Borneo 7
BORNEO 7
- El anuncio rezaría así: “Clase A Super A afortunadamente parece reconvertido a Clase A déficit de A. Esperemos que sea algo más que una promesa fruto de un espejismo incierto”.
Estoy en la mejor habitación de un hotel civilizado con vistas a un paraíso de arena blanca y fina rodeada de palmeras, por cuyas rendijas, se filtra el sol de la mañana creando sombras esperpénticas entre los últimos reductos de espuma que vierte el mar. Y con vistas también a alguna selva lejana, donde los turistas convencionales, hacen rutas étnicas por poblados occidentalizados, y senderismo por parques exóticos, preparados para albergar grupos de gente ansiosa de aventura y flashes.
Martín ha subido a mi habitación a las 9 de la mañana a ver qué tal había sido mi aventura heroica de los dos días atrás, y cuando me ha visto la espalda y que casi me echo a llorar contándole lo ocurrido, me ha hecho la promesa de quedarse hoy todo el día en el hotel conmigo para cuidarme. Y sí, parece genial, y desde luego es halagador y generoso por su parte, pero también comprometido y aterrador. No me importa quedarme sola; de hecho nunca me ha importado, pero en este lugar donde estoy; muchísimo menos. Aunque ciertamente me encanta su compañía, el modo en el que me habla (y habla) y sobretodo; lo mucho que me aporta con cada gesto y cada palabra que dice: es un chico con el que aprender. Pero si le digo que se quede, tal vez esté abriendo la veda a que se convierta en un viaje de dos, en vez de uno, o quizás - y muy particularmente este es el punto concreto que me preocupa – que siendo portador de un Cromosoma Y, lo crea como una invitación implícita a meterse en mi cama y tener sexo libre de ataduras durante otra de sus fabulosas vacaciones estivales.
No le contesto, me mira y me dice que coge la llave de mi habitación un segundo, y vuelve al cabo de unos minutos con una crema que huele a Rosa de Mosqueta. Me echa crema en la espalda mientras me inclino en mi sillón hacia delante (me negué a tumbarme en la cama), y todo el rato parece un disco rallado con que si me duele o me hace daño; me mosquea tanta atención.
Bajamos a la playa después de haber encargado la comida, y descubro a Sebastián borracho tumbado en el suelo con la cabeza a la sombra de una tumbona.
Martín me contó que iba a venir a Madrid después del verano, y que si iba por fin Nueva York que se dejaría ver y que le aceptara como mi guía turístico. Le insistí en que no era necesario y que acabaría con una gran sobredosis de Martín y se echó a reír tan fuerte que Sebastián consiguió abrir un ojo para ver lo que pasaba. Creo que el niño bonito trata de ligar conmigo. Le quito mi mano, que lleva diez minutos siendo sobada por su mano izquierda, y gira la cabeza despreocupado mientras me pregunta cuánto tiempo hace que no tengo novio seguido de un “... ¿cómo le gustan a vos los chicos?”.
¡Estoy furiosa contra él!. ¡ Tan predecible!. ¡Tan Tío!. Siempre pensando en el sexo como si no hubiese otra cosa más...
• Conversación Privada con Martín (...)
• Resultado Conversación Privada con Martín:
Martín pone cara de circunstancias, su pelo revuelto y levantado parece más chafado que nunca, tengo ganas de pegarle una patada en sus partes, y me mira fijamente tratando de ocultar su incomodidad y me mata con su sonrisa condescendiente y educada de Chico Bien y maduramente canalla.
Creo que aún está en Clase A Super A, pero es listo el tío, ¿eh?. Juega a mostrarme el otro lado de la Luna (la parte oscura la ilumina con espejos) y se marcha diciéndome algo, que no he escuchado, mientras asoma en la distancia una carta de presentación lejana y distinta, por cuyo eco, se entremezclan susurros vagos que gritan fugaces “¡soy un Clase Aaaaa déficit de Aaaaaaaa!”.
Martín es guapo e increíble. ¡Increíble lo de Martín!...
