Categoría: Borneo
14 Noviembre 2006
BORNEO 12
Y Borneo se diluye poco a poco, y llega el momento de partir. Hay que hacer cuatro escalas, con sus diecisiete horas de viaje (Kuching, Kota Kanabalu, Londres, Madrid). Y salgo antes, con la idea de estar un par de días en Londres aplacando el “Jet Lag”. ¿Adivináis quién se viene conmigo a Londres?. ¡Exacto!: Martín.
Y ya no veo a Sebastián arrastrando mis maletas, ni tengo cerca su cuerpo menudo y pequeño, ni su mirada brillante en su sonrisa rota.
Ya no hay jungla con monos, sino otras especies vivas que corren tras taxis negros.
Londres me trae los peores recuerdos de mi vida, pero tiene un imán que siempre me atrapa.
Sentada en un café, busco en una guía algún lugar fiable donde ponerme “a punto” para volver a mi núcleo urbano. Martín ha ido a casa de un amigo mientras (amigo con el que más tarde hemos quedado).
Todo es tan vulgar como distinto…
Los cafés son fríos pese al humo desprendido de los granos recién molidos y prensados al vapor hirviente de la cafetera. Las calles son cansinas y la gente; todos somos vagabundos en un mundo de nadie.
Las tiendas me molestan, los zapatos me aprietan, la ropa me pesa, los párpados se cierran: ¡qué ganas de llorar!.
Paso por una tienda de discos y veo a La Spears morena, ¿se ha teñido el pelo?, y observo preocupada que todo sigue igual, que pese a los arañazos, la piel sigue intacta… Me detengo en el cristal y me miro: un vestido en plan Audrey Hepburn, un bolso gigante y unos tacones normales y corrientes. Y me reconozco por un segundo, retiro la mirada, pero sucumbo a la tentación y vuelvo a mirarme: me veo.
¿He soñado o he vivido?. ¿Estoy cansada o tengo hambre?. ¿Estoy mareada o exhausta?. ¿Día o noche?.
Me desubico dentro del mundo que conozco tras la borrachera absorbida por los filamentos de la debilidad y el placer. Pero pronto me planto dentro de la tienda, derrotada al reconfortante placer de ser humana y poco piadosa, a ser pasto de las pilas de las revoluciones modernas, a ser tan frágil y tan poco etérea como el resto.
Y ni corta, ni perezosa, decido salir de ese antro con la música negra de Snoop Dogg golpeando los altavoces y me digo: ¡Vuelvo a ser yo!.
Y bolso en mano, recorro las calles de Londres con la esperanza de que mi amigo Lionel me devuelva la llamada y podamos quedar….
Londres y sus museos quedan ahora atrás, y sus estatuas vivas mudando en culturas diversas y excéntricas. Londres y sus bancos tristes, Londres y sus parques verdes. Londres donde lloro; Londres que me abre la puerta de casa agitando su bandera roja, blanca y azul. Londres que se acomoda a la pereza de la niebla. Londres, donde todo es posible y vive como nacido de la nada…
Y sigo andando entre gente atiborrada de “excuse me” porque pasan rozándome sin querer, porque son humanos sin carriles programados como robots. Y andando, andando, paso cerca de una tienda de bollos donde me detengo tras una cara reconocible: era la mismísima irlandesa Marian Keyes del brazo de su fiel “compañero” Tony. Entonces entro y la saludo: agradable como sus fotos de portada; diferente como sus libros en inglés…
Cojo un taxi, Martín me ha dejado cuatro mensajes de voz (como si fuera tan tonta que con el primero no me hubiese quedado claro en dónde me espera), y dos de texto (por si no supiera cómo escribir lo que me deja grabado con su acento oriundo). GRRRRR!!!!!.
El taxista me dice que está cerca del Big Ben, que si he estado alguna vez en Londres (afirmativo), pero decide igualmente hablarme de su ciudad y de las cosas que puedo visitar. ¡Hombres!.
Al "petardo" musculado “Clase A Super A” de Martín (haciendo méritos para “Déficit”), lo encuentro con el pelo chorreando, y me ayuda a salir del taxi con tanta agilidad, que casi me mete el “99” de nata, por la oreja. Como es un caballero, mientras arrastro mi bolso hacia la puerta, él, le extiende un billete al taxista (como a modo de cheque, en fin; ¡con elegancia!, como en plan: “Aquí tiene, disfrútelo; a mí me sobra…”) y le hace un gesto de: “no me ofenda dándome calderilla, si no quiere las vueltas, cómprele zapatos a su mujer”… Me coge de la cintura, y me hace “volar” para cruzar lo que igual era la calle más larga de Londres.
En la otra orilla, su helado había desaparecido, y me dice de acercarnos a no sé qué sitio a pie de acera, donde te pintan un cuadro (estilo Plaza de San Marcos veneciano) a modo de caricatura de los dos juntos. Le dije que fuera a “empolvarse” la cara de nuevo porque estaba fatal de la cabeza, que si sabía de alguna institución benéfica donde ayudaran a gente con su problema de falsa espontaneidad, que me lo hiciera saber para ofrecer un generoso donativo. Me mira desconcertado y comienza a reírse carcajadas. ¡Este tío está fatal!. “Oye, ¡baja la voz!. Nos miran…”.
Martín:_ “¡Qué linda sos!”.
Su amigo era un espécimen raro, un neoyorkino de ojos grises, pelo rubio ceniza y perfectamente teñido, cuyo apartamento, parecía un clon del de las chicas de “Friends” barnizado con el buen gusto del decorador de Carrie de “Sex and the City”…
El tío más soso del mundo, resultó llamarse Tom (como El Cruise) Pitt (como El Brad). Ya no entiendo nada… Estoy perdida y desubicada, mi viaje en solitario ha degenerado en estar con la compañía de Don Mister “I am the perfect man” y su amigo peliteñido: Don Tom Pitt (a ver si no se va a escribir así…) alias Owen Wilson (porque es un calco del rubio ex_ novio de la novia de “Los Padres de Ella…”).
De nuevo se acerca la noche, y no tengo ganas de preguntas ni de explicaciones. Lo que debió quedar claro; claro lo expliqué, pero algo me dice que tendré que batallar por hacer caso omiso de Martín y su empeño por pernoctar en casa del Pitt (que no Brad), o en su defecto; al mismo hotel “single and mixed” (solos y revueltos).
Le digo a Martín que bajo a por tabaco, y que como se empeñe también en acompañarme, me lío a bolsazos con él. Insiste en hacerlo, y le cierro el ascensor en las narices mientras del sopor, he tocado a varios pisos a la vez. ¡Fabuloso! (hasta en ascensor tendré que hacer escalas).
Bajo a la calle y tan deprisa como puedo, encamino mis pasos hacia un taxi que veo parado en mitad de dos semáforos. ¡Me largo a un hotel!.
Había comprado dos cafés en el "Starburcks", un bolígrafo que he perdido (o no sé dónde lo puse), y una libreta normal donde anoto, camino a mi recomposición física, el nombre del hotel precioso en el que había hecho una reserva.
El taxista es un chico joven, sonríe, y cuando le muestro el papel del hotel y me dice que por qué lado va, le digo tan educadamente como mi inglés me permite, que si es idiota o me está vacilando. Entonces sonríe y me dice en español que sólo era una pregunta (¡es idiota!, confirmado. ¿Acaso la gente – la mayoría- no va a Londres a practicar y/o aprender inglés?; ¿por qué me habla en español?). Pero estoy cabreada y sólo le sonrío…
Martín me ha hecho ocho llamadas sin coger, dos llamadas (las primeras) cogidas y sujetas a una conversación educada, firme, convincente y a lo último; densa. Dos llamadas colgadas (se las colgué tras las dos primeras). Cuatro mensajes de texto (uno, el primero; contestado). Y un mensaje larguísimo de voz (privado).
En fin, que el mundo sigue su curso, el hombre su camino, y el mío me devolvió a la hiperactividad de la urbe. Sigo, no obstante; soñando con vivir frente al mar y la montaña, entre animales y campo, entre familia y gente… Pero el núcleo sigue vivo, y me arrastra con fuerza a lo proscrito de la vida. Martín me llama, como me llaman las tiendas, los zapatos, los sorbitos de lentejas de Subijana y los pareos ibicencos de diseño de la Ibiza más popular y angosta.
Atrás queda lo que ya no existe, y tal vez, nunca existió porque pasó, pero ya no vive.
Aquí veo lo que hay y decido, y maduro lo que veo en función de lo que quiero; y Martín no está allí. Martín tiene unos ojos bonitos; preciosos, pero es un hombre del que sé, que jamás me reflejaré en su mirada.
“See you in the World…”
El viaje ha sido intenso; a veces largo, a veces corto. Una pista sin patines que te obliga a desfilar. Precipicios caídos, urbes raídas, hombres y mujeres guapos; cada uno con sus maletas y tesoros. La vida, carga a las "Louis Vuitton" de miradas distintas, de otras músicas y otra gente; y llena el paladar de cosas, que son imposibles de tragar con palabras.
Me llevo recuerdos y baños de alegría, me llevo historias con alma y sin ella. Me traigo dentro el arraigo mío en la tierra de todos y de nadie. Me traigo mi momento y mi presente.
El viaje es un papel esfumado en la lumbre seca que se esfuerza en prender. El humo que hace señales de algo sin comunicar nada porque ya se ha quemado. El viaje, un viaje, cualquier viaje; es el recorrido de tu alma en un lapsus del presente, donde rescata los esbozos de algo que convive entre lo subjetivo de la realidad, y lo objetivo de la fantasía.
Mi viaje no ha existido, no ha marcado huella en la vida; pero yo lo absorbí como un coche de carreras se aferra al asfalto.
Pero no me di cuenta, que mi viaje, ¡es que no ha acabado!; tan sólo es una mandarina del “break”, en los remansos de la vida…
servido por rociomedina
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14 Noviembre 2006
BORNEO 11
Y por fin se produjeron las miradas…
Nada de piel ni frío, ni de cosquilleos que rezumen culpas provocadas por las dudas que naufragan veloces entre el hombre y la nada. Las mariposas revolotean posando mimosas y presumidas sus partes bicolor.
Aparecen las primeras despedidas detrás de un aura púrpura donde para algunos, la sangre, sí que llega al río; y tras las poses temblorosas de apariencia serenas y controladas, se aprietan de manera brutal, un tropel de represión acuosa que arranca las grietas y sale a trompicones en gotas gordas que se estampan contra el suelo, envenenando cualquier pose hecha a base de fortaleza.
Me mantengo intacta; yo no lloro, ni tampoco tengo ganas, y me cabrea el hecho de poder permitir tanta banalidad humana a mi alrededor. ¿En qué quedamos?; ¿Somos seres frágiles llenos de sentimientos agolpados?, o ¿bien somos camaleones tiránicos que asamos las tripas de cualquier rival más alto, más guapo, más rico y más triunfante, en ese, nuestro mundo, el que creemos más real?. Estoy desconcertada.
Miro, memoria atrás, el asfalto plagado de ruidos y mugre, la polución insana que te mata mientras te sonríe la urbanidad de lo cómodo: luces esperpénticas y fluorescentes que anuncian productos mágicos de belleza, paneles iluminados donde un tío se despereza en calzoncillos ajustados marcando un banquete de carne prohibida. Coches oscuros en llantas brillantes, los escaparates repletos de promesas de sexo seguro y aparatos mágicos donde nadar entre los placeres más ocultos de los mendigos del amor. Las casas de techos caídos, las fachadas penosas de arquitectos tuertos, entre propiedades de paredes modernistas, que se abandonan, tras el precio prohibitivo. Las señoras de pelo clónico y bolsos de Loewe, que andan marcando clase y elitismo carente de buen gusto, entre gente que pasea sus pendientes de aros dorados en pantalones ajustados marcando michelín latino. Veo Beyoncés de mechas perfectas que arrastran melenas largas hasta un poco más arriba de sus caderas caribeñas enganchadas a los “sugar daddy” más tristes del mundo…
Veo coreografías de gente que camina perdida entre ciudades y pueblos buscando sin encontrar. Veo los paisajes de ensueño perdidos en el alma de la gente, donde cada cual, naufraga buscando su propio candil para seguir iluminando, con algún punto de luz, su camino imposible. Y entonces es cuando creo que el llanto debería salir flotando, como la espuma del jabón entre un charco de agua.
Despedirse de algo es el volver a encontrarse de nuevo con aquello que siempre tenemos latente. La vida está llena de despedidas…
Y sigo viendo, memoria más acá, los pergaminos donde dibujé un croquis, las luces encendidas y tenues de las luciérnagas verdosas, el olor de Martín a colonia de bebés vertida en piel cálida de hombre, a Sebastián bajando de la bici viniendo hacia mí.
Veo a los monos, a las hojas brillantes de las selvas sin Tarzán. Veo la soledad y la fantasía: el miedo camuflado entre el agua de la playa. Los pies descalzos que se frotan en la arena fría de las noches relajadas, y pezones erectos en las camisetas pegadas a la piel. Veo también el olor a bronceadores de coco, y el mágico aroma del “after sun”, blanco de pitorro azul de toda la vida.
Veo los hoteles que se elevan entre el fondo del mar y se funden con la calima, en esa mezcla de luces añiles y celestes.
Veo el ardor herido y disipado en la fugacidad del roce de Quica y Lorenza.
Veo los contrastes del antes y del después…
Y por último; veo la energía que fluye del alma de cualquier vida. La lucha, el esfuerzo, la soledad, el amor…
Y ya puestos, veo que los sentimientos son difíciles de controlar porque ellos manejan la vida, tú vida, y sus acciones.
Me dejo arrastrar por los míos y decido que llega el momento de decir los primeros “adiós”…
Y es entonces, cuando surgen las primeras miradas, esas miradas que antes no veía, en las que antes no me fijaba. Miradas que me miran no sabiendo qué decir; miradas que lo dicen todo. Un todo que se dibuja a la largo de los ojos, ojos que comunican, ojos que sin marcar nada; te dicen todo…
servido por rociomedina
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14 Noviembre 2006
BORNEO 10
He escalado el monte más alto del sudeste de Asia, está a 4100 metros, a 3000 metros todavía de manga corta, y a 2100 metros había una plantación de piña que dada su altura, la piña fermenta en azúcar de forma exagerada, resultado: una piña que sabe a crema de piña como si llevara cuatro cucharadas de azúcar… (En realidad es un “trekking”, sólo cuerdas al final, los últimos 600 metros, pero las cuerdas estaban puestas allí). Los últimos 1000 metros se escalan a la noche para ver amanecer en la cumbre, donde se ve la otra cara de un precipicio de 1021 metros de caída vertical… es una de las diez cosas más acojonantes que he visto en mi vida…
Nota para un amigo llamado Gonzalo: “Gonzalo, ¿recuerdas una conversación que tuvimos en la que te decía que me había acordado mucho de ti?, pues bien; me acordé de ti por lo que te dije, pero sólo te lo dije porque eso acababa de ocurrir. En realidad me acordé mucho de ti este día mientras estaba escalando…”
Nota para el resto: “Amén de un más de un millar de: “Cosas que decir sobre Gonzalo”, os diré que es un tío muy aventurero y que se atreve con todo tipo de deportes y actividades… Presume de ser un “crack” en la mayoría de ellos, y seguro que al menos por lo que se esfuerza en aprender “kite”, se le tienen que dar muy bien…”
Os contaré de Borneo que es como una jungla dormida, un lugar donde el chino, el malasio y el inglés, conviven entre moteles cutres, hoteles buenos, turistas experimentados y mochileros ansiosos de aventuras. Convivir entre la jungla y los hoteles más vanguardistas se convierte en una explosión rica en contrastes…
Está siendo un viaje intenso, tienes idea de lo que es escapar de viaje en busca de “algo”, pero parece que pese a los hoteles buenos, no se quita la sensación de ser una persona con una mochila al hombro perdida en algún lugar del que sólo tienes un mapa. Te pasa de todo; y un día estás cenando con una familia malaya y otro con una familia china, que te ha acogido, porque ha visto tu desesperación al perder el último autobús y llegar exhausta y con una mano vendada…
Un día “buceas” con tiburones, otros; río abajo haciendo rafting, otro conoces a una chica que sus padres tienen mucha pasta porque tienen plantaciones de palmeras. Otros días, haces una foto de un paisaje que te “caza” por completo a ti, y otro día conoces a gente que jamás volverás a ver en la vida y que ahora, suponen todo tu mundo (como Sebastián…). Son cosas difíciles de explicar…
Aquí se come mucha fruta, hay muchos turistas en núcleos - muchos australianos, canadienses, americanos… españoles ni uno (yo al menos no los vi), y también un montón de italianos (conocí a una chica que trabaja para “La Perla”)- y también un millar de actividades interesantes que hacer…
Hoy me ha pasado una cosa curiosa y os la voy a contar:
Iba caminando arrastrando una silla colonial enorme de madera maciza, tenía la intención de que me ayudara a subir a lo que posiblemente fuera el árbol con el tronco más liso del mundo, porque quería hacer un par de fotos.
Plano de situación: Llevo unos pantalones tipo shorts, un litro de crema protección factor 50 en las piernas (el sol es malo para las varices y no quiero ponerme muy morena, a mi en nada se me pega el sol y estar tan bronceada, me parece hasta vulgar, pero más que nada es por las varices, no quiero que me salgan… jajaja), llevo un enorme cinturón con cámara, objetivos, filtros, carretes de diapositivas – para hacer virados- y carretes normales, llevo una mano vendada porque el otro día me caí en no se sabe qué lugar del demonio, y me clavé algo, y en la sana, llevo la cámara de fotos también sujeta al cuello con una correa especial (prefiero ir apoyándome en la sana para que la que está vendada no tenga tentaciones de dejar caer la cámara al suelo).
No encuentro a Martín – seguiría durmiendo la siesta- para descoyuntarle vivo subiéndome a su chepa (que algo más hará que subiéndome con la silla), así que, sonrío al nota de las sillas, le pido permiso, y la voy arrastrando por todo el hotel. Llego al árbol, la pongo delante y con un pie en el brazo y el otro en la parte más alta del respaldo, trato en vano de estirarme como un chicle Boomer a ver si llego a alguna rama o algo; ¡nada!. Mientras me empiezo a desesperar, y me digo: “Rocío, no se puede tirar la toalla, aquí te quedas hasta que te subas al árbol”, mi otra parte cognitiva piensa en hacer alguna tirolina o algo, coger alguna cuerda, tirarla, y ayudarme con ella para lograr escalar esa mole de madera vieja. Llego 20 minutos poniendo la silla de todas las maneras posibles, pegando saltos y con las rodillas ya despellejadas de los restregones en el tronco… Ahora si que estoy cabreada y hasta que NO me suba, ya me puedo dejar las rodillas como un coladero de sangre… Pero se pasa una hora y media, y nada de nada…
Cabreada después de 3 horas y viendo cómo va cambiando el color del sol, noto una mano que me palmea el culo en pompa mientras me quitaba la sangre de la rodilla con los pañuelos para limpiar el cristal de los objetivos. Era el cachondo de Martín, sonreía pícaramente y no quiero decir lo que me dieron ganas de contestarle porque resultaría un poco obsceno; la verdad… Así que me vio sangrando congeló la sonrisa (la guardaría para otro momento), pegó un tirón del trapo y se arrodillo frente a mí para mirar la herida y curarme la sangre… Hacía tantísimo calor, que empecé a marearme (yo veo sangre y me desmayo, pero supongo que con el cabreo y la terquedad, la miraba pero no la veía… hasta que vi el pañuelo en las manos de él…) en fin; casi me caigo encima suyo, si me llego a caer encima de Sebastián lo mato, menos mal que Martín es un armario empotrado… Total, que me sostiene las piernas y yo deduzco que es mejor ponerlas sobre el tronco mientras mi cabeza se apoya en el suelo. Me recupero y una vez quitado el pañuelo de mi vista, veo que mi rodilla no sangra y que tampoco la herida era para tanto…
Me empeñé en subir de tal manera, que Martín tuvo que subirse al árbol ayudado por la silla y desde allí, él agarrado por los pies a una rama (en plan trapecista) mientras su cabeza se descolgaba tronco abajo estirando los brazos, tiraba de mi hacia arriba hasta que logré subir y él se bajó (creo que el peso de ambos hubiese roto las ramas). Por cierto, un inciso; ¿sabéis que aquí los parques naturales son salvaguardados o custodiados por el ejército?. Ya me gustaría a mí ver Doñana así de bien protegido…
Arriba todo parecía tan bonito, tan limpio, tan inseguro (me voy a volver a caer de un árbol y me voy a romper la crisma), tan violeta y gris… Apenas corre al aire, la atmósfera parece un planeta fosilizado donde no hay ni una burbuja de oxígeno, no hay viento ni nada, ni el calor fluye por el cuerpo, tan sólo sabes que hace calor; nada más. El horizonte está coloreado al unísono, un color tan intenso y uniforme que parece imposible que sea real… Empiezo a poner carretes en la cámara sin parar.
Nada duele más a los ojos que estar contemplando una vista tan enormemente bella, porque la voluntad por atrapar todos los detalles y convertirlos en sensaciones únicas, llega a cambiarse en un esfuerzo penetrante y de rabioso malestar placentero y raro…
Aquí pienso en Irlanda, no sé por qué, me recordaba al primer verano que me fui allí sola, con 10 años; cuando venía de la playa y de un Junio desértico, y radiante de calor y luz, pasé a estar dentro de un pulmón verde intenso que olía a lluvia y con un cielo gris y triste… Parecía que el paisaje había concentrado frente a mis ojos las mejores sensaciones de Irlanda, y había colapsado la coctelera que mezclaba aquellos otros recuerdos increíbles de mi tierra…
Estoy desbordada y atiborrada de sensaciones, borracha de todo lo que siento; tan ebria, que no puedo dejar de escribirlas…
Entre la magia del ser humano está el poder atraer los olores que impregnan los recuerdos de una forma tan real, que parecen haber sido pulverizados en el momento en que los convocas a la memoria, y ese frasco huele tal cuál olía antaño; tal cual huele siempre…
Irlanda huele a Iglesia antigua, y a soledad lánguida y reconfortante, a pensamientos madurados y a determinaciones fuertes. Irlanda huele a medusas, enormes y rosas, que yacen en las playas frías del norte. Huele a leche recién ordeñada, a galletas frías, a chocolates que se pegan a los dientes, a té hirviendo… Pero también huele a gorros de lana, a mejillas coloradas, y a las catiuscas de caña más largas que he visto jamás.
Huele a mesa de billar salpicada de cerveza, a letras extrañas que parecen sacadas de algún manuscrito secreto (de esos que evoca tu imaginación cuando piensa en las letras de los planos del tesoro del libro “La Isla del Tesoro”, de Robert Stevenson). Irlanda huele al País del Nunca Jamás, donde todo es posible, donde los colores rosas son azules si yo quiero, donde la lluvia no es tan triste, donde la soledad no parece tan terrible y donde beber mucho, tampoco es cosa tan de hombres… Irlanda es verde, pero también es blanco nuclear y gris plomizo. Irlanda son arroyos que mecen sus laderas verdes de caracoles enanos.
Subida al árbol pienso en Irlanda, y en lo lejos que está de aquí y en lo parecida que es a este alba. Es como si el cielo, fuera una enorme fotografía de ella, expuesta a la humanidad (mi mente es torpe, ya lo sabéis, y desvaría mucho…)
Bajé del árbol, y esta vez amenacé previamente a Martín con que si dejaba caer la cámara al suelo lo rajaría en dos y haría una buena escabechina con él… Le fui tirando la cámara; la cogió y la dejó en el sillón, el cinturón, y por fin; yo misma.
Cenamos una bandeja repleta de fruta cada uno (tenía más hambre…) y veía cómo poco a poco iba aterrizando la luna sobre el agua púrpura del mar. Sonaba al fondo una música, el eco débil de sus acordes se flagelaban unos contra otros tratando en mi mente de construir una melodía conocida; pero no funcionaba. Martín coge mi mano y tira de mi, me lleva a bailar de la mano mala… bailamos un poco. Unos americanos que son como las torres gemelas pero en rubios y con vaqueros nos miran tratando de imitarnos meneando sus grandes culos.
Estoy metida en el mar, aún no es noche cerrada, el agua está caliente y floto. Cada vez que me sumerjo por completo dentro de ella me da un poco de miedo, está demasiado oscura (lo sé aunque tenga los ojos cerrados), y la sensación de oscuridad ya sabéis el terror que me causa… Pero siento como si mi cuerpo entero fuera tragado por una arcilla hirviendo que me masajea. Salgo del agua y mientras me seco, observo que ya la noche ha caído, e imagino que a lo lejos, donde creo que el sol se despide, estáis vosotros; más allá del océano, más allá del mundo, mucho más allá de todo.
Imagino que en ese más allá todo sigue igual, que hay carreteras rompiendo los caminos, que hay ropas de tejidos raros cubriendo vuestro cuerpo, que hay recipientes donde el agua, aquí caliente, se congela… Imagino que hay ordenadores entorpeciendo vuestra mente, imagino que hay infinidad de ruidos endureciendo la llamada salvaje de la voz atronadora de la naturaleza. También imagino que hay millones de amigos desconocidos en vez de desconocidos amistosos, imagino que hay un millón de cosas muertas en un mundo que se cree vivo, imagino, que detrás de cada cortina del mundo asomáis vuestras caras y comenzáis planificadamente a vivir vuestra vida en vez de vivirla vagando entre mapas con anotaciones a lápiz y mano… Imagino que os quiero ver a todos riendo, imagino que todo sigue como siempre… imagino que desde donde estoy todo parece que se para - pero no es así- en cambio; ya nada continúa creciendo...
Y quiero imaginarme entonces que más allá de ese océano perdido entre el cielo, se encuentra una puerta abierta a la eternidad, donde todo puede detenerse algún día para observar el paisaje…
servido por rociomedina
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14 Noviembre 2006
BORNEO 9
Hay avisperos en el mundo donde las avispas no pican, lugares donde el sol no existe, y donde la luna brilla con tanta fuerza que necesitas mirarla poniéndote gafas oscuras.
Hay lugares imposibles de olvidar, y no es como cuando vives una experiencia fabulosa con alguien, porque siempre habrá ese “alguien” para recordar… Es como un caudal inmenso lleno de cosas que quieres atrapar y se escapan río abajo por sus cataratas, pero al llegar abajo, la corriente ha sucumbido en el valle y su quietud y transparencia hacen posible vislumbrar todo lo que contenía el río…
Azules imposibles que se tornasolan en grises maduros, violetas nazareno que flirtean con los malvas apagados hasta sucumbir en un tenue atardecer lejano…
Lugares remotos anclados en el tiempo, pueblos como Kota Kinabalu, Tawan, Kuching… cuyo reloj se mece movido por tortugas. Civilización oculta que nos lleva años luz de adelanto sobre cómo cuidar su medio ambiente.
Bichos exóticos que gobiernan su mini mundo mientras se aposentan en el nuestro clavándonos sus ojos desafiantes, mientras nos retan, a ver quién sucumbe antes, si nuestro miedo, asco o ignorancia, o ellos con sus potentes garras o veneno…
Paisajes sacados de fotos de interiorismo, donde los decoradores de exteriores son condecorados, aquí se elevan en 3D como si fuéramos cautivos dentro de un teatro…
Hoy he pensado que cuando estás lejos de casa, y a pesar de estar en un lugar maravilloso, todo se ve distinto: el mar es más bonito, pero también más salado; la luna es más brillante, pero también más pequeña; la gente es genial, pero no es como la nuestra; el cielo es infinito, pero no tan eterno como el nuestro…
Me cambié de Hotel, y Martín también, estoy en un lugar precioso en medio de un mar turquesa y suave. Hasta aquí solo se puede llegar en barco y sólo se puede salir de él del mismo modo… Mi habitación da a un jardín tropical fantástico cuya espalda es un pálido océano…
Estoy escribiendo sentada en el alféizar de la ventana mientras mi pie izquierdo acaricia piedras blancas con cantos rodados. Hace mucho calor, así que he humedecido la camiseta lo bastante como para poder continuar sin pensar en salir corriendo, y sin parar, tirarme al mar de cabeza. Sebastián me ha quitado las gafas de sol, y horas antes, creía que con las lentillas os estaría cegando (me habrán aumentado las dioptrías seguro…). Luego mantendré una charla con él, que por cierto; ha aprendido a decir “¡ Tía Buena!” – se lo habrá enseñado Martín- y no para de decirlo a todas horas…
He conocido a un grupo de chicos franceses (tres chicas y tres chicos), las niñas eran todas bastante guapas, de los chicos, sólo uno, el más antipático de todos, lo era… No recuerdo más nombre que el suyo: Edouard, y que decía con soniquete: “españolita bonita, Barselona bien, Ibisa me gusta mucho, mucha fiesta y chicas guapas”; menos mal que sólo sabía decir eso porque es tan típico que me daban ganas de vomitar.
Por la noche quedamos con ellos, intenté hablar más con las chicas, pero éstas sólo tenían ojitos para Marín, que se encontraba, al parecer, como pez en el agua. Yo las miraba mientras los franceses soltaban sus babas ebrias cada vez más cerca de mí. Observaba cómo le miraban, sus mohines, y cómo sin querer aparentarlo, les dejaban caer sus cabellos dorados, las manos nacaradas, y cómo Martín desplegaba encantos y se dejaba hacer… Se giraba y me sonreía abriendo el cofre de porcelana de par en par y guiñándome un ojo en plan: “¡Viste!, no sé qué les doy para que estén así, si yo no hago nada, son ellas (pronúnciese /’e_yas/) que están como en celo o ¡qué sé yo!”. ¡Menudo Don Juan que está hecho!.
Me divierte la situación y participo sólo lo necesario como para que “Los Penosos” no sientan que hablan solos (aunque es básicamente lo que hacen) y para que “Las Gabachas” no se sienten intimidadas, y así poderles estudiar. Es fascinante, es como estar delante de un ejemplo práctico de algún manual de instrucciones de ligue al uso…
El Prólogo sería así:
Todo Don Juan que se aprecie, debe saber vestirse de un modo adecuado: ni muy macarra que espante a “Las Buenas Chicas”, ni muy pijo que espante a “Las Gamberras” que son las que de verdad buscan… Así nace lo último en la moda “Donjuanera”: el “hippie-snob” (lo de “hippie” ha quedado en tan desuso como la palabra “chic”). Dicho esto, un ejemplo sería:
Pantalones “cargo” desgastados y rotos por el bolsillo derecho del culo; pero de marca (a poder ser, de esos cuyo precio no baja de los 250 euros), comprados en algún lugar que desconoce el término “rebajas”. Váyanse olvidando de comprarlos en Sprinfield, Zara, Massimo Dutti y /o tiendas similares. Conjunte los pantalones con una camiseta blanca (como raída por gusanos) y de marca también. Prohibido totalmente el uso de cualquier componente textil que no sea algodón en todas su variaciones o materiales de tejidos naturales. Complemente usted su indumentaria, con unas “trainers” poco convencionales, difíciles de encontrar por internet, y por supuesto: de marca. Una vez tengamos esta parte bien creada, podemos agregar un reloj minimalista y carísimo, al que no debes dejar de pasar la mano por encima ni un segundo (como si la esfera se cayese por defecto y no parases de tocarla por si la pierdes).
Agregad un bronceado natural, una dentadura perfecta, unas orejas enanas, una cara proporcionada y un pelo brillante y salvaje (al que debes dedicarle mínimo quince minutos de atención cada vez que lo saques a la vista de todos) perfectamente despeinado.
Un Donjuan se sienta como doblando las piernas (si estás en el suelo, digo) como despreocupado, pero con la gran tensión de saber que sus brazos, delicadamente apoyados en sus rodillas, marcan el fruto de horas de sudor y mancuernas en un bíceps que de pulso contra el hierro; gana. La espalda ligeramente arqueada pero sin pasarse, que luego sale tripa por la postura y hay que dejar claro, que en vez de vientre, se tiene abdominales. Un Donjuan sonríe lujuriosamente una vez sus “esporas” han viajado fugazmente y han detectado a la flor carente de alimento… si estás en este punto debes sonreír ante cualquier cosa y poner continuamente cara de idiota (ella pensará: “¡es tan mono…!”, tú pensarás: “¡te voy a llevar al catre en cuanto dejes de decir estupideces”).
Un Donjuan sonríe fugazmente si presiente que hay alguna fémina interesante observándole, su virilidad se siente estudiada y en peligro, y su lado depredador aminora las marchas por miedo a ser descubierto y convertirse en el ser inseguro que realmente es. Un Donjuan sonríe manteniendo, de manera elegante, su boca sin pulverizar; mira fijamente a los ojos, entre miles de palabras previsibles, hace algún comentario estudiado y gracioso pretendiendo ser “super espontáneo”, y plagia correctamente las maneras de Niño Bueno.
Un Donjuan se recrea cuando habla, y cuando mira; absorbe con su mirada hasta la parte más imberbe de las tripas, te come por dentro sin que te des cuenta, te embelesa abotargándote la mente y sólo sientes un tropel de hormonas que giran en torno a su urbanidad. El Donjuan toca sin querer tocar, sin que se lo puedas echar en cara, porque el tío; sabe hacerlo. Deja caer su mano mientras habla, como si fuera parte de su modo de gesticular, hace demasiadas muecas histriónicas y parece fascinado ante cualquier gilipollez (pero esto ya lo he dicho). El Donjuan deja claro que domina la situación mientras tú crees que te lo estás ligando, y no sabes que antes de darte cuenta, estarás suplicando que no te rompa las prendas interiores…
Ellas se adormecen a la exaltación de las copas, se menean la melena sonrientes y enfáticas, cuidan su pose linda y procuran meter tripa y sacar pecho todo lo que se puede y más (las veo cómo al hablar ante cualquier pretexto juntan los brazos exageradamente para mostrar más canalillo…). Miran al “tigre” y tratan de atraerlo hacia sí con miradas lánguidas en tropel y bocas resbalonas… se sonríen entre ellas en plan “¡qué guay!, ¡ya me lo he hecho! - al tío se refieren- sin darse cuenta de que es un sólo chico, el mismo que entusiasma a las tres (aquí, él, que ya está de sobrado, tranquilo, relajado, como pez en el agua… puede desperezar y destensar los bíceps… ya sabe que tiene a la que quiera, sólo estudia cuál es la más estúpida y la más entusiasta de todas, para satisfacer sus perversiones masculinas…). Y tal vez, él, el muy iluso, también piensa que con un poco de suerte, las copas, y el clímax romántico que domina Borneo, se pueda ir con las tres al jergón… ¡pobre!.
La noche va mejorando por momentos, el más feo de los chicos se ha ido a punto de darle un soponcio, ha visto que no tenía nada que hacer ante Martín, y embriagado del modo en el que estaba, iba a lograr menos, así que se largó. La niña que está pegada a Martín se restriega con fuerza, estamos como a 27º, pero ella asegura tener mucho frío y se aprieta y se encoge intentando meterse entera bajo la axila de Martín. Ya ni habla, pero sus dedos pasan lentamente por el lomo del maromo que parece inmóvil e impertérrito, como si no fuese más que una especie de vendaval suave que le acaricia como si nada (este tipo de cosas no las entiendo; ¿lo hace porque se cree merecedor de tantos arrullos y es como un precio que le deben pagar por ser él, o bien lo hace porque es un gilipollas? – acabo sin pretenderlo de poner un ejemplo perfecto de lo que sería un “Clase A Super A”- Si al tío no le apetece que le achuchen de ese modo, con educación, podría dejárselo claro a la chica, pero no estar manteniendo esa situación con gesto de “hago esfuerzos por ser galante”, mientras permanece como una estatua tratando de saber si la amiga próxima a ella lleva o no ropa interior, y haciéndome señas a mí en señal de: “tía, ¿cómo me quito a esta pesada de encima?”, pero bien que se deja frisar…)
La pobre chica no sabe qué hacer para que éste acompañante de telenovela se desplome encima suyo y le quite de un plumazo tanto frío y tanta palabra arrastrá. Me siento mal cuando veo esto, me descoloco y tengo ganas de meterle a ella un tacón de aguja en medio de su cráneo y comprobar que al menos en otra vida, le han hecho una lobotomía… ¿Por qué habrá tías con tan poca dignidad?. Las miro y siento rabia, me dan ganas de darles a las tres un par de cachetes en el culo y mandarlas a la cama sin cenar, y al Donjuan; regalarle una lavativa antiespermatozoica para que sus impulsos por repoblar el planeta abrevien.
Se va acabando la noche, tengo a un Martín más contento de lo normal, menos bebido de lo normal (a ver si va a ser cierto que con 34 y un par de copas la cosa no funciona y un macho que se aprecie tiene que controlarse, por si caen las tres, poder dar el Do de pecho…), y más embobado y perezoso de lo normal… Se deja hacer, pero no toma ninguna determinación de nada; ¡qué curioso!... La chica se ha descalzado, y a todo esto; me giro a ver si sé dónde he puesto yo mis sandalias que hace siglos que me las quité… ¡eii!, ¡un momento!, ¡sólo faltaba eso!, mis preciosas sandalias de Magrit en los pies de una tipa de éstas… a ver si me va a contagiar hongos o algo… ¿qué haces con mis sandalias? (le digo esto pero en inglés: What the heck are you doing with my beautiful pair of Magrit's sandals on?). Ella me mira y me sonríe, si cariño, pienso yo; ya sé que te gustan, bonita, pero vas lista si piensas que te las vas a quedar…
Llegados a este momento, ya que me he puesto de pie me decido a irme, me despido con la mano, y veo a Edouard que también se levanta… Mi inercia era pensar que iba a darme un beso de buenas noches, no sé, a despedirse; cuando masculla algo parecido a acompañarme hasta mi habitación… Entonces Martín se levanta y dice; “no te preocupes que ya la acompaño yo…” me quedé muerta… qué punto de giro más sorprendente, este Martín si que sabe, pensé yo… así no me extraña que madure su ego al son de la progesterona… se mete su dosis y con ella recargándose su psique, se levanta el tío todo chulo y sin más; con esa seguridad aplastante que tienen los gallardos como él, ni pregunta, sino que lo da por hecho. Él me acompaña porque si, porque lo dice él, porque no hay más que hablar… Y me acompañó…
De lejos veía a las rubias que no daban crédito, sus mejillas coloradas se habían vuelto verdosas-cera y de sus ojos claros salían grietas oscuras del rimel y un reguero casi imperceptible de restos de lágrimas secas provocadas por risas que al final sólo llegaron a vislumbrar lejanamente, sus niveles mínimos de dignidad disipada… Ahora ya no sonríen, y sin polvo y sin copa, sin palabras ni más caras ensayadas que poner, bajan desdeñosas sus miradas al solaje del hielo derretido… Edouard se frota la cara, luego se pasea la mano por la bragueta tratando de sostenerse algo que de repente parece caído o ¡yo que sé!, jamás yo tuve bragueta alguna… y luego vuelta a la cara de nuevo (¿creéis que estaba drogado?, no tengo ni idea de esas cosas…)
El camino hasta la habitación se me hizo eterno, raro, largo, intenso… estaba nerviosa y molesta conmigo misma… ¿de qué va Martín?, peor aún; ¿qué es lo que pretende?, ¿por qué se ha comportado así esta noche?. Y mientras esto me molestaba profundamente, una parte de mi se sentía incomprensiblemente bien… Así que, me decía a mi misma: “Ojo con este tío, ojo con este tío, ojo con este tío… que ya sabemos que es listo, pero no hemos profundizado en el cuánto más…”. No me hablaba, sólo notaba el calor de su cuerpo cerca del mío (toda la noche estaba a mi lado y sólo ahora tenía esa sensación), y su brazo derecho sobre mi hombro; me miraba y sonreía, ¡maldito canalla de mierda!, ya lo está haciendo de nuevo, ¡y conmigo!... No quiero esa risa, esa mueca estudiada que sabe que funciona en su cara cuando se dirige a mí, porque me hace sentir gilipollas y absurda, me hace sentir una pelele… y sólo porque él crea que lo soy, no tiene derecho a imponerme esa inseguridad. Ya está, ya me lo he dicho, ahora ya me he avisado a mí misma y todo irá mejor, me relajo, y le devuelvo la sonrisa enfatizando la mueca histriónica del “deja de sonreír como un niñato de cara bonita porque yo no soy tu presa…” y él me la devuelve como diciendo: “y yo no soy tan predecible como tú te piensas…”.
Estaba cansada y un poco aturdida, no sé si era tensión sexual pero el caso es que me sentía bastante extraña e incómoda… pero bien a la vez, no sé; supongo que el saber en el momento en el que estás ayuda bastante, poner las ideas en un congelador rápido de “sé práctica y no te dejes engañar por el momento…” ayuda bastante. Por fin llegamos al pasillo donde al fondo está mi habitación (la de él, cuatro habitaciones antes; habitaciones que son como bungalows), y noto que mis piernas sufren de flojera y aminoro aún más el paso sin ser la causante directa de ello… van solas, se niegan a andar por su cuenta y tengo que empujarlas mentalmente: “vamos, venga… os espera una duchita fresquita para limpiar la porquería de la arena y el suelo, y luego una loción de lavanda para relajar tanta rigidez…”. Nada, me cuesta arrastrarlas, andan desplomando mi peso en cada paso como si tuvieran un potente imán que las acerca al punto más álgido de la gravedad… ¡Ya está bien!, ¡andad de una vez!... ahora obedecen, porque tengo frente a mi la puerta de mi cuarto sin darme cuenta…
Mi cabeza está girada hacia el estómago y mis ojos enfocan las uñas de mis pies, repaso el arañazo de una rama por encima, y de repente tengo la sensación de que me pica… agacho aún más la cabeza y me doy cuenta que no llevo la llave… ¡Qué horror!. Mentalmente repaso rápido dónde la he podido dejar… y me pregunto cómo he estado tan lila de haberla dejado olvidada cuando jamás he perdido una sóla llave en mi vida… Es el final, acepto derrotada, me voy a tener que ir a dormir a la habitación de Martín, meterme en su cama y rezar (si es que me acuerdo) para que no pegue su erección a mi espalda. ¡Creo que voy a morir…!. Al segundo, Martín me coge de la barbilla y me levanta la cara, me mira con esa mirada terrible y me sonríe, me atrae hacia él… si, me atrae hacia él y me aprieta contra su pecho, luego se echa hacia atrás (creo que porque mi pulso se ha disparado a tal velocidad que podría, con sólo ponerme cerca, bombardear media Alemania) y me da un beso en la frente mientras agita con su mano la llave de mi habitación… ¿A que me desmayo?.
“Cielo, hay cosas que es mejor no preguntar, y yo lo sé, y hay situaciones que es mejor vivir sin más... me quedaría contigo a dormir, pero ya supongo tu respuesta… que descanses, linda…”. Me da un beso en la boca (beso que casi se cae al suelo) y se larga moviendo toda su estructura a un paso ceremonial…
No tengo palabras…
servido por rociomedina
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14 Noviembre 2006
BORNEO 8
Por la noche hace frío, y por fin he pasado un día más o menos sereno y tranquilo en un hotel en condiciones; donde me entienden cuando hablo, y donde tienen un spa con carta de masajes. No me quedan velas, no tengo, ni venden en el hotel, pero no importa; la bañera es enorme y el techo del baño está hecho de unas placas superpuestas que se pueden manipular con un interruptor para ver las estrellas. La espalda me escuece con el agua caliente, pero necesito desintoxicarme durante horas de la mugre anterior pegada a mi cuerpo. Me he provisto de todo tipo de productos de los que disponía el hotel, y por su cúpula estrellada, la luz del firmamento se refleja entre los vacíos de la espuma...
Después de comer me subí a mi cuarto muy angustiada, temía haber herido los sentimientos de Martín, pero también estaba preocupada por Sebastián (me dijo que jamás había salido de su selva, no estaba acostumbrado a los turistas, el poco inglés que sabía lo había aprendido de sus hermanos mayores, y jamás había estado en un hotel). ¿Encontraría su habitación?. Sebastián no sabe leer ni escribir; tan sólo garabatear (ahora tengo mis dudas sobre cómo entendió a qué lugares debía llevarme cuando le enseñé los mapas).
Por la tarde bajé a la habitación de Martín, y obviamente, no me sorprendí en absoluto cuando me hablaba y miraba como si tal cosa, como si nada; como siempre... me cogió educadamente la mano y me hizo pasar y sentarme en el borde de la cama, desde donde me disculpé con él y desde donde observé con gran admiración, lo extremadamente pulcro y ordenado que era (abrió el armario para enseñarme unas fotos de Saint Tropez que se había traído olvidadas entre un libro de Gabriel García-Márquez. Me dijo que las fotos eran una sorpresa, y descubro entre un montón de chicos y chicas guapos en un paraíso francés, un par de pastores alemanes y un precioso labrador negro. “¡Mis perros!”, me dice; “... yo también los extraño mucho...” y me asegura que siempre que puede se los lleva de viaje con él: Rocolo, Fotín y Viñas (al parecer fue el único perrito que se salvó del parto, de la perra de sus primos, en sus viñedos criollos; de ahí el nombre).
Las tumbonas son de madera cubiertas de un acolchado colchón de algodón blanco con franjas azules desgastadas del sol. Sebastián aún no ha bajado y Martín se ofrece a ir en su búsqueda. A la hora, aparecen ambos frente a mí, que ya estaba desesperada, con un cócktel que a leguas huele a alcohol y con la intención de que me lo bebiese.
Sebastián lleva la camiseta del revés, y los ojos le delatan como candidato al coma etílico. Le tiro su vaso y le prohibo beber más, se mete los brazos cruzados a la altura de la axila mientras baja la cabeza dando un perfil de Lucky Luke (sin palito en la boca) y se reboza con la arena. ¡Qué manía con sentarse en el suelo habiendo cómodos asientos, de dos metros de largo, articulados para poder inclinarte a tu gusto...!. Sebastián se enfada, ha debido insultarme porque Martín le ha dicho algo en un tono de voz muy alto y se ha quedo quieto y callado - Es la quinta vez que viaja a Borneo. Es el paraíso donde encuentra la calma; yo para buscar calma iría a Las Seychelles, pero yo soy una ridícula viajera junior en comparación con Mr. Máster del Universo Viajero –
Martín me mira irónico y me hace reír, agita los pies en la arena sentado en ángulo recto, mientras su mirada se clava entre frase y frase en algún lugar bañado por el océano. De vez en cuando me mira, y me muestra sus blancas y perfectas piezas dentales, que me deslumbran al contraste con su tez oscura. Me habla de su padre, y de la madre que tan sólo ha conocido por fotos y que espera, viva, y feliz, en algún lugar del mundo...
La vida es maravillosa; condenadamente caprichosa, con mal carácter y con un endiablado y oscuro sentido del humor. Aquí el hombre se hace niño, y de sus palabras no sale “El Vivido”, ni “El Chico de Cartera Solvente” que podría aparcar su deportivo último modelo para invitar a una plantel de “Tías Jugonas” en la “ Suite del Mar” o en el “Olivia” de Marbella, o las primeras copas de la capital en los reservados mullidos de “Budha” o en la azotea minimalista del “ Hotel Urban”...
Aquí el hombre se encoge y se retuerce, entre las sombras duras del pasado, se hace niño y llora, camuflado entre su gesta de hombre. Me mira sin verme, y se para a escuchar a su “Campanilla”, que le habla de los recuerdos ya asumidos, y los sentimientos incontrolables que rescata en alguna hendidura de su alma.
Ahora Martín es Peter, que convive entre su pasado y su futuro, echándole un pulso al presente; ahora me doy cuenta, más que nunca, de que sabe lo que quiere, pero que conseguirlo le cuesta el mismísimo ahora.
- Un Hombre, un Niño = su presente (el mío, el nuestro; el que irremediablemente compartimos).
- Un Niño, un Hombre (siempre niño) = lo que siempre será.
- Un Niño triste, un Hombre “feliz”, amargado porque quiere rescatar a ese niño que fue y consolarle, dándole a aquel que creció, todo lo que siendo hombre puede darle = un Adulto frustrado porque jamás consiguió siendo hombre, rescatar al niño que fue, y perdió a ese gran niño que era...
** Nota: Veo a un increíble hombre de 34 años, guapo y atractivo, inteligente, con poder suficiente en la vida para llegar a todo, de 1’92 y cuerpo esculpido; clavándole los ojos de adulto al niño que fue y que rescata con palabras dolidas y resignadas.
Veo a este hombre y quiero liberarle de su dolor y de su angustia, y ponerle frente a él todo o que veo.
Me da rabia que no sea feliz cuando lo tiene TODO para serlo.
Me da pena que él no pueda verse en ese momento, tal cual, sin acercar retales del pasado a esta, su vida...
Me da miedo pensar que cada una de las personas perfectas que conozco tengan miedo también a vivir su perfección buscando “infelizmente” las grietas del pasado, para recostarse en ellas a dormir mientras su vida pasa.
Me da coraje asumir, que todos y cada uno de estos seres “Perfectos” dentro de la infecta humanidad, quieran convivir anclados a un pasado triste, poniendo los ojos en un futuro incierto, olvidándose de vivir el presente, aceptando que “corre el tiempo”...
Miro a Martín y le abrazo, me abraza, y es como si despertara de un letargo. Me mira y le sonrío, creo; y enseguida estoy en mi inmensa cama blanca, mirando a la inmensa Luna Llena...
servido por rociomedina
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14 Noviembre 2006
BORNEO 7
- El anuncio rezaría así: “Clase A Super A afortunadamente parece reconvertido a Clase A déficit de A. Esperemos que sea algo más que una promesa fruto de un espejismo incierto”.
Estoy en la mejor habitación de un hotel civilizado con vistas a un paraíso de arena blanca y fina rodeada de palmeras, por cuyas rendijas, se filtra el sol de la mañana creando sombras esperpénticas entre los últimos reductos de espuma que vierte el mar. Y con vistas también a alguna selva lejana, donde los turistas convencionales, hacen rutas étnicas por poblados occidentalizados, y senderismo por parques exóticos, preparados para albergar grupos de gente ansiosa de aventura y flashes.
Martín ha subido a mi habitación a las 9 de la mañana a ver qué tal había sido mi aventura heroica de los dos días atrás, y cuando me ha visto la espalda y que casi me echo a llorar contándole lo ocurrido, me ha hecho la promesa de quedarse hoy todo el día en el hotel conmigo para cuidarme. Y sí, parece genial, y desde luego es halagador y generoso por su parte, pero también comprometido y aterrador. No me importa quedarme sola; de hecho nunca me ha importado, pero en este lugar donde estoy; muchísimo menos. Aunque ciertamente me encanta su compañía, el modo en el que me habla (y habla) y sobretodo; lo mucho que me aporta con cada gesto y cada palabra que dice: es un chico con el que aprender. Pero si le digo que se quede, tal vez esté abriendo la veda a que se convierta en un viaje de dos, en vez de uno, o quizás - y muy particularmente este es el punto concreto que me preocupa – que siendo portador de un Cromosoma Y, lo crea como una invitación implícita a meterse en mi cama y tener sexo libre de ataduras durante otra de sus fabulosas vacaciones estivales.
No le contesto, me mira y me dice que coge la llave de mi habitación un segundo, y vuelve al cabo de unos minutos con una crema que huele a Rosa de Mosqueta. Me echa crema en la espalda mientras me inclino en mi sillón hacia delante (me negué a tumbarme en la cama), y todo el rato parece un disco rallado con que si me duele o me hace daño; me mosquea tanta atención.
Bajamos a la playa después de haber encargado la comida, y descubro a Sebastián borracho tumbado en el suelo con la cabeza a la sombra de una tumbona.
Martín me contó que iba a venir a Madrid después del verano, y que si iba por fin Nueva York que se dejaría ver y que le aceptara como mi guía turístico. Le insistí en que no era necesario y que acabaría con una gran sobredosis de Martín y se echó a reír tan fuerte que Sebastián consiguió abrir un ojo para ver lo que pasaba. Creo que el niño bonito trata de ligar conmigo. Le quito mi mano, que lleva diez minutos siendo sobada por su mano izquierda, y gira la cabeza despreocupado mientras me pregunta cuánto tiempo hace que no tengo novio seguido de un “... ¿cómo le gustan a vos los chicos?”.
¡Estoy furiosa contra él!. ¡ Tan predecible!. ¡Tan Tío!. Siempre pensando en el sexo como si no hubiese otra cosa más...
• Conversación Privada con Martín (...)
• Resultado Conversación Privada con Martín:
Martín pone cara de circunstancias, su pelo revuelto y levantado parece más chafado que nunca, tengo ganas de pegarle una patada en sus partes, y me mira fijamente tratando de ocultar su incomodidad y me mata con su sonrisa condescendiente y educada de Chico Bien y maduramente canalla.
Creo que aún está en Clase A Super A, pero es listo el tío, ¿eh?. Juega a mostrarme el otro lado de la Luna (la parte oscura la ilumina con espejos) y se marcha diciéndome algo, que no he escuchado, mientras asoma en la distancia una carta de presentación lejana y distinta, por cuyo eco, se entremezclan susurros vagos que gritan fugaces “¡soy un Clase Aaaaa déficit de Aaaaaaaa!”.
Martín es guapo e increíble. ¡Increíble lo de Martín!...
servido por rociomedina
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14 Noviembre 2006
BORNEO 6
He llegado a un lugar donde el ocaso es malva, pero entre sus tonos irisados del atardecer, se contempla una selva plagada de millares de especies vivas y distintas. A lo lejos veo una manada de monos que menean el trasero y se columpian juguetones entre las ramas de los árboles más frondosos que he visto jamás. Me he venido sola, y además con una brújula estropeada - no sé mirar una brújula así que me suponen amabas cosas el mismo fastidio - sólo apelo al GPS hecho de instinto superviviente de mi Sebastián, que en estos instantes, está tirado en el suelo destrozando gusanos y comiéndose alguna parte del pobre bicho como si fuesen percebes.
No sabéis lo salvaje que huele la naturaleza, es como que en cada exhalación se inhala un oxígeno bestia que te inserta una dosis de “Vicks Vapor Up” hervido y congelado. El oxígeno puro debe ser una mezcla tal que así: “coges eucalipto, hierbabuena, césped recién cortado, un poquito de musgo, y tierra mojada, se deja todo macerar con unas gotas de agua de lluvia, y el ungüento resultante se cuece bien. Una vez hervido, dejar evaporar al aire libre”.
Ahora soy como Jane, pero a punto de partirse la crisma – sin bejucos y sin Chita- subida encima de un árbol, con la cámara de fotos y el cinturón con los carretes (todo ello me pesa un quintal). Estoy hecha un desastre, os lo prometo, las manos llenas de cortes, en la espalda (hombro más bien) un arañazo enorme y de la manicura sólo me queda el recuerdo. Me pica mucho la piel, no hago más que rascarme, me escuece todo el cuerpo, como si me hubiese hecho un peeling con arena de playa y de la exfoliación me hubiese saltado la piel del cuerpo.
Ya sabéis que tengo vértigo, así que procuro no mirar hacia abajo porque he debido escalar más metros de árbol que la distancia que hay hasta la cima del Penedés. Estoy convencida que de poder empinarme, tocaría al cielo y le pediría tranquilamente a Santa Rita (patrona de Lo Imposible) que hiciera venir a Tarzán con su liana a bajarme de aquí.
Estoy en medio de nada, en un pulmón Indonesio lleno de aire verde de todos los tonos posibles; un cuadro de Rosique, “El pintor de los Almendros”, que deja ver parte del table en cada uno de sus lienzos.
Los Monos se han bajado del árbol, sólo queda uno enorme y flaco que parece un vigía; echo de menos a mi Helmut, mi “niño” peludo y bueno, ¿qué haría él si tuviera delante a esta familia de primates juguetones, inquietos y con el culo pelado?.
Sebastián me llama, me señala el cielo y se tapa los ojos, está anocheciendo y la selva es peligrosa; tenemos que volver...
Los últimos dos metros los he hecho en caída libre, tengo la espalda despellejada y dolorida, la camiseta rota y ni oxígeno ni leches; no puedo respirar. Me paso cinco minutos tragando el aliento de Sebastián que está pasmado inmóvil y serio a tres centímetros de mi cara, sin dar crédito porque aún siga viva, pero sin fiarse del todo. Estoy tumbada boca arriba y sólo puedo girar los ojos en dirección a mi cámara de fotos que por suerte sigue intacta.
La aldea se mezcla entre la vegetación, tengo la camiseta empapada en sangre por detrás y me duele mucho el costado, no hay turistas; ni nadie... Sigo a Sebastián llorosa, y de repente observo que una multitud de pequeños ojos me miran escondidos entre los pajitos de las chozas. Entro en una de ellas, y dos niñas pequeñas me sonríen y me dejan tumbarme en un lado del suelo donde hay un colchón como el que rellenaba, en el desván, el abuelo de Heidi para ella. Una mujer entra después de más de media hora, viene con Sebastián, y traen una gamella humeante agarrada por ambos. Me curan la espalda y estoy “a grito pelao”, quiero morder aquel saco relleno de alpaca pero creo que entonces moriría envenenada y trato de soportar el dolor pegándolo con mis muelas (cuando regrese, mi hermana tendrá que hacerme una prótesis antibruxismo de lo desgastadas que las he dejado).
La choza huele a estiércol, después del dolor me doy cuenta de ello, también de que estoy sin camiseta porque la parte de atrás me la han rajado completamente para curarme. ¡ Fenomenal!. ¿Sabéis que en esta jungla nadie hace topless ni enseña el pecho?. Para una vez que estoy obligada a hacerlo doy con una selva conservadora. Me siento como Gulliver y Los Gigantes en el mini mundo de Liliput, y por si fuera poco, tengo el pecho grande y encima de todo; al aire. ¡Genial!.
Para fijar el techo de la choza ponen estiércol, así que; no es un capricho de mi “selecta” pituitaria, es que hay estiércol: ¡montañas!.
Tenía que haberle hecho caso a Martín y haber pasado de venir a hacer excursiones en solitario y acabar en casa de una curandera que guarda frascos con restos de cráneos.
La Curandera le habla a Sebastián y éste trata de traducirme una leyenda que es más o menos así:
“ Hace muchos años, los moradores de las selvas del interior, integrantes de las tribus más escondidas y apartadas de Borneo, eran perseguidos por los espíritus endemoniados de los muertos de sus tribus rivales. Los espíritus se apoderaban de los animales que iban muriendo, y del cielo, que mandaba lluvias envenenadas de color amarillo fuego. Los sabios de la tribu comenzaron cortando algunas cabezas de las tribus nómadas que pasaban por su poblado y les robaban alimentos. Creyeron entonces que si guardaban las cabezas en sus chozas, éstas, ahuyentarían los malos espíritus. Ahora, tan sólo se conservan los restos de estos cráneos en las chozas de los sabios y hechiceros...”
La noche es densa y oscura, las niñas se han acostado a mi lado abrazadas a mí. Me miran silenciosas y la mayor me peina el pelo con sus dedos encallados. Sebastián se ha ido, los hombres no pueden dormir con mujeres, ni tan siguiera aunque estén casados. Sólo lo hacen en noches de Luna Llena y habiéndoselo dicho a La Hechicera, que prepara una choza especial llena de amuletos para que se produzca la fecundación. Cuenta La Curandera que una vez vieron a un joven violando a una chica y le cocieron el pene y le dejaron desangrarse solo en medio del poblado para que su alma se purificase y la sangre al derramarse en la tierra, perdonase sus pecados...
Nadie ya habla, y me siento tremendamente mal, por primera vez tengo un miedo atroz incrustado en las entrañas. Y frío. Tengo pánico. Nadie habla, pero entre la oscuridad y el silencio noto los ojos de las niñas como si aún me miraran, creo escuchar el parpadeo suave de sus ojos pequeños. Tengo mucho miedo, Mucho Miedo. MUCHO MIEDO. MIEDO DE VERDAD.
Ni el olor a podrido, ni el dolor de la espalda, ni el cansancio me importan ya. Estoy muy asustada, quería salir corriendo de allí; no me atrevo ni a llorar y quiero hacerlo. Me siento sola y triste. Me ahogo; quiero escapar de aquí.
MUCHO MIEDO...
servido por rociomedina
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14 Noviembre 2006
BORNEO 5
Hoy me he levantado de buen humor, me gusta el día que hace. El cielo es limpio y luminoso y la pequeña casa que renta habitaciones huele a galletas quemadas. He bajado a desayunar; había sopa color ceniza que sabía a puré agrio lleno de vitaminas. No me lo hubiese tomado pero Dora (cualquier señora que regente un hotel y en aquellas circunstancias, te acoja como un hijo más que como un buen anfitrión, te prepare un desayuno con un mini mantel y se siente frente a ti ansiosa por saber qué tal sabe su brebaje; merece llamarse Dora) parecía haberse tomado tantas molestias...
Son las siete de la mañana y acaba de entrar un turista con barba de dos días y ojos cansados. Un “Hello” de mala gana y una sonrisa suplicante me hacen darme cuenta que no tiene ganas de conversar, y de que espera ansioso encontrar una habitación con una buena cama decente.
Se llama Martín, es argentino, tiene 34 años y estudia abrir por Europa una cadena de restaurantes como la que tiene su padre en su país y en diversos lugares de EEUU. Es simpático, y aunque su físico y sus andares pijos me hicieron prejuzgarle, me equivoqué (supongo que no muy en el fondo, pero está claro que es un “tío terminado”; y un “chico corrido” y de mundo; y eso se nota).
Bajó a desayunar y me miró sorprendido y con cara de asco e incredulidad mientras tragaba tratando de ocultar las arcadas y de no disgustar a Dora. “¿Italiana?, ¿española?” , y comenzó a hablarme en un argentino lleno de matices mundanos mezclando frases enteras con expresiones francesas, italianas...
Estuvimos en aquella mesa sentados hasta las 11 de la mañana, con Dora sentada también, fumando hierba mientras mascaba hojas sin parar...
Me gusta Martín; es divertido, interesante, emprendedor, con las ideas claras y un gran sentido del humor. Martín es INTELIGENTE, lo es porque saber mirarme y hablarme, sabe callar y sabe dejarme callada escuchándole con cara de boba... Martín es aventurero, va de hippie pero se nota a la legua que tiene clase y estilo, que es un tío viajado y sin temor a nada; preparado para todo y sin ganas de retroceder.
Tiene una voz muy fuerte, muy varonil y el pelo negro, liso y revuelto; la nuca no es recta y es un alivio (aunque los chicos con la nuca en forma de coleta son más sexys, también son más problemáticos y conflictivos; lo tengo comprobado y no hay excepciones...) pero también me mantiene alerta. Martín es muy alto, y fuerte, aunque sólo se le nota si te fijas bien. Lleva unas Bikkembergs, unos pantalones de bolsillos Gucci y una camiseta blanca de algodón demasiado usada (Dora no le quieta el ojo, supongo que la ve una candidata perfecta para trapos de limpieza).
Le cuento a lo que me dedico sin profundizar en nada, prefiero que sea él, el que hable y me cuente (me ha hablado de al menos unos veinte viajes increíbles y me ha contado muchas anécdotas) me despierta tanta curiosidad... Al hablar, lo hace como si arrastrara su mente hacia un pasado lejano y remoto, narrando con detalles concretos, sin pudor y sin detenerse; sin un atisbo de altivez ni chulería. Me contesta a lo que le pregunto con una soltura envolvente y fácil, y sin cuestionarse el por qué le presto atención, ni el por qué le pregunto esto o aquello... me gusta la gente así. ¡Es tan estresante estar hablando midiendo las palabras!. Podría estar preguntándole horas que él me mira fijamente, me sonríe y me contesta alargando las palabras sin dar la sensación de que se esfuerza en contestar...
Tiene su propio itinerario, como yo; y nos reímos asombrados de ver que ambos tenemos rutas idénticas, así que me insta a aunar planes y por el momento acepto. Le presento a Sebastián y le digo que no nos entendemos, se ríe mientras me planta un beso en la mejilla y me dice que va a dormir un poco, que no me pierda, y que no se me ocurra hacer nada sin proponérselo también a él. Se acerca a Sebastián y le dice algo, éste me mira y se tapa la boca para soltar una carcajada tan ridícula que su gesto cambia y parece que le han grapado los párpados. Dora se levanta de golpe y frunce el ceño mientras se atusa el pelo (demasiado bonito como para enterarme de que un comentario machista echa todo a perder; así que no pregunto). Tanteo a Dora sobre cómo puedo ducharme, y me señala una puerta fuera que parece la entrada a una cuadra. Me levanto y me clavo una astilla en la planta del pie, me golpeo la espinilla con la esquina de una cama turca repleta de cojines con bolas y Martín me vuelve a decir que está dispuesto a que le despierte para cualquier cosa que se me ofrezca. Le sonrío desdeñosa mientras pienso que tiene un culo increíble y una jeta que se la pisa; es un tío descarado y canalla, eso se le ve a leguas, pero desde luego también interesante; y me gusta (me propongo firmemente no entablar conversaciones sobre él conmigo misma; objetivamente es un Clase A Super A: ¡No hay más que hablar!).
servido por rociomedina
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