La Sombra se viste de Mujer
Relato Uno
El cuerpo se estremecía al vaivén del impulso incontrolado; la piel sudorosa brillaba tersa y era suave a sus manos y sus labios. Aquel gemido inundó la nada y la llenó de respuestas sin sentido entre palabras incoherentes.
La habitación estaba en penumbra cuando llegó; llegaba tarde y hacía demasiado calor. Él la vio cruzar la calle de enfrente. La miraba desde arriba, la observaba mientras los impulsos despertaban atropellados en el nerviosismo del que no sabe bien qué buscar. Ella andaba deprisa, su pecho dibujaba unas caderas perfectas que se mantenían firmes sobre unos finísimos y largos tacones, arriba y abajo; el escote mecía la melena sedosa que brillaba bajo los últimos rayos de aquel sol naranja ocre.
Cuando se cerró el ascensor del ático él abrió la puerta antes de que ella llamase; le recibió a torso desnudo y descalzo con unos jeans prietos y desgastados. Ella bajó la mirada, entró por el hueco de su brazo sosteniéndose en la puerta y dejó caer el bolso al suelo. Él tampoco dijo nada y la puerta se cerró.
Sólo la respiración agitada se mezclaba con el ruido de un ventilador viejo que se sostenía mustio entre un salón casi vacío. Las grandes cristaleras reflejaban las luces de otro mundo; de ese otro mundo alejado que les separaba de la realidad. Ninguno dijo nada. Intensos segundos agonizantes resbalaban piel abajo entre las gotas de sudor que emanaban un aroma intenso a piel caliente. Se respiraban lentamente entre raudos efluvios libidinosos, y por fin la carne sucumbió.
Él le apartó los mechones que caían por su cara, dejando limpio un escote salado que quería salir empujado por sus pezones oscuros, ella seguía callada, quieta... mientras sus pechos jadeaban mudos entre su ropa interior. La giró lentamente mientras buscaba su mirada; y de espaldas a él, contra él, pegada a él, sintió sus manos en su estómago, subir y bajar de su estómago hasta su pecho. Dejó caer la cabeza lentamente hacia atrás mientras temblaba su entrepierna, y antes de que él comenzara a besarle, le empujó con fuerza hacía el sofá liberando botón a botón su enorme erección palpitante...
Y con el primer gemido de él, se desató la vorágine; ya no quedaba nada de ropa, ni de lencería apretada que domaba el cuerpo haciéndolo más deseable y erótico, tan sólo los tacones de ella y el tatuaje de él.
Cuerpo a cuerpo comenzaron a lamerse, mano a mano a tocarse, y los ojos seguían sin encontrar una sóla mirada. Se cerraban deseando sentir y se abrían buscando encontrar para seguir succionando, chupando, mordiendo, lamiendo, cogiendo y abrigando ese calor irresponsablemente compartido, esa complicidad sanamente pactada, esa serenidad loca que deja de pertenecer a alguien...
Ella estaba sobre él, lentamente el cuerpo se rozaba acariciando una piel mojada que se perfumaba en la ambigüedad de lo distinto cuando recién se te regala. Un olor profundo que te recuerda y evoca, que te provoca y a la vez hace que te olvides, y lleno de esa intensidad que lubrica cada uno de los sentidos que te mantienen viva y latente...
Él era fuerte; ella no. Él era hombre y ella no. Él quería rapidez; y ella no. Pero era ella quién tenía el poder y él no...
Había comenzado el juego; y piel con piel se frotaban nerviosos, ella ansiosa por dominar su furia embravecida, por dotar a su cuerpo de esa plenitud turgente y carnosa, domarla dentro, abrigarla en paredes huecas y mojadas durante horas, y él ansioso por encajarse en ella y dormitar segundos que se magnifican horas, empotrando su naturaleza animal en aquella musa de ojos turquesa.
Ella gemía avergonzada con una fuerza sordina; él tan sólo respiraba fuerte y rotundo.
Por fin él giró su cuerpo y se apoltronó sobre ella, le sujetaba con fuerza las manos y logró meterse entre sus muslos, los gemidos callados ahogaron el silencio y la noche se abrió para ambos.
Giraban sin rumbo, palabras flotaban a medio hacer entre los huecos de las sacudidas, emanaciones agrias de pegotes de caramelo líquido corrían cuerpo abajo, boca abajo, vientre abajo... Los plásticos se hicieron algodones, y las cortinas se desgarraron mancilladas mientras las cabezas golpeaban los cristales empañándolos de vaho y sudor.
Con el último resuello de esa turgencia, se apagó el calor del cuerpo, y la piel aún empapada, brillaba triste entre el galope rápido de las últimos jadeos. Los cuerpos se giran buscando la intimidad, espalda contra espalda sin llegar a tocarse, las palabras seguían desaparecidas, ahogadas en el hablar inconexo y reseco que habita en la penumbra de una habitación agitada. Ahora molesta la piel y el pelo, las gotas ansiadas que se derraman de dentro afuera. Se busca la ducha y las sabanas cubren el cuerpo limpio para volverlo a vestir...
No hubo beso, pero sí una mirada; la mirada más triste que nadie jamás puede ver. Indescriptible y solitaria; hundida, abatida y doblegada, y al cruzar de nuevo la calle, él nuevamente le sigue los pasos iluminados por la antorcha de la vida, se aleja despacio, arrastrando sus tacones y su bolso, mientras él quita el vaho de la ventana con la manos envueltas en su perfume de mujer. Se pierde en la intensidad del mundo, en la complejidad de las cosas atropelladas que nos atraen como imanes; como los polos a la tierra, como la luna atrae al sol, como la luz atrae la oscuridad, y como los amantes se atraen para sí y se separan para volver a encontrarse...
Se aleja sola, volviendo a ser un sólo cuerpo imperfecto que necesita nuevas mitades para ser feliz tan sólo instantes, y el vaho desaparece dejando huella; una huella sin beso de despedida. Y cuando él se vuelve y enciende la luz, ve el salón inundado de instantes derrumbados, la ducha todavía goteando, y se recuesta entre sus sábanas ya frías y revueltas; recompone su esquina de siempre, sin beso y sin ella, y comienza a dormitar mientras permanecen, aún, los restos rubios de sus mechones...
Rocío Medina

juanpablo dijo
Muy bueno lo que escribis, pero o haces mas cortos tus relatos o le cambias ese fondo negro a tu pagina o no vengo mas por aca. Me estas dejando ciego negra...
porfavor sino es mucho pedir, todabia no es tarde para recuperar mi vision.
Saludos...
juanpablo
11 Enero 2007 | 06:12 AM