Borneo 3
BORNEO 3
Me gusta cómo huele a lluvia, pero no cuando presagia una tormenta justo el día en el que voy de excusión nocturna en una especie de cayuco. Tengo el cuerpo lleno de picaduras de insecto (lo digo para que estéis alerta por si tenéis que hacerme una transfusión de sangre; los mosquitos me han “chupao” la mitad).
La soledad impregna el atardecer y lo envuelve en olores y recuerdos. Vamos campo a través andando entre extensiones púrpura sembradas de matojos verdes; enredaderas cubiertas de rastrojos salvajes. Tengo la sensación rara de estar como perdida dentro de algún cuento de los Grinn. Serenata y Sebastián van a mi paso; apenas hablan entre ellos. El guía va muy delante nuestra, y a él, al que he bautizado Sr. Cosme, le seguimos los demás: Tomás, el tío Yim y el tío Yam, gemelos idénticos y despeinados bajo cuyo flequillo – flequillo que echaría por tierra el mejor desrizante japonés – se esconden unos ojos hundidos y risueños. Tras ellos; Lorenza y Quica, y una sueca que está buenísima versión muñeca de Jordi Lavanda con unas perfectas mechas rubias.
Serenata: debe ser una reencarnación de Nefertiti. Es bajita, lleva trenzas (como cuatro pero superpuestas) varias pinzas y varias gomas las sujetan haciendo de su cabello un nido oscuro donde se podrían almacenar hasta seis huevos de codorniz. Me gusta su falda y sus pies pequeños. Huele a restos de humanidad, como si Kart Kraus (el ensayista austríaco) se hubiese inspirado en ella par escribir sus “Horrores de la Primera Guerra Mundial”, mezclado con el olor impactante de las bibliotecas viejas. Me hace acordarme de los folios amarillentos y reciclados que hace años nos sacaba mi abuelo para escribir las cartas a Los Tres Reyes Magos.
Sr. Cosme: panzón, narigón, cabezón, orejón y con cara de malas pulgas. Pasea su vara de madera apartando las brozas (no me gustaría en absoluto ser un miembro de su familia. Imagino cuando le veo que tiene que ser el pariente que siempre te mira con cara de cabreo y te pregunta cualquier impertinencia en el peor momento: “oye, ¿qué va a ser de ti ahora que te ha dejado el novio?...”, “¿cómo piensas pasar el verano ahora que estás sin trabajo y el banco no te ha concedido el crédito?”; cosas así…
También le veo sentado imposibilitado ante el hecho de mantener una simple conversación cordial. Preside la mesa, fuma como un carretero, y seguramente, sería el primero en quedarse en mangas de camisa obviando que es de mala ecuación (diría que le importa un bledo, torcería el morro, y con un poco de suerte, al llegar a casa seguiría su corbata dentro del bolsillo interior). Es machista, tiene malas pulgas de las que se siente orgulloso y además es padre únicamente de varones.
Él es el encargado de guiarnos a todos en esta expedición.
Tomás: extranjero, venía con su esposa, o igual era u amante; ¡vete tu a saber!. Pero ha acabado solo detrás del Barrigón. Tendrá unos 43 años, de cuerpo no está mal, pero tiene pinta de ser más hablador que yo y trato de evitarle; no tengo ganas de mantener conversaciones estúpidas que no llevan a ningún lado con desconocidos de parejas inciertas. Noto que de vez en cuando me mira por el rabillo del ojo, y yo empiezo a hablarle a mi fiel Sebastián (guía personal para los pobres; lo que sería un personal assistant para los VIP) que me mira, me sonríe, y me sale por peteneras.
Tomás se llama Tomás; es rubio, con bigote, sin canas y el pelo tan corto que parece tener los rizos pegados al cráneo. Me gustan sus ojos, son turquesa – grisáceos, redondos y grandes (aunque me sigo quedando con los ojos de miradas oscuras). Las piernas son bonitas, como de bailarina; delgadas y con unos gemelos ridículos y marcados que parecen temblar sobre unos pies gigantes (si viera unas zapatillas como esas en mi casa o en la de alguno de vosotros; las quemaría sin daros la opción de rechistar). Tiene pinta de hombre infiel; por eso le tengo tirria. Los hombres infieles se notan en seguida, dejan un rastro crónico e inconfundible… es como una mancha de nacimiento; puedes disimularla pero no ocultarla jamás. Conozco a gente infiel, y todos y todas están sujetos a ese tufillo indigno, a esa indignidad que quita cualquier honra.
Tío Yim y Tío Yam: no se si son réplicas de un museo de cera. Idénticos en todo; andan igual, se ríen igual, se rascan la cabeza con la misma insistencia con la que mi perro se hace acopio de sus fuerzas cuando quiere que le tire la pelota.
Lorenza: es italiana y debe hablar en algún dialecto porque no cazo ni una. Quica: pareja no oficial de Lorenza, apostaría lo que fuese a que lo son. Hablan entre ellas, se lanzan miradas intensas y desdeñosas, bajan el tono de voz por miedo a que oigamos lo que deben ser palabras poco ortodoxas sacadas fuera del contexto de la alcoba. Quica está muy delgada, pero reconozco que su culo mantiene en jaque a la gravedad. No es guapa, pero tampoco fea, y se violenta cada vez que Tomás se le acerca a decirle algo. Lorenza es menos atractiva, más pechugona y más mona de cara. Lorenza tiene una nariz afilada y unos labios perfectos que ensucia cada vez que se cabrea y dice: “non mi rompere le pale”. Quica juega a caerse, a que tropieza y se debilita y necesita el brazo protector de Lorenza que hábilmente la sujeta sin esfuerzo y le agarra la mano durante unos segundos. ¡Qué bonito es el amor!.
La Sueca: versión Gunilla Von Bismark de piel naranja, cuerpo delgado “in extremis” (quizá demasiado delgada a mi gusto) y exquisitas maneras altivas como su nariz respingona. Parece a Betty Boo andando. Tiene ojos verdes y pequeños, pero intensos y fríos. Parece un congelador recién abierto cada vez que posa su mirada al hablarte. Su voz es suave, también gélida; por eso me gusta. Parece un océano tempestuoso lleno de contrastes contenidos (su descarada manera latina de contonearse moviendo sus estrechas caderas con esa pose helada que te deja fría).
Tiene 45 años y una vida intensa, apasionante y perversamente bañada de soledad.
Se casó con 17 años con su primer amor; un ingeniero poco recomendable de Minas de Oro. Ha vivido en medio mundo y ha estudiado dos carreras. Con 23 años le detectaron un bulto en la matriz; le extirparon los ovarios… me miraba serena mientras de sus ojos se apreciaban las primeras gotas de agua cristalina que acabaron dejando salir en tropel sus lágrimas verdes. Jamás tendrá hijos, y su marido, 11 años mayor que ella, decidió consolarla cuando a sus 24 años (su marido de 35) optó por preñar a una amiga suya. Despechada, con la sombra del miedo acechando en cada revisión, sola y enamorada, concluyó sumergirse en el fango de la vida. Mujer Valiente. Decía mi Tío, Hombre Sabio: “quién da las quejas, se queda sin ellas”, y tenía razón; ¿servirían de algo las suyas…? Ahogó su soledad, la ahoga día a día bajo el escapismo del que agoniza en una rutina imposible de sostener. Sus manos son finas y templadas…
La aventura comienza de noche; otro días os contaré qué tal, pero lo más importante de hoy; la aventura no sólo está en el que la busca, ni entre las sombras que ocultan la noche; la aventura está en el que encuentra, en aquel que decide Ser por encima de todo…
