La Coctelera

rociomedina

"Chic By Accident"

19 Abril 2007

"LOS VIÑEDOS" por Rocío Medina


Mi tío Eusebio tenía viñedos en una finca grande color garbanzo frito, las mesas de hierro del porche, camufladas entre buganvillas y vegetación resultona, le daban al cercado la prestancia de una primavera tardía achicharrada de un calor primerizo.

Nunca me gustó pasar los veranos en ningún otro lugar que no fuera ese, tan escondido en aquella aldea cercana al mar, y con unas paredes pintadas de hiedra roja que trepaban perennes por la fachada de tintura terracota. Me gustaba su sendero de camino raso entre pinos altos, que escondían una suntuosa hacienda privada de vulgaridad.

Desde aquel jardín farolero, todo parecía un composite de fronda salpicada de pequeños toques de color. Sin embargo, cuando nos subíamos por las tardes a ver la puesta de sol al mirador principal; la hacienda revocaba la naturaleza salvaje y la devolvía a su lugar. Círculos de lavanda se camuflaban entre las palmeras, y los sauces llorones se apartaban en una hilera distinta, de dónde los pinos, placían lánguidos y universales dando sombra al pasto de los caballos.

Y a lo lejos, ahí estaban; las vides mimadas que a la caída del sol, escuchaban canciones susurrantes sopladas a ras de hoja, mientras una nube de piedras blancas las acolchaban separándolas como un abrigado plumón de oca, de los fríos del invierno. Mi tío miraba sus racimos bajos, admiraba su color cereza ocre brillante y pulido, que prometían caldos vivos entre la luz rabiosa de los últimos tonos calabaza del atardecer.

Mostrar sus cepas era como enseñar orgulloso a ese niño recién nacido, pequeño, indefenso y lleno de vida; y al que cualquier padre augura un futuro prometedor lleno de vitalidad, y que con sumo cuidado; guiará en el ascenso de la vida.

Las vides son materia viva, más que ninguna otra; renaciente, sombría y triunfante a la vez.

La bodega era una cueva escondida entre luces tenues y temperatura constante, donde un olor extraño rezumaba por entre sus paredes de piedra. Olía a madera húmeda, a corchos rotos mojados en vinagre, a madera vieja sin barnizar, a fruta empapada en tierra, a lluvia…

Mi tío se sentaba en su despacho, con la boina de tweed de lana de “Hackett” aún puesta, y sus pantalones de montar a caballo, y miraba sus estanterías llenas de escopetas, rifles y revólveres de antigualla, mientras prismáticos en mano, echaba una ojeada a sus vides.

El vino, como siempre nos decía; es una materia viva, cada día tiene un humor desigual. Si no está de buen tino, lo descorchas, y puede estar picado, o simplemente sabe de otra manera a cada segundo que pasa. La temperatura del ambiente, la copa donde lo viertas, según lo hayas decantado o no; todo ello hace que sepa diferente. Los caldos están vivos; su luz, su tonalidad, su aroma… cada minuto lo hace disímil. No sabe igual ahora que dentro de unas horas, no es igual abrir una botella hoy que dentro de siete años. El color te avisa, su aroma te pone en el camino de ese tanino que vas a descubrir, por eso me gusta el vino; es algo mágico…
Balanceas mimosa la copa, oxigenando la pureza de su aroma y preparándote para su sabor. La acuestas ligeramente, y ese caldo vivo explosiona en degradado en todo su color; intensos cerezas, granadinas, bergamotas, rojo ralea y berenjenas, arrinconan sus tonos entre el cristal fino y lo dejan a la libre exploración del entendido vinícola. La nariz se sumerge de lleno en la copa, donde inhalas un alcohol puro lleno de tonos temperamentales y húmedos, que se sostiene segundos en la pituitaria arrancando matices intuitivos en visos de cariz. Aromas penetrantes de violetas y bayas, se vierten llorones de granos color azul intenso, ovoides, que hacen caldos de extraordinario carácter. Matices ácidos que regalan las uvas aisladas, recuerdan las cerezas y ciruelas maduras, regaliz, cedro, madera de roble de sus barricas gestantes, y un sinfín de connotaciones espirituosas, flotan en el oxígeno inerte llenando sus átomos de impregnaciones gloriosas, en la primera cata de ese sorbo robado a la sangre viva de una botella aún sin etiquetar.

Las añadas tristes revolucionan los estantes poco precisos de los tintos sin madurar, y agolpan henchidos las cartas modernas de los restaurantes de diseño y las galerías vitivinícolas de los nuevos gurús restauradores.

Me asomo sorprendida a una hilera de botellas cubiertas de polvo donde unas etiquetas raídas se muestran acostadas en unos anaqueles escondidos, y soy avisada de que “esas ni tocarlas que son de colección”.

Galerías escapadas de la vida, viven entre maderas viejas que acurrucan a un ser aún no nato, que sin embargo palpita y va creciendo dentro de esas barricas adormecidas, viejas y pacientes. Las cepas conviven con piedras sumergidas bajo la superficie de esa vida, y las protegen del calor y del frío, y los suelos atropellados de tierra pulida aglutinan polvo que adornan botellas de etiquetas de más de cien años…

Aquel lugar duerme tranquilo, como ajeno a la prisa del mundo, gestante de varios seres, colores y esperanzas; ansioso por salir atropellado, explosionando en matices temperamentales llenos de vida.

Recuerdo aquel lugar ecuestre y elegante camuflado entre un vergel de colores oriundos, donde palmeras, higueras, chumberas y demás vegetación exótica, esconden celosas un oasis color sangre.

Hacía siempre mucho calor, y el cielo nunca estaba azul del todo; siempre había alguna nube gris plata emborronando esa enorme diana donde clavar los ojos. Recuerdo los manteles blancos y los jarrones llenos de flores raras. El olor a pan recién hecho y los bollos de avena y centeno que nos dejaban un sabor rancio en la boca.

Cuando mi tío sacaba una garrafa de vino, nos arremolinábamos inquietos a su alrededor, mientras colocaba la damajuana cerca de un cubil en la leñera; estábamos ansiosos por que nos dejase a nosotros abrir el grifo y rellenar un par de botellas. Entonces se sentaba en el suelo, a nuestra altura, y con cuidado acercaba la botella y la controlaba paciente mientras nosotros la sujetábamos. Nos gustaba hacerlo, porque todo olía especial; olía como a tampón mojado y húmedo que lleva siglos escondido en algún cuchitril mohoso de paredes cubiertas por hongos.

Cuando teníamos llenas nuestras botellas, nos dejaba colocarles una pegatina donde cada uno ponía con su letra infantil nuestro nombre y la fecha, y siempre nos obligaba a escribir un número extraño, que debía significar que nuestra botella pertenecía a esa cuba. Después nos daba unos buchitos de mosto, nos hacía creer que era un vino de niños, y nosotros, le hacíamos creer a él que ya se nos había subido a la cabeza, y que el motivo de no querer almorzar ese día era porque estábamos totalmente borrachos.

Mi tío Eusebio fumaba puros, cortaba una parte del puro e inhalaba después, fuerte y hondo, llenando de humo la copa de balón cubierta de hielo y “Chivas”. Nos mostraba entonces fotografías antiguas de gente pisando uvas. Las señoras, refajo en mano, reían desdentadas y los señores remangados hasta los codos, mostraban orgullosos, racimos apretados a punto de reventar y bayas en forma de piñones.

Recuerdo cómo guardaba celoso los álbumes de cuero en su estantería de despacho antiguo. Y me gusta recordar esos tiempos porque todo, hasta las fotos, parecían tener vida propia; olores, sabores, leyenda e historia. Todo allí estaba vivo, en constante movimiento controlado; en armonía… Jamás he podido desprenderme de esa viscosidad limada de colores tierra en suelos calcáreos, y de esa avenencia adquirida en panorámica de postal añeja, que brinda feliz, en campos maduros.

Mi tío Eusebio daba grandes cenas, un genial anfitrión, que orgulloso, mostraba con gesto tímido una bodega llena de contrastes. Hablaba de vinos, y sus palabras flotaban por el aire, te hacían viajar a lugares extraños y como confinados en el Piamonte, en el Valle de Aosta o en Lombardía. Mostraba fotos de cepajes tintos, y sus palabras escudriñaban en la mente de todos, la osadía inquieta y atrevida del sabor complejo y elegante, fraguado en la imaginación. Y degustábamos vinos afrutados de uvas maduras con aromas frescos, salidos de suelos drenados.

Una tarde cenicienta; suelo embarrado y cielo pardo, las parras se movían furiosas desgranando tristes sus frutos rubíes. Desde lejos; veíamos cómo el viento furioso, quería desmembrar esa postal, para teñirla de blanco y negro, y cómo esa piel gruesa y azulada, que redondeara los vinos y acelerara su crianza, se agarraba a la vida.

Desde entonces ya comprendo, que el vino es elegante y presuntuoso; altivo y distante, que es una mujer perfumada de rosas, té seco, petróleo o tierra, que según la mimes, aparece bellamente envejecida en barricas viejas de roble de Eslovenia, crianza prolongada que consigue más tánicos y mayor color. O joven y fugaz en añadas que no duran. Puede ser frutal y noble, con aromas a violetas. También puede ser intensa y vigorosa, engañosa y disfrutona, que al cabo de los años, se transforma en aromas quemados y ahumados, alquitrán y trufa.

Ácida o dulce, ronronea caprichosa en las posturas de la buena mesa, de entrante, compostura y postre, o de tapa tarambana.

Es fugaz, leve y frágil; agria, suave y sencilla, siempre guarda tornasoles escondidos detrás de esa llanura franca, que bellamente recogida, en un cristal de alargado gollete, siempre esconde un cofre místico para ser admirado. Sorprendente cadencia de colores en juventudes maduras, o en premuras viejas, el vino nace, se contempla y vive, más allá de los años.

El vino es la mujer desnuda, sola, afligida, que necesita la destreza del hombre para sentirse protegida. El hombre extiende su mano a nivel de atmósfera, y acaricia ansioso la tersura de su piel. Ayuda a madurar a la niña de mejillas coloradas, la viste despacio, le canturrea marrullero, esperando paciente, en el desasistido devenir impreciso del tiempo, a que la hembra luzca bella y segura en sus manos.

Por fin la mujer madura, asistida en el tenaz culto del hombre templado, y cubre sus curvas firmes en las raleas de casta. Abandona su efímera compostura, dejando atrás la tierra lagrimosa, y tras los preámbulos variopintos, pasa a guarecerse en algodones nobles de maderas presuntuosas. Aguarda paciente la entrega a su amado, que la desparrama glorioso como victoria ansiada, y por fin la saborea, y sabiéndola suya, la desnuda consentido desgranando su piel paso a paso, y aspirando todo su ser; aromas y texturas, deshojando estoicamente cada connotación de su cuerpo.

Había temporadas en que las hiedras dejaban de adornar con su color caqui esas vetustas paredes, y era cuando el viento lanzaba furioso los cristales rotos entre las celosías de hierro torneado. Prestos frente a la hoguera entre humaredas de tabaco y miasmas, nos contaba historias lejanas rotuladas de uvas. Cariñena con sus ganas por envejecer con dignidad, la afrutada Gamay, la joya Nebbiolo; la más preciada del viñedo italiano, la Pinot Noir que se torna anaranjada, la Prieto Picudo con forma de piñones, la Sangiovese de rojos púrpura impregnados de matices arcillosos, la ácida Bobal de brillantes tonos y aromas frescos, la Graciano de rojos vivos que dan finura y calidad proclive a la mezclas. También nos hablaba de la tinta Merlot; oscura, azulada y gruesa, la violeta Syrah, la conocida Garnacha, la Bonarda vieja, y la argentina Malbec.

Suspirando tranquilo en el halo purpúreo de esa tarde enrarecida, el Cabernet Sauvignon asoma en sus labios, y es entonces cuando nos habla de ese rey oriundo de cepajes tintos; que sabe a uva de diseño cultivada con éxito en todo el mundo. Y mientras movía ligeramente su copa, complacido, nos iba mirando uno a uno, ya cansinos, ir pintando a colores, uvas en cartulina, como de Monastrell y Mencía

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