Borneo 6
BORNEO 6
He llegado a un lugar donde el ocaso es malva, pero entre sus tonos irisados del atardecer, se contempla una selva plagada de millares de especies vivas y distintas. A lo lejos veo una manada de monos que menean el trasero y se columpian juguetones entre las ramas de los árboles más frondosos que he visto jamás. Me he venido sola, y además con una brújula estropeada - no sé mirar una brújula así que me suponen amabas cosas el mismo fastidio - sólo apelo al GPS hecho de instinto superviviente de mi Sebastián, que en estos instantes, está tirado en el suelo destrozando gusanos y comiéndose alguna parte del pobre bicho como si fuesen percebes.
No sabéis lo salvaje que huele la naturaleza, es como que en cada exhalación se inhala un oxígeno bestia que te inserta una dosis de “Vicks Vapor Up” hervido y congelado. El oxígeno puro debe ser una mezcla tal que así: “coges eucalipto, hierbabuena, césped recién cortado, un poquito de musgo, y tierra mojada, se deja todo macerar con unas gotas de agua de lluvia, y el ungüento resultante se cuece bien. Una vez hervido, dejar evaporar al aire libre”.
Ahora soy como Jane, pero a punto de partirse la crisma – sin bejucos y sin Chita- subida encima de un árbol, con la cámara de fotos y el cinturón con los carretes (todo ello me pesa un quintal). Estoy hecha un desastre, os lo prometo, las manos llenas de cortes, en la espalda (hombro más bien) un arañazo enorme y de la manicura sólo me queda el recuerdo. Me pica mucho la piel, no hago más que rascarme, me escuece todo el cuerpo, como si me hubiese hecho un peeling con arena de playa y de la exfoliación me hubiese saltado la piel del cuerpo.
Ya sabéis que tengo vértigo, así que procuro no mirar hacia abajo porque he debido escalar más metros de árbol que la distancia que hay hasta la cima del Penedés. Estoy convencida que de poder empinarme, tocaría al cielo y le pediría tranquilamente a Santa Rita (patrona de Lo Imposible) que hiciera venir a Tarzán con su liana a bajarme de aquí.
Estoy en medio de nada, en un pulmón Indonesio lleno de aire verde de todos los tonos posibles; un cuadro de Rosique, “El pintor de los Almendros”, que deja ver parte del table en cada uno de sus lienzos.
Los Monos se han bajado del árbol, sólo queda uno enorme y flaco que parece un vigía; echo de menos a mi Helmut, mi “niño” peludo y bueno, ¿qué haría él si tuviera delante a esta familia de primates juguetones, inquietos y con el culo pelado?.
Sebastián me llama, me señala el cielo y se tapa los ojos, está anocheciendo y la selva es peligrosa; tenemos que volver...
Los últimos dos metros los he hecho en caída libre, tengo la espalda despellejada y dolorida, la camiseta rota y ni oxígeno ni leches; no puedo respirar. Me paso cinco minutos tragando el aliento de Sebastián que está pasmado inmóvil y serio a tres centímetros de mi cara, sin dar crédito porque aún siga viva, pero sin fiarse del todo. Estoy tumbada boca arriba y sólo puedo girar los ojos en dirección a mi cámara de fotos que por suerte sigue intacta.
La aldea se mezcla entre la vegetación, tengo la camiseta empapada en sangre por detrás y me duele mucho el costado, no hay turistas; ni nadie... Sigo a Sebastián llorosa, y de repente observo que una multitud de pequeños ojos me miran escondidos entre los pajitos de las chozas. Entro en una de ellas, y dos niñas pequeñas me sonríen y me dejan tumbarme en un lado del suelo donde hay un colchón como el que rellenaba, en el desván, el abuelo de Heidi para ella. Una mujer entra después de más de media hora, viene con Sebastián, y traen una gamella humeante agarrada por ambos. Me curan la espalda y estoy “a grito pelao”, quiero morder aquel saco relleno de alpaca pero creo que entonces moriría envenenada y trato de soportar el dolor pegándolo con mis muelas (cuando regrese, mi hermana tendrá que hacerme una prótesis antibruxismo de lo desgastadas que las he dejado).
La choza huele a estiércol, después del dolor me doy cuenta de ello, también de que estoy sin camiseta porque la parte de atrás me la han rajado completamente para curarme. ¡ Fenomenal!. ¿Sabéis que en esta jungla nadie hace topless ni enseña el pecho?. Para una vez que estoy obligada a hacerlo doy con una selva conservadora. Me siento como Gulliver y Los Gigantes en el mini mundo de Liliput, y por si fuera poco, tengo el pecho grande y encima de todo; al aire. ¡Genial!.
Para fijar el techo de la choza ponen estiércol, así que; no es un capricho de mi “selecta” pituitaria, es que hay estiércol: ¡montañas!.
Tenía que haberle hecho caso a Martín y haber pasado de venir a hacer excursiones en solitario y acabar en casa de una curandera que guarda frascos con restos de cráneos.
La Curandera le habla a Sebastián y éste trata de traducirme una leyenda que es más o menos así:
“ Hace muchos años, los moradores de las selvas del interior, integrantes de las tribus más escondidas y apartadas de Borneo, eran perseguidos por los espíritus endemoniados de los muertos de sus tribus rivales. Los espíritus se apoderaban de los animales que iban muriendo, y del cielo, que mandaba lluvias envenenadas de color amarillo fuego. Los sabios de la tribu comenzaron cortando algunas cabezas de las tribus nómadas que pasaban por su poblado y les robaban alimentos. Creyeron entonces que si guardaban las cabezas en sus chozas, éstas, ahuyentarían los malos espíritus. Ahora, tan sólo se conservan los restos de estos cráneos en las chozas de los sabios y hechiceros...”
La noche es densa y oscura, las niñas se han acostado a mi lado abrazadas a mí. Me miran silenciosas y la mayor me peina el pelo con sus dedos encallados. Sebastián se ha ido, los hombres no pueden dormir con mujeres, ni tan siguiera aunque estén casados. Sólo lo hacen en noches de Luna Llena y habiéndoselo dicho a La Hechicera, que prepara una choza especial llena de amuletos para que se produzca la fecundación. Cuenta La Curandera que una vez vieron a un joven violando a una chica y le cocieron el pene y le dejaron desangrarse solo en medio del poblado para que su alma se purificase y la sangre al derramarse en la tierra, perdonase sus pecados...
Nadie ya habla, y me siento tremendamente mal, por primera vez tengo un miedo atroz incrustado en las entrañas. Y frío. Tengo pánico. Nadie habla, pero entre la oscuridad y el silencio noto los ojos de las niñas como si aún me miraran, creo escuchar el parpadeo suave de sus ojos pequeños. Tengo mucho miedo, Mucho Miedo. MUCHO MIEDO. MIEDO DE VERDAD.
Ni el olor a podrido, ni el dolor de la espalda, ni el cansancio me importan ya. Estoy muy asustada, quería salir corriendo de allí; no me atrevo ni a llorar y quiero hacerlo. Me siento sola y triste. Me ahogo; quiero escapar de aquí.
MUCHO MIEDO...
