UN BAILAOR BAJO LA LUNA
Un bailaor es como un torrente de lluvia cayendo al océano: bravo, libertino, fiero, arrasante...
Mirar a un bailaor es ver la cara al viento, al aire, es sentir que tu cuerpo es otro, es llenar de espejos la luna; es brillar a ritmo de martinete.
Pienso que la brisa trae un suave eco en el silencio, y una soleá arrastra al bailaor de ese cabello largo y negro, y lo pone a taconear, manos en alto, pecho “levantao” y cabeza firme y sudorosa.
Taconear a torso desnudo, tez aceituna, voz “rajá” saliendo entre acentos andaluces es como un andar de luto y elegante.
El niño se asoma a la ventana, la luna le mira, se quita la camisa, tan negra como la noche, abre el balcón de par en par, y el reflejo de ese sol filtrándose en la noche le regala una silueta cálida y bella. Silencio y noche; y un bailaor.
Levanta la cara, desgarra su mirada a la luna, brazos extendidos, y comienza el taconeo: el baile. Comienza la danza entre un bailaor y la noche, entre la noche y la luna. Sudor cayendo por un rostro bello que contiene un “quejío”, sudor rodando por su torso desnudo. Unas manos se acercan y se derriten al calor del baile, lo agarran de la cintura, le roban el sudor al pecho.
El flamenco sigue alimentando la noche, un fandango lento, cae lento en la lenta noche, ella le suelta el pecho, él la agarra a ella. Cuello con cuello, él de espaldas pegado a ella, y ella se suelta el pelo mientras él no la deja.
Desnudado él y desnudada ella, bailan juntos jadeando a la luna. Una bulería de fondo marca el compás de espera. Dos cuerpos desnudos, flamencos, oscuros, de miradas negras, se vencen al lado del miedo, fuerzan la postura del riesgo. Sangre y venganza, juran los gitanos viejos.
El balcón sigue abierto, velando por sus cuerpos aceituna y bailando con tesón la vida, gimiendo al son del ocaso.
Están juntos y abrazados, desnudos y sangrientos, la luna se fue rápida, no avisó que no había regreso. Dos cadáveres bellos, gitanos y flamencos, bailaron a la luna; sudor y cuerpo.
Amor que sin tradición se asoma, se vence en la balanza hacia el miedo. Sangre que nada teme, se hace navaja en las entrañas del riesgo y mata a dos amantes de aceituna y sueño.
