su intervención en la mesita mientras se acercaba la taza del té a la boca.
Fuera estaba Mariano, el salvador de la juventud no aprovechada de Cuchita, junto con varios primos míos dando vueltas alrededor de un "quad" que acababa de comprar mi primo Gonzalo para hacer el cabra por el monte -el kamikaze, vamos- y aportando su granito de pericia en Dios sabrá qué sobre el tema. Gonzalo, que por primo mío que sea no deja de ser un hombre y ya se sabe que cuando a los hombres se les alaba piropeando su juguetito nuevo se vuelven niños traviesos cargados de ilusión, sonríe sin parar de mirar su cuatriciclo y aseguro que hasta con ganas de tirarse en plancha encima de esa máquina para comérsela a besos. Mi tío Manuel Enrique que estaba hablando por teléfono se giró al escuchar las risas con un volumen revolucionario y enarcó una ceja en señal de desaprobación; bajaron el tono.
Los hombres son... son... ay! Dios, ¡cómo lo expresaría!: son como extraterrestres enfundados en piel hormonada desprendiendo feromonas para someternos a la desidia pura en el momento más inoportuno de nuestra vida. Porque vamos a ver; ¿dónde están esos hombres cuando estamos de bajón en casa y necesitamos contarle a ese ser masculino que nadie nos comprende y que necesitamos que nos escuchen - hombres-?. Pues en ese momento ese mastodonte humanoide no está, estamos las amigas al otro lado del teléfono aguantando estoicamente una conversación sobre lo mismo durante horas y horas sin sacar nada en claro. O está la peli ñoña de turno que siempre nos hace llorar con más motivo pero que nos optimiza el ánimo al desviar la causa de nuestras lágrimas a lo sensibloide de la película y no hacia nuestro propio drama. ¿Dónde están estos especímenes cuando necesitamos un abrazo masculino?, ¿o un beso?, ¿o simplemente que nos lleven al cine porque nos sentimos solas y aburridas?. Pues nada, ¡están con los ‘quad'!, afanados en la tarea de escrudiñar minuciosamente cada una de las piezas del chisme antes nombrado.
En cambio cuando estamos en época dichosa donde por fin hemos hecho las paces con nuestro peso, con nuestro jefe acatando aliviadas el sueldo a cobrar, con nuestras hermanas mayores que son unas pesadas, con ese estigma social que hace que con treinta nos sintamos octogenarias resecas... ¡zas!, ahí aparece el extraterrestre X,Y para desequilibrar nuestra psique imponiéndonos de manera descarada el que dejemos de ser autosuficientes y pasemos a ser dependientes del "sms" con mensajitos que nos hacen tener la boca resbalosa soltando babas a casi todas horas, dedos ágiles para responder al segundo esa misiva espacial que viaja por cable con letras comidas, descentramiento general en todo, subversión preocupante por parte de nuestro mundo hormonal y mal pago innecesario de todo tipo de caprichos chulescos que nos miran desde los escaparates porque estamos de buen humor y todo nos parece divertido e inocente. Los hombres son ese antídoto contra la depresión no diagnosticada pero a su vez; sin un antídoto para poder zafarnos de ellos en el momento en que necesitamos parar ese desequilibrio anacrónico que se nos implanta en las tripas y nos hace reír y llorar casi al mismo tiempo, o que nos hace ser estúpidas más de la cuenta y en las ocasiones menos oportunas.
Nada, ¡que ahí siguen!... subiendo y bajando del ‘quad' y turnándose la siguiente carrera; felices, inconscientes, parando el tiempo que les separa de los quince años... estampa cándida de su radiante puerilidad. Esa inocencia traviesa desprovista de malicia cuando es su propio don genético el que le otorga esa despreocupación desmedida e instintiva.
Asoma Cuchita desde su balcón, y con la cara empotrada en las rejas llama a su amado, que rompe con la magia del momento "los chicos y sus cosas" para volver a la dura realidad del adulto; atender necesidades mayores cuando estás en casa de esa novia expectante que te mantiene en un sueño ligero y receloso de que la nube de algodón de azúcar se desparrame por los derroteros de la cotidianidad y te salpique la terrorífica nublo de azufre del día a día urbano, coñazo y rutinario.
_ "Ya subo, Cariño... ¡un segundo!". Normal, un segundo en el tema del motor es directamente proporcional a nuestros segundos de chica cuando el hombre nos espera aparcado en la puerta de casa para llevarnos a cenar. Y quince minutos después...
Prima Cuchita: _ "Marianoooo, ¿pero subes o qué?. ¡te llevo esperando media hora!". ¡Lógico!, si él acorta los tiempos nosotras tenemos derecho a subirlos. Y Cuchita vuelve a apoltronar la cara en las rejas y esta vez no quita la vista hasta que se asegura que Mariano entra en casa.
Después de cuarenta minutos aparece Mariano con claro gesto de angustia, mi primo Gonzalo le dice que van a montar a caballo que si les acompaña, y él dice que se encuentra mal y que se queda con Cuchita. Le dejo sentado en el porche y subo a hablar con mi prima, que está tumbada en la cama con la almohada comprimiéndole la cabeza. Estaba desolada, me dijo que alentada por su madre le preguntó a Mariano que cuándo le venía bien casarse, si por el verano o mejor cerca del otoño, y que su amado se puso nervioso, balbuceaba y acabó diciendo que él aún no había pensado en ello y que le parecía precipitado el hablarlo en ese momento, y más aún en territorio "enemigo". Total, que Cuchita se quedó noqueada y le mandó a hacer gárgaras y al momento se acordó del comentario de Clementina Bonano y recapacitó, y aunque Mariano aseguró que sabía que el comentario no iba en serio algo dentro de él se había desteñido.
Mi tía Cuchi sube las escaleras en ese instante, lo sé porque me hace ponerme de los nervios cada vez que hace uso de ese ‘tic' suyo tan molesto acústicamente; algo así como: _ "Cuchiiiiiiiiitaaaa, Cuchiiiitaaaaaaa, Cuchi, Cuchi, Cuchiiiiiiiiiita... querida, ¿dónde estás. ¡Cuchiiiiiiiiiiitaaaaaaa!" (anexionad esas palabras con un peculiar tono irritante de voz puntiaguda a la hora de pronunciar: ¡su despiadado ‘tic'!). Y de pronto mi tía toca la puerta, y antes de recibir permiso para inmiscuirse en nuestra privacidad se cuela dentro y pregunta alarmada que qué hacemos ahí las dos tumbadas en la cama dejando a su querido futuro yerno - experto en algo aún sin precisar- solo en el jardín con el pesado de mi tío. Mi prima se quita la almohada de la cabeza, se incorpora lentamente sobre la cama, me mira con gesto de drama y explota diciendo: _"Mamaaaaaaaaaaaaaaá, éste no se casa, ¡no se casa!"... aquí cuarenta y cinco minutos enteros hablando sobre el suceso hasta que mi tía se asoma a la ventana haciendo uso del tic antes descrito: _ "Manuel Enriiiiiiiiiiiique ¡sube por favor!, es importante...", y mi tía hace lo que Cuchita dejándose marcada la cara con las rejas hasta que ve desaparecer la sombra de mi tío entrando en la casa y a posteriori escucha las suelas de sus zapatos de cuero subiendo hacia el cuarto. Mi tía le cuenta, mi prima llora y llora, y yo que quiero salir de aquella escena tan privada cuando por un momento mi cabeza vuela y vuela pensando en el pobre Mariano y en la que le ha caído encima (Mariano y Cuchita llevan saliendo cuatro meses aunque según mi prima se conocían desde hacía año y medio) no puedo porque mi tío desaprueba irritado el que me levante de la cama en ese momento tan crítico.
Después de muchos más minutos de tensión, lloros, desesperación y maquinaciones varias por parte de mi tía Cuchita que parecía tener bajo manga un montón de planes B salimos del cuarto con una prima más aliviada que me susurra por lo bajini: _"Ro, nada, ¡no haré nada!... yo ¡como si tal cosa!, ya viste a mamá lo tensa y preocupada que está. Así que yo con Mariano todo mega guay hasta que pasen unos meses más; y ya con las vacaciones que nos pague papá ahí le vuelvo a sacar el tema que dice mamá que es lo mejor". Yo no digo ni mú; ¡ellos sabrán!.
Hora de cenar y los chicos no aparecen, excepto Mariano que todos sabemos que está en su cuarto duchándose hace más de dos horas y treinta y siete minutos que Cuchita los lleva bien contados; pero todos comprendemos que le pudiera resultar tenso y desagradable el sentarse con nosotros sosteniendo un silencio inaudito después de haberle hecho llorar a mi prima durante toda la tarde, haber producido una jaqueca impresionante a mi tía que se había tenido que tomar varias pastillas para contener al máximo el esfuerzo por tener buena cara y actuar como si mi prima no le hubiese puesto al tanto de todo coma por coma, y haber hecho que mi tío Manuel Enrique se perdiese la corrida de toros que daban en televisión; silencio que seguramente rompería mi tía Cuchi sometiéndole de nuevo a otra batería de preguntas en tropel. El chaval no salía y mi tía estaba histérica llamando por vigésimo sexta vez a mis primos a ver cuándo tenían pensado venir a cenar. Gonzalo entra de golpe sonriendo y bramando sobre lo bien que huele la cena. Mariano asoma las orejas por el ‘office' y sonríe tímido y desdeñoso apostillando que además de oler bien debe estar riquísima. ¡Todos a cenar!.
Silencio y silencio. Mis primos ajenos a la tragedia que se maceraba lenta y espesamente con cada trago largo y áspero nos miraban en busca de respuestas a mi prima y a mí mientras Mariano se iba encogiendo visiblemente en su silla preso de un pánico escénico. Mi primo Álvaro que es de los que saben contar chistes hizo un intento por salvar la cena y casi lo logra al tercer chiste, pero mi tío Manuel Enrique dijo que no estaba el horno para calentar bollos - así mismo lo dijo- y Álvaro que prometía mejorar mucho la velada con el cuarto que era de Lepe tuvo que afanarse en los caracoles que según supo mi tía eran el plato preferido de ese futuro y previsible ‘no yerno' que tenía la cara blanca como el mantel que ordenó mi tía poner después de asegurarse haber hecho desaparecer el fucsia del día anterior.
Terminó la cena, los chicos se retiran abajo a jugar al billar y mi tía agarra a mi tío del brazo y le dice bien claro que se esfume; nos quedamos solas las tres. Mi tía Cuchi dice a mi prima que no ha ido tan mal, que mañana será mejor y al otro aún mejor y que sea positiva, y que por lo que yo - dirigiéndose a mí con mirada desafiante- más quiera que no desaliente a mi prima Cuchita con esas opiniones horrendas -según mi tía- que tengo entorno a las relaciones y demás, y me hace prometérselo como siete veces. Y acto seguido ordena a las cocineras que preparen para el desayuno de mañana además de los bollos de canela y las rosquillas unos buenos churros, y nada de café - esto lo deja bien claro- nada de nada de cafeína ni cosas que alteren los nervios, si preguntan se les dice que no queda y que beban zumo de naranja natural que las vitaminas vienen fenomenal para todo.
Mi prima Cuchita se despide de mí, quiere darse un baño y meterse en la cama, y me pide que si puedo que le haga el favor de hablar a solas con Mariano para asegurarse de que está bien, que ella no quiere bajar para que no se sienta molesto ni presionado; se lo prometo y me bajo donde los chicos mientras ella agarra del salón el periódico y se sube a su cuarto arrastrando los pies.
Abajo los chicos estaban aullando de felicidad; tiraban los dardos de la diana desde una distancia considerablemente más lejana de lo normal. Hablaban del coche nuevo de Mariano, de las suspensiones, del color de los asientos... y cuando me miran se giran divertidos preguntándome por Cuchita; Mariano baja la mirada.
Y al día siguiente y los siguientes días el discurrir del buen tiempo trajo la armonía, y ya no importaba si desayunábamos con churros o con Fanta, ni importaba si mis primos y sus amigos nos invadían con risas de resaca al pedir comer "fanta de esa de naranja" y beber un poquito de churros; porque había sol, y la piscina estaba helada pero apetecible. Y mi prima se relajó cuando La Bonano se fue a su casa de una buena vez; y sobretodo porque al romper la promesa que le hice a mi tía Cuchi pude hablar con ella y hacerla entender que presionar no es el mejor modo de estar por la vida, que el tiempo tenía su propia voz... Y el quad volvía lleno de tierra y barro, y los perritos les seguían hasta un tramo avanzado del camino. Mi tío Manuel Enrique cogió indigestión de caracoles y mi tía Cuchi se sonreía cuando le acercaba el servicio sus purés pensando que por fin iba a hacer dieta...
Y Cuchita y su Mariano se daban besos tímidos cuando mi tía disimulaba no estar mirándoles, y el futuro primísimo tuvo que seguir contestando preguntas; y volvíamos a jugar por las noches al billar. Y bueno, los hombres seguían con sus cosas y nosotras con las nuestras... Ya sabéis todos: las mujeres con sus churros y los hombres con sus fantas.
Besazo Grande,
Rocío Medina
P.D.: ¡Mariano y mi prima Cuchita se casan en Septiembre!
servido por rociomedina
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26 Septiembre 2010
Los cirujanos son las manos de Dios en la tierra, siempre lo he pensado. Me atormenta seriamente creer lo contrario porque después de que el anestesista se tome el café y te deje inconsciente del mundo y de todo... ahí que delegas tu alma, tu vida y tu cuerpo a manos de un señor o señora que husmea en tu dolor tratando de arreglar los desaguisados de la vida: enfermedades, accidentes... Lo cierto es que no paramos de pensar que si en algún momento necesitásemos una cura sin remedio no hay Dios mejor bajado del cielo que un buen cirujano, las cosas como son.
Tengo amigos cirujanos de todo tipo: los hay más altos y más bajos, más rubios y más morenos, delgados, rechonchos, algunos hasta con melena, y otros con grave tendencia a la calvicie severa. Unos son más simpáticos, otros más introvertidos, algunos excesivos en sus formas y gustos, y otros súper comedidos. También es verdad que hay otro punto interesante que destacar: "las especialidades" y "subespecialidades". Porque para el ciudadano medio se nos hace muy difícil distinguir a los facultativos de esta rama sanitaria y las variantes categorías en las que encajarlos según la urgencia médica. Para el común de los mortales un médico es un médico (extiende recetas de todo tipo y te da un volante para el especialista), y un cirujano es el que te opera; pero básicamente son doctores y como tales, entendemos que su trabajo consiste en aliviarnos del dolor del modo que sea y en cualquier circunstancia. Que estamos en un avión y se nos atraganta el montadito, pues ahí que siempre se recurre a grito pelado a la frase de: "¿Hay algún médico en la sala?". Y si el médico no está en coma inducido por dos Orfidales -será médico, pero igualmente tiene derecho a tener pánico a volar por ejemplo, o a estar durmiendo la siesta en el camarote del barco de un colega inmerso en los efectos secundarios de los mareos naúticos- seguro que tímidamente levanta una mano presa del pánico escénico ante la presión de los cuatrocientos pasajeros puesta en su nuca mientas va pensando: ¡A ver qué carajo pasa ahora!, a ver si no va a ser un amago de infarto - que yo soy cardiólogo- y como mucho voy a saber reconocer que tiene una leve arritmia del susto!. En caso de haberse tomado el somnífero se le despierta igualmente para que proceda con su misión - aquí nunca mejor dicho- de "matasanos". Para lo cual, les exigimos que sea fuerte, resolutivo, que tome el control, que sepa como proceder, y que su propio malestar sea disuelto ‘ipso facto' dándonos lo mejor de sí mismo.
Os voy a poner en antecedentes para que quede claro a los no doctos de qué quiero hablar.
Últimamente estoy más famélica que de costumbre, lo sé, no debería ser así... el caso es que no puedo evitarlo y por más que como me paso todo el tiempo del mundo pensando en comida. Y cuanto más como, más ganas de comer tengo. Así que decidí que por más que mi negatividad me asediase por cada esquina de mi psique haciéndome recordar que los hospitales es un lugar tedioso de luz cenital, salas de espera donde ves alguna vez algún ‘homeless' pasando la noche agarrado a su tinto envuelto en periódicos y con olor a desinfectante malo - si eres médico o sucedáneo dirás seguramente que huele a limpito-, yo decidí que tenía que tomar cartas en el asunto, y este asunto sólo podía resolverlo un doctor en condiciones. Total, que ahí estoy yo, mirándome las manos, mirando mi bolso ciento cincuenta y siete veces, repasando mentalmente las últimas llamadas que hice, investigando las posibilidades de mi móvil, mirando las fotos de las revistas... lo que se dice estar en una sala de espera donde sólo tienes que esperar muerta del aburrimiento y con un gran nudo en la tripa (en mi caso por el hambre y por los nervios). A la hora y tres cuartos aparece la chica que me atendió en el mostrador mascando chicle con vehemencia, llevaba un lápiz sujeto al moño del pelo y unas ojeras que llegaban con toda probabilidad hasta las pantorrillas, pero ya no le podía mirar mucho más debajo de la boca porque hizo una pompa y me aclaró con un dedo que yo era la siguiente y que la siguiera.
Voy detrás de la mascadora compulsiva de chicle de fresa que hace pompas con él de mala gana y muerde esa goma edulcorada con tanto ahínco que me duelen mis mandíbulas de imaginar el esfuerzo, golpea la puerta con los nudillos y de nuevo me señala con el dedo para que pase dentro. Cuando estoy a su altura me suelta una carpeta, que de inmediato me coge antes de que la agarre el señor con bata blanca que tengo delante. Estiro la mano al médico, que me sonríe y me hace sentarme. Le cuento mi problema mientras me mira desaforadamente sin pestañear ni un segundo mientras hace ruiditos con la boca en señal de que comprende coma a coma lo que le estoy contando; termino y me dice: _" ¡Pero tú no estás gorda!... eso es la ansiedad, guapa. A ver, ¿a qué te dedicas?". ¡Vaya por Dios!, le cuento a qué me dedico y parece decepcionado enviándome sin más solución a un Internista. Y dicho eso, me dice que si ya puestos me tiene que recetar algo más, le digo que no y me alarga la mano con gesto de alivio, no sin antes haberme hecho un montón de preguntas que duraron más que mi consulta para rellenar formularios en un ordenador bastante cochambroso.
Internista, internista.... ¡internista!. Internada, internada, internada... estoy tan angustiada que me he parado frente a una tienda de licores que mostraban en el escaparate unos croissants maravillosos y me he comprado dos para volver en sí. ¡Internista!, médico internista; suena a médico complicado que resuelve casos de órdago de gente patológicamente fatal y que debe llevar miles de años entubada en una cama. Así que llego a casa y busco en internet qué es un médico internista exactamente, y ¡alehop!, según ese maravilloso bazar online de respuestas este señor es el que se dedica a la atención integral del adulto enfermo, sobre todo a los problemas clínicos de la mayoría de los pacientes que se encuentran ingresados en un hospital. Ay! ¡que me van a ingresar!... tiro el segundo croissant a la basura medio mordisqueado culpándole a él de todo, y miro de nuevo a ver si hay algo en internet acerca de ese dichoso internista; no encuentro nada excepto que efectivamente está colegiado en Madrid.
Días después tras los trámites pertinentes llega mi cita con ese señor, yo por si un caso me pasé toda la mañana en ayunas (en realidad desde las diez y media hasta las doce que tenía la cita), y cuando llego curiosamente no tengo que esperar más de diez minutos. Miro al Internista, él me mira a mí, le cuento tímidamente que estoy agobiada porque como mucho, él se ríe y me dice que cuánto es mucho... y yo le digo que no sé cuánto es mucho pero que debe ser una barbaridad porque siempre tengo hambre. Me mira y me dice que si hago ejercicio, que si me estreso mucho, que si es desde siempre, que si eso afecta a mi vida diaria... voy pensando las respuestas y le digo que no me afecta más que el hecho de saber que tarde o temprano cambiará mi metabolismo y seré obesa en tres meses, se ríe y me dice que vuelva para entonces pero que debe ser cosa del estrés del día a día. ¿Así que no va a internarme?, ¡qué alivio!, si es que me preocupo por nada, un palabro fuera de mi vocabulario habitual como es internista y ya estoy sufriendo dolorosamente. Le sonrío, le doy las gracias, me devuelve la sonrisa y me dice que pruebe con un nutricionista, que ya que tengo la suerte de tener apetito a todas horas y de metabolizarlo bien, que al menos si estoy preocupada me haga un estudio para saber cómo combinar los alimentos. Le digo que así lo haré y él complacido me vuelve a interrogar para rellenar datos en un ordenador más moderno. Total, que sigo teniendo hambre y ningún médico me lo cura... El caso, os preguntaréis, es que yo empecé a hablar de los cirujanos, y he derivado el tema hablando de algo tan poco importante como mis hábitos alimenticios, y tenéis razón, pero os lo contaba por lo siguiente.
Cuando salgo de la consulta de este simpático internista, que al menos a mí me atendió sin estar internada, me paré en un kiosco que había a la salida, ojeando detenidamente algún artículo me llamó una amiga desde lejos... cuando estaba a mi altura me dijo que si ya venía de ver a Paula. Y entonces fue cuando me enteré por casualidad que una amiga de la época de la facultad estaba ingresada en el hospital recién operada de cambio de sexo (dos noticias en una). "¿Paula?, ¿Paula la rubia?... ¿Paula?", pues sí, esa misma. Una chica que en la facultad tenía que quitarse a los tíos de encima a cañonazos. Mi amiga Elvira estaba yendo en ese momento a visitarla antes de la hora de las comidas, así que me rogó que la acompañase y yo estaba en ‘shock'.
Paula ahora es Pablo, tenía la cara diferente pero los mismos ojos. Tenía la cara más angulosa, más de hombre, distinta, pero la misma piel a pesar de haberse vuelto más rugosa y dura por la barba. Tenía las mismas manos y la misma estatura, los mismos pies pequeños que se veían cuando se quitaba los zapatos en época de exámenes y se tumbaba en el césped de la universidad a repasar apuntes. Tenía el mismo acento pero diferente voz, y yo me quedé sin la mía. Ella me miraba y me decía que le hacía ilusión que hubiese ido a verla o verle... y que entendía que se me escapase el llamarla Paula y no Pablo; que pasaba a menudo pero que no tenía importancia, que era cuestión de acostumbrarse. Y yo no paraba de pensar en que alguien se había metido en el cuerpo de Paula en el quirófano y nos la había devuelto hecha unos zorros, con más masa muscular pero como desabrida, como a medio hacer, como si fuese otra persona... Y quería hacerle mil preguntas, porque no era la típica niña que cuando la conoces te de la impresión de estar en un cuerpo equivocado, de ser asexual o poco afeminada sino al revés. Pero no podía hablar, la miraba y sabía que estaba ahí en sus ojos, en las cosas que vivimos, en su nueva piel hormonada; pero al mismo tiempo de Paula no quedaba físicamente ni rastro.
Paula nos dijo que ahora tenía ‘pito', pero que nos lo enseñaría cuando hubiesen pasado unos meses, y yo le dije que ya sabía cómo eran y que no hacía falta; me sonrió y me dijo que me lo pensaba enseñar igualmente y para más INRI me aseguró que ahora podría tratar de ligar conmigo. Elvira y ella se empezaron a reír como dos locas mientras yo estaba cada vez más nerviosa hasta que al final empecé a reírme yo también.
A la hora de comer entró Miguel, su padre, nos saludó con intensidad y nos pidió que ya que estábamos, que no dejásemos solos a Pau (aún no se había acostumbrado como yo a llamarle Pablo) y así aprovechaba para bajar a comer algo. Y Paula nos contó cómo siempre quiso ser un chico, cómo se sentía ahora y la decisión tan difícil que tuvo que asumir en su vida. Había comido y seguía hablando desde lo más profundo de su corazón, con los ojos envueltos en luz y lágrimas, sin mirarnos, mirándose así misma y a esa verdad que ahora podría destapar ante el mundo... Y yo estaba absorta.
Tumbada en esa camilla sentía que la vida le estaba dando una nueva oportunidad, sentía que después de enfrentarse a sus miedos y ser valiente enfrentándose a ese mundo tranquilo y familiar que la acogía como Paula y la protegía ante los males de la vida estaba dejando morir a ella misma. Ahogando su verdad en una nebulosa de dudas y miedos que la atormentaban día y noche privándole de todas aquellas necesidades íntimas más vitales que la comida, el trabajo y una casa. Privándola de enamorarse plenamente, privándola de ser él, privándola de poder respirar sin sentir culpabilidad al haber usurpado una entidad humana que no le pertenecía. Y que con cada curva de su cuerpo, se resbalaban un poco más sus sueños y su apetencia hacia la vida. Así que decidió liberarse, poner punto y final a su existencia, redimir su tragedia en busca de otros mundos más allá de la muerte tras ese amargo trago de agua donde disolvió decenas de pastillas. El médico que la atendió tras despertarse del coma era un psiquiatra, cuando se descubrió viva y en un hospital empezó a llorar y gritar según nos contó, hasta que por fin desnudó el alma y poco tiempo después empezó a hormonarse.
Y un día por fin se pudo operar, y su cirujano le devolvió la vida estando muerta en un mundo donde respiraba sin aliento siendo un ente extraño en un cuerpo de mujer rabiosamente guapa. Y cambió a Dios por él, aunque pudo hacer las paces con el primero de ellos.
_ "Y ahí estaba, muerto de miedo, pero contento, muy contento... el día más feliz de mi vida de todos los que recuerdo hasta que me vi el ‘pito'. Pero nervioso, mi vida estaba en manos de un señor vestido de verde con un gorro y una mascarilla tras la que me decía que cuando despertase ya sería un hombre completamente y que todo iría bien. Y mi vida pasó a ser la suya, su responsabilidad... el fracaso de mi vida sería el suyo, su culpa. Y ese cirujano aceptó ser mi Dios de por vida, crearme de nuevo, parirme otra vez. Ese cirujano al que yo no recé nunca acogió mis plegarias sin ser nada suyo y generosamente quiso cumplir mis ruegos, ser mi luz... Y fue ese cirujano el que me vio desnudo cuando yo era incapaz de mirarme, el que me daba un apretón de manos cuando flaqueaban mis fuerzas y me venía abajo con mi angustia y mi temor. El que comprendía mi ansiedad y mi destrozo, el que me hablaba como un padre haciéndome saber que debía tener unas expectativas realistas. El que me hacía soñar con una nueva vida pero con los pies en la tierra. El que me quitó el miedo andrógino de ser una mitad de cualquier cosa y no esa pieza entera que latía dentro de mí por vivir aquello que por fuera moría. Con miles de esperanzas y esa ilusión de quién espera entrar en el salón la mañana de Reyes y descubrir todos los regalos bajé al quirófano; y yo no podía hacer nada, tan solo esperar, tan sólo delegar una vida entera en las manos de alguien que tiene su propia vida y para el que yo tan sólo era una rutina más dentro de su abanico diario. Delegar en alguien mi vida, traspasarle mi problema y con él toda la responsabilidad de solucionarlo, lanzarle mis sueños, mis esperanzas, al vacío de su erudita experiencia, de sus manos expertas que hagan tomar forma a través del bisturí los manuales médicos que han ocupado horas y horas de su tiempo en estudio. Y dejarme arrastrar por la quimera de la anestesia pensando que tras esas horas volvería a la vida siendo Pablo, que habría matado a Paula para siempre. Que ese cirujano hizo el trabajo que Dios no quiso hacer, que se pringó las manos con mi sangre haciendo que sus horas de sacrificio y esfuerzo restados a su vida productiva estudiando sin parar fueran destinadas a darme esa vida que tenía que haber tenido cuando nací por primera vez... Y desperté y estaba allí, mi Dios, ¡mi héroe!, diciéndome que todo estaba bien y que no tirase de las sábanas que aún no podía mirarme el ‘colgajo'; que todo estaba bien, muy bien, que descansara... Pablo, ¡descansa!... ¡Pablo!, fue él el que me llamó Pablo siendo Pablo completamente. El primero que me cogió la mano de nuevo como lo hace Dios para arrastrarte al mundo convencido de que ahora ya no era un error..."
Y aquí estamos, empapados en la alegría de Paula que ahora es Pablo... en que las cosas sencillas que no podemos apreciar día a día se escriben con horas de estudio y generosidad inhumana. Tal vez cambien de nombre: anestesiólogos, oncólogos... y tal vez ni nuestros males sean tan grandes ni tan enormes sus diagnósticos. Incluso es justo decir que la mayoría de las veces, como he dicho antes, sus especialidades se nos escapen entre tanto tecnicismo y acoplemos la primera nomenclatura rara de la subespecialidad a la que se dedique reduciéndola al simple término de cirujano. Puede que el mundo globalizado en el que vivimos tenga una mancha capitalista de doble moral, y que la vuelta humanista a los principios sea un retroceso en los avances de la ciencia, el doble rasero con el que juzgamos a los demás bajo el prisma del que no sufre el mal ajeno nos cree criterios éticos preconcebidos cuando no es nuestro dolor el que se escurre por los ojos ajenos. Pero en la cercanía y en el conocimiento de las cosas se halla la sabiduría, se cierne el poder que hace mimetizarte con el otro creando esa empatía que nos acerca como humanos a todo aquello que como ‘monos' sapiens nos empeñamos en criticar de oídas. Las tragedias más sonoras se mascan siempre de cerca y en la penumbra de la oscuridad guarecen calladas en el alma de alguien de quién nos empeñamos en no escuchar su sollozo. Dice el refrán que no hay más ciego que el que no quiere ver, ni más sordo que el que no quiere oír, ni más tonto que el que no quiere entender; y así sucesivamente. Y tiene razón, podemos hacernos los sordos ante el llanto del que sufre, los ciegos ante aquel que nos incomoda al mirarle, los tontos ante el que nos pide ayuda haciéndole creer que no comprendemos qué nos está pidiendo; pero no por ello dejan de existir. Los cirujanos son aquellos seres que oyen aún cuando se está en silencio, que ven aún no mirando, y que comprenden aunque les tratemos como tontos. Y puede inclusive que tengan diferentes significados y acepciones según versan ellos mismos, pero sin lugar a dudas un cirujano es, como dije al principio: aquel señor que porta las manos de Dios en la tierra y permanece omnipresente sin horarios de ningún tipo a lo largo de toda su vida.
Nota: El concepto histórico que hoy conocemos de "enfermedad" fue introducido por Hipócrates que apostaba por la idea de que las enfermedades siguen un curso desde sus primeros indicios hasta desenlace (terrible o feliz). Por lo tanto, el padre de la medicina y solemne creador del "Juramento Hipocrático" introdujo así el Historial Clínico, un boceto que versa sobre la historia natural de la enfermedad que expresa con toda precisión el término "patología". Dichos Historiales son una forma de historia natural, pero no transmiten nada de la persona, ni de su experiencia mientras afronta su enfermedad, ni de su lucha por sobrevivirla. En un historial clínico riguroso no hay "sujeto", sino frases del tipo "hembra albina trisómica de 21" que podría igualmente aplicarse a una rata. El ser humano lucha, padece, sufre... es un "quién" -además de un "qué"- a veces muy necesario para la comprensión de una determinada enfermedad. Los médicos, y más cada vez hoy en día, elaboran un riguroso historial clínico para volver a situar al sujeto, al individuo, al ser humano, como ‘centro' en relación con el reconocimiento médico físico. Gracias a la labor de muchos médicos que saben aunar ciencia y humanismo (igual que Hipócrates supo aunar medicina y filosofía -facultades ‘¡a priori' enfrentadas y no yuxtapuestas- ) hoy en día al margen de ciertos decrépitos moralistas hay ‘cura' para pacientes, que alejados de estos singulares círculos científicos-humanistas, no merecen una cura quirúrgica, sino que su ‘mal' está reducido a otras áreas como la psicología y la psiquiatría. Igualmente Hipócrates luchó en su época dando apoyo científico ante esas dicotomías tan al gusto de la época donde el puro desconocimiento de la enfermedad se teñía de tintes espiritistas, supersticiosos o divinos.
Nota 1: Un amigo mío especialista en Microcirugía de la Mano, el Dr. Roger de Oña, hace un par de meses me dijo: _"Uno deja de ser médico cuando se convierte en cirujano". Hasta finales del siglo XVIII (en Francia y Alemania) o mediados del XIX (en España) las profesiones de Cirujano y de Médico eran diferentes, incluso con distintas consideraciones sociales. Por si un caso pido excusas por ir alternando y/o mezclando ambos términos.
Guy de Chauliac (1260-1368): Hizo una descripción del cirujano a la que los siglos poco han añadido y nada han quitado: "Que el cirujano sea audaz en las cosas seguras y precavido en las peligrosas; que evite los tratamientos y prácticas defectuosas. Debe ser amable con el enfermo, respetuoso con sus compañeros, cauteloso en sus pronósticos. Que sea modesto, digno, amable, compadecido y misericordioso; que no codicie el dinero ni sea socaliñero; que su recompensa sea según su trabajo, los medios del paciente, la clase del asunto y con su propia dignidad". Cirujano Francés.
M.G.Saphir ((1795-1858) Escritor alemán: "¿Qué respuesta daría a quién le preguntase: ¿quiere caer en manos de un abogado o de un médico?. La misma que daría a quién me agrediese con las palabras: ¡la bolsa o la vida!".
Rocío Medina
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21 Abril 2010
Querid@s Tod@s:
Por alguna razón del universo el invierno tarda en irse de Madrid, parece como si las nubes se agarrasen con fuerza al vapor de la tierra absorbiendo toda la cantidad de lluvia que contiene el planeta y la soltase con fuerza para hacernos rabiar vivos... Estoy bastante cabreada con este suceso, la verdad, porque después de ‘La Candelaria' para mi es oficialmente primavera y tan sólo queda recibir lo mejor del año: la Semana Santa sevillana, la Semana Santa de Málaga, las Cruces de Mayo granadinas, las fiestas de Moros y Cristianos, el día de Los Caballos del Vino, la Feria de Abril, la Feria de Jerez y por supuesto: "EL ROCIO"; ¡toma que toma!...
La Primavera es un arte en sí mismo; ¡un arte español!, donde el buen tiempo nos broncea la piel, el sol nos levanta el ánimo, los gimnasios hacen su negocio como debe ser; con el cuento chino de "ponerse a punto" para bendecirnos ante el espejo por lo bien que nos queda el bañador este año, y nuestra ilusión se concentra en el hecho de hacernos auto-presión por mantenernos a dieta. Además, es la época donde toda la gente comprometida anuncia su boda a bombo y platillo, y donde todos aquellos hartos hasta el gorrete de tanto amor ilícito anuncian su divorcio para emprender la puesta en escena en las fiestas de verano solteros y liberados; ¡tirititrán, tran, tran!...
Mi amiga Sara esta Semana Santa se va de yate, así mismo me lo ha dicho y se ha quedado la tía más a gusto que cuando acabas de coleccionar todas las ventanas, parras, ladrillos y púas en el "FarmVille" y orgullosos plantamos la casa en medio de esa granja llena de ovejas rosas que nos regalaron por San Valentín. Así que mi amiga Sara, como es guapa de morir y no tiene problemas ni con las dietas, ni con la caída de glúteos, anda agobiada porque : " _ ... me voy de yate en Semana Santa y me mareo, me voy a pasar el día en cubierta mirando al horizonte con ojos de Simbad acechando los barcos que van a Siracusa; o sea: ¡mirando al norte!, porque como mire más cerca me voy a tener que tirar al agua para no vomitar, ¡qué horror!, empastillada viva me veo todo el día con la dichosa ‘Biodramina'". Así que la pobre estaba anotando fehacientemente todo tipo de remedios caseros como llenarse el estómago de aceite, tomar patatas a porrillo, no beber alcohol ni leche, y atiborrarse de almendras o cualquier fruto seco en cantidad elevada: ¡olé!...
Verdaderamente los planes de cambio de horario son fabulosos. Cuando estamos en horario invernal las opciones más optimistas siempre son las monterías, la chimenea en el campo y una fiesta estupenda en el casoplón de algún amigo. En cambio en época estival, lo suyo es hacer cualquier cosa que nos apetezca pero sin resentimiento, sin ganas de que la brocha se te incruste en la cara a ver si así coge un poco de brillo natural nuestra tez pálida y sin que nos entre una pereza de morir el simple hecho de salir a la calle.
Con el buen tiempo se activa nuestro abotargado metabolismo, nos entusiasma cualquier plan en general y además, no nos da nada de pereza arreglarnos para salir aunque sea a comprar tabaco.
Sara me dice que poner tabaco queda mal, que ahora ya no se lleva, pero yo le digo que me da lo mismo porque soy una nostálgica del Hollywood de los '50 donde fumar era sutil y elegante; y a eso siempre lo acompaña un coche antiguo descapotable y una rubia con ondas en el pelo. Sara pone cara subversiva y sigue en su portátil buscando en la "Wikipedia" potingues caseros para no vomitar en los yates. En este instante me lee en voz alta, distrayéndome, toda la clase de tonterías que la gente subraya en los ‘post' a modo de Consejo- PadreNuestro. Hay uno que se hace llamar Doctor Cascorrín que asegura que como lo del mareo es cosa de oído lo mejor para no perder el equilibrio del pabellón auditivo medio, que es el que causa la sensación de vértigo, es subir al yate con una ‘Ipod' y no cargarle ninguna canción romanticona para no estar sentado ni ponerte tan melancólico que tengas que entrar al interior a echarte un rato mientras sueltas lágrimas, porque si no las echarás por las tripas que es bastante peor, y que una vez venido el mareo ya no lo para nadie. Total, que dice expresamente que se descargue a "Las Grecas", "El Tsunami" de Karmele Marchante, o la banda sonora de las tres de "KillBill" que pone las pilas y no te dejará ni un segundo estarte quieta. Y yo, según Sara me lee esto me la imagino tal cual baila ella, sin arte ni compás, moviendo brazos como La Thurman y descoordinada como Karmele que estoy hasta por darle una colleja y todo para que se centre.
Cierto es el hecho que Sara está preocupada, además, me dice que si bien el verano tiene ventajas y la primavera es fabulosa, no menos cierto es que las alergias son un gran engorro del que no logra zafarse ningún año. Asumo que tiene razón...
A mí me encanta la Semana Santa, sobretodo la de Sevilla. Si cogiésemos un helicóptero y viésemos la ciudad desde esa altura, sería algo así como una ciudad amurallada entre naranjos, gentío con capirotes nazarenos y sin ellos, grandes palios que desfilan a golpe de cansancio, fe e incienso, y un brillo especial que es el que da la belleza de las tallas y la elegancia propia de esa ciudad cortada por un río: ¡ese barrio de Triana!.
Y luego la Primavera, y sus siestas sin calor ni frío, y ese sol radiante que empieza a brillar silencioso mientras los almendros cogen color: con sus morados como los penitentes y sus blancos como los vestidos ibicencos... Y las terracitas llenas de gente agotando sobremesas, y las calles llenas de gente que pasean sandalias nuevas en pies aún blancos. Ah!, y me apunta Sara: _ "... y las uñas pintadas en colores eléctricos y ácidos que son lo más de lo más": ¡arsaaaa!.
Pues yo estoy ya oficialmente de primavera, a la espera del calor y el moreno, sentada entre la ensoñación de Sara con sus imágenes del yate y mis folios aún sin teñir. Y me pongo tensa porque según cuento esto veo cómo mi amiga subraya con alevosía la parte donde ha puesto patatas y entre paréntesis: preguntar si pueden ser fritas porque no quiero morir en cubierta a base de purés.
Y saltar, saltar con las flores y la luz envolviéndonos mezclando los perfumes suaves con el nuevo color teñido de nuestra piel; y guardar los abrigos... Y las mariposas flotando a ras de seda, pequeñas, frágiles y radiantes con alas de arcoiris: ¡aire!, ¡aire!.
Pero también es cierto que la primavera nos da unos disgustos horribles, porque ciertamente cuando se pasa la primavera lloviendo tantísimo es una ascazo sideral, que tenemos las sandalias recién compradas de la nueva temporada y nos da una rabia descomunal no poderlas estrenar. Y también ocurre otra cosa desde mi punto de vista tremenda, que es el hecho malvado que empieza a hacer calor y vemos el verano a la vuelta de la esquina con kilos demás en carnes y de menos en los bolsillos; ¡operación bikini al canto!, pero claro, también la depresión porque o gimnasio y culo prieto, o vacaciones en la playa... ¿Qué debemos hacer?.
Aunque lo que está claro es que si eres un chico te gustará la primavera porque las niñas empiezan a quitarse más capas de ropa y las alegrías se sueltan al mirar los recovecos de los escotes encremados con brillos sueltos. Aquí mi amiga suspira en alto y me dice que es bien cierto, que si ya cuesta bastante hacer que un tío haga como que te escucha mirándote los ojos cuando claramente los párpados se van bajando hacia abajo para intuir cómo son tus curvas delanteras, con escote es misión imposible; da lo mismo que le llames cerril que anormal sin clase, el tío te va a sonreír y como mucho se fumará un pitillo a ver si el filtro absorbe las babas: ¡porompompero peró!.
Total, que llego a la conclusión menos drástica de todas; disfrutar de los días que son más largos, que hay más luz y te puedes broncear gratis en los parques, que aún no tienes que apurarte por no tener dinero este año porque aún falta un poco para el verano y las vacaciones... y las terracitas llenas de bote en bote.
Sara: _"Y los amores furtivos y los ‘rollitos' de primaveraaaa!... AAaaaa... Aaaaachússs!". Pues dicho queda.
Sara: _ "Si, dicho queda pero dime dónde tienes un pañuelooo ¡aaaaaaaaachús!, jodida alergia...!".GRRrrrr
Besazo Grande,
Rocío Medina
P.D.: Si alguien sabe de primera mano cómo paliar los mareos en yate que me avise, que Sara está calculando las calorías de todo esto y está a punto de echarse a llorar.
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3 Enero 2010
Querid@s Tod@s:
Es Navidad. De sobra es sabido porque no puedo salir a la calle y dar un paso sin que me pare alguna señora ofuscada con tirar del marido y de sus compras. Ahí que siempre hay alguna buena mujer atareada en la búsqueda del regalo perfecto: cualquier cosa que abulte mucho y parezca que vale un dineral, y cuyo precio, y más en tiempos de crisis, no suba de a lo sumo cinco o diez euros. ¿Y las caras de cabreo?. Eso es otra cosa de la que debemos hablar... Mucho espíritu Navideño pero aquí las señoras van cabreadas a todas horas.
Hoy, cuando he salido a dar un paseo con Helmut, me ha parado mi portero para Felicitarme la Navidad. Y justo cuando me iba le he escuchado decir en voz alta: _"La Navidad es una mierda... ¡Oye¡; ¡dejad de una puta vez de pisar los rosales que me tenéis hasta los ‘webos'!. ¡Qué ganas tengo de que vayáis al colegio de nuevo!. ¿Y vuestros padres?; ¡también se nota que están hasta las pelotas de aguantaros que os lanzan al jardín a que hagáis el indio!. Como os volváis a meter donde están las plantas vais a ver... ¡Estos críos del demonio!..." Y yo mientras luchando porque no se orinase mi perro hasta llegar al parque de enfrente.
Una vez en el parque baja una señora del asiento de su coche dirección al maletero, yo estaba llamando por teléfono a mi Tía Amparo para decirle que paso la Nochevieja en Madrid, y justo cuando ha dejado en el suelo la última de sus cuarenta bolsas, me sonríe y me dice: "¡Feliz Navidad!, ¡Qué bonito tu 'can' " (las señoras -aún no sé cómo describirlas-, se ve que ya no llaman perros a los perros; los llaman ‘Canes' que queda más ‘pro'), y cuando le doy las gracias, acto seguido le oigo soltar por el móvil: _ "Mira, llevo media hora apañándomelas como puedo para coger todas las bolsas, pero yo sola no tengo fuerzas, así que hazme el favor de bajar... Si, ¡hombre!, después de que he estado toda la mañana con las dichosas compras... ¡No sabes cómo estaba ‘Mercadona' de gente!, y luego ‘El Corte Inglés' ya ni te cuento... En fin, al menos he logrado comprar todo menos lo de tu hermana y tu madre, que lo dejé para el final, porque como son tan suyas... Claro, Nene, ya con la hora que es no me ha dado tiempo... Si, porque he pensado que mejor solucionar los regalos cuanto antes y ya sin prisas, ir escogiendo bien el regalo de tu hermana y tu madre, pero ya no me ha dado tiempo, ¡mira qué horas se me han hecho!. ¡Y baja de una vez!... (aquí me sonreía mientras yo disimulaba no escuchar la conversación). Mira, me estoy congelando, voy a meter otra vez las compras en el coche y baja cuando te de la gana. Aquí le cuelga, y mientras mete el móvil en el bolso dice : _"¡Qué puto asco de Navidad, Coño!" )
En fin, que todo el mundo adora la Navidad, sueñan con que será un año maravilloso y que sus casas serán bendecidas y fabulosas, cual película navideña de la "Metro Goldwin Mayer", pero a la hora de la verdad, todo el mundo está deseando que la Navidad pase lo antes posible. El hombre de la casa porque está harto del dineral que se ha gastado, la mujer de la casa porque está berreando con los hijos, aguantando a la suegra, y poniéndole caras de ser buena persona y soportar a dicha cretina. Los abuelos porque los padres le ‘encasquetan' a los nietos todo tiempo y ya no saben qué hacer con ellos (claro, antes unas canicas o unas muñecas, o tal vez una sesión de clases de cocina para preparar el alfajor venían bien, pero ahora, ¿a ver cómo el abuelo se hace con el manejo de ‘la playstation' o de la ‘wii'?). Y para colmo de males tienes que dar una cena en honor a tu cuñada, que viene de Milán (donde se fue a vivir con un marido guapo y millonario), a esa que no soportas, y encima en tiempos de crisis donde no está la economía para derrochar encantos falsos... Claro, te quieres morir del ataque de pánico escénico aunque sea ahorcándote tú misma con los filamentos de los huevos hilados que vas a poner en el "Roastbeef".
Pero la Navidad es muy bonita, hay que verlo por el lado positivo. Paseas por las calles y te ponen esos villancicos que tenemos: "La Virgen se está peinannnnnnndo, entre cortina y cortiiiina, los cabellos son de ooooro, y el peine de plata fiiiina. ¡Pero mira cómo beben los peces en el Río!... ¡Pero mira cómo beben por ver a Dios Nacido!"... Y aquí lo dejo no vaya a ser que os queráis emborrachar también vosotros. Si es que es normal, en España tenemos un enfoque de las cosas muy desencaminado. ¿Qué tendrá que ver el peine de la Virgen -dando por hecho que sea la esposa de San José de la que hablamos y no otra que no ha conocido hombre por alguna tara en la que no voy a entrar ahora- con los dichosos peces?. ¿Por qué beben los peces por ver a Dios?... Y ¿de dónde venía La Virgen para tenerse que peinar el pelo?. ¿De dónde sacó las cortinas y el peine de plata, si en el pesebre de Belén no había nada más que una mula y un buey?. Pero lo más triste del caso es que el villancico en sí es feísimo, con esa letra y con esa música... Tú te vas a Inglaterra, y tienen villancicos con sentido, aquí tenemos ese y el de "Hacia Belén va una burra... ¡ring!, ¡ring!... Yo me remendaba, yo me remendé, yo me eché un remiendo, yo me lo quité..." y claro, a ver éste cómo lo traducimos para que un irlandés de pipa, mejillas coloradas y ‘tea with milk' lo entienda. ¡Es que no puede ser!.
Llegamos al día de ‘Nochebuena', donde después de la cena hay que hacer el ‘paripé' moderno que han traído nuestros estilos consumistas más internacionales y mundanos, y tenemos que echar al más gordo de la familia a la calle, con un traje de "Papá Noel" comprado en un "Todo a Cien" para que se haga pasar por "Santa Klaus" y le de a los críos de la familia los regalos convenidos. Este año en casa se ha hecho mejor que nunca; le tocó a mi tío Nicolás y simplemente se levantó a hacer pis, y aprovechando que estaba levantado, hizo sonar el timbre de la puerta y dejó fuera el gorro de ‘Papá Noel' a su vuelta del baño. Cuando mi tía se dispuso a abrirla, él le hizo un gesto y llamó a Ana, una de mis primas pequeñas, y ésta, toda emocionada, volvió corriendo diciendo con su media lengua: _"¡Ha venido Papá Noel!, y como estábamos cantando villancicos tan alto no le hemos oído entrar... ¡Se le ha caído el gorro al salir!. ¡Tengo el verdadero gorro de Papá Noel! y ¡huele a Papá Noel!... ¡Vamos a buscar los regalos!". Claro, obviamente todos seguimos a nuestro ‘champange' y nuestros dulces, y sólo le ayudaron a encontrar los regalos aquellos progenitores que se los habían escondido; mientras el resto seguíamos con los villancicos flamencos y esas cosas.
Pero aún así, la Navidad es maravillosa, comes como un cerdo, te hinchas a comer como si jamás en la vida hubieses visto comida en tu mesa, y cuando entras a una tienda y te encuentras esas bandejas con mazapanes y mantecados al lado de los vasitos de plástico del licor café, te lanzas a la susodicha remesa de dulces que en tu vida normal ni pruebas porque no te gustan nada, como si jamás de los jamases hubieses deleitado a tu paladar con tal cantidad de azúcares y grasas, ¡pero como estamos en España y son gratis!...
Y si, la Navidad es entrañable, porque al margen de pasar de los setenta kilos de peso a los noventa en tiempo récord, también encuentras tiempo para cotejar con el vecino quién pasa un tiempo de ‘Pascua' más molón: que el anormal ése se va de vacaciones con toda su familia; tú te vas con toda la tuya y en vez de al chalet de los abuelos te vas a la finca de tu súper tía millonaria, que el cretino del jefe se va con su familia a Baqueira a esquiar invitados por unos amigos; tú te vas a Punta del Este con toda tu familia, incluida la política, y con un grupo de nórdicas de quitar el hipo invitados todos en el jet del suegro de tu amiguísimo... Que a la novia de tu amigo le han regalado unos zapatos ideales de morir; a tí te han regalado unos "Christian Louboutin" que ya los quisiera la princesa ‘Leti', y así sucesivamente...
Lo que nunca falla en Navidad son los propósitos de Año Nuevo y las cenas para celebrar la Navidad. Siempre andamos quedando bien y apuntándonos a todas las cenas, almuerzos y meriendas con gente que no aguantamos por tal de hacer algo para con el Espíritu Navideño. Nos enfundamos en ropa negra, escandalosa y dorada, nos maquillamos como para una sesión de fotos en el "Vogue Tendencias", y nos plantamos a la cita a ver si vemos con otros ojos a los ex compañeros pertinentes o nos enteramos de que al buenorro de la sección financiera le va el matrimonio de culo y podemos meter baza... Así que ahí estamos, dejando el sueldo que hemos cobrado del plus de Diciembre y que nos recortarán junto con el finiquito de Enero de nuestro contrato, montadas en unos tacones que nos matan los pies, y sonrientes, perfumadas y monas, para darlo todo en esa cena pre- Navidad...
Los propósitos de Año Nuevo están para saltárselos, siempre lo he dicho... Para pasarlos por alto de una manera realista y para crearlos en nuestra mente de una manera jocosa e irónica; dándonos pie a pensar en algo verdaderamente más positivo para con nuestra psique de lo que vayamos a pensar en todo el año. O sea; para revitalizar nuestro mal de conductas y para reírnos a gusto de nosotros mismos, ejemplos:
- Dejar de morderme las uñas (eso se dice mordiéndote la penúltima y haciéndote sangrar el padrastro que te ha salido)
- Llamar más a mi abuela (mientras lo dices, retiras sutilmente el móvil de la mesa y lo guardas en el bolso; ¡ya llamarás a tu abuela mañana que ahora estás aplicada con lo que tienes que hacer para el próximo año)
- Pedir perdón a mi amiga Lorena; no estuvo bien arrebatarle al novio de esa manera (y se vislumbra en tu cara esos ojillos vidriosos de mala recordando cómo le metiste mano en la casa de tu amiga y cómo te lo ‘trincaste' después en el despacho de su padre. Y acto seguido piensas casi al borde de las palabras: "Que se fastidie por sosa y por bruja... también ella me quitó a Miguelito en octavo de EGB y no se lo tuve en cuenta).
- Dejar de tener amantes, que tenemos un marido ideal que se está matando por pagar todos mis caprichos (pero piensas al instante: "¡Mierda!, le dije de quedar hoy y no estoy depilada"... Cariñooooooo, tengo que salir a comprar tu regalo de Reyes, no me esperes despierto que en Navidad los centros comerciales cierran de madrugada..."y acto seguido llamas al amante para el último homenaje del año y luego a la esteticien).
- Perder peso, eso es un clásico... Y como voy a perder peso me lanzo a la bandeja de los turrones con ahínco.
- Apuntarnos al Gym, otro clásico donde los haya. Este año para verano voy a lucir el mejor culo del mundo; ni las lolitas de catorce años van a tener que ver conmigo... Me apunto al gimnasio nada más pasar Reyes, bueno no, que me voy a ir a esquiar y tengo ‘buffet' libre con los gastos pagados, pero para Febrero seguro... Bueno, el 2 de Febrero es ‘La Candelaria' y en El Rocío se come mucho... y para pagar medio mes... Marzo. ¡En Marzo me apunto!...
- Dejar de ser tan gruñona con mi marido y tenerle más paciencia... joder, es que, por mucho que quiera, es superior a mis fuerzas: _"¡Pepe!, ¿has llamado ya a mi hermana a Felicitarle la Navidad o estás esperando a que marque yo el número?... ¡Pepe!, ¿Me oyes?... ¡Y yo qué sé si estás durmiendo la siesta!, si te pasas el día entero durmiendo... ¡Pepe!, y haz el favor de no comerte todos los bombones de licor que son para las visitas, ¡coño!, ¡que son carísimos!...
- No malgastar dinero porque soy una compradora compulsiva, estamos en crisis y hay que mantener una compostura para con los gastos... Pero eso después de Navidades, que me tiene que comprar mi Pepe las botas de Jaime Mascaró y la capa Española para la Candelaria, para ir yo toda ideal en plan "Luces de Bohemia".
- Quedar más con las amigas de toda la vida, que últimamente las tengo abandonadas por las de "Clases de Pilates" y "Yoga para Principiantes" (y claro, justo en ese momento la fatalidad del vaticinio de ‘Murphy' llama al móvil, entonces le das a silenciar y dices: "¡Joder!, ¡qué pesada es esta tía!, ¡está toda la vida igual!... ¡Depílate el bigote de una vez y sal del jodido pueblo!, que ya va siendo hora de hacer algo interesante por una misma... Mierda, y mierda, seguro que se ha enterado de que la Nochevieja la paso con mis padres y se va a empeñar en que salga después con ella y el sosorrón de su marido... Le digo que no estoy y punto pelota, no pienso estrenar mi vestido nuevo en ese pueblo cochambroso, o mejor; no la llamo y en paz, que piense que no he ido".
- Y desde luego, hacerme rica, eso cueste lo que cueste, que lo de andar con dos hipotecas y tres créditos personales es una ‘chachada mortal' donde las haya, así que me voy a ir al hogar del pensionista de Marbella a ver cuántos viudos o solterones ricos están en condiciones aún de ser vigilados por si un caso... Total, mi marido sólo me sirve para arreglar ñapas y llevar algún día suelto a los críos al colegio... Cosa que pensándolo de otro modo, también puede hacer un jubilado octogenario...
En fin, que desde luego las Navidades son bonitas pero no por nada, sino porque es la época más que nunca donde estrechamos lazos de humanidad y nos reconvertimos a la fe de nuestros progenitores...
Allá por finales de Octubre nos damos cuenta de que estamos en Pascua porque los centros comerciales nos lo anuncian a bombo y platillo, así que nos vamos al "Todo Cien" a comprar un pino antes de que nos quiten los grandes, que eso adorna mucho en una casa de cuarenta metros cuadrados y ayuda a que el polvo no se vea tanto. O bien nos vamos al pueblo y talamos unas cuantas ramas de pino, o a lo sumo talamos uno pequeño que hay muchos y no se nota; esto se hace mandando a nuestro Pepe a hacerlo con un hacha y nosotras vigilando con la música de "Marta Sánchez" o los Villancicos de "La Pantoja" en el coche a todo meter, por si viene algún forestal con ganas de fastidiar un rato. Luego vamos al "Ikea" a comprar manteles navideños, que los del año pasado siguen con unas manchas horribles que no hemos podido quitar por culpa de las almendras garrapiñadas que pusimos del año pasado y que no se las comía ni Dios, y cargamos con luces (que a saber en dónde hemos dejado las del año pasado), lazos, bolas y demás enredos que el consumismo nos pone a pie de caja de pago. Y después de estar toda una tarde poniendo las luces y las bolas, lo suyo es cabrearse porque nos ha quedado el pino hecho un adefesio con tanto cable liado y tanta bola apiñada, así que llamamos al Pepe, que después de habernos regañado porque el pino es más grande que el salón, nos tiene que echar una mano para quitar las luces, ponerlas bien y hacer que funcionen sin hacer saltar los plomos.
Nuestro Pepe que es un cascarrabias pero también un santo varón, acomete contra su tarea sin mucho entusiasmo renegando y venga renegar, y entonces le decimos que mueva un poco el pino, después de estar hora y media recolocando las cosas, porque también vamos a poner un "Belén" y todo no nos cabe; entonces nuestro Pepe del alma nos manda más allá del "Monte de los Olivos" y se baja al bar a tomarse unas cañas y a jugar un rato con las ‘tragaperras".
Tenemos ya nuestro árbol, tres semanas antes de la verdadera Navidad, y entonces saca el "HOLA" en portada a nuestra "Preysler" con un árbol auténtico detrás de su juvenil silueta, y nos da un ataque de rabia que queremos morirnos ahí mismo... "O sea, ¿que ahora se llevan las bolas plata y el árbol moteado con falsa nieve?...¡Menuda Mierda!... ¡Pepeeeeeeeee!, ¡Pepeeeeeeeee!, ¡Corre!...¿Cómo que qué quiero?, te estoy diciendo que vengas, ¡coño!, ¡siempre igual con este tío!. ¡Que vengas y punto!. ¡Ven!, ¿quieres venir de una vez?... Mira Pepe, el árbol hay que quitarlo, tenías toda la razón del mundo, este árbol en esta casa; ¡como que no!..." Su Pepe sacude la cabeza pero no tiene ánimos para discutir, y menos aún porque esta noche hay fútbol, así que le dice: _"Maruja, ¿entonces qué hago?, ¿lo quito?... Mujer, si ya está puesto, eso se dice antes, pero ya da lo mismo, ¿no?... Pero Maru, después de la odisea que pasé cortando el maldito pino, que me metí un hachazo que tengo dedos de milagro, que me dieron veintisiete puntos; ¡uno detrás de otro!, ¿ahora me haces quitarlo?..." Maruja le pone caras, y con los brazos en jarras se va yendo a la cocina con las zapatillas en chancleta, y el delantal colocado encima de la bata de guatiné, y desde allí le dice: _ "Pepe, ¡tú haz lo que quieras!, pero ya sabes lo propensa que soy yo a las jaquecas... ¡Pues si!, porque a mi con los disgustos se me pasan las ganas de ir a cenar a ningún sitio, y menos a casa de tu madre... Pepe, ¡que quites el maldito pino!, ¿o es que no ves que no va bien para el salón?..." Y Pepe que no quiere discutir, se sube a la silla de mala gana y va desenredando pacientemente las luces, colocando la bombillas en la caja, cargando con el pino como puede, lo lleva al lavadero para no bajarlo a plena luz del día a la calle, y ve salir a su Maruja del alma, con el chándal puesto, el abrigo y el cuello de piel de conejo encima, los botines marrones a juego con el bolso imitación piel de cocodrilo pintándose los labios y entonces le dice a su marido: _ "Pepe, espérame en casa hasta que vuelva, que voy a necesitar que me eches una mano. Ah!, y ya me ha dicho La Manoli que esta noche has quedado con su marido a ver el fútbol, ¿no pensarás ir en serio, verdad?... ¡Pues si!, ¡si que me da!, porque tengo muchas cosas que hacer en casa y necesito que te quedes y me ayudes... Mira Pepe, ¡haz lo que te de la gana!, pero ya sabes que como te vayas me pienso cabrear!... Y he puesto a cocer patatas para la ensaladilla rusa, en media hora apaga la olla, y quita los pies de la mesa, ¡coño!".
Al cabo de las tres horas y media aparece Maruja, con dos tíos detrás custodiando un pino, su Pepe tiene las órbitas de los ojos desencajadas y le dice: _"Maruja, ¡por Dios Santo!, ¿qué es lo que me traes ahora?, y Maruja, toda orgullosa dice: _"Sabía que te iba a gustar Pepe, he traído un pino de verdad como el de ‘La Isabel Preysler', quita el sillón ese y mételo en el cuarto del crío...¡Pues yo qué sé!, si no cabe prueba a meterlo en el trastero..." Y Maru, toda emoción y ansiosa, empieza a apilar los muebles del salón para que quepa el pino de tres metros, al que tiene que sacar la copa por la ventana porque no cabe, y cuando regresa su Pepe de meter la mesita auxiliar en el baño, su mujer le dice: _ "Pepe, paga cuanto antes a estos señores y venga que tienes que poner las luces y las bolas como están en esta revista". Y ahí es cuando Pepe mira el pino y quiere tirarse ventana abajo.
En fin, la Navidad es preciosa, desde Madrid o desde una ciudad grande sobretodo, porque pasas por la calle que te crees que estás en plena "Ley Seca" y tienes que hacerte con provisiones, porque ves desfilando por las calles más bolsas que personas. El tráfico ya no existe, es como cuando tienes pecas en la cara y tratas de verte un lunar; ¡pues igual!. Y claro, las tiendas tienen colas de veinte metros de largas, los coches ya no respetan las dobles filas que tienen que aparcar en triples; bueno, eso lo hacen los maridos para que no les pongan ya más multas a su mujer. Y luego están las señoras, que se empeñan en enseñarles al marido lo que van a comprar para ‘Reyes' y sacar el jersey fuera para probárselo: _ "Señorita, pues que no pite tanto la alarma, ¡leches!, que tengo a mi marido esperándome en el coche y ¿cómo quiere que le compre el jersey si no se lo prueba antes?... ¡Que no!, ¡que no me voy a ir sin pagar!... Pues mira, quédate con mi crío si eso... ¡Jonathan Jesús, quédate con esta chica mientras ‘La Mama' va a probarle ‘Al Papa' el jersey!, ¡y no des guerra!, ponte ahí a jugar con los nenes de aquella señora". Y ahí que sale Maruja a probarle a su Pepe el jersey sorteando los coches de primera y doble fila hasta llegar a donde está su Pepe fumándose el undécimo pitillo.
Y con tanta cola de gente Maruja no halla a su crío, el jersey a su Pepe, con tanto polvorón y tanto mantecado no le vale, así que lo tira ahí mismo al suelo, que como ya hay una capa prominente de ropa en pre-rebajas, da lo mismo, y llama a grito ‘pelao' a su nene armando la ‘marimorena': _ "Jonathannnnnnnnnnnnnnnnnnnnn, ¡Jonathan Jesús!... -sale un segundo a la puerta y hace aspavientos con el bolso a su Pepe, que parece no entender la desesperación de su Maru- Pepeeeeeeeeeeeeeee, ¡el crío que no aparece!... JOooooooooonaThAAaaaaaaaaaaaaaaaaaannnnnnnn... ains hijo, que no te veía, ¿pero qué haces ahí tirado debajo de una montaña de ropa?... Venga, ¡vámonos!, que aún tengo que comprarle a tu abuelo y a tu padre unos calcetines por Navidad... ¡Jonathan!, vamos, ¡coño!, ¡levántate ya del suelo!..." Y regresando al coche, Maruja le dice a su Pepe: _ "Mira Pepe, tu crío es imposible, me dejas en la tienda de abajo y quédate tú aquí con él, que si no, no me cunde ‘ná'... ¡Qué ganas tengo de que empiece otra vez la escuela!". Total, que ya que Pepe tiene que estar jodido esperando horas en el coche, al menos se jode con su propio hijo dándole la criaturita la tabarra por puro aburrimiento...
Total, en este sarcasmo de vida nos movemos todos, o casi todos, y ahí que odiemos las Navidades, casi tanto como no podemos pasar de vivirlas, pese a que un año tras otro, nos juramos no hacer nada especial en estas fechas, pasar de hacer compras inútiles, y a lo sumo; gastarnos el dinero de los regalos en hacer un viaje familiar más productivo. Pero es que claro, al marido le dan la prima, tu amiga te insta a acompañarle a hacer sus compras, tu tía del pueblo te da el Domingo una caja llena de alfajores, los escaparates están muy bonitos; adornados con motivos navideños, las calles se llenan de luces, las aceras se enmoquetan con ‘Papás Noeles' que venden lotería o que regalan caramelos a los niños, la gente te empieza a felicitar la Navidad... Y claro, te dejas embaucar tontamente en las garras de ese espíritu Navideño, se te llenan los ojos de emoción al ver que con la crisis, empiezan antes las ‘Rebajas de Enero' y claro; de perdidos, al río de la emoción consumista...
Y para Reyes, siguen estando los calzoncillos y los calcetines para el padre, la colonia para el suegro, el popurrí de pétalos de flores para la abuela con sus sales de baño y todo, la bufanda y los guantes para la cuñada, las muñecas para la nena y las pistolas para el nene, las zapatillas de casa para el abuelo, la bata y un camisón para la abuela, para la madre una nueva batidora y una bata de estar por casa, para la vecina una caja de dulces caseros del pueblo, y para el portero su botella de vino. Y todo esto, adornado con mensajes reiterativos, ahora vía SMS, donde no faltan los buenos propósitos para año nuevo.
Así que lo dicho, que yo voy a ser menos que nadie: ¡Feliz Navidad! a todos y ¡Próspero Año Nuevo!.
Rocío Medina
servido por rociomedina
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11 Septiembre 2009
Querid@s Tod@s:
¡Nada de nada!, como ahora se peguen las lentejas verás tú qué risa más buena… Llevamos tres horas esperando a que las dichosas lentejas se ablanden y nada; ¡que no hay manera!…
Mi amiga Cuca acaba de venir de Alemania, y dice que allí hay de todo, pero que lentejas no, y le ha entrado el mono y no hemos podido hacer nada para evitarlo, ni Theese, ni yo. Así que Cuca ha llamado a su abuela y ésta le ha pasado con su ‘doméstica’, que al teléfono, le ha dicho que echase laurel y chorizos para dar consistencia, que si no sabrían a brebaje compuesto de agua sucia, pimientos y ajos… Así que aquí estamos las tres con una copa de vino en la mano mirando como borbotea la cazuela donde las lentejas no se pasan de duras a estado comestible, y donde flotan una cantidad imposible de ajos sin pelar, pimientos y chorizos descompuestos dejando flotar hilos sueltos. Yo no he querido decir nada por no echar más leña al fuego – en este caso a esa cacerola que chorrea ‘aguachirri’ hirviendo por los extremos, llenando la vitrocerámica de manchas que al caer desparraman por la cocina un intenso olor a quemado- pero yo ese despropósito de caldo con tropezones duros y atestado de ajos no lo pruebo ni loca.
Theese me mira con cara de drama y cuando Cuca mete las narices en la olla llenándose la cara de gotas de vapor, aprovecha para decirme que si estoy pensando en escaquearme que ni se me ocurra, que Cuca ha puesto mucho entusiasmo… Si, si, ¡si entusiasmo ha puesto!, pero será para matarnos de ardor de estómago; que con aquella olla de ajos no se acerca ni Paco Porras con su mata de perejil cogido al bisoñé del flequillo…
Media hora después Cuca en vista de que aquello se queda sin agua y sólo está cubierto por la capa de nutrientes antes descrita, resuelve que hay que añadirle una media botella de vino tinto que según nos cuenta, es muy socorrido para esas cosas… Y media hora justo después, se da cuenta de que la parte de abajo está pegada al perol, que debía haber recaído en el hecho de que a la comida se le debe dar unas vueltecitas de vez en cuando, y que no por poner el fuego al máximo, las cosas se hacen antes y mejor… Total, la cazuela entera fue a la basura directa pasadas las cuatro de la tarde y tuvimos que llamar a un ‘chino’ para que cocinara por nosotras; o sea, llamar al restaurante chino que a aquellas horas tuviera la santa paciencia de explicarle a mi amiga Cuca que su problema con las lentejas no tenía nada que ver con él, y que no llamaba a un asiático ni a un japonés, sino a un restaurante chino donde por más que te empeñes, no te traen "tataki de atún".
A las cinco de la tarde y diez minutos viene la comida, no sabemos si la sirvió un 'chino' o un 'mandarín' porque no se quitó el casco de la moto. Theese abrió la puerta y cargó con la bolsa dirección a la cocina, y Cuca pagó soltando un bufido.
La comida no sabía nada bien y Cuca agarró un berrinche que le costó una jaqueca…
Las mujeres cuando nos juntamos y nos hemos tomado más de tres copas de vino, si no atienden nuestras necesidades como las requerimos y en ese preciso instante, todo sin excepción está sujeto a ser criticado y a provocarnos un disgusto de muerte. Recuerdo como una vez mi amiga Cayetana, esperando a que abriesen la cafetería del aeropuerto durante más de cuarenta minutos, en cuanto abrió se abalanzó a los ‘croissants’ con lágrimas en los ojos de felicidad y agarró cuatro sin pensar en la dieta. Y cómo en cuanto probó uno, se fue derecha al encargado, y con más lágrimas aún –éstas de rabia- dijo que aquello era como un chicle endulzado y calentucho, y que a ver si se lo cambiaba por algo que tuviese jamón ‘del bueno’. Y como jamón ‘del bueno’ tampoco había, se negó a probar bocado hasta que llegamos al destino, y del disgusto que cogió y la ‘zapatiesta’ que armó, la gente no paraba de mirarnos allá por donde fuéramos. De hecho, recuerdo en la sala para fumadores a un señor gordito que antes de que ella sacase un cigarro le ofreció él el paquete de 'Malboro' y el mechero, por si acaso la tomaba con él y también le daba el viaje.
Después de medio dormitar viendo una de esas pelis hechas para televisión a las que yo siempre llamo “de amor y lujo”, donde siempre pasa alguna desgracia con alguien apuesto, y donde siempre el más apuesto todavía resuelve el caso y se queda con la chica… empezamos a repasarnos las unas a las otras de arriba a abajo. Cuca dijo que tenía que ir a hacerse la pedicura con urgencia, porque llevaba las uñas esmaltadas en color berenjena y con las sandalias que se iba a poner por la noche no pegaba ese color. Theese dijo que iba a ponerse rulos en el pelo para hacerse un peinado de ondas lánguidas y gordas como el que saca Marta Sánchez en el ‘videoclip’ con el guapísimo Carlos Baute, y yo directamente pensé en no salir porque mis amigas se habían encaprichado de los dos únicos vestidos que estaban disponibles para la fiesta de esa noche… Al final Theese me dejó un vestido suyo que se negaba a ponerse porque ya lo había usado en dos ocasiones, y ella estrenó el mío. Cuca como digo escogió el otro que era una monada con corte griego, y después de la decisión y horas antes de salir, los teléfonos empiezan a sonar…
La cosa de los teléfonos es algo muy curioso, yo en persona puedo hablar horas seguidas pero por ese cacharro, soy como un coche de control remoto sin pilas; arrastro las palabras y me cuesta lo suyo tener una conversación decente, pierdo el hilo varias veces y otras tantas estoy a por uvas. Así que cuando me llaman digo a Theese que coja el teléfono y la muy petarda acepta en mi nombre el que un tipo llamado Gus pase a buscarnos a casa para llevarnos a la fiesta. ¿Gus?, pero ¡qué clase de hombre decente se hace llamar Gus!. Gus de ¿gusano?, ¿la rana Gustavo?, ¿Gumersindo como el panadero de un cuento?... Pues eso, Gus era Antonio Gusando, un pesado con el que compartía clases de golf hace algún tiempo, cuando era una persona normal y respetable que se hacía llamar por su nombre: Antonio. Le perdí la pista al curso siguiente, cuando cogí clases particulares e iba sola y al preguntar por él me dijeron que se había casado y se había ido a vivir a Palma de Mallorca. Tiempo después me lo encontré en un restaurante, me dijo que se había separado y me dio su tarjeta, y tiempo después le llamé confundiéndolo con otro Antonio de otra tarjeta de trabajo, y ahí es cuando dijo que no le llamase Sr. Gusando, que como mucho le llamase Gus… Y a partir de ese tremendo y caótico error, fue cuando Antonio, ‘Gus a Secas’, empezó a llamarme más de dos días seguidos para quedar, y cuando desconsideradamente por mi parte, fue cuando anoté su teléfono en la agenda del mío para saber que si me llamaban de ese número no debía coger la llamada.
Pero llegamos al presente, mi amiga Theese no tenía ni idea de mis rarezas en cuanto a los nombres horteras, así que vio “GUS”, cogió la llamada, y en menos de dos horas tendré a este tío en la puerta de mi casa, y viéndome en la obligación de inventarme excusas para no haberle cogido el teléfono. Estas cosas las odio, ¿por qué me tengo que sentir obligada a tener que dar explicaciones ante algo tan simple?. Pues inquietantemente, es algo que los hombres de un modo u otro exigen, porque aunque la respuesta la conozcan de sobra siempre pretenden autoengañarse pese a estar la cosa más cristalina que el “Evian”.
Theese busca como loca una aspirina, se había puesto los rulos tan tirantes y tan llenos de laca para que se le quedasen las ondas bien hechas, que los últimos rulos se los había tenido literalmente que arrancar de la cabeza, y ahora era una cosa así como un pibón rubio con peluca enmarañada y ojos perfectamente delineados con Kölh y sombras ahumadas corriendo histérica en bragas por toda la casa. Cuca estaba soltando humo por la boca sin parar y tenía el pelo negro tan perfectamente brillante y laceo que parecía sacada de un anuncio “Pantene PRO-V”, y yo estaba enzarzada en la odisea de no saber en dónde había puesto las sandalias mientras Theese me distraía una y otra vez diciéndome que a ver qué iba a hacer ahora con el pelo así.
Gus asoma su cara por el interfono, las niñas entusiasmadas porque no es tan feo como yo lo puse –no dije que fuese feo, sino que no me gustaba- y cuando entra las dos al unísono le dicen: “¡Hola, Gus!”, y el Gus que yo conocía dijo al instante que se llamaba Antonio y me miró con cara de incredulidad. Estaba guapo vestido de ‘smoking’, pero claro, eso era algo que no se le podía apremiar porque tanto el ‘smoking’ como un buen traje de chaqueta hacen guapos a cualquiera…
Gus va a la cocina a por hielo y dice que huele a quemado, y todas gritamos… _“¡Las lentejas!”.
Gus se sentó entre Cuca y yo, y Theese no paraba de levantarse a cada dos minutos para ir al baño a mirarse el pelo; se ponía de espaldas al espejo con uno pequeño en su mano derecha para poder verse en el reflejo cómo le quedaba por detrás la melena. Y regresaba con el morro más pintado y torcido en una mueca de desaprobación máxima. Yo no lo se lo veía tan mal… Después de que Gus se terminó la segunda copa Cuca dijo alegremente que levantásemos el pandero que íbamos a llegar tarde, y Theese salió pitando nuevamente para el baño a darse el último retoque y desde ahí me grita que si puedo entrar un segundo.
Y yo sigo dándole vueltas a las lentejas, ahora que se me ha quedado el vestido de Theese pillado en el tacón de las sandalias, creo que la vida es como las lentejas; les pones entusiasmo y no se cuecen, les metes prisa y siguen duras, y cuando ya te llenas de paciencia; ¡se te pegan!… Las mujeres somos las lentejas y los hombres el condimento de chorizos, pimientos, laurel y ajo; sin toda esa mezcla las lentejas aún cargadas de nutrientes no hay quien se las coma. Y por ende, sin haber dado con un buen hombre-pimiento, un buen hombre- laurel y chorizo, y un buen ajo de hombre; estamos perdidas vagando por los cuentos de la cacuela al rojo vivo donde el agua se ha consumido y un vino avinagrado trata de sacar sustancia a aquella cosa tan poco apetitosa a la vista.
Pero yo ando ahora con el bajo del vestido de Theese metido en el tacón, Theese que es una santa pero por santa que sea, se apega a sus cosas, siente una punzada de dolor intenso que se vuelve contra mi con un gesto de disgusto colosal y me dice: _“¡Ya te has cargado el vestido!, ¿no?”, a lo que yo ciertamente cabreada y compungida digo: _ ¡No, Theese!, ¡tu vestido la ha tomado con mis sandalias! – aquí es muy rollo tía el desquitarse y echar las culpas a otro; lo que sea basta para redimirte- ¡Y sólo se ha descosido un poco el bajo, eso se arregla!… ¡Jo!, Theese, ¡lo siento! – seremos tías pero también amigas, y el sentimiento de culpa cuando es tu amiga la que lleva tu vestido no estrenado por ti sino por ella se apodera de nosotras y nos hace eximirnos de la mejor manera posible- ¿me perdonas?”. Theese me sonríe y dice: _ “¡Pues claro, boba!, Cuca… ¡pásame un cigarro!. Gus, digo… Antonio, nos dejas fumar en tu coche, ¿verdad?”.
A Gus no le hacía ninguna gracia que nadie fumase en su coche, había venido a recogernos con el coche ‘niquelao’, y desde luego se notaba que en ese auto nadie fumaba; pero es que no hay tío alguno en el mundo que vaya a recoger él solo a tres chicas y se pueda negar a dar un capricho tan tonto como ese si además la que lo pide es una rubia impresionante que le ruega poniendo morritos mientras se ha dado sola la respuesta encendiéndose el cigarro a la misma vez que cierra la puerta de un portazo. Veo cómo las sienes le comprimen el cuello por donde la pajarita se mantiene derecha, y como sonríe complaciente mientras toma asiento y baja el volumen de la música que se prende sola con el motor.
La fiesta no pintaba nada bien, porque nada más llegar, vislumbrábamos tales filas imposibles de coches aparcados en triples y cuartas filas medio apelotonados; que lo que inexorablemente nos fastidiaba era el hecho de que Gus no nos pudiese dejar en la misma puerta y se fuera por su cuenta a tratar de aparcar el coche. ¡La leche!... ¡Qué follón y qué desidia!, que tenemos que quedarnos abajo del todo subidas a unos tacones imposibles, recogiéndonos la cola del vestido, el bolso, y haciendo malabarismos para no caernos mientras con una mano sujetamos todo eso y con la otra –en el caso de Theese y Cuca- los cigarros. El caso es que esa visión no sucedió porque no nos bajamos del coche.
Gus se había terminado por cargar el poco entusiasmo que las chicas habían adquirido sobre su persona en un primer momento; ahora Gus era “el gusano de Gus”, que se negaba a dejar el coche, “¡su súper coche!”, aparcado en cualquier sitio y de cualquier forma pese a que nosotras insistíamos en que ahí no iba a venir ni la grúa, ni nadie a llevárselo y que todos los coches estaban igual de mal aparcados. Pero él, venga y venga dar vueltas con el coche; quería un sitio exclusivo donde la puerta del piloto tuviera espacio suficiente para meterse él y no tener que hacer ningún tejemaneje, la del copiloto y asientos traseros con espacio suficiente para que si llegábamos borrachas nos pudiésemos meter perfectamente y tener espacio para abrir la puerta sin temor a rayarle el coche, y por ende, para que el vecino del coche de al lado no hiciera lo mismo al abrir borracho la puerta del suyo y le diese un golpe a su ‘luxury car’… ¡Qué mal que nos estaba cayendo!.
La verdad es que no conozco a un sólo tío que llegado el caso en que no sea obligatorio dejar el coche al portero y no vea previamente en qué lugar lo va a ubicar, deje su preciado objeto en manos de otro. Se ponen irritables y es que no se fían, y preguntan una y otra vez…:_ “Ya pero… ¿dónde lo va a aparcar usted?, no, no… ¡dígamelo y ya lo aparco yo!... Si no es que no me fíe, ¡que sí me fío!, pero yo prefiero aparcarlo ahí en medio de las dos columnas, que es que este coche es muy grande… Bueno pero si luego molesta ya lo quita usted… ¿En ese hueco de ahí?, ¿ahí?... ¿dice usted que ahí cabe mi coche?, ¡pero cómo va a caber mi coche en ese hueco?... me da igual que ahí haya aparcado un todoterreno, este coche es más ancho seguro, ¡más ancho!, es que los todoterreno engañan mucho… “. Y cuando ya resignados tienen que dejarle las llaves, es como la suegra que no suelta la mano del hijo cuando se despide de ella después de la paella del domingo y piensa para sí: “Mi pobre niño de mis entrañas que se va con esa pelandrusca… ¡qué le hará esa petarda que cada día está más flaco y menos repuesto!”. ¡Pues lo mismo!… porque el coche de un hombre, es como la prolongación de su mano derecha, como una costilla, como un hijo, como ese ser pequeñito y débil que si ‘papi’ no lo baña, le cuida, y lo llena de mimitos y caprichos es un ser humano pésimo de mayor. Así que los hombres son los padres de sus coches y hacen lo propio: los limpian cada fin de semana, les compran las llantas último modelo del mercado, y lo miman a base de tías que dejan resbalar sus traseros redondos por la tapicería para sacarle brillo… Definitivamente los hombres sonríen más cuando te recogen en un buen coche –aumenta su ego y es como decir: _ “Chata, ¡que no vengo a recogerte solo!, jejeje… ¡que vengo con el Porsche!”, y esto reafirma su ego hasta limites insospechados porque se sienten más acompañados-. En cambio si van con un coche de los normalitos tirando a cutre, lo primero que hacen –antes incluso de darte un beso y saludarte- es echar balones fuera y excusarse por el coche que llevan, que además como ya les ha dejado el ánimo por los suelos ni se molestan en limpiarlo (es el hijo tonto que se le esconde por vergüenza, y como es tonto y nadie le tiene la fe suficiente para que demuestre nada, pues las camisetas de marca se le compran al hermano y al ‘tonto’, les dejas las de “merchandising” de la cerveza “Mahou”). Y claro, pues no vienen con tanta sonrisa ni el ánimo puesto, sino que como mucho te abren la puerta del coche y ni se esperan a que estés sentada para cerrártela, te dejan que te montes mientras ellos siguen hablando de que el coche bueno está en el taller y bla, bla, bla… ‘Ofú’, ¡qué pereza!. Se sienten solos en un coche que creen que no les aumenta el estilo, y entonces andan como perdidos y se hacen el jaleo padre mientras intentan besarte, y sin querer, echan la noche a perder.
Cuca ya se ha bajado hasta con el coche en marcha, ha visto a un amigo suyo y le ha dicho a Gus que le den, bien alto y bien claro, que es un jodido pelmazo; que la que está por rallar el coche es ella… Theese hubiera querido hacer lo mismo, entre lo que le hice al vestido y el bajón que teníamos todos ya, habría agarrado el bolso de diario –ese que es enorme y va lleno de todo tipo de bolígrafos, chicles, anticonceptivos, barras de labios, tarjetas, tampones, tapas de zapatos, medicinas, cremas hidratantes para manos, neceser de maquillaje, ropa interior de repuesto, prótesis para rellenar el sujetador, botellas de agua vacías, ‘kleenex’ usados y sin usar, revistas tamaño reducido, los cien mecheros que vamos cogiendo de cualquier parte sin darnos cuenta... - y le abría soltado un bolsazo en plena cabeza, mientras le gritaba que a ver si paraba de una puñetera vez para que pudiera bajarse... Pero él nada, seguía buscando el sitio apropiado hasta que iba tan despacio que pegué un tirón del freno de mano y le dije que ahí se quedaba.
La fiesta era un tumulto agresivo de gente guapa, tan guapa que te lloraban los ojos de ver el panorama tan saturado de hombres apuestos en ‘smoking’ y de mujeres mostrando sonrisa, bronceado y vestidos fantásticos a juego con los complementos más ideales… Entramos llenas de expectación y de cerca, las caras no eran tan estupendas, siempre pasa, pero lo bueno es que al fondo veíamos a Cuca muy bien acompañada y nos dirigimos hacia allá con una copa de 'champagne' en la mano que nos ofreció un chico del 'catering' nada más entrar…
Cuca nos presenta y continua hablando con gran convicción de que el verano no es verano, ni las vacaciones son vacaciones, si por medio no hay una fiesta como esa ni una estancia tostándose al sol en la cubierta de un barco. Pero las únicas que más vacaciones habíamos tenido éramos Theese y yo, y ninguna de las dos habíamos subido a barco, lancha, catamarán o yate alguno este año; así que nos miramos y tuvimos ganas de estrangularla ahí mismo.
La fiesta continuó animada, y las copas nos hicieron el favor de hacernos sentir más alegres y más guapas, a pesar de que yo ya me había tropezado varias veces con los tacones y llevaba el bajo del vestido haciendo doce centímetros más de cola, y a pesar también de que el remedio de última hora que se hizo Theese en los bucles del calor se había deshecho y ahora llevaba el mismo ‘look’ que Tina Turner… Cuca permanecía impoluta pero más borracha y andaba pidiendo cigarros a todo hombre guapo que veía con cara de fumador empedernido con “zippo” personalizado en plata.
Y por fin llega el hombre de la fiesta, el señor Gus, que se nos acerca y dice que por fin ha aparcado el coche… _ “Ah!, ¡pues fíjate qué bien!, ¡cuánto que me alegro por tu jodido coche!...¡espero que lo dejases en el aparcamiento del Ritz!”, pero Gus, con gesto de dolor agudo dijo: _ “¡Pues no!, al final es que era imposible y lo tuve que dejar en el primer sitio que vimos, al lado del niñato aquel que meaba en las ruedas del Audi”…
En fin, así son los hombres… no podemos tratar de comprenderlos porque es imposible. Dan vueltas y más vueltas buscando algo que a todas luces es absurdo para al final quedarse con lo primero que ya tenían a mano. Son prácticos y tratan de ser productivos, pero cuando les falla la logística del momento según la tenían planteada, no les hagas entrar en razón porque son como el caballo del picador; no ven más allá y tratan de calzar un pie talla 44 en un zapato del 36…
¡Como las lentejas!; si las quieres las comes –duras o como estén- y si no, las dejas – que ya llamaremos a un chino…
Besazo Grande,
Rocío Medina
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