Borneo 5
BORNEO 5
Hoy me he levantado de buen humor, me gusta el día que hace. El cielo es limpio y luminoso y la pequeña casa que renta habitaciones huele a galletas quemadas. He bajado a desayunar; había sopa color ceniza que sabía a puré agrio lleno de vitaminas. No me lo hubiese tomado pero Dora (cualquier señora que regente un hotel y en aquellas circunstancias, te acoja como un hijo más que como un buen anfitrión, te prepare un desayuno con un mini mantel y se siente frente a ti ansiosa por saber qué tal sabe su brebaje; merece llamarse Dora) parecía haberse tomado tantas molestias...
Son las siete de la mañana y acaba de entrar un turista con barba de dos días y ojos cansados. Un “Hello” de mala gana y una sonrisa suplicante me hacen darme cuenta que no tiene ganas de conversar, y de que espera ansioso encontrar una habitación con una buena cama decente.
Se llama Martín, es argentino, tiene 34 años y estudia abrir por Europa una cadena de restaurantes como la que tiene su padre en su país y en diversos lugares de EEUU. Es simpático, y aunque su físico y sus andares pijos me hicieron prejuzgarle, me equivoqué (supongo que no muy en el fondo, pero está claro que es un “tío terminado”; y un “chico corrido” y de mundo; y eso se nota).
Bajó a desayunar y me miró sorprendido y con cara de asco e incredulidad mientras tragaba tratando de ocultar las arcadas y de no disgustar a Dora. “¿Italiana?, ¿española?” , y comenzó a hablarme en un argentino lleno de matices mundanos mezclando frases enteras con expresiones francesas, italianas...
Estuvimos en aquella mesa sentados hasta las 11 de la mañana, con Dora sentada también, fumando hierba mientras mascaba hojas sin parar...
Me gusta Martín; es divertido, interesante, emprendedor, con las ideas claras y un gran sentido del humor. Martín es INTELIGENTE, lo es porque saber mirarme y hablarme, sabe callar y sabe dejarme callada escuchándole con cara de boba... Martín es aventurero, va de hippie pero se nota a la legua que tiene clase y estilo, que es un tío viajado y sin temor a nada; preparado para todo y sin ganas de retroceder.
Tiene una voz muy fuerte, muy varonil y el pelo negro, liso y revuelto; la nuca no es recta y es un alivio (aunque los chicos con la nuca en forma de coleta son más sexys, también son más problemáticos y conflictivos; lo tengo comprobado y no hay excepciones...) pero también me mantiene alerta. Martín es muy alto, y fuerte, aunque sólo se le nota si te fijas bien. Lleva unas Bikkembergs, unos pantalones de bolsillos Gucci y una camiseta blanca de algodón demasiado usada (Dora no le quieta el ojo, supongo que la ve una candidata perfecta para trapos de limpieza).
Le cuento a lo que me dedico sin profundizar en nada, prefiero que sea él, el que hable y me cuente (me ha hablado de al menos unos veinte viajes increíbles y me ha contado muchas anécdotas) me despierta tanta curiosidad... Al hablar, lo hace como si arrastrara su mente hacia un pasado lejano y remoto, narrando con detalles concretos, sin pudor y sin detenerse; sin un atisbo de altivez ni chulería. Me contesta a lo que le pregunto con una soltura envolvente y fácil, y sin cuestionarse el por qué le presto atención, ni el por qué le pregunto esto o aquello... me gusta la gente así. ¡Es tan estresante estar hablando midiendo las palabras!. Podría estar preguntándole horas que él me mira fijamente, me sonríe y me contesta alargando las palabras sin dar la sensación de que se esfuerza en contestar...
Tiene su propio itinerario, como yo; y nos reímos asombrados de ver que ambos tenemos rutas idénticas, así que me insta a aunar planes y por el momento acepto. Le presento a Sebastián y le digo que no nos entendemos, se ríe mientras me planta un beso en la mejilla y me dice que va a dormir un poco, que no me pierda, y que no se me ocurra hacer nada sin proponérselo también a él. Se acerca a Sebastián y le dice algo, éste me mira y se tapa la boca para soltar una carcajada tan ridícula que su gesto cambia y parece que le han grapado los párpados. Dora se levanta de golpe y frunce el ceño mientras se atusa el pelo (demasiado bonito como para enterarme de que un comentario machista echa todo a perder; así que no pregunto). Tanteo a Dora sobre cómo puedo ducharme, y me señala una puerta fuera que parece la entrada a una cuadra. Me levanto y me clavo una astilla en la planta del pie, me golpeo la espinilla con la esquina de una cama turca repleta de cojines con bolas y Martín me vuelve a decir que está dispuesto a que le despierte para cualquier cosa que se me ofrezca. Le sonrío desdeñosa mientras pienso que tiene un culo increíble y una jeta que se la pisa; es un tío descarado y canalla, eso se le ve a leguas, pero desde luego también interesante; y me gusta (me propongo firmemente no entablar conversaciones sobre él conmigo misma; objetivamente es un Clase A Super A: ¡No hay más que hablar!).
