Nueva York
NUEVA YORK
La primera vez que viajé a Nueva York tenía 12 años, me sentía como un insecto con los ojos pegados a la cerviz; imposible dejar de mirar hacia arriba.
Nueva York es una ciudad extraña, una nube sin pasado, pero con historia. Una grieta implacable en el mundo, impersonal y fría.
Nueva York es un clásico moderno, post-moderno y futurista. Un rail antiguo que da color a la mugre ensangrentada de sus barrios de escombros. Una pulsera de ‘Dior’ hacinada en alguna lista de espera.
Nueva York es un mapa borroso; cada cual, aquí, se aferra a su parte del destino. Cada cual, según él, interpreta el mapa del mundo convenientemente.
Las limusinas dibujan seriales, las aceras dibujan almas, y los escaparates; reflejan personas perdidas que buscan encontrarse tras ellos...
Nueva York es una orquesta divina, un pastel de bodas, un cheque en blanco, y una papelera quemada frente a un niño de 11 años fumando “crack”.
Nueva York es Manhattan, pero también es ,Brooklyn, Bronks, Queens, Staten Island...
Nueva York aparecía en el aire como una música negra aterciopelada, marcando los pasos de ese cartel de película antigua de reestreno. De vestidos “Gilda” de seda, y escotes “palabra de honor”, con guantes de cuero modernos y pelo oxigenado, que recoge las “ondas al agua”, con un pasador de diamantes.
Nueva York es el “Cotton Club” de blues y trompetas de Richard Gere mezclado con los rincones clásicos, escondidos y renovados en mi memoria, de un “Central Park” que siempre llevaré pegado a “El Guardián entre el Centeno” de Salinger (y por su culpa, a la imprescindible: “Si una mañana de verano un niño”, de Cotroneo).
Nueva York son hormigas marchitas en trajes de visón de hembra, son inviernos nevados que bailan el “Adagio” de Albinoni, y calles anchas y plagadas de promesas de felicidad y juventud eterna en un Manhattan vivo, que adorna sus calles de luces cálidas...
Nueva York es el maestro Woody Allen y su impresionante “Annie Hall”.
Dicen que de Nueva York, todo marca, y que su tendencia, se clava como alfileres en el cine, la moda, los negocios, y las prisas...
También dicen que Nueva York es la Ciudad Joya del mundo, lo que en las joyas, sería un anillo de compromiso de Cartier. De hecho; hay quien dice que si paseas por “Fifth Avenue” y tu pareja te sorprende regalándote un diamante frente a la “Trump Tower”, serás sin duda alguna, la persona más afortunada del mundo en el amor y en los negocios; ¿la felicidad eterna?: puede que tal vez sí...
O puede que tal vez no. Porque la esencia de Nueva York, se encuentra precisamente aquí; frente al escaparate de “Tiffany & Company” la quintaesencia de la elegancia comedida. Porque no puedes dejar de ver, al menos, una vez en la vida, la decoración de “Saks Fifth Avenue”, que anuncia el cambio de las estaciones, o “Lord and Taylor”, con sus impresionantes escaparates navideños, y por último; dar un paseo por el centro de “La 59th St.” a “La 34th St”.
Nueva York son tiendas de ropa y zapatos de diseño del Soho triunfal del “negro sobre negro”, que abunda en el buen gusto de la moda de vestir y que sigue tanta “gente guapa”.
Nueva York: diseño y vanguardia...
Pero Nueva York, también son las iglesias del Harlem moderno que nació cuando las familias irlandesas, italianas y judías se trasladaron en masa a la zona del “Uptown” allá por 1890.Y las familias negras procedentes del sur del país ocuparon encantadas ese hueco en la época de 1920.
Nueva York es el ‘gospel’ dedicado a Dios y al turista en su ‘Harlem’ de la “Abyssinian Baptist Church”, una de las iglesias más antiguas y visitadas del país.
Igualmente, es justo decir; que Nueva York es la irritabilidad de los fumadores compulsivos que se refugian en la calle y, sobretodo, en la nocturnidad de las puertas de los bares. Nueva York son los retrasos de los metros y las “MetroCards” que a veces no funcionan...
Nueva York es un Brooklyn de moda donde los preciosos barrios de “Park Slope”, los “Heights” y “Cobbie Hill”, han edificado casas adosadas donde compartir espacios, con elegantes bistros y ‘diners’ informales.
También Nueva York es la gastronomía de Queens muy por encima del East River...
Y de forma más lenta, pero segura, alrededor del antiguo “World Trade Center” ha ido evolucionando, pasando de ser un pozo sin fondo de dolor postraumático, un espacio diferente y urbano y con la vista puesta a un futuro igual de tentador, en el que arquitectos, diseñadores, urbanistas y simples ciudadanos del mundo, han encontrado la manera de poder tirar hacia delante juntos...
La Nueva York de hoy se llama:“Reflejo de la Ausencia” (el plan conmemorativo ganador tras el “11-S”)
Nueva York es “Governors Island” en medio de la bahía de “Ellis Island” y la mirada de la “Dama de la Libertad”, directa hacia Brooklyn (aunque como todos sabéis, en realidad mira hacia Europa).
Nueva York es el “Brooklyn Bridge”, el “ Chinatown” y el étnico carácter del “Little Italy” de una Manhattan famosa y de lo más dinámica...
Nueva York es el “Desfile del Orgullo Gay” en la última semana de Junio en el “Greenwich Village” pese a que el barrio gay más de moda se trasladó al norte, a Chelsea.
Nueva York es el “Rockefeller Center” con la estatua “Atlas” de Lee Lawrie en la entrada del “Internacional Building”, “Times Square” con sus luces de neón al anochecer, la llamativa “42nd St” y el renovado “New Amsterdam Theater”.
Nueva York son museos (“Museum of Modern Art”, “Cosmopolitan Museum of Art”, “Solomon R Guggenheim Museum”, “Whitney Museum of American Art”...), son parques (“Central Park”, “Wildlife Conservation Park”...), son negocios en el “Broad St.” pese a que “Wall St.” es el símbolo del capitalismo estadounidense.
Pero por encima de todo: Nueva York es el color del cine, los espectáculos y la nieve. El color del todo “Rico” y del pobre vagabundo, ansioso de calor y sueños, que baila sin música la “Meditation from Thais” al estilo de Gheorghe Zamfir.
Y llegados a este punto, está bien, lo he de reconocer: ¡me gusta Nueva York!. ¿Por qué?, de acuerdo, adelante, reír cuanto queráis, pero me recuesto en su imagen y la veo como un tango arrastrado en zapatos de salón brillantes y moños dorados, que se retuercen como un acordeón pausado en los cantos de Julia Kenko y María Graña.
Nueva York es estilo y costumbre, infamia perdida en oros que llenan sonrisas, “a la última”, en restaurantes de lujo; tapando el vacío inhóspito de vidas rápidas, y de cortas duermevelas cargadas de “cristal” y cocaína...
Nueva York son latinos que se “entrometen” a empujones con su argot autóctono y su piel teñida. Son ojos grises y siliconas flácidas. Son los turistas adinerados, y los cutres, que desempolvan cartera para desconchar una botella de champange en su primera limusine.
Nueva York son revistas abandonadas que dan consejos ajenos a nosotros, fotos de caras reconocidas y vidas imposibles, que se abandonan a la belleza de marcar hueso, en unos perfectos Manolo Blahnik. Pero también, son carteras de piel de Prada, que se pasean agarradas a manicuras masculinas que arrastran a toda prisa su Omega y sus trajes de diseño a medida...
Nueva York es el “Adagio (Intermezzo)” de Massenet, con lágrimas en aquellos ojos, que se asoman a la ventana de la azotea, con una copa de vino de importación, llenando de vaho la vista de “La Ciudad que Nunca Duerme”.
Nueva York es una Nana que nadie canta y todos quieren, un niño que corre sin niñez tras la estampida del duelo y pintadas, en clanes que todos comprenden, en un esfuerzo por entender, uno de los muchos sinsentidos de la vida...
Nueva York es el deporte sentado, las palomitas duras, las bebidas “Light” con y sin hielo, las avenidas, y los cuadriláteros de boxeo y calles... “Las Manzanas” por las que todos pasean y nadie conoce.
Nueva York es un frasco sin estrenar de Chanel Nº5, un ataúd personalizado, creado, para festejar los suicidios meditados sin notas de despedida; anticuarios pulverizados de pachuli que guardan las pistolas de Al Capone, y series para gente madura, donde los psicoanalistas son toda una institución moderada.
Y de golpe, Nueva York emerge fría y sorprendente entre notas clásicas que albergan músicas modernas, gafas oscuras que emborronan las miradas esenciales de aquellos que pasean su monotonía, cambiando el color de la moda. Y emerge, digo, entre puestos callejeros de imitación, flores secas, y frutas exóticas, que se acoplan en bolsas de cartón incómodas, antes de engullir el perrito caliente de mostaza y ‘chips', tras el ‘footing’ de las cinco de la mañana.
De Nueva York me gusta su gente impávida; son robots manipulados para atender al buen gusto del elitismo implacable que solapa su ping de ‘mods’, ‘yuppies’, ‘trendies’... con abrigos oscuros que se arrastran firmes en las lavanderías de saldo. Son sombreros que articulan la gestualidad de los que horas antes hacían aeróbic frente al DVD minimalista de ‘Bank & Olufsen’. Son cafés con tapaderas, que se enfrían antes del primer sorbo, y los “polite” más “impolite” del mundo...
También de Nueva York me gusta su despotismo, su convencionalismo cambiante en paneles publicitarios que besan al marketing más de vanguardia, sus paseantes perdidos, y sus coches de lujo, en pelambres brillantes que desenfocan la realidad de los menores de 35. Me gusta su desnudez a la sabiduría, pero la sabiduría específica de aquel, que tan sólo tiene una vida para darse, y tan sólo se da a esa vida; ignorando el resto de las que coexisten en la vieja Europa.
Nueva York es un asta de toro empitonado y raspado, una media lidia de matador de arena y ruedo de grana y oro, y un domador enclenque que desdibuja su circo mediático, tras la embriaguez de programas temáticos, de más de diez años de duración.
Nueva York es la ciudad donde todos leen y nadie sabe, donde nada duerme y todo parece muerto, dentro de una vida agitada, y llena de prisas y envidias...
Nueva York es el alma de los ‘vintage’ y las condecoraciones, donde todo aquel que pasa, pasa, a engordar un ‘currículum vitae’ lleno de paja y aplausos de fama para los ignorantes de lo comprendido, y lo incomprendido que es todo sin un Nueva York que haga coros con luces de neón y putas de lujo.
Y Nueva York entonces, decide aferrarse a las galerías de arte, a las torres gigantes y los cines que combinan carteleras con conciertos, se aferra a exposiciones callejeras, a carriles sin notas que te guíen, a rodajes fílmicos que empantanan las calles, retratando en 35 mm, en óleos y en ‘polaroids’, la ciudad más famosa y fotografiada del mundo; donde todas las calles te suenan porque, aunque no hayas estado allí, te la han traído a casa.
Nueva York brota elegante y sobria, en restaurantes de lujo con mesas a media altura y cócteles especiales. Listas interminables que borran los nombres de todos, aceras anchas donde los adoquines se estrechan cuando pasas y hueles el sudor del de enfrente. Nueva York mezcla chándales de diseño con ropas recicladas, tacones fetichistas de Berlanga, con cruces de anticristo, y rosarios de ónix con anagramas de ‘Dolce & Gabanna’.
Nueva York es el complot de lo bello sobre lo natural, de lo estridente sobre lo feo, de la riqueza sobre la pobreza, y de la pisada del gigante que aplasta a la inexistente clase media.
Nueva York es el Todo o Nada. O puedes, o jamás podrás...
En fin; la Nueva York que conozco, en primavera, huele a esencia de sándalo y lirios, al vino tinto con tanino aún por pulir en una botella de uva machacada, corpórea, sabrosa, densa, larga, con un esqueleto bien armado y un gran equilibrio de la fruta y la madera en una añada fantástica.
En verano, Nueva York se convierte en perfume de mujer; es la esencia mística de aguas destiladas, vertidas en unas medias de seda con ligueros rotos... Es la sensación de bienestar que tonifica cuerpo y espíritu, como si estuvieras respirando Jazmín de Grasse o Flor de Regaliz.
En Otoño, sin embargo; los matices impregnan a Nueva York de otros aromas que se denotan tras las pisadas ocres que tapan las hojas, y todo huele a Bergamota de Italia, a Trébol y a Grosellina.
Pero en Invierno, todo cambia, y Nueva York huele a perfume de hombre, y al ‘savoir faire’ de la Corteza de los Árboles de Sicilia, a ese olor viril, fresco y tonificante de la Menta Azul y el Romero Silvestre, de la Nuez Moscada y la Pimienta Blanca. Nueva York huele entonces a ‘Madera de Cachemira’, a la sensualidad de la Moka, a los Granos de Sésamo y a las Lunas Grises llenas de Luz.
Nueva York es un cielo dormido y acunado en edificios de vidrieras imposibles, Nueva York es Blanco y Negro; es tecnología punta en manos cuidadas y mentes destinadas a pensar mecánicamente...
Nueva York es el portátil del mundo, es el gran Vogue de princesas sin instinto maternal, de hombres sin pasado y sin presente; pero con futuro.
Nueva York, Nueva York, Nueva York...
Nueva York: esa canción de cuna, que se acuna en las velas de los elixires de la comida rápida y sofisticada, en los calcetines ejecutivos y en los de patata, en las medias con ligueros, y en los vuelos rápidos que elevan al cielo, a los acostumbrados a tenerlo cerca sin poder saberlo...
Nueva York es una espiral verde de risas camufladas en ‘gloss’, de estrellas de cine que comparten tragedias inmortales con gente mortal...
Nueva York es una mueca de un cuadro del “Moma” sobre un letrero inmenso que sonríe y te invita a pasar...
Y al final del todo, debajo de las gabardinas custodiadas por las sirenas de los devora donuts; descubro a una Nueva York que respira aire debajo de un asfalto quemado. Descubro que hay una vida más allá de las vidas de los que no la tienen, y me detengo a observar qué se camufla bajo los rostros de las miradas que enfocan con los ojos lo más terrenal de la existencia. Y así, es como me doy cuenta, que de unos ojos rasgados, negros, o de color cristal, se desprende una vida arrastrada bajo el oxígeno acabado y polvoriento que barrió las torres más famosas del mundo...
“Welcome to New York”...
Rocío Medina

Fernon dijo
Me encantaria recorrer contigo Nueva York y conocer todos esas sensaciones que describes, sigue contando historias, ADM o las que quieras, pero da gusto leer relatos escritos con tanto sentimiento.
27 Noviembre 2006 | 12:17