La Coctelera

rociomedina

"Chic By Accident"

Categoría: Borneo

14 Noviembre 2006

Borneo 4

BORNEO 4

En algún momento y en algún lugar leí de Zoé Valdés: “…detesto la literatura de turismo, me repugnan las historias que parecen extraídas de guías de turismo. El viaje es un viaje interior, y con la imaginación se puede viajar al infinito”.

Los valles estaban hundidos a nuestro paso, las barcas chirriaban mientras aguardaban pacientes nuestro peso en su pintura decapada y triste. Nos aguardaban silenciosas, bajo una luna brillante y limpia. El suelo cubierto de hojas ya secas y algunas botellas de agua. Nuestros acompañantes iban plagados de sonrisas nerviosas y palabras sigilosas que hablaban de La Gran Aventura, pero por encima de todo; me llamaba la atención el silencio roto por la naturaleza nocturna en todo su esplendor.

La noche nos aguardaba a todos nerviosos, con sigilo y prudentes. Los mini cayucos se rozan golpeándose entre sí haciendo una extraña percusión rítmica. Sebastián se niega a subir conmigo, creo que dice que porque le tiene pánico al agua o a las barcas o tal vez al anfitrión de la orquesta, y veo el terror en sus ojos. Me pongo tensa, tengo ganas de llorar y de liarme a mamporrazos con él (tengo un desasosiego enorme). Parece un niño pequeño asustado que acaba de salir de un reformatorio aferrado a su maleta de niño pobre. Sebastián en ese instante me cae mal; me parece ser la peor persona del mundo.

¡Qué raros podemos ser a veces!. Estrechamos lazos afectivos con personas que no conocemos, pero por alguna razón química se nos aferran al alma de tal manera, que en casos así, cuando no los tenemos cerca, parece que nos arrancan el hígado y sentimos ese desgarro sin anestesia. Así que, un dolor profundo se me instala en las tripas y ya nadie es de fiar. No quiero montar en esa barca esmirriada y sucia con nadie, así que mejor sola (Tomás quiere, pero creo que tal y cómo le he mirado, le ha quedado definitivamente claro que se va a ir con cualquier otra persona). Una aventura debe ser personal, es un viaje al interior de uno mismo mientras todo lo demás es sólo el decorado (como cuando vas a un restaurante; la comida la paladeas y saboreas tú, te nutre a ti, pero se embellece según sea la luz, la música, la compañía…)

Estoy encogiendo del miedo, y empapada en un agua muerta que huele a fango; pero hay algo dentro de ese caotismo imposible que me llena de energía y me hace respirar. Es una sensación rara, es como que siento un terrible impulso por regresar con la misma intensidad con la que quiero quedarme. La adrenalina que se compincha con el pánico me hace vibrar con tanta fuerza que no quiero ir a ningún lugar, es una sensación increíble…

Llevamos unos candiles ridículos con una luz verde tan tenue que parece una luciérnaga, media docena de luciérnagas gigantes remando sin fuerzas rumbo a lo que parece un lugar incierto. Nos avisan de que bajo ningún concepto perdamos de vista el cayuco de delante, que no demos gritos ni voces más altas de un leve susurro, y que no dejemos caer ni brazos, ni piernas, ni nada de nada fuera de la barca (seguramente porque seríamos comidos sin más remedio por pirañas o algo por el estilo; y yo me niego a rezar para no caerme de aquel maltrecho nido de carcoma en el que voy montada y remando). Me hago fuerte y pienso; no está tan mal, si he de morir joven, mejor en una selva plagada de bichos y desconocidos, que de un ataque de gula compulsiva en una jaima de Bali… Trago en vacío con la boca tan seca como el desierto del Sahara y noto cómo los bolsillos de mis pantalones parecen tener vida propia bajo los torrentes de agua sucia que los van empapando. Quiero pensar que es el nerviosismo y no los bichos que anidan en sus caudales (¡qué mala herencia nos ha dejado “Alien”)

Voy camino del horizonte, entre matojos que no me dejan ver la luciérnaga de enfrente y estoy agobiada, miro hacia atrás y veo dos lucecitas; respiro hondo. Pienso en un baño lleno de espuma; chorros de espuma perfumada que dejan la piel jabonosa, tersa y suave, en una cama inmensa cubierta de hilos de algodón trenzado que caen en dos alturas de un dosel alto de madera de teka y sábanas blancas de hilo; estar durmiendo a oscuras en una habitación limpia, donde la ropa de cama huele a jabón recién cocido, estar durmiendo sin ruidos, ni luces, sin pensar en nada…

Pero mientras pienso, voy remando atrapada en una quietud envolvente, y la noche se va iluminando más en la ceguera de la nocturnidad, en la oscuridad tenue que se cubre de matices… Ya nada es tan oscuro, ni tan silencioso, y por entre los ribazos y sus sombras, diviso techos lejanos hechos como de paja, diviso una luna grande y un millar de estrellas en las que no me debí fijar; ¡es todo tan bonito! y tan real…

Nada de ordenadores, ni de teléfonos, nada de prisas, ni de grabadoras, nada de flashes y fotos, ni de reuniones, nada de poner buena cara a los impresentables de siempre. Esta locura salvaje llena los pulmones de un aire cargado de olor a ceniza y basura, te somete a la reconciliación forzosa de verte como realmente eres y asumir que tan sólo somos eso; animales acomplejados que luchan por apartar constantemente de sus vidas el instinto de estar vivos, para reducirlo a la muerte pausada del que tristemente se esfuerza en creer que vive luchando por buscar lo que ya tiene. Me doy cuenta de la complejidad de lo que somos, lo pobres que somos, las miserias que cargamos a nuestras espaldas y llevamos guardadas como tesoros; cuando nuestra valía no hace falta ser guardada, sino que se revaloriza cuando la sacamos fuera, cuando la damos; cuando nos damos. Nuestros tesoros verdaderos son imposibles de robar.

Me guardo un pedazo de ese cielo, y una foto de las luciérnagas encendidas, la mirada de Sebastián, el olor extraño, las miradas ocultas entre los matorrales lejanos que sólo dejaban ver enormes sonrisas calladas. Me guardo la ropa empapada y el esfuerzo de no demostrarme nada. Me quedo con todo; lo quiero TODO para mí. Ya tengo otra piedra preciosa para mi cobre del tesoro…

Tags: b, 4

servido por rociomedina sin comentarios compártelo

14 Noviembre 2006

Borneo 3

BORNEO 3

Me gusta cómo huele a lluvia, pero no cuando presagia una tormenta justo el día en el que voy de excusión nocturna en una especie de cayuco. Tengo el cuerpo lleno de picaduras de insecto (lo digo para que estéis alerta por si tenéis que hacerme una transfusión de sangre; los mosquitos me han “chupao” la mitad).

La soledad impregna el atardecer y lo envuelve en olores y recuerdos. Vamos campo a través andando entre extensiones púrpura sembradas de matojos verdes; enredaderas cubiertas de rastrojos salvajes. Tengo la sensación rara de estar como perdida dentro de algún cuento de los Grinn. Serenata y Sebastián van a mi paso; apenas hablan entre ellos. El guía va muy delante nuestra, y a él, al que he bautizado Sr. Cosme, le seguimos los demás: Tomás, el tío Yim y el tío Yam, gemelos idénticos y despeinados bajo cuyo flequillo – flequillo que echaría por tierra el mejor desrizante japonés – se esconden unos ojos hundidos y risueños. Tras ellos; Lorenza y Quica, y una sueca que está buenísima versión muñeca de Jordi Lavanda con unas perfectas mechas rubias.

Serenata: debe ser una reencarnación de Nefertiti. Es bajita, lleva trenzas (como cuatro pero superpuestas) varias pinzas y varias gomas las sujetan haciendo de su cabello un nido oscuro donde se podrían almacenar hasta seis huevos de codorniz. Me gusta su falda y sus pies pequeños. Huele a restos de humanidad, como si Kart Kraus (el ensayista austríaco) se hubiese inspirado en ella par escribir sus “Horrores de la Primera Guerra Mundial”, mezclado con el olor impactante de las bibliotecas viejas. Me hace acordarme de los folios amarillentos y reciclados que hace años nos sacaba mi abuelo para escribir las cartas a Los Tres Reyes Magos.

Sr. Cosme: panzón, narigón, cabezón, orejón y con cara de malas pulgas. Pasea su vara de madera apartando las brozas (no me gustaría en absoluto ser un miembro de su familia. Imagino cuando le veo que tiene que ser el pariente que siempre te mira con cara de cabreo y te pregunta cualquier impertinencia en el peor momento: “oye, ¿qué va a ser de ti ahora que te ha dejado el novio?...”, “¿cómo piensas pasar el verano ahora que estás sin trabajo y el banco no te ha concedido el crédito?”; cosas así…

También le veo sentado imposibilitado ante el hecho de mantener una simple conversación cordial. Preside la mesa, fuma como un carretero, y seguramente, sería el primero en quedarse en mangas de camisa obviando que es de mala ecuación (diría que le importa un bledo, torcería el morro, y con un poco de suerte, al llegar a casa seguiría su corbata dentro del bolsillo interior). Es machista, tiene malas pulgas de las que se siente orgulloso y además es padre únicamente de varones.

Él es el encargado de guiarnos a todos en esta expedición.

Tomás: extranjero, venía con su esposa, o igual era u amante; ¡vete tu a saber!. Pero ha acabado solo detrás del Barrigón. Tendrá unos 43 años, de cuerpo no está mal, pero tiene pinta de ser más hablador que yo y trato de evitarle; no tengo ganas de mantener conversaciones estúpidas que no llevan a ningún lado con desconocidos de parejas inciertas. Noto que de vez en cuando me mira por el rabillo del ojo, y yo empiezo a hablarle a mi fiel Sebastián (guía personal para los pobres; lo que sería un personal assistant para los VIP) que me mira, me sonríe, y me sale por peteneras.

Tomás se llama Tomás; es rubio, con bigote, sin canas y el pelo tan corto que parece tener los rizos pegados al cráneo. Me gustan sus ojos, son turquesa – grisáceos, redondos y grandes (aunque me sigo quedando con los ojos de miradas oscuras). Las piernas son bonitas, como de bailarina; delgadas y con unos gemelos ridículos y marcados que parecen temblar sobre unos pies gigantes (si viera unas zapatillas como esas en mi casa o en la de alguno de vosotros; las quemaría sin daros la opción de rechistar). Tiene pinta de hombre infiel; por eso le tengo tirria. Los hombres infieles se notan en seguida, dejan un rastro crónico e inconfundible… es como una mancha de nacimiento; puedes disimularla pero no ocultarla jamás. Conozco a gente infiel, y todos y todas están sujetos a ese tufillo indigno, a esa indignidad que quita cualquier honra.

Tío Yim y Tío Yam: no se si son réplicas de un museo de cera. Idénticos en todo; andan igual, se ríen igual, se rascan la cabeza con la misma insistencia con la que mi perro se hace acopio de sus fuerzas cuando quiere que le tire la pelota.

Lorenza: es italiana y debe hablar en algún dialecto porque no cazo ni una. Quica: pareja no oficial de Lorenza, apostaría lo que fuese a que lo son. Hablan entre ellas, se lanzan miradas intensas y desdeñosas, bajan el tono de voz por miedo a que oigamos lo que deben ser palabras poco ortodoxas sacadas fuera del contexto de la alcoba. Quica está muy delgada, pero reconozco que su culo mantiene en jaque a la gravedad. No es guapa, pero tampoco fea, y se violenta cada vez que Tomás se le acerca a decirle algo. Lorenza es menos atractiva, más pechugona y más mona de cara. Lorenza tiene una nariz afilada y unos labios perfectos que ensucia cada vez que se cabrea y dice: “non mi rompere le pale”. Quica juega a caerse, a que tropieza y se debilita y necesita el brazo protector de Lorenza que hábilmente la sujeta sin esfuerzo y le agarra la mano durante unos segundos. ¡Qué bonito es el amor!.

La Sueca: versión Gunilla Von Bismark de piel naranja, cuerpo delgado “in extremis” (quizá demasiado delgada a mi gusto) y exquisitas maneras altivas como su nariz respingona. Parece a Betty Boo andando. Tiene ojos verdes y pequeños, pero intensos y fríos. Parece un congelador recién abierto cada vez que posa su mirada al hablarte. Su voz es suave, también gélida; por eso me gusta. Parece un océano tempestuoso lleno de contrastes contenidos (su descarada manera latina de contonearse moviendo sus estrechas caderas con esa pose helada que te deja fría).

Tiene 45 años y una vida intensa, apasionante y perversamente bañada de soledad.

Se casó con 17 años con su primer amor; un ingeniero poco recomendable de Minas de Oro. Ha vivido en medio mundo y ha estudiado dos carreras. Con 23 años le detectaron un bulto en la matriz; le extirparon los ovarios… me miraba serena mientras de sus ojos se apreciaban las primeras gotas de agua cristalina que acabaron dejando salir en tropel sus lágrimas verdes. Jamás tendrá hijos, y su marido, 11 años mayor que ella, decidió consolarla cuando a sus 24 años (su marido de 35) optó por preñar a una amiga suya. Despechada, con la sombra del miedo acechando en cada revisión, sola y enamorada, concluyó sumergirse en el fango de la vida. Mujer Valiente. Decía mi Tío, Hombre Sabio: “quién da las quejas, se queda sin ellas”, y tenía razón; ¿servirían de algo las suyas…? Ahogó su soledad, la ahoga día a día bajo el escapismo del que agoniza en una rutina imposible de sostener. Sus manos son finas y templadas…

La aventura comienza de noche; otro días os contaré qué tal, pero lo más importante de hoy; la aventura no sólo está en el que la busca, ni entre las sombras que ocultan la noche; la aventura está en el que encuentra, en aquel que decide Ser por encima de todo…

Tags: b, 3

servido por rociomedina sin comentarios compártelo

14 Noviembre 2006

Borneo 2

BORNEO 2

Todo está tranquilo, y según lo previsto, esta noche asistiré a uno de los famosos rituales de esta aldea, donde te procuran la felicitad eterna y la eterna juventud, además de asegurarte que tus ovarios (en el caso de las chicas) seguirán siendo fértiles…

He conocido a Pastora y Silvia. Pastora es muy bajita, tímida, y está mellada, habla un inglés raro (creo que porque se le escapa el aire al salir atropelladamente por los huecos dejados de sus incisivos superiores), tiene 18 años y Silvia es pariente suya, algo así como una prima tercera. La he llamado Pastora porque lleva un sombrero de paja amarillento y una especie de “faldiquera” (me recuerda a las niñas rumanas que venden la pena de sus hijos enganchados a la teta por las calles empedradas de cualquier ciudad). Lo cierto es que cuando te mira, consigue que tu mirada varíe el recorrido y se quede contemplando su cara cuarteada por el sol. Apenas sonríe, tan sólo gira el labio de arriba en señal de aprobación mientras salpica de “mmmja!!” la acústica del ambiente. La comparo con “La Mona Lisa”; me dice algo con su mirada pero calla con su boca, aunque a su vez, su boca me habla en silencio y la mirada me seduce a pensar que efectivamente debo creer aquello que se intuye de sus labios amuecados. Silvia y Pastora; dos calcos por detrás.

Sebastián me mira asombrado; nos hemos hecho bastante amigos en realidad. A veces cojo un palo y le hago un croquis para entenderme, a veces, él pasa horas callado, sonriéndome, o tratando de hacerse entender. Otras veces; me paso horas hablándole (haceros a la idea de que esto no lo he dicho) mientras pierdo el hilo una y otra vez a causa de sus carcajadas (sé que no me entiende, de hecho; no suelo decir nada gracioso, pero creo que el sonido de mis palabras deben hacerle cosquillas en su pabellón auditivo. El tío se monda…)

Estoy de blanco, y Pastora me ha colocado (a mí y a otras veinticinco personas) una serpentina de flores desde el cuello hasta el abdomen, y otra más pequeña, de flores violetas y olorosas, en el pelo. Estamos en una especie de prado, o valle, o qué se yo, en medio de ninguna parte pero desde donde se refleja la luna.

Es una luna morita, delgada, con estrellas cerca y con un brillante color plata enmarcado en un azul negruzco sucio. Cerca de donde estamos pasa un arrollo, y hemos tenido que colocar velas encima de unas hojas (como si fuesen de parra) y pedir un deseo, luego las dejábamos sobre el agua y metíamos la mano en un cesto cubierto de pétalos de flores, y mientras Silvia rezaba cosas que daban miedo y nos rociaba con flores, teníamos que echar un puñadito de éstas sobre aquel lago.

Tras esto, teníamos que levantarnos la falda hasta la altura de las ingles (supongo que por aquello de retrasar la menopausia más allá del umbral del tiempo y retener el poder fertilizante de la testosterona más allá de lo que la prole espermatozoica puede resistir en cada embestida; tratando de lograr así, que pasen la repesca hasta el más lento de los dos millones de bichitos que se pueden guarecer dentro de cualquier matriz por muy desnutrida que esté). Entonces Silvia me unta la tripa de un mejunje que huele a resina y en círculos lentos me pasa sus manos pequeñas una y otra vez a ritmo pausado. Me mira, e irremediablemente cierro los ojos mientras pienso que llegar a aquello debe ser similar a llegar al final de mis días y sentir cómo me embalsaman viva. La resina está caliente, y pica o quema o me da arcadas; o todo a la vez. me sujeto al suelo tratando de que mis manos no se agarren al cuello de Silvia y la ahoguen, pero abro un ojo y veo su cara de concentración máxima y aplaco, por miedo, mis ganas de tirarme a aquella charca salpicada de hojas de parra y flores humeantes que brillan tenues en dirección a la luna. Por fin me quita el apósito, y me coge las palmas de las manos y me las mete en un cuenco de barro con un polvo naranja dentro. Los demás, hacinados en un corro y como a tres metros de mí, miran callados y silenciosos, mientras cuidan que su candil no se les apague.

La fila de uno la encabeza Pastora, y Silvia la sigue mientras continua su rezo. Todo el valle parece asistir a este ceremonial, y tan sólo se escuchan sus plegarias susurrantes; ni la hierba se deja chasquear con nuestros pasos. Yo soy la cuarta. Tenemos que subir a una cima, donde nos esperan grupo de tres hombres mayores que nos saludan uno a uno a sin mirarnos siquiera. La vista al frente, y todos detenidos tras el cuerpo del anterior, cada uno pasa y nos pone la mano sobre la cabeza dándonos un pequeño “toque” sin dolor (en silencio).

Pastora se acerca a mí y me sonríe (creo que intuía mi pánico y quería tranquilizarme) me saca de la fila y entonces me dice que soy la primera y que me espera el Primer señor. Le digo que no quiero ser la primera y me dice que debo ser yo porque soy la más joven.

La sigo sin más remedio, mientras con la vista contemplo resignada que no tengo escapatoria (echar a correr ahora con el miedo, ¡pánico!, que le tengo a la oscuridad y la soledad, es misión imposible) hasta que tengo enfrente a uno de los tres señores que me sonríe, me coge las manos y me da tres besos (cara -lado derecho-, mano derecha y frente).

Me siento delante de él, tiene una cara extraña y cansada. Las sombras de las velas puestas en círculos no me dejan estudiar bien sus facciones. Tengo que cruzar las piernas pegando las plantas de los pies; me las sujeta con sus manos y me mira hasta dolerme tanta tensión incómoda. Después de cinco larguísimos minutos me habla de mí y de mi vida, de mi energía (y yo las palabras que no entiendo me las invento), hasta que finalmente me pregunta si ha acertado en todo (como quiero irme cuanto antes, le digo que sí).

Sonríe complacido y me dice que soy valiente; y que le haga tres preguntas de mi pasado y tres de futuro. Lo hago; las tres primeras es un pleno, luego imaginad la responsabilidad mía ante mi propio yo con las otras tres (mis neuronas rebuscan durante intensos segundos…).

Tengo la primera; respuesta poco previsible pero me conformo. Hago la siguiente: respuesta pésima. Y por fin formulo la última; y la respuesta es buena. Sonrío y trato de mover las piernas dormidas lentamente para levantarme sin romperme la crisma. El señor me mira serio; ¡a sentarse otra vez!, creo que me he roto las dos caderas, me he lesionado el cóccix, y los tobillos en posiciones imposibles se apropian de varias fracturas de órdago.

Palabras textuales; cuídate de los hombres, hay uno que te pretende aún (debe hacer alusión a algún ex), hay otro hombre cerca de ti que te protege, te quiere, está como lejos, pero aparece en tu vida sin que te des cuenta cada vez que lo necesitas. Hay otro hombre, tiene la mirada puesta en ti, seré seducida por él, pero será él, el que acabe seducido por mí. Enamoramiento y mucha pasión; es el hombre de mi vida pero me hará mucho daño. Sufriré a su lado pero jamás dejaremos de querernos… Desconecto…

Conclusión mía: Me ha descrito todo tipo de posibles hombres que podrían acercarse a mí. Si un hombre me hace daño, no es el hombre de mi vida; sino un Hijo de Puta que pasó por ella. Si me hace sufrir, le abriré la cabeza con una sartén, y aseguro que SÍ dejaré de quererle…

El hombre quiere saber si estoy conforme; ¿acaso eso haría que él cambiase el destino?, ¿cambiaría el destino mismo y sería más benevolente conmigo?, ¿podría el ritual pasar de la tercera opción, dejándose de juegos, y personificar la aleación: inteligencia, lealtad, sentido del humor y belleza…?. Estoy tremendamente disgustada con este adivino; me muero de hambre y pienso desdeñosa en la imagen de Silvia y me duele la tripa. Y empiezo a tener frío; no siento la parte inferior de mi cuerpo, mis manos comienzan a entumecerse, y quiero derretirme en una bañera repleta de chocolate caliente mientras dispongo a mi alrededor de bandejas gigantes de comida (chuletones con mucho limón y sal, foie fresco al Pedro Ximénez, una copa de Priorat y un cuenco refleto de fruta…) También pienso en mi cama, y en la hamaca de algodón con las cuerdas desgastadas que se aferran a los pinos con espanto cada vez que nos tumbamos en ella… Pienso en las celosías de las ventanas de madera que chirrían y se quejan cada vez que las cerramos, en mis primos pequeños que se sube a la vez en la banqueta del piano y se pelean por inundar de acordes imposibles el salón del último piso. Pienso en los caballos salvajes que galopan empapando de un sudor brillante sus lomos Pura Sangre en Doñana. En las gambas, en los ronquidos de las siestas, en la colonia Nenuco, en las sandías negras del verano y los cangrejos de media mañana. Pienso en mi abuelo encerrado en su alcoba leyendo sus novelas y los cuatro periódicos del día con las gafas metidas en la sien y protestando porque siempre nos quedamos muy poco tiempo. En el cine con rebecas, en los chambis de horchata, en los moros playeros de caftanes y fulares de Todo a Cien… y en vosotros; en todos y en cada uno de ustedes…

Tags: b, 2

servido por rociomedina 1 comentario compártelo

14 Noviembre 2006

Borneo 1

BORNEO 1

Entre los por si acaso de mi vida, encontré la excusa perfecta para viajar a Borneo, y sin pensármelo dos veces, fui con un nuevo por si acaso a vacunarme; y ahora estoy aquí.

Está anocheciendo, y mi guía (el chico que carga y se encarga de mis cuatro maletas) mi sufrido anfitrión, trata de hacerse entender para que le de una explicación (que no sea la de que soy una simple turista) más cercana a “soy una científica, o una fotógrafa del National Geographic, o una periodista de la BBC, una productora de documentales…”. No sé ni he sabido después de cinco minutos ensayando cómo pronunciar su nombre, así que, le voy a llamar Sebastián - si, definitivamente tiene cara de llamarse así- y os diré que es bastante guapo. Sebastián sonríe, me sonríe mucho, me mira con unos ojos grandes en unos rasgos pequeños y contenidos, y su pelo negro, inunda su tez de un halo de sombra tenue, de unos surcos morados bajo unas pestañas plúmbeas. Es educado, y tiene esa mirada de no tener edad. Ni joven, ni mayor, ni adolescente, ni niño; demasiado para todo… Sebastián no me llama Rocío, sino algo así como /Ro’kío/. Le he dicho que me llame como le de la gana.

Siento cómo la bicicleta me hace chirriar, al ritmo de su cadena oxidada, todos los huesos de mi cuerpo, y cómo los músculos en lugar de contraerse y ponerse duros, se van derritiendo lentamente a la vez que me voy empapando en sudor y en lágrimas. Ahora recuerdo mi máquina de step y me dan ganas de liarme a mamporros con ella por haber sido tan benevolente conmigo. Me duele el culo, los gemelos, me duele el alma y el pensamiento; y también esa parte que traduce, sin pensar en pensarlo, del español al inglés, y hasta la lengua (y no de hablar precisamente, sino de jadear a ritmo de pedales en una bicicleta del siglo XVII).

Sebastián y su Eterna Sonrisa, se paran en seco y dejan caer su armatoste, y con él, mis cuatro maletas. Ahora si que lloro, y la frustración me quema por dentro y la rabia me provoca ganas de pelear por fuera. Me paro también, y mi culo se cae literalmente al suelo, Sebastián y su Eterna Sonrisa, vienen hacia mí. Entonces lo veo, un sol naranja tiñe el cielo de un rojo intenso y ocre, un rojo con púrpuras y añiles; un rojo que empapa los arrozales de un color granate fuego. Y de repente, tengo la sensación de que todo huele a té e incienso (de acuerdo, acepto que es un chorrada, pero me olía así). Es una mezcla extraña de sensaciones. Y aquí, recupero mi visión y caigo en la cuenta de que tengo la imperiosa obligación de respirar, de mirar, de absorber, de aprender; de vivir…

Me levanto, y Sebastián y su Eterna Sonrisa, me imitan velozmente, como un rayo, miro mis cuatro maletas de Louis Vuitton embarradas y abolladas, y de la flojera, el mareo y la emoción; paso a la rabia contenida en estado de shock, Sebastián, chico listo, les restriega su camiseta de algodón desteñida tratando de limpiarlas; entonces veo cómo las iniciales van borrándose en la lozanía del lodo hasta hacer extraños anagramas embadurnados de una pestilente mezcla de tierra y polvo.

La noche era densa, y oscura, sin luces, tan sólo la de las velas que siempre tengo en uno de los bolsillos de la maleta para encenderlas en los hoteles cuando voy a darme un baño. El olor de estos cirios perfumados y el olor a té (aún en la colina), me estaban dejado totalmente mareada. La cabaña está en alto, desde donde parece no haber ni aire ni vegetación, ni oxígeno; sino una orquesta filarmónica de mosquitos que en tropel luchan por hacerse con alguna parte de mi cuerpo. Estoy pegajosa, no hay ducha, y Sebastián duerme a varios metros de la cabaña tras haber aceptado un billete de veinte euros como soborno por no dejarme sola sin un machete, una metralleta, una pistola, un trabuco, o una simple cuchilla bien afilada para cortarme las venas…

Empieza a amanecer, me veo el cuerpo salpicado de baches y ardiendo en picores (sabía que salir tan precipitadamente y pasar de la lista de “Cosas imprescindibles para viajar a Borneo” iba a costarme caro) abro los ojos y miro a mi alrededor, entonces creo que estoy muerta, o secuestrada en algún lugar secreto de “La Cámara de los Horrores”. El catre donde me tumbé parecía recién sacado de una escombrera, y la choza no había visto una escoba en su vida (no al menos desde que Michael Landon dejara “La Casa de la Pradera”…). Quiero meterme en lejía y restregar todo mi cuerpo con estropajo Nana’s.

De un salto me pongo en pie y las maletas me miran desafiantes y esmirriadas; ¡menuda faena!. No hay baño, ni agua, ni tampoco un espejo para mirarme las ojeras y la cara de acelga pocha que debo tener. Me asomo despacio por una ventana andando de puntillas y tirándome de la camiseta hacia abajo, tratando de tapar los shorts por si algún salido depredador viene a atacarme allá donde los mosquitos no han podido hincar el diente. Entonces lo veo, veo uno de los paisajes más bonitos que he visto en mi vida; una mañana pegajosa, una luz perezosa y un despertar lento. Abro la puerta de par en par, y descalza me asomo a oler mi té del desayuno, respirar la vitalidad del que sigue vivo, a vivir la aventura del que aún vive; a confraternizar con la humanidad que se agita distinta en tierra de nadie, a coger mis forzados prejuicios europeos y someterlos a la incivilización civilizada, al salvajismo de lo neutro; me mentalizo en mirarlo todo a partir de ese instante, con cualquier otro color…

Sebastián me ha visto, levanta la mano en el aire y observo mis pies desnudos y su pelo brillante; le devuelvo el saludo. Sube hacia la cabaña con un matojo de algo en la boca que parecía hinojo mientras canturrea entre sonrisas.

Me hace gestos y me dice algo (¡por Dios!, ¿por qué no hablará inglés?) y de nuevo volvemos al lenguaje de signos (siempre he sido mala jugando a este tipo de juegos; jamás he sabido distinguir la escenificación de una mesa de billar de un piano). No entiendo lo que me dice, así que se va; se va y me deja plantada. Lo veo alejarse para encontrarlo frente a mi arrastrando su marmotetro – carga y destroza maletas- y con mi bici (y descubro que es aún más penosa que la primera vez que la vi).

Me escenifica a algo de lo que no me entero hasta que casi le abofeteo por tratar de levantarme la camiseta de tirantes (me tengo que cambiar al parecer), me cambio sin quitarle la vista a su nuca ni un instante, carga mis maletas; y me monto en la bici rumbo al lugar del mapa que la señalé nada más él, presentarme su sonrisa…

Tags: b, 1

servido por rociomedina sin comentarios compártelo


Sobre mí

- "The Secret of Health for both mind and body is not to mourn for the past, worry about the future, or anticipate troubles, but to Live in the Present moment wisely and earnestly". Buddha. - "Todos tomamos distintos caminos en la vida, pero no importa a dónde vayamos, tomamos un poco de cada quien", Tim McGraw

Fotos

rociomedina todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Mis tags

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera