Retales Inundados
Ayer murieron las estrellas; cayeron rápidas al amanecer del día. Sus brillos fugaces, rescataban la noche, y la noche; nos rescataba a nosotros.
Mirarte es algo difícil y hermoso. Inexplicable lo que siento. Marañas negras que se cruzan, ojos enormes y negros que me atrapan, labios que me quieren, manos que me cuidan. Difícil es ver la nube de tu pecho blando, el mapa de tu cerebro; el por qué haces así las cosas.
La lluvia desaparece borrando las sonrisas, dejando un rastro húmedo y libertino.
Y entonces era ella la que respondía suavemente en su alcoba, y susurraba palabras gélidas mientras las velas se derretían despacio.
Corría el rumor de que nadie nunca la había poseído del todo, y que su piel olía a mil aromas exóticos y fuertes como los de las flores drogadas por el jazmín. Su habitación era la luz que se filtraba del calor de su cuerpo, y sus mejillas eran volcanes encendidos de deseo.
Ella estaba desprovista de todo aquello que amarraba su boca fresca, como si una fresa mojada en ‘champange’ pudiese decir algo.
Los ojos se perturbaban al vacío de la suave rutina que se agolpaba en sus días. Tenue tempestad de llantos ahogados… tan sólo es recuerdo de las tinieblas rozando su llanto, sumergirse en las ondas de su ser como el único reducto fértil en el que apoyarse.
Se iba abriendo poco a poco en los ruidos persas de noches encontradas al aforo de los hombres que nunca insinuaban nada. Se sentía tan perdida que jamás había conquistado algo que no fuese su propio orgullo barrido en labios siniestros que nunca podían amarla. Reprimíase toda ella, absorta en el mundo más sutil de su intelecto vago e inútil, a todos los esfuerzos que intentaban asociarse a su peculiar manera de sentir y pensar.
Quisiera entonces detenerme a observar los almendros, allá en esta primavera, caminar en esa calle limpia, donde las blancas casas huelen a jabón viejo. Pasear por esas calles, reteniéndote en la mente, y acordarme de tu risa fácil y tus muecas extrañas.
Llego a ese parque grande y perenne, cubierto de rosales y césped, y encuentro sombras tuyas saludándome por todas partes.
Entonces, las noches, con sus mórbidos y azulados paisajes, la sumergen como nunca en el haz penoso y transeúnte de aquellos que visitan su alcoba o de aquellos que a solas pasean sueños prohibidos nunca saciados.
Aquella noche, ella se sumergió lentamente en su propio yo, se dejó caer sobre la alfombra como uno de esos cojines desgastados que nunca pesan demasiado. Empapó la cara de lágrimas ardientes y deseosas de pasión y deseo. Maldijo su nombre, su alma, su vida entera… Y después, al cabo de un rato ya lejano al surco delator de sus lágrimas; se quedó dormida. Su cara era como una de esas caritas de porcelana china que adornan los rostros de las muñecas más inútiles del mundo, de esas que nunca tocas por miedo a que se te rompan.
Tenía en sus ojos cerrados al espesor de sus pestañas, y sus párpados, tan inmóviles, eran como si estuviesen cubiertos de fino chocolate blanco y delicado. Ni sus labios minúsculamente sonrosados se apartaban del hecho de hacerte sentir atraído por aquella hermosa figura que se adornaba a sí misma entre su cuerpo; entre las fabulosas curvas que dibujaba sobre la alfombra tantas veces visitada por su apresurado cansancio a medio camino entre la cama y su sueño.
Aquella noche, sus piernas estaban dadas al arrullo de sus sentidos que se desdibujaban en torno a todo lo que ella sentía.
Abrió la boca y comenzó a susurrar:
_“El sexo para mí es como una nube de algodón de azúcar; es grande, color rosa, o tienes cuidado o se te cae por todos lados... se desparrama, y en vez de nube, es como una tortita de maíz despachurrada. Se come a bocaditos y cualquiera de ellos te sabe igual pero a la vez distinto; y cada pellizco a la nube se puede deshacer en tus dedos, en tu boca...
Y yo supongo que soy una mezcla de arena, de sal, de agua, de perfume, de sueños, de canela, de incienso y un complicado enredo que se ata a mi mente
y me hace pensar, sentir, y ser cada día más yo, y más distinta.
Igual no estoy para estar aquí,
igual no vuelvo a hablarte
igual no vuelves a tener más metáforas
igual me voy camino de Capri
igual me hundo en la cueva de Platón
igual me caigo y desaparezco para siempre
Tú en cambio... ¡qué va!..... tú estarás
en Canadá... pidiendo comida china,
lavando la ropa con manos de esclavo,
y consumiendo tu prisa en días lentos, atormentándote por saber si eres bueno en la cama...
por querer complacer para ser complacido
Estarás ausente en tu baño que huele a limpia cristales mandando e-mails a desconocidos, camuflados de chicas playboy.
Estarás soplando velas mientras guardas en tu vitrina trofeos de caza...
Y yo estaré ciega y muda pensando en el pensar de los otros, escribiendo sin poder pronunciar palabras con un lenguaje mudo y sordo, y para entonces; el mundo se estará consumiendo al hambre de los gusanos, y las puertas del cielo quedarán cerradas para siempre como un mito histórico de una rebelión pobre del ser humano. ¡Qué triste es todo!”.
Llega el presagio más desafortunado, y empiezo a acordarme de mi libro rosa; pastas rotas, hojas secas, miradas de ojos pintados a boli y un papel sin nota.
Tengo sueño cuando menos lo quiero, y no duermo cuando sin embargo debería hacerlo. Te echo de menos, me echo de menos a mí, al mí de 5 años, de 6, de 11, al mí inquieto y valiente.
Tengo cuadros colgados que no dicen mucho; sólo son míos. Tengo dibujos llenos de plegarias a grandes trazos, y cuadernos, montones de ellos, de todos los colores, vacíos, sin aliento.
Quiero recuperarme; encontrarme frente al espejo, saludarme entre líneas de diario, vaciar mis ‘holas’ al viento, y ver frente a mí la sombra, que por mi nombre responde, que por mi sonrisa suspira, y por mis labios peca...
Rocío Medina

al sur del sur hay un sitio q esta olvidado..... dijo
Mirarte es algo difícil y hermoso. Me ha encantado.
Muchos besos
7 Diciembre 2006 | 12:30 PM