La Coctelera

rociomedina

"Chic By Accident"

14 Noviembre 2006

Borneo 1

BORNEO 1

Entre los por si acaso de mi vida, encontré la excusa perfecta para viajar a Borneo, y sin pensármelo dos veces, fui con un nuevo por si acaso a vacunarme; y ahora estoy aquí.

Está anocheciendo, y mi guía (el chico que carga y se encarga de mis cuatro maletas) mi sufrido anfitrión, trata de hacerse entender para que le de una explicación (que no sea la de que soy una simple turista) más cercana a “soy una científica, o una fotógrafa del National Geographic, o una periodista de la BBC, una productora de documentales…”. No sé ni he sabido después de cinco minutos ensayando cómo pronunciar su nombre, así que, le voy a llamar Sebastián - si, definitivamente tiene cara de llamarse así- y os diré que es bastante guapo. Sebastián sonríe, me sonríe mucho, me mira con unos ojos grandes en unos rasgos pequeños y contenidos, y su pelo negro, inunda su tez de un halo de sombra tenue, de unos surcos morados bajo unas pestañas plúmbeas. Es educado, y tiene esa mirada de no tener edad. Ni joven, ni mayor, ni adolescente, ni niño; demasiado para todo… Sebastián no me llama Rocío, sino algo así como /Ro’kío/. Le he dicho que me llame como le de la gana.

Siento cómo la bicicleta me hace chirriar, al ritmo de su cadena oxidada, todos los huesos de mi cuerpo, y cómo los músculos en lugar de contraerse y ponerse duros, se van derritiendo lentamente a la vez que me voy empapando en sudor y en lágrimas. Ahora recuerdo mi máquina de step y me dan ganas de liarme a mamporros con ella por haber sido tan benevolente conmigo. Me duele el culo, los gemelos, me duele el alma y el pensamiento; y también esa parte que traduce, sin pensar en pensarlo, del español al inglés, y hasta la lengua (y no de hablar precisamente, sino de jadear a ritmo de pedales en una bicicleta del siglo XVII).

Sebastián y su Eterna Sonrisa, se paran en seco y dejan caer su armatoste, y con él, mis cuatro maletas. Ahora si que lloro, y la frustración me quema por dentro y la rabia me provoca ganas de pelear por fuera. Me paro también, y mi culo se cae literalmente al suelo, Sebastián y su Eterna Sonrisa, vienen hacia mí. Entonces lo veo, un sol naranja tiñe el cielo de un rojo intenso y ocre, un rojo con púrpuras y añiles; un rojo que empapa los arrozales de un color granate fuego. Y de repente, tengo la sensación de que todo huele a té e incienso (de acuerdo, acepto que es un chorrada, pero me olía así). Es una mezcla extraña de sensaciones. Y aquí, recupero mi visión y caigo en la cuenta de que tengo la imperiosa obligación de respirar, de mirar, de absorber, de aprender; de vivir…

Me levanto, y Sebastián y su Eterna Sonrisa, me imitan velozmente, como un rayo, miro mis cuatro maletas de Louis Vuitton embarradas y abolladas, y de la flojera, el mareo y la emoción; paso a la rabia contenida en estado de shock, Sebastián, chico listo, les restriega su camiseta de algodón desteñida tratando de limpiarlas; entonces veo cómo las iniciales van borrándose en la lozanía del lodo hasta hacer extraños anagramas embadurnados de una pestilente mezcla de tierra y polvo.

La noche era densa, y oscura, sin luces, tan sólo la de las velas que siempre tengo en uno de los bolsillos de la maleta para encenderlas en los hoteles cuando voy a darme un baño. El olor de estos cirios perfumados y el olor a té (aún en la colina), me estaban dejado totalmente mareada. La cabaña está en alto, desde donde parece no haber ni aire ni vegetación, ni oxígeno; sino una orquesta filarmónica de mosquitos que en tropel luchan por hacerse con alguna parte de mi cuerpo. Estoy pegajosa, no hay ducha, y Sebastián duerme a varios metros de la cabaña tras haber aceptado un billete de veinte euros como soborno por no dejarme sola sin un machete, una metralleta, una pistola, un trabuco, o una simple cuchilla bien afilada para cortarme las venas…

Empieza a amanecer, me veo el cuerpo salpicado de baches y ardiendo en picores (sabía que salir tan precipitadamente y pasar de la lista de “Cosas imprescindibles para viajar a Borneo” iba a costarme caro) abro los ojos y miro a mi alrededor, entonces creo que estoy muerta, o secuestrada en algún lugar secreto de “La Cámara de los Horrores”. El catre donde me tumbé parecía recién sacado de una escombrera, y la choza no había visto una escoba en su vida (no al menos desde que Michael Landon dejara “La Casa de la Pradera”…). Quiero meterme en lejía y restregar todo mi cuerpo con estropajo Nana’s.

De un salto me pongo en pie y las maletas me miran desafiantes y esmirriadas; ¡menuda faena!. No hay baño, ni agua, ni tampoco un espejo para mirarme las ojeras y la cara de acelga pocha que debo tener. Me asomo despacio por una ventana andando de puntillas y tirándome de la camiseta hacia abajo, tratando de tapar los shorts por si algún salido depredador viene a atacarme allá donde los mosquitos no han podido hincar el diente. Entonces lo veo, veo uno de los paisajes más bonitos que he visto en mi vida; una mañana pegajosa, una luz perezosa y un despertar lento. Abro la puerta de par en par, y descalza me asomo a oler mi té del desayuno, respirar la vitalidad del que sigue vivo, a vivir la aventura del que aún vive; a confraternizar con la humanidad que se agita distinta en tierra de nadie, a coger mis forzados prejuicios europeos y someterlos a la incivilización civilizada, al salvajismo de lo neutro; me mentalizo en mirarlo todo a partir de ese instante, con cualquier otro color…

Sebastián me ha visto, levanta la mano en el aire y observo mis pies desnudos y su pelo brillante; le devuelvo el saludo. Sube hacia la cabaña con un matojo de algo en la boca que parecía hinojo mientras canturrea entre sonrisas.

Me hace gestos y me dice algo (¡por Dios!, ¿por qué no hablará inglés?) y de nuevo volvemos al lenguaje de signos (siempre he sido mala jugando a este tipo de juegos; jamás he sabido distinguir la escenificación de una mesa de billar de un piano). No entiendo lo que me dice, así que se va; se va y me deja plantada. Lo veo alejarse para encontrarlo frente a mi arrastrando su marmotetro – carga y destroza maletas- y con mi bici (y descubro que es aún más penosa que la primera vez que la vi).

Me escenifica a algo de lo que no me entero hasta que casi le abofeteo por tratar de levantarme la camiseta de tirantes (me tengo que cambiar al parecer), me cambio sin quitarle la vista a su nuca ni un instante, carga mis maletas; y me monto en la bici rumbo al lugar del mapa que la señalé nada más él, presentarme su sonrisa…

Tags: b, 1

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