EL AIRE Y EL TIEMPO
Me gustaría parecerme al viento; volar, volar, desaparecer... Tener mi mente ocupada en su resoplo, la brisa, el aire, el mar... Soy como una gaviota, vuelo bajo, me caigo; bajo despacio, subo lento y me veo desaparecer.
El aire deja un rastro atormentado, hojas inertes, desafíos imprecisos, humedades pasajeras, vértigo.
Cuando el viento se disipa, vuelve la calma al alma, y en los pasadizos fronterizos de tu cuerpo se alborotan movimientos y sensaciones huidizas. Alas retorcidas que no se lanzan al vuelo.
Acaricio la idea de tus ojos, esa mirada inerte en días de agua, esa mirada viva en noches plagadas de luz de luna. Oscuro mirar lento, oscura tela de brillo acuoso. Y entonces me elevo, dejo caer mi remo al océano, y la gaviota vuelve a volar.
Me derrito en la tempestad estrellada con olas frías, en esa playa drogada de arena limpia, ese consuelo vivo de llena luna; es esa lentitud al recordar recuerdos leves que surgen con tal sólo un aroma.
El aire, vuelvo a ser aire, viento, dejo que entre en mi cuerpo y me llene por dentro. Tu pelo, tu pelo se mueve oscuro por capricho de ese viento.
Aire, aire, aire.
Y soledad. Soledad que me atrapa, soledad que recubre la noche, soledad que me cubre sin prisa, soledad que no apremia el tiempo. Soledad que se queda.
Y tú, ojos dormidos, boca entreabierta, mirada callada que busca el silencio. Y duermes.
Y yo, desafío impertinente, ojos abiertos, boca cerrada, mirada que busca palabras. Y muero.
El invierno se demora como en agosto agua de mayo. ¡Qué lejos veo el horizonte!, ¡qué triste tu mirar lento!. Y llega el invierno, borrando el rastro de las hojas caídas, borrando los colores ocres del paseo. Desaparece el viento.
Y la lluvia, cae la lluvia lenta o muy deprisa, llega el frío que encoge al alma. Me ahogo. Me gusta.
Desaparecen los rincones perdidos del recuerdo y el frío aflora mi piel pálida. Me hundo, me elevo, me caigo, subo. Caigo de nuevo... Me duermo.
Despierto lejos del tiempo, sin edad, recobro la vida que a mis sueños llega. A los 8 la playa y el lienzo, a los 12 el piano y los chicos, a los 14 el horror y el miedo. Me paro ahí, me recubro, me encojo, lloro, me consuelo, me desespero y lloro, vuelvo a llorar tras secar lágrimas y... lloro.
Vuelvo la vista al cielo, aire negro, cielo sin techo, todo es negro. Me encojo, allí en mí me pierdo.
La mañana es lenta, baja la brisa, fría, fría, sin piedad atiza al día su viento más lento.
Nubes borrosas, un borrón negro. Aire. El cielo, el cielo trae tu recuerdo. Tú.
Mirando lejos del tiempo, allá donde las sensaciones pasadas vuelven al día y recobran aliento, allá donde ese tiempo, deja tiempo... allá siempre allá, vuelvo a soñar mirando con ojos vivos y admirando los caprichos del tiempo.
Y vuelve el miedo, la sonrisa y el miedo, y necesito aire, respiro lento, quiero aire, sumergirme en el tiempo, respirar aire, dejar que me llene por dentro.
Ojalá estuvieras conmigo compartiendo esto, ese invierno perdido no deja de ser pasado y está muerto. Si la vida vive, ¿por qué no puede volver a vivir el tiempo?.
El invierno en la playa sigue, olas y espuma, arena y silencio.
Entro a aquella casa de ensueño, aquella casa que nunca borra el tiempo. Cierro los ojos y la puerta se abre. Entro. Allí callada espera la butaca de mimbre, las alfombras persas, los sillones de cuero. Los lienzos plagados de historia, los libros viejos. Entro por el pasillo donde el niño se cae, y las fotos recobran vida en los recuerdos. Allí sigue la madera de teca, las cenas importantes, las voces atrapadas, un grito en el aire: ”¡el niño se cae!”. Un llanto perdido. Y el olvido, ¿por qué no desaparece él?, ¿por qué está más vivo que el tiempo?. Las blancas y largas cortinas parecen hilos de seda que ahogan mi tormento. La mesa de la cocina atrapa las frutas del tiempo, y el cuadro de los membrillos se luce con su marco nuevo.
“¡Mira mamá, se ha roto la silla!”. Nada, no pasa nada, ni entonces ni ahora, todo vive en la inexistencia del tiempo, la casa se llena de aire, el aire brota pegando portazos sin miedo.
Ese era mi cuarto, un pequeño espejo de pie me mira y entre su madera yo me veo. Y mi armario guarda mis vestidos viejos. ¿Y esos zapatos?; ah! si, eran aquellos zapatos nuevos. Aquella casa vacía, no guarda ni polvo ni aliento, y deja poco a poco de escuchar las voces que retrata el viento.
