La Coctelera

rociomedina

"Chic By Accident"

14 Noviembre 2006

Borneo 12

BORNEO 12

Y Borneo se diluye poco a poco, y llega el momento de partir. Hay que hacer cuatro escalas, con sus diecisiete horas de viaje (Kuching, Kota Kanabalu, Londres, Madrid). Y salgo antes, con la idea de estar un par de días en Londres aplacando el “Jet Lag”. ¿Adivináis quién se viene conmigo a Londres?. ¡Exacto!: Martín.

Y ya no veo a Sebastián arrastrando mis maletas, ni tengo cerca su cuerpo menudo y pequeño, ni su mirada brillante en su sonrisa rota.

Ya no hay jungla con monos, sino otras especies vivas que corren tras taxis negros.

Londres me trae los peores recuerdos de mi vida, pero tiene un imán que siempre me atrapa.

Sentada en un café, busco en una guía algún lugar fiable donde ponerme “a punto” para volver a mi núcleo urbano. Martín ha ido a casa de un amigo mientras (amigo con el que más tarde hemos quedado).

Todo es tan vulgar como distinto…

Los cafés son fríos pese al humo desprendido de los granos recién molidos y prensados al vapor hirviente de la cafetera. Las calles son cansinas y la gente; todos somos vagabundos en un mundo de nadie.

Las tiendas me molestan, los zapatos me aprietan, la ropa me pesa, los párpados se cierran: ¡qué ganas de llorar!.

Paso por una tienda de discos y veo a La Spears morena, ¿se ha teñido el pelo?, y observo preocupada que todo sigue igual, que pese a los arañazos, la piel sigue intacta… Me detengo en el cristal y me miro: un vestido en plan Audrey Hepburn, un bolso gigante y unos tacones normales y corrientes. Y me reconozco por un segundo, retiro la mirada, pero sucumbo a la tentación y vuelvo a mirarme: me veo.

¿He soñado o he vivido?. ¿Estoy cansada o tengo hambre?. ¿Estoy mareada o exhausta?. ¿Día o noche?.

Me desubico dentro del mundo que conozco tras la borrachera absorbida por los filamentos de la debilidad y el placer. Pero pronto me planto dentro de la tienda, derrotada al reconfortante placer de ser humana y poco piadosa, a ser pasto de las pilas de las revoluciones modernas, a ser tan frágil y tan poco etérea como el resto.

Y ni corta, ni perezosa, decido salir de ese antro con la música negra de Snoop Dogg golpeando los altavoces y me digo: ¡Vuelvo a ser yo!.

Y bolso en mano, recorro las calles de Londres con la esperanza de que mi amigo Lionel me devuelva la llamada y podamos quedar….

Londres y sus museos quedan ahora atrás, y sus estatuas vivas mudando en culturas diversas y excéntricas. Londres y sus bancos tristes, Londres y sus parques verdes. Londres donde lloro; Londres que me abre la puerta de casa agitando su bandera roja, blanca y azul. Londres que se acomoda a la pereza de la niebla. Londres, donde todo es posible y vive como nacido de la nada…

Y sigo andando entre gente atiborrada de “excuse me” porque pasan rozándome sin querer, porque son humanos sin carriles programados como robots. Y andando, andando, paso cerca de una tienda de bollos donde me detengo tras una cara reconocible: era la mismísima irlandesa Marian Keyes del brazo de su fiel “compañero” Tony. Entonces entro y la saludo: agradable como sus fotos de portada; diferente como sus libros en inglés…

Cojo un taxi, Martín me ha dejado cuatro mensajes de voz (como si fuera tan tonta que con el primero no me hubiese quedado claro en dónde me espera), y dos de texto (por si no supiera cómo escribir lo que me deja grabado con su acento oriundo). GRRRRR!!!!!.

El taxista me dice que está cerca del Big Ben, que si he estado alguna vez en Londres (afirmativo), pero decide igualmente hablarme de su ciudad y de las cosas que puedo visitar. ¡Hombres!.

Al "petardo" musculado “Clase A Super A” de Martín (haciendo méritos para “Déficit”), lo encuentro con el pelo chorreando, y me ayuda a salir del taxi con tanta agilidad, que casi me mete el “99” de nata, por la oreja. Como es un caballero, mientras arrastro mi bolso hacia la puerta, él, le extiende un billete al taxista (como a modo de cheque, en fin; ¡con elegancia!, como en plan: “Aquí tiene, disfrútelo; a mí me sobra…”) y le hace un gesto de: “no me ofenda dándome calderilla, si no quiere las vueltas, cómprele zapatos a su mujer”… Me coge de la cintura, y me hace “volar” para cruzar lo que igual era la calle más larga de Londres.

En la otra orilla, su helado había desaparecido, y me dice de acercarnos a no sé qué sitio a pie de acera, donde te pintan un cuadro (estilo Plaza de San Marcos veneciano) a modo de caricatura de los dos juntos. Le dije que fuera a “empolvarse” la cara de nuevo porque estaba fatal de la cabeza, que si sabía de alguna institución benéfica donde ayudaran a gente con su problema de falsa espontaneidad, que me lo hiciera saber para ofrecer un generoso donativo. Me mira desconcertado y comienza a reírse carcajadas. ¡Este tío está fatal!. “Oye, ¡baja la voz!. Nos miran…”.

Martín:_ “¡Qué linda sos!”.

Su amigo era un espécimen raro, un neoyorkino de ojos grises, pelo rubio ceniza y perfectamente teñido, cuyo apartamento, parecía un clon del de las chicas de “Friends” barnizado con el buen gusto del decorador de Carrie de “Sex and the City”…

El tío más soso del mundo, resultó llamarse Tom (como El Cruise) Pitt (como El Brad). Ya no entiendo nada… Estoy perdida y desubicada, mi viaje en solitario ha degenerado en estar con la compañía de Don Mister “I am the perfect man” y su amigo peliteñido: Don Tom Pitt (a ver si no se va a escribir así…) alias Owen Wilson (porque es un calco del rubio ex_ novio de la novia de “Los Padres de Ella…”).

De nuevo se acerca la noche, y no tengo ganas de preguntas ni de explicaciones. Lo que debió quedar claro; claro lo expliqué, pero algo me dice que tendré que batallar por hacer caso omiso de Martín y su empeño por pernoctar en casa del Pitt (que no Brad), o en su defecto; al mismo hotel “single and mixed” (solos y revueltos).

Le digo a Martín que bajo a por tabaco, y que como se empeñe también en acompañarme, me lío a bolsazos con él. Insiste en hacerlo, y le cierro el ascensor en las narices mientras del sopor, he tocado a varios pisos a la vez. ¡Fabuloso! (hasta en ascensor tendré que hacer escalas).

Bajo a la calle y tan deprisa como puedo, encamino mis pasos hacia un taxi que veo parado en mitad de dos semáforos. ¡Me largo a un hotel!.

Había comprado dos cafés en el "Starburcks", un bolígrafo que he perdido (o no sé dónde lo puse), y una libreta normal donde anoto, camino a mi recomposición física, el nombre del hotel precioso en el que había hecho una reserva.

El taxista es un chico joven, sonríe, y cuando le muestro el papel del hotel y me dice que por qué lado va, le digo tan educadamente como mi inglés me permite, que si es idiota o me está vacilando. Entonces sonríe y me dice en español que sólo era una pregunta (¡es idiota!, confirmado. ¿Acaso la gente – la mayoría- no va a Londres a practicar y/o aprender inglés?; ¿por qué me habla en español?). Pero estoy cabreada y sólo le sonrío…

Martín me ha hecho ocho llamadas sin coger, dos llamadas (las primeras) cogidas y sujetas a una conversación educada, firme, convincente y a lo último; densa. Dos llamadas colgadas (se las colgué tras las dos primeras). Cuatro mensajes de texto (uno, el primero; contestado). Y un mensaje larguísimo de voz (privado).

En fin, que el mundo sigue su curso, el hombre su camino, y el mío me devolvió a la hiperactividad de la urbe. Sigo, no obstante; soñando con vivir frente al mar y la montaña, entre animales y campo, entre familia y gente… Pero el núcleo sigue vivo, y me arrastra con fuerza a lo proscrito de la vida. Martín me llama, como me llaman las tiendas, los zapatos, los sorbitos de lentejas de Subijana y los pareos ibicencos de diseño de la Ibiza más popular y angosta.

Atrás queda lo que ya no existe, y tal vez, nunca existió porque pasó, pero ya no vive.

Aquí veo lo que hay y decido, y maduro lo que veo en función de lo que quiero; y Martín no está allí. Martín tiene unos ojos bonitos; preciosos, pero es un hombre del que sé, que jamás me reflejaré en su mirada.

“See you in the World…”

El viaje ha sido intenso; a veces largo, a veces corto. Una pista sin patines que te obliga a desfilar. Precipicios caídos, urbes raídas, hombres y mujeres guapos; cada uno con sus maletas y tesoros. La vida, carga a las "Louis Vuitton" de miradas distintas, de otras músicas y otra gente; y llena el paladar de cosas, que son imposibles de tragar con palabras.

Me llevo recuerdos y baños de alegría, me llevo historias con alma y sin ella. Me traigo dentro el arraigo mío en la tierra de todos y de nadie. Me traigo mi momento y mi presente.

El viaje es un papel esfumado en la lumbre seca que se esfuerza en prender. El humo que hace señales de algo sin comunicar nada porque ya se ha quemado. El viaje, un viaje, cualquier viaje; es el recorrido de tu alma en un lapsus del presente, donde rescata los esbozos de algo que convive entre lo subjetivo de la realidad, y lo objetivo de la fantasía.

Mi viaje no ha existido, no ha marcado huella en la vida; pero yo lo absorbí como un coche de carreras se aferra al asfalto.

Pero no me di cuenta, que mi viaje, ¡es que no ha acabado!; tan sólo es una mandarina del “break”, en los remansos de la vida…

Tags: 12, b

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- "The Secret of Health for both mind and body is not to mourn for the past, worry about the future, or anticipate troubles, but to Live in the Present moment wisely and earnestly". Buddha. - "Todos tomamos distintos caminos en la vida, pero no importa a dónde vayamos, tomamos un poco de cada quien", Tim McGraw

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