Los Médicos
Querid@s Amig@s:
En el siglo XXI ir al médico ya no es lo que era antes. ¿Dónde están esos médicos de antaño que olían a perfume de hinojo, con las entradas teñidas en colonia de “Álvarez Gómez”, que te recibían sabiendo tu nombre y apellidos, y te preguntaban por la salud de toda tu familia mientras te hacía recordarle al abuelo que no olvidara sus pastillas de la tos?.
Los médicos de antaño que yo recuerdo, tenían bigote o bigotillo, hablaban con tranquilidad, tenían las gafas puestas en la punta de la nariz y las patillas en las sienes, y te hablaban seriamente por encima de las lentes con un vozarrón de miedo. Sus casas eran de suelo de mármol o de losa pintada a mano, olían a caramelos de menta y a jarabe de arce, tenían una salita de espera confortable donde había preparada una bandeja con pastas y una jarra de agua con vasitos de cristal. Normalmente llevaban bata, o te abrían la puerta con una camisa habanera o en mangas de chaleco de traje antiguo donde se adornaba un cordón de reloj y un bolígrafo en la solapa. Las paredes estabas cubiertas de fotos familiares y cuando entrabas a su despacho muerto de miedo, se sentaba al fondo del todo en una habitación lúgubre y difícil, con un gran ventanal, donde en un lado había un estante de madera cubierto de libros de cuero verdes y marrones con pastas antiguas, y en el otro lado; un armario enorme que parecía la alacena de una botica, lleno de jarabes, pastillas, y de tarros imposibles.
Recuerdo a Don Ángel, nuestro médico de familia, y cómo escuchaba el crujir de sus zapatos de suela de cuero hasta que se sentaba en su sillón frente a mi y tenía un lapicero lleno de “depresores” (palitos con los que te hacía abrir la garganta hasta lograr verte el esófago), y luego nos hacían toser un poco mientras ellos inspeccionaban los pulmones con el “fonendoscopio” para auscultarte mientras el humo de su cigarro o de su puro te hacía llorar los ojos. ¡Esos si que eran médicos!... con sus títulos antiguos colgados en la pared al lado del corzo, del jabalí, y hasta de un buitre disecado. Te miraban, se mesaban los bigotes, y de un plumazo sabían de sobra lo que tenías: usted tiene faringitis aguda, usted tiene que operarse de juanetes ya (y mandaba a la enfermera o a su propia esposa, a desinfectar el material necesario para hacerte él mismo la operación, y en un santiamén salías todo vendado y sin juanetes que valgan), usted tiene cataratas, y también sabía el grado de miopía que tenías con sólo una revisión de urgencias... Estos médicos de antes sabían de todo, hasta cuando entrabas porque te dolía la garganta, y salías sabiendo que estabas embarazada de tres meses.
Ahora los médicos no son así, ya no escriben a pluma en un papel amarillento el cómo tienes que tomarte las medicinas, ni te abren el armario y sacan un mejunje casero que te recetan sin receta, y te mandan tomar sin rechistar... Ahora los médicos son más sofisticados, te mandan al especialista sin tomarse el tiempo necesario para mirarte bien, y además de eso; sus consultas ya no son lo que eran...
De hecho, al último médico que tuve que visitar fue al ginecólogo. Ahora, como lo tienen todo informatizado, la secretaria de mi doctora me manda una citación, sin pedir permiso siquiera, directamente a mi mail: “Señorita Medina, le recuerdo que hace un año desde su última consulta y ha de venir a una revisión...” ¿Revisión para qué?. ¡Pero si a mi no me pasa nada!, si fui al ginecólogo porque dije: alguna vez en la vida habrá que ir... Pues nada, debes revisarte como si fueras el aceite de un coche cada dos por tres.
Os cuento: sé que para los hombres, hablar de ginecólogos, es como hablar del tío suertudo que puede meter la cabeza entre nuestras piernas sin necesidad de tener que dar explicaciones a su mujer, y además le pagan por ello... Pero en realidad, un ginecólogo es un monstruo colosal, que por más que pueda pareceros que despierta nuestras más inconfesables fantasías eróticas, nada más lejos de la realidad. El ginecólogo es un verdugo titulado, que nada más vernos, nos hace espatarrarnos absolutamente “encabronadas” en un potro de tortura, donde nos volvemos indefensas, y nos angustiamos ante el hecho de no saber qué demonios nos va a encontrar ahí abajo... ¡Pero si ahí dentro está oscuro y no se puede ver nada!. Pues él te mete un “espéculo vaginal” que duele que te mueres, y se pasa minutos, que son horas, ahí metido hurgando y venga hurgar...
Total, que el día que tenía cita con mi ginecóloga habitual, ésta se había tenido que ir y había dejado en su consulta a un suplente. Cuando me abre la puerta y tras la bata veo que hay un hombre y no una mujer, empecé a disimular la tos nerviosa que me entró, diciendo para mí que hay que ser progres, que un ginecólogo es un médico y que no ve a tías, ni tíos, ni travestis, ni gordas, ni flacas, ni guapas, ni feas; solo ve cuerpos...
Detrás de la dichosa mampara de tela horrible, por cierto, tengo que desnudarme de cintura para abajo, con la malísima suerte, de que ese día llevaba vestido y tenía que quedarme literalmente en bolas... Me asomo por la rendija de la mampara y le digo que si me presta una bata, y él se ríe y me dice que ahora me trae una... Me la da, y nada más alargarme la mano, veo que tiene unos dedos espantosos y las manos muy poco hidratadas. Un ginecólogo, obviamente, si te toca se pone guantes, pero aún así, ¡este tío que no pretenda acercarse más a mi con semejantes manos!.. Ya sé que os parecerá de lo más cursi y superficial, pero cada uno tiene sus manías...
Así que comencé a vestirme mientras él desde su mesa me iba rellenando la ficha. Cuando descorrí la mampara y salí, me dijo que se suponía que tenía que desnudarme, y bla, bla, bla, bla, bla... y yo le dije que lo sentía pero que no esperaba que me atendiese un médico, que no era nada personal, pero es que yo era muy fiel a mi doctora... Salgo pitando, y necesito tomarme un litro entero de agua para volver en mí de nuevo.
El ginecólogo era un tipo de unos 37 años, de buen ver sin lugar a dudas, pero más atractivo que guapo. Era bastante alto y anchote, con una sonrisa bonita y los ojos pequeños pero interesantes. Nada que ver con Richard Gere enfundado en la piel del “Doctor T”.
Un día me encontré por casualidad con él en una zapatería de
Me fui, y poco después me lo volví a encontrar de nuevo en “Snobissimo”, el tío se acordaba de mi y me dijo que tenía que haberme visto la cara que puse cuando me presentó a su hermana y me hizo creer que era su mujer. ¡Menudo Imbécil!... Me dijo que me lo debía por haber salido de su consulta con un ataque de nervios como si hubiera visto al mismísimo diablo, que me lo recompensaba con una copa: “Yo no bebo, tendrás que ser más original”... “¿Una cena?, ¿un cine?, ¿un día de golf?...”, insistía él.. He dicho original, energúmeno de clase media – alta con ataque narcisista (esto lo pensé para mí), “No, ¡una entrevista!. ¡Concédeme una entrevista!”. Sorprendido me dijo que si, aquí su ego se alargó más allá de lo previsible, y dándose el gustazo de sentirse útil e importante, me sonrió con gesto de interesante y se bebió de un golpe su media copa. Acto seguido; alargó la tarjeta con sus datos, donde se encargó de anotarme a boli su móvil personal, y me dijo que cuando quisiera... En fin, muchos de vosotros sois tíos, ¿no?, pues ya sabéis de qué va esto...
El caso es que yo hasta ahora no sabía cómo ligaba un médico, me los imaginaba siempre tan serios en su laboratorio de luz cenital, al más puro estilo Doctor Frankestein, o leyendo manuales de anatomía todo el día, dándole vueltas y más vueltas a una enorme taza de té humeante; pero hoy en día, esto de ser médico y ser joven, yo no lo veo nada bien...
Los médicos tienen que ser todos mayores de cincuenta y cinco años, con pinta de señores serios, que no muestren los dientes cuando ríen y que tengan entradas prominentes o el pelo muy canoso. Así si que se es un médico de verdad...
Ya habréis leído que tengo un médico personal que me sufre constantemente, de hecho; anda de aquí para allá poniéndome verde porque le llamo “fashion” y me meto con sus gafas personalizadas. No le llegó a picar el cangrejo, lo digo para tranquilizar a sus numerosas fans, pero en cambio dejó el coche hecho un Cristo (aunque eso es otra historia macabra que no tiene nada que ver aquí; ¿para qué habré dicho nada?). El caso es que él es joven, no diré la edad que es muy presumido también y muy mirado para sus cosas, y se pasa el día estudiando y venga estudiar, operando y venga operar, y pasando consulta a unos y a otros... Y el tío dice que disfruta; ¿pero quién puede ser tan rancio como para disfrutar teniendo pacientes?. Pues nada, a él en cambio, le apasionan las operaciones de todo tipo, sobretodo las de codo: “...es que son muy jodidas y las de vértebras también...” ¡vaya por Dios!. También dice que está todo el día de quirófano en quirófano, de los cinco de trauma que hay en su hospital, y luego le quedan ganas para pasar consulta... Pero a lo que yo voy, si es muy joven, ¿cómo una señora mayor se puede quedar tranquila cuando un chico joven y de la edad de su nieto (ese que fuma porros escondido entre las macetas de geranios de su patio) le dice que le tiene que hacer una artroscopia de rodilla, operarla de la cadera, o sacarle un costillar entero?... Es que yo, si no conociera a mi “Greg House” real me moriría del susto ahí mismo... Tú no me digas que no, que ves ahí a esa señora con kilos demás asustadísima la pobre, que no ha visto una sala de quirófano en su vida, y lo más parecido a eso es el congelador de pollos de su carnicero habitual, y se agarra como una posesa a las pantallas de artroscopia que coloca el celador, y dice que venga el médico de verdad que su nieto no le opera... “Señora, que no soy su nieto, ¡leches!, que soy su médico residente de quinto año y esta operación la hago todos los días... que si señora, que yo aprobé
Tras la operación llega lo peor, porque claro, una vez el anestesista hace entrar en razón a la señora y mi amigo la opera pacientemente, llega la hora de la visita en planta, que es cuando ya está recuperada del todo de la anestesia, y entonces quiere comérselo a besos por lo buen nieto que ha sido y lo bien operada que la ha dejado. Eso sí; le hace prometerle primero que le pondrá en el menú un par de flanes, que ella de eso en casa no come porque nunca llega a tiempo, ah!, y también varios muslos de pollo que si no, el caldo que te dan sabe asqueroso.... Y cuando se va del hospital, le regala con toda su buena fe y su gesto maternal, una corbata que mi amigo quiere morirse nada más verla...
Así que es mejor ser un médico de los médicos de antes, yo siempre lo diré; lo de antes mucho mejor... que tenías fiebre; llamabas al médico y te decía que te pusieras un trapo de la cocina lleno de filetes congelados, que te dolía la garganta; te decía que comieras muchos caramelos de azúcar hechos en casa, que tenías tos agarrada a los pulmones; te mandaba hacer vahos de “Vicks vapor up” con la cacerola hirviendo y las toallas encima de la cabeza, que te dolía una pierna; te decía que no la movieras hasta que se te pasara el dolor, y así sucesivamente... Que el médico se iba a los toros, muy fácil; Don Ángel siempre ponía un cartel en la puerta de madera de su caserón: “Queridos pacientes, estoy en los toros, si hay alguna urgencia esperad a que venga o dejadme el recado en el buzón de correos. Si hay parturientas y no pueden esperar, estoy en barrera al sol, buscadme ahí. Si teníais cita volved mañana. Atentamente, Don Ángel” (escrito con el Don y todo porque si no, igual no le reconocíamos).
Ahora en cambio no es así, ahora vas temblando al médico porque lo mismo te diagnostica un cáncer que una premenopausia, y por mucho que reces, no hay manera de que se haya olvidado de pasar consulta; tienes que esperar un montón de tiempo en una sala llena de revistas donde la gente es feliz, es guapa, vive una vida apasionada entre mansiones de lujo y cóckteles de champagne, mientras tú estás de la hernia que te mueres de un instante a otro, eso si es que no tienes hemorroides, que encima de que tienes que esperar rabiando de dolor, lo tienes que hacer de pie...
Los médicos de antes no ligaban nunca, salían a pasear con sus bastones de punta de plata en una mano y el “ABC” en la otra, o con las manos agarradas a la espalda con su sombrero a juego con el traje, y todo el mundo por la calle le saludaba como la gran personalidad que era. Ahora en cambio son los médicos los que te saludan borrachos en la pista de “Snobissimo” y te proponen citas lujuriosas (mi amigo no, que él tiene mucho estilo para el arte de ligar).
Antes, los “Don Ángel” de la vida, tenían una larga cola de madres esperando en la puerta de su casa para hacerle proposiciones de amor de sus niñas antes de quedarse solteronas con veintiún años (eso a los que estaban solteros o viudos), o directamente ya los encontrabas casados con una señora muy guapa que hacía costura y siempre llevaba las manos pintadas y el aderezo a juego (pulsera, anillo y pendientes).
Es que no puede ser, el problema es que hoy en día hay mucho de todo, y no damos a los médicos el lugar que les corresponde, y claro, así, como que se deshumanizan más y en vez de tomarse su tiempo para preguntarte por el abuelo y mandarte con el recado de que cuándo quiere pasar por el Club a jugar una mano de cartas o al dominó, los tienes a los abuelos rugiéndoles al médico porque en vez de recetarles las pastillas de la tensión, les envían a
Los médicos antes eran toda una institución como Dios manda, les llamaban siempre de Don, hasta el punto de que el médico olvidaba su verdadero nombre si antes no le ponía esta palabra delante, no tenían que hacer colas en los bares ni estar de pie porque siempre se levantaba alguien a ofrecerle el sitio. Ahora tú ves a un médico, y matasanos es lo más bonito que le dicen: “Mira, Maruja, el medicucho ese, ¡qué pinta de guarro lleva sin la bata!, yo es que ni le hubiera reconocido, pero como es el sobrino de
Antes al médico se le tomaba en serio, si llegaba a la cafetería el último se le atendía el primero, si pedía el vermú se le servía con sus almendras y su mojama, si se le ponía el perro malo las vecinas le hacían galletas para saber si estaba más recuperado el pobre animal. ¡Ahora ni hablar!; ahora si llegas a la cafetería y te reconocen de milagro, se aparta todo el mundo de tu lado por si le contagias alguna epidemia rara, si te pides una cerveza te la sirven pegando un golpe en la mesa que se te levantan hasta las puntas de las patillas, y si se te pone malo el perro, lo máximo que pueden hacer por él, es atropellarle un par de veces con el coche para que deje de sufrir...
Es que antes había un respeto, un pudor... la gente pasaba y te pedía permiso para esperar en tu salita durante las horas que hiciera falta y no se atrevían a cogerte las pastas de la bandeja, a lo sumo un mal vaso de agua, por si eran de adorno o para visitas importantes (éramos más sumisos, más proletarios, más del populacho bueno...) Ahora las abuelas se van a los ambulatorios a hablar allí con las vecinas mientras hacen tiempo a que el médico las atienda para contarles sus dolores y sus cosas, para que las comprendan porque los hijos trabajan todo el día y no saben con quién desahogarse las penas, y también porque allí en la consulta se está caliente y se ahorran la calefacción de gas natural que el hijo se empeñó en ponerle en casa, y que les cuesta la pensión...
Antes en las consultas se hablaba de la huerta, de las cosechas de tomates, del hijo que se ha ido del pueblo a la capital a estudiar Magisterio, del jazminero que con el injerto hecho a tiempo, se ha salvado de morir helado, y del nieto que se va a hacer la mili y les escribe alguna que otra carta. También de la matanza de Navidad, de los chorizos que aún tienen colgados en las falsas de sus casas esperando a que se sequen, y los jamones de pata blanca que están curándose con el pimiento molido y envueltos en periódicos.
Ahora en cambio, hablamos de otras cosas del progreso; de los presentadores que como son guapos no pueden ser gays, de las tetas que se operan las novias de los futbolistas, de los hijos tan apañados que tiene Julio Iglesias, y de las “perricas” que está ganando Ana Rosa Quintana que les cae muy bien a todas, y así sucesivamente...
El caso es que los médicos que antes nos salvaban la vida a base de jarabes, ungüentos raros, y vahos de vapor; ahora nos matan sacándonos todo tipo de enfermedades raras, mientras nos sometemos a medicaciones estrictas y a tratamientos de por vida. Antes todos estaban bien, y cuando el médico decía que había fallecido el paciente, despachaba diciendo que era cosa del “miserere”. En cambio hoy día, ni muerto te dejan en paz; y te tienen que abrir en canal como un cochinillo para hacerte una autopsia y diagnosticar que teníamos algo hereditario...
En fin, que ser médico hoy en día es un trabajo muy poco agradecido, que si eres mono como mi amigo, tienes a las enfermeras revolucionadas, como gallinas con gallo en el corral. Si eres joven, no te toman en serio y después de varias consultas dándote la tabarra, te miran fatal y te dicen que necesitan un segundo diagnóstico. Si además de eso, de ser joven, eres feo, ya para qué contarte; ahí mismo te sueltan en la cara que cómo siendo tan poca cosa te atreves a llevarle la contraria y decirle que tiene el azúcar descompensada, cuando ella sabe de buena tinta que lo que le ocurre es que tiene gases...
Total, que a este paso, vamos a tener que hacer a los médicos en laboratorio; a gusto de todos. Yo me quedo con los regordetes calvos de sesenta años con cara de malas pulgas, que así, parece que hasta cuando te prescribe el no regresar más, que lo que tienes es mucho cuento y quieres que te de una baja por la cara, te sientes en la obligación de no rechistarle y hasta de comprarle la sidra “El Gaitero” por Navidad...
Besitos a todos,
Rocío Medina
P.D.: “Nada es veneno y todo es venenoso, la diferencia está en la dosis”.
P.D.1: “Antes la muerte te ganaba la batalla, ahora te la gana el tiempo”, Dr. Merry del Val

CP-ONE dijo
Si te duele la entrada del espéculo es mala señal, su diámetro es menor que el de un pene de calibre medio... por lo que no me extraña tu tono irónico y resentido, esta vez con la medicina; seguro que mañana toca otro tópico.
Los médicos que tiene las manos resecas es porque usan mucho guante, es decir, se los cambian con cada paciente... duda del que las tenga muy bien hidratadas (te recuerdo también que el jabón y los demñas desinfectantes dehidratan).
Médico senil versus Médico jóven: es como los coches, los clásicos son muy bonitos pero gastan más combustible y son menos seguros, y además no previenen muy bien los accidentes.
hinojo, Álvarez Gómez, menta, jarabe de arce... pero no te oliste ni de lejos las intenciones del ginecólogo.
Los remedios sin recetas no son una buena opción, aunque te parezca muy bucólico, sería como comer en un restaurante sin la licencia adecuada del Ministerio de Sanidad y Consumo. Es una cuestión de calidad.
Ah! y hasta ahí llegué.
22 Diciembre 2007 | 12:01 AM