Categoría: Sombras de Chocolate
4 Junio 2009
Dedicado a Diego de Gregorio
Hoy envío este relato añadiendo este primer párrafo, dedicándolo como homenaje a un grandísimo amigo mío; ¡el mejor de todos!. Una gran persona y un ser humano que más allá de la sapiencia de sabio, alberga un corazón y una inteligencia emocional descomunal y serena… Le admiro muchísimo por su enorme capacidad de esperanza, por su grandísima sensatez ante la vida y las cosas, por su conciencia tranquila, y su capacidad de equilibrar la balanza hacia lo bello y lo positivo; por su manera de capear el temporal cuando la realidad se presenta difícil. Le quiero por su generosidad de espíritu, por su fascinante manera de decir las cosas, por lo empático y sensible que es ante el que sufre; porque con él no hacen falta las palabras para que te entienda y te ayude, porque cuando te tiende una mano en realidad te está dando todo su corazón… Porque él si que es un “ángel” atrapado en el cuerpo de un señor, de un hombre; de un mortal… Porque él es honesto de palabras y de actos, porque es sensible y está despierto a lo que pasa a su alrededor; porque tiene una inmensa capacidad para querer y siempre quiere bien… Porque con él jamás se acaba la esperanza, jamás llega la tristeza, y siempre te ofrece lo más grande que alguien puede darte; que es la sinceridad enmarcada con todo el cariño y el amor del mundo. Porque siempre ha sabido ser persona y amigo, porque siempre se ha sabido mantener en su sitio, porque siempre ha sabido perdonar; y porque con él he aprendido verdaderamente que lo bello, no pasa por apariencias distorsionadas de moda, sino que se encuentra siempre en la esencia de las cosas y lo divertido es saber descubrirlas paso a paso, como si de una valiosa antigüedad se tratase… ¡Te quiero!, Di.
La vida y la muerte… El proceso del enigma que da honor a nuestra existencia. Llantos derrapando sobre el lecho materno al dar a luz y ahogados en la sombra de la muerte…
¿Por qué nacemos para luego morir?. Desde que el mundo es mundo, los grandes pensadores se han cuestionado la existencia, viendo en los atajos de la época social una aparente y sugestiva respuesta a esta eterna duda. Culturas existentes han perpetuado sus bases terrenales y místicas alrededor de esta perenne cuestión. Creyentes “cristianos”, “musulmanes”… todos sin excepción no escapan a esta premisa solapándola con el hecho inviable de que permanecemos vivos mientras nos preguntamos por qué, y guareciéndonos en el hecho intrínseco de retrasar la hora de regresar a la muerte…
La vida es aquello que nos permite respirar e interactuar activamente con otros, mientras la muerte es aquello ‘no-nato’ que permanece expiado y lejano a nuestra razón y conocimiento. Teorías, tan sólo eso…
Pero lo cierto es que la vida sin la muerte es imposible de explicar, y sin la muerte; jamás habría vida. Porque para nacer se ha de estar muerto o ‘no-nacido’, y en ello perduran nuestras dudas, amén que el progreso retrase esa hora que los creyentes afirman marcada como destino; un sino imborrable en nuestro sello de natalidad.
Os contaré una historia…
“Hace bastantes años, mi madre dio clases de apoyo a una niña pequeña, no tendría más de diez años. Yo era un par de años menor e iba a otro colegio… Muchas tardes cuando salía de la escuela y lograba escaparme de la vista de los que venían a buscarme para llevarme a casa, corría con todas mis fuerzas hasta llegar adonde estaba mi madre; y muchas tardes la veía a Ella. Tenía el pelo muy negro, corto y laceo por encima de los hombros, un corte redondo y sin flequillo; se llamaba Cruz.
Yo siempre me quedaba impasible mirándola, mi madre se ponía histérica con eso y me decía que mirar a la gente así era de pésimo gusto; jamás le hacía caso cuando tenía a Cruz frente a mí. Era una niña diferente. Tenía la piel muy pálida, casi traslúcida, le podía contar las venas, casi sentir cómo burbujeaba la sangre con cada latido de su corazón corriendo por debajo de su piel. Yo me miraba, me veía tan “negra” a su lado que me daba rabia, y siempre cuando me duchaba al llegar a casa tras haberla visto me restregaba un par de veces más con la esponja a ver si se me aclaraba la piel…
Un día cuando llegué a ver a mi madre ésta no estaba en su aula, la esperé pacientemente dibujando en la pizarra – nunca me dejaba hacerlo- así que viendo que tardaba me puse encima de una silla y empecé a dibujar cosas. De pronto oí la voz de mi madre, un grito seco, ahogado a la vez, nombrando a alguien. Me bajé de la silla y eché a correr, cuando giré el pasillo recuerdo verla con toda la bata aquella que llevaban los profesores de ese centro absolutamente empapada en un líquido rojo, un rojo intenso… Corrí llamándola, y una profesora me cortó el paso y mi madre me dijo que no me moviera. Al poco vinieron unos hombres con una camilla, entraron en el baño, y a los segundos volvieron a salir con la camilla tapada por una sábana con alguien acostado ahí. Mi madre lloraba, y mientras forcejeaba con la profesora que me tenía agarrada vi el reloj de “Hello Kitty” que tenía Cruz; vi su muñeca dejándose caer por debajo de la sábana, su piel pálida, sus venas intensas… Le di una patada a la profesora y corrí hacia Ella, mi madre me dio alcance y me dijo que no pasaba nada.
Yo no entendía nada de la muerte, no sabía que una persona se pudiera ir para siempre; no verla jamás… No entendía que por muy bien que se escondiese, existiera un lugar donde alguien pudiera guarecerse tanto tiempo como para no ser encontrado nunca. No entendía que hubiera un sitio que no existiese; no entendía que en ese lugar inexistente, donde no se pudiera ir a buscar a alguien, a ver a alguien; que ahí fueran a parar las personas…
Lloraba y lloraba, seguía con la vista clavada hacia la nada, en dirección al reloj de Cruz y hacia su brazo pálido a pesar de que ya se la habían llevado y que la otra profesora se fue con aquellos hombres. Mi madre me dijo que Cruz se había ido al Cielo para siempre, y que por eso estaba tan pálida; porque se estaba convirtiendo en “ángel”… Y que su bata, que olía muy raro y muy mal, no estaba manchada de sangre; sino de pintura roja… Y jamás en la vida olvidé a Cruz, ni olvidaré nunca su cara, ni su cuerpo, ni su tono de voz; ¡imposible olvidar su mirada!…
Tenía leucemia, días atrás – esto lo supe siendo mucho más mayor – la niña fue al baño, vomitó sangre y mi madre llamó a sus padres alarmada. Sus padres le dijeron a mi madre que estaba enferma, que no habían dicho nada porque querían que la tratasen como a cualquier niño; que al menos merecía esa dignidad aunque supieran que iba a morir… La dignidad a veces pasa porque los demás nos consideren tal cual somos; iguales al resto aceptando nuestras propias diferencias. Cruz murió en brazos de mi madre, que la abrazó durante algunos minutos mientras rezaba, sufriendo más que por la niña por sus padres, por lo duro que sería informarles de algo así”…
¿Por qué nadie nos prepara para “vivir” la muerte?, ¿por qué nos esperanzamos e ilusionamos ante el hecho de traer vida al mundo y sin embargo nos embarga la desesperación cuando un ser querido enferma terminalmente o incluso muere?. La respuesta estaría en que aunque la vida que conocemos no sea un camino de rosas, al menos es algo palpable, tangible -¿quién nos asegura que será una vida fácil y llevadera?-, mientras que la muerte es algo oculto dentro de la nada, en un lugar igual de inexistente, impenetrable; tan misterioso que nos atemoriza -¿quién nos asegura que ese lugar inexistente no nos proporcione mejor “vida” que ésta que tenemos cuando traspasamos el umbral de lo intangible?-.
Me pregunto cómo actuaría el ser humano si supiera la fecha de su muerte, ¿seguiríamos siendo humanos?; ¿estaríamos sentenciados durante toda la existencia terrenal?... Creo que sabiendo el día en que volvemos a “no-existir”, realmente la “vida” carecería de sentido en sí misma… Jamás la viviríamos como la vivimos hoy; tan conscientes y a la vez tan inconsecuentes de que nacemos con un reloj invisible que nada más despertar nuestro primer llanto, activa la marcha atrás de nuestros días…
La vida es algo perecedero, algo caduco que ensombrece la esencia de la muerte que es realmente la de dar vida - el cómo, el dónde y el por qué jamás lo sabremos- y aunque nos aferremos a ella como la única realidad palpable, bien es cierto que albergamos una esperanza atónita para volver a renacer en otra existencia -llamadle dimensión si queréis- igual de caduca, que cierre un ciclo vital.
Una vez leí en un libro antiguo que compré en Londres, que cada persona tiene un ciclo vital despertado según las personas con las que conviva. Que cada una de las personas que pasan por nuestra vida (desde el tendero de la panadería hasta el que fue nuestro primer amor, pasando por nuestro vecino del ático y la señora que baja cada mañana, antes de salir tú al trabajo, a sacar al perro) tienen una importancia vital en nuestras futuras vidas, que siempre tenemos un número limitado de personas con las que interactuamos de manera más o menos activa a lo largo de nuestra existencia, y que despiertan roles sociales que ‘a posteriori’ cambiarán (el que ahora es nuestro padre quizá en vidas anteriores fue nuestro hijo), y que según nos interrelacionemos con ellos, así serán en nuestras futuras existencias (si hoy tienes un amor con el que te comportas de manera ilícita y en otra vida pasa a ser tu padre, cambiarán sus patrones de conducta). De modo que todos vamos variando a lo largo de nuestra vida de roles sociales, de sexo, y de lugares donde vivir. Las personas que viajan mucho tendrán una vida más larga -más dimensiones- porque irremediablemente habrán conocido a más personas con las que interactuar en el futuro, más allá de la existencia que al presente nos sujeta. Los pobres serán ricos, los ricos serán pobres, etcétera. ¿Mito o realidad?; ¡No se sabe!...
¿Dónde queda Dios en todo esto?. Dios es una figura sin rostro, un mar de sensaciones encontradas, una creencia de salvación antes que una certeza de muerte. Cambia de nombre, de origen, cambia de lugar; puede ser desde un “totem” hasta la esencia de una reliquia de madera añosa, desde un Alá que promulga guerras de Fe hasta un ser Misericordioso y “unitrino”. Pero lo que está claro es que es el timón de nuestras esperanzas, el reguero por el que caminar cuando se vive con tantas dudas, es el metrónomo del sordo, y el “lazarillo” del que no ve por dónde pisa…
La vida es un suspiro; poetas, antropólogos, sabios de la antigüedad… hablan de la existencia mundana como si fuera una lágrima que está a punto de caer, y cuando cae, ya no es lágrima, simplemente se fue; ¡se perdió la esencia!... Pero una lágrima, para ser lágrima debe de asomar y caer; resbalar mejillas abajo y estamparse en el suelo… La vida es esto; un segundo, un suspiro, una sonrisa… ¡una lágrima!.
La muerte es aquello que nadie ve, pero como dirían los filósofos; si se habla de ella, si la puedes imaginar, si puedes percibir su concepto; le estás dando vida. Y si vive existe, si existe es… Y por lo tanto, la recreamos en nuestra percepción magullada de dudas, perpetuando la idea agnóstica de que tal vez se erija en alguno de esos parajes exóticos que describía Platón en su “Paraíso Perdido”; escondida en una isla fugaz donde el tiempo se detiene…
Es paradójico y hasta siniestro pensar que la inmortalidad es perdurable a nuestra imagen; paradójico, digo, porque mi amigo Beli murió de cáncer linfático cuando tenía veintiséis años, y era tres años mayor que yo; y hoy yo soy mayor que él… Me pregunto si muchas abuelitas de hoy en día reconocerían a sus madres cuando aquellas murieron en edad temprana y hoy sus hijas le doblan la edad…
La vida es el misterio, no la muerte… La vida sólo son prismas de presente, posibilidades vacías de contenido, álgebras perdidas en los avatares de la econometría, funciones terrenales que no sirven para nada… La vida delimita las posibilidades de crecer, de creer, de querer… La vida son espejos encontrados que reflejan rostros y momentos que nunca existieron, porque tras suceder, pasan a ser pasado; y el pasado es algo que no existe, no es tangible, no se puede buscar, ni encontrar, ni retener… Las imágenes, los rostros… tan sólo son momentos fugaces de nuestra memoria, territorios explorados en los que recaemos para situarnos, localizaciones firmes que se solapan a momentos anhelados o falsamente vividos… Espejismos que tras ser “imaginados” o falsamente “rememoramos” estamos dando apariencia de existencia.
Lo último que Ella dijo fue: _“Seño, la semana que viene traeré caramelos que es mi cumpleaños”. Y al día siguiente ese “ángel” compró caramelos en el cielo, donde la esperaba, tal vez, otra vida, otro lugar, otro destino… Su reloj se quedó estancado en un cuarto de baño pequeño de un colegio donde se supone que te enseñan cosas para hacerte más ‘grande’ y mejor persona, donde te enseñan a relacionarte con los demás, ¡a vivir!; donde te preparan para un futuro… Un colegio ‘vacío’, sin pistas reales que nos lleven a dar con el por qué de las cosas que importan; aquellas que sí son ciertas, aquellas que no mueren, aquellas que siempre viven, aquellas que son tangibles: la vida y la muerte…
Me pregunto si Su rostro, el que yo vi y retengo en mi cabeza era real, si tú lo verías igual que yo lo vi; si lo recordarías tal cual yo lo revivo… Me pregunto si Su voz de trapo atrapada en su boca era de ella o de mi mente; ¿qué fue de los garabatos que dibujé en aquella pizarra?. ¿Qué sintió antes de morir?. ¿Qué pasó con aquella niña que se convertía en “ángel” mientras aún estaba viva?. ¿Cómo me veía ella a mí?, ¿qué pensaba de mí?... ¿Qué sensación le producía mi mirada expectante e impávida clavándole los ojos sin poder apartar la vista de Ella?.
Definitivamente vivimos en polos opuestos a nuestro espíritu que ansía perpetuarse, situarse en un lugar concreto donde siempre nos lleguen las cartas, y dónde siempre podamos abrirlas sabiendo que el remitente está en el lugar que marca el reverso. La vida nos demuestra que nada es eterno, pero que la eternidad existe y está plagada de esas pequeñas cosas que no vemos, tan sólo sentimos.
La vida y la muerte es una burla, expresiones terrenales que acaban en una nada llena de preguntas. La vida definitivamente es esa lágrima que cae al vacío, y el vacío es esa burbuja fugaz que se deshace y muere, vacua, silenciosa…
Y cuando percibimos un final cercano, la madeja tejida se convierte en seda virgen alcanzando todo su valor; observamos la vida con la nimia importancia que tienen las cosas que le dan color y la camuflan haciendo que nos adaptemos al medio. Comprendemos el valor de la amistad, de los afectos, de las sonrisas… la áspera sensación de las lágrimas ahogadas, el imperioso valor del silencio, el desconsuelo del dolor, la fuerza de las pasiones… Y cuando eso ocurre, estamos preparados para enfrentarnos al misterio, preparados para cabalgar a horcajadas y sin montura sobre un caballo sin domar; porque entendemos que mientras se bebe nunca se sacia la sed, que mientras andamos no hemos alcanzado aún el final del camino; que mientras lloramos la esperanza no se ha roto… Que mientras haya lágrimas derramándose, aún continúa la vida… Y que si existe ésta, existe la muerte; que tan sólo es una expresión, un término ignominioso carente de apología; y que con ella, hemos cruzado tan sólo la puerta que nos abre paso a un nuevo sendero…
Vivir y Morir… ¡Esperanza al fin y al cabo!
por Rocío Medina
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19 Mayo 2009
Sigo castigada a no encontrarme contigo, a mirarte y hallarte escondido mientras haces perderme por los recovecos de esa cara que tan bien conozco; de ese rostro amigo que continúa hablándome de todo menos de él. Y sigo mirándote, buscando sin doblegarme la pista buena del sendero que me lleve a ese camino que forzosamente haría que nos encontrásemos de nuevo; pero no quedan, se han apagado con la sombra de tu pestañeo y se escapan hábilmente conforme de tu boca sale voz. Me he dado cuenta de que estoy pisando las mismas huellas una y otra vez; las mismas huellas que sin quererlo ni saber cómo me alejaron de ti cuando te tenía tan cerca que casi sentía escurrirse tu perfume entre mis dedos. Me doy cuenta que el agua es igual de salada que entonces y que la arena continua sucia y sedienta; me he dado cuenta de que nuestro universo es igual de grande y gélido. Y renace mi miedo mientras se me cae el tenedor y tú te agachas a cogerlo mientras el vino me hace resbalar las lágrimas desde la garganta hacia las entrañas en un intenso sabor amargo.
Ahora me sonríes nuevamente; y con la mueca de tu boca se escapa un ahogado llanto mío que ya no puedo parar; y brota desde mi alma otra sonrisa -esta es triste- para devolvértela con ternura mientras pides otro instrumento que pinche la carne y la ayude a desgarrarse como siento desgarrarse el corazón cada vez que te miro.
Me duele verte casi tanto como no hacerlo, me duele no saber de ti casi tanto como tenerte delante y saber que si te toco, jamás te sentirás tan vivo como me siento yo al hacerlo. Me duele saber que me haces sentir viva porque me dueles, y me duele saber que esa herida que me haces apacigua al mismo tiempo mi daño. Quiero no sentir, quiero tenerte delante y no sentir ni el viento ni el frío, quiero tenerte delante y no dañarme con tu voz ni tu sonrisa; quiero verte desnudo frente a mí como un niño pequeño, quiero sentir que caminas descalzo por encima de las rocas buscando tu amuleto como aquella primera vez, que te paras con los pies arañados y me miras sonriendo con esa boca que me acuna y me devuelve la intensidad de la luz.
Estoy escondida frente a ti pero no dejo de buscarte, te tengo delante y tú no notas nada, porque te sonrío mientras cenas y toco tus manos para saber que la que está ahí soy yo, que no lo estoy soñando. Y quiero hacerte regresar para poder tener un final, ese que tan sólo nos pertenece a ti y a mí, ese que tú no quieres darme porque crees que no lo necesito, y porque piensas que tu tiempo y el mío han corrido en paralelo, pero no es verdad; yo me quedé anclada en la arena cuando se terminó la noche y tú te despedías con el beso de siempre mirando a ese infinito turbio donde las cosas no tienen respuesta. Y ahí me quedé, rodeada de silencio y oleaje, rodeada de espuma y arena, escondida entre las rocas para que el agua no me enfríe más y el sol no siga quemándome aún en la oscuridad de la playa al caer la noche.
Dime qué hacer si cuando despierte al andar doy con tu casa y no tiene letrero, dime qué puedo hacer si allí no ha vivido nadie. Dime que puedo decirme si cuando te encuentre nunca has sido tú. ¡Cómo podré entonces aplacar mi llanto!...
Y mi niño de ojos oscuros se va cerrando poco a poco conforme se entorna la nube y el cielo oscuro se vuelve gris, y quiero que al irte ya no cierres la puerta, quiero ver tu estela marcharse; andando a gatas detrás de esa luz.
Nuestro oxígeno para mí se ha vuelto espeso, no puedo tragar...
Te tengo frente a mí y sigo sin verte, se posan frente a mí esos ojos cándidos en los que quiero reflejarme y que no me miran nunca si no es con un poso de aire frío. Tengo frente a mí la boca por la que suspiro un beso, por la que sueño cada noche adormeciendo una palabra de aliento; una búsqueda, un respiro... pero ella no me cuenta nada, tan sólo habla divertida, conversa sobre aquellas cosas que se le dan bien y no la implican, y yo sólo quiero que haya silencio. Y yo sólo quiero poder ser fuerte y continuar minuto a minuto suplicando a mi corazón que no se eche a llorar, que sea fuerte y aguante la sonrisa, que continúe callado, que no le mire, que no se haga daño, que no sienta más y que se duerma...
Ahí siguen tus rizos oscuros peinados en rebeldía, agolpando horas y minutos de vida de los que sólo he tenido un esbozo, ahí sigue tu piel, tus manos, tus pecas claras dibujando los surcos que mi mano acariciaba mientras te dormías.
Y mi alma se desborda, y mi mente aplaca el golpe como puede girando la vista hacia la ventana, y tu voz se mete dentro y se balancea triunfal dando saltos como un caballo de tío vivo dentro de mi estómago. Los cristales son finos y se cuela por la rendija que refleja la luna una cuchilla caliente para aplacar mi agonía, abofeteándome la cara y cortando la subida de mis lágrimas en tropel.
El verano regresa, pasea entre la muchedumbre dejando la piel seca y cargada de tinte oscuro, y los paseantes dominan los rincones escondidos dónde enamorarse a luz de farolas apagándose al amanecer.
Y hoy mi risa es un esfuerzo por contener la agonía, y hoy mi mente se ha empapado de sudor y mi piel se broncea por el imán que me atrae a tu cuerpo, pero tú ya no estás en él; te has ido o bien, nunca fuiste... Quiero permanecer horas sentada en aquella silla, retener tu cara entre mis ojos y que tu imagen se congele sonriendo en dirección hacia mí; y quiero poder borrar aquellas palabras que salieron de tu corazón debiendo haber salido tan sólo de la mente y de un alma enturbiada, aunque sé que eso es imposible.
Quiero devolver el tiempo a su lugar porque todo ha pasado muy deprisa, y no sé en qué momento debí haber desconectado, no haber andado más para seguirte; porque ahora estoy perdida y sin rumbo fijo, porque ahora he abandonado mi vida para seguir tu camino que sé que ya no es ni será el mío, pero estaré anclada de igual modo para siempre, como una púa que deja marca en una pared limpia.
Y con el desasosiego se apaga la esperanza, mientras veo por fin tus ojos transparentes en dirección a la nada, y con la desazón miro tu boca que ya no sonríe, y con mi mirada tú te encuentras dentro de mí confundido y roto. Y de pronto sabes que has desaparecido, desparecido de mi ilusión para siempre; y mi desgarro tropieza con tu rebeldía, y mis fuerzas apagadas han prendido mecha en el reloj de tu tiempo. Y ahora he sido yo la que ha salido corriendo dejándote atrás para siempre, y ahora soy yo la que no gira la cabeza. Y ahí estamos los dos mirándonos mientras esto sucede; inmóviles, callados, tristes...
La desilusión se recrea en la copa que balancea el vino, se decanta a sorbitos por las grietas de nuestra boca seca, y se acuesta en el paladar donde el regusto se marca fuerte y con sabor a cerezas y humedad. Y nuestras miradas han roto el cristal fino de nuestro iris, se han colado lentamente por la herida abierta; y nos damos cuenta de que ya es tarde, de que nos hemos perdido para siempre aún queriendo tan sólo habernos encontrado.
Mi corazón estalla en lágrimas y te quedas paralizado, de tu boca sólo salen frases de aliento y de perdón, y mi corazón se hace un nudo para dejar pensar a la mente que balbucea triste que ya ha perdonado, pero que no puede dejar que mi alma lata de nuevo; que la cuerda frágil que acompasa los latidos se ha quebrado al pasar por el pliegue más difícil. Y ya no quedan fuerzas para buscar la manera de arreglarlo todo sin dejar marcas, y ya no hay operación que pueda sanarlo, que ahora mi corazón: mudo y sordo, ha perdido el oído y el tacto, y ya no puede creer las palabras ni sentir la piel para atraparla y querer cuidarla para siempre...
La copa de vino está vacía dejando un responso de último trago, pero ya se sabe que la botella que no se abre bien suele dejar corcho en los remansos reposados y al esgrimirla salen a trompicones ensuciando el cristal fino de posos amargos.
La templanza sale en aquellos segundos intensos y cargados, en aquellos minutos de dolor triste. Y vuelvo a hacer crecer la ola de aquel océano donde perdiste el amuleto, y soy yo la que ya no deja salir la esperanza, y quiero regresar al lado de mi cuna, donde todo es seguro y huele bien, donde las sábanas son calientes y no da pereza dormirse; donde el miedo no asoma antes de rezar.
Y nos despedimos en mi calle donde ya no vi brillar la luna, donde las farolas encendidas se apagaron por primera vez, y desde mi puerta vi despedirme con tu mano fuerte, agitada impaciente detrás del cristal. Corrí al primer piso a verte de nuevo marcharte tras las ventanas de mi cuarto, como hice tantas veces, pero ya te habías ido. Y sentí que una mano me golpeaba a puño cerrado, dejándome sin respiración, en mitad de mi alma; y sentí cómo el corazón se caía al suelo hecho un harapo de lágrimas y sangre. Y vi entonces tu talismán, revoltijado entre mi esperanza, y para entonces ya era muy tarde para volver a seguirte; y mi fe ya se había consumido devorada por la sangre al desparramarse por el suelo...
Han pasado muchos días, muchos meses y hasta muchos años; y cada día recuerdo tu cara de ese primer día. Y cada vez recuerdo tu afán por recuperar tu talismán que era tu esperanza, y cada día que pasa pienso que no debí dejar caer mi corazón al suelo tan rápido, y cada día; cada uno de estos días de mi vida sin ti, me doy cuenta que con tu talismán entre mi sangre, jamás nos hemos perdido del todo.
Si vuelves algún día, si algún día existieras y aparecieras frente a mí no dejaría que te fueras, no correría escaleras arriba para verte marchar desde mi ventana; correría tras de ti hasta morir en el camino, y te lanzaría mi corazón para que lo cuidases tú. Nunca me fiaría de tus ojos, porque son con los míos con los que yo los miro. Nunca me fiaría de tus palabras porque las escucharía una mente convulsa en dudas. Nunca me fiaría del olor caliente que desprende tu cuerpo porque con él me dormiría y no podría cuidarte. Estaría despierta, ciega, sorda... pero dejaría que mi voz saliese para arrullarte con palabras, para decirte que "te quiero", y para asegurarte que sigo estando a tu lado; cuidando de ti como te prometí hacer, cuidando de que no pierdas tu talismán para siempre. Y ten por seguro, que jamás habría lágrimas de dolor mezcladas con el vino, sino parras enteras de vides que derramar sobre la cama donde despertarte cada día con un beso y donde acostarte cada día entre mis brazos...
Rocío Medina
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23 Diciembre 2008
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Rocío Medina
Es invierno, nada adormece más la vida que el tiempo, que transcurre ajeno al aliento gris que se desprenden de esos grados demás que van cayendo lentamente con el aire frío de la mañana. Esas primeras lloviznas tristes y transparentes que se resbalan cielo abajo bailando al revés por las texturas del mundo, imprimiendo de brillantez acuosa las paredes, recovecos, surcos y redondeces de la tierra; dando vida sin descanso, pereciendo en sus curvaturas de cristal noble y líquido.
Es invierno, y hace mucho frío, las hojas arrastradas del otoño se precipitan al caos de la armonía de aquel latifundio, sobresaliendo en colores tostados la heredad presuntuosa de esas carnes de barro, polvo y légamo. El musgo creciente adormece setas en sus recodos oscuros y húmedos, y el impasible tiempo de mañana pronta, enjuaga con su rocío las contexturas calizas de las rocas y las adorna, jugosas y mojadas, en la abertura del valle impío.
La casa está en lo alto, una hacienda de piedra dura, color almendra tostada, desde donde sus chimeneas encendidas reparten olor a leña y budín, y te hacen tragar un sabor rancio y a la vez dulce que te acoge lentamente invitándote a pasar. Suelos de barro cocido con maderas nobles se reparten por las estancias y antesalas que nos guían al abrigo del comedor principal, donde en las repartidas antigüedades descubro con gozo a un Cristo Románico y a una alacena antigua con rejillas de granja donde se guarecen del tiempo, creando expectación, libros antiguos en varios idiomas con dedicatorias transcritas para los amantes de otros tiempos.
Los enormes ventanales separaban irremediablemente ese olor a musgo húmedo y a tierra vigía del calor protector de sus muros de guijarro, y los olores de hogar dulce entre el dulzor de sus bizcochos caseros.
Tenía los dedos marchitados de años y artrosis, de manchas y de vida, y paseaban temblorosos por encima de los pastelillos caseros mientras su pipa de boquilla desgastada albergaba la espera con tabaco perfumado sobre un cenicero grande de plata. Miraba inquieto bajo sus gruesas cejas oscuras y con alguna cana, y su voz fuerte y a la vez templada, caminaba con palabras por las dunas desiertas y las ciudades recordadas. Vagaba por las guerras y sus batallas, por las fotos y sus historias, por cada mueble conservado que se envolvía en belleza y se erguía en la prestancia de sus palabras cuando lo señalaba al contar dónde lo descubrió.
Sus palabras me invitaron a pensar que todo en la vida es así, más allá de los inviernos, más allá de los tiempos, todo lo bello ha de ser encontrado, descubierto, si no, deja de parecernos bello al instante. Lo más grandioso de la vida es aquello que descubrimos, que se nos muestra sólo a nosotros de una manera especial, y tras reconocerlo nuestro, lo soltamos al mundo publicando nuestra hazaña, entonces se revaloriza y crece, se encarama alto en la elegancia de las cosas que no son corrientes ni seriadas, sino únicas y difíciles…
La luz de fuera empezó a crecer a medida que el cielo se iba elevando y despejándose en una inmensa toalla blanca abullonada, pomposa, llena aire, de suavizante blanco que enjuaga las arrugas frías y mojadas con bálsamo de inquieta limpieza y frescor. Y las contraventanas de madera se mecían sin piedad queriendo romper las rejas sevillanas de hierro ajado. El olor de su pipa penetró fuerte a través de sus palabras, y las bocanadas serenas de humo desfilaban en humaredas color niebla perdiéndose lentamente.
Miraba la chimenea, inquieto porque sus llamas no cesaran de brillar rojizas y altas entre las piedras de su candela, esa lumbre de palos secos y gruesos que desprendían su heroicidad de carrascas y pinos, y me animaba continuamente a avivar la hoguera.
Tomaba el café lentamente, a sorbitos pequeños, como el invierno se mete en nuestra piel; de una manera lenta y segura, abriéndose paso por nuestra carne, nuestro aire, y llenando de frío nuestro cuerpo. Me hablaba de su infancia, de ese calor abrigado del amor de una familia que le protegía y le cuidaba, de primaveras suaves al arrullo del campo y sus fragancias en pleno esplendor, de sus veranos a caballo por las veredas de sus fincas cuajadas de olivos, y de sus inviernos; más fríos aún que éste, más brillantes y más duros, de sus primeros paseos en moto y de la primera vez que montó en un coche.
Me temblaba la mano al escribir, sentía cómo me iba mareando y cayéndome en ese sueño de palabras y recuerdos, literalmente, no podía transcribir todo aquello, me dolía el esfuerzo por plasmar en un papel el sentimiento que se desprendía más allá de las palabras. El contexto, el entorno, su rotundidad y su vejez, desplomaban un algo tan distinto, tan interesante, más aún que su propia historia, que me hacía sentir un profundo pinchazo agudo de dolor intenso. Necesitaba meterme en él, cobijarme en algún hueco de su cabeza y de ahí, ir resbalándome poco a poco, dejándome caer lenta y parsimoniosamente por los entresijos de su alma, empaparme de sus fragancias, de su leyenda, sus historias y sus hazañas, de sus logros y su cultura, de ese aire aristócrata y refinado que se escondía bajo las escamas de su piel temblorosa y blanquecina, por entre sus ojos y sus lágrimas, por su boca vacía y tan llena de aliento y sabiduría, por entre su pelo cano y sus bucles rebeldes, por sus brazos azulados y los montículos ya deformes de su cuerpo gastado.
Deseaba sentarme con él en los riachuelos de su infancia, recostarme en las puestas de sol de su adolescencia, en la llanuras de su juventud viajada, en los altozanos rebeldes de su madurez serena, en los valles caídos de su lucidez sórdida, y dormitar angostamente en una vida intensa que se escapa por las muescas del tiempo, en esas ranuras abiertas que tiene la existencia; aquellas que dejan que todos, sin excepciones, vayan naciendo, creciendo y degenerándose hasta morir. Una existencia que se pierde, un monte que yace muerto y seco dando vida y luz a otros siendo su pasto, y que sólo puede apilarse en la permanencia de minúsculas vidas que vendrán a través de papel y palabras; palabras que transcribo torpemente dejándome tantas cosas imposibles de reproducir…
El perro entra por la habitación subiéndose a sus rodillas, se acuna en su regazo pidiendo mimos de autoridad, sollozando para que no sucumbiese ese demoledor tacto rozado de cariño sobre su lomo peludo.
Y el invierno nos vigila desde fuera, se pone serio y mancha el cielo de nubes decapadas en escala de grises, y lo árboles vacíos agitan sus ramas blancas y desconchadas con temeridad. La hoguera es vivaz, y consume su alimento rápido con voracidad y desasosiego, y los pastelillos navideños recién hechos van enfriándose poco a poco a la vez que se endurece el pan tostado. Miro el pino de colores brillantes, colocado a un lado del salón con bolitas color plata y lazos dorados, con el ‘Belén’ antiguo dispuesto en el fondo, donde el ‘Pesebre’ legendario conmueve la historia y reaviva la fe.
Enfundado en un elegante batín de terciopelo con su pañuelo de ‘foulard’ anudado al cuello, abrigando su garganta de humo ya reseco, se levanta ayudado por un bastón de madera con punta de plata y camina unos pasos por la estancia tratando de hacerse con un viejo álbum de fotos. Encaramado en las puntas de sus pies de juanetes lo dejo tambalearse entre las oscilaciones de sus dudas, y me sumerjo de lleno en mi papel de letras negras, donde aprovecho para rellenar las partes blancas con palabras que describan sus andanzas, sin olvidarme de anotar sus olores referidos y sus sentimientos reseñados.
Y es invierno, sin dudarlo lo sé, el olor del invierno es implacable; huele a piña sin piñones, a ramas sin hojas, a baúles llenos de recuerdos antiguos, a tradiciones viejas, a visitas encaramadas a la vera del cariño, a regalos sin porvenir y a dudas… Los inviernos traen las perplejidades de la vida a la mente, la agarrotan con los nudos que atamos a nuestros recuerdos buenos... En los inviernos no hace frío porque el tiempo de la vida haya dispuesto unos grados centígrados de menos en su devenir, sino porque la gente llora más, y sus lágrimas al evaporarse se aferran al cielo, a su esperanza, y tanta amargura junta ahogan a las nubes que se vuelven grises, asfixiadas por no poder respirar, y acaban desprendiéndose en derrota acuosa y fría al mundo, repartiendo sus gotas por los campos henchidos de hierbas sin desidia y pasando inadvertidas por las ciudades, donde las gotas mueren antes de tocar suelo, resbalando en azoteas y edificios de cristaleras imposibles y en bastidores con llantas de última generación.
Los inviernos son sólo para el campo, no para la vida urbanita que se acuesta en farolas programadas para dar luz, en tiendas abiertas veinticuatro horas donde te dejan entrar con mascotas, en hostales que rentan habitaciones por horas y en amores furtivos… Los inviernos son para el campo, para las bodegas escondidas en cuevas de piedra que acumulan polvo y años, para que el agua de las charcas se desborde impíamente y llene de barro la entrada principal, para las botas de agua, para que los perros corran por entre sus lodazales, y los niños dejen de ir al colegio durante días porque sus caminos están incomunicados por un fuerte temporal de nieve. El invierno es para ‘La Navidad’ con una gran familia, en una casa grande donde albergar recuerdos y fantasías, donde incentivar la imaginación y crear leyendas antiguas que se perpetúan durante años aferrados a las ventanas para ver a los visitantes de Oriente un año tras otro a jorobas de sus camellos…
Y tomó asiento otra vez, me pidió releer el último apunte para tomar de nuevo el hilo de su historia, y nos aferramos en aquella batalla herida de ‘El Ebro’ donde gracias a que su amigo lo anudó, desnudo con el frío del invierno, a su cuerpo con su cinturón y lo ayudó a cruzar a nado, aún a riesgo de morir congelados ambos dos en sus aguas sangrientas, se salvó de morir ahogado… Desde entonces, cuando los calores del solsticio visitan su hacienda, sólo se sienta a borde de balsa de regadío a meter sus pies, pantalones remangados, y refrescarlos bajo su sombrero, de los calores del verano.
Y de nuevo el frío congelaba mi cuerpo al mirar por los cristales, las gotas de lluvia se estampaban atropelladas contra la tierra, contra los pájaros que se escondían, y penetrando tozudamente en la casa de las hormigas que se apiñaban unas contra otras en los entresijos de la tierra para darse calor.
Abrigado en su manta de lana virgen y vieja, se quedó adormilado con añosa pipa entre sus dedos amarillentos, y allí, volvió al recuerdo secreto de su juventud feliz, al recuerdo, digo yo, de sus travesuras de niño, y sus odas inocentes escritas a pluma a su primer amor. Y ahora ya sé que si vaguea por esas calles limpias buscando su ventana como aquel príncipe poeta, se encontrará a una dama asustada que abre los portones de su cuarto, tímida y con sus mejillas sonrosadas, para acercarle a las puertas de su corazón, una sonrisa que durará para siempre, aunque tan sólo hayan existido, entre ambos dos, unos versos apasionados y mirada, a luz velada, por entre las cortinas de su recámara, aquel invierno noble que se le tatuó en su alma. Y allí recostado, recogí su pipa caída al suelo de sus fuerzas ya inertes, donde su piel blanquecina se tornó a mortuoria justo cuando la leña empezaba a crujir fuerte con homéricas llamaradas que salpicaron de rabia y perdigonazos de ascuas aquella alfombra donde se tumbó por primera vez a besar a su mujer…
Y ahora mantiene aquí su cuerpo, para velarle en el recuerdo junto a sus cosas, las que no sirven y se quedan en este mundo, y él mientras me sonríe desde el cielo, donde está junto a su esposa, donde camina erguido y sin bastón, dónde sigue siendo joven y fuerte, valiente y aventurero, donde sus canas sólo tiñen el blancor de sus atuendos, y sus rizos holgados y negros, bandean por entre ese soplo caliente de bruma que hace cosquillas al cielo.
Rocío Medina
servido por rociomedina
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29 Noviembre 2008
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“L’Afrique Sauvage”
por Rocío Medina
Al amanecer las sabanas arbustivas, que son mayoría en África, desperezaron un horizonte naranja, el polvo dorado de la bruma salpicaba la luz que se filtraba por la arboleda de la selva, y la luz radiante del día escocía de belleza los ojos. Sotos convertidos en mares de tierra, que es el color de la ropa que usan en estas llanuras, manan de espesura la vida borboteante de animales salvajes y atropellados por su propia naturaleza, como ese gran “Búfalo Cafre” negro y enorme, que se pasa las horas más cálidas del día durmiendo en el “bush” y rumiando cerca de cualquier charca, río o laguna; porque en el África Oriental no hay pantanos. Y cuando sale, se impregna su piel oscura de una costra sucia y dura. O bien elige un paisaje sombrío del bosque, como si fuera un mal cuento de hadas donde las brujas albergan sus cabañas, y ahí confinados entre espesos matorrales, mantiene su carácter tozudo, malvado y poseído por un crónico mal humor que se refleja en sus grandes ojos teñidos de negro azulado, brillantes y salvajemente protegidos bajo unos poderosos cuernos; son la viva imagen viviente de la más desenfrenada violencia. Y cuando es mortalmente herido, sus casi ochocientos kilos de peso se dejan caer poco a poco a la espesura de la tierra, alargando la cabeza y emitiendo un mugido muy especial que los cazadores controlan, así que nadie se aproxima nunca a esa presa sin antes haber oído este singular grito de muerte.
Y en las selvas, aquellos hombres de ropa verde cruzaban las planicies a pie, ayudados por las viejas vías de los madereros que facilitan el camino de la foresta, dejando los ‘todoterrenos’ aparcados en un lugar con existencia humana, y se adentraban rifle en mano, atraídos como imanes a esa llamada depredadora; la naturaleza les aguardaba con todo su esplendor. El olor a sangre, la propia vida; ese torrente de sentimientos incontrolados se adentra selva a través para encarnizarse en una lucha cuerpo a cuerpo. Donde la filosofía del cazador no es la cantidad de abates, sino la calidad, tanto en la cacería en sí como en los trofeos a abatir. Les gusta ese “trabajo”. Cazan ‘pisteando’, disfrutando y “recechando”, preocupándose en definitiva por involucrarse dentro de esa selva, mimetizándose con ella; algo que desde un coche sería imposible hacer. Así que en coche ojean la zona, y después se lanzan largas horas al ‘rececho’ a pie para dar alcance al animal.
Importantes conservacionistas aseguran de hecho, que la población de elefantes se ha beneficiado gracias a un sistema que permite a los cazadores matar un número limitado de ellos que ya han sido seleccionados por su edad y género. Una ley pragmática que en contra de lo que los más reivindicativos activistas anti-caza aseguran, los cazadores de rececho ya llevan a rajatabla como parte de esa premisa moral que ellos mismos adjudican sin necesidad de un sistema que haya de ser regulado por ley. No olvidemos que son amantes de la naturaleza ante todo. Y prueba de ello es que estos países tienen una población de elefantes, por ejemplo, abundante y sana. Y de igual modo, son ellos mismos, estos cazadores, los que luchan con críticas feroces contra los terratenientes irresponsables que permiten prácticas poco éticas como cazar animales enjaulados o disparar desde un vehículo. Así como luchan ferozmente contra los cazadores furtivos, cuyas repugnantes y deleznables hazañas ayudan a acrecentar el mal ‘marketing’ que tienen los verdaderos cazadores.
En Sudáfrica, por ejemplo, los terratenientes obtuvieron permisos especiales para dejar que los cazadores mataran a rinocerontes machos excedentes cuando la especie comenzó a recuperarse. Hecho que incentivó a la compra de más tierra para animales y muchos científicos han asegurado que esta práctica ha sido el motivo de la recuperación de la población de estos.
El experto de la Universidad de Zimbadwe, “Peter Lindsey”, asegura sin lugar a dudas, que si la caza se prohibiese las consecuencias serían devastadoras para la conservación de muchas especies (como ya ocurre en Kenya, donde la caza lleva prohibida veinte años y las poblaciones deben ser “reducidas” bajo cuerda y en secreto para preservar la foresta literalmente devorada por los ‘paquidermos’).
Aún así, cazar en África se resume fácil; esperar, esperar y esperar, así hasta doce horas al día.
Dicen los que entienden de caza que ‘los recechos’ son realmente complicados en algunos terrenos secos, porque moverse en el silencio es muy difícil; entre otras cosas porque los animales rara vez van solos, y la presión que los predadores naturales ejercen sobre estos animales es muy alta, desde los “chacales” hasta los “leopardos”; así que viven en alerta permanente.
En el norte de Sudáfrica, con el “Río Limpopo” haciendo de frontera con Botswana, me contó un cazador que a su llegada vio un inmenso “leopardo”, y que todas las mañanas veía las huellas de la “hiena”, porque en las sabanas no van en manadas sino que van solos. Con las altas temperaturas, la dirección del viento es impredecible, y uno de los animales más bellos, una hembra de “Steenbok”, un antílope de menos de quince kilos y unos cuarenta centímetros de altura, se acercó a un “waterhole” o ‘punto de agua’ muy levemente, no a beber, porque apenas lo necesitan, sino para lamer una piedra de minerales, y que sintió como un escalofrío; su fragilidad, su belleza... Me asegura que era como ver a un “corzo” en miniatura a unos diez metros de él; no podía dejar de pensar en atrapar esa ‘pieza’, hacerla suya, revolcarse en su belleza, pero no era un macho, así que no disparó. No imagino estar allí y no contemplar a los grupos de hembras y algún machete joven de “Kudus” sin acercarse a los puestos con menos precauciones que los machos.
Y los “facos”, los famosos ‘facos’ apenas se dejaron ver, resultaban esquivos, se movían mucho con el agua que había en la zona y con los abundantes pastos no entraron ni un sólo día a los ‘puestos’, igual que las “cebras” u otras especies.
Pero “hunting is hunting”.... y después de ocho horas en el “blind” o ‘puesto’, el cazador sigue atento, mirando cada arbusto y cada detalle; como hacen los cazadores de todo el mundo sin importar condición ni razón, tan sólo dogma...
Y en la frondosidad de la selva, su silencio despertado por el sonido que pocos conocen, las especies vivas que nunca sucumben al letargo, corean eufonías armónicas que encajan en ese mundo atropellado de una rutina irracional y violenta, que embellece la propia esencia de la vida; sin principio, sin final… Y su espesor no deja ver nada, y su humedad te empapa...
Aunque hay quien dice que cazar en Sudáfrica está lejos de esas ideas románticas de lugares inexplorados y de campamentos en la sabana; porque las granjas se encuentran delimitadas por vallas en alojamientos de primera categoría.
Pese a todo y de cualquier forma, los increíbles atardeceres cenando en el ‘boma’, bajo la luz de una hoguera, levantarse de la cama y ver los “wildebeest” o ‘ñus’ corriendo a cien metros de tí, ver un ‘punto de agua’ desde el porche mientras te tomas un café es algo que no parece de este mundo... Y de pronto, aparecen un grupo formado por nueve “orix” en el puesto, a tan sólo treinta metros de distancia, comiendo o peleándose entre ellos, que te hacen olvidar las largas horas de espera.
Y es que “el rececho” es muy difícil durante la época seca (de Mayo a Octubre) por la hierba punzante y el ruido que se hace al andar. La forma más juiciosa de cazar es la de ‘los puntos de agua’, donde los animales se acercan a beber mientras los cazadores a primeras horas de la mañana, les esperan en ‘puestos’ cavados en el suelo de Namibia por ejemplo, y cubiertos por barro y ramas, donde dentro se está fresco y puedes estirar las piernas.
Siempre había escuchado que quien visita África no piensa en otra cosa más que en volver. Y aunque hay quien dice que no es más que un tópico, lo cierto es que África tiene algo que atrapa; un aroma especial que inunda las fosas nasales y que permanece en lo más profundo del corazón.
La selva: Congo, Centro África, Camerún; “Río Lobeque” y sus ‘búfalos enanos’, ‘bongos’, ‘sitatungas’, ‘hilocheros’, ‘potamoqueros’, ‘duikers’... El cielo no se deja ver cuando estás metido en la zona de foresta, que es todo el rato, y el cazador traga miedo agolpado en latidos más fuertes que el propio silencio, y ‘tira’ cerca, irremediablemente cerca, porque prácticamente no se ve ni a un elefante en veinte metros de distancia...
En la foresta el polvo es gris, como en la sabana es rojo o anaranjado; y los árboles, todos los que están cerca de una pista, se elevan al cielo en la espesura de la selva, y la ropa se vuelve roja, completamente roja, y al lavarte la piel se ha quedado encarnizada en ese polvo de la África más salvaje...
Y el cazador no domesticado; ese cazador de África, se adentra presuroso entre ese silencio de palabras, donde sólo siente la llamada animal que lo purifica y lo mimetiza, sangre a sangre; movido por el impulso de los latidos de su corazón… Y cae la noche en la selva, el hombre se despereza cansado cuando la luna asoma tímida en un cielo raso. Las bajas temperaturas encogen su cuerpo cansado, y los escalofríos le reconfortan pese al cansancio. El pelo suelto, la melena rubia enmarañada del sudor y el barro se agita suavemente en su piel ya tostada.
Pequeñito en ese océano de verdes selvas, donde la tierra es roja y el horizonte se denota espeso, el primitivismo de lo neutro se desprende del convencionalismo gastado de una sociedad que encasilla y enjuicia torpemente la riqueza y los sabores que ni prueba ni entiende, y despojado de la autonomía del capitalismo y el avance de la vida, se prueba el cazador de “rececho”, dando su vida por la propia vida; como un torero en el ruedo de la arena, del coso de aplausos por sangre, de capotes, estocadas y ‘cornás’, y se envuelve en el lecho de la muerte en la tierra, con la sangre, y la piel desgastadas en la premisa de querer atrapar la belleza. Sin razón, sin sentido, sólo ese envite bestia que te crece con el pálpito del alma, avanza presuntuoso el animal con raciocinio, impulsado por la marea de su propia naturaleza desbocada y desmediatizada…
El hombre torna a su origen, y alcanza al animal cerca; se miden, se prueban, y en el cuerpo a cuerpo, se despoja de las vestiduras de la vida que occidente conoce, y varea la cuerda floja del raciocinio a golpes de latidos, y la belleza, la sinrazón, y el sentimiento; se mezclan unidos en la lucha por poseerse, por volver al principio, por depredar sin ser depredado… Y el cuerpo duele, duele tanto como la adrenalina va creciendo dentro, los ojos redondos y verdes del cazador intrépido se clavan estáticos en los del animal apunto de ataque. El calor impregna la ropa, el miedo y la humedad empujan hasta el alma, y la incertidumbre de la espera moja la frente brillante y curtida del cazador salvaje. La melena dorada tapa ahora uno de sus ojos, aún fijos en esa presa que ‘entra’, y él espera al momento en que la ‘trufa’ destile vaho de lucha para abalanzar su envite contra él. Emoción y aliento se unen ahora en el mismo duelo, destensan las emociones que engarrotan su cuerpo y lo amarran al ímpetu de la espera, y seca su frente, con sus manos rotas de arañazos de “guerra”. Y la rodilla le duele...
El animal bello luce cuernos enroscados en una pieza de quinientos kilos, y el animal de ciudad luce rifle abrillantado con munición de metrópoli… Caminan lentos, la bestia le mira con ojos enormes y negros, un vaho de lucha destila ahora su gigante ‘trufa’ negra, amorra el hocico deseando la sangre de su nueva presa, y el cazador; prisionero del pánico y de su adrenalina desatada, genera un veneno autóctono que lo lanza a la lucha más primitiva… Morir y vivir, todo se reduce a eso, y el corazón paraliza, mantiene estático en su puesto de visitante al que se sabe no invitado a ese mundo al que irremediablemente pertenece como herencia ancestral, y por fin da alcance a su presa, y la rodilla le lanza un latigazo de dolor agudo, pero no piensa en eso mientras camina durante horas buscando el punto donde el animal tras el disparo ha huido.
El cazador salvaje, que emigra de su urbe para contemplar lo bello, apresarlo y hacerlo suyo, no entiende de modas en horas de caza, huye del término que lo clasifica como ese asesino despiadado de animales indomesticables, y simplemente lo reduce a un modo de vivir. El sello distinguido de ese ‘animal humano de rececho’ que deja un avión tras de sí con sus trajes de ejecutivo adornando vestidores, no entiende de cacerías; ni mayores, ni menores, sino de la llamada salvaje de la propia naturaleza que lo reclama como un imán. Necesita volver a su mundo, a la fiereza que crea vida fuera de leyes y dogmas, más que la propia sinergia de la vida y la muerte, de la lucha primitiva que nos une a nuestros ancestros; la odisea mancillada del hombre de ciudad que convive siglos adelantados al propio surgir de la vida… El hombre predador no entiende de ‘hobbies’ de ciudad con rifle y ‘piezas’ soltadas en un redil, dispuestas a ser apresadas, inocentes y desprotegidas, sino del volver al origen de todo; donde luchar para vivir o morir se convierten en el día a día.
Por tanto, igual que el jinete se hermana y se armoniza con su caballo, haciéndose uno sólo; una pieza indivisible en la postal añeja de un hipódromo enarbolado de blandidos rivales que ansían la misma meta. De igual modo el cazador es llamado a la tierra sin dueño, a la naturaleza no prostituida, al arbitraje de sus propias leyes; donde se unen la fuerza y el asalto, la carne contra la carne, la fiereza contra la estampa de la fiera que se abalanza sobre la presa; devorándose mutuamente.
La caza salvaje es un modo de vida, una actitud, una personalidad que mantiene genes primitivos del hombre que sale a retarse contra su propia naturaleza animal, cuyo equilibrio de ciudad pasa por la necesidad de mantener su espíritu, calmando su sed de aire, de viento, de lluvia, de oler el campo y sentir la vida en pleno pulso contra ella, salvarse, vivir; ansiar derramar la sangre de esa bestia que estornuda, bella y fiera, a tan sólo quince metros de ti. Sentir su aliento caliente, la maraña de vida y a la vez el impulso de la muerte; tan cerca, tan cerca… que cuando lo miras, la beldad salvaje te atrapa en esa atmósfera de tierra hermosa quemada de sol, y te hace pequeño y necesitado, recogiéndote en tu propio latido, impulsado por la propia naturaleza que te hace guiños de envite al cuerpo a cuerpo, al piel contra piel… La hermosura del entorno te sumerge de lleno en ese bálsamo de tierra y vida que te comprime y te engulle, y te hace querer apresarla para siempre…
Y el disparo suena fuerte y rotundo, la bestia negra de cuernos redondos de nácares negros, cae a la tierra donde renacerá de nuevo la vida, donde la vejez y la masificación retornan al paraíso perdido de las ciudades de neón… Y vuelve el cazador ligero y abatido gimiendo al sentimiento de esas raíces que le copan, toma aliento y su piel huele a sudor y tierra, y se abraza a su presa; apresada en su valentía, a su más fiero oponente, a su rival más digno. Y mira cansado sus ojos abiertos y brillantes, vacíos pero aún con vida, siente su sangre caliente que se resbala hacia abajo bailando por su piel dura y oscura, puliendo los surcos del disparo con una herida abierta de júbilo y armonía… Y esa sangre caliente y viva, rellena la tierra seca de un perfume de vida nueva que genera que la naturaleza siga su camino, su curso… Predador y presa, conviven en el ‘rececho’ sin alergias de ciudad, cantando el himno de la propia muerte por la vida, y dando la vida por la muerte…
Carga el cazador orgulloso su triunfo; trofeo de sangre y sudor. Las carnes ya muertas del racimo de la vida; como las vides se machacan vivas y en esplendor para obtener ese caldo de vino… Sangre de sangre, vida de una vida; vegetal que armoniza nuestras mesas, animal que da vino con su sangre a la vida del que lo posee.
Y vuelve a su metrópoli; a sus ruidos de ciudad y a sus chaquetas de “Hackett”, a sus carreras en moto para llegar a tiempo a una reunión importante, a sus ‘e-mails’ y a sus rutinas de diario. Pero ese hombre de mundo moderno, sobrevive en sus reuniones manteniendo ávidamente su bipolaridad singular; camaleón que se encubre, tal vez, en barrios ‘posh’, y mantiene una lucha entre su realidad, arrastrada por una sociedad que marca pautas concretas para no dar saltos en el río de la urbanidad, y su verdadera pasión. Y sin sobresaltos aparentes, más que un puro latido que se acrecienta a cada vistazo en su memoria, mira tras las vidrieras de su rascacielos el grisáceo ambiente polucionado de la ciudad, y de nuevo siente una punzada de dolor agudo; la rodilla le está matando, la espalda abierta de dormitar en “fly camps” fuera de un colchón mullido le tira con fuerza hacia abajo, pero son dolores que le enorgullecen, como a un ‘matador de toros’ una cornada; sello de su identidad vital. Y no para de holgar en los recovecos de su memoria mientras vive en su urbanidad tópica, pensando en el momento de una nueva aventura de caza, en volver a mirar el cielo desde África, y sentir el calor, y la humedad, y la piel embarrada...
Y se sacude el pelo al salir de la reunión, y lo tiene limpio y planchado, y sus pulseras de pelo de elefante viejo se le enredan constantemente, pero las luce brillantes e hidratadas en esa crema densa y blanca que reblandece el pelo. Y vuelve a mirar su correspondencia, mezclada con fotos de sus cacerías, con la vista del recuerdo puesta en la sed que le mantiene vivo y alerta. Y de nuevo regresa a su África para calmar su sed de viento, de sabana, de selva, de frío de noche y calor de día... Y de nuevo África le llama, post poniendo sus compromisos de ciudad y anticipando el viaje; las heridas aún no se han cerrado, y la espalda sigue abierta y duele, pero la ilusión es tan grande que su bálsamo le cura.
Y en el ocaso de la África pobre y viva, donde los manantiales de agua y selva agrietan el dominio de la tierra, camina un cazador amante de la vida; solitario y cansado, reflejando en su piel las arrugas ajadas de sol y campo. La selva le sonríe despidiéndose de él, haciendo flotar un soplo de viento cálido, y orgullosa emerge su savia, aceptando que el hombre regresa camino de su jaula en un mundo de ciudad. Y brinda sus estepas fértiles guiñándole un ojo hasta la próxima vez, y sabiéndose dueña del origen de la propia vida, sabiéndose dueña de su propia voluntad; en esas reglas marcadas de la propia esencia de la ley animal, irónica desprende su manto de olores tierra, sabiendo que ese pobre hombre, carne de la mazmorra del nuevo mundo adelantado, ha sido en realidad él el prendido, drogado por los enseres de su espíritu salvaje. Y ya no importa el camino que a partir de ahora escoja, el veneno de su narcótico ímpetu le impulsarán siempre hacia lo violento y real de la vida, hacia el instinto más arcaico de la existencia, habiendo coronado un sello en su alma que lo atraerá para siempre.
Y África se divisa a lo lejos como una postal de manadas en estampida, con cielos naranjas a la puesta de sol. Y mientras los aventureros apresados y envueltos en su magia cargan trofeos de caza como alimento de una sed que jamás se colma mientras regresan a esa urbe castigada; en los campos maduros de África, el búfalo se despereza, las cebras cuentan sus rayas, y el cocodrilo sacia su hambre mientras el agua verde flota…
Y el cazador se hace mayor, y envejece en una casa de paredes robustas y revestidas de madera, adornando estancias con trofeos de caza. Repasa las puntas de sus reliquias una y otra vez con sus dedos arrugados y toscos, y las lágrimas se le escapan por los recuerdos de su África, agarrada a sus entrañas, consoladas a media tarde con su copa de ‘Armagnac’ y sus libros antiguos de diarios de caza. Y las fotos, las fotos les miran dibujando en él una sonrisa rugosa y ya magullada que se oculta en una barba canosa. Y se acerca pausadamente a la ventana de su amplia estancia, rodeada de árboles que se agitan en otoño dejando caer sus hojas, y pega la cara al cristal, y mira cómo los ‘tordos’ van comiéndose los frutos rojos del ‘caquilero’, y coge la escopeta y sin pensárselo pega un disparo al aire para ahuyentarles. Y su mundo trascurre tranquilo, ajeno a los ruidos y las prisas de ciudad, agitado en recuerdos que transmite a sus nietos cuando los acuna en sus rodillas. Y la vida ha pasado rápida e intensamente vivida, con historias cargadas de emoción y relatos cortos de aguardiente templado mezclado con el clima y los olores de África. Y su pelo sigue rebelde; largo, desaliñado y canoso, al igual que su propia alma que sigue en rebeldía contra el mundo y sus clichés; en los que tarde o temprano y a nuestra manera, caemos todos. Y sus heridas de ‘guerra’ le sacan una sonrisa al dolerle. Y su mundo no sería su mundo si no hubiese existido África y sus selvas espesas, sus animales salvajes, y su alma indómita se habría apagado triste y lentamente en su mundo de estupor urbanita.
África negra de pieles oscuras, África verde de selvas altas que se alzan al cielo donde que se refleja ocre derramando tierras de dunas sin agua y desiertos llenos de calor. África tosca de vistas brutales que corren ligeras apresando otras vidas de iguales bucles. África, cuyo aliento es aire que da oxígeno al mundo, se adormece a las sombras vivas de sus árboles verdes de troncos oscuros. Y al final del día, el mundo vivo y dejado en ‘barbecho’ de ese cazador penitente, abre las puertas de su selva para que camine cabizbajo hacia su metrópoli. Y la África pobre que presta penas a un mundo de riquezas que le mira de reojo, sonríe ufana, engalanada de aire nuevo, donde generosa, presta su propia vida a aquel que sabe que ella en realidad es la reina de ese otro mundo; donde el dinero se regala, donde el tiempo no se mide con un reloj de esfera, y donde la riqueza no es otra que aquello que cuando lo miras, te duele los ojos por bello, que cuando lo pruebas te engancha, y que cuando lo respiras te deja atrapado para siempre…
África, la bestia embutida en tierra castaña, perfumada de hircismo y sangre; linaje pervertido de hombres de ciudad, se cubre generosa sus pechos verdes preñados de luz, y se viste mimosa de espesura y boscaje, presumida y hermosa, sentándose en ese trono de oxígeno divino y grácil, donde aguarda con prestancia caprichosa a sus rojizos baños de sol.
- Nota de Autor: Quiero agradecer expresamente este relato a “Rodrigo Moreno de Borbón”, a “Jaime Meléndez-Thacker”, a “José María Bernaldo de Quirós y a “Diego de Gregorio Abelló”, cuyas aportaciones han sido imprescindibles para componer este relato. GRACIAS.
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11 Noviembre 2008
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-A Ese Desconocido que...
por Rocío Medina
El día en que nos caigamos al pozo de la decepción y volvamos a coger impulso para subir más arriba, nos daremos cuenta a mitad del camino que nuestras expectativas han cambiado. Subir, subir... siempre subir más alto, volver a caernos y volver a subir; en eso consiste la vida. Tomar aliento, y caminar sin mirar hacia atrás más que lo necesario para sentirnos orgullosos de todo cuando hemos ascendido.
Ir moviéndonos a sacudidas, volver a caer, siempre es el mismo bucle que nos ata y nos suelta al antojo del destino que vamos escogiendo; como un alpinista ha de escoger en dónde colocar manos y pies...
Me reconforta saber que el mundo en el fondo es un poco más simple que la maraña de complicación que nos parece visto desde dentro cuando tomamos cierta perspectiva de las cosas.
Le conocí un día cualquiera, cuando estaba sentada en la terraza de un café tratando de que las gafas de sol sucias y ralladas me tapasen las ojeras. El café humeante me quemaba los labios y las manos al cogerlo, así que seguía afanada en la idea tonta de perder el tiempo o dejar que éste pase mientras ojeaba el móvil sin demasiado entusiasmo y manipulaba las teclas con dedos torpes.
Pasó de largo y ni le miré, en ese momento él podría haber sido cualquiera, era cualquiera que pasaba por la calle a esas horas. Al cabo de un rato pegué el segundo sorbo al café para comprobar que ya se había enfriado casi del todo. Sostuve la taza entre mis manos cuando sonó el teléfono, y entonces me arrepentí del mensaje que había mandado; si no lo hubiese hecho, un mensaje vago sin ningún propósito concreto, ahora no tendría que contestar esa llamada que invitaba a hablar durante intensos minutos acerca de cualquier cosa sin importancia.
Apagué el teléfono, la mañana era muy fría pero despejada, en mañanas así, aún a pesar del cansancio, agradeces haber madrugado y estar sentada entre el vaho del café y el frío a ver desde tu lejanía, cómo la ciudad se despierta y va adquiriendo vida con el paso de los minutos. La gente que cruza sin mirarse, el coche que pega un pitazo, las calles recién limpias, los pájaros que no aparecen, y las luces de las farolas que ya se han vuelto a apagar.
Oí un estornudo muy fuerte cerca de mí, justo detrás de mí, y ese instante despertó mi tiempo y dándome un tremendo susto volví en sí al sentir el calor chorreante y dulzón del café desparramado por mi mano y mi ropa. Me giré casi a la vez, casi con el primer reflejo del sobresalto que incitó a esa violenta sacudida, y entonces le vi. Acatarrado, con la nariz roja, con las orejas rojas y los ojos vidriosos... Medio agachado sosteniendo un pañuelo blanco de papel en su mano izquierda. Apartó el pañuelo y me sonrió, dejó caer sus lágrimas de tos por el surco arrugado de sus ojeras, y de entre sus dientes blancos salió un hilo de voz ronca y varonil que me dijo un “lo siento mucho” sin quitarme los ojos de encima. Aún encorvado y con el pañuelo en le mano, sostenía la mirada sin dejar de sonreír.
No dije nada, ni tan siquiera pude sonreír, me giré y pegué mi espalda contra el asiento de la silla todo lo que pude y me sorprendí tratando de respirar y sintiendo un nudo enorme en el pecho que me congestionaba por dentro. Aún seguía con la taza en la mano, y con los manchurrones de café que el vestido se había tragado por completo dejando unas ronchas marrones, dilatadas y frías. Sentía los dedos pringosos y mi paladar espeso, y sin saber cómo, sin que me preguntase él nada ni yo pudiera decir nada, lo tenía sentado frente a mí pidiéndome otro café y clavándome los ojos en algún punto de mis gafas de pasta oscura, tratando de abrirse camino entre ese cristal chocolate cubierto de rallajos y huellas.
Era el peor día de todos para presentarse una inquietud así a mi vida presente. Estaba cansada, pesimista, me iba todo fatal y no tenía mucho entusiasmo con respecto al rumbo que estaban tomando las cosas en el trabajo. Hacía semanas que no hablaba con mi familia, mi novio me había dejado, a mi mejor amiga le tocó la lotería y se fue un año entero a viajar por el mundo (me alegré mucho por ella, pero ahora ya no la tendría conmigo más que en postales y e-mails), y mi jefe había intentado meterme mano en una reunión (me levantó la falda lo justo como para hacerme sentir sus dedos calientes y gordos trepando por mis muslos). Mi vida estaba destinada a abocarse por el retrete de cualquier camino que tomase, y justo entonces, tenía que ocurrir el conocer a un hombre ‘a priori’ interesante y que era guapo de morir.
Tenía el pelo aún húmedo de la ducha, no olía a perfume, pero destilaba un aroma cálido y varonil, sonreía con naturalidad enfundado en su barba de dos días y su pelo greñosamente bien colocado. Miraba el reloj pero no daba la sensación de tener prisa. No llevaba traje de ejecutivo, ni tampoco tenía pinta de ser un jefazo de multinacional, pero iba impecablemente vestido, con un portafolios de piel grueso y las manos bonitas y cuidadas. Me hablaba, pero yo seguía pensando en mí mirándome con un espejo que yo misma había colocado justo entre él y yo. Me veía en ese espejo y tenía ganas de echar a correr de la misma forma en la que de mis ojos empezaba a querer salir alguna lágrima caprichosa que me hacía imposible olvidar el caos en el que había entrado mi vida.
Me traen el otro café, y sólo recupero mi consciencia cuando el camarero me insiste en que si quiero sacarina o azúcar. Le pido dos de azúcar y se va refunfuñando a la mesa de al lado antes de acercarse al minuto siguiente con un vaso lleno de terrones de azúcar. Él seguía mirándome y sonriendo pausadamente, empezaba a sentir ese sonido que hacen las brocas cuando taladran la pared, y mi cabeza se iba congestionando al vaivén de ese sonido interno que apretaba mis sienes hasta comprimir del todo las ganas de llorar y me quedaba impasible y quieta, sintiendo cómo las lágrimas brotaban en tropel dentro de mis ojos y se escurrían hacia afuera sin poder evitarlo. El maldito espejo seguía de pie mirándome, ¡me daban unas ganas de matarlo!, de estrellar contra él el cenicero y empezar a gritarle sin parar... Pero me miraba riéndose a carcajada limpia, con el pelo descuidado, la cara pálida, las manos temblorosas, vestida sin ganas y con un chico increíblemente guapo frente a mí que me miraba y sonreía aún cuando en ese momento yo era, más que probablemente, la peor compañía que pudiera alguien tener. Definitivamente el espejo de mi cabeza es idiota.
Los espejos que conformamos en nuestra psique para que nos iluminen con su punto de cordura son tremendamente estúpidos a veces. Proyectan sobre nosotros, o nosotros sobre ellos largas y tediosas madejas de prejuicios e inseguridades que nos impiden avanzar en ese mismo instante en que los satisfacemos al dejarlos salir del cofre de nuestra consciencia. Así que me veía inmersa en un mar de contrariedades, sería estúpido pensaba, mientras él pedía un nuevo zumo de naranja, el que ahora pudiera cambiar de actitud y empezar a sonreírle, a contestarle a alguna de esas preguntas que sé que me ha hecho pero que no he escuchado. Y lo mismo de estúpido sería el tratar de contarle mi patética vida a aquel ser que no se sabe por qué narices está sentado frente a mí tratando de conseguir sacarme una sonrisa o al menos alguna palabra coherente y sin balbuceos. Y el espejo, conforme voy pensando esto, se dobla literalmente de la risa y se amplía más y más, y lo veo tan cerca que me asusto porque creo que va a tragarme.
Y entonces me doy cuenta que es cierto que las cosas más extraordinarias siempre ocurren de repente, pero no siempre en el mejor de los momentos. Empiezo a darme cuenta que cuando pensamos en el hecho de tener una pareja para siempre, cuando conocemos a alguien y al final estamos con él y la cosa no funciona, no es por él o por nosotros; sino por el puñetero momento en que los acontecimientos ocurrieron.
Me di cuenta que todas y cada una de las parejas que hemos tenido importantes en la vida, aquellas que nos enamoraron, que nos amaron y que quisimos, aquellas con las que rompimos y el dolor nos invadía por dentro, y aún así, sabíamos que tomase quien tomase la decisión, dura y siempre difícil, era lo acertado tarde o temprano porque había algo en nosotros que nos impedía ser del todo felices y reconociéndolo abierta y humildemente o no, dentro, en algún lugar de nuestro corazón y nuestra conciencia, sabíamos de sobra que tenía que terminarse algún día. Me di cuenta, digo, que todas eran válidas, que con todas esas parejas habríamos sido felices de por vida, pero no llegaron en nuestro momento, o no llegamos en su momento, y todo se hubo de acabar para poder continuar con nuestra vida hasta llegar a ese punto en el que encontrar a alguien, se convertía en el hecho de querer cuidar de la felicidad de esa persona, de saber que no era la persona en sí, sino nuestro propósito y necesidad de amor, y anhelo de que el otro ser, lo sienta de igual modo.
Allí sentada aclaré el asunto; llegados a un punto vital en nuestras vidas, cuando aparece una persona que nos despierta de un letargo rancio y frío, y nos muestra un lado tan igual como el nuestro, estamos en el camino de querer hacer que todo funcione con esa persona, de querer emprender un largo viaje por el destino junto a ella; que no es mejor, ni peor que las anteriores, sino que ha llegado en el momento en que hemos despertado del todo, y estamos dispuestos a sentarnos junto a él a tomar un café.
Le miraba mientras él me miraba, yo sólo veía en realidad el espejo pero él me mostraba su cuello y su nuca a medio peinar, sin inmutarse, mirando al frente que era yo. Los manchurrones del café se habían secado y con el viento fresco de la mañana el olor a café se intensificaba y me hacía estar, no sólo desgreñada y vestida de cualquier manera, sino sucia y tremendamente tosca.
El espejo se fue poco a poco emborronando conforme yo había asumido mi situación de desaliñada, penosa y criatura de lo más triste que había, y conforme el día brillaba en todo su esplendor. Las nubes eran blancas del todo y se dejaban ver muy alto e irregulares, como marcándole unas pecas a un cielo completamente brillante y azul. Sentía mi cuerpo entero congelado, la cara fría y las manos hirviendo por el calor de la taza caliente a la que se agarraban con fuerza. Y el espejo se cayó del todo y le empecé a mirar a él y a dejarme engatusar y adormecer en ese vozarrón resfriado que tenía.
El mechón de pelo del lado izquierdo le tapaba una cicatriz muy diminuta y fina, tenía la nariz grande y unos hoyuelos constantes que le daban a su cara de hombre un gesto de niño travieso, labios finos y dientes grandes, perfectos y blancos. Los ojos eran tan brillantes y tan grandes que no sabía de qué color eran; podían ser iguales de claros que oscuros, su color supongo que se definía como brillo y humedad.
Me estaba contando algo de su abuela, la iba a llevar al médico aquella mañana. Salió de casa a toda prisa y cuando empezaron a llegarle a la “Blackberry” los primeros e-mails del día, se dio cuenta de que había confundido la visita, que era para la semana que viene y se dio la vuelta para sentarse tranquilamente a desayunar. Imagino ahora por qué no centré la atención cuando pasó la primera vez frente a mi silla, cuando el espejo aún no estaba ahí para reflejarme esas realidades que tratamos de tapar. Imagino ahora que si no llego a sacudir mi pelo con cien litros de perfume no habría estornudado y ahora no estaría sentado frente a mí contándome que su abuela le crió y que no puede dejar de pensar en ella con una enorme pena por dentro por lo mayor que es ya y el poco tiempo de vida que sabe que irremediablemente le queda.
Pero un momento, ¿la historia la estoy contando yo, verdad?...
Seguía ahí mirándome y por fin me disculpé, sorprendida de que mi voz saliera casi afónica al principio y a mitad de la frase sonara como algo reconocible. Volvió a sonreír pero esta vez soltando un pequeño ruidito ceremonioso que me tranquilizó mucho. Y el taladro de mi cabeza dejó caer la broca al suelo con un golpe seco y sonoro que silenció mi dolor durante unos minutos. Le dije que estaba destrozada, que mi vida había entrado en un bucle del que no sabía salir, que sabía exactamente lo que quería, y de igual modo lo que no quería, pero que no encontraba el camino, y que buscando el camino me olvidé de comer, y me olvidé de reír, me olvidé de cómo se andaba, de cómo se cogía impulso, de cómo se abrían las ventanas y las puertas para que entrase aire y no morir asfixiada. Que me olvidé de que tenía que respirar, y dormir, y soñar, y seguir creyendo en mi misma...
Y se acercó a aún más, arrastró su silla hacia mi lado izquierdo y ahora ya le podía ver por los cristales de mis viejas gafas de sol y por el rabillo del ojo. Tenía los ojos pardos, verdes como el agua estancada de un estanque en otoño, oscuros como la neblina que se forma bajo el mar cuando abres los ojos dentro... Y su sonrisa olía a naranja, a naranja y a limpieza, a saliva fresca que se ha enjuagado con agua clara para cepillar el blancor de sus dientes de nata. Y poco a poco fue dejando de sonreír, y en el centro de su cara de hombre se formaron unas arrugas quebradas de sol y edad, y su entrecejo se venció al lado de la seriedad, y me cogía las manos ayudando a sostener mi taza. Y yo no quería, porque veía sin querer al espejo que estaba allí enfrente y más cerca mirándome de nuevo, pero mis lágrimas aparecían otra vez, y esta vez con más y más fuerza. Y se escurrían mejillas abajo como una gota perpetua de agua que resbala por un grifo mal cerrado. Y mis palabras ya eran sollozos indescifrables y mi garganta tan sólo era un nudo mojado que intentaba soltarse quedándose en cada intento más y más atrapado. Y mi boca sólo era una curva que se retorcía entre el aire soltado con ecos extraños y un tic pecaminoso desde donde brotaba pena.
Dejé caer la cabeza hacia abajo, necesitaba sacudir las lágrimas que me empañaban los cristales de las gafas y que se llevaran en la sacudida mis ojos y mi amargura, mientras mis manos ahora congeladas, sentían el calor de las suyas que me las sostenían con fuerza. Las gafas se cayeron, y no se llevaron mis ojos, y mis pupilas se hirieron aún más con la luz radiante que se coló por alguna hendidura abierta por las lágrimas. Y él soltó mis manos y me abrazó.
Ahora el silencio ya no formaba parte de mi, sino de él, que callaba y me miraba sin soltarme, pero no me veía, ni yo a él, sólo estábamos quietos sintiéndonos el uno al otro, él ya no podía escucharme, pese a que yo era ahora la que hablaba, porque no decía nada coherente, ni inteligible; tan sólo sollozaba y soltaba dolor desde dentro de mi alma. Sentíamos nuestro calor, el olor de un cuerpo distinto al nuestro, el tacto diferente y agradable de la piel que se roza cuando no se precipita ni se propone nada, cuando la piel se regala al tacto de otros por pura inercia; como cuando un estornudo llega a la nariz de golpe y el olor que te lo ha provocado se queda en tu pituitaria para siempre.
Sentía una mano apretándome mi pecho contra él, la otra acariciándome el pelo, planchándolo con sus dedos entreabiertos de arriba a abajo, el bombear de su cuello; dilatado y de piel gruesa que latía fuerte loando mi corazón y sus latidos, que tomaban impulso en la medida en que secaban mis lágrimas tragándose en el esfuerzo el espejo y sus malditas imágenes.
Y me sentí al mismo tiempo pequeña y recogida, necesitada y frágil. Y también mujer y adolescente, excitada y asustada. Y también me sentía débil y triste, derrotada y pesimista, en la misma medida en que su olor llegaba a mí con impulsos fuertes de hombre demoledoramente protector y sensible, indómito a la vez que empático, y mi optimismo se cargó al espejo de una patada. Y mi mente quiso retomar la fuerza que necesitaba para volver a aprender a caminar, a llegar hasta la puerta y abrir las ventanas, a descubrir que ya no estaba en el camino, porque ya lo había andado, que tenía que caminar aún más y más y más, y volver a caerme, y volver a subir...
Y acurrucada en el hueco de su cuello, entre su piel y su chaqueta de lana, descubrí que en el ‘trekking’ de mi vida sólo había cuerdas al final de la montaña, donde la vista es inmensa y duelen los ojos al mirar la verdadera belleza, que nadie mira hacia abajo sin tumbarse del todo en el suelo por miedo a caerse de nuevo, pero que el horizonte es inmenso y despejado. Que las cuerdas se han soltado y caen desperdigadas por la ladera de la montaña, y que nadie más puede volver a usarlas, que cada cual ha de encontrar su camino y usar sus propias cuerdas, pero que al final del todo, siempre llegará a la cima de su montaña y contemplará un paisaje bello si sabe mirarlo desde la perspectiva adecuada.
Y me besó, un beso intenso y largo, húmedo y caliente... Y los olores se mezclaron con los restos de las lágrimas y sus manos apretaban mi cara queriendo borrar las ojeras y los ojos hinchados. Las gafas seguían en el suelo, y ahí las dejé cuando me dio la mano para levarme de la silla a dar un paseo.
Las calles ahora estaban silenciosas, y seguía sin haber pájaros en la ciudad, tan sólo las palomas que acuden a los parques a repartirse las miguitas de pan duro. Y nadie se movía, sólo nosotros dos caminando con un frío al que no dejábamos entrar dentro de nuestro cuerpo, ni que traspasara por nuestras manos entrelazadas mientras nos movíamos caminando hacia ningún sitio. Andar, andar... eso es el camino.
Y nos detuvimos en cada plaza y en cada parque, y nos desabrochamos los abrigos para respirar aire, y su sonrisa contagió la mía, y nos reíamos tontamente sin tener que hablar de nada. Y mis lágrimas volvían a caer, y ya no había gafas que las taparan, y su pañuelo me secó el agua de mis ojos una y otra vez. Y en su casa no hacía frío. Y el café de su cafetera seguía siendo caliente y fuerte, y su cama era de madera. Y todas las mañanas nos despertamos con un beso, y muchas noches hablamos durante horas. Y muchas otras tardes, cuando él no está, pego la cara a los cristales y contemplo cómo los árboles del jardín van creciendo y albergando pájaros en sus ramas pequeñas y torcidas. Y a veces, cuando estoy triste, le sonrío y no le digo nada, y me acuerdo de su beso, en ese silencio triste y cargado, y me reconforta mirarlo una y otra vez con los ojos del alma, esos que quedan atrapados en la memoria de los recuerdos bonitos, y entonces hago salir al espejo, y le guiño un ojo; y éste me sonríe porque ya nos hemos hecho amigos. Y ahora puedo decir que soy feliz, porque mi espejo sale para darme la perspectiva exacta de mi vida, la que tengo y la que quiero seguir cuidando y hacer crecer más y más... Y mantengo conversaciones largas y profundas con él, que pacientemente me aconseja, y me cuenta en el silencio de mi soledad que todo, hasta los momentos más difíciles y amargos hay que mirarlos con la perspectiva justa, con el ánimo templado, con la serenidad de una mente configurada en el modo maduro de ver las cosas. Que todo al final se soluciona, que no hay río por grande que sea, que al desbordarse, tarde o temprano no alcance su cauce. Que no hay noche, por larga y oscura que sea, que no deje salir al sol de la mañana. Y que todo, absolutamente todo, se puede resolver tarde o temprano, que todas las heridas al final cicatrizan, y que pese a todo, sólo nosotros podemos ayudarnos.
La vida es “ese desconocido que...” te sonríe al pasar y te levanta el ánimo sin proponérselo, “ese desconocido que...” te grita para que no te pille un coche, “ese desconocido que...” te emociona cuando lo ves en la pantalla de cine y te relata una historia con la que te identificas, “ese desconocido que...” te cuenta un chiste, “ese desconocido que...” te sirve una copa con una sonrisa aún cuando tú miras a otro lado, “ese desconocido que...” un día conoces por casualidad en el sitio más insospechado, y alargando la mano para pagar tu café, te da un beso dulce y largo...
La vida es “ese desconocido que...”
servido por rociomedina
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22 Octubre 2008
Huelva; Eucalipto y Pinos. Septiembre 2008
El eucalipto seco flota a ras de viento llenando los pueblos en blanco encalado. Y en las laderas del ‘Atlántico’ sus briznas se mezclan juguetonas con la embriaguez de los pinos. Y las arenas, de blanco peregrino, se admiran en la tranquilidad ‘ceceante’ de sus pueblos de marismas. Y aquellos pescadores rotos, del mar y la brisa, acuden mañaneros al pintar el día a la rutina remendona de su barcos amarrados en “El Rompido” marinero. Y ‘Alosno’ se despierta, grácil y cautivo, cantando un fandango lento…
Huelva, de calle blancas arrulladas por aquel poema de “Platero”, hace sones a la mañana embriagado del romanticismo huraño de esas “Zenobias Camprubí” de pies pequeños. Y canta, canta por “tangos” y “tanguillos”, salvaje y viva, pisando arenas con los cueros trabajados de “Valverde del Camino”.
Y esos “pobres niños tontos”, que se sientan en la puerta de su casa pisando la acera limpia de “Moguer”, “viendo el pasar de los otros”, se enternecen al ladrido del perro callejero, lo acunan aún pulgosos, y les quitan el hambre con cacahuetes salados mientras las ‘Omaítas’ de delantal puesto, les gritan desde la cocina…
Niños ‘incultos’ cultivados en el campo fresero, en la mar de los viejos, o en ese campo ganadero, miran al cielo embobados, pensando en el tiempo rociero… Y vuelven ‘al tajo’, aviejados y risueños, soltando sus eses de cetas, y atusándose las patillas morenas. Y el señor desgarbado, con el palillo en la boca, da los buenos días a la señora, y sale, con el rodillo encalado, a dar temple a su casita vieja… Y el puchero, con garbanzos, tocino y hierbabuena, humea sereno en las posturas de la mesa con “Nuestra Pepa” en la cocina preparando el adobo…
Y los cuadros que pintaron adornan sus casas de verdes ramales, de polvo de carretas, de bahías saladas, de pinos costaneros y de palmeras altas.
Huelva es un pueblo de eucalipto, de sábanas blancas tendidas en sus campos marismeños, que huele a sal y río, a mar y arena, a gambas y vino, a lluvia de sierra y pino, y a capeas próximas a tiempos de “El Rocío”…
Huelva mece palmas en esas monterías de días sueltos, de caballos y ‘jarana’, de ‘Rocío’ y ‘Candelaria’. Y los paseantes descubren boquiabiertos calles tranquilas, de flores y alegría, de plazas limpias y poetas vagabundos… Patios encallados en las aldeas del tiempo repletos de buganvillas resultonas y de macetas con jazmines. Caballos ‘pura sangre’ dotados de hermosura, distinguidos y salvajes, que se dejan lazar a premura de jinetes al galope…
Y el vino se destila, sobre manteles en un blanco desobediente, fresco, con templanza y fino, arropado en fincas cubiertas de olivos. Y las niñas; damas morenas y tempranamente madres, acunan al niño en la teta y lo pasean por sus calles.
Huelva tiene sabor a eucalipto y sierra, a verbena de pueblo viejo, a serranía de Jamón curado, a fincas con senderos descabellados, y a marismas desbordadas cubiertas de ‘flamencos’ dorados a la puesta de sol.
Huelva es un amanecer frente al puerto, rodeada de barcos, con vistas a los ríos que se besan continuamente y mueren juntos en el mar de un océano frío. Y allí, “Colón” protege a su gente, grande su estatua, y pequeños nosotros junto a sus veteranas ‘carabelas’ que salpican tímidas la historia de la “Conquista del Nuevo Mundo”.
Y sentada en “La Punta del Sebo” veo llegar tu barco, entre tostadas calientes de aceite, tomate y sal. Sonríes, moviendo al aire tu sombrero, y amarras el barco tranquilo, y mojando náuticos a pie de río, te sientas junto a mí. Y cantando juntos, pagamos al camarero y nos vamos, camino de un paseo de Huelva a “Punta Umbría”, donde me encuentro con tus vistas, Huelva mía, brillantes y nítidas, y con tus coches lentos...
Huelva duerme la siesta con puestos errantes de ‘melones de año’ y sandías negras, de melocotones suaves y rojos, y de gitanos patriarcas… Huelva es arena caliente, con caballos salvajes y toros bravos, con croquetas caseras y jamón bien curado… Huelva es olor a cangrejo y gambas, a vino fino del aperitivo de la mañana, es una moto que resuena lejana, entre el eco débil de sus calles espartanas de macetas rojas, y tejados con enredaderas, de esas calles del “Alto Conquero”, y esa “Ermita de la Cinta” mía, de “Évora” y de “Juanito Guil”… Y esa “Plaza de Las Monjas” donde quedé contigo, y esa “Palmera” tan próxima a su calle… Y sus vistas, las de “David Cucala” al centro, y el botellón de ciudad sentados en sus portales… “La Calle Concepción” donde pasear al calor de sus losetas, con sus tiendas y su gente, con sus callecitas estrechas.
Y las casas bajas tienen tejados de lluvia, donde se divisan campos preñados a pie de aldea. Y sus ribazos, repletos de trabajadores del campo que sacan dedo por si puedes llevarlos, se llenan de vida a pie de asfalto. Caminos de tierra chica, ensuciados de arena, pájaros que cantan a “El Espigón”, donde se refugian las caracolas y nácares más bellos del mundo, y donde pasear otoños, mojando pies en arena sin pisar, en esa playa visitada por gaviotas…
“El Parque de Los Monos” hace tiempo que no conoce su nombre, y tu silueta se va, divisando lejana un mar de lágrimas atrás…
Huelva es un campo “Triguereño” de mecedoras de mimbre a la entrada de sus casas bajas, de sus ventanas con rejas y sus balcones de madera. De sus panes suaves como las amapolas, y su gente sencilla y buena… Del señorío fugaz que levita a pie de campo llano, de paseos a caballo con las polainas y el sombrero cordobés incrustado en frentes morenas al trote o al ‘paso’…
Y esas niñas de piel tostada, ojos negros que difuminan su cara, sonrisas frescas y carcajadas espontáneas, que friegan a cubos llenos de agua, las puertas y aceras de sus casas…
Y esos niños pequeños, aplomados sobre un tambor pastorilero, ‘se quitan de la escuela’ tempranamente, y cantan por las calles y las plazas, por los bares y por las playas, a ritmo de candela, con una guitarra afinada a lo gitano y sin una de sus cuerdas…
Huelva es la frescura de un pueblo de “La Sierra de Aracena”, de sus zapatillas de esparto y de sus fotos de carretas. De ese “Almonte” seco y verde, de esas dunas calientes, de esos pinos macerados entre tomillos y arenas, de esos carruajes a pie de “Doñana”, y de esa pastora, “Virgen del Rocío”, que recoge velas de promesas, y salta la reja de un tardío Domingo de romería rociera, para pasear por sus calles próximas a la ermita.
Huelva son esos trajes de falda “jinetera”, con su camisa de ‘chorreras’ y sus ‘todoterrenos’ vacilones que atrapan polvo a la vera de sus casas. Son ponchos tostados en ropas verde campo, son flores grandes en el pelo, y botos camperos con faldas flamencas, pantalones de ‘traje corto’ y chaquetilla torera.
Huelva se abriga al son de la candela, de noches arrumbadas o de inviernos contigo, son nueces en otoño, y vino en primavera. Sandías en verano, higos chumbos y palmeras en sus patios…
Y regreso al verde de los campos, los de ‘golf’ y los de antaño, y al paseo de “Cuesta Maneli” y lo bello y tranquilo de “Isla Canela”. Y a ese fragor danzarino de sus pueblos en fiestas, a esa “Salve Rociera” y sus Navidades caseras… Y ese tumulto lejano que despierta los mosquitos en horas de siesta, a las chicharras y los grillos, y a tu voz ‘quebrá’ y somnolienta.
Al abuelo del cuento, y a su nieta que es princesa, a ese plebeyo bello que acaricia tus campos ‘huervanos’ sobre la bicicleta con cesta; y a esa niña, que rompe sentada frente a tu casa su rubia muñeca. A ti, ‘choquero’ de arte de bandera “Blanca y Azul” que pintas de hinojo tu boceto de fantasía, quiero dedicarte un ‘Fandango de la Ría” con saborcillo de naranjos y limones, de “Paco Toronjo” bañado en aroma ‘alosnero’ con un ‘buchito’ de aguardiente, una ‘perrunilla’ de “Antonia, La Pesetera”, un café soluble de “El Tito Juan”, y así; antes de llegar a “Mazagón”, “Matalascañas”, o darme un paseo por “El Cruce” que me lleva a “El Portil”, asomo mi cara cansada y sonriente, a esa brisa de eucalipto seco, y brindo, orgullosa y feliz contigo, guiñándole un ojo al nuevo sol Rociero…
Rocío Medina
servido por rociomedina
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9 Octubre 2008
Andalucía con Menta
Un patio de manises, unas rejas en verde carruaje, las macetas rojas de geranios encendidos que salen a luz de luna a contemplar las guitarras y las voces templadas al aroma de naranjos que se mezclan en azahares, y niñas morenas con pendientes largos. Y una bulería; esa que vibra en la voz del ‘caló’ repeinado que desgarra torrentes de sentimientos acunados en toques de ‘caja flamenca’ y palmas a compás.
La cara se desfigura en torno al ambiente, las piernas se mueven inquietas marcando el ritmo a golpe de tacón, y las manos se arquean en alto, moviendo el pelo suelto al aire de ‘Santa Cruz’.
Tu barrio y el mío no son tan distintos en el fondo…
Camino por esas calles estrechitas, que adornan balcones de hierro con macetas de barro, que sonríen al transeúnte, a los amantes; que pasean arrumacos por sus adoquines moriscos… Ella camina, marcando tacón largo que esculturiza las redondeces de su cuerpo de volantes, y él; repeinado y serio, se suelta la corbata dejando que el soplo de la noche descubra su vello a flor de piel mientras las farolas se van poco a poco apagando con ‘La Madrugá’…
Calles marcadas de recuerdos, de historia, de leyenda, que terminan en un callejón de nadie donde un coche camina a luz velada para entrar en su cochera de caballos. El portón donde te haces las fotos se ilumina templado en el cálido clima del amanecer, y un resoplo de hierbabuena se inyecta rápido mezclado con los naranjos amargos de esa ciudad siempre en flor.
Y el corrillo de la noche termina las ‘sevillanas’ para entonar esa ‘taranta’ rancia, y ese patio, ya sombrío, regala a la mañana cantes de gitanos viejos que a voz ‘quebrá’, mata del todo la noche.
Sevilla es un patio de recuerdos y de arte, de luz propia que brilla en sus adoquines de pinturas moras teñidas a mano, es hierro y barro, es naranjo y menta, es un chorro de agua que salpica los parques verdes y sus bancos de piedra.
Me recuesto en ese pueblo cercano que es Sevilla, dónde el arte pasea por sus calles movido a son de cuerda, y donde las guitarras entonan quimeras en sus ‘tablaos’ de madera. Y ese mantón de “Manila” que se descuelga por los hombros al aire, que se dobla en un ‘quejío’, que disfruta insinuante movido al son ‘calé’ de un arte tan puro… Sevilla es flamenco sentido, que en redoble de ‘castañuelas’ o ‘palillos’, embriaga esa tarde de primavera.
Y los bares encendidos a la vera del río, esa “Calle Betis” que regala quedadas con amigos, entre aceitunas y ‘rumbas’, y ese corto paseo que te lleva a la puerta de “La Anselma” para cantar “La Salve Rociera”… El jamón de Jabugo bañado en vino fino, en esa ‘Manzanilla’ de ‘buchitos’ al catavino, que se pegan al regusto del paladar mezclado con el “Boffard” bien curado, hasta la plaza de toros. Y ‘La Maestranza’ se peina su flequillo de rojo teja, y el aperitivo sucumbe por fin al aliento del puro, camino de la siesta, adornando el paseo de amarillos albero y de geranios en flor.
Y la muchacha sola rompe su silencio al arrullo de esa magia, y sonríe, con su pelo negro recogido en un alfiler de plata. Toca su brazo suavemente, como el trote de los caballos que pasean arrastrando un carro, negro y oro, elegantes y soberbios, y le dice que lo querrá siempre; que siempre permanecerá junto a él mientras camine con ella por las calles de Sevilla. Y él la abraza templado, conteniendo emociones, y como si estuvieran bailando un ‘tango arrumbado’, desdibujan su silueta grisácea mezclada con las sombras de aquellos tejados bajos.
El anciano mira su reloj, y arrastra tembloroso una silla de anea y madera a pie de calle, dejando ver las macetas de su patio y a su señora colgando sábanas. Mira el cielo, azul como el océano, y cierra los ojos abriendo su sueño acalorado de par en par…
Y la mezquita rezuma a lo lejos fragancias de incienso, y las cuestas que me llevan a tu calle son pequeñas y limpias, y el calor ya da tregua… Morena, que te quiero ver paseando por mi puerta, elegante y enjoyada, con pendientes de azabache y brocados con volantes. Morena, que quiero desnudarte bajo la luz que atraviesa mi ventana, que quiero despojarte del corsé que anuda tu cintura… Vente, alma mía, que te de un poco del verde Andalucía, de esa menta que se desborda en el jarabe de mi tierra…
Moreno, gitano de ojos negros, mirada de fiera que se templa al son de la ‘marihuana’ callejera… Moreno, cántame en ‘caló’ como sólo se le canta al espíritu de la mañana… Ven, ilumíname la noche con tu atuendo oscuro, quítale miedo a esta madrugada. Y canta, cántate algo por ‘tanguillos marineros’ que me haga oler sal en un desierto. Y vete rápido, antes de que la luna masculle tu nombre a pie de poema “romancero”…
Y la mañana se bambolea feliz dando sus primeros saludos al pescadero, y en el establecimiento de olor chocolate se desmorona la harina cocida de la tahona caliente. Quiero verte fresca, rosa mía, con tus ojos oscuros perfilados en el aire puro de la mañana, con las mejillas sonrosadas, y caminando, a pie ligero, moviendo la cesta de mimbre con tu pañoleta vieja. Y ese abacero que sube la persiana del bar de la esquina se gira risueño, cigarro y carajillo en mano, para brindarte un poema en forma de piropo castizo. Y cuando regreses, no olvides desabrocharte el escote al pasar por la fuente, llenarte de agua la cara limpia, y regresar oliendo a naranjas con una flor en el pelo.
Y la mañana nace haciendo brillar el día, y el río refleja las barandillas recién pintadas, y te veo, anudándote la chaquetilla con el pelo mojado y tieso, y el café con tostadas bañadas en aceite humea tranquilo antes de las prisas del día…
Yo me quedo en Andalucía, en esa envolvente magia inquieta que discurre tranquila por sus patios soleados y sus calles vivas. Me quedo con su aurora de eterna primavera, y sus atardeceres de candiles amarillentos tornados a luz toronja. Con su trote de caballos, y sus toreros, y sus aceitunas… Me quedo con las calles blancas de sus pueblos en fiesta, con sus niñas morenas que hablan idiomas con sonidos de trapo; con sus hombres, perfilados a esbozos, elegantes y cautivos del buen vivir…
Y con esa postal de sevillana marchita, con el toro bravo que adorna los estantes y carteles de faenas de toros en ese bar pequeño. Con sus azulejos de barro y sus platos adornando cocinas de butano. Con sus macetas de mastranzo y las rejas limpias torneadas en hierro barnizado.
Me quedo contigo, Andalucía mía, me quedo contigo para que me cantes siempre, a voz templada, rota o marchita, al cante de guitarra o al son caribeño de ese ‘cajón’ con agujero que redobla ‘rumbas’ a ritmo flamenco. Andalucía; pura, brillante, blanca, vestida con volantes en primavera, mojada en vino, con humareda de cava de puros, con ese jamón que llora a pie de ‘tapa’, y con esas calles donde brota la vida que resuena al goteo de sus fuentes.
Andalucía, menta y vida, flamenco y arte, caballos y nazarenos; peregrinos de todas partes…
Rocío Medina
servido por rociomedina
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6 Junio 2007
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Hoy estoy triste y necesito un amigo. Tengo ganas de llorar y necesito a quién esté a mi lado escuchando en el silencio mis sollozos y que acaricie mi pelo mientras entiende mi pena.
Hoy no puedo soportar el dolor que llevo dentro, me ahogo y me desespero, necesito desnudarme...
La vida es complicada e implacable, pasa rápido, nos renueva, nos convierte, nos rejuvenece y envejece a su antojo, nos muestra lo peor y también lo mejor; la vida es caprichosa.
Todo estaba borroso, hacía calor, iba caminando despacio en busca de un taxi, pero estaba tan aturdida que tampoco me importaba seguir andando durante un buen rato más, no tenía prisa por llegar a casa; no quería llegar a casa y escuchar su silencio.
Cuando llore, quiero que puedas abrazarme tan fuerte que la respiración ahogue mi pena, cuando llore quiero que me susurres al oído que tú estás aquí para cuidarme, cuando llore quiero que tu fuerza me traspase y me sienta pequeña y recogida.
Las veces en que me encojo y ya no puedo hacer nada por mí misma, esas veces en que las lágrimas se me anudan al alma y no salen ni entran, sino que se quedan estancadas como una nube oscura que emborrona el cielo, esas veces, pienso en el verano y en las gaviotas hambrientas que acuden a ras de agua reflejándose en sus olas. Me pierdo entre esa arena salada y sucia, llena de huellas de nadie que se borran y dejan de existir. Me pierdo en la brisa que adormece el calor, y me pierdo en las sombras subterráneas que pueblan los mares perdidos.
Hoy quiero empaparme del olor de otro cuerpo, del calor reconfortante que llega a través de una piel que no es la mía. Hoy quiero llorar dejando el alma desnuda y fría, hoy quiero poder recogerme en tu mirada y que me arrulle tu silencio. Y si tus manos están llenas en la ternura del que no sabe cómo recoger ese desgarrón de aliento, se llenarán de mil poesías que arroparán el destrozo de mi alma.
Tengo ganas de que una mirada entienda lo que las palabras no pueden expresar. Sentirme arropada al abrigo del plumón de la compañía que da sin exigirte, que se da sin que te regales, que se conmueve sin que le tengas que contar nada, que te comprende aunque no puedas dejar de sollozar, que te recuesta en su cuerpo y te mece deteniendo su reloj y regalándote las horas muertas que pasan entre su respirar y el tuyo; pegados piel con piel.
Esta noche quiero llorar sin saber por qué, por todo y por nada, porque las lágrimas también traen alegría, porque bajo las penas siempre hay una luz que te indica un camino donde respirar un poco más, porque el sendero oscuro se abre a un prado verde que te seca las lágrimas y te descongestiona el sentimiento. Porque detrás del dolor viene algo de paz, y porque bajo el surco de la pena siempre encontramos la fortaleza de la vida que te empuja hacia delante con un impulso rudo de los barridos de sus agujas afiladas.
Y siento cómo voy creciendo en un pozo gris dibujado por una extraña melancolía, y miro en dirección a tus ojos, observándolos desde más allá de mi alma, e intuyo que tú, callado, mudo, me rescatas de las telarañas frías de la ciénaga donde oculto los secretos de mi corazón. Respetas ese ambiente plagado de nadas, desde ese lugar tus ojos azules hicieron vacío en el agua muerta de mi corazón, te postras tranquilo con los brazos abiertos y las palmas recogidas, mientras ahogo tu cuello de lágrimas secas que contienen los arañados de toda una vida. Estás ahí, simplemente estás, y eso quiero; que sigas conmigo rescatándome, rescatándome de la pena, llorando conmigo en silencio, enjuagando mis sollozos mientras sigues tocándome el pelo...
Y cuando las nubes de mi cielo oscuro comiencen a abrirse y dejar que su lluvia salga del todo, y se escurra de mis mejillas a tu piel templada, asómate conmigo a la ventana del salón a contemplar si sale el arco iris. Cógeme la mano, amigo, que sólo necesito eso; una mirada callada y las palabras que brotan a tropezones por tus ojos claros sin tener palabras que decir.
Quédate conmigo entonces, que aunque no pueda expresar toda la amargura de mi ser, te estaré necesitando más que nunca... Quédate conmigo entonces, mi vida, protegiéndome de todo y de nada; rescátame de mi, aunque tus consejos lleven impregnados los errores de camarada. Acógeme en tu vida porque te estaré necesitando más que nunca: ¡te necesito tanto!...
Hoy quiero llorar y dejar que el tiempo pase sin tener que decirme a mí misma por qué lloro. Lloro porque estoy triste, lloro porque le quiero y no está, lloro porque me hace falta, lloro porque no quedan palabras que puedan expresar lo que siento y la pena me ahoga, y las lágrimas saldrán cuando estés cerca necesitando que tan sólo las recojas como la hierba seca recoge el sereno de la mañana.
Llorar por que sí, porque con las lágrimas también se puede sonreír, porque con las lágrimas uno se siente vivo, humilde y cercano; llorar porque a veces no hay nada mejor con lo que romper un silencio que devora y mata por dentro. Llorar porque te quiero, y llorar porque a veces no me quiero yo a mí tanto como puedo llegar a quererte. Llorar porque se me olvida que estoy viva y eso hace necesario sufrir...
Llorar, porque sólo así se ama, porque sólo así noto que me quiero y que quiero seguir sobreviviendo en este mundo encogido por silencios. Llorar por amor, porque eso es la vida; un llanto rotundo que explota con la vitalidad que sacude al dolor, llorar porque sólo así siento que estoy en paz con el mundo.
Y aquel día de calor sofocante, tú te paraste frente a mí cuando pasaba cerca de aquella fuente sin agua, me sonreíste despacio, me miraste, y eso fue todo; eso fue suficiente para saber que ya te querría para siempre. Dejaste una huella rota en el tiempo de aquel tardo caminar, y mi corazón se fue contigo en esos días extraños donde mi imaginación vivía y mi cuerpo no.
Nadie piensa que una simple mirada a un desconocido pueda robar una parte de su esencia, quedarse congelada para siempre en el infinito de la imaginación. Llorar por una mirada, es como llorar una muerte; tan fuerte y tan frágil a la vez... O como llorar por una sonrisa; forma parte de las muchas contradicciones de esta vida. Vida ridícula, cruel, beligerante, antagonista de nuestra propia esencia... Por eso la vida es amor, el amor es llanto, y la felicidad también es dolor.
Y por eso, en este día de agua, me acuerdo de aquella luna mora brillando sola con su media mueca, sonriendo para mí y para tu recuerdo, enjugándome las lágrimas sin palabras y haciéndome sonreír tan sólo con su toronja luz.
Sé que dicen que llorar no siempre es bueno, pero también leí una vez que aún cuando estás triste debes sonreír saludando a todos y a nadie, preparándote para un dolor oculto dentro de las pirámides forjadas de lo más profundo de tu alma; porque nunca sabes quién puede estar delante de tu sonrisa, mirándote por dentro y preparándose para sentirse vivo y confuso, en este divagar raro de los sabios disolutos del firmamento.
Sólo la muerte nos puede rescatar de la pena, pero bien es verdad; que sólo la vida nos puede rescatar a nosotros...
Y el tiempo ha pasado, y de aquel día tengo nuevos recuerdos; tu sonrisa y tus manos agarrando unas gafas oscuras y unas llaves de coche. Y nuevos recuerdos quieren hacerme creer que tu camisa era clara como tus ojos, y tu piel oscura como el gatuperio mío. Y de ese día cansino y acalorado, sigo rescatando los colores pastel con los que mi mente dibuja tus nuevos gestos y policroma las palabras que yo debí decir...
Ahora que el tiempo ha pasado, sigo necesitando respirar de aquel día, y estoy triste pero tranquila, porque las lágrimas que comienzan a brotarme no harán sino limpiarme los rasguños de esta vida. Y ese momento especial; especial como las primaveras, los atardeceres y las sonrisas, quiero compartirlo contigo.
Y por eso, en este día de agua, me vuelvo a acordar de aquella luna mora brillando sola con su media mueca, haciéndome reír y llorar. Y si estás conmigo, dejaremos que la luna sea una puesta de sol para los enamorados, y tú serás mi luna; enjugándome las lágrimas sin palabras y haciéndome sonreír entre abrazos, los dos solos, tan sólo a la luz de las velas...
servido por rociomedina
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