La Coctelera

rociomedina

"Chic By Accident"

26 Noviembre 2006

Ayudante de Mago 20

Querid@s Tod@s:

Nadie decía nada en aquella habitación...

Estábamos los de siempre más “Cobita”. Cobita es una amiga nuestra asturiana muy especial. Cobita probablemente sea la más guapa de todas mis amigas. Ella es dulce, tranquila, sosegada, de exquisitas maneras refinadas, con un buen cuerpo y una cara absolutamente preciosa...

Conocimos a Cobita un año en “Zahara de los Atunes”, Cádiz. Nos fuimos todos un verano allí, justo un año antes de que ocurriera todo...

Un día, Piluca nos reunió a todos y dijo que ese año nos iríamos a Zahara, ¿por qué?, pues porque ella dijo que ese año había que ir allí que todos juntos nunca habíamos estado, y además, porque ella, unos meses antes, cuando fue a la feria de Jerez, se fue para allá con su padre que quería mirar unos terrenos para comprar, y le pareció un sitio precioso. Muchos de nosotros ya habíamos estado allí y lo conocíamos, pero otros no, y desde luego juntos nunca habíamos estado, así que, no nos dejó otra opción; o se iba a Zahara, o ella se iba de vacaciones a Venezuela con unos primos suyos que sólo había visto un par de veces en su vida. Y claro, Piluca, siendo como es de tétrica, nos dijo que allí, donde sus primos vivían, que tenían unos vigilantes todo el rato con las metralletas (o escopetas o pistolas o no sé qué tipo de arma asesina) cargadas todo el rato. Y que lo mismo moría de un disparo fatal y que sólo la veríamos a su vuelta siendo transportada en una caja de pino (no de olmo, o de roble francés tan siquiera; sino de pino que es para ella muy cutre) en vez de un asiento en “bussiness class”. Claro, aquello no lo podíamos permitir...

Llegamos a Zahara, y como mi tía tenía allí un chalet muy grande y ella vivía sola, pues entre todos le pagamos a ella un hotel que me recomendó mi amigo Santiago Balbontin en “Isla Canela” (Huelva), y ella nos dejó su casa. Ganamos sin duda con el trueque, porque era un chalet precioso y grande y cada uno teníamos una habitación; aunque Piluca se empeñó en dormir en mi cuarto y dejar el suyo sólo para guardar su ropa (cinco maletas repletas: una con zapatos, otra con vestidos de fiesta, otra con ropa de playa, una con cremas, pinturas, y mascarillas capilares, y demás cosas de higiene femenina, y otra sólo con ropita interior y ropa de “andar por casa”).

Fuimos los de siempre, y el mismo día que llegamos, convinimos en mantener a la asistenta de mi tía esos días en los que nos íbamos a quedar, además de contratarla para que nos hiciera la comida, y ya que éramos tantos, doblara sus horas de trabajo en casa. Así las cosas, la señora aceptó y se fue a hacer la compra que necesitábamos y nosotros, nos largamos a la playa.

Fuimos en dos coches a una playa retirada, hacía bastante viento ese día, y Bruno, que conocía muy bien Zahara, nos llevó a un lugar un poco retirado donde no había ni una sola alma excepto nosotros. Nos pusimos a tomar el sol (las niñas), y los chicos se pusieron a jugar a las palas algunos, y Bruno a leer el “Marca”. Después de un rato, nos fuimos a dar un paseo Marta Robertson, Alfonso Moro y yo. Empezamos a recoger algunas conchas que veíamos a nuestro paso, y cuando llegamos donde estaban todos, Piluca nos las requisó y dijo que eran unos ceniceros ideales; que se los quedaba. Al cabo de un rato, algunas niñas hicimos “topless” y alguno que otro, se bañaba sin nada de nada; dejando al aire todo su esplendor machuno.

Nos dio la hora de comer y avisamos a la asistenta de que nos retrasábamos unos veinte minutos, pero que no se preocupara por nada y que se fuera sin la necesidad de esperarnos que ya nos serviríamos nosotros mismos el almuerzo. Andando hacia el coche, empezamos a escuchar como la voz de una chica hablando en un tono muy alto e indescifrable a esa distancia. Al fondo, vimos tirada una bicicleta medio tapada por rastrojos y pinos. Óscar se adelantó con paso rápido y cuando estuvo a esa altura nos llamó. Había una chica medio llorando y con la rodilla sangrando. Se le había pinchado la rueda de la bici y se había caído al suelo, dándose un buen golpe en la pierna. Llamaba con el móvil, pero se le iba la cobertura y estaba cada vez más agobiada.

Se llamaba Cobita, tenía un par de años menos que nosotros y nos agradeció tanto que la lleváramos a casa y le curásemos la herida, que nos invitó a una fiesta esa noche en su chalet, que curiosamente estaba en la misma urbanización que el nuestro.

Así que, después de comer, Óscar la llevó a su casa, reuniéndose más tarde con nosotros en la playa, excepto Piluca que se quedó porque tenía que empezar el ritual de saber qué ponerse para la fiesta. Mascarillas, potingues que dejan la piel perlada y con efecto dorado durante catorce horas (ni una más ni una menos), autobronceador del que no deja “ronchones” y sin olor (mejor dicho por ella: “sin esa horrible peste que echan los que se venden en los súper”), y todo, previo un “peeling” corporal que te deja durante más de hora y media como si te hubieses restregado contra el estropajo “Nana’s”.

Bien entrada la tarde, nos fuimos a casa a bañarnos en la piscina, y mientras Flavi y su novio (por aquel entonces) nos preparaban toda clase de bebidas refrescantes y sin alcohol, Piluca, que aún andaba indecisa sobre la vestimenta a ponerse, nos hacía un “showroom” para que le ayudásemos a decidir. Con cada indumentaria seleccionada la encontrábamos fabulosa pero ella finalmente encontró que los quince “pones” seleccionados la hacían parecer gorda, fofa y con poco “sex-appeal”, así que; de vuelta a su cuarto “ropero”, se subió con Kuki y con Babi para volver al trabajo de elegir qué vestimenta llevar.

Por fin llega la hora y todos arreglados, le metíamos prisa a Piluca que nos repetía desde el piso de arriba y a voz en grito que si la presionábamos sería peor, que podía estallar y echarse a llorar en cualquier momento, y eso fastidiaría su maquillaje especial con base pigmentada pero traslúcida, y claro; eso retrasaría mucho las cosas y sería fatal para su autoestima, que sin duda era un factor indicativo de que la noche sería una porquería y que no conseguiría llamar la atención de todos los invitados (refiriéndose a los que a ella le interesaban: tíos buenos con o sin novias - los primeros para que la babearan y los segundos para que sus novias estuviesen bien celosas- y las chicas guapas de la fiesta; llamadas a ser sus rivales más directos, para que murieran de un ataque de envidia).

Tres cuartos de hora después, baja Piluca, y Bruno la medio coge en volandas y la mete en su coche, cerrándole el seguro por si un caso se le ha olvidado o la barra de labios o el perfume en miniatura, o cualquier otra cosa. En el coche, nos cambia la música siete veces y cuando por fin encuentra algo que le guste, habiendo borrado todas las emisoras seleccionadas por Bruno, llegamos al chalet de Cobita.

La entrada estaba abierta, pero Bruno, previsor del caos que podría suponer aparcar el coche donde todos los demás habían dejado los suyos, optó por dejarlo abajo, diciendo que luego sacan los coches medio borrachos y a oscuras y hacen más de siete rozones antes de sacar su vehículo; así pues, nos hace a todos bajarnos y subimos andando.

Al subir, todo estaba iluminado a luz de vela. Piluca enseguida vio a Cobita y se acercó a saludarla y ésta nos presentó a todos sus amigos. Seríamos como unos cincuenta en aquel chalet. Todo era precioso, y hasta parecía que las pobre buganvillas rojas que nunca tienen olor, exhumaban un tibio perfume como a nardos y a “dama de noche”.

Habrían pasado como dos horas cuando Pilu entró en conversación con un chico que aseguraba ser piloto, y claro, cada vez que al chico se le acercaba alguna niña, nuestra Pilu la echaba a cajas destempladas con cualquier buena excusa. Y Flavi, buscaba desesperada a Bruno que estaba al fondo del estanque iluminado por los focos bajo los plataneros, tratando camelarse a un par de amigas de Cobita, para hacer que éste le echase una bronca (o le partiese la cara) a su último novio.

De repente llega Cobita hasta donde estábamos Kuki, Sofía, Alfonso Moro y yo, y nos dice que Piluca estaba llorando a lágrima viva en el salón. Al parecer, cuando la última de las más de catorce niñas se le acercaron a su pretendido futuro ligue, y ésta nuevamente optó por “ventilársela” para tener el terreno libre, el chico la paró en seco y le dijo que era su novia. Claro, Piluca sintió morir en ese mismo instante de un ataque de cuernos y de orgullo, y no tuvo más remedio que abofetear al chico, y acto seguido, estamparle su mini bolso “made in ‘Chinatown’ de Nueva York” a la niña, con la mala suerte de que le clavó el cierre en la nariz y la niña le metió un tirón del pelo tal, que Piluca aseguraba estar sufriendo de una auténtica calva.

Así que se encerró en el salón para que nadie pudiera ver su alopecia en plena coronilla (parte posterior de la misma), y pegó un tirón de los cables de los bafles para que todo el mundo oyera su tormento. El novio de Flavi golpeaba la puerta bruscamente, y Flavi le llamaba “animal” y le decía que hasta para eso era una “mala bestia”. Babi, mi amiga más “entusiasta”, agobiada por los sollozos de Pilu y por los reproches embravecidos de Flavi, golpeaba al novio de ésta y le decía que se fuera que ahí estaba sobrando. Llegó Bruno, malhumorado porque le habíamos fastidiado justo en el momento en que la cosa más prometía para con él, claro está, y agarrando por la cintura a Flavi y a Babi, se puso frente a la puerta y le espetó a Piluca que ya estaba bien de hacer el numerito, que o salía, o tiraba la puerta abajo y que él mismo la dejaría calva del todo. Óscar y Ramiro trataban de poner paz mientras Moro consolaba a Flavi y le decía que hacía bien de haber mandado a su novio a hacer gárgaras. Sofía y Marta Robertson aseguraban a los demás invitados a la fiesta que era sólo una jaqueca, que dentro no pasaba nada y que los enchufes de los bafles se habían mojado, que en breve volvería a haber música. Y claro; los demás, tranquilizábamos a la pobrecita de nuestra anfitriona, Cobita, que estaba entrando en estado de “shock”.

Bruno echó la puerta abajo, no le quedó más remedio, y mientras se acercaba a Piluca con la intención de “estrangularla”, Ramiro le sujetó y Piluca le amenazó escondida tras el sofá, que como diera un paso más o como no se estuviera quieto, mañana mismo compraba un megáfono y se pasearía con él por todo Zahara clamando que la tenía igual de pequeña que un guisante.

Total, que por fin entramos todos y nos sacamos a Bruno y dejamos a Pilu con Babi y Ramiro que la estaban tranquilizando, nos disculpamos con Cobita por lo de su puerta y le prometimos hacernos cargo de los costes de otra nueva (Bruno la dejó que ni para la candela; hecha astillas). Y la fiesta acabó como os podéis imaginar:

Piluca castigada a dormir en su cuarto muy a su pesar por tener que apilar las maletas, Bruno sin comerse una rosca, y Flavi llorando amargamente porque su ex era muy guapo pero un auténtico cabronazo que sólo le decía que Cobita estaba de muerte y no se había fijado en ella, que del sol se le había aclarado un poco el pelo, al menos un mechoncito, y así le brillaban más los ojos.

A la mañana siguiente, llamamos a Cobita y nos hicimos cargo de la limpieza de su casa (mandamos a la asistenta de mi tía, obviamente), y a ella, la invitamos a venir a la playa con nosotros y compensarla durante el tiempo en que íbamos a estar por habernos “cargado” su fiesta. En fin; como Cobita era una niña muy buena, y además en un par de días regresaban sus padres, la invitamos a que se trasladara a nuestro chalet durante el tiempo en el que íbamos a quedarnos nosotros en Zahara de los Atunes.

Así pues, Cobita se convirtió en nuestra amiga hasta hoy, y esa misma noche, al año siguiente, la invitamos a celebrar otra sesión de nuestras “Preguntas Trascendentales”. Y una vez todo preparado, la primera pregunta que Cobita tuvo que hacer a Piluca fue:..................................................................................

Al cabo de unos minutos, Piluca lloraba, y ninguno fuimos capaces de articular palabra...

P.D.: ¿Alguien sabe qué pregunta le pudo hacer Cobita?

Besitos Dulces
RocíoMedina , Ayudante de Mago Profesional

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