La Coctelera

rociomedina

"Chic By Accident"

29 Noviembre 2006

Las Corcheas

LAS CORCHEAS, By Rocío Medina

Los acordes brillaban bravos y enfurecidos en la música de aquella orquesta. Los allí presentes dábamos luz al silencio y la nocturnidad se crecía resplandeciente entre nuestras miradas atónicas. Las mentes volaban y se dejaban molestar por las corcheas que bailaban más allá de sus cuerdas y sus sonidos al compás. El ‘dos por cuatro’, el ‘cuatro por cuatro’... todos lucían en sus escalas y con sus claves de ‘Fa’ y de ‘Do’.

Imaginé entonces que estaba en medio de un escenario de feria, apartándome los mechones de pelo que se salían de los lazos recién estrenados de raso, esperando el algodón de azúcar con mi vestido bordado y mi rebeca de punto, en unos merceditas nuevos brillantes y de charol. Concluí caminar de nuevo, a ver si el atardecer ceniciento me devolvía a los cinco años y recuperaba mi tirada de escopeta injustamente robada por el niño mayor de pelo largo y pendiente, que también me robó durante un invierno, aquel difícil cromo de coches.

Pero como era pequeña, andando me perdí, y fui creciendo en la letanía del tiempo, atravesando moradas oscuras llenas de colores café. Paré a descansar en el olor a molino rancio de aquel valle siniestro, y las escaleras de aquella finca me llevaban a la inercia de los sentidos, a esa teletransportación que me hacía vivir otra vida... La mansión olía a museo antiguo, a humedad cubierta de cuadros y de historias, de grandes banquetes, y a colecciones de armas y partidas sucias de pócker.

Subí a un recibidor gigante; mis pies se congelaban al abrigo de un mármol verde veneciano. Había cuadros de lienzos desgastados de tiempo, y no de pincel y espátula, en marcos dorados chipoteados por desconocidos...

De repente se produjo un ruido atroz, desfilé presa del pánico con la intención de asomarme corriendo a una de las cristaleras enormes de la parte contigua a la sala: un precioso tocadiscos antiguo enroscaba su eco en un inmenso caracol de plata. Puede que algunas letras antiguas se perdieran en el papel a medio quemar...

Se cerró la sala, las compuertas se tupieron y del Toyo de Yamaha de cola, Schumann se levantó y puso aquel polvoriento tocadiscos del que “Romance for violin and piano”, emergió entre el silencio y la carcoma. Y la música crecía y crecía, se encumbraba alto, y por entre aquellas cuerdas flotaba la alevosía de la vida en aquel lugar.

Schumann bailaba con sus botas de señor antiguo y su cabello alborotado de los siglos sin cerrar. Me alargó la mano y me atrajo hasta él. Mi vestido se blanqueaba según girábamos por el centro de aquel salón cortesano, y con las paredes cubiertas de dolor, pasión y papel mojado, bailábamos, bailábamos y bailábamos...

Girábamos y retorcíamos el cuerpo en majestuoso gesto de algarabía, y todo comenzaba a brillar a nuestro paso. Schumann me hablaba de la ‘Clave de Do’, y de cómo ‘los tercetos’ podían sucumbir en las ‘escalas menores’ sin problema alguno, mientras la noche caía allá afuera, cubriendo el mundo de olor a narcisos, cidra, y a almizcle blanco; de esos que sólo se usaban en los perfumes de edición limitada de las boticas familiares de ‘las narices’ francesas de antaño...

Veía a señores con relojes de oro y cuerda, en chalecos de estreno hechos a medida, mientras los limpiabotas se recostaban en la mugre de París y suplicaban más propina. Encendían serenos sus pipas de caballero, y limpiaban sus anteojos de pasta rancia, con delicados pañuelos de seda salvaje con iniciales de ajuares viejos. Llevaban sus delicadas manos de pensadores y terratenientes a sus bolsillos y comprobaban que el peine de concha fina aún seguía ahí. Miraban entonces absortos la belleza del salón, y a las plebeyas bellas, que acariciaban vagamente la idea de ser arrastradas por esos bigotes retorcidos, y dejarse embelesar por aquella música, arrastrando sus zapatos de lazo repujado, y dejar girar su corsé indómito; igual que yo hacía con el mío...

Mi vestido ahora era blanco, tan brillante, que parecía estar hecho de destellos plata de los diamantes que traían, allende los mares, los mercaderes de las indias... El pelo se recostó, como por arte de magia, en un recogido angosto y turgente, lleno de alfileres de nácar y perlas...

Y cuando la música paró, acabaron sus acordes de leche derramada en el río de los sueños, y mi vestido comenzó a verter blancura que caía como los aljófares al suelo, y volvió a ser el mismo del blanco roto y purgado. Se abrieron las puertas y desapareció el piano. Ya nadie miraba al viejo Schumann, y nadie reparó en que fue él, el que cerró la tapa de la antigua caja de música llena de cuerdas desafinadas en su sonrisa blanca y negra. Hasta el ‘metrónomo’ se cayó al suelo y comenzó a funcionar solo. Y el reloj de pared hizo tintinear las doce en punto.

Las cortesanas se arrinconaron con sus labios de carmín corrido detrás de la barra del ponche agrio, y sus caras de blanco acartonado se derretían al sudor del pasado.

Dicen los moradores de las viejas bibliotecas de Versalles, que por aquel entonces, nadie podía escapar de las leyendas fúnebres, y que cualquier gesto de desánimo y hastío, podía hacer romper las copas, y huir despavoridos a los invitados de los bailes de alta alcurnia.

Los caballos amarrados en sus carruajes de hierro y vellón afelpado, esperaban abajo, como el príncipe esperaba en su cuento encontrar a Cenicienta, y las mocitas se afanaban en retocar su peinado y su escote cadavérico, mientras se corrían los cortinajes de terciopelo azul, dejando caer al suelo los alzapaños de oro.

La noche había caído del todo...

Ya sin nadie en aquella sala, sin rastro de corcheas, y sin zapatos de suela de cuero inglés, arrastrados por la superficie de serpentina de un impúdico oliva, salí de aquel lugar dejando atrás sus paredes huecas y sus techos altos, sus adornos de leyenda, y sus moradores de palacio, sus habitantes apolillados y los guantes de codo que cubrían joyas aún sin encontrar.

Me demoré en aquella longeva estancia, tratando de rescatar el último reducto del recuerdo, para salir despacio.

De pared en pared, mis pasos ligeros me llevaron a una habitación donde se filtraba un aire gélido. El suelo hablaba en cada pisada, sonaba fuerte en su eco mustio. Y allí, en un dormitorio sin paredes, encontré a una mujer muerta; su cuerpo álgido y blanco brillaba con hermosura en su desnudez pálida. La sábana transparente acariciaba su cuerpo nacarado e impoluto, y dejaba ver sus pequeños pezones rosas y turgentes en un cuerpo sin pulir. Delgada y sin curvas, una maraña de pelo cobrizo, rizado y brillante brotaba desde la cama hasta el suelo y trepaba por las ventanas...

Abrió los ojos y me dijo que estaba cansada; muy cansada, sus pies finos y pequeños, deslizaban sus piernas de venas decoloradas por la seda del rancio lecho de las Sisi’s. Su pubis parecía irritado y cabreado, adornando con un triángulo rojizo una entrepierna tersa y más viva que los surcos de las sombras de agua clara que cristalizaban sus ojos grises...

Levantó su mano y me hizo tocarla, acaricié su cuerpo mortuorio dando calor a esa alma de cuadro, recorriendo sus venas azules, y sus labios fresa de princesa rota... Nos besamos; y su pelo siguió creciendo salvaje y bravo hasta por debajo de la tierra. Gemía entonces, y sus ojos parpadeaban complacidos a la dejadez del sentimiento, y el cuerpo se estremecía callado, arqueando los sollozos que se escapaban por las rendijas del silencio.

Me pregunté quién sería, de qué cuento o de qué libro se escapó. Ninfa, musa o mujer descarriada; brillaba radiante bajo la habitación oscura, y su cuerpo reseco, emanaba ardor y lujuria. Pecados sin perdonar de las damas arrebatadas que corren a pillar el tiempo más allá del suyo.

Y la niña pudo despedirse de su aura violeta de una vez por todas. Y como a soplo de flauta, los portones se abrieron de par en par dejando entrar al otoño.

Me acuesto en el jardín seco, en ese manto cubierto de tierra y aire donde todo el silencio del mundo me protege del frío. Envuelta en el frescor del viento, observo cómo la rapidez de la vida desgasta los sueños, pero entre su lento buen hacer, emerge la vida llenando de ternura las primeras gotas de lluvia que hidratan los campos muertos.

Quiero deslizarme entre las cuerdas de aquel violín atrapado acompañando al arpa en los pentagramas imposibles.

La vida es un cuento de hadas con olor a cerezas y con forma de calabaza, es dura por fuera y blanda por dentro, donde los sueños se emancipan o se esconden entre sus pipas crudas. A veces sirve para iluminar las de otras cuando no tenemos nada que ofrecernos a nosotros mismos y nos dejamos arrastrar por las hendiduras rajadas de aquellos que nos marcan los caminos menos frondosos y más floridos.

La vida es una corchea mal dibujada en un papel pautado por un niño de cuatro años; una ‘clave de sol’ simple en un acorde difícil. Una grieta sofisticada en una gruta bien decorada en una armadura llena de clavos.

Arrastramos sueños que se duplican y se olvidan, haciendo jirones en nuestra pobre alma, y esos harapos que quedan, son los que utilizamos para secarnos el sudor del daño que proyectamos a otros. Y mientras nuestra música sigue a pie de metrónomo marcando nuestros pasos, el tiempo baila despacio y la vida gira deprisa.

Y también la mía, que me permite encogerme y abrazarme al sueño de este sueño, y me despierta en una cama donde pronto me veo caminando por aquel valle picudo y agradecido, repleto de olor a naranjos y a recuerdos del ‘Boulevard Saint Germain’ del París de 1961 del que tanto me hablaban mis tíos. De esas jabonerías recicladas de color cristal que olían a limones de Sicilia y a bollos recién hechos. De los galones de los militares que sonreían por las tiendas adornadas de Navidad paseando sus libros y sus bastones de madera de cedro. Me giré un poco más y veía cómo en aquel banco me sentaba a conversar con Marguerite Yourcenar sobre su novela: “Las Memorias de Adriano”...

Camino un poco más, y mis pasos no me siguen, mi vista ya no gira hacia atrás sino hacia la rigidez de lo que tengo delante. Me detengo serena donde el campo se ha vuelto hinojo y donde las prisas me han hecho parar. Ahora ya no veo niñas con muñecas de trapo, ni velas encendidas marcando el camino del sendero, no encuentro pentagramas sobre los que flotar ni aromas que me alimenten. Me he caído en los refranes de la historia, las sombras que me acompañan piden silencio al aire del que bebo y ya nada puede apartarme de lo que soy por lo que he sido, ni de lo que seré con lo que soy.

Comprendiendo lo que escribo digo, que no soy papel pautado como tampoco lo es la música; que tan sólo soy una fugaz corchea que se desvanece en el eco de una gran sala de orquesta...

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Rosauro Gálmez

Rosauro Gálmez dijo

Cielo... estoy loco por tí...

Inspiras vida en cada una de las letras que escribes y además, yo que te conozco, sé lo mucho que vales con palabras o sin ellas eres una MUSA...

23 Enero 2007 | 08:01 AM

Rosauro Gálmez

Rosauro Gálmez dijo

"...Acabaron sus acordes de leche derramada en el río de los sueños..." si es que no se puede escribir mejor...

Rocio, ¿Cuándo me darás una oportunidad?

23 Enero 2007 | 08:06 AM

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- "The Secret of Health for both mind and body is not to mourn for the past, worry about the future, or anticipate troubles, but to Live in the Present moment wisely and earnestly". Buddha. - "Todos tomamos distintos caminos en la vida, pero no importa a dónde vayamos, tomamos un poco de cada quien", Tim McGraw

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