Categoría: Sombras de Chocolate
19 Abril 2007
Mi tío Eusebio tenía viñedos en una finca grande color garbanzo frito, las mesas de hierro del porche, camufladas entre buganvillas y vegetación resultona, le daban al cercado la prestancia de una primavera tardía achicharrada de un calor primerizo.
Nunca me gustó pasar los veranos en ningún otro lugar que no fuera ese, tan escondido en aquella aldea cercana al mar, y con unas paredes pintadas de hiedra roja que trepaban perennes por la fachada de tintura terracota. Me gustaba su sendero de camino raso entre pinos altos, que escondían una suntuosa hacienda privada de vulgaridad.
Desde aquel jardín farolero, todo parecía un composite de fronda salpicada de pequeños toques de color. Sin embargo, cuando nos subíamos por las tardes a ver la puesta de sol al mirador principal; la hacienda revocaba la naturaleza salvaje y la devolvía a su lugar. Círculos de lavanda se camuflaban entre las palmeras, y los sauces llorones se apartaban en una hilera distinta, de dónde los pinos, placían lánguidos y universales dando sombra al pasto de los caballos.
Y a lo lejos, ahí estaban; las vides mimadas que a la caída del sol, escuchaban canciones susurrantes sopladas a ras de hoja, mientras una nube de piedras blancas las acolchaban separándolas como un abrigado plumón de oca, de los fríos del invierno. Mi tío miraba sus racimos bajos, admiraba su color cereza ocre brillante y pulido, que prometían caldos vivos entre la luz rabiosa de los últimos tonos calabaza del atardecer.
Mostrar sus cepas era como enseñar orgulloso a ese niño recién nacido, pequeño, indefenso y lleno de vida; y al que cualquier padre augura un futuro prometedor lleno de vitalidad, y que con sumo cuidado; guiará en el ascenso de la vida.
Las vides son materia viva, más que ninguna otra; renaciente, sombría y triunfante a la vez.
La bodega era una cueva escondida entre luces tenues y temperatura constante, donde un olor extraño rezumaba por entre sus paredes de piedra. Olía a madera húmeda, a corchos rotos mojados en vinagre, a madera vieja sin barnizar, a fruta empapada en tierra, a lluvia…
Mi tío se sentaba en su despacho, con la boina de tweed de lana de “Hackett” aún puesta, y sus pantalones de montar a caballo, y miraba sus estanterías llenas de escopetas, rifles y revólveres de antigualla, mientras prismáticos en mano, echaba una ojeada a sus vides.
El vino, como siempre nos decía; es una materia viva, cada día tiene un humor desigual. Si no está de buen tino, lo descorchas, y puede estar picado, o simplemente sabe de otra manera a cada segundo que pasa. La temperatura del ambiente, la copa donde lo viertas, según lo hayas decantado o no; todo ello hace que sepa diferente. Los caldos están vivos; su luz, su tonalidad, su aroma… cada minuto lo hace disímil. No sabe igual ahora que dentro de unas horas, no es igual abrir una botella hoy que dentro de siete años. El color te avisa, su aroma te pone en el camino de ese tanino que vas a descubrir, por eso me gusta el vino; es algo mágico…
Balanceas mimosa la copa, oxigenando la pureza de su aroma y preparándote para su sabor. La acuestas ligeramente, y ese caldo vivo explosiona en degradado en todo su color; intensos cerezas, granadinas, bergamotas, rojo ralea y berenjenas, arrinconan sus tonos entre el cristal fino y lo dejan a la libre exploración del entendido vinícola. La nariz se sumerge de lleno en la copa, donde inhalas un alcohol puro lleno de tonos temperamentales y húmedos, que se sostiene segundos en la pituitaria arrancando matices intuitivos en visos de cariz. Aromas penetrantes de violetas y bayas, se vierten llorones de granos color azul intenso, ovoides, que hacen caldos de extraordinario carácter. Matices ácidos que regalan las uvas aisladas, recuerdan las cerezas y ciruelas maduras, regaliz, cedro, madera de roble de sus barricas gestantes, y un sinfín de connotaciones espirituosas, flotan en el oxígeno inerte llenando sus átomos de impregnaciones gloriosas, en la primera cata de ese sorbo robado a la sangre viva de una botella aún sin etiquetar.
Las añadas tristes revolucionan los estantes poco precisos de los tintos sin madurar, y agolpan henchidos las cartas modernas de los restaurantes de diseño y las galerías vitivinícolas de los nuevos gurús restauradores.
Me asomo sorprendida a una hilera de botellas cubiertas de polvo donde unas etiquetas raídas se muestran acostadas en unos anaqueles escondidos, y soy avisada de que “esas ni tocarlas que son de colección”.
Galerías escapadas de la vida, viven entre maderas viejas que acurrucan a un ser aún no nato, que sin embargo palpita y va creciendo dentro de esas barricas adormecidas, viejas y pacientes. Las cepas conviven con piedras sumergidas bajo la superficie de esa vida, y las protegen del calor y del frío, y los suelos atropellados de tierra pulida aglutinan polvo que adornan botellas de etiquetas de más de cien años…
Aquel lugar duerme tranquilo, como ajeno a la prisa del mundo, gestante de varios seres, colores y esperanzas; ansioso por salir atropellado, explosionando en matices temperamentales llenos de vida.
Recuerdo aquel lugar ecuestre y elegante camuflado entre un vergel de colores oriundos, donde palmeras, higueras, chumberas y demás vegetación exótica, esconden celosas un oasis color sangre.
Hacía siempre mucho calor, y el cielo nunca estaba azul del todo; siempre había alguna nube gris plata emborronando esa enorme diana donde clavar los ojos. Recuerdo los manteles blancos y los jarrones llenos de flores raras. El olor a pan recién hecho y los bollos de avena y centeno que nos dejaban un sabor rancio en la boca.
Cuando mi tío sacaba una garrafa de vino, nos arremolinábamos inquietos a su alrededor, mientras colocaba la damajuana cerca de un cubil en la leñera; estábamos ansiosos por que nos dejase a nosotros abrir el grifo y rellenar un par de botellas. Entonces se sentaba en el suelo, a nuestra altura, y con cuidado acercaba la botella y la controlaba paciente mientras nosotros la sujetábamos. Nos gustaba hacerlo, porque todo olía especial; olía como a tampón mojado y húmedo que lleva siglos escondido en algún cuchitril mohoso de paredes cubiertas por hongos.
Cuando teníamos llenas nuestras botellas, nos dejaba colocarles una pegatina donde cada uno ponía con su letra infantil nuestro nombre y la fecha, y siempre nos obligaba a escribir un número extraño, que debía significar que nuestra botella pertenecía a esa cuba. Después nos daba unos buchitos de mosto, nos hacía creer que era un vino de niños, y nosotros, le hacíamos creer a él que ya se nos había subido a la cabeza, y que el motivo de no querer almorzar ese día era porque estábamos totalmente borrachos.
Mi tío Eusebio fumaba puros, cortaba una parte del puro e inhalaba después, fuerte y hondo, llenando de humo la copa de balón cubierta de hielo y “Chivas”. Nos mostraba entonces fotografías antiguas de gente pisando uvas. Las señoras, refajo en mano, reían desdentadas y los señores remangados hasta los codos, mostraban orgullosos, racimos apretados a punto de reventar y bayas en forma de piñones.
Recuerdo cómo guardaba celoso los álbumes de cuero en su estantería de despacho antiguo. Y me gusta recordar esos tiempos porque todo, hasta las fotos, parecían tener vida propia; olores, sabores, leyenda e historia. Todo allí estaba vivo, en constante movimiento controlado; en armonía… Jamás he podido desprenderme de esa viscosidad limada de colores tierra en suelos calcáreos, y de esa avenencia adquirida en panorámica de postal añeja, que brinda feliz, en campos maduros.
Mi tío Eusebio daba grandes cenas, un genial anfitrión, que orgulloso, mostraba con gesto tímido una bodega llena de contrastes. Hablaba de vinos, y sus palabras flotaban por el aire, te hacían viajar a lugares extraños y como confinados en el Piamonte, en el Valle de Aosta o en Lombardía. Mostraba fotos de cepajes tintos, y sus palabras escudriñaban en la mente de todos, la osadía inquieta y atrevida del sabor complejo y elegante, fraguado en la imaginación. Y degustábamos vinos afrutados de uvas maduras con aromas frescos, salidos de suelos drenados.
Una tarde cenicienta; suelo embarrado y cielo pardo, las parras se movían furiosas desgranando tristes sus frutos rubíes. Desde lejos; veíamos cómo el viento furioso, quería desmembrar esa postal, para teñirla de blanco y negro, y cómo esa piel gruesa y azulada, que redondeara los vinos y acelerara su crianza, se agarraba a la vida.
Desde entonces ya comprendo, que el vino es elegante y presuntuoso; altivo y distante, que es una mujer perfumada de rosas, té seco, petróleo o tierra, que según la mimes, aparece bellamente envejecida en barricas viejas de roble de Eslovenia, crianza prolongada que consigue más tánicos y mayor color. O joven y fugaz en añadas que no duran. Puede ser frutal y noble, con aromas a violetas. También puede ser intensa y vigorosa, engañosa y disfrutona, que al cabo de los años, se transforma en aromas quemados y ahumados, alquitrán y trufa.
Ácida o dulce, ronronea caprichosa en las posturas de la buena mesa, de entrante, compostura y postre, o de tapa tarambana.
Es fugaz, leve y frágil; agria, suave y sencilla, siempre guarda tornasoles escondidos detrás de esa llanura franca, que bellamente recogida, en un cristal de alargado gollete, siempre esconde un cofre místico para ser admirado. Sorprendente cadencia de colores en juventudes maduras, o en premuras viejas, el vino nace, se contempla y vive, más allá de los años.
El vino es la mujer desnuda, sola, afligida, que necesita la destreza del hombre para sentirse protegida. El hombre extiende su mano a nivel de atmósfera, y acaricia ansioso la tersura de su piel. Ayuda a madurar a la niña de mejillas coloradas, la viste despacio, le canturrea marrullero, esperando paciente, en el desasistido devenir impreciso del tiempo, a que la hembra luzca bella y segura en sus manos.
Por fin la mujer madura, asistida en el tenaz culto del hombre templado, y cubre sus curvas firmes en las raleas de casta. Abandona su efímera compostura, dejando atrás la tierra lagrimosa, y tras los preámbulos variopintos, pasa a guarecerse en algodones nobles de maderas presuntuosas. Aguarda paciente la entrega a su amado, que la desparrama glorioso como victoria ansiada, y por fin la saborea, y sabiéndola suya, la desnuda consentido desgranando su piel paso a paso, y aspirando todo su ser; aromas y texturas, deshojando estoicamente cada connotación de su cuerpo.
Había temporadas en que las hiedras dejaban de adornar con su color caqui esas vetustas paredes, y era cuando el viento lanzaba furioso los cristales rotos entre las celosías de hierro torneado. Prestos frente a la hoguera entre humaredas de tabaco y miasmas, nos contaba historias lejanas rotuladas de uvas. Cariñena con sus ganas por envejecer con dignidad, la afrutada Gamay, la joya Nebbiolo; la más preciada del viñedo italiano, la Pinot Noir que se torna anaranjada, la Prieto Picudo con forma de piñones, la Sangiovese de rojos púrpura impregnados de matices arcillosos, la ácida Bobal de brillantes tonos y aromas frescos, la Graciano de rojos vivos que dan finura y calidad proclive a la mezclas. También nos hablaba de la tinta Merlot; oscura, azulada y gruesa, la violeta Syrah, la conocida Garnacha, la Bonarda vieja, y la argentina Malbec.
Suspirando tranquilo en el halo purpúreo de esa tarde enrarecida, el Cabernet Sauvignon asoma en sus labios, y es entonces cuando nos habla de ese rey oriundo de cepajes tintos; que sabe a uva de diseño cultivada con éxito en todo el mundo. Y mientras movía ligeramente su copa, complacido, nos iba mirando uno a uno, ya cansinos, ir pintando a colores, uvas en cartulina, como de Monastrell y Mencía…
servido por rociomedina
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5 Marzo 2007
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Sigiloso y de puntillas, se encaramó al preludio de la noche, donde nadie oía ni un sólo susurro saliendo de sus callejones oscuros...
Detenido bajo el foco de la luna, la vio deslizarse bajo la seda de su vestido cuando descorría las cortinas. La noche sonaba a jazz viejo y él comenzó a tararear una canción.
La ciudad renacía entre las últimas luces de la noche, los coches comenzaban a despertarse, y los perros inundaban los parques mojando sus almohadillas desgastadas en el rocío del alba.
Volvió a correr las cortinas, encendió su pequeña luz anaranjada, y abrió la ventana. Su pelo empapado pintó un hilo de agua en el cristal. Él la miraba. Gota a gota, el vaho salía precipitadamente como el humo despavorido que pinta burbujas tóxicas mientras sale de unos labios acarminados.
El día en que me pierda contaré muchas cosas, aquellas cosas que nadie se ha atrevido a decir jamás. Y verás que detrás del antiguo horno de leña, se esconden esos párrafos prometidos... Ahora que la noche se enfría tras su muerte, hace apenas unos minutos, escucho cómo el amanecer satisface mis deseos de volver a comenzar. Y todo parece que permanece aún dormido, hasta el ruido sigue dormitando entre la oscuridad pintada de un gris manchado de nueva luz.
Entonces él escucha su voz saliendo de aquella ventana; cortada, ebria y malsonante, dibujar gorgoritos tristes en una cara húmeda y fría. Su rostro no tiene expresión de nada, tan sólo dibuja una piel lisa en unas mejillas coloradas y unos labios agrietados, donde se aprieta la palabra antes de salir estirada y hueca, llenando de matices tristes el lento despertar del sol.
El día en que me pierda contaré aquellas cosas prometidas, secas de lágrimas y sin palabras que retumben en tu cabeza como los muelles de una colchoneta vieja. Todo sonará menos profundo y más triste, más lejano en la cercanía de las palabras que se dejan dichas con plumas usadas. Y ahora que la noche se enfría tras su muerte, ahora que aún todo duerme, sigue el silencio retumbando las paredes inacabadas de la vida.
La voz sigue sonando, saliendo más de sus ojos vivos y perdidos, que de su boca agrietada. Perenne en aquel umbral anaranjado que ilumina su ventana dando luz difusa a aquella calle vacía, impertérrita y firme; sus ojos no pestañean, y las gotas de su pelo, siguen resbalándose elegantes entre el quicio de aquel edificio de ladrillo pulido.
El día en que me pierda contaré aquellas cosas prometidas, licuadas en mis veranos y ocultas como el camino entre las hojas coloreadas de los otoños. Y entonces verás como era cierto todo aquello que te decía mientras las palmeras eran verdes y los veranos azules. Sonará vibrante y grácil mientras tú pronuncias las palabras en tu mente. Ágil como el mar mecía tu barco de capitán pirata, y fuerte, como tú me abrazabas bajo la luna en aquel velero de nadie.
Él metió la mano en el bolsillo de su abrigo, sacó un reloj y consultó la hora, volvió a mirarla... Paseó sus ojos por las sendas de su pelo, la humedad de su cara, que mejillas abajo, devolvían tono y luz a esa tez de escayola suavizada. Sus ojos seguían perdidos, vagando por los senderos deformes de su memoria odre.
El día en que me pierda contaré aquellas cosas prometidas, verás como nada será igual que como tú lo vivías. Verás como todo color está lleno a su vez de otros matices, y sabrás por fin, que los días no son sólo horas, y minutos, y segundos... Verás como los días también pueden contener eternidades enteras, vidas enteras que empiezan y acaban en tan sólo ese tiempo... Y ahora que la noche se enfría tras su muerte, volvamos a creer que existe la vida, volvamos a pensar que la esperanza no tiene color...
Se miró las manos, y levantó de nuevo la cabeza para mirarla a ella por última vez. La estatua fuerte destilaba vida por sus ojos húmedos, que parecían deshacer, a aquella bella muñeca de cartón. Su fragilidad... Y le tiró un beso desde su corazón hasta sus ojos, y los cerró mientras lanzó a la carretera aquel reloj. Se apretó la gabardina con sus brazos, se paró y miró más allá del cielo, y continuó su camino.
El día en que me pierda contaré aquellas cosas prometidas, y contaré el secreto que siempre quisiste saber pero que nunca estabas dispuesto a escuchar porque te daba miedo. Lo contaré desde el principio, sin olvidarme de los detalles de aquel preludio de la noche, y verás como los días también pueden contener la felicidad de toda una vida sin esperar que suceda nada diferente. Y sabrás entonces, por qué la felicidad se esconde con el sol, y detrás de las nubes del cielo; y sabrás entonces, por qué todo puede cobrar vida detrás de cualquier pared, cualquier vestido, cualquier día, y cualquier sombra tenue que nos persiga, que nos mire, que nos recuerde, y que nos quiera.
La música de sus labios se apagó de repente mientras un cigarro se encendía entre bocanadas de ceniza, dejó caer su vestido al suelo, y las cortinas se cerraron para siempre...
Rocío Medina
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11 Enero 2007
Relato Uno
El cuerpo se estremecía al vaivén del impulso incontrolado; la piel sudorosa brillaba tersa y era suave a sus manos y sus labios. Aquel gemido inundó la nada y la llenó de respuestas sin sentido entre palabras incoherentes.
La habitación estaba en penumbra cuando llegó; llegaba tarde y hacía demasiado calor. Él la vio cruzar la calle de enfrente. La miraba desde arriba, la observaba mientras los impulsos despertaban atropellados en el nerviosismo del que no sabe bien qué buscar. Ella andaba deprisa, su pecho dibujaba unas caderas perfectas que se mantenían firmes sobre unos finísimos y largos tacones, arriba y abajo; el escote mecía la melena sedosa que brillaba bajo los últimos rayos de aquel sol naranja ocre.
Cuando se cerró el ascensor del ático él abrió la puerta antes de que ella llamase; le recibió a torso desnudo y descalzo con unos jeans prietos y desgastados. Ella bajó la mirada, entró por el hueco de su brazo sosteniéndose en la puerta y dejó caer el bolso al suelo. Él tampoco dijo nada y la puerta se cerró.
Sólo la respiración agitada se mezclaba con el ruido de un ventilador viejo que se sostenía mustio entre un salón casi vacío. Las grandes cristaleras reflejaban las luces de otro mundo; de ese otro mundo alejado que les separaba de la realidad. Ninguno dijo nada. Intensos segundos agonizantes resbalaban piel abajo entre las gotas de sudor que emanaban un aroma intenso a piel caliente. Se respiraban lentamente entre raudos efluvios libidinosos, y por fin la carne sucumbió.
Él le apartó los mechones que caían por su cara, dejando limpio un escote salado que quería salir empujado por sus pezones oscuros, ella seguía callada, quieta... mientras sus pechos jadeaban mudos entre su ropa interior. La giró lentamente mientras buscaba su mirada; y de espaldas a él, contra él, pegada a él, sintió sus manos en su estómago, subir y bajar de su estómago hasta su pecho. Dejó caer la cabeza lentamente hacia atrás mientras temblaba su entrepierna, y antes de que él comenzara a besarle, le empujó con fuerza hacía el sofá liberando botón a botón su enorme erección palpitante...
Y con el primer gemido de él, se desató la vorágine; ya no quedaba nada de ropa, ni de lencería apretada que domaba el cuerpo haciéndolo más deseable y erótico, tan sólo los tacones de ella y el tatuaje de él.
Cuerpo a cuerpo comenzaron a lamerse, mano a mano a tocarse, y los ojos seguían sin encontrar una sóla mirada. Se cerraban deseando sentir y se abrían buscando encontrar para seguir succionando, chupando, mordiendo, lamiendo, cogiendo y abrigando ese calor irresponsablemente compartido, esa complicidad sanamente pactada, esa serenidad loca que deja de pertenecer a alguien...
Ella estaba sobre él, lentamente el cuerpo se rozaba acariciando una piel mojada que se perfumaba en la ambigüedad de lo distinto cuando recién se te regala. Un olor profundo que te recuerda y evoca, que te provoca y a la vez hace que te olvides, y lleno de esa intensidad que lubrica cada uno de los sentidos que te mantienen viva y latente...
Él era fuerte; ella no. Él era hombre y ella no. Él quería rapidez; y ella no. Pero era ella quién tenía el poder y él no...
Había comenzado el juego; y piel con piel se frotaban nerviosos, ella ansiosa por dominar su furia embravecida, por dotar a su cuerpo de esa plenitud turgente y carnosa, domarla dentro, abrigarla en paredes huecas y mojadas durante horas, y él ansioso por encajarse en ella y dormitar segundos que se magnifican horas, empotrando su naturaleza animal en aquella musa de ojos turquesa.
Ella gemía avergonzada con una fuerza sordina; él tan sólo respiraba fuerte y rotundo.
Por fin él giró su cuerpo y se apoltronó sobre ella, le sujetaba con fuerza las manos y logró meterse entre sus muslos, los gemidos callados ahogaron el silencio y la noche se abrió para ambos.
Giraban sin rumbo, palabras flotaban a medio hacer entre los huecos de las sacudidas, emanaciones agrias de pegotes de caramelo líquido corrían cuerpo abajo, boca abajo, vientre abajo... Los plásticos se hicieron algodones, y las cortinas se desgarraron mancilladas mientras las cabezas golpeaban los cristales empañándolos de vaho y sudor.
Con el último resuello de esa turgencia, se apagó el calor del cuerpo, y la piel aún empapada, brillaba triste entre el galope rápido de las últimos jadeos. Los cuerpos se giran buscando la intimidad, espalda contra espalda sin llegar a tocarse, las palabras seguían desaparecidas, ahogadas en el hablar inconexo y reseco que habita en la penumbra de una habitación agitada. Ahora molesta la piel y el pelo, las gotas ansiadas que se derraman de dentro afuera. Se busca la ducha y las sabanas cubren el cuerpo limpio para volverlo a vestir...
No hubo beso, pero sí una mirada; la mirada más triste que nadie jamás puede ver. Indescriptible y solitaria; hundida, abatida y doblegada, y al cruzar de nuevo la calle, él nuevamente le sigue los pasos iluminados por la antorcha de la vida, se aleja despacio, arrastrando sus tacones y su bolso, mientras él quita el vaho de la ventana con la manos envueltas en su perfume de mujer. Se pierde en la intensidad del mundo, en la complejidad de las cosas atropelladas que nos atraen como imanes; como los polos a la tierra, como la luna atrae al sol, como la luz atrae la oscuridad, y como los amantes se atraen para sí y se separan para volver a encontrarse...
Se aleja sola, volviendo a ser un sólo cuerpo imperfecto que necesita nuevas mitades para ser feliz tan sólo instantes, y el vaho desaparece dejando huella; una huella sin beso de despedida. Y cuando él se vuelve y enciende la luz, ve el salón inundado de instantes derrumbados, la ducha todavía goteando, y se recuesta entre sus sábanas ya frías y revueltas; recompone su esquina de siempre, sin beso y sin ella, y comienza a dormitar mientras permanecen, aún, los restos rubios de sus mechones...
Rocío Medina
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21 Diciembre 2006
CAMINOS DE CRISTALES EN SONRISAS CHAMPANGE por Rocío Medina
Las calles se llenan de luces, los asfaltos se abrigan de gente y abrazos, y los besos brillan entre carmines de sabores...
Las ciudades manejan estos días la tierra desenterrada que tapa las raíces de los frondosos abetos que se adornan voluptuosos entre bolas de colores y pequeñas luces candentes, que se disipan al ‘tictac’ de la sintonía que renace entre melodías infantiles, que ‘los grandes’, ponen halagando el clímax de las velas rojas y las arenas huidas de los antiguos Belenes.
Suaves luces tenues emergiendo de la alegría de los colores difíciles, que en noches cerradas de invierno y nieve derretida al aplomo de las gotas plomizas, brillan refrescantes en las almas suspirantes de primaveras y propósitos buenos...
Los árboles drogan su espesor perenne entre los fríos de los curiosos copos, que se recuestan en sus copas esperando envejecer prontamente, y dejar llorar a los abetos nobles que visten galas doradas, plateadas, redondas o estrelladas según la moda se presente de caprichosa.
Escaparates anchos vestidos de galas con sus mejores lazos, haciendo pomposos regalos vacíos de valor y llenos de intenciones a toda prisa. El mundo gira y gira, y ronea sus zapatos elegantes y lentos entre sus vidrieras pintadas de blanco nieve. Copas estrelladas que husmean los recibidores del lujo y la adrenalina encorsetada en el plástico vestido de dígitos que marcan cuentas vacías o llenas, pero rodeadas de valores depravados.
Las cenas se adornan rumbosas en las costumbres del mundo, y cada uno de los muchos mundos; elevan y ensalzan culturas patrias llenas de otros ritmos y otros dioses iguales de vanidosos, que acogen los buenos propósitos y los enmarcan en postales de sombreros rojos con cúpulas de pompón blanqueado, que se arrastran por chimeneas y tejados ajenos, dejando huellas rotas en el nuestro.
Las casas humildes adornan las grietas del hambre encajando polvorones y turrones guirlache, iluminadas al fondo por abedules de plástico lleno de luces que se encienden y apagan, haciendo calor en el vacío que viene, año tras año, desde el lejano Oriente. Las macetas del jardín se secan heladas y las sillas de hierro, que aguantaban conversaciones de otro tiempo, se encogen entre el robín de sus patas iluminadas por la estrella fugaz que asola el campo, mientras dormitan los tiempos de muñecas de trapo y regalos remendados.
Las casas urbanas, que se acomodan en áticos de lujo, ya no traen Belenes con puestas de largo, porque en los jardines “Zen”, nunca hay demasiado espacio. En cambio; hay enredaderas cobre que se iluminan frondosas desde las pantallas de metacrilato, guiñando las hojas muertas a la vida y tentándola bajo los focos mundanos de la prosperidad. Y claro; los árboles justifican así el no ser talados y se recuestan a dormir, acunados bajo la música tenue, entre sus charcos plástico con efecto escarchado.
También hay casas campestres, siempre las de más allá del océano, donde la luz del faro enfoca las barcas que tintinean atracadas en la orilla, meciendo el tiempo de espera con su madera repintada. Y desde donde se ven; los árboles del jardín cantan la Nana perdida, el villancico obsoleto que se posa en las habladurías del tiempo, y las hogueras tristes, gimen entre su madera reseca, observadas por el pino del fondo (tristes ramas mal cortadas) que peinan bolas de colores cogidas con hilos de hilvanes. Ya no hay niños ni apurados caldos, ni matanzas vivas que llenan de calor y luz sus frías paredes de piedra. Pero dicen, que allí; en ese pueblo perdido desde donde se ve aquel faro olvidado, al llegar las doce en punto, llega un deshollinador de otros tiempos. Y baja chimenea triste abajo, llenando de sueños y recuerdos el ambiente de aquel salón apagado, se recuesta entre las estrellas blancas de cartulina de la mesa del fondo, donde el musgo del campo hace camino, y el serrín de los gatos hace cuna a un niño endiosado. La señora de negro se hace otro lazo en el trapo, y el pañuelo negro de la cabeza, adorna sus cabellos blancos.
Caminando por las aceras llanas, encuentro a hombres sentados; pasean sus trajes viejos y sus zapatillas rotas de cuadros. Llenan de emoción ese ambiente olvidado y de leyendas las mentes nuevas de los que quedamos. Cuentan historias lejanas de Reyes Magos, que traen de ese Oriente pistoleado la nueva buena a un niño recién nato. Traen incienso, mirra, y hasta oro; de ese oro dorado. Caminan sin descanso, detrás de una estrella año tras año, despertando pastores en cabañas de pasto, perros pulgosos apaleados y hasta jóvenes inquietas, que llenan cestas de huevos como regalo.
Y caminando, en cambio, por las avenidas galantes; encuentro hombres sin descanso, resbalan de taxi en taxi, apartando al sentarse la chaqueta de sus trajes caros, y sus zapatillas de juanetes remendados se han transformado en zapatos limpios de cordones de diario. Ya no cuentan historias atrapadas en bocas rotas de dientes agrios, sólo saben de Oriente que es un lugar encañonado cubierto de pólvora atrapada en el clima mustio de los ocasos. No hay niños natos sino supervivientes. Y no hay reyes que traigan nada, sino señores que quieren robarlo todo: la inocencia, la vida... Caminan sin descanso también, es cierto; pero detrás de unas estrellas pintadas de piel cremada y no de polvo de leyenda. Llevan cajas mínimas con regalos grandes, y hasta perros “pedigree” con grandes lazos adornados.
Las playas y sus paisajes pierden la ilusión por el amanecer del día, dando paso a las noches candentes llenas de hombres que disfrutar, y no de mocitas que se dejan rondar tras una flor recién cortada con olor a gotas de un recién amanecido día.
Los tiempos silban al progreso, y las niñas buenas, tapan sus excesos deseando al mundo los buenos días mientras acarician la idea de las noches buenas, que desean con sus dientes enlucidos. Atrapan chimeneas iluminadas de velas blancas perfumadas y no de leños de roble que se iluminan con fósforos y aceite.
Bajan los “Papás Noeles” por sus áticos de diseños imposibles, con un plano secuestrado de arquitectos progres, y dejan su carro al amparo del turista que viaja a lugares exóticos por miedo a ser atracado por los renos tristes que adornan imperios mundanos. Se apean de sus motos de doble paga, dejando escondido tras la barba de ‘atrezzo’ y el bigote teñido, el aplomo de las penurias y la prisa; sonriendo a los niños sabios que desconocen su nombre de pila y le llaman “Santa Claus”. A esos niños, les enseñan las sonrisas y les regalan caramelos, mientras ellos; les muestran su casa fría del norte en el último video juego de su PSP.
Pero cierto día; al llegar las fechas de leyenda en un mundo comedido, no se acuerdan del por qué cenan todos juntos, sino que sueñan con abrir los regalos que su Santa les trae: ¡Santa tarjeta de ahorros!, ¡Santa Visa milagrosa!, ¡Santa madre que se arruina!, ¡Santo padre que otorga!... Santa divinidad del progreso que olvida, y Santos REYES MAGOS que observan tras la colina, y esperan ser reclamados, esa noche, en el que todo esté borrado y de nuevo, haya que recurrir a la magia de los días, al retorno de los sueños, y a la ilusión que desborde sonrisas más allá del tiempo...
Entonces, dejaremos las ventanas abiertas de par en par, y también los balcones, y dejaremos caer chorritos de magia por toda la casa cubierta de cuencos de marca para camellos, donde secar la sed de fantasía, cubierta de cartas para renovar ilusiones fósiles donde se recuestan los sueños, y divanes de telas nobles donde reposar reyes instruidos que marcan capas de tendencia por las alcobas tristes...
Pero aún hoy, aún hay muchos que estamos salvados, que atrapamos los libros y anotamos a pie de página notas que recordamos. Y buscamos entre las fotos antiguas a ese Rey, que cabalga a caballo por su paje escoltado, que sonríe a la inocencia, que busca miradas cómplices mientras deja anisetes de sus guantes en nuestras manos, y besa al niño que quiere dormir temprano, dejando su carta sin sello en el buzón de Los Magos...
¡¡FELIZ NAVIDAD!!
servido por rociomedina
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5 Diciembre 2006
Ayer murieron las estrellas; cayeron rápidas al amanecer del día. Sus brillos fugaces, rescataban la noche, y la noche; nos rescataba a nosotros.
Mirarte es algo difícil y hermoso. Inexplicable lo que siento. Marañas negras que se cruzan, ojos enormes y negros que me atrapan, labios que me quieren, manos que me cuidan. Difícil es ver la nube de tu pecho blando, el mapa de tu cerebro; el por qué haces así las cosas.
La lluvia desaparece borrando las sonrisas, dejando un rastro húmedo y libertino.
Y entonces era ella la que respondía suavemente en su alcoba, y susurraba palabras gélidas mientras las velas se derretían despacio.
Corría el rumor de que nadie nunca la había poseído del todo, y que su piel olía a mil aromas exóticos y fuertes como los de las flores drogadas por el jazmín. Su habitación era la luz que se filtraba del calor de su cuerpo, y sus mejillas eran volcanes encendidos de deseo.
Ella estaba desprovista de todo aquello que amarraba su boca fresca, como si una fresa mojada en ‘champange’ pudiese decir algo.
Los ojos se perturbaban al vacío de la suave rutina que se agolpaba en sus días. Tenue tempestad de llantos ahogados… tan sólo es recuerdo de las tinieblas rozando su llanto, sumergirse en las ondas de su ser como el único reducto fértil en el que apoyarse.
Se iba abriendo poco a poco en los ruidos persas de noches encontradas al aforo de los hombres que nunca insinuaban nada. Se sentía tan perdida que jamás había conquistado algo que no fuese su propio orgullo barrido en labios siniestros que nunca podían amarla. Reprimíase toda ella, absorta en el mundo más sutil de su intelecto vago e inútil, a todos los esfuerzos que intentaban asociarse a su peculiar manera de sentir y pensar.
Quisiera entonces detenerme a observar los almendros, allá en esta primavera, caminar en esa calle limpia, donde las blancas casas huelen a jabón viejo. Pasear por esas calles, reteniéndote en la mente, y acordarme de tu risa fácil y tus muecas extrañas.
Llego a ese parque grande y perenne, cubierto de rosales y césped, y encuentro sombras tuyas saludándome por todas partes.
Entonces, las noches, con sus mórbidos y azulados paisajes, la sumergen como nunca en el haz penoso y transeúnte de aquellos que visitan su alcoba o de aquellos que a solas pasean sueños prohibidos nunca saciados.
Aquella noche, ella se sumergió lentamente en su propio yo, se dejó caer sobre la alfombra como uno de esos cojines desgastados que nunca pesan demasiado. Empapó la cara de lágrimas ardientes y deseosas de pasión y deseo. Maldijo su nombre, su alma, su vida entera… Y después, al cabo de un rato ya lejano al surco delator de sus lágrimas; se quedó dormida. Su cara era como una de esas caritas de porcelana china que adornan los rostros de las muñecas más inútiles del mundo, de esas que nunca tocas por miedo a que se te rompan.
Tenía en sus ojos cerrados al espesor de sus pestañas, y sus párpados, tan inmóviles, eran como si estuviesen cubiertos de fino chocolate blanco y delicado. Ni sus labios minúsculamente sonrosados se apartaban del hecho de hacerte sentir atraído por aquella hermosa figura que se adornaba a sí misma entre su cuerpo; entre las fabulosas curvas que dibujaba sobre la alfombra tantas veces visitada por su apresurado cansancio a medio camino entre la cama y su sueño.
Aquella noche, sus piernas estaban dadas al arrullo de sus sentidos que se desdibujaban en torno a todo lo que ella sentía.
Abrió la boca y comenzó a susurrar:
_“El sexo para mí es como una nube de algodón de azúcar; es grande, color rosa, o tienes cuidado o se te cae por todos lados... se desparrama, y en vez de nube, es como una tortita de maíz despachurrada. Se come a bocaditos y cualquiera de ellos te sabe igual pero a la vez distinto; y cada pellizco a la nube se puede deshacer en tus dedos, en tu boca...
Y yo supongo que soy una mezcla de arena, de sal, de agua, de perfume, de sueños, de canela, de incienso y un complicado enredo que se ata a mi mente
y me hace pensar, sentir, y ser cada día más yo, y más distinta.
Igual no estoy para estar aquí,
igual no vuelvo a hablarte
igual no vuelves a tener más metáforas
igual me voy camino de Capri
igual me hundo en la cueva de Platón
igual me caigo y desaparezco para siempre
Tú en cambio... ¡qué va!..... tú estarás
en Canadá... pidiendo comida china,
lavando la ropa con manos de esclavo,
y consumiendo tu prisa en días lentos, atormentándote por saber si eres bueno en la cama...
por querer complacer para ser complacido
Estarás ausente en tu baño que huele a limpia cristales mandando e-mails a desconocidos, camuflados de chicas playboy.
Estarás soplando velas mientras guardas en tu vitrina trofeos de caza...
Y yo estaré ciega y muda pensando en el pensar de los otros, escribiendo sin poder pronunciar palabras con un lenguaje mudo y sordo, y para entonces; el mundo se estará consumiendo al hambre de los gusanos, y las puertas del cielo quedarán cerradas para siempre como un mito histórico de una rebelión pobre del ser humano. ¡Qué triste es todo!”.
Llega el presagio más desafortunado, y empiezo a acordarme de mi libro rosa; pastas rotas, hojas secas, miradas de ojos pintados a boli y un papel sin nota.
Tengo sueño cuando menos lo quiero, y no duermo cuando sin embargo debería hacerlo. Te echo de menos, me echo de menos a mí, al mí de 5 años, de 6, de 11, al mí inquieto y valiente.
Tengo cuadros colgados que no dicen mucho; sólo son míos. Tengo dibujos llenos de plegarias a grandes trazos, y cuadernos, montones de ellos, de todos los colores, vacíos, sin aliento.
Quiero recuperarme; encontrarme frente al espejo, saludarme entre líneas de diario, vaciar mis ‘holas’ al viento, y ver frente a mí la sombra, que por mi nombre responde, que por mi sonrisa suspira, y por mis labios peca...
Rocío Medina
servido por rociomedina
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4 Diciembre 2006
Descubriendo que no moría el Mississippi quise ver amanecer.
¿Qué horas serán ya?, quiero oír de nuevo su voz. ¿Quieres saber algo?, ha sido muy especial para mí, George...
Mamá ha sufrido un infarto, amor mío. Ha ocurrido un accidente, Deby ha muerto cuando iba a casa en el camión de Middle Walk; “We will always love you...” Los árboles parecían más bajos y las casas más pequeñas, había perdido algo que no era más que una sensación. ¿Te parece que he cambiado?. Hablo un poco de alemán...
¿Sabes lo que creo?. Que si te quedaras, antes o después, serías como tu madre; siempre querrías irte. Aún sigo esperando a que algo suceda. Dígale otra vez que he salido de viaje y que volveré el domingo... Tienes razón; somos diferentes, pero hay cosas que no cambian...
¿Te importaría no discutir hoy?. Quiero mostrarte las facturas, y la escritura... Sé que necesitas un ‘polvo’ en Beverly Hills. Tal vez yo podría haberme visto también beneficiada en el reparto de la herencia de mamá. Nos vamos...
¿Otra vez, madre?. Coge tú el teléfono si has pagado la factura... Él no quiere hablar contigo; ¿no lo entiendes, madre?... La lluvia empapa los cristales del coche, el limpiaparabrisas se retuerce... ¡Levanta!, son las ocho, tienes que ir a trabajar. Yo conduciré; sé conducir...
Acabo de venir de compras, acabo de dimitir y hay que celebrarlo. No me pagan tanto como para llevar el cartel del piquete. Hay gente que sale a luchar, les enseñan a eso. Pero no he venido a Beverly Hills para luchar...
Hablo francés, ¿soy tu madre, verdad?. Hay que hacer ‘castings’...
No hablamos. Jamás hablamos sobre ese día. Mi madre trataba de ocultar sus sentimientos con pintura naranja. Yo me sentía muy sola y echaba de menos a la abuela y a Deby, jamás dejé de echarle de menos... Llama a tu padre, debes hacerlo, al fin y al cabo te dio esa pata de conejo para que te acordases de él. Tranquila, todo irá bien, no te preocupes. Da señal, no cuelgues; ¡no cuelgues ahora!...
No estaba preparado para verte, no pensé que fuera a pasar. ¿Tienes más hijos?...Me gustaría verte, ¿cómo se llama?. ¿Sabe Lucille que existo?... ¿Necesitas dinero?. Eso es un comentario horrible, no se trata de tu dinero, no tiene nada que ver con eso... Siento haberte llamado.
A veces pienso que entre las 100 alfombras hay alguna voladora y que un día se despierta y me lleva a un país lejano. Me lleva al este, a una Universidad del este... Hay un pez que deposita sus huevos a la luz de la luna. Me gustaría llevarte. Me gustaría verlo. Ve y arriésgate...
¿De verdad lees a Nietzsche?. Sería una locura tener un amigo como él... Quiero irme, ya no puedo llevar esa carga. ¡Déjame vivir mi vida!... ¿Quieres un helado, princesa?.
El eco débil del saxo inundó la habitación. Iré a verte en Navidad, y cuando vuelvas en primavera, tendré preparada para ti esa casita azul mirando al océano. ¿Tengo que irme?. Espero que vengas con alguien. ¿Te das cuenta?; nunca has sido una chica de pueblo. Gracias mamá. Y abróchate el cinturón... Hazme una lista de los libros que lees para irme poniendo al día. Sé optimista; alegre debes vivir...
Quiero respirar vida para que cuando muera; el mundo sea demasiado insulso, demasiado justo, demasiado perdonable...
Rocío Medina
servido por rociomedina
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29 Noviembre 2006
LAS CORCHEAS, By Rocío Medina
Los acordes brillaban bravos y enfurecidos en la música de aquella orquesta. Los allí presentes dábamos luz al silencio y la nocturnidad se crecía resplandeciente entre nuestras miradas atónicas. Las mentes volaban y se dejaban molestar por las corcheas que bailaban más allá de sus cuerdas y sus sonidos al compás. El ‘dos por cuatro’, el ‘cuatro por cuatro’... todos lucían en sus escalas y con sus claves de ‘Fa’ y de ‘Do’.
Imaginé entonces que estaba en medio de un escenario de feria, apartándome los mechones de pelo que se salían de los lazos recién estrenados de raso, esperando el algodón de azúcar con mi vestido bordado y mi rebeca de punto, en unos merceditas nuevos brillantes y de charol. Concluí caminar de nuevo, a ver si el atardecer ceniciento me devolvía a los cinco años y recuperaba mi tirada de escopeta injustamente robada por el niño mayor de pelo largo y pendiente, que también me robó durante un invierno, aquel difícil cromo de coches.
Pero como era pequeña, andando me perdí, y fui creciendo en la letanía del tiempo, atravesando moradas oscuras llenas de colores café. Paré a descansar en el olor a molino rancio de aquel valle siniestro, y las escaleras de aquella finca me llevaban a la inercia de los sentidos, a esa teletransportación que me hacía vivir otra vida... La mansión olía a museo antiguo, a humedad cubierta de cuadros y de historias, de grandes banquetes, y a colecciones de armas y partidas sucias de pócker.
Subí a un recibidor gigante; mis pies se congelaban al abrigo de un mármol verde veneciano. Había cuadros de lienzos desgastados de tiempo, y no de pincel y espátula, en marcos dorados chipoteados por desconocidos...
De repente se produjo un ruido atroz, desfilé presa del pánico con la intención de asomarme corriendo a una de las cristaleras enormes de la parte contigua a la sala: un precioso tocadiscos antiguo enroscaba su eco en un inmenso caracol de plata. Puede que algunas letras antiguas se perdieran en el papel a medio quemar...
Se cerró la sala, las compuertas se tupieron y del Toyo de Yamaha de cola, Schumann se levantó y puso aquel polvoriento tocadiscos del que “Romance for violin and piano”, emergió entre el silencio y la carcoma. Y la música crecía y crecía, se encumbraba alto, y por entre aquellas cuerdas flotaba la alevosía de la vida en aquel lugar.
Schumann bailaba con sus botas de señor antiguo y su cabello alborotado de los siglos sin cerrar. Me alargó la mano y me atrajo hasta él. Mi vestido se blanqueaba según girábamos por el centro de aquel salón cortesano, y con las paredes cubiertas de dolor, pasión y papel mojado, bailábamos, bailábamos y bailábamos...
Girábamos y retorcíamos el cuerpo en majestuoso gesto de algarabía, y todo comenzaba a brillar a nuestro paso. Schumann me hablaba de la ‘Clave de Do’, y de cómo ‘los tercetos’ podían sucumbir en las ‘escalas menores’ sin problema alguno, mientras la noche caía allá afuera, cubriendo el mundo de olor a narcisos, cidra, y a almizcle blanco; de esos que sólo se usaban en los perfumes de edición limitada de las boticas familiares de ‘las narices’ francesas de antaño...
Veía a señores con relojes de oro y cuerda, en chalecos de estreno hechos a medida, mientras los limpiabotas se recostaban en la mugre de París y suplicaban más propina. Encendían serenos sus pipas de caballero, y limpiaban sus anteojos de pasta rancia, con delicados pañuelos de seda salvaje con iniciales de ajuares viejos. Llevaban sus delicadas manos de pensadores y terratenientes a sus bolsillos y comprobaban que el peine de concha fina aún seguía ahí. Miraban entonces absortos la belleza del salón, y a las plebeyas bellas, que acariciaban vagamente la idea de ser arrastradas por esos bigotes retorcidos, y dejarse embelesar por aquella música, arrastrando sus zapatos de lazo repujado, y dejar girar su corsé indómito; igual que yo hacía con el mío...
Mi vestido ahora era blanco, tan brillante, que parecía estar hecho de destellos plata de los diamantes que traían, allende los mares, los mercaderes de las indias... El pelo se recostó, como por arte de magia, en un recogido angosto y turgente, lleno de alfileres de nácar y perlas...
Y cuando la música paró, acabaron sus acordes de leche derramada en el río de los sueños, y mi vestido comenzó a verter blancura que caía como los aljófares al suelo, y volvió a ser el mismo del blanco roto y purgado. Se abrieron las puertas y desapareció el piano. Ya nadie miraba al viejo Schumann, y nadie reparó en que fue él, el que cerró la tapa de la antigua caja de música llena de cuerdas desafinadas en su sonrisa blanca y negra. Hasta el ‘metrónomo’ se cayó al suelo y comenzó a funcionar solo. Y el reloj de pared hizo tintinear las doce en punto.
Las cortesanas se arrinconaron con sus labios de carmín corrido detrás de la barra del ponche agrio, y sus caras de blanco acartonado se derretían al sudor del pasado.
Dicen los moradores de las viejas bibliotecas de Versalles, que por aquel entonces, nadie podía escapar de las leyendas fúnebres, y que cualquier gesto de desánimo y hastío, podía hacer romper las copas, y huir despavoridos a los invitados de los bailes de alta alcurnia.
Los caballos amarrados en sus carruajes de hierro y vellón afelpado, esperaban abajo, como el príncipe esperaba en su cuento encontrar a Cenicienta, y las mocitas se afanaban en retocar su peinado y su escote cadavérico, mientras se corrían los cortinajes de terciopelo azul, dejando caer al suelo los alzapaños de oro.
La noche había caído del todo...
Ya sin nadie en aquella sala, sin rastro de corcheas, y sin zapatos de suela de cuero inglés, arrastrados por la superficie de serpentina de un impúdico oliva, salí de aquel lugar dejando atrás sus paredes huecas y sus techos altos, sus adornos de leyenda, y sus moradores de palacio, sus habitantes apolillados y los guantes de codo que cubrían joyas aún sin encontrar.
Me demoré en aquella longeva estancia, tratando de rescatar el último reducto del recuerdo, para salir despacio.
De pared en pared, mis pasos ligeros me llevaron a una habitación donde se filtraba un aire gélido. El suelo hablaba en cada pisada, sonaba fuerte en su eco mustio. Y allí, en un dormitorio sin paredes, encontré a una mujer muerta; su cuerpo álgido y blanco brillaba con hermosura en su desnudez pálida. La sábana transparente acariciaba su cuerpo nacarado e impoluto, y dejaba ver sus pequeños pezones rosas y turgentes en un cuerpo sin pulir. Delgada y sin curvas, una maraña de pelo cobrizo, rizado y brillante brotaba desde la cama hasta el suelo y trepaba por las ventanas...
Abrió los ojos y me dijo que estaba cansada; muy cansada, sus pies finos y pequeños, deslizaban sus piernas de venas decoloradas por la seda del rancio lecho de las Sisi’s. Su pubis parecía irritado y cabreado, adornando con un triángulo rojizo una entrepierna tersa y más viva que los surcos de las sombras de agua clara que cristalizaban sus ojos grises...
Levantó su mano y me hizo tocarla, acaricié su cuerpo mortuorio dando calor a esa alma de cuadro, recorriendo sus venas azules, y sus labios fresa de princesa rota... Nos besamos; y su pelo siguió creciendo salvaje y bravo hasta por debajo de la tierra. Gemía entonces, y sus ojos parpadeaban complacidos a la dejadez del sentimiento, y el cuerpo se estremecía callado, arqueando los sollozos que se escapaban por las rendijas del silencio.
Me pregunté quién sería, de qué cuento o de qué libro se escapó. Ninfa, musa o mujer descarriada; brillaba radiante bajo la habitación oscura, y su cuerpo reseco, emanaba ardor y lujuria. Pecados sin perdonar de las damas arrebatadas que corren a pillar el tiempo más allá del suyo.
Y la niña pudo despedirse de su aura violeta de una vez por todas. Y como a soplo de flauta, los portones se abrieron de par en par dejando entrar al otoño.
Me acuesto en el jardín seco, en ese manto cubierto de tierra y aire donde todo el silencio del mundo me protege del frío. Envuelta en el frescor del viento, observo cómo la rapidez de la vida desgasta los sueños, pero entre su lento buen hacer, emerge la vida llenando de ternura las primeras gotas de lluvia que hidratan los campos muertos.
Quiero deslizarme entre las cuerdas de aquel violín atrapado acompañando al arpa en los pentagramas imposibles.
La vida es un cuento de hadas con olor a cerezas y con forma de calabaza, es dura por fuera y blanda por dentro, donde los sueños se emancipan o se esconden entre sus pipas crudas. A veces sirve para iluminar las de otras cuando no tenemos nada que ofrecernos a nosotros mismos y nos dejamos arrastrar por las hendiduras rajadas de aquellos que nos marcan los caminos menos frondosos y más floridos.
La vida es una corchea mal dibujada en un papel pautado por un niño de cuatro años; una ‘clave de sol’ simple en un acorde difícil. Una grieta sofisticada en una gruta bien decorada en una armadura llena de clavos.
Arrastramos sueños que se duplican y se olvidan, haciendo jirones en nuestra pobre alma, y esos harapos que quedan, son los que utilizamos para secarnos el sudor del daño que proyectamos a otros. Y mientras nuestra música sigue a pie de metrónomo marcando nuestros pasos, el tiempo baila despacio y la vida gira deprisa.
Y también la mía, que me permite encogerme y abrazarme al sueño de este sueño, y me despierta en una cama donde pronto me veo caminando por aquel valle picudo y agradecido, repleto de olor a naranjos y a recuerdos del ‘Boulevard Saint Germain’ del París de 1961 del que tanto me hablaban mis tíos. De esas jabonerías recicladas de color cristal que olían a limones de Sicilia y a bollos recién hechos. De los galones de los militares que sonreían por las tiendas adornadas de Navidad paseando sus libros y sus bastones de madera de cedro. Me giré un poco más y veía cómo en aquel banco me sentaba a conversar con Marguerite Yourcenar sobre su novela: “Las Memorias de Adriano”...
Camino un poco más, y mis pasos no me siguen, mi vista ya no gira hacia atrás sino hacia la rigidez de lo que tengo delante. Me detengo serena donde el campo se ha vuelto hinojo y donde las prisas me han hecho parar. Ahora ya no veo niñas con muñecas de trapo, ni velas encendidas marcando el camino del sendero, no encuentro pentagramas sobre los que flotar ni aromas que me alimenten. Me he caído en los refranes de la historia, las sombras que me acompañan piden silencio al aire del que bebo y ya nada puede apartarme de lo que soy por lo que he sido, ni de lo que seré con lo que soy.
Comprendiendo lo que escribo digo, que no soy papel pautado como tampoco lo es la música; que tan sólo soy una fugaz corchea que se desvanece en el eco de una gran sala de orquesta...
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26 Noviembre 2006
NUEVA YORK
La primera vez que viajé a Nueva York tenía 12 años, me sentía como un insecto con los ojos pegados a la cerviz; imposible dejar de mirar hacia arriba.
Nueva York es una ciudad extraña, una nube sin pasado, pero con historia. Una grieta implacable en el mundo, impersonal y fría.
Nueva York es un clásico moderno, post-moderno y futurista. Un rail antiguo que da color a la mugre ensangrentada de sus barrios de escombros. Una pulsera de ‘Dior’ hacinada en alguna lista de espera.
Nueva York es un mapa borroso; cada cual, aquí, se aferra a su parte del destino. Cada cual, según él, interpreta el mapa del mundo convenientemente.
Las limusinas dibujan seriales, las aceras dibujan almas, y los escaparates; reflejan personas perdidas que buscan encontrarse tras ellos...
Nueva York es una orquesta divina, un pastel de bodas, un cheque en blanco, y una papelera quemada frente a un niño de 11 años fumando “crack”.
Nueva York es Manhattan, pero también es ,Brooklyn, Bronks, Queens, Staten Island...
Nueva York aparecía en el aire como una música negra aterciopelada, marcando los pasos de ese cartel de película antigua de reestreno. De vestidos “Gilda” de seda, y escotes “palabra de honor”, con guantes de cuero modernos y pelo oxigenado, que recoge las “ondas al agua”, con un pasador de diamantes.
Nueva York es el “Cotton Club” de blues y trompetas de Richard Gere mezclado con los rincones clásicos, escondidos y renovados en mi memoria, de un “Central Park” que siempre llevaré pegado a “El Guardián entre el Centeno” de Salinger (y por su culpa, a la imprescindible: “Si una mañana de verano un niño”, de Cotroneo).
Nueva York son hormigas marchitas en trajes de visón de hembra, son inviernos nevados que bailan el “Adagio” de Albinoni, y calles anchas y plagadas de promesas de felicidad y juventud eterna en un Manhattan vivo, que adorna sus calles de luces cálidas...
Nueva York es el maestro Woody Allen y su impresionante “Annie Hall”.
Dicen que de Nueva York, todo marca, y que su tendencia, se clava como alfileres en el cine, la moda, los negocios, y las prisas...
También dicen que Nueva York es la Ciudad Joya del mundo, lo que en las joyas, sería un anillo de compromiso de Cartier. De hecho; hay quien dice que si paseas por “Fifth Avenue” y tu pareja te sorprende regalándote un diamante frente a la “Trump Tower”, serás sin duda alguna, la persona más afortunada del mundo en el amor y en los negocios; ¿la felicidad eterna?: puede que tal vez sí...
O puede que tal vez no. Porque la esencia de Nueva York, se encuentra precisamente aquí; frente al escaparate de “Tiffany & Company” la quintaesencia de la elegancia comedida. Porque no puedes dejar de ver, al menos, una vez en la vida, la decoración de “Saks Fifth Avenue”, que anuncia el cambio de las estaciones, o “Lord and Taylor”, con sus impresionantes escaparates navideños, y por último; dar un paseo por el centro de “La 59th St.” a “La 34th St”.
Nueva York son tiendas de ropa y zapatos de diseño del Soho triunfal del “negro sobre negro”, que abunda en el buen gusto de la moda de vestir y que sigue tanta “gente guapa”.
Nueva York: diseño y vanguardia...
Pero Nueva York, también son las iglesias del Harlem moderno que nació cuando las familias irlandesas, italianas y judías se trasladaron en masa a la zona del “Uptown” allá por 1890.Y las familias negras procedentes del sur del país ocuparon encantadas ese hueco en la época de 1920.
Nueva York es el ‘gospel’ dedicado a Dios y al turista en su ‘Harlem’ de la “Abyssinian Baptist Church”, una de las iglesias más antiguas y visitadas del país.
Igualmente, es justo decir; que Nueva York es la irritabilidad de los fumadores compulsivos que se refugian en la calle y, sobretodo, en la nocturnidad de las puertas de los bares. Nueva York son los retrasos de los metros y las “MetroCards” que a veces no funcionan...
Nueva York es un Brooklyn de moda donde los preciosos barrios de “Park Slope”, los “Heights” y “Cobbie Hill”, han edificado casas adosadas donde compartir espacios, con elegantes bistros y ‘diners’ informales.
También Nueva York es la gastronomía de Queens muy por encima del East River...
Y de forma más lenta, pero segura, alrededor del antiguo “World Trade Center” ha ido evolucionando, pasando de ser un pozo sin fondo de dolor postraumático, un espacio diferente y urbano y con la vista puesta a un futuro igual de tentador, en el que arquitectos, diseñadores, urbanistas y simples ciudadanos del mundo, han encontrado la manera de poder tirar hacia delante juntos...
La Nueva York de hoy se llama:“Reflejo de la Ausencia” (el plan conmemorativo ganador tras el “11-S”)
Nueva York es “Governors Island” en medio de la bahía de “Ellis Island” y la mirada de la “Dama de la Libertad”, directa hacia Brooklyn (aunque como todos sabéis, en realidad mira hacia Europa).
Nueva York es el “Brooklyn Bridge”, el “ Chinatown” y el étnico carácter del “Little Italy” de una Manhattan famosa y de lo más dinámica...
Nueva York es el “Desfile del Orgullo Gay” en la última semana de Junio en el “Greenwich Village” pese a que el barrio gay más de moda se trasladó al norte, a Chelsea.
Nueva York es el “Rockefeller Center” con la estatua “Atlas” de Lee Lawrie en la entrada del “Internacional Building”, “Times Square” con sus luces de neón al anochecer, la llamativa “42nd St” y el renovado “New Amsterdam Theater”.
Nueva York son museos (“Museum of Modern Art”, “Cosmopolitan Museum of Art”, “Solomon R Guggenheim Museum”, “Whitney Museum of American Art”...), son parques (“Central Park”, “Wildlife Conservation Park”...), son negocios en el “Broad St.” pese a que “Wall St.” es el símbolo del capitalismo estadounidense.
Pero por encima de todo: Nueva York es el color del cine, los espectáculos y la nieve. El color del todo “Rico” y del pobre vagabundo, ansioso de calor y sueños, que baila sin música la “Meditation from Thais” al estilo de Gheorghe Zamfir.
Y llegados a este punto, está bien, lo he de reconocer: ¡me gusta Nueva York!. ¿Por qué?, de acuerdo, adelante, reír cuanto queráis, pero me recuesto en su imagen y la veo como un tango arrastrado en zapatos de salón brillantes y moños dorados, que se retuercen como un acordeón pausado en los cantos de Julia Kenko y María Graña.
Nueva York es estilo y costumbre, infamia perdida en oros que llenan sonrisas, “a la última”, en restaurantes de lujo; tapando el vacío inhóspito de vidas rápidas, y de cortas duermevelas cargadas de “cristal” y cocaína...
Nueva York son latinos que se “entrometen” a empujones con su argot autóctono y su piel teñida. Son ojos grises y siliconas flácidas. Son los turistas adinerados, y los cutres, que desempolvan cartera para desconchar una botella de champange en su primera limusine.
Nueva York son revistas abandonadas que dan consejos ajenos a nosotros, fotos de caras reconocidas y vidas imposibles, que se abandonan a la belleza de marcar hueso, en unos perfectos Manolo Blahnik. Pero también, son carteras de piel de Prada, que se pasean agarradas a manicuras masculinas que arrastran a toda prisa su Omega y sus trajes de diseño a medida...
Nueva York es el “Adagio (Intermezzo)” de Massenet, con lágrimas en aquellos ojos, que se asoman a la ventana de la azotea, con una copa de vino de importación, llenando de vaho la vista de “La Ciudad que Nunca Duerme”.
Nueva York es una Nana que nadie canta y todos quieren, un niño que corre sin niñez tras la estampida del duelo y pintadas, en clanes que todos comprenden, en un esfuerzo por entender, uno de los muchos sinsentidos de la vida...
Nueva York es el deporte sentado, las palomitas duras, las bebidas “Light” con y sin hielo, las avenidas, y los cuadriláteros de boxeo y calles... “Las Manzanas” por las que todos pasean y nadie conoce.
Nueva York es un frasco sin estrenar de Chanel Nº5, un ataúd personalizado, creado, para festejar los suicidios meditados sin notas de despedida; anticuarios pulverizados de pachuli que guardan las pistolas de Al Capone, y series para gente madura, donde los psicoanalistas son toda una institución moderada.
Y de golpe, Nueva York emerge fría y sorprendente entre notas clásicas que albergan músicas modernas, gafas oscuras que emborronan las miradas esenciales de aquellos que pasean su monotonía, cambiando el color de la moda. Y emerge, digo, entre puestos callejeros de imitación, flores secas, y frutas exóticas, que se acoplan en bolsas de cartón incómodas, antes de engullir el perrito caliente de mostaza y ‘chips', tras el ‘footing’ de las cinco de la mañana.
De Nueva York me gusta su gente impávida; son robots manipulados para atender al buen gusto del elitismo implacable que solapa su ping de ‘mods’, ‘yuppies’, ‘trendies’... con abrigos oscuros que se arrastran firmes en las lavanderías de saldo. Son sombreros que articulan la gestualidad de los que horas antes hacían aeróbic frente al DVD minimalista de ‘Bank & Olufsen’. Son cafés con tapaderas, que se enfrían antes del primer sorbo, y los “polite” más “impolite” del mundo...
También de Nueva York me gusta su despotismo, su convencionalismo cambiante en paneles publicitarios que besan al marketing más de vanguardia, sus paseantes perdidos, y sus coches de lujo, en pelambres brillantes que desenfocan la realidad de los menores de 35. Me gusta su desnudez a la sabiduría, pero la sabiduría específica de aquel, que tan sólo tiene una vida para darse, y tan sólo se da a esa vida; ignorando el resto de las que coexisten en la vieja Europa.
Nueva York es un asta de toro empitonado y raspado, una media lidia de matador de arena y ruedo de grana y oro, y un domador enclenque que desdibuja su circo mediático, tras la embriaguez de programas temáticos, de más de diez años de duración.
Nueva York es la ciudad donde todos leen y nadie sabe, donde nada duerme y todo parece muerto, dentro de una vida agitada, y llena de prisas y envidias...
Nueva York es el alma de los ‘vintage’ y las condecoraciones, donde todo aquel que pasa, pasa, a engordar un ‘currículum vitae’ lleno de paja y aplausos de fama para los ignorantes de lo comprendido, y lo incomprendido que es todo sin un Nueva York que haga coros con luces de neón y putas de lujo.
Y Nueva York entonces, decide aferrarse a las galerías de arte, a las torres gigantes y los cines que combinan carteleras con conciertos, se aferra a exposiciones callejeras, a carriles sin notas que te guíen, a rodajes fílmicos que empantanan las calles, retratando en 35 mm, en óleos y en ‘polaroids’, la ciudad más famosa y fotografiada del mundo; donde todas las calles te suenan porque, aunque no hayas estado allí, te la han traído a casa.
Nueva York brota elegante y sobria, en restaurantes de lujo con mesas a media altura y cócteles especiales. Listas interminables que borran los nombres de todos, aceras anchas donde los adoquines se estrechan cuando pasas y hueles el sudor del de enfrente. Nueva York mezcla chándales de diseño con ropas recicladas, tacones fetichistas de Berlanga, con cruces de anticristo, y rosarios de ónix con anagramas de ‘Dolce & Gabanna’.
Nueva York es el complot de lo bello sobre lo natural, de lo estridente sobre lo feo, de la riqueza sobre la pobreza, y de la pisada del gigante que aplasta a la inexistente clase media.
Nueva York es el Todo o Nada. O puedes, o jamás podrás...
En fin; la Nueva York que conozco, en primavera, huele a esencia de sándalo y lirios, al vino tinto con tanino aún por pulir en una botella de uva machacada, corpórea, sabrosa, densa, larga, con un esqueleto bien armado y un gran equilibrio de la fruta y la madera en una añada fantástica.
En verano, Nueva York se convierte en perfume de mujer; es la esencia mística de aguas destiladas, vertidas en unas medias de seda con ligueros rotos... Es la sensación de bienestar que tonifica cuerpo y espíritu, como si estuvieras respirando Jazmín de Grasse o Flor de Regaliz.
En Otoño, sin embargo; los matices impregnan a Nueva York de otros aromas que se denotan tras las pisadas ocres que tapan las hojas, y todo huele a Bergamota de Italia, a Trébol y a Grosellina.
Pero en Invierno, todo cambia, y Nueva York huele a perfume de hombre, y al ‘savoir faire’ de la Corteza de los Árboles de Sicilia, a ese olor viril, fresco y tonificante de la Menta Azul y el Romero Silvestre, de la Nuez Moscada y la Pimienta Blanca. Nueva York huele entonces a ‘Madera de Cachemira’, a la sensualidad de la Moka, a los Granos de Sésamo y a las Lunas Grises llenas de Luz.
Nueva York es un cielo dormido y acunado en edificios de vidrieras imposibles, Nueva York es Blanco y Negro; es tecnología punta en manos cuidadas y mentes destinadas a pensar mecánicamente...
Nueva York es el portátil del mundo, es el gran Vogue de princesas sin instinto maternal, de hombres sin pasado y sin presente; pero con futuro.
Nueva York, Nueva York, Nueva York...
Nueva York: esa canción de cuna, que se acuna en las velas de los elixires de la comida rápida y sofisticada, en los calcetines ejecutivos y en los de patata, en las medias con ligueros, y en los vuelos rápidos que elevan al cielo, a los acostumbrados a tenerlo cerca sin poder saberlo...
Nueva York es una espiral verde de risas camufladas en ‘gloss’, de estrellas de cine que comparten tragedias inmortales con gente mortal...
Nueva York es una mueca de un cuadro del “Moma” sobre un letrero inmenso que sonríe y te invita a pasar...
Y al final del todo, debajo de las gabardinas custodiadas por las sirenas de los devora donuts; descubro a una Nueva York que respira aire debajo de un asfalto quemado. Descubro que hay una vida más allá de las vidas de los que no la tienen, y me detengo a observar qué se camufla bajo los rostros de las miradas que enfocan con los ojos lo más terrenal de la existencia. Y así, es como me doy cuenta, que de unos ojos rasgados, negros, o de color cristal, se desprende una vida arrastrada bajo el oxígeno acabado y polvoriento que barrió las torres más famosas del mundo...
“Welcome to New York”...
Rocío Medina
servido por rociomedina
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