La Coctelera

rociomedina

"Chic By Accident"

Categoría: Mails Personales

27 Abril 2012

Casilda e Hilaria

Querid@s Tod@s:


Ahí estaba yo con mis amigas Hilaria y Casilda a las que hacía mucho tiempo que no veía. Hilaria estaba feliz pero suspicaz, ausente, antojadiza, y nada más vernos desparramó encima de la mesa donde estaban las copas todo un arsenal de cremas farmacéuticas. Casilda alarmada abrió los ojos de par en par sujetando su copa al vuelo mientras preguntaba si estaba enferma, a lo que Hilaria replicó que algo así sólo que en peor; ¡estaba embarazada!. ¡Dios mío!, ¡pero si eso es fabuloso!, ¿no?. Bueno, se supone que es algo fabuloso si como ella se está casada - y en su caso muy bien casada- se tiene veintinueve años, una casa comprada por sus suegros, un coche familiar fabuloso donde hay hasta un compartimento muy estilo años cuarenta para el neceser, un perrito de raza exótica traído de la mismísima isla de Barbados, una VISA oro a su nombre que recargaba el tío bueno de su marido, y para más INRI tenía en su casa toda una agenda llena de tarjetas con los nombres de los interioristas mejor reputados para decorarle la nueva casa vacacional. Casilda bebió un sorbito a su copa intentando controlar su ira mientras le preguntaba el por qué si lo tenía todo no estaba contenta, Hilaria la miró recelosa pensando que claramente se estaba riendo de ella con esa pregunta tan irónica; pues no estaba contenta porque tenía una clara tendencia a las estrías. Así que tenía que elegir entre zapatos de doce centímetros de tacón que hasta después de siete meses y medio no podría usar casi con toda probabilidad o tener la tripa como un acordeón a cambio de un ser humano tamaño Nancy llorando, moqueando, y tirando por la borda todos sus fabulosos planes de recién casada. Yo estaba absorta, era incapaz de articular palabra, tan sólo se me iban los ojos a los precios de esas cremas que sin ser liberadas de su envoltorio olían al mismo tiempo a salud y a locura.


Las mujeres somos algo así como unas ingratas con nosotras mismas, parece que llevamos implantados un gen que nos imposibilita ante el hecho de ser totalmente felices o tener una actitud complacida. Es como si el hecho de ser honesta y plácidamente felices nos inquiete tanto que tenemos que retorcerlo todo no creyendo que el destino nos tenga esa sensación delegada a nosotras, así que al no fiarnos, tenemos que buscar el lado negativo de todo. La inseguridad es un mal que claramente se trasmite a los cromosomas X, por lo que cuando la vida parece sonreírnos y nos da el privilegio de concedernos una tregua dándonos un cuento de hadas por vida, le hacemos un corte de mangas diciéndole al destino: "¡ey, tú!, ¡si te crees que no me he dado cuenta de que quieres engañarme estás equivocado!, ¡que sé perfectamente lo que tramas y no me hace ninguna gracia!..."


Así que ahí estaba Hilaria, delante de nosotras con ganas de abofetearla y hacerle tragar los quinientos veinte euros en cremas antiflacidez, vitaminas de todo tipo, cremas de ácido fólico, elastina... diciendo que lo suyo era un revés del universo para que no pudiera ser feliz. Y mientras bebía su zumo de papaya seguía con las manos puestas en su tripa rogándole a Dios que esa criaturita que crecía imparable en sus entrañas fuera un chico, que según aseguraba, se criaban mejor y daban menos guerra: "... así se lo lleva Ernesto a jugar al golf mientras yo voy a Pilates, y cuando quiera ir de compras que Ernesto se lo lleve a hacer ski acuático o a que de clases de navegación... ¿Tú crees?, ah! pues no había pensado que para eso hubiese un mínimo de edad, bueno, Ernesto tiene muchos hobbies, y es muy bueno con los números, ya se lo llevará a algún sitio o si no, que le de clases de álgebra que cuanto antes empiece su carrera financiera mucho mejor..."


Seguro que pensaréis que Hilaria es una total idiota descerebrada, y bueno, no os quito razón, pero en su defensa alego que el no ser una persona muy centrada estaba ligeramente condimentada por un exceso de hormonas unido a una inmadurez ‘in crescendo' que contra todo pronóstico parece que no la va a abandonar nunca. Aquí no es como con la justicia, que se limita de una manera irrevocable a sentenciar basándose en los hechos, sino que aquí deberíamos mirar con lupa acontecimientos que le aminorarían la condena hasta casi la absolución.


Resulta que Hilaria viene de una familia de gente con mucho dinero, su padre, un banquero muy prestigioso, abandonó a su madre cuando ella estaba con un pie sobre la rodilla de ese padre que era casi un héroe de leyenda y con el otro en la adolescencia, marchándose con su secretaria - ¡qué típico!- que era pechugona pero peluda, y no supo de él más que por teléfono hasta pasados los tres años, cuando le fue a recoger al instituto para darle el gran notición; ¡se casaba por segunda vez!, aunque no con la secretaria, sino con la hasta la fecha llamada "putón verbenero" (una exótica rubia de bote con un cuerpazo de quitar el hipo, que era simpática con todos, hasta con ella, y eso la desquiciaba terriblemente porque la abocaba a tener que odiarla en silencio). Su papá era tan terriblemente feliz con la señorita Verbenero que se dedicaba a ganar dinero, hacer unos viajes de escándalo, a hacerle regalos fabulosos con la contraprestación de que jamás tenía tiempo para ella, así que se desquitaba de su conciencia recargándole las tarjetas del móvil y la VISA.


Pero la Verbenero, que sería rubia pero no corta de miras, se encaprichó de un amigo de su padre durante un viaje a Pantelleria, así que su padre ni corto ni perezoso se lió ‘ipso facto' con la hija de este señor, comenzando así un ardiente romance que acabó con denuncias cruzadas. Y papá volvió a casa, a la casa que tenían en Biarritz para las vacaciones, haciendo que Hilaria se ilusionase muchísimo por poder por fin pasar unas navidades en condiciones y tener a su papá sólo para ella. Así que en esas fechas Hilaria y todas las amigas nos reunimos con ella justo cuando acabaron las clases para despedirnos, estábamos muy ilusionadas por verla tan feliz, nosotras en secreto teníamos a su padre subido en el pedestal de los cabrones, pero ella le tenía en el pedestal del súper padre, héroe todopoderoso, el papá de su nena... Y cierto es que en alguna parte de su alma culpaba a su madre por haber dejado marchar a su padre con esa secretaria tetona y peluda, pero al mismo tiempo se compadecía terriblemente por ella, por no haber sido capaz de reunir fuerzas de flaqueza para haberle perdonado y haber vuelto con él. Así era la manera de pensar de Hilaria, así sigue siendo su manera de pensar, y eso que ni tan siquiera ni una sóla vez se preguntó si su padre habría querido volver con su madre o si a su madre aquella humillación le habría dejado el corazón roto para siempre.


Muchas mujeres son así, y por más que avance el mundo con sus privilegios ganados y las condecoraciones progres que nos adentran en la majestuosa potestad de sabernos libres y con unos derechos adquiridos desde la conciencia social y la lucha enrabietada de esas libertadoras que alzaron su voz y sus esfuerzos rompiendo lanzas contra la opresión machista del hombre; adquieren y hacen suyo el poder notorio de la tradición cultural abigarrado en las entrañas de una educación clasista escrita por el hombre y tatuada de por vida en la mujer. Definitivamente hoy en día las normas sociales siguen siendo las escritas por el hombre y las acatadas por la mujer, que continúa la tradición asumiéndola como su deber absoluto, sobretodo en determinados núcleos aburguesados donde el elitismo y el buen vivir hacia afuera imposibilitan en muchos casos una vida hacia dentro sana y libre. Las conjunciones sociales son claramente un yugo esclavizante para aquellos que como Hilaria, son cautivos dentro de una beligerante historia mortal en un cruce entre la liberación histórica del S. XXI, donde cada vez más se confunde uno de los preceptos más importantes de la aristocracia: la que asume que dicha aristocracia no tiene preponderancia social, con los antológicos de la misma y la permisividad. El cruce de fuegos entre los antagónicos sociales siempre ha existido, pero en una era donde impera la clase media destronarse de ella es caer o al vacío de la perdición social, o a la imposición cueste lo que cueste de obtener a toda costa una balsa que te rescate de esas fauces y te deje tranquila sumida en las posibilidades abullonadas del yate de esa vida que ansiamos tener, y de tenerla a mano, ansiamos no perder aún a costa de nuestra felicidad. Podrá parecer una contradicción; ser infeliz por no ser infeliz, pero de toda la vida se sabe que las personas siempre somos contradictorias, y desvelar nuestro mapa de contradicciones es un arduo y estúpido trabajo, no se pueden quitar los antónimos de nuestra vida, si no, todo carecería de sentido. Los sinsentido dan sentido a nuestra vida, como para que haya felicidad ha de haber tristeza, y como para que exista la sensación de hambre debe existir la sensación de saciedad. Así que la gula de Hilaria está implantada no en las tripas, sino en el hecho de llevar una vida perfecta de cuento, de ese cuento del que despertó siendo aún muy niña, empecinada en que su niñez aún no se había acabado porque su cuento no podía ser granate, sino rosa, y porque su padre no podía abandonar a su princesa por unas pelandruscas caza fortunas, ni su padre podría ser un cabrón desconsiderado que dejó a su madre por una secretaria con peras tamaño calabaza de Halloween. Así que sometía su felicidad a pruebas constantes, buscaba un marido que hiciera las veces de su perfecto padre y perfecto padre para sus hijos, y planificaba su vida ordenadamente sin dejar lugar a la improvisación; así que había decidido que los dos primeros años de casados serían sin retoño y quedarse embarazada era algo que por más que buscaba en su agenda no lo encontraba escrito por ningún lado.


E Hilaria llegó por fin a Biarritz, ilusionada ante el hecho de poder estar con su papá después de tanto tiempo y recuperar todo el tiempo perdido. Biarritz, ¡un lugar al que hacía tiempo que no iba pero que conocía tan bien!... Su padre la esperaba en el salón luciendo la mejor de sus sonrisas y abriendo los brazos de par en par para recoger entre ellos a su preciosa niña mayor. Tenía una noticia magnífica que darle e Hilaria no podía esperar más, así que dijo en voz alta: _"¡Vuelves a casa con mamá y conmigo!", a lo que el padre sonrió y dijo: _"¡Casi!, te voy a presentar dentro de un par de horas a tu nueva mamá, se llama Charlotte y te va a encantar, es muy joven y muy sofisticada, le encanta la moda como a ti... Verás que llegaréis a ser grandes amigas!, no os lleváis mucha edad". Así que Hilaria se tragó su entusiasmo mientras se abría en su corazón una brecha paterno- masculina de dolor inagotable y de resentimiento ahogado en la frustración más temeraria y cruel del mundo; jamás se fiaría del todo ni de su padre, ni de ningún espécimen con pene entre las ingles. Lo de Charlotte obviamente acabó con el regalo de la Navidad, ella odiaba a esa Charlotte cuasi perfecta de glúteos almidonados, y Charlotte la odiaba a ella por su insistencia en querer irse a vivir con su adorado "suggar-daddy". Así que recogió el descapotable recién estrenado y se largó sin dar posteriores señales de vida.


Casilda y yo llevábamos treinta y siete minutos enteros escuchando las quejas y lloriqueos de Hilaria, que decidida como estaba a no dejar que su vientre engordase más que lo justo para que naciese un bebé de kilo y medio, no paraba de buscar nuestra aprobación para todo tipo de remedios caseros y químicos que había encontrado en internet en busca del embarazo perfecto. Así que estábamos dándonos irremediablemente a la bebida, sumidas en nuestras propias frustraciones de personas adultas con problemas reales, poníamos cara de absentismo total mientras conspirábamos con la manera legal de hacer que Hilaria dejase sus estupideces y pisara el suelo con los pies, no con los tacones.


Después de Charlotte el papá de Hilaria se casó con Teresa, una señora quince años mayor que él y muy rica, que entró en su vida justamente dos meses antes de que su padre anunciase de un modo público pero familiar, que estaba total y absolutamente arruinado. Así que Teresa, adicta al bótox, al rejuvenecimiento de todo tipo de partes nobles e innobles, operada de todo tipo de cosas operables, y adicta a todo tipo de cremas y sustancias legales o criminales... se convirtió no en la amenaza, sino en la esperanza de tener una nueva segunda mamá a la que convenía tener contenta para seguir acomodada en su status social, y una cómplice con la que contar en caso de necesitar reconstruirse el himen si no se casaba con un ‘chico bien' de toda la vida y tenía que echar mano de un jeque apuesto; en su caso una mamoplastia de aumento considerable a los dieciocho y una liposucción a los veintiuno. Un par de años más tarde Teresa invitó a esquiar a su casa de Suiza a su sobrino, unos diez años mayor que Hilaria, interesante, apuesto y prometedor estudiante de un MBA en Boston que hacía sus pinitos con la bolsa y de un padre, hermano de Teresa, con un marquesado en condiciones de los de toda la vida. Así que el sobrino Ernesto y la encantadora pero desgraciada Hilaria comenzaron un tórrido cortejo que acabó en boda, y visto lo visto; en embarazo.


Hilaria tenía los ojos puestos en otra parte, odiaba ser pesimista, odiaba tener siempre ese miedo al abandono incrustado en las entrañas y por más que intentaba mirar su vida con el prisma de la positividad eso era algo que se le resistía. También odiaba mentir, odiaba tener que fingir siempre ante su perfecto y adorado marido que un celaje de tinieblas se le había aposentado en su alma haciendo decoración con sus principios de señorita perfecta y tenía miedo a que fuese usurpando todo ese gran lugar dónde tenía colocadas las sonrisas perfectas, las perfectas y maduradas acciones que debían resultar ser espontáneas, esos comentarios fantásticos y optimistas... porque entendía que ahí su lista de decoradores no tenían nada que hacer. Así que suspiraba recelosa, asentía sonriente pero dolorida, abría la boca para destilar frases incorruptas de buena voluntad y modales intachables, y sobretodo; simulaba que ella también era consciente de tener esa vida perfecta con la que cualquiera podía soñar y que la disfrutaba como tal siendo todo una gran mentira que le colocaba un peso vibrante y gigantesco sobre su persona. El miedo se apoderaba de ella en cada media hora de retraso de Ernesto, el pavor se le metía de lleno en el estómago cuando tenía que acompañar a su marido a cualquier evento: profesional o lúdico, y el pánico escénico salía a flote cuando casi siempre su inseguridad la mortificaba pensando en lo más profundo de su ser que no merecía esa vida que le había sido asignada. Así que creía a pies juntillas que cuando el destino se diese cuenta de que le había dado el marido perfecto a una farsante perfecta y desgraciada se lo quitaría dándoselo a la Charlotte de turno, que cuando su marido le acariciaba el pelo y le decía que estaba preciosa en realidad podría estar fantaseando con la idea de que la que estaba embarazada en la cama no era ella, Hilaria, sino una nueva secretaria de piernas kilométricas y escote de saldo. Y cuando Ernesto comentaba que sería una buena oportunidad invertir en una fabulosa casa en la costa azul para las vacaciones, lloraba a escondidas pensando que lo mismo era un nidito de amor que ella, incautamente, estaba aprobando para su marido. Y cuando esto mismo ocurrió, Hilaria no dejó de ir a misa todos los días hasta ver firmados los papeles de la escritura, pensando, como bien nos confesó avergonzada después, que tal vez su marido estuviese arruinado y la compra de la villa fuera una excusa para más tarde dar el notición de que lo habían engañado y estaba en la ruina más absoluta. El caso no es que desconfiara de su marido, que no hubiese amor en ese matrimonio más que el deseo de tener una vida perfecta al lado del ‘conveniente', porque lo cierto es que estaban absolutamente enamorados el uno del otro; Ernesto bebía los vientos por ella y ella le admiraba y le adoraba por encima de cualquier otra cosa. Sino que su problema venía de su desconfianza hacia ella misma, a ese odio contra su ser reprimido y miserable que ella misma se creó cuando se sentía en cierto modo culpable por ser pequeña, inmadura e incapaz de entender por qué su padre había abandonado su propia vida ‘perfecta' junto a su madre. Su añoranza de ser feliz era una búsqueda de respuestas no resueltas en su infancia, un cruce de reproches ahogados y callados, un resentimiento no verbalizado de esa madre despechada, que aún abandonada, hablaba de su padre como el mejor marido del mundo utilizando la humillación como un método de barrera entre la sociedad de las apariencias que debía saber lo mártir y exquisita en modales que era, y ese corazón roto de por vida que la marcó con la cicatriz gigantesca de la utilización, el engaño, el desprecio, la degradación, y la negación más absoluta.


La perfecta sala donde nos arremolinábamos entre cojines era verdaderamente acogedora. Luz tenue perfecta que abrigaba las llamas tintineantes de las velas. La casa de Casilda tenía un encanto especial; había libros en los rincones más inhóspitos y nunca sé cómo se las arregla para que aún cuando está desordenada y sin limpiar huela tan condenadamente bien. Puedo asegurar que no he visto en ningún enchufe ambientador alguno. Hilaria a ratos se toca la tripa animada y a ratos se desploma sobre sí misma como una niña pequeña y asustada escondiendo su aún plana barriga debajo del jersey que abullona adrede. Bebe lentamente el brebaje de colores sin alcohol a modo de copa exótica mientras pregunta a Casilda sobre el chico que le gusta.


Casilda hacía dos meses que había conocido a un chico gracias a un intercambio de dos semanas para ejecutivos de su empresa. El chico en cuestión era un holandés que llevaba años viviendo en Barcelona. Así que cuando Casilda llegó a la empresa matriz, cuya sede estaba en la ciudad condal, para entrevistarse con el ejecutivo encargado de los intercambios, Manfred, la saludó cortésmente mientras la secretaria les hacía esperar en la sala de juntas. Pasaban los minutos y comenzaron a charlar animadamente mientras se ponían al tanto de sus cargos y pormenores de la empresa. Finalmente y tras la reunión Casilda llevaba bajo el brazo varios dossieres y un billete de avión para la sucursal de Sevilla. Cuando salió de nuevo se encontró con Manfred, que le sonrió amigablemente y le dio su tarjeta deseándole suerte.


No habían pasado ni cuatro días cuando recibe un correo vía intranet donde Manfred le pregunta cómo le está yendo y si le apetece quedar a cenar el viernes, ya que tiene una despedida de soltero el sábado en Sevilla y no tiene planes para esa noche. Casilda acepta encantada, total, según nos contaba no había terminado de encajar del todo con sus nuevos compañeros de trabajo. El viernes Manfred apareció ante su sorpresa frente a la puerta de entrada de su oficina, había cogido el vuelo anterior y estaba desesperado de dar vueltas solo por la ciudad. Estaba extraordinariamente atractivo, según nos aseguraba Casilda, con el pelo perfectamente engominado y de un castaño brillante. Pero a Casilda le gustaba sobretodo su sonrisa, tenía unos dientes normales pero la forma de sus labios le resultaba especialmente sensual y mucho más atractivos cuando sonreían formándole hoyuelos a dos centímetros de la comisura de la boca. La acompañó hasta el hotel y fue tan caballero que sin tener que decírselo ella espetó que la esperaba abajo en el bar y que se tomase el tiempo que necesitase. Ya, ya... sé que diréis que es lo normal, pero yo no tengo tan claro eso, a ver, que muchos de los que estéis leyendo este relato sabéis más que de sobra que no siempre sale de vosotros el mencionar que os quedáis abajo, que os hacéis los remolones por lo que pudiese pasar, ¿o no, chicas?. Así la cosa y tres cuartos de hora después Manfred está parando un coche de caballos para que les lleve a dar una vuelta por la ciudad; hacía una temperatura de lo más agradable.


Pasearon por Santa Cruz, ese barrio de arte cubierto de balcones de hierro atrapando geranios rojos apunto de sangre mientras de las losas empedradas de los callejones sale un reguero de incienso árabe acompasado por el taconeo de los tablaos flamencos. Casilda iba cogida a su brazo, apenas lo tenía sujeto para no caerse por culpa de los tacones que iban desgastando sus tapas en aquellos añejos adoquines de piedra. Cenaron en un patio dentro de un palacete señorial que acogía apenas ocho mesas. Desde la fuente del cenador se reflejaba la luna, de la noche apenas brotaba una ligera brisa que emponzoñaba la piel volviéndola sensible y erecta, como queriendo despegarse del cuerpo con tibios escalofríos. Manfred le colocó su americana por los hombros, y complacida le agradeció el gesto con una sonrisa mientras el helado de té se iba derritiendo poco a poco en el plato.


Le gustaba Manfred, le cogía la mano cálidamente mientras se encaminaban a su hotel... La magia de la madrugada de primavera la envolvía de un optimismo prometedor ante esa sensación de tensión no resuelta. Pero Casilda sólo sabía que le gustaba, y que él sentía cierta atracción evidente hacia ella, pero no podía asegurar más allá de eso. De hecho él la besó, sí, pero en la mejilla cuando la dejó a la puerta de su hotel y se despidió. Y la llamaba, sí, pero a pesar de que mantenían largas charlas por ninguno de sus contenidos podía afirmar que él estuviese flirteando o insinuando un paso más allá. Así que estaba descolocada, ebria por la emoción de sentir las atenciones del chico que le gustaba, pero confundida por no saber bien de qué manera estaba interesada. Sin ir más lejos, nos enseña, hoy le ha mandado una foto por correo de cómo iba vestido -Hilaria y yo pegamos las cabezas para mirar la pantalla de su móvil, ¡desde luego era bien pintón!-... ¡Pero eso sólo se hace con las amigas!, ¿no?, nos preguntaba. Lo cierto es que ninguna sabíamos qué decirle. Por un lado estaba claro que tenía interés, pensaba en ella y lo demostraba llamándola, mandándole mensajes, proponiéndole cenas... pero por otro lado también tuvo la oportunidad de besarla, de liarse con ella, y no parecía muy dispuesto a dar ningún paso al respecto. ¡No sabíamos qué pensar!. Casilda dijo que lo mismo era gay, o que le gustaba tanto, tantísimo que quería ir conociéndola despacito para no equivocarse; al fin y al cabo estaban viviendo en ciudades distintas, y aunque ambos pudiesen trasladarse a otras sucursales dentro de la empresa siempre era un paso arriesgado que había que meditar. Resolvimos que no se tenía que agobiar para nada, que diera tiempo al tiempo, y un sin fin de frases hechas cuyo contenido todos conocemos de sobra y sabemos que en determinados casos no nos quita ni un ápice la ansiedad.


En fin, que la noche dio para largo, hablando de todo y de nada... llegando a ninguna conclusión pero tratando de arreglar el mundo. Aunque una cosa sí queda clara: en el mundo de las relaciones, como con la amistad, las cosas son verdaderamente complicadas independientemente del sexo, y sobretodo; que no hay cosa en el mundo que más nos inquiete que el tema de las relaciones humanas y el amor.


Un Besazo,
Rocío Medina


P.D.: ¿Qué opináis de Casilda?. ¿Creéis que en algún momento comenzará a madurar?. ¿Pesará su bebé el kilo y medio que ella tiene programado?. ¿Será niño y jugará al golf con Ernesto?

P.D.1: ¿Qué opináis del asunto de Manfred?; ¿está verdaderamente interesado en ella?, ¿de qué manera?. ¿Creéis que pueda ser homosexual?

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8 Marzo 2012

Los Médicos que van en Bambas

Querid@s Tod@s:


No podría empezar a escribir hoy con tranquilidad si no resuelvo cuanto antes un asunto que me ronda la cabeza y que es motivo de una perenne discusión con un acalorado y testarudo amigo psiquiatra.


Resulta que dicho amigo, pongamos que se llama J.T., no tiene más manía que decirme que los médicos - ¡todos!- en Barcelona, que es donde él vive y ejerce, van siempre vestidos con vaqueros y zapatillas (él las llama "bambas" independientemente de que sean o no de esta marca, sino "bambas" a secas; como el distrito de Corongo, como ese postre que relleno de nata está para chuparte los dedos, como el himno popular de Veracruz...) Hombre, le digo yo afanosamente, seguro que todos no irán así, pero él me asegura que hasta su jefe que es catedrático de la facultad donde estudiaba va calzado de esa guisa. Pues yo, ¡qué queréis que os diga!, me parece muy importante el atuendo del facultativo que te atienda; por aquello de la imagen vale más que mil palabras. Y sobretodo porque reconociéndolo o no, la idea de que un médico ejerza con su corbata y sus buenos zapatos nos induce a pensar que es un tío pulcro, refinado, que sabe estar atento a que sus indicadores no verbales seduzcan la idea de ser un tío forjado y culto en la materia, que no para de estudiar y estudiar, y además sabe de la importancia que la comunicación no verbal nos sugiere - porque amén de la gestualidad también es un consabido precepto del mismo la importancia de ir acorde en físico y vestimenta con la idea que se quiere transmitir- O sea; que el ir impecablemente vestidos nos insinúa el concepto de un tío que "sabe estar" y que es un profesional maduro a pesar de los años que se tenga.


Porque claro, el ir con zapatillas -"bambas"- cuando se tiene treinta años y se está en la presencia de un paciente, si fuese yo pensaría; no dudo que igual sepa distinguir un hígado de un ovario, pero este chico parece recién salido de la facultad y eso no mola nada de nada cuando tengo mi vida - y en este caso la salud mental- puesta en manos de este tipejo. En cambio si lo veo con sus buenos zapatos, ahí la cosa cambia, ahí yo pienso; ¡hombre!, por lo menos parece un tío serio, se ve jovencito... pero estoy segura que debe ser un portento en medicina, el "number one" de la psique; joven pero en su sitio, con criterio... Y lo mismo si lo veo con vaqueros. ¿Cómo va a ser igual un médico con vaqueros y zapatillas que un médico con sus pantalones bien planchados y sus zapatos bien limpios?; ¡pues no hay color!. Además, que un psiquiatra en este caso debería tener esto más en cuenta que nadie; porque al margen de frivolidades me dirás tú que entra a la consulta una paciente bipolar y se lleva el disgusto padre al ver que su médico mientras le receta el uranio -perdón, el plutonio, digo... el litio; ¡si ya decía yo!- está con un pie sobre el suelo y con el otro pie sobre la bamba mientras tiene un tic nervioso en la pierna, entonces los ojos se le van al pantalón y resulta que es vaquero; ¿qué seriedad es esa?. ¡Pues salen corriendo!. Dicen: este tío que va en bambas, y se las está pisando todo el tiempo, y con las cordoneras sucias, y encima con vaqueros... Éste tipo tiene más psicosis maníaco-depresivas que yo. Y claro no me extraña que la paciente salga pitando como alma que lleva el diablo y con un ataque doble de excitabilidad que ahora le obliga a tener que ingresar pero no en el psiquiátrico, sino en el cardiólogo mucho antes de lo previsto.


En cambio si el médico lleva sus zapatos, con o sin cordones, uno no se los pisa; como mucho mueve una pierna si se hace pis mientras la señora le va contando que el otro día pasó de la risa al llanto en menos tiempo de lo que venía siendo habitual (venía tan contenta ella de la compra y se encontró al marido en la cama con otra... Aunque claro, cualquiera en esta situación sentiría lo mismo), y que cuando ya creía que estaba hundida del todo agarró un cuchillo jamonero y le rebanó al marido una oreja - que era lo que más a mano le pilló- y acto seguido le vino tal ataque de risa que sin querer se tragó la oreja.


De todos modos ahora que lo pienso es tan complejo eso de la psiquiatría que a saber si el ir en zapatillas y vaqueros es un truco para que las señoras se centren exclusivamente en el hecho de no sentirse discriminadas por ser los bichos "raros" de una sociedad donde los problemas mentales son vistos como una plaga a extinguir contagiosa y llena de veneno. Tal vez esta cruel sociedad que trata a los dolientes de patologías psíquicas como unos apestados tenga la culpa de que los psiquiatras vayan con "alpargatas" (a ver, si usáis bambas en invierno seguro que en verano lleváis las esparteñas, aunque eso sí; con el talón bien puesto y nada de chancletas que lo mismo se os pega algo de verdad, que a veces en los hospitales hay muchos más contagios ¡faltaría más!) y vaqueros.


Por ahí he oído tantas veces entre mis amigos y familiares médicos que no hay que poner distancia entre el paciente y el galeno que yo creo que nadie se ha parado a pensar en qué narices tiene eso que ver con la vestimenta. Así que muchos que van de ‘guay' -y no miro a nadie- una vez que han esgrimido esa frase polvorienta han deducido que la distancia se mira en si llevan o no la bata. Y como muchos no se han tragado mi discurso del "buen vestir" a pies juntillas, y al cabo del tiempo ya no saben de qué manera combinarse el ‘look' adecuadamente, han vuelto al recurso de la bata que siempre queda bien. Así que han decidido que la famosa distancia esa no sea directamente proporcional al hecho de llevar o no la bata, sino al hecho de centrarse como corresponde a su paciente pero utilizando un lenguaje molón, o grotesco, o bestia, o barriobajero, o culto... según sea el paciente para que le pueda entender bien. Por ejemplo: _ "Doctor, vengo porque me duele mucho el hígado", respuesta del doctor: _"El hígado en sí no duele, señor López, es imposible del todo debido a su conformación, lo que usted siente es dolor por la distensión de la ‘Cápsula de Glisson'; ya que ésta sí posee terminaciones nerviosas sensitivas... Pero el hígado (¡alma de cántaro!), ¡que es una glándula anexa al tubo digestivo...! ¡A ver si lo que le duele es el aparato hepatobiliar..."". ¡Pues lo mismo!, ¡fíjate tú que yo eso no lo había pensado!.


Pero si es un médico con zapatos, pantalones bien planchados, y su bata bien blanca y sin arrugas donde ponga en el bolsillo con letras bien grandes "Doctor Fulano", seguro que lo que nos dice para que no haya esa distancia es: _"Señor López, a su hígado no le pasa nada de nada... ¡Que no se preocupe usted!, que haberse comido de los " Cien Montaditos" cien montaditos no inflama el hígado; pero desde luego ha hecho usted trabajar de lo lindo a su vesícula (aquí el doctor piensa; la de bilis que el jodido ha tenido que secretar...) De todos modos yo lo que creo es que si al final se pidió los cien montaditos de verdad y no probó bocado -saciedad prematura- entonces la acidez que siente y el dolor... ¿a que está eructando mucho?, ¿lo ve?; pues eso, ¡lo que yo decía, Señor López!, que a usted le duele la parte derecha del abdomen pero no el hígado...(la dispepsia es lo que tiene)"


Así que el Señor López después de visitar al médico ‘informal & guay' que va con zapatillas y vaqueros, que parece ser lo más de lo más - sin distancia ni nada de eso-, concluyó: _ "¡Este tío es la leche!... Tiene que ser buenísimo, pero yo no me he enterado de nada, Antonia -Antonia es su mujer- que me ha dicho que se me ha alojado una cápsula ahí dentro del tubo digestivo, y que tengo hepatitis y la bilis hecha mierda... Bueno, debo tener algo realmente grave que la pobre criatura ha venido derecho del parque de beber litronas a la consulta... ¡Si hasta se ha sentado a mi lado y sólo le faltaba cogerme la mano...! Yo creo que me van a tener que hacer un transplante, Antonia... La cosa no pinta nada bien, que hasta me ha nombrado algo de los nervios y en tu familia hay muchos locos, ¡a ver si me han pegado algo...!"


Pero como Antonia es una mujer muy lista, muy obcecada, y poco dada al hecho de dejarse convencer por un médico que no se sentase frente a ti marcando la distancia mínima de una mesa con su calendario en un bloc de hojitas pequeñas y su boli, con sus talonarios de recetas, con los libros grandes que pesan quintal y medio, y con su agenda llena de notas indescifrables porque los médicos, ya lo sabemos todos, tienen una caligrafía distinta al resto... no se quedaba tranquila. Así que antes de dar por desahuciado al hígado de su marido decidió que debían tener una segunda opinión pero con un médico de los de toda la vida; con su corbata, sus pantalones bien sujetos a la cintura, sus zapatos con cordoneras, y su bata bien blanca y planchada portando una pluma en el bolsillo. Después de visitar al doctor "classic by the way" se quedó más tranquila: _"¿Lo ves, merluzo?; ¡si es que te tengo que llevar yo al médico para que te enteres de algo!. Si por ti hubiese sido ya me veía yo en la puerta de la carnicería pidiendo el hígado más sano que tuvieran para transplantártelo; porque de un muerto no, que me da como cosa -hombre, digo yo que no le iban a transplantar el órgano de la vaca con la vaca viva, ¿o sí?- Si es que para ir a cualquier médico mejor no ir, mejor ir donde Basilio El Curandero, que ese lo mismo te cura de la sarna que te quita el mal de ojo. Tanto medicucho moderno, con sus teorías revolucionarias... nada, nada, que hay que ir a un médico de los de toda la vida, de esos que te recetan pastillas para la tensión en vez de potingues de herbolario... ¡Que da lo mismo!... Pero ¿cómo va a salir pitando de un parque derecho a la consulta y vestido de cualquier manera?, ¡tú es que tienes unas fantasías...! Lo que pasa con ese es que es un guarro ¡no te andes con paños calientes!. ¿Qué clase de médico va con vaqueros y zapatillas?; pues ya te lo digo yo: ¡un estudiante que no tiene ni puta idea!. ¿O no te dijo acaso que tenías que cambiarte de hígado?..."


Pues más o menos esto viene a ser de manera exagerada un ejemplo de que la distancia, o no, marcada con el paciente no viene de forma alguna directamente proporcional con el modo de vestir; sino con el modo de acercar la patología al paciente de un modo fácilmente entendible. Pero si es verdad que una imagen poco adecuada distorsiona con rotundidad el modo en que los pacientes vemos al médico. Dicho de otro modo: si yo voy a una peluquería y veo a una peluquera con el pelo hecho unos zorros no entro. Si voy a una boda y veo al padrino con bermudas y camisa de manga corta pienso que el tío se ha metido un viaje brutal y ha confundido en su éxodo la boda de su hija con un domingo de resaca en la playa de Benidorm...


Si un médico va en zapatillas y vaqueros obviamente traslada una imagen pésima y poco seria de un colectivo endiosado gracias más que nada a las superproducciones de Hollywood; dónde sólo se le permite al Doctor House llevar bambas -en su caso New Balance- y vaqueros... Da una sensación, sobretodo si eres joven, de ser un pobre estudiante que no se sabe bien cómo ha aprobado el MIR y el descerebrado de su adjunto lo deja sólo ante el peligro de un paciente con irritabilidad aguda; desprotegido ante la posible catástrofe -"disipación-rumiación"-. En cambio un médico bien vestido y sobretodo con zapatos limpios y pantalón planchado nos sugiere la idea de un tío centrado, profesional, serio... y si es joven el ser un lumbrera y no entender por qué narices el cretino de su jefe no lo planta directamente en el quinto año de residencia (¡más quisierais!, jeje). Otra cosa bien distinta es que el médico de vaqueros y zapatillas en cuestión te lo hayan recomendado tus mejores amigas, o salga en la tele - que dicen que la televisión jamás se equivoca-, o que directamente tenga un premio Nóbel; con lo que no pasa a ser un médico "perroflauta", sino que simplemente es un excéntrico bohemio que no tiene tiempo de comprarse una bata, ni unos zapatos, porque lo único que hace es medicina transgresora y punto.


Dicho esto, espero que J.T. tenga un animado momento "café de máquina" en la sala de descanso de su hospital "loquero ‘deluxe'". Donde del mismo modo -y para los ajenos a este colectivo que desconocemos en mayoría el cómo son estas salitas-, deseo que sea un lugar tan sugerente, cómodo, y bien decorado como en las series de los yankees -¡qué faena, si no!- que todas son amplias, con tías buenorras que se pirran por un masaje en los pies, con enfermeras estupendas y bien dispuestas a da un masaje a los sufridos cirujanos de guardia, y con médicos potentes que a veces hasta tienen el descuido de no afeitarse en un par de días y que encima la barbita les quede hasta bien.


Por lo demás poco o nada que añadir, a excepción de haceros saber que no estaría nada mal agregar al plus del buen vestir el llevar una manicura decente -nos vais a tocar con esas manos y nos da lo mismo a las muy escrupulosas que llevéis guantes-, oler como los ángeles- y si, Dr. Florido, no voy a dejar de hacer alusión a los olores, porque como usted bien sabrá son fundamentales en la vida para tantas cosas...- Y ya si eso; ir duchados y sin pearcings, que también ayuda mucho para depurar aún más en nuestra pobre psique vuestra línea profesional.


Un besazo,
Rocío Medina


P.D.: Ruego encarecidamente que cualquier facultativo médico-sanitario no se sienta ofendido por lo aquí expuesto; huelga decir que está escrito en tono de humor. Y si bien es cierto que eso no resta un ápice de la importancia que humilde servidora cree que tiene la indumentaria adecuada para cualquier tipo de trabajo como forma vital de "comunicarnos" de un modo u otro con esta sociedad mal llamada "primer mundo", cierto también es el hecho de que la praxis de un buen médico no está para nada reñida con el atuendo con el que se vista.

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29 Febrero 2012

Panorámica Realista del Sexo Femenino

Querid@s Tod@s:



Cuando la vida te obsequia con bombones no nos queda otra que zampárnoslos todos con el rencor de la dieta señalándonos con el dedo. La verdad es que las mujeres, una vez queda clara nuestra tendencia natural a ser esclavas de nuestra cada día más incipiente inseguridad motivada por nosotras mismas y por los estandartes más vanguardistas de las revistas de moda y la televisión, no tenemos otra opción que ser sumisas y reconocer éste como uno de nuestros mayores defectos a erradicar. Me preguntan muchas amigas qué es lo que ocurre cuando fulanito no las ha llamado en meses, si yo creo que es que pasa de ellas o se hace el interesante... y aquí es cuando recuerdo una conversación de la serie femenina de cabecera "Sex & The City" -que tanto daño social y personal nos ha hecho- muy acertada, donde se decía claramente:


1- No está loco por ti si no te pide una cita: porque si le gustas, créeme, te invitará a salir
2- No está loco por ti si no te llama: los hombres saben usar el teléfono


Pero claro, mi amiga quiere un complot mundial que le haga retirar estos pensamientos negativos de su cabeza, y reclama un autoengaño complaciente para hacerse la víctima pero de una manera más feliz. Prefiere reclutarse en el dulce abandono de la ‘pérdida' no resuelta antes que en el avance lógico que requiere un pensamiento práctico de shock: ¡Ha pasado de mi!, me equivoqué claramente sobre mis perspectivas hacia él y obviamente no está interesando; por lo que yo en este momento tengo la absoluta obligación de olvidarme de él y plantearme seriamente el no proyectar más situaciones idílicas ni más razonamientos ilusorios de el por qué no me llama. No es probable que lo haya raptado una secta, ni esté en paradero desconocido porque sea un criminal a sueldo buscado por la Interpol, ni su madre lo haya castigado seis meses a no usar ningún tipo de tecnología incluido el móvil, el teléfono, los locutorios donde pagas Internet por minutos o la cabina. No llama porque no quiere, no soy una prioridad en su vida o tal vez ni tan siquiera sea una vulgar opción. Por lo que en este momento él tampoco va a ser la mía en absoluto. Y duele, porque nuestra autoestima se resiente como un gatito asustado después de un manguerazo de agua fría, y cuesta; porque no somos tan fuertes ni nadie es capaz de aniquilar un sentimiento con tal sólo desearlo por más práctico que sea nuestro modo de pensar... Pero hay que ejercitar el modo determinante de subir la autoestima sin pensar que ésta depende necesariamente siempre del ojo que nos mira; nuestro valor pasa por nosotros mismos, el que cada cual se dé para sí.


Daniela sigue escrutándome con la mirada y dice: "_Va, tía... ¡suéltalo ya y deja de mirarme así!. Que pasa de mi, ¿no?. Pero si tu le hubieses visto cómo me miraba...¡cómo me besaba!;¡esas cosas no se pueden fingir!". Ya, ¡o si!... ahí fuera hay un elenco de actores premiadísimos que lo demuestran sobradamente y otros tantos que aún no han sido descubiertos, y todos y todas podríamos aportar a esta lista un montón de incipientes creadores de falsos momentos que nos reportan un éxtasis sin igual y que bien podrían ser nominados a los Óscar. Epicúreos malvados, inocentes, enfermizos, simplones... pero todos tienen de manera más o menos consolidada en su instinto el modo ataque con puerta trasera de emergencia.


Hablemos claro: si un hombre no llama con un margen de tiempo prudencial obviamente es porque no quiere, y a la inversa. ¿Por qué tenemos esa tendencia natural a exculpar lo que inexorablemente cae por su propio peso buscando burdas excusas que ni aún en sueños nos podemos creer?. Tener esperanza es bueno, pero proyectar una falsa ilusión es lo peor que existe; no podemos avanzar si no somos capaces de afrontar la realidad de forma precisa y concreta marcando nuevas pautas que nos ayuden a crecer asumiendo que volveremos a equivocarnos pero controlando no recaer en patrones desteñidos. Dicho esto, que parece casi un texto de manual de autoayuda de esos que tanto detesto porque siempre nos enfrentan con lo que ya sabemos pero no somos capaces, o no queremos, asumir; aquí contradicción clara entre mis argumentaciones anteriores pero igualmente válida porque son los recursos de los que toda mujer echa mano en algún momento... ¡Metámonos en harina!.


Daniela: Guapa, interesante (hizo un máster en literatura francesa y luego varios cursos de arte postmoderno), mantiene una conversación fluida. Es rubia, que eso ayuda mucho a su atractivo físico - cualquier chico ante esta apreciación me dará la razón- y además no una rubia cualquiera, sino una rubia natural con alguna mecha química para que resalte su color. Tiene buen cuerpo: es de las culonas que ahora están tan de moda; trasero prieto a base de bodypump y de hacer unas treinta sentadillas en la tapa del wáter cada vez que visita el WC desde la época de la selectividad (cogió esa manía, ¡qué queréis que os diga!, tan válida en el mundo de las rarezas como otra cualquiera, sólo que ésta es saludable y mantiene a raya la celulitis y la flacidez).


Carlos: Tipo simpático, atractivo; más atractivo aún en días laborables gracias al uniforme clónico de los ejecutivos. Alto (ser alto en el caso de los chicos suma muchos puntos, a no ser que te pases de centímetros y no tengas un cuerpo cuidado porque puedes ser desde un aguilucho encorvado hasta una torreta por donde se vislumbran metros de tela de pantalón y eso no resulta nada atractivo. Pero vamos, que en general ser alto conlleva más ventajas que al revés de cara a una primera impresión de atractivo para una chica) delgado y fibroso. Calvo.


Situación: Daniela sale de un taxi, llueve a cántaros, abre el paraguas y éste de manera muy mal intencionada se da la vuelta sacando varias varillas de su sitio. Daniela mete el bolso entre las rodillas y las junta con todas sus fuerzas aprisionándolo mientras se hace, con las dos manos desocupadas, del dichoso paraguas. Éste que no quiere ni por un segundo volver a su posición habitual sale huyendo volando varios metros del revés y estampándose contra Carlos. Carlos coge el paraguas, se toca la frente en acto reflejo con cierto malestar, sujeta su maletín con las rodillas, agarra bien el paraguas mientras le dice a Daniela: "_Si, estoy bien ¡no te preocupes!... a ver si consigo darle la vuelta a tu paraguas sin romperlo..." El paraguas se rompió, al menos había un lado de una varilla que se destrozó para siempre, aún así volvió a su posición inicial. Carlos va en la misma dirección que Daniela, sólo que Daniela había llegado en unos cuantos pasos al portal de su casa y a Carlos aún le faltaban varios kilómetros de autovía. Daniela se despide de Carlos a pie de portal, Carlos que sentía ya todo su traje empapado bajo el abrigo pensó que estaría bien secarse en casa de Daniela. Daniela que cortésmente le dio las gracias, ante la insistencia a seguir hablando de él y ya que había abierto el portal, le invita a subir a casa mientras él acepta con la excusa de resguardarse un poco de la lluvia. A la tercera cerveza que Carlos se tomó Daniela ya sabía que había hecho mal en dejarle subir. Por dentro no paraba de pensar en que iba a pudrir el sofá con la humedad de los pantalones, en que llegaría tarde al gimnasio, en que no sabía ni cómo iba a poder echarlo de allí, en que con la luz de la habitación no era en absoluto tan atractivo como le había parecido en un principio. En fin, al cabo de varios minutos donde le escuchaba sin prestarle atención se empezó a dar cuenta de otros detalles: llevaba un rólex bastante bonito, tenía las manos cuidadas y de aspecto quebrado y eso a ella que era una admiradora del arte siempre le había atraído muchísimo. También observó sus zapatos de Berluti y que tenía una sonrisa magnífica: pero era calvo, clarísimamente eso no iba nada de nada con ella. Tenía una especial tirria a los calvos, al menos a los de pelo rapado, y Carlos tenía la cabeza sin un solo pelo. Por lo que mientras él no paraba de sonreír y sonreír, en ella la tendencia a vislumbrarle como un hombre de nuevo atractivo había menguado casi en un ochenta por ciento de manera irreparable. Y él no paraba de sonreír, de sacar temas de conversación interesantes a los que ella contestaba de manera autómata y sin mucha emotividad. Para sus adentros Daniela no paraba de decirse: Me elogias continuamente, y Daniela sonreía... eres algo así como un embaucador con fondo de armario de Paul Smith pero claro, es que eres calvo; y a mi eso de que los calvos sean más sexuales no me lo trago tampoco...


A la quinta cerveza estaba el calvo con la infeliz de Daniela practicando coitos simultáneos en la cama tailandesa que ésta compró a un chino que vendía en la trastienda bolsos de marca falsificados y fabulosas joyas vintage de origen dudoso. Carlos era un Dios en la cama, Daniela incluso se cabreó consigo misma por no poder fingir ni uno sólo de los tres orgasmos con los que generosamente él agasajó a su menudo cuerpo ahora endiosado gracias a un primer beso esquivo donde impuso su dominancia masculina: "_¡Cállate Daniela!, deja de decir que "no" que sé que lo estás deseando, ¡no vuelvas a quitarme la cara! - aquí cogió su cabeza pegando ambas frentes con firmeza- Pienso besarte, el mejor beso que te hayan dado en tu vida. Y si luego no te gusta me lo dices y me voy". Y claro, ¿qué se puede hacer ante un tío así de resolutivo y firme?. Pues nada, Daniela se levantó casi desmayada, ¡qué importante es el primer beso!, y se tumbó en la cama mientras esperaba a que él tirase la ropa casi con saña repartiéndola por todo el dormitorio. Se dejó hacer, obviamente, aquí cada "NO" pronunciado por ella era rebatido con un beso en partes traviesas que engullían su cada vez menos firme voluntad. A la mañana siguiente Daniela en bragas y con camiseta salía dando traspiés en busca de una toalla grande que ofrecerle mientras él pellizcaba su trasero con ganas de comprobar que estaba hecho de carne y músculo como el de todo hijo de vecino. Ella se quejaba pero de mala gana, agarró unos shorts de verano y salió pitando a la cocina a preparar café y rebuscar algo parecido al pan de molde pero sin moho. Él le pidió el teléfono, lo apuntó en su iPhone y al segundo llamaba a alguien de su trabajo avisando que llegaría después de la reunión. Se dirigió a ella en tono sonriente y le aclaró que primero tenía que ir a casa a cambiarse de ropa. ¿Entonces para qué narices se ducha poniéndose la ropa guarreada del día anterior si ya se había duchado anoche después del mambo?. ¡Cosas inexplicables que tienen los hombres de hoy en día aunque mola que sean tan limpitos!. Daniela le da un beso, refunfuña algo que Carlos insiste en que le repita. Daniela se queda sola y me llama. Daniela entusiasmada por los orgasmos y decepcionada consigo misma por haberse dejado embaucar por un calvo. Daniela no parece muy entusiasta ante la idea de que él la llame, más que nada siente vergüenza de sí misma: ¡un tío que no conocía de nada!... Daniela me cuenta al detalle las prácticas amatorias que probaron a modo de Kamasutra. Daniela me habla enrabietada y con voz llorosa, asustada y confundida. Arrepentida.


Dos días más tarde Daniela queda con Carlos, aparece de nuevo rapado pero con una incipiente y atractiva barba de dos días. Los ojos son claros, color avellana, y despiertos, y redondos, y parpadeantes, y joviales... Y le planta un beso en la boca como si tal cosa mientras le toca el culo diciéndole que está guapísima, y le encantan sus zapatos. No hay tía en el mundo que no se sienta poderosa cuando un tío le alaba su forma de vestir, pero si encima se fija en los zapatos eso ya es el novamás. Daniela y Carlos dos maravillosos orgasmos. Carlos se queda a dormir.


Cuatro días más tarde y numerosos whatsapp con fotos compartidas de todo tipo Daniela y Carlos enredan de nuevo bajo las sábanas de algodón que Daniela perfuma con aroma a melocotón y lavanda. Carlos tiene que irse después del segundo asalto porque no puede faltar a la reunión del día siguiente y ha de estar despejado.


Varios toques, algunos whatsapp, un par de llamadas y dos semanas después Carlos invita a Daniela a cenar a un restaurante muy cool que lleva poco tiempo abierto. Se meten mano en el coche y suben a casa de Daniela. Un post-coito interesante y Carlos empieza a vestirse mientras se aparta con sonrisa y sutileza de los pucheritos de ésta y la voz ñoña e infantiloide que en esas situaciones se nos incrusta en la garganta como un herpes crónico a erradicar de manera ipso facta.


Llamadas inquietas, conversaciones divertidas, whatsapp juguetones... Daniela insiste en que él le mande la ubicación de su casa para darle una sorpresa. Daniela me cuenta que empieza a gustarle pese a que las indirectas de que no se rape el pelo aunque tenga muchas entradas no están dando ningún resultado. Daniela me llama cada vez más nerviosa, ansiosa... ¡no sabe nada de él en varios días!. Daniela vive con el ojo pegado a al whatsapp de él y mosqueada porque a las dos de la mañana de un lunes él había escrito algún mensaje y seguro que era a otra porque desde luego no le había escrito a ella. Daniela angustiada le llama y le deja algún que otro mensaje sin respuesta en su buzón de voz. Tras varias semanas sin noticias Daniela resuelve olvidarse, que total era calvo sin remedio y eso no iba a mejorar, y de esta forma es cuando empieza de nuevo a tener relación con el resto de la humanidad.


Mes y medio después Carlos reaparece, asoma pérfidamente por el sonido del teléfono donde al ver su cara Daniela casi se estrella y mata al perro por agarrar el teléfono y que no corte la llamada. Daniela pretende falsa despreocupación y finge voz simpática y relajada: -"Si... si yo también he estado ocupada. La verdad que me apetece mucho quedar pero creo que no voy a poder hoy... bueno, venga, ¡pásate si quieres!". Daniela nerviosa le cuelga, rauda se apresura a cambiar las sábanas y a meter todos los enredos en los distintos armarios como bultos que se amontonan sin orden ni concierto y casi a patadas. Se ducha, saca un par de vestidos y se los prueba; ninguno le gusta. Vaqueros. Hora y media después de venir Carlos los mismos vaqueros están del revés debajo de la cama y el vecino golpea la pared con fuerza para que no giman tan fuerte (el vecino es un amargado padre de familia con un bebé al que le cuesta poco desvelarse y cogerse la rabieta del siglo). Hora y media después del primer acto Carlos le da un beso en la frente, se espachurra contra ella, la abraza tiernamente, le acaricia el pelo con la mano, ella nota cómo se le acelera el corazón; pero de otra manera, se siente relajada y feliz... Es obvio que la quiere, que tiene un sentimiento fuerte hacia ella, está más claro que el agua que si un tío está así en la cama después de un coito monumentalmente satisfactorio para ambos es que está muy pillado. Está cogiendo posición para quedarse dormido, y ella no le va a despertar. Sigue pensando que si Carlos se pega a ella con toda la fuerza del mundo, la tiene sujeta por la cintura mientras el brazo que pasa por su nuca sostiene con caricias su mano es que está claro que la quiere, ¿no?. Media hora después Carlos la vuelve a besar intensamente en la frente despertándola de ese déjà vu placentero al que se rendía plácidamente. Carlos se va.


Han pasado muchos meses como decía al principio, Daniela sigue enclaustrada en la idea de que Carlos no se ha ido definitivamente con mil excusas tontas que rebusca en su cabeza no sé si para no sentirse tan patética o para mantener controlada su autoestima. Engaños funestos que exculpan la realidad a veces poco optimista. En la mayoría de los casos lo que no nos ayuda a cortar definitivamente con el lastre es el hecho de no obtener respuestas; ni buenas ni malas, a no saber el por qué de las cosas tal cual la otra persona las ha vivido o sentido. La realidad se asume antes aún siendo tremendamente dolorosa cuando entendemos los por qués aunque nos neguemos claramente a aceptarlos a priori. No es fácil comprender el por qué de determinados comportamientos masculinos o femeninos; a veces no hay una explicación clara ni contundente, a veces es todo mucho más simple y ha pasado porque si. Pero las personas siempre, en casos donde nuestro corazón no comprende lo que nuestra razón dicta, necesitamos explicaciones aún surrealistas a modo de analgésico para poder seguir adelante.


Daniela ahora no quiere más que calvos en su vida, en cada calvo pretende encontrar el enfoque panorámico con el que observaba recelosa esa imagen primera de Carlos. Ahora bien, todos los calvos por descarte vienen a ser una mala copia de él. Y después del primer beso si no ha gustado no hay alcoba, y después de la alcoba si no ha sido satisfecha a modo Carlos-Kamasutra tampoco hay un día más. Se siente vacía, y sola, y en cada calvo del mundo atractivo que pasa por su vida encuentra el reproche justo que no pudo hacerle a Carlos tratando de sonsacar alguna probable respuesta que adjudicar a su "no-ex". Y en cada calvo del mundo encuentra la fuerza suficiente como para seguir buscando la magnífica proyección auto-complaciente de haber dado con el calvo de su vida al que insta a raparse del todo la cabeza.


Esto me hace pensar que las personas que repiten una y otra vez los roles que tanto les hacen sufrir se han quedado ancladas obviamente a situaciones no resueltas. A veces no es cuestión per se de la personalidad de cada uno aunque siempre tenga mucho que ver, sino que forma parte inexorable de una vivencia incrustada que se nos quedó agarrada como un bucle y del que no sabemos salir. Hay momentos en que la vida de un mazazo suertudo nos destroza esa espiral de despropósitos en los que caemos una y otra vez sin remedio. Pero también hay momentos en la vida en que tenemos que sincerarnos abiertamente con nosotros mismos y hacer el esfuerzo enorme y maduro de querer salir de esa hélice que cuanto más se mueve más cortes nos hace.


Daniela hoy ha tomado conciencia del asunto ¡por fin!, así que tras varias revistas de moda donde no hemos parado de recortar a tíos macizos que nos gustan a todas y ponerlos sobre la pared del salón -borrachas como cubas- con plastilina (era lo que más a mano nos pilló en la tienda del chino), resolvió que los calvos, a excepción de algunos que si se rapan están igual de apetecibles (ejemplo claro de Bruce Willis al que estampamos un buen beso en la calva antes de pegarle la plastilina en el trasero), mejor de lejos durante un tiempo. Total, que tres botellas de Chardonnay y un montón de lágrimas primero y risas después ahí que nos llega un repartidor a tocarnos la puerta con una caja de bombones y una nota de Carlos.


Pues bien, ante la mirada atónita de todas, Daniela cogió los bombones y rompió la notita de Carlos aún sin leer dejándola en manos del chico que la portaba. Hecho esto nos miró a todas y dijo: "_¡Que le den a la dieta!, si la vida te obsequia con bombones no hay ‘bodypump' ni agujetas suficientes que sean capaces de que no me los coma".



Besazo,
Rocío Medina

P.D.: ¿Qué creéis que ponía la nota?

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12 Octubre 2010

Cuando las mujeres beben churros y cuando los hombres comen Fanta

Queridos Tod@s:

Me hallo sentada al borde de una mesa de mantel fucsia con centro de mesa lleno de ababoles o amapolas, al gusto de cada cual, y repleto de velas rojas y púrpuras con olor a lavanda. Estoy que me va a dar algo de un momento a otro; entre la alergia y ese mareo de colores y olores fuertes lo de la comida va a ser algo bastante indigesto, desde ya os lo digo.

Mi tío Manuel Enrique nos ha invitado a conocer al novio de su hija, así que después de la cena íntima que tuvieron ayer y donde resolvieron que era un buen chico hoy ha abierto las puertas de su salón para que el chaval se sienta más arropado con gente de su edad. Mi prima, que aunque compartimos apellido está provista de una genética recesiva bastante difícil e imprevisible, se ha empeñado en vestir ella la mesa y claro, cuando hemos aparecido entre que las paredes son rojas y el mantel estaba teñido de aquel color cabreante hemos acabado todos con un dolor de cabeza insoportable.

Por su parte mi tía Cuchi - si, se llama así desde que la conozco y ¡haced el favor de no reírse!- hace siglos que dio por imposible a mi tío, así que estuvo durante toda la comida ignorando las incursiones políticas de mi tío Manuel Enrique y haciendo lo propio: seguir sometiendo a su invitado al ‘tercer grado' voluntario.

Mi tía Cuchi es una gran dama, una dama de esas que siempre llevan todo a juego y que cuando algo descoloca su sentido asentado de las cosas se sumerge de lleno en la búsqueda de la píldora correcta para soportar ese encontronazo con la realidad. Mi tío Manuel Enrique es alto, tiene una voz atronadora, es un loco de la caza y luce siempre un gran bigote espeso desde que recuerdo. Se repeina su pelo oscuro hacia atrás y si le vieses con poca luz sentado creerías que se ha escapado de alguna película del siglo XIX. Siempre va con traje de chaqueta y zapatos de cordones.

Cuando mi prima Cuchita -¡que no os riáis!, ¡que ya no sé cómo decíroslo!- nos ha presentado a su querido Mariano casi nos caemos de culo al ver lo guapo que era (los chicos no, obvio, pero dieron por hecho que si tenía un físico con pintaza seguro que también estaba provisto de sentido del humor; tradúzcase a que daban por hecho que no era un pringado, ni un penoso... o sea, un tío que mola). Así pues, estábamos con nuestro futuro primo "El Molón" sentados a la mesa y teníamos todos que contener las ganas locas de hacer preguntas, a lo que mi tía Cuchi respondió con un acaparamiento total y absoluto del pobre primo Mariano - y lo de ‘primo' no va con segundas- y haciendo caso omiso cuando mi tío se enzarzaba en el problemón nacional. De momento hasta aquí nadie sabía si Mariano sería ‘guay' o no, pero nos quedó claro que listo era un rato; logró esquivar airosamente todas las preguntas de mi tía y lo mejor de todo es que la dejó visiblemente satisfecha.

La injusticia más grave del mundo social es claramente, pensaba yo, ese momento que estaba viviendo y presenciando: otorgamos una etiqueta conductora de buenos propósitos y aperturas a nuestro mundo íntimo, familiar, etcétera con tan sólo echar un vistazo a la pericia estilosa del que tenemos enfrente. Si hubiese sido feo le habríamos mirado con compasión e incredulidad - Cuchita es bien guapa a pesar del resbalón filológico de su nombre-, si hubiese sido normaducho - o sea, que ni ‘fu' ni ‘fa'- le habríamos mirado escépticos, pero como el chaval tenía una pinta inmejorable, una estatura consideradamente agradecida y buen pelo; pues aquí estábamos todos que se nos caía la baba con el ‘buen partido' - expresión que resalto porque la detesto con todas mis fuerzas- que mi prima había traído a casa y que aguantó estoicamente toda una cena con mi tío Manuel Enrique y tuvo las agallas de repetir mesa al día siguiente; es que él, mi tío, es de los que cuesta aguantar a menos que seas de su familia o te mediques sin control.

Mariano es algo así como un gurú de algo, no se sabe a ciencia cierta de qué -porque mi tía Cuchi lo contaba entusiasmada al resto de mis tías y a alguna amiga suya que nos acompañaba a la hora del té- pero lo que estaba claro es que aunque fuese un gurú en el mismo arte que el que practicaba "Jack El Destripador", aquello que fuera lo que le contó a mi tía le dejó más que satisfecha (ya os dije que era listo en el regateo). También dijo mi tía que su padres eran de origen gallego pero que no podía precisar en qué lugar tenían la finca, y que estudió en alguna universidad de por ahí en EEUU y con buenas notas (esto lo resaltó levantando un dedo y abriendo mucho los ojos). Total, que Mariano estaba ya bendecido en casa aunque no se supiese muy bien nada de él, tan sólo se sabía que el chaval había logrado cosechar a su paso porciones incontables de entusiasmo en la poco entusiasta casa de mis tíos ‘los Cuchis'.

Cuchita entra de pronto y yo pego un respingo, ella suspira con cara de enamorada (ya sabemos todos lo que es: mejillas teñidas en ligero rubor, ojos abiertos más de la cuenta modelo "tipsy but not drunk", cara sonriente a medio camino entre sonreír por todo y ser mema del todo, mirada de "la vie in rose", y pensamiento con un pie en el altar y otro en Barbados para pasar la luna de miel) y se sienta a mi lado susurrándome en el oído que qué me parece su amado Mariano, el hombre del que nada se sabe a ciencia cierta. La miro dispuesta a contestar, y ella cierra los ojos con fuerza y los abre mirándome de reojo, y aquí es cuando recuerdo aquella novela de Alcott donde la heroína Imperia es acusada por su marido, el Conde Stennio, de no creer en el amor: _"Tú eres igual a la flor oriental de la camelia traída por los jesuitas, hermosa pero sin el aroma del amor", cosa cierta, así que esta hermosa e insensible mujer veneciana cuya idea del matrimonio resultaba totalmente fastidiosa, al suicidarse su esposo por tanto despecho se dio cuenta de cuánto le quería en el fondo y que su pérdida le producía un dolor insoportable que la tenía llorando por los rincones diciendo cosas tan poéticas como ésta: _"Una flor puede brotar sin perfume, pero una mujer no puede florecer sin amor". Total, que como mi prima me hace con su cara de mueca tediosa recordar fragmentos de libros que leo en ratos tontos - ¡ojo!, que con esto no quiero decir que el libro no merezca la pena- y hace darme cuenta que en realidad no busca mi opinión verdadera sino la que quiere oír, resuelvo en decirle que su Mariano es estupendo y ella complacida me aprieta con ganas en un abrazo envuelto en las dudas de ese recién estrenado frenesí tan inesperado.

Che Montijo, amiga amiguísima de mi tía que presenciaba la escena suspiró y entre susurros dijo aquello tan socorrido en el vocabulario de las abuelas: _ "Juventud, ¡divino tesoro!", y su amiga Clementina Bonano remató diciendo: _ "¡Tampoco son tan jóvenes!, que como se descuiden un poco se les pasa el arroz y eso ya no lo arregla nadie". Mi tía acabó indigestándose con la pastita que deglutía ajena a esta realidad tan aplastante y mi prima ruborizada se levantó a palmear la espalda de Tía Cuchi a ver si recuperaba color dejando libre su garganta del atoramiento sufrido. Cuando recuperó tono y parecía que el oxígeno ya circulaba a sus anchas por el cerebro, mi tía, que no puede remediar el corregir la cosas en el momento en que pasan, puso los puntos sobre las íes: _ "Mi sobrina - o sea, yo- es la que es un caso perdido, pero Cuchita ¡ni hablar!, esta noche en la cena le digo a Mariano que su talla de anillo es la 15, la niña es guapa pero tiene los dedos rechonchos como su abuela ¡qué le vamos a hacer!. Y tú, Cuchita, la próxima vez que me atragante no me des golpes en la espalda, tienes que darme un golpe cerca del esternón, pero asegúrate de que lo haces tú y no cualquiera de los bestias que hay en esta casa, no quiero que me rompan la pleura". ¡Amén!. Mi prima y yo salimos despavoridas según mi tía se recolocaba satisfecha de su intervención en la mesita mientras se acercaba la taza del té a la boca.

Fuera estaba Mariano, el salvador de la juventud no aprovechada de Cuchita, junto con varios primos míos dando vueltas alrededor de un "quad" que acababa de comprar mi primo Gonzalo para hacer el cabra por el monte -el kamikaze, vamos- y aportando su granito de pericia en Dios sabrá qué sobre el tema. Gonzalo, que por primo mío que sea no deja de ser un hombre y ya se sabe que cuando a los hombres se les alaba piropeando su juguetito nuevo se vuelven niños traviesos cargados de ilusión, sonríe sin parar de mirar su cuatriciclo y aseguro que hasta con ganas de tirarse en plancha encima de esa máquina para comérsela a besos. Mi tío Manuel Enrique que estaba hablando por teléfono se giró al escuchar las risas con un volumen revolucionario y enarcó una ceja en señal de desaprobación; bajaron el tono.

Los hombres son... son... ay! Dios, ¡cómo lo expresaría!: son como extraterrestres enfundados en piel hormonada desprendiendo feromonas para someternos a la desidia pura en el momento más inoportuno de nuestra vida. Porque vamos a ver; ¿dónde están esos hombres cuando estamos de bajón en casa y necesitamos contarle a ese ser masculino que nadie nos comprende y que necesitamos que nos escuchen - hombres-?. Pues en ese momento ese mastodonte humanoide no está, estamos las amigas al otro lado del teléfono aguantando estoicamente una conversación sobre lo mismo durante horas y horas sin sacar nada en claro. O está la peli ñoña de turno que siempre nos hace llorar con más motivo pero que nos optimiza el ánimo al desviar la causa de nuestras lágrimas a lo sensibloide de la película y no hacia nuestro propio drama. ¿Dónde están estos especímenes cuando necesitamos un abrazo masculino?, ¿o un beso?, ¿o simplemente que nos lleven al cine porque nos sentimos solas y aburridas?. Pues nada, ¡están con los ‘quad'!, afanados en la tarea de escrudiñar minuciosamente cada una de las piezas del chisme antes nombrado.

En cambio cuando estamos en época dichosa donde por fin hemos hecho las paces con nuestro peso, con nuestro jefe acatando aliviadas el sueldo a cobrar, con nuestras hermanas mayores que son unas pesadas, con ese estigma social que hace que con treinta nos sintamos octogenarias resecas... ¡zas!, ahí aparece el extraterrestre X,Y para desequilibrar nuestra psique imponiéndonos de manera descarada el que dejemos de ser autosuficientes y pasemos a ser dependientes del "sms" con mensajitos que nos hacen tener la boca resbalosa soltando babas a casi todas horas, dedos ágiles para responder al segundo esa misiva espacial que viaja por cable con letras comidas, descentramiento general en todo, subversión preocupante por parte de nuestro mundo hormonal y mal pago innecesario de todo tipo de caprichos chulescos que nos miran desde los escaparates porque estamos de buen humor y todo nos parece divertido e inocente. Los hombres son ese antídoto contra la depresión no diagnosticada pero a su vez; sin un antídoto para poder zafarnos de ellos en el momento en que necesitamos parar ese desequilibrio anacrónico que se nos implanta en las tripas y nos hace reír y llorar casi al mismo tiempo, o que nos hace ser estúpidas más de la cuenta y en las ocasiones menos oportunas.

Nada, ¡que ahí siguen!... subiendo y bajando del ‘quad' y turnándose la siguiente carrera; felices, inconscientes, parando el tiempo que les separa de los quince años... estampa cándida de su radiante puerilidad. Esa inocencia traviesa desprovista de malicia cuando es su propio don genético el que le otorga esa despreocupación desmedida e instintiva.

Asoma Cuchita desde su balcón, y con la cara empotrada en las rejas llama a su amado, que rompe con la magia del momento "los chicos y sus cosas" para volver a la dura realidad del adulto; atender necesidades mayores cuando estás en casa de esa novia expectante que te mantiene en un sueño ligero y receloso de que la nube de algodón de azúcar se desparrame por los derroteros de la cotidianidad y te salpique la terrorífica nublo de azufre del día a día urbano, coñazo y rutinario.

_ "Ya subo, Cariño... ¡un segundo!". Normal, un segundo en el tema del motor es directamente proporcional a nuestros segundos de chica cuando el hombre nos espera aparcado en la puerta de casa para llevarnos a cenar. Y quince minutos después...

Prima Cuchita: _ "Marianoooo, ¿pero subes o qué?. ¡te llevo esperando media hora!". ¡Lógico!, si él acorta los tiempos nosotras tenemos derecho a subirlos. Y Cuchita vuelve a apoltronar la cara en las rejas y esta vez no quita la vista hasta que se asegura que Mariano entra en casa.

Después de cuarenta minutos aparece Mariano con claro gesto de angustia, mi primo Gonzalo le dice que van a montar a caballo que si les acompaña, y él dice que se encuentra mal y que se queda con Cuchita. Le dejo sentado en el porche y subo a hablar con mi prima, que está tumbada en la cama con la almohada comprimiéndole la cabeza. Estaba desolada, me dijo que alentada por su madre le preguntó a Mariano que cuándo le venía bien casarse, si por el verano o mejor cerca del otoño, y que su amado se puso nervioso, balbuceaba y acabó diciendo que él aún no había pensado en ello y que le parecía precipitado el hablarlo en ese momento, y más aún en territorio "enemigo". Total, que Cuchita se quedó noqueada y le mandó a hacer gárgaras y al momento se acordó del comentario de Clementina Bonano y recapacitó, y aunque Mariano aseguró que sabía que el comentario no iba en serio algo dentro de él se había desteñido.

Mi tía Cuchi sube las escaleras en ese instante, lo sé porque me hace ponerme de los nervios cada vez que hace uso de ese ‘tic' suyo tan molesto acústicamente; algo así como: _ "Cuchiiiiiiiiitaaaa, Cuchiiiitaaaaaaa, Cuchi, Cuchi, Cuchiiiiiiiiiita... querida, ¿dónde estás. ¡Cuchiiiiiiiiiiitaaaaaaa!" (anexionad esas palabras con un peculiar tono irritante de voz puntiaguda a la hora de pronunciar: ¡su despiadado ‘tic'!). Y de pronto mi tía toca la puerta, y antes de recibir permiso para inmiscuirse en nuestra privacidad se cuela dentro y pregunta alarmada que qué hacemos ahí las dos tumbadas en la cama dejando a su querido futuro yerno - experto en algo aún sin precisar- solo en el jardín con el pesado de mi tío. Mi prima se quita la almohada de la cabeza, se incorpora lentamente sobre la cama, me mira con gesto de drama y explota diciendo: _"Mamaaaaaaaaaaaaaaá, éste no se casa, ¡no se casa!"... aquí cuarenta y cinco minutos enteros hablando sobre el suceso hasta que mi tía se asoma a la ventana haciendo uso del tic antes descrito: _ "Manuel Enriiiiiiiiiiiique ¡sube por favor!, es importante...", y mi tía hace lo que Cuchita dejándose marcada la cara con las rejas hasta que ve desaparecer la sombra de mi tío entrando en la casa y a posteriori escucha las suelas de sus zapatos de cuero subiendo hacia el cuarto. Mi tía le cuenta, mi prima llora y llora, y yo que quiero salir de aquella escena tan privada cuando por un momento mi cabeza vuela y vuela pensando en el pobre Mariano y en la que le ha caído encima (Mariano y Cuchita llevan saliendo cuatro meses aunque según mi prima se conocían desde hacía año y medio) no puedo porque mi tío desaprueba irritado el que me levante de la cama en ese momento tan crítico.

Después de muchos más minutos de tensión, lloros, desesperación y maquinaciones varias por parte de mi tía Cuchita que parecía tener bajo manga un montón de planes B salimos del cuarto con una prima más aliviada que me susurra por lo bajini: _"Ro, nada, ¡no haré nada!... yo ¡como si tal cosa!, ya viste a mamá lo tensa y preocupada que está. Así que yo con Mariano todo mega guay hasta que pasen unos meses más; y ya con las vacaciones que nos pague papá ahí le vuelvo a sacar el tema que dice mamá que es lo mejor". Yo no digo ni mú; ¡ellos sabrán!.

Hora de cenar y los chicos no aparecen, excepto Mariano que todos sabemos que está en su cuarto duchándose hace más de dos horas y treinta y siete minutos que Cuchita los lleva bien contados; pero todos comprendemos que le pudiera resultar tenso y desagradable el sentarse con nosotros sosteniendo un silencio inaudito después de haberle hecho llorar a mi prima durante toda la tarde, haber producido una jaqueca impresionante a mi tía que se había tenido que tomar varias pastillas para contener al máximo el esfuerzo por tener buena cara y actuar como si mi prima no le hubiese puesto al tanto de todo coma por coma, y haber hecho que mi tío Manuel Enrique se perdiese la corrida de toros que daban en televisión; silencio que seguramente rompería mi tía Cuchi sometiéndole de nuevo a otra batería de preguntas en tropel. El chaval no salía y mi tía estaba histérica llamando por vigésimo sexta vez a mis primos a ver cuándo tenían pensado venir a cenar. Gonzalo entra de golpe sonriendo y bramando sobre lo bien que huele la cena. Mariano asoma las orejas por el ‘office' y sonríe tímido y desdeñoso apostillando que además de oler bien debe estar riquísima. ¡Todos a cenar!.

Silencio y silencio. Mis primos ajenos a la tragedia que se maceraba lenta y espesamente con cada trago largo y áspero nos miraban en busca de respuestas a mi prima y a mí mientras Mariano se iba encogiendo visiblemente en su silla preso de un pánico escénico. Mi primo Álvaro que es de los que saben contar chistes hizo un intento por salvar la cena y casi lo logra al tercer chiste, pero mi tío Manuel Enrique dijo que no estaba el horno para calentar bollos - así mismo lo dijo- y Álvaro que prometía mejorar mucho la velada con el cuarto que era de Lepe tuvo que afanarse en los caracoles que según supo mi tía eran el plato preferido de ese futuro y previsible ‘no yerno' que tenía la cara blanca como el mantel que ordenó mi tía poner después de asegurarse haber hecho desaparecer el fucsia del día anterior.

Terminó la cena, los chicos se retiran abajo a jugar al billar y mi tía agarra a mi tío del brazo y le dice bien claro que se esfume; nos quedamos solas las tres. Mi tía Cuchi dice a mi prima que no ha ido tan mal, que mañana será mejor y al otro aún mejor y que sea positiva, y que por lo que yo - dirigiéndose a mí con mirada desafiante- más quiera que no desaliente a mi prima Cuchita con esas opiniones horrendas -según mi tía- que tengo entorno a las relaciones y demás, y me hace prometérselo como siete veces. Y acto seguido ordena a las cocineras que preparen para el desayuno de mañana además de los bollos de canela y las rosquillas unos buenos churros, y nada de café - esto lo deja bien claro- nada de nada de cafeína ni cosas que alteren los nervios, si preguntan se les dice que no queda y que beban zumo de naranja natural que las vitaminas vienen fenomenal para todo.

Mi prima Cuchita se despide de mí, quiere darse un baño y meterse en la cama, y me pide que si puedo que le haga el favor de hablar a solas con Mariano para asegurarse de que está bien, que ella no quiere bajar para que no se sienta molesto ni presionado; se lo prometo y me bajo donde los chicos mientras ella agarra del salón el periódico y se sube a su cuarto arrastrando los pies.

Abajo los chicos estaban aullando de felicidad; tiraban los dardos de la diana desde una distancia considerablemente más lejana de lo normal. Hablaban del coche nuevo de Mariano, de las suspensiones, del color de los asientos... y cuando me miran se giran divertidos preguntándome por Cuchita; Mariano baja la mirada.

Y al día siguiente y los siguientes días el discurrir del buen tiempo trajo la armonía, y ya no importaba si desayunábamos con churros o con Fanta, ni importaba si mis primos y sus amigos nos invadían con risas de resaca al pedir comer "fanta de esa de naranja" y beber un poquito de churros; porque había sol, y la piscina estaba helada pero apetecible. Y mi prima se relajó cuando La Bonano se fue a su casa de una buena vez; y sobretodo porque al romper la promesa que le hice a mi tía Cuchi pude hablar con ella y hacerla entender que presionar no es el mejor modo de estar por la vida, que el tiempo tenía su propia voz... Y el quad volvía lleno de tierra y barro, y los perritos les seguían hasta un tramo avanzado del camino. Mi tío Manuel Enrique cogió indigestión de caracoles y mi tía Cuchi se sonreía cuando le acercaba el servicio sus purés pensando que por fin iba a hacer dieta...

Y Cuchita y su Mariano se daban besos tímidos cuando mi tía disimulaba no estar mirándoles, y el futuro primísimo tuvo que seguir contestando preguntas; y volvíamos a jugar por las noches al billar. Y bueno, los hombres seguían con sus cosas y nosotras con las nuestras... Ya sabéis todos: las mujeres con sus churros y los hombres con sus fantas.

Besazo Grande,
Rocío Medina

P.D.: ¡Mariano y mi prima Cuchita se casan en Septiembre!

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21 Abril 2010

La Primavera

Querid@s Tod@s:

Por alguna razón del universo el invierno tarda en irse de Madrid, parece como si las nubes se agarrasen con fuerza al vapor de la tierra absorbiendo toda la cantidad de lluvia que contiene el planeta y la soltase con fuerza para hacernos rabiar vivos... Estoy bastante cabreada con este suceso, la verdad, porque después de ‘La Candelaria' para mi es oficialmente primavera y tan sólo queda recibir lo mejor del año: la Semana Santa sevillana, la Semana Santa de Málaga, las Cruces de Mayo granadinas, las fiestas de Moros y Cristianos, el día de Los Caballos del Vino, la Feria de Abril, la Feria de Jerez y por supuesto: "EL ROCIO"; ¡toma que toma!...

La Primavera es un arte en sí mismo; ¡un arte español!, donde el buen tiempo nos broncea la piel, el sol nos levanta el ánimo, los gimnasios hacen su negocio como debe ser; con el cuento chino de "ponerse a punto" para bendecirnos ante el espejo por lo bien que nos queda el bañador este año, y nuestra ilusión se concentra en el hecho de hacernos auto-presión por mantenernos a dieta. Además, es la época donde toda la gente comprometida anuncia su boda a bombo y platillo, y donde todos aquellos hartos hasta el gorrete de tanto amor ilícito anuncian su divorcio para emprender la puesta en escena en las fiestas de verano solteros y liberados; ¡tirititrán, tran, tran!...

Mi amiga Sara esta Semana Santa se va de yate, así mismo me lo ha dicho y se ha quedado la tía más a gusto que cuando acabas de coleccionar todas las ventanas, parras, ladrillos y púas en el "FarmVille" y orgullosos plantamos la casa en medio de esa granja llena de ovejas rosas que nos regalaron por San Valentín. Así que mi amiga Sara, como es guapa de morir y no tiene problemas ni con las dietas, ni con la caída de glúteos, anda agobiada porque : " _ ... me voy de yate en Semana Santa y me mareo, me voy a pasar el día en cubierta mirando al horizonte con ojos de Simbad acechando los barcos que van a Siracusa; o sea: ¡mirando al norte!, porque como mire más cerca me voy a tener que tirar al agua para no vomitar, ¡qué horror!, empastillada viva me veo todo el día con la dichosa ‘Biodramina'". Así que la pobre estaba anotando fehacientemente todo tipo de remedios caseros como llenarse el estómago de aceite, tomar patatas a porrillo, no beber alcohol ni leche, y atiborrarse de almendras o cualquier fruto seco en cantidad elevada: ¡olé!...

Verdaderamente los planes de cambio de horario son fabulosos. Cuando estamos en horario invernal las opciones más optimistas siempre son las monterías, la chimenea en el campo y una fiesta estupenda en el casoplón de algún amigo. En cambio en época estival, lo suyo es hacer cualquier cosa que nos apetezca pero sin resentimiento, sin ganas de que la brocha se te incruste en la cara a ver si así coge un poco de brillo natural nuestra tez pálida y sin que nos entre una pereza de morir el simple hecho de salir a la calle.
Con el buen tiempo se activa nuestro abotargado metabolismo, nos entusiasma cualquier plan en general y además, no nos da nada de pereza arreglarnos para salir aunque sea a comprar tabaco.

Sara me dice que poner tabaco queda mal, que ahora ya no se lleva, pero yo le digo que me da lo mismo porque soy una nostálgica del Hollywood de los '50 donde fumar era sutil y elegante; y a eso siempre lo acompaña un coche antiguo descapotable y una rubia con ondas en el pelo. Sara pone cara subversiva y sigue en su portátil buscando en la "Wikipedia" potingues caseros para no vomitar en los yates. En este instante me lee en voz alta, distrayéndome, toda la clase de tonterías que la gente subraya en los ‘post' a modo de Consejo- PadreNuestro. Hay uno que se hace llamar Doctor Cascorrín que asegura que como lo del mareo es cosa de oído lo mejor para no perder el equilibrio del pabellón auditivo medio, que es el que causa la sensación de vértigo, es subir al yate con una ‘Ipod' y no cargarle ninguna canción romanticona para no estar sentado ni ponerte tan melancólico que tengas que entrar al interior a echarte un rato mientras sueltas lágrimas, porque si no las echarás por las tripas que es bastante peor, y que una vez venido el mareo ya no lo para nadie. Total, que dice expresamente que se descargue a "Las Grecas", "El Tsunami" de Karmele Marchante, o la banda sonora de las tres de "KillBill" que pone las pilas y no te dejará ni un segundo estarte quieta. Y yo, según Sara me lee esto me la imagino tal cual baila ella, sin arte ni compás, moviendo brazos como La Thurman y descoordinada como Karmele que estoy hasta por darle una colleja y todo para que se centre.

Cierto es el hecho que Sara está preocupada, además, me dice que si bien el verano tiene ventajas y la primavera es fabulosa, no menos cierto es que las alergias son un gran engorro del que no logra zafarse ningún año. Asumo que tiene razón...

A mí me encanta la Semana Santa, sobretodo la de Sevilla. Si cogiésemos un helicóptero y viésemos la ciudad desde esa altura, sería algo así como una ciudad amurallada entre naranjos, gentío con capirotes nazarenos y sin ellos, grandes palios que desfilan a golpe de cansancio, fe e incienso, y un brillo especial que es el que da la belleza de las tallas y la elegancia propia de esa ciudad cortada por un río: ¡ese barrio de Triana!.

Y luego la Primavera, y sus siestas sin calor ni frío, y ese sol radiante que empieza a brillar silencioso mientras los almendros cogen color: con sus morados como los penitentes y sus blancos como los vestidos ibicencos... Y las terracitas llenas de gente agotando sobremesas, y las calles llenas de gente que pasean sandalias nuevas en pies aún blancos. Ah!, y me apunta Sara: _ "... y las uñas pintadas en colores eléctricos y ácidos que son lo más de lo más": ¡arsaaaa!.

Pues yo estoy ya oficialmente de primavera, a la espera del calor y el moreno, sentada entre la ensoñación de Sara con sus imágenes del yate y mis folios aún sin teñir. Y me pongo tensa porque según cuento esto veo cómo mi amiga subraya con alevosía la parte donde ha puesto patatas y entre paréntesis: preguntar si pueden ser fritas porque no quiero morir en cubierta a base de purés.

Y saltar, saltar con las flores y la luz envolviéndonos mezclando los perfumes suaves con el nuevo color teñido de nuestra piel; y guardar los abrigos... Y las mariposas flotando a ras de seda, pequeñas, frágiles y radiantes con alas de arcoiris: ¡aire!, ¡aire!.

Pero también es cierto que la primavera nos da unos disgustos horribles, porque ciertamente cuando se pasa la primavera lloviendo tantísimo es una ascazo sideral, que tenemos las sandalias recién compradas de la nueva temporada y nos da una rabia descomunal no poderlas estrenar. Y también ocurre otra cosa desde mi punto de vista tremenda, que es el hecho malvado que empieza a hacer calor y vemos el verano a la vuelta de la esquina con kilos demás en carnes y de menos en los bolsillos; ¡operación bikini al canto!, pero claro, también la depresión porque o gimnasio y culo prieto, o vacaciones en la playa... ¿Qué debemos hacer?.

Aunque lo que está claro es que si eres un chico te gustará la primavera porque las niñas empiezan a quitarse más capas de ropa y las alegrías se sueltan al mirar los recovecos de los escotes encremados con brillos sueltos. Aquí mi amiga suspira en alto y me dice que es bien cierto, que si ya cuesta bastante hacer que un tío haga como que te escucha mirándote los ojos cuando claramente los párpados se van bajando hacia abajo para intuir cómo son tus curvas delanteras, con escote es misión imposible; da lo mismo que le llames cerril que anormal sin clase, el tío te va a sonreír y como mucho se fumará un pitillo a ver si el filtro absorbe las babas: ¡porompompero peró!.

Total, que llego a la conclusión menos drástica de todas; disfrutar de los días que son más largos, que hay más luz y te puedes broncear gratis en los parques, que aún no tienes que apurarte por no tener dinero este año porque aún falta un poco para el verano y las vacaciones... y las terracitas llenas de bote en bote.

Sara: _"Y los amores furtivos y los ‘rollitos' de primaveraaaa!... AAaaaa... Aaaaachússs!". Pues dicho queda.

Sara: _ "Si, dicho queda pero dime dónde tienes un pañuelooo ¡aaaaaaaaachús!, jodida alergia...!".GRRrrrr

Besazo Grande,
Rocío Medina

P.D.: Si alguien sabe de primera mano cómo paliar los mareos en yate que me avise, que Sara está calculando las calorías de todo esto y está a punto de echarse a llorar.

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11 Septiembre 2009

Las Lentejas

 

 

Querid@s Tod@s:

 

 

¡Nada de nada!, como ahora se peguen las lentejas verás tú qué risa más buena… Llevamos tres horas esperando a que las dichosas lentejas se ablanden y nada; ¡que no hay manera!…

Mi amiga Cuca acaba de venir de Alemania, y dice que allí hay de todo, pero que lentejas no, y le ha entrado el mono y no hemos podido hacer nada para evitarlo, ni Theese, ni yo.  Así que Cuca ha llamado a su abuela y ésta le ha pasado con su ‘doméstica’, que al teléfono, le ha dicho que echase laurel y chorizos para dar consistencia, que si no sabrían a brebaje compuesto de agua sucia, pimientos y ajos… Así que aquí estamos las tres con una copa de vino en la mano mirando como borbotea la cazuela donde las lentejas no se pasan de duras a estado comestible, y donde flotan una cantidad imposible de ajos sin pelar, pimientos y chorizos descompuestos dejando flotar hilos sueltos. Yo no he querido decir nada por no echar más leña al fuego – en este caso a esa cacerola que chorrea ‘aguachirri’ hirviendo por los extremos, llenando la vitrocerámica de manchas que al caer desparraman por la cocina un intenso olor a quemado- pero yo ese despropósito de  caldo con tropezones duros y atestado de ajos no lo pruebo ni loca.

Theese me mira con cara de drama y cuando Cuca mete las narices en la olla llenándose la cara de gotas de vapor, aprovecha para decirme que si estoy pensando en escaquearme que ni se me ocurra, que Cuca ha puesto mucho entusiasmo… Si, si, ¡si entusiasmo ha puesto!, pero será para matarnos de ardor de estómago; que con aquella olla de ajos no se acerca ni Paco Porras con su mata de perejil cogido al bisoñé del flequillo…

Media hora después Cuca en vista de que aquello se queda sin agua y sólo está cubierto por la capa de nutrientes antes descrita, resuelve que hay que añadirle una media botella de vino tinto que según nos cuenta, es muy socorrido para esas cosas… Y media hora justo después, se da cuenta de que la parte de abajo está pegada al perol,  que debía haber recaído en el hecho de que a la comida se le debe dar unas vueltecitas de vez en cuando, y que no por poner el fuego al máximo, las cosas se hacen antes y mejor… Total, la cazuela entera fue a la basura directa pasadas las cuatro de la tarde y tuvimos que llamar a un ‘chino’ para que cocinara por nosotras; o sea, llamar al restaurante chino que a aquellas horas tuviera la santa paciencia de explicarle a mi amiga Cuca que su problema con las lentejas no tenía nada que ver con él, y que no llamaba a un asiático ni a un japonés, sino a un restaurante chino donde por más que te empeñes, no te traen "tataki de atún".

A las cinco de la tarde y diez minutos viene la comida, no sabemos si la sirvió un 'chino' o un 'mandarín' porque no se quitó el casco de la moto. Theese abrió la puerta y cargó con la bolsa dirección a la cocina, y Cuca pagó soltando un bufido.

La comida no sabía nada bien y Cuca agarró un berrinche que le costó una jaqueca…

Las mujeres cuando nos juntamos y nos hemos tomado más de tres copas de vino, si no atienden nuestras necesidades como las requerimos y en ese preciso instante, todo sin excepción está sujeto a ser criticado y a provocarnos un disgusto de muerte. Recuerdo como una vez  mi amiga Cayetana, esperando a que abriesen la cafetería del aeropuerto durante más de cuarenta minutos, en cuanto abrió se abalanzó a los ‘croissants’ con lágrimas en los ojos de felicidad y agarró cuatro sin pensar en la dieta. Y cómo en cuanto probó uno, se fue derecha al encargado, y con más lágrimas aún –éstas de rabia- dijo que aquello era como un chicle endulzado  y calentucho, y que a ver si se lo cambiaba por algo que tuviese jamón ‘del bueno’. Y como jamón ‘del bueno’ tampoco había, se negó a probar bocado hasta que llegamos al destino, y del disgusto que cogió y la ‘zapatiesta’ que armó, la gente no paraba de mirarnos allá por donde fuéramos. De hecho, recuerdo en la sala para fumadores a un señor gordito que antes de que ella sacase un cigarro le ofreció él el paquete de 'Malboro' y el mechero, por si acaso la tomaba con él y también le daba el viaje.

Después de medio dormitar viendo una de esas pelis hechas para televisión a las que yo siempre llamo “de amor y lujo”, donde siempre pasa alguna desgracia con alguien apuesto, y donde siempre el más apuesto todavía resuelve el caso y se queda con la chica… empezamos a repasarnos las unas a las otras de arriba a abajo. Cuca dijo que tenía que ir a hacerse la pedicura con urgencia, porque llevaba las uñas esmaltadas en color berenjena y con las sandalias que se iba a poner por la noche no pegaba ese color. Theese dijo que iba a ponerse rulos en el pelo para hacerse un peinado de ondas lánguidas y gordas como el que saca Marta Sánchez en el ‘videoclip’ con el guapísimo Carlos Baute, y yo directamente pensé en no salir porque mis amigas se habían encaprichado de los dos únicos vestidos que estaban disponibles para la fiesta de esa noche… Al final Theese me dejó un vestido suyo que se negaba a ponerse porque ya lo había usado en dos ocasiones, y ella estrenó el mío. Cuca como digo escogió el otro que era una monada con corte griego, y después de la decisión y horas antes de salir, los teléfonos empiezan a sonar…

La cosa de los teléfonos es algo muy curioso,  yo en persona puedo hablar horas seguidas pero por ese cacharro, soy como un coche de control remoto sin pilas; arrastro las palabras y me cuesta lo suyo tener una conversación decente, pierdo el hilo varias veces y otras tantas estoy a por uvas. Así que cuando me llaman digo a Theese que coja el teléfono y la muy petarda acepta en mi nombre el que un tipo llamado Gus pase a buscarnos a casa para llevarnos a la fiesta. ¿Gus?, pero ¡qué clase de hombre decente se hace llamar Gus!. Gus de ¿gusano?, ¿la rana Gustavo?, ¿Gumersindo como el panadero de un cuento?...  Pues eso, Gus era Antonio Gusando, un pesado con el que compartía clases de golf hace algún tiempo, cuando era una persona normal y respetable que se hacía llamar por su nombre: Antonio. Le perdí la pista al curso siguiente, cuando cogí clases particulares e iba sola y al preguntar por él me dijeron que se había casado y se había ido a vivir a Palma de Mallorca. Tiempo después me lo encontré en un restaurante, me dijo que se había separado y me dio su tarjeta, y tiempo después le llamé confundiéndolo con otro Antonio de otra tarjeta de trabajo, y ahí es cuando dijo que no le llamase Sr. Gusando, que como mucho le llamase Gus… Y a partir de ese tremendo y caótico error, fue cuando Antonio, ‘Gus a Secas’, empezó a llamarme más de dos días seguidos para quedar, y cuando desconsideradamente por mi parte, fue cuando anoté su teléfono en la agenda del mío para saber que si me llamaban de ese número no debía coger la llamada.

Pero llegamos al presente, mi amiga Theese no tenía ni idea de mis rarezas en cuanto a los nombres horteras, así que vio “GUS”, cogió la llamada, y en menos de dos horas tendré a este tío en la puerta de mi casa, y viéndome en la obligación de inventarme excusas para no haberle cogido el teléfono. Estas cosas las odio, ¿por qué me tengo que sentir obligada a tener que dar explicaciones ante algo tan simple?. Pues inquietantemente, es algo que los hombres de un modo u otro exigen, porque aunque la respuesta la conozcan de sobra siempre pretenden autoengañarse pese a estar la cosa más cristalina que el “Evian”.

Theese busca como loca una aspirina, se había puesto los rulos tan tirantes y tan llenos de laca para que se le quedasen las ondas bien hechas, que los últimos rulos se los había tenido literalmente que arrancar de la cabeza, y ahora era una cosa así como un pibón rubio con peluca enmarañada y ojos perfectamente delineados con Kölh y sombras ahumadas corriendo histérica en bragas por toda la casa.  Cuca estaba soltando humo por la boca sin parar y tenía el pelo negro tan perfectamente brillante y laceo que parecía sacada de un anuncio “Pantene PRO-V”, y yo estaba enzarzada en la odisea de no saber en dónde había puesto las sandalias mientras  Theese me distraía una y otra vez diciéndome que a ver qué iba a hacer ahora con el pelo así.

Gus asoma su cara por el interfono, las niñas entusiasmadas porque no es tan feo como yo lo puse –no dije que fuese feo, sino que no me gustaba- y cuando entra las dos al unísono le dicen: “¡Hola, Gus!”, y el Gus que yo conocía dijo al instante que se llamaba Antonio y me miró con cara de incredulidad. Estaba guapo vestido de ‘smoking’, pero claro, eso era algo que no se le podía apremiar porque tanto el ‘smoking’ como un buen traje de chaqueta hacen guapos a cualquiera…

Gus va a la cocina a por hielo y dice que huele a quemado, y todas gritamos… _“¡Las lentejas!”.

Gus se sentó entre Cuca y yo, y Theese no paraba de levantarse a cada dos minutos para ir al baño a mirarse el pelo; se ponía de espaldas al espejo con uno pequeño en su mano derecha para poder verse en el reflejo cómo le quedaba por detrás la melena. Y regresaba con el morro más pintado y torcido en una mueca de desaprobación máxima. Yo no lo se lo veía tan mal… Después de que Gus se terminó la segunda copa Cuca dijo alegremente que levantásemos el pandero que íbamos a llegar tarde, y Theese salió pitando nuevamente para el baño a darse el último retoque y desde ahí me grita que si puedo entrar un segundo.

Y yo sigo dándole vueltas a las lentejas, ahora que se me ha quedado el vestido de Theese pillado en el tacón de las sandalias, creo que la vida es como las lentejas; les pones entusiasmo y no se cuecen, les metes prisa y siguen duras, y cuando ya te llenas de paciencia; ¡se te pegan!… Las mujeres somos las lentejas y los hombres el condimento de chorizos, pimientos, laurel y ajo; sin toda esa mezcla las lentejas aún cargadas de nutrientes no hay quien se las coma. Y por ende, sin haber dado con un buen hombre-pimiento, un buen hombre- laurel y chorizo, y un buen ajo de hombre; estamos perdidas vagando por los cuentos de la cacuela al rojo vivo donde el agua se ha consumido y un vino avinagrado trata de sacar sustancia a aquella cosa tan poco apetitosa a la vista.

Pero yo ando ahora con el bajo del vestido de Theese metido en el tacón, Theese que es una santa pero por santa que sea, se apega a sus cosas, siente una punzada de dolor intenso que se vuelve contra mi con un gesto de disgusto colosal y me dice: _“¡Ya te has cargado el vestido!, ¿no?”, a lo que yo ciertamente cabreada y compungida  digo: _ ¡No, Theese!, ¡tu vestido la ha tomado con mis sandalias! – aquí es muy rollo tía el desquitarse y echar las culpas a otro; lo que sea basta para redimirte- ¡Y sólo se ha descosido un poco el bajo, eso se arregla!… ¡Jo!, Theese, ¡lo siento! – seremos tías pero también amigas, y el sentimiento de culpa cuando es tu amiga la que lleva tu vestido no estrenado por ti sino por ella se apodera de nosotras y nos hace eximirnos de la mejor manera posible- ¿me perdonas?”. Theese me sonríe y dice: _ “¡Pues claro, boba!, Cuca… ¡pásame un cigarro!. Gus, digo… Antonio, nos dejas fumar en tu coche, ¿verdad?”.

A Gus no le hacía ninguna gracia que nadie fumase en su coche, había venido a recogernos con el coche ‘niquelao’, y desde luego se notaba que en ese auto nadie fumaba; pero es que no hay tío alguno en el mundo que vaya a recoger él solo a tres chicas y se pueda negar a dar un capricho tan tonto como ese si además la que lo pide es una rubia impresionante que le ruega poniendo morritos mientras se ha dado sola la respuesta encendiéndose el cigarro a la misma vez que cierra la puerta de un portazo.  Veo cómo las sienes le comprimen el cuello por donde la pajarita se mantiene derecha, y como sonríe complaciente mientras toma asiento y baja el volumen de la música que se prende sola con el motor.

La fiesta no pintaba nada bien, porque nada más llegar, vislumbrábamos tales filas imposibles de coches aparcados en triples y cuartas filas medio apelotonados; que lo que inexorablemente nos fastidiaba era el hecho de que Gus no nos pudiese dejar en la misma puerta y se fuera por su cuenta a tratar de aparcar el coche. ¡La leche!... ¡Qué follón y qué desidia!, que tenemos que quedarnos abajo del todo subidas a unos tacones imposibles, recogiéndonos la cola del vestido, el bolso, y haciendo malabarismos para no caernos mientras con una mano sujetamos todo eso y con la otra –en el caso de Theese y Cuca- los cigarros. El caso es que esa visión no sucedió porque no nos bajamos del coche.

Gus se había terminado por cargar el poco entusiasmo que las chicas habían adquirido sobre su persona en un primer momento; ahora Gus era  “el gusano de Gus”, que se negaba a dejar el coche, “¡su súper coche!”, aparcado en cualquier sitio y de cualquier forma pese a que nosotras insistíamos en que ahí no iba a venir ni la grúa, ni nadie a llevárselo y que todos los coches estaban igual de mal aparcados. Pero él, venga y venga dar vueltas con el coche; quería un sitio exclusivo donde la puerta del piloto tuviera espacio suficiente para meterse él y no tener que hacer ningún tejemaneje, la del copiloto y asientos traseros con espacio suficiente para que si llegábamos borrachas nos pudiésemos meter perfectamente y tener espacio para abrir la puerta sin temor a rayarle el coche, y por ende, para que el vecino del coche de al lado no hiciera lo mismo al abrir borracho la puerta del suyo y le diese un golpe a su ‘luxury car’… ¡Qué mal que nos estaba cayendo!.

La verdad es que no conozco a un sólo tío que llegado el caso en que no sea obligatorio dejar el coche al portero y no vea previamente en qué lugar lo va a ubicar, deje su preciado objeto en manos de otro. Se ponen irritables y es que no se fían, y preguntan una y otra vez…:_ “Ya pero… ¿dónde lo va a aparcar usted?, no, no… ¡dígamelo y ya lo aparco yo!... Si no es que no me fíe, ¡que sí me fío!, pero yo prefiero aparcarlo ahí en medio de las dos columnas, que es que este coche es muy grande… Bueno pero si luego molesta ya lo quita usted… ¿En ese hueco de ahí?, ¿ahí?... ¿dice usted que ahí cabe mi coche?, ¡pero cómo va a caber mi coche en ese hueco?... me da igual que ahí haya aparcado un todoterreno, este coche es más ancho seguro, ¡más ancho!, es que los todoterreno engañan mucho… “. Y cuando ya resignados tienen que dejarle las llaves, es como la suegra que no suelta la mano del hijo cuando se despide de ella después de la paella del domingo y piensa para sí: “Mi pobre niño de mis entrañas que se va con esa pelandrusca… ¡qué le hará esa petarda que cada día está más flaco y menos repuesto!”. ¡Pues lo mismo!… porque el coche de un hombre, es como la prolongación de su mano derecha, como una costilla, como un hijo, como ese ser pequeñito y débil que si ‘papi’ no lo baña, le cuida, y lo llena de mimitos y caprichos es un ser humano pésimo de mayor. Así que los hombres son los padres de sus coches y hacen lo propio: los limpian cada fin de semana, les compran las llantas último modelo del mercado, y lo miman a base de tías que dejan resbalar sus traseros redondos por la tapicería para sacarle brillo… Definitivamente los hombres sonríen más cuando te recogen en un buen coche –aumenta su ego y es como decir: _ “Chata, ¡que no vengo a recogerte solo!, jejeje… ¡que vengo con el Porsche!”, y esto reafirma su ego hasta limites insospechados porque se sienten más acompañados-. En cambio si van con un coche de los normalitos tirando a cutre, lo primero que hacen –antes incluso de darte un beso y saludarte- es echar balones fuera y excusarse por el coche que llevan, que además como ya les ha dejado el ánimo por los suelos ni se molestan en limpiarlo (es el hijo tonto que se le esconde por vergüenza, y como es tonto y nadie le tiene la fe suficiente para que demuestre nada, pues las camisetas de marca se le compran al hermano y al ‘tonto’, les dejas las de “merchandising” de la cerveza “Mahou”). Y claro, pues no vienen con tanta sonrisa ni el ánimo puesto, sino que como mucho te abren la puerta del coche y ni se esperan a que estés sentada para cerrártela, te dejan que te montes mientras ellos siguen hablando de que el coche bueno está en el taller y bla, bla, bla… ‘Ofú’, ¡qué pereza!. Se sienten solos en un coche que creen que no les aumenta el estilo, y entonces andan como perdidos y se hacen el jaleo padre mientras intentan besarte, y sin querer, echan la noche a perder.

Cuca ya se ha bajado hasta con el coche en marcha, ha visto a un amigo suyo y le ha dicho a Gus que le den, bien alto y bien claro, que es un jodido pelmazo; que la que está por rallar el coche es ella… Theese hubiera querido hacer lo mismo, entre lo que le hice al vestido y el bajón que teníamos todos ya, habría agarrado el bolso de diario –ese que es enorme y va lleno de todo tipo de bolígrafos, chicles, anticonceptivos, barras de labios, tarjetas, tampones, tapas de zapatos, medicinas, cremas hidratantes para manos, neceser de maquillaje, ropa interior de repuesto, prótesis para rellenar el sujetador, botellas de agua vacías, ‘kleenex’ usados y sin usar, revistas tamaño reducido, los cien mecheros que vamos cogiendo de cualquier parte sin darnos cuenta... - y le abría soltado un bolsazo en plena cabeza, mientras le gritaba que a ver si paraba de una puñetera vez para que pudiera bajarse... Pero él nada, seguía buscando el sitio apropiado hasta que iba tan despacio que pegué un tirón del freno de mano y le dije que ahí se quedaba.

La fiesta era un tumulto agresivo de gente guapa, tan guapa que te lloraban los ojos de ver el panorama tan saturado de hombres apuestos en ‘smoking’ y de mujeres mostrando sonrisa, bronceado y vestidos fantásticos a juego con los complementos más ideales… Entramos llenas de expectación y de cerca, las caras no eran tan estupendas, siempre pasa, pero lo bueno es que al fondo veíamos a Cuca muy bien acompañada y nos dirigimos hacia allá con una copa de 'champagne' en la mano que nos ofreció un chico del 'catering' nada más entrar…

Cuca nos presenta y continua hablando con gran convicción de que el verano no es verano, ni las vacaciones son vacaciones, si por medio no hay una fiesta como esa ni una estancia tostándose al sol en la cubierta de un barco. Pero las únicas que más vacaciones habíamos tenido éramos Theese y yo, y ninguna de las dos habíamos subido a barco, lancha, catamarán o yate alguno este año; así que nos miramos y tuvimos ganas de estrangularla ahí mismo.

La fiesta continuó animada, y las copas nos hicieron el favor de hacernos sentir más alegres y más guapas, a pesar de que yo ya me había tropezado varias veces con los tacones y llevaba el bajo del vestido haciendo doce centímetros más de cola, y a pesar también de que el remedio de última hora que se hizo Theese en los bucles del calor se había deshecho y ahora llevaba el mismo ‘look’ que Tina Turner… Cuca permanecía impoluta pero más borracha y andaba pidiendo cigarros a todo hombre guapo que veía con cara de fumador empedernido con “zippo” personalizado en plata.

Y por fin llega el hombre de la fiesta, el señor Gus, que se nos acerca y dice que por fin ha aparcado el coche… _ “Ah!, ¡pues fíjate qué bien!, ¡cuánto que me alegro por tu jodido coche!...¡espero que lo dejases en el aparcamiento del Ritz!”, pero Gus, con gesto de dolor agudo dijo: _ “¡Pues no!, al final es que era imposible y lo tuve que dejar en el primer sitio que vimos, al lado del niñato aquel que meaba en las ruedas del Audi”

En fin, así son los hombres… no podemos tratar de comprenderlos porque es imposible. Dan vueltas y más vueltas buscando algo que a todas luces es absurdo para al final quedarse con lo primero que ya tenían a mano. Son prácticos y tratan de ser productivos, pero cuando les falla la logística del momento según la tenían planteada, no les hagas entrar en razón porque son como el caballo del picador; no ven más allá y tratan de calzar un pie talla 44 en un zapato del 36…

¡Como las lentejas!; si las quieres las comes –duras o como estén- y si no, las dejas – que ya llamaremos a un chino…

Besazo Grande,

Rocío Medina



 

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30 Junio 2009

Día de Golf... y Maquillaje

Día de Golf… y Maquillaje

Querid@s Tod@s:


Voy con muchas prisas, prisas y a lo loco… Son oficialmente las ocho en punto de la mañana y ya me ha pitado la alarma del despertador del móvil cuatro veces; no lo puedo alargar más. Hago un esfuerzo porque mis párpados se abran de par en par y no me hagan el feo ahora de quedarse ‘sopa’ pero no me hacen ni caso, y mientras los vuelvo a cerrar me digo: _“¿Habré apagado la alarma del móvil o directamente le he dado a re-llamarme dentro de otros diez minutos?”. Vuelvo a abrir el párpado izquierdo que siempre es menos vago que el otro (no sé por qué, pero a la hora de tener que mirar las cosas con un sólo ojo, el izquierdo es el primero siempre que está dispuesto a hacerlo. Aquí podría hacer un comentario irónico como que será porque ‘los de izquierdas’ son más ‘serviles’, pero me lo voy a ahorrar). Lo había apagado, ¡menos mal que me he dado cuenta!, y ya no tiene sentido seguir alargando, y estirando, y robando, y agotando minutos al tiempo; ya sabía que pese a faltar un par de horas para venir a recogerme iba a llegar irremediablemente tarde.

Había quedado con dos amigos míos y un amigo de ellos a jugar al golf, o sea; estrenar mis palos nuevos que me hacía mucha ilusión e iba con un cargamento de bolas, que es lo suyo en mi caso, por si los ‘búnkers’ me jugaban malas pasadas y me las perdían. Mis amigos son un poquito “regulares” en esto del golf, o sea: ‘handicaps’ uno y dos… y yo voy con mi pedazo de ‘handicap’ al límite de veinticuatro y casi echando humo por el tiempo que llevo sin practicar. Me animan: uno, un famoso futbolista en activo (chupa horas de banquillo injustificadamente) y el otro, se retiró hace dos años; el colega que les acompaña es un as de los negocios inmobiliarios (simpático, callado, pero con ojos pequeños: no me fío mucho de los hombres de ojos pequeños y juntos… parece que al mirarme sólo quieren hacerme rabiar). Yo les advertí de mis circunstancias en el mundo del golf: muchas clases, poco practicar y como sean más de nueve hoyos me pongo tensa.

Nos montamos en el coche de mi amigo “en activo” al que llamaré “P” (más que nada porque así es la inicial por cuyo nombre responde), mi amigo retirado se llama “A” (inicial de su nombre igualmente), y el amigo de ambos se llama “Andrés C-H” (y nada que ver con “Carolina Herrera”, ¿estamos?).

Bien, yo como ya sabía que llegaría tarde me dejo el rimel, el colorete y los labios para atacarlos después; es lo más fácil de pintar, y la base me la echo en casa y me la restriego a la misma vez que contesto el tercer ‘sms’ donde les pongo la tercera excusa para no haber salido ya hacía diez minutos: _” Salgo ya!!, que no encuentro las gafas de sol y se me acaba de meter algo en el ojo y me he tenido que volver a quitar las lentillas”. En realidad reviso el bolso y me aseguro que todo el maquillaje va dentro, las gafas de sol ya las tengo en la cabeza, me miro de nuevo el ‘modelito’ subida a la tapa del ‘water’ para poder tener mejor perspectiva del cuerpo entero, y restregándome la base de maquillaje al mismo tiempo…

Me monto en el coche arrastrando mi bolsa con los palos, las bolas y mi macro bolso tamaño XXL. Dentro del coche “P” sale de inmediato para abrirme el maletero de su 4x4 y me hace un comentario sobre el peso exagerado de mis palos de golf, le sonrío y le digo que son las bolas, que pesan mucho, se ríe y me dice que si me he metido los zapatos en el bolso o si pienso ir con los que llevo puestos (¡mierda!, me olvidé de los zapatos… aquí sonrisa y de nuevo digo que se me han olvidado). Caras de querer matarme, vuelvo a casa y regreso con una ‘coca- cola’ para cada uno, sobretodo para “P”, que es el que me lleva en el coche y sé que es adicto a las ‘light sin cafeína’ y yo de esas siempre tengo.

¡En Marcha!. Me siento delante, necesito el espejo para terminar de arreglarme, ja!, y como me lo han ofrecido a regañadientes, pero ofrecido igualmente, no lo pienso y digo: _ “Gracias, así no me mareo” (en la vida me he mareado en un coche, ni en un tren, ni en un avión…) Comienzo a abrir el macro bolso, ups!, no me doy cuenta y llevaba las manos con restos de maquillaje que dejo sin querer en el asiento del coche de “P”, mal asunto, como no lo quite disimuladamente me mata seguro -y llevo pantalones blancos y no puedo restregar el culo-“Rocío, tranquila, con un kleenex lo solucionamos, primero píntate, que aún falta para llegar a Aranjuez como poco hora y media”, esto me lo digo para tranquilizarme mientras voy poniéndome la brocha con el colorete entre bache y bache –“Gallardón” fue un desconsiderado al no pensar que la mayoría de las chicas nos maquillamos mientras conducimos y siempre los baches nos juegan malas pasadas; ¡con esa actitud jamás llegará a presidente del gobierno!, que a mi amiga Felisa se le clavó el “Black Eye Liner” en un ojo azul y parecía un cuervo bizco al llegar a su trabajo- yo me iba poniendo el colorete cada vez más arriba; al final parecía que tenía sarampión).

Por fin llegamos, “A” carga con mi bolsa de los palos de Golf y las bolas, y a mí me entran los nervios y voy repitiendo mentalmente: _ “Un ‘GREEN FEE’ es el cargo por un juego de 18 hoyos en la mañana. Un ‘TWILIGHT FEE’ es el cargo por jugar los hoyos que el cliente – o sea, yo- alcance después de las 14:00 horas y hasta que oscurezca (ojalá oscurezca cuanto antes), garantizando 9 hoyos. En este horario, Rocío, se especifica que no habrá ‘RAIN CHECK’… ¿Qué carajo es un ‘RAIN CHECK’?. Ah!, si, un RAIN CHECK es el cupón que se le da al jugador (bajo las condiciones que cada campo estipule y sujeto a la autorización del ‘mandamás’ o sea; del gerente) cuando se encuentre jugando y llueva… Rocío, Rocío… ¿y el ‘CHECK IN’?, ¿qué es eso?... Piensa, piensa rápido!. Uf!, sí, es el registro que el jugador realiza en recepción para comenzar el juego –¡vaya chorrada!, ¡me apuro por nada!, esto ya lo sabía- mmm a ver, ¿qué más tengo que saber y no olvidarme para no quedar como una paleta y hablar con propiedad?. ¡El ‘CADDIE’!, ¡casi lo olvido!: la persona que carga el equipo y asiste al jugador durante su ronda. Y el ‘MARSHALL’ es el que asiste a los jugadores (¡que sea guapo por DIOS!) asegurándose del buen flujo –no, ¡no lo pienses!, nada que ver con la ‘regla’- de los mismos en el campo y que aplica el reglamento. El ‘STARTER’ es el que se encarga de administrar el tiempo de salida de los jugadores… Somos un ‘FOURSOME’ – ‘single’, ‘twosome’, ‘threesome’- la cantidad de jugadores que pueden integrar un grupo (uno, dos, tres y cuatro), en nuestro caso somos tres y el tal “C-H”; éste que tiene ojos raros y mirada confusa…” El mismo que me interrumpe y me pregunta que si estoy lista… y me doy cuenta que me miran los tres con cara de alucinados. Pero yo sé que me dejo cosas y estoy muy tensa, profesionales de pro de práctica casi diaria y torneos semanales versus Yo; practicante ocasional que le pongo entusiasmo y entonces la `pifio` más… Tenía que seguir repasando: _”mmm ‘FAIRWAY’: el tramo de pasto que hay desde las mesas de la salida a los hoyos, que son los ‘GREENS’, y que cuando llueve, se restringe la entrada con los carritos a estas áreas, o sea; la regla de 90 grados… y…

P”: _ “…Rocío, nos vamos al ‘TEE BOX’, venga ya de una vez, ¡joder!,¿estás en Babia o qué?, ¿qué narices tramas?”. Y sí, pensé yo, me faltó repasar lo del ‘Tee box’ (o mesa, que es el nombre que recibe la zona de salida). Ay!, ¡qué horror!... ¡qué nervios!, ¿y ahora a estas alturas me puedo pedir ser el ‘Extra Rider’ (persona adicional en el carrito que sólo acompaña al jugador)?. Todas las inseguridades juntas y todos los nombres, posturas, palos, los números, distinguir las ‘maderas’, para cuándo se utilizan… ufff!, todo me rebotaba a la vez en la cabeza. Yo miraba a mis palos, éstos a mí, y las bolas se me descojonaban de la risa que yo lo intuía.

Aquí estamos, “P” va el primero, “C-H” el segundo, yo la tercera y “A” el último… Estoy estirando después de que los dos primeros hayan hecho ya su entrada triunfal al campo con un ‘swing’ perfecto, pero yo es que no me atrevo y me atengo a mi derecho de estirar un poco más hasta que noto que se me van a salir los brazos cogidos detrás de la espalda por el palo de golf de salida. El primer lanzamiento siempre se me ha dado mal… Me apuran, me pongo más nerviosa, y lanzo la primera bola directamente hacia el lado contrario. Lanzo de nuevo, ¡un ‘churro’!, pero ¡ahí va!, y luego lanza “A” y lo hace mejor que ninguno…

Así seguimos hasta llegar a mi cruz, un puñetero ‘búnker’ gigante, ¡mira que castigarme así Dios a mí -que bastante castigo era ya el llevar la cara rellenada de brochazos, el rimel en ojo sí, ojo no, y el pelo lleno de nudos porque no me dio tiempo a alisarlo- que me tiene que poner aquí en medio el ‘bunker’ más cojonudamente grande de la historia!... Miro a “A”, que parece tenso, concentrado y callado, con los pies clavados con firmeza al suelo y marcando gemelo profesional a través de sus “Dockers”. Doy a la bola un golpe, y tengo que repetir tres veces (os explico aquí que como estábamos más en plan amigos que en un torneo profesional, obviamente me pasaban por alto cosas que con menos, ya me habrían echado del campo cogida por una oreja y con un cartel en la espalda de “no acercarse a esta tía”). Tuvo que tirar él por mí finalmente, porque aquello era imposible, ¡qué cuestas!, ¡qué subidas y bajadas!... Oye, en serio, que yo no veía la bola, y dicho sea de paso tampoco la veía él, pero me decía claramente que la había mandado a hacer puñetas y él me escogía el palo exacto con el que yo tenía que golpear.

Seguimos, y Zas!, me quedo anquilosada echando bolas a diestro y siniestro en el maldito charco gigante… “A” de nuevo me saca del atolladero porque me estoy quedando sin bolas, y da bola él por mí. Mientras, yo agobiadísima, cometo la pequeña torpeza de apoyarme en el ‘buggie’ (dichoso carrito). Me apoyé sin mala intención, porque os tengo que decir que muchos piensan que jugar al golf es un deporte de viejos y no sabéis lo ‘jaba’ que hay que estar para aguantar tanto tiempo de pie y andando. Y claro, no me di cuenta, y el dichoso carro salió andando solo y fue a estamparse directamente contra un árbol; se cayeron las bolsas con los palos, y las bolas salieron desparramadas cuesta abajo y en tropel. A mi amigo casi le da un ataque al corazón y la sangre se le quedó atrapada en la cara, tenía el rostro rojo tomatoso y los ojos inyectados en furia asesina. Ahora sí que me la he cargado con todo el equipo; o por todo el equipo, ¡nunca mejor dicho!…

A todo esto, los del grupo de detrás nos iban haciendo señas de que estábamos atrasando su juego, mi amigo quería ahogarme y yo me zafé como pude esquivando bolas para llegar de nuevo a base, o sea; a la cafetería, a pedirme once tilas (finalmente fue un ‘fino’ y unas aceitunas). Aburrida de morir después de media hora, veo en la mesa de al lado sentados a unos rubios altos que hablaban raro, pero a esa distancia, y con un poco de viento que se estaba levantando, tampoco entendía nada. Así que me levanto y les señalo una silla en su mesa que estaba vacía y les pido permiso para sentarme, me miran y no me dicen nada, sólo sonríen, y yo me siento tan pancha diciéndole a la camarera que si me puede traer el segundo ‘fino’ y más aceitunas. Sentada me presento y me pongo a hablar, y después de no sé cuánto tiempo hablando de algo que ya ni me acuerdo, uno de ellos despega el pico y es para decir: _”¡Belgium!… no entiendo español, solo poquito… habla muy deprisa, ¡no entiendo!. Do you speak English?”. ¿Será cazurro el tío?... ¡Pues no que me tienen aquí hablando y después del rollo que les he metido me dicen que no entienden ni jota de español!. Pues ahora no estoy yo como para empezar a traducirles al inglés las sandeces que les he contado de mi odisea… a ver cómo les explico en inglés el sacrilegio del partido de golf que he jugado (en mi caso; no he llegado a jugar pero apuntaba maneras a que nos echaran a todos y a ellos les quitasen el carnet de socios). Así que me levanto y me vuelvo a mi mesa, la camarera mosqueada me pregunta que si me acerca de nuevo el vino, le digo que si, y ya me mira desde la distancia recelosa de que le pida algo más en los próximos quince minutos….

Va pasando el tiempo, no tengo buena cobertura, tengo frío y pienso en sentarme dentro, pero las vistas son bonitas y dentro no tanto, así que aguanto un poco más. Los belgas de vez en cuando me miran y el aburrimiento es como el demonio; se entretiene haciendo juego sucio, así que pienso varias veces en decirles que se acerquen y cuando estén aquí mandarlos a la mierda, pero prefiero pasar de ellos porque total, de mal humor mi inglés se llena de tacos y de un ‘slang’ barriobajero que me conviene sacar de mi vocabulario.

Por fin llegan; caras cabreadas, lengua fuera, y “C-H” me clava mirada de hiena en estado puro. Me pongo tan tensa que creo que se me van a saltar las lágrimas, pido disculpas y “A” dice que menos mal que el carro no lo van a tener que pagar, y “P” se acerca, me acaricia un poco el pelo, me da un beso en la frente, y me dice que no me preocupe. ¡Dios mío!, ahora creo que ya sí que estoy con la lágrima fuera de felicidad y alivio. Y ahora que están aquí me doy cuenta también de lo sola que empezaba a sentirme y me entran ganas de achuchar hasta al de ojos de cuervo moribundo. Pero como al que más cerca y cabreado tengo es a “A”, le lanzo un abrazo y le vuelvo a pedir disculpas hasta que me mira y me da un beso devolviéndome el abrazo y se echa a reír recordando el culazo que me di y cómo se estampaba el ‘buggie’ desparramando bolas a diestro y siniestro… Y todos se unen a la risa.

Piden comida, comida de verdad, no aceitunas. “P” que es muy estricto con la comida sana me las tiene prohibidas porque sabe que son adictivas para mí y que me puedo comer un bote de un kilo en menos de una hora y querer más. Así que llenan la mesa de comida y caen en la cuenta de que los belgas me miran. Les cuento el “suceso belga”, y comienzan a reírse sin parar. Yo no le veo tanto la gracia, dos gilipollas altos de piel harinosa están en España de vacaciones y jugando al golf, y no son amables con una chica que se sienta a su lado y se pone a darles un poco de conversación. ¿No creéis que desde el principio podrían haberme dicho que no sabían hablar en ‘Cristiano’?.

Me levanto para ir al baño, y “C-H” me pide que si le puedo traer tabaco al volver alargándome su mano con un billete de veinte. Me levanto para ir al baño y escucho de golpe carcajadas en manada. ¿Qué narices pasa?. “P” sin poder hablar de la risa se tapa la boca con el dorso de la mano izquierda y con la derecha alargándola en dirección a mí, me señala el trasero. ¡Qué infantiles!, pienso yo, y me largo sin darle importancia a las tonterías de estos ‘niñatos’ pueriles. Entro dentro y busco la máquina del tabaco, no sé cual comprarle, así que “Malboro”, si no fuma eso que se aguante y “ojos de rata” se levante a comprarse él mismo su propio vicio. Entro después al baño, guardando el cambio de los veinte euros del tabaco en el bolsillo del pantalón, y justo cuando voy a hacer mis necesidades; el día mejora mucho al caerse todo el cambio al retrete con la tapa abierta. ¡Genial!.

Salgo, doy el “Malboro” al bicho que se disculpa diciendo que en realidad fuma “Malboro Light” pero que no pasa nada, que no se acordó de decírmelo… y comienzan de nuevo las risitas. Cuento lo de su ‘cambio’ y ya son carcajadas. Pasan los belgas por mi lado que aún estaba de pie frente a la mesa y me dicen adiós en español con acento de chocolate rancio. Y cuando se han alejado un par de metros vuelven a mirar a mi lado y empiezan a reírse. _ “¡Joder!, ¿de qué narices os reís tanto?. El tema del puñetero ‘buggie’ y mis problemas con los ‘búnkers’ ya no da más de sí… y los Belgas todo el mundo sabe que si son hombres son estúpidos. Sólo las mujeres belgas son listas –bueno, esto no lo sabe todo el mundo y probablemente no sea cierto, pero da igual, yo lo digo y punto- porque son mujeres… ¿De qué os reís?”.

Y “P” me alarga su larguísimo brazo, me hace girarme, me toca el pantalón por la parte del culo y me dice que mire…

¡La de DIOS!, el dichoso césped al caerme por el dichoso ‘buggie’, por jugar al dichoso golf, me ha dejado el dichoso pantalón blanco con culeras verdes. O sea, me ha estampado en mi culo dos pedazos de globos verdes con manchurrones tierra. ¡Ahí!, ¡marcado con ganas!… Y más –las ganas, digo- de llorar a pierna suelta o a lágrima viva que tenía yo en ese momento… Ellos mientras, parecían doblarse en dos de la risa, ¡llorando casi que estaban!, imaginad mi estado terriblemente penoso que lucían mis pantalones con semejante sello ‘big, big size’ en el mismísimo culo.

Ahora mismo estoy demasiado enfadada como para llorar, demasiado cabreada como para echarme a reír también, y sobretodo; rabiosa de humillación. ¡Qué día de mierda!.

Seguimos comiendo y el aire me hacía tragar el humo del cigarro de “C-H”, yo no quise decirle nada pero “A” le dijo que apagase el cigarro ya o que le cambiara el sitio, le meto un pellizco con disimulo a “A” para que no me haga soportar al cretino de ojos raros de su amigo; pero éste ya ha apagado su colilla y como el cenicero no tenía suficiente agua y salía humillo “P” pide a la camarera que lo retire de la mesa…

Yo bebía más vino, y vino, y vino mientras ellos charlaban animadamente de su partida de golf. Después de comer y con la tripa llena de “filloas con crema y caramelo” y copita de “Oporto”, voy a repasarme el ‘gloss’, y claro, como el espejito era pequeño y yo no tenía ya mucho pulso, mis reflejos dudaron entre soltar el espejo (siete años de mala suerte) o dejar caer la barra de labios al suelo; y ¡alehop!, la barra fue a parar justo en la bragueta de “A” dejando en sus partes nobles un bonito siete en rojo. Le miré aterrada (su mujer lo mata seguro; ¡menuda es!), me miró que casi me ahoga allí mismo, y como no me dio tiempo a guardar la barra, sin querer le hice un par de pintarrajos más en el polo que llevaba, y en el cuello. ¡De esta no salgo!.

Camino de casa tensión máxima, sólo “P” de vez en cuando hablaba algo para relajar tensión, yo voy montada atrás con el de los ojos “rapantes” y fumador compulsivo de nicotina ‘light’ marca “Malboro”. Antes de llegar a mi casa dejamos a “C-H” en la suya (me han castigado a dejarme la última), y después con “A” y “P” ya solos en el coche, va “A” y me dice: _“Ro, déjame un Kleenex anda, que voy a ver si sale un poco más la mierda esta que me has echado en el cuello y en los ‘webos’”. Yo tensa, como es la primera frase que me dirige busco en el bolso rápidamente y le doy la primera cosa blanca y con buena textura que encuentro. Empieza a restregarse y estamos justo en la verja de la entrada de su casa; su mujer sale, nos saluda, y entonces caigo en la cuenta a la vez que él se baja del coche y le da un beso, de que le he dado el pañuelo con el que limpié mi maquillaje de la tapicería del coche y a la postre de mis manos, y con el que me quité un poco del brillo excesivo de labios y el colorete haciendo grumos estilo sarampión. ¡Oh!, ¡mierda!... Mujer de “A” ha bajado la vista directamente a su bragueta y de ahí a sus ojos, un daga hincada sobre el lomo de un conejo; ¡está muerto!. Y dando un repaso por su cuello, nos dice adiós con la mano, le lanza la segunda mirada y entra en casa pegando un portazo tal, que las pocas bolas que quedaban se pusieron a dar brincos dentro de las bolsas. “A” no entiende que el suceso sea tan grave ni entiende la reacción de su señora, y se da la vuelta para despedirse mientras yo ya tenía la cara fuera de la ventanilla, con pucheros y con lágrimas apunto de despegar, para darle un beso y decirle que lo sentía mucho. Y entonces lo vemos de esta guisa: lado derecho lleno de pecas rosáceas por el colorete, cuello manchurreado también de colorete y pintura de base “Brown bronze” oscura incluyendo también cuello de su polo con restos de barra de labios roja.

P” arranca a todo gas cuando vio la ‘estampa’ y dijo: _” Por los pelos te vas a librar de ésta pero como le eche su mujer de casa yo no quiero ser cómplice de nada…Rocío, ¡hay que joderse!. ¿Será posible quedar un día contigo y que no te metas en un jaleo?”. Aquí se echó a reír y yo recibí un sms:

“T Mato, t juro k te mato… sta noche no, kduermo en ksa de mis padres, pero cdo t pille veras”

Un Besazo Fuerte,

Rocío Medina

P.D.: ¿A quién no le ha pasado un incidente parecido?. Nobody is Perfect!!.

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20 Abril 2009

CÓMO LIGAR EN TIEMPOS DE CRISIS

 

 

 

 

Querid@s Tod@s:

 

 

Estoy con una desidia tremenda. La vida en el campo da para mucho, los días parecen eternos, y más ahora con el buen tiempo y el cambio horario; aunque también pueden desesperarte si en tu familia hay toda una procesión de visitas y de familiares histéricos que se unen a la sugestión masiva y procesional de los “semanasanteros” del Sur.

 

 

El caso es que ayer me llama una amiga mía para que fuera a ver la procesión con un grupito de amigos de toda la vida que se han dignado a parecer por aquí y dejar Sevilla; ¡hay que tener valor!... Yo estaba con fiebre, algo relacionado con montar a caballo, coger frío, y que te caiga un chaparrón encima y sigas calada durante quince minutos. Le digo a mi amiga que me duele la cabeza pero que aunque sea tarde bajaré, y mi primo Marcos que es pequeño, se empeña hasta ponerse rojo de la rabia y del llanto, en que se tiene que venir conmigo. Me lo llevo, cojo el coche de un tío mío que tiene una sillita adaptada de esas para niños, y me bajo con Marcos a ver la procesión.

 

 

Cuando llego al lugar no encuentro sitio y tengo que dejarlo lejísimos… ¡cuestas y más cuestas!, pero hacia abajo. A medio camino Marcos dice que ya no anda más, que él está muy cansado y que los nazarenos pasan por todos sitios, que él se queda ahí sentado que no hay gente esperando a que pase la procesión. Le hago entender que por ahí no van a llegar los nazarenos, y después de preguntarme veinte veces el por qué de todo (“¿pero por qué no pasan?, ¿por qué el Cristo no cabe por esta calle?, ¿por qué los nazarenos éstos no dan caramelos como los que yo vi el año pasado?, ¿por qué tus amigos no vienen en coche a recogernos?, ¿por qué no había sitio más cerca?, ¿por qué has dejado el coche tan lejos?, ¿por qué no me llevas a mí en coche y luego te vienes tú andando?, ¿por qué no me puedes llevar tomado que no me canse?, ¿y por qué no tienes fuerza y no puedes cogerme en brazos como los primos mayores?, ¿y por qué no me quieres comprar lagartos de caramelo?, ¿y por qué no podemos volver a casa?....”), etcétera, por fin acepta que sigamos pero cargándomelo en los hombros (llevo ya la lengua fuera).

 

 

Llegamos, llamo a mi amiga porque entre tanto barullo y lo tarde que llegaba no les veía donde habíamos quedado. Sale Ismael, que me ha visto desde las cristaleras de la cafetería donde estaban y me dice que nos han cogido sitio; que se han ido turnando porque todo está de bote en bote. Marcos le pregunta si él puede cogerlo en brazos que yo no tengo fuerza, Ismael lo coge y me hace gesto de sorpresa al verme con el crío. Le devuelvo el gesto de respuesta de ¡mejor ni preguntes!, y entra para dentro subiendo las escaleras de dos en dos y Marcos sacándome la lengua con su cabeza enana llena de rizos oscuros pegada al cuello de Ismael.

 

 

Sentados, mi amiga dice que está en su cuarta crisis del mes, y sólo llevamos unos días de estreno del susodicho. ¿Qué te pasa?, preguntamos al unísono, y nos dice que esperaba que estuviéramos todos para contarlo (esto más que nada seguro que iba por mí, que siempre me dice que cuando me cuenta las cosas luego le pregunto ochenta veces porque quiero todo lujo de detalles; me hace pensar que Marcos ha heredado esa posibilidad genética de tendencia al “preguntismo”. Si lo hago es sin mala intención). Nos cuenta que su puñetero ex (para mí más que puñetero era un desgraciado misógino y cabrón) se dedica ahora que ha encontrado novia a ir de ‘amigos’ por la vida y que le restriega su entusiasmo a mala fe. O sea; le manda mensajes y la llama preguntándole qué tal le iba la vida y dejando caer que la suya era fabulosa: _“Sofi, estoy esquiando en Beirut,¿qué tal lo llevas?. Sofi, me voy de Semana Santa con Sofía –sí, hay que tener mala leche para que tu novia se llame igual que tu ex y muchas agallas para que lo sea a un mes de distancia de haber roto con ella. ¡Qué macabro es el destino!- Sofi, ¡mucho ánimo!, verás como pronto encuentras trabajo… ¡fíjate yo! a mi jefe directo lo han echado y me han dado su puesto. Me pagan pastón…” etcétera. Así que la pobre estaba desolada. Y claro para colmo, no tenía superada la última conversación donde él por error (o no) llamó a la ‘Sofi’ equivocada (o sea, a mi amiga), y le dijo: _ “Cielo, me acabas de mandar un sms para que te compre tampones, pero tía, estoy en la farmacia y hay de muchas clases, ¿cuáles quieres?...” y mi amiga tuvo el tremendo lapsus de decirle: _ “¡Pringao de mierda!, has llamado a la otra Sofía, ¡pedazo de cerdo!… eres igualito a una almorrana con patas. Pruébate tú uno de cada clase metiéndotelos en el culo y decide cual se te adapta mejor!. Y claro, sorprendido, él le dice: _”Sofiiii tía, jeje. Lo siento, ¡qué carácter!, sigues sin echar un polvo durante este tiempo, ¿verdad?. Oye, que me he confundido al marcarte, ¡no te pongas así!…” Y ella: _“No seas tan cretino, que ya eché los polvos pertinentes cuando estaba contigo, tuve sobredosis. Aunque no me importaría repetir con tu amigo el rubio de Ibiza…”. Y él: “¡Qué pedazo de putón eres!, ¿de qué coño estás hablando?, ¿te has tirado a Tomás?. Ella: _ “La verdad, si no hubieses estado tan ocupado entrándole a todas las tías de Madrid te lo habría contado, y tampoco me dio tiempo a saber cómo se llamaba, pero no creo que te tenga que importar, ¿no?. Ahora tienes novia y hasta le compras los tampones, y a mí porque una vez me vino la regla y estaba que me moría de dolor y se me ocurrió preguntarte si podías ir a comprarme támpax pusiste el grito en el cielo… ¡Vete al carajo!”. Él: _ “¿Te tiraste a Tomás o no!” Y mi pobre amiga toda triunfal le dice antes de colgar la llamada: _ “¡Que te den!,¡imbécil!, se lo preguntas a él… Por cierto, con lo inseguro que tú eres, espero que jamás te quedes en pelotas con él delante en el gimnasio o no levantarás cabeza…”

Total, estaba hecha polvo… Le había creado dudas sobre su virilidad poniéndose ella en el centro de la diana. Se había autoproclamado infiel, puta, infantil, resentida, y lo que es peor; le había dejado claro que pese a ser ella la que le dejó (llevaba más cuernos que ‘la Bosé) seguía loca por él. El caso es que ella no es tonta, sólo propensa al autoengaño, y claro, por más que había evidencias claras de que él le tiraba los tratos a todo bicho viviente con vagina, ella no se quería dar por enterada y buscaba mentalmente el modo de disculparle. Ahora lloraba, y Marcos le acercaba servilletas de papel para que se sonase la nariz y se limpiase las lágrimas, y cuando ella seguía enérgica soltando lágrimas y enfatizando sobre la metedura de pata que había tenido, Marcos le restregaba él mismo la servilleta (en el fondo es para comérselo de bueno) arrastrándole el rimel hasta la comisura de la boca.

 

 

 

Mi amiga Susana Córcoles le dijo que la cosa tampoco era para tanto, que encima debería darle las gracias por haberse quitado a un tío que sólo tenía sentimientos en la entrepierna, y que eso ya era un suponer, porque si encima la tenía pequeña, más que dudoso era el hecho de que tuvieran que agradecerle algo a alguien y pasarse directamente a compadecer a la nueva adquisición: “la otra Sofi”.

 

Marcos andaba dándole vueltas al zumo, decía que su madre lo sacaba de un cacharro que hacía ruido y que trituraba la fruta entera sin pelar, y que él no se fiaba de ese zumo que tenía sabor a lata. Le pregunté que si es que él alguna vez se había comido una lata para saber qué sabor tenía, y me dijo muy serio que si es que yo era tonta. Decidido: era tonta por no preguntar antes al crío qué quería tomarse. Se lo pregunto y le digo que no se beba el zumo si no le gusta, y me dice que quiere un ‘whiskey’ solo. Le digo que eso es para mayores y él me dice que ya es mayor que el primo Antonio. Vuelvo a decirle que no es suficiente, que tiene que ser por lo menos mayor que yo, y me mira y me dice que quiere un ‘cola cao’. Tomándose el ‘cola cao’ de rodillas encima de la silla y haciendo ruido con la pajita…

 

 

Sofi va por el segundo ataque de histeria de la velada. Nos cuenta que además está a un ‘tris’ de perder el trabajo, que entre que su jefe ya avisó del recorte de plantilla en Enero y que la pilló toda una mañana en distintas horas a lágrima viva hablando por teléfono, la miró mal y que desde entonces se dedica a ignorarla de manera descarada en las reuniones; tan sólo albergaba la esperanza de que la volviese a hablar para extenderle el sobre con el finiquito. Mal asunto. Y peor aún porque se lo contó a su novio en un descuido que lo pilló siendo amable y comprensivo con ella, y ahora estaba arrepentida por haberle inducido a pensar lo ‘tirada’ que estaba.

 

 

Marcos dice que se aburre, que quiere ir a la feria. Varios ‘por qués’ más acerca de por qué no había feria, y por qué no estaban los ‘cacharritos’ puestos si era fiesta y no había ‘cole’, y por qué se había muerto Jesús si era tan bueno, y por qué a la gente le hacía gracia y le aplaudían cuando salía en calzoncillos muerto y atado en la cruz.

 

 

Sofi dijo que a ver ahora qué iba a hacer sin trabajo, sin novio, y sin dinero para comprarse ropa de verano ahora que había conseguido adelgazar ocho kilos con tanto esfuerzo (¡mentira!, más que del esfuerzo era del estrés y del dolor: si algo bueno tiene tener que dejar a un novio como escarmiento y a modo de que vea ‘las orejas al lobo’, con intención de retomarlo habiéndose aprendido la lección, y darte cuenta que en el fondo, era lo que el tío quería pero que era un cobarde para tomar él la iniciativa de cortar; es el hecho de que adelgazas. De que andas todo el día como una colilla arrastrada por el viento; te mueves por inercia, dejas de lavarte el pelo, saltas de la cama al sofá y del sofá a la cama. Te olvidas de comer, de llamar a la gente, de que tienes que comprar papel higiénico y tampones, y de que tu abuela está en el hospital apunto de irse al otro barrio. O eso, o directamente de la cama al congelador a comer helado como una poseída, de ahí al sofá a comer sin sentido cualquier cosa que haya por casa y que no te haga vomitar; y acabas con la crisis del ‘dolor de hombre’ para empezar la crisis del ‘dolor de michelines’ XXL que acabas de aglutinar en tu tripa y con la angustia de ver tu cartucheras cual morcilla apretadas en los vaqueros). Y que a ver qué iba a hacer ahora: se acercaba el verano y estaría otra vez sin novio, sin dinero, y sin posibilidades de pasear su escultural figura por playa alguna; que de la depresión volvería a coger los ocho kilos más tres de propina, que su vida era un asco, que se odiaba, que odiaba la crisis, y que ahora no ligaría jamás. No ligaría primero porque había decidido cortar el mamoneo con ligones y machorrotes de medio pelo, cortar con el trato ilícito de reírle las gracias a los guapos de turno y dejar que la mangoneen a cambio de un polvo (ella que es propensa al autoengaño como digo siempre, piensa que acabarán enamorándose, y aunque meterse en la cama de buenas a primeras lo ve precipitado, acaba cediendo y practicando la resonancia de los orgasmos para llamarme a la semana y decirme que el mastodonte con gomina no ha dado señales de vida). No ligaría porque tiene treinta y cuatro años, tardaría en fiarse de un tío por lo menos dos; biológica y socialmente muerta para un tío: inexistente para los que le gustan (mentalmente preparada para aceptar la derrota de su vida y tener que echar a la basura algunos de sus niveles de exigencia), lleva una especie invisible de ‘letra Escarlata’ que sólo ven los tíos donde debe decir: “¡Cuidado con ésta!. Especie en vías de extinción que se agarrará al primero que pille por banda para que se convierta en padre de sus hijos en menos de un año. Con poderes y malas artes de seducción para alcanzar tal propósito. Óvulo maduro a punto de ser infecundo, huir, huir, ¡huir!”. Luego ahora tiene que subir la media de la edad de los hombres a una década más, dar por hecho que tendrá alguna tara, o a lo sumo; será un gilipollas sin remedio y con poco pelo. O eso, o dar con un tío lo suficientemente sin personalidad, cabrón y miope, que la confunda con una réplica de su madre, y quererla tener como una más de sus concubinas; nada de exigir fidelidad (mi amiga pone cara de asco ante esta posibilidad y accede a contar la siguiente). Y tampoco ligaría porque la realidad es que ya no se fiaba de los hombres, así que andaría con tanto resquemor y miedo, que eso imposibilitaría totalmente una fluidez y relación normal con cualquier tío (a estas alturas el nivel del listón del tío ya va por: calvo y poco viril, con halitosis, alto ‘complejo de Edipo’, cabrón de mala muerte y rotundamente viejo, o joven pero con un montón de hijos y una ex esposa bien molesta).

 

 

Marcos dice que se aburre mucho, empieza a hacer pucheritos y además tiene sueño, se restriega meloso contra mí como un cachorro de ‘labrador’ ojitos incluidos; lo cojo y lo siento encima, le voy dando besos y me dice que mi amiga es igual de llorica que la tía Almudena. Mi amiga dice: _”¡Mocoso!, lo peor es que este crío es un candidato a hacer llorar a las mujeres, igual que tus primos mayores, Rocío, que son unos cabrones… ‘los espatarradotes con encanto’ –así los llaman mis amigas y yo no puedo decir nada porque confieso avergonzada que tienen razón- ¡Mira el crío éste!, tan guapo, y sin posibilidades algunas de tendencia a la calvicie… ¡en tu familia no hay ninguno calvo!, es guapo, listillo y ya apunta maneras que me ha tocado el culo antes…”. Mi primo la corta y le dice que no sea mentirosa que no le ha tocado el culo, que era para saber si llevaba caramelos en el bolsillo. Sofía levanta el trasero un poco y se da cuenta avergonzada que el niño tenía razón y tenía los pendientes en el bolsillo del vaquero haciéndoles surcos raros. Marcos pregunta que si podemos irnos. Todos a la vez dicen que ¡no!, y Marcos apabullado se queda callado de repente y haciendo pucheritos… finalmente llora y empieza a ponerse histérico dándome patadas inquieto en un ataque de rabia y puñetazos a la mesa. Cuando le calmo me vuelve a decir que quiere un ‘whiskey’, le pido unas patatas fritas y dice que me las coma yo; se las comen los demás. Y él se pide una sopa sin tropezones. No hay sopa, Marcos se levanta finalmente, se vuelve a subir a la silla y empieza a hacernos dibujos de monstruos con nuestro nombre en cada uno en una libreta que llevaba yo en el bolso que él registra cada dos por tres buscando el móvil para llamar a su madre y sacarme el dinero del monedero y guardárselo en un bolsillo de su abrigo descaradamente.

 

 

Sofía, con los ‘martinis’ y a estas alturas, dignidad cero, comenta en voz alta como desafiante y buscando aprobación que debe hablar con su ex y pedirle disculpas. Le quitamos el móvil y muy seriamente le vamos diciendo uno a uno que olvide el rebajarse más y hacer más el ridículo; que pase de él…

 

 

¡Pasar de un tío!. Bien, qué frase más pragmática, rotunda y recurrente, ¿no es cierto?. ¿Por qué narices ha de tener encriptadas tantas preguntas al respecto?: Vale, ¡pasar!, ¿pero eso a qué se traduce?; ¿a que puedo enviarle sms despreocupada para que vea que no me afecta?, ¿a que puedo enviarle mails spam?, ¿a que tengo que hablar con sus amigos pero ignorarlo a él cuando lo encuentre en los pubs de turno?... Vale, vale… ¡ya lo sé!, a que sepa que hago mi vida sin necesitarlo ni echarlo de menos; ¿pero cómo narices puedo hacer eso si no tengo contacto con él para decirle que paso de él?. Igual piensa que un ‘txunami’ se metió en mi ordenador y borró todo rastro de mis amigos; igual por eso es por lo que no le dejo mensajes en el buzón, ni le escribo en el muro aprobando entusiasmada su último ‘status’: “… en el caribe con mi nena, vuelvo en 3 semanas”. Y lo mismo si no le envío un sms o le llamo va a pensar que en la peluquería me mojaron el móvil y por eso no tiene señales de mí; pero para nada pensaría que estoy pasando de él. Y otra cosa; ¿no pensará que si no doy señales de vida en vez de ignorarlo lo que hago es hacer que piense que voy de “ofendida” y que sigo más pillada por él?.¿Pero no será…?

 

 

Sofía llora de nuevo: _ ”¡Quiero llamarle! (ligero ‘hip’), porque quiero dejarle claro que no estoy pirada por él… quiero llamarle porque quiero que sepa que paso de él… ¡Dejadme llamarle!... (ya veis; dignidad cero patatero y unido a mucho alcohol: cerebro rígido).

 

 

Marcos ha dibujado a Sofi como un reptil gigante con ojos saltones y lágrimas gordas rellenadas con manchurrones negros de la tinta del ‘pilot’. Cojo la hoja y le digo que haga otro en la nueva en blanco, dice que le gusta esa y trata de dibujarle colmillos a esa cobra alienígena. A Ismael lo ha dibujado con una cabeza gigante, cuerpo larguirucho y tres ojos, debajo le ha dibujado tres palos con dos círculos con alambres dentro y una especie de puro machacado que viene a ser el tubo de escape de la moto que el propio Marcos ha tuneado. Y así sucesivamente hasta que ha llegado a Susana Córcoles y la ha dibujado con cuerpo de persona (es muy guapa, tal vez sea por eso), y la dibujó larguirucha y con unos enormes zapatos (como si fueran los de un payaso) con tacones. A mí me dibujó con mucho pelo, era un monstruo con mucho pelo, dos globos gigantescos haciendo de orejas, y una cuerda larga donde atado del cuello iba un mochuelo al que puso en una especie de bocadillo con letras torcidas: ‘Guau! Guau!, soy Helmut!.

 

 

La verdad es que demasiado bueno es el peque para protestar tan poco con el tiempo que llevábamos ahí. Por fin decide levantarme el castigo y se vuelve a acercar para que lo suba en mis rodillas y me dice bajito en el oído que quiere “una fuente de hamón” (acento ‘andalú’) para él sólo. Pido un plato de jamón, el camarero lo pone en el centro y Marcos empuja el plato hacia sí, se aferra a él con fuerza, lo huele como un profesional (yo le regaño y le digo que no se meten las narices en el plato), y dice que el jamón está rico. Se come tres trozos de jamón nada más pero dice que los demás no pueden comer porque no se debe meter la mano en el plato de nadie. Nos saca la lengua todo orgulloso y está expectante y vigilando el plato durante un rato. Luego todo dulzura se acerca de nuevo a mi oreja y me dice que si nos podemos ir ya que está cansado. Pienso en que tengo el coche lejísimos, y voy oficialmente despidiéndome de todos mientras Marcos está de pie en la silla y le dice al camarero que le guarde el jamón para otro día. Lau nos va a acercar hasta nuestro coche porque su plaza de garaje está a la vuelta de la manzana y no le importa llevarnos. Marcos cambia mi mano por la de Lau a modo de agradecimiento y Sofía vuelve a derrumbarse porque no se quiere quedar sola.

 

 

En casa, Marcos quiere dormir conmigo y dice que tiene hambre. Se pone el pijama él solito y cuando está en la cama sale pitando al cuarto de baño y desde allí me pregunta que dónde está el peine, me levanto y me acerco pero ya lo ha encontrado y está peinándose. Le pregunto que por qué se peina para acostarse, y me dice tranquilamente que tiene que estar guapo porque Dios y la Virgen María lo ven y no les gustan los niños despeinados (es lo más presumido del mundo). En la cama me dice que no le cuente un cuento, que le explique por qué Sofía lloraba tanto, si es que la habían castigado sus padres. Le digo que es porque tenía un novio y que se portaba mal con ella. Marcos pregunta que si es porque le pega y no quiere jugar con ella; le respondo que algo así pero sin pegarle. Y le digo a Marcos que me tiene que prometer que cuando sea mayor se portará bien con las niñas, que no las mentirá y no les hará daño. Me dice que me lo promete, pero que si le despeinan o algo se enfadará mucho y ya no querrá ser amigo de ellas; asiento y digo que lo entiendo, que despeinar a un chico no está bien. Marcos se va quedando dormido, y cuando le muevo la almohada para que pueda dormir mejor me dice que lo he despertado y que le cuente un cuento...

 

 

“Una vez había un príncipe muy guapo que iba con un caballo a buscar a la princesa de sus sueños, que vivía en el hermoso castillo de su padre, un hombre muy poderoso: era rubia, con ojos azules, esbelta…” (¡Mierda!, ¿se pueden usar más tópicos en una frase?... reculo al darme cuenta que por mi culpa estoy incentivando la creencia popular de que los hombres son príncipes en potencia, de que las mujeres han de quedarse sentadas esperando a que ‘El Príncipe Azul’ las busque y las conquiste; metiéndoles desde pequeños la idea de que son mejores princesas las niñas rubias con ojos azules y delgadas… ¿Quién va a querer así a una morena, gordita y bizca?, ¿cómo le vamos a introducir en la sesera a un ser de por sí, carente genéticamente de inteligencia emocional, que la belleza está en el interior?).

 

 

“Había una vez una princesa muy lista, tenía ojos de pez y los brazos rollizos. Se quedó sin trabajo, y no tenía dinero, y un día cogió el ‘bonobús’ y se fue a Getafe a buscar a un príncipe… (Marcos después de otra tanda de ‘por qués’ dijo que ese cuento era un rollo, que las princesas no trabajaban y siempre tenían dinero, y que los príncipes vivían en castillos enormes y sólo montaban a caballo en el jardín de su casa). Dicho esto, me sube la fiebre, llamo a Sofi con voz baja desde el baño, y acabamos las dos llorando a lágrima viva.

 

 

Besazo Grande,

Rocío Medina

 

 

 

P.D.: ¿Qué fue antes: el huevo o la gallina?.

P.D.1: Aprendamos de esas diferencias del “hombre y la mujer”, y consigamos convivir felizmente con ellas… ¡Sin Acritud!.

 

 

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