La Coctelera

rociomedina

"Chic By Accident"

4 Marzo 2008

Patrullando por Urgencias

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Querid@s Tod@s:

Aunque en “post” anteriores os relaté mi parecer en cuanto a los “Médicos de Verdad”, lo cierto es que ahora mis dudas salen a flote más que nunca…

El otro día, aprovechando el buen tiempo que destilaba Madrid, y que tenía todo un día libre (entre semana), para poder aprovecharlo a mi antojo; me diseñé un plan estratégico para que en las horas “productivas” (las que restan de las de estar durmiendo, dormitando, acicalándonos, llamando por el móvil o poniendo verde a la vecina que se empeña en asar sardinas con la ventana abierta y nos deja el pelo apestoso cuando nos asomamos a ‘echarnos’ un piti). Lo primero que pensé fue en la lista de amigos ‘oficiosos’ que tengo, los apunté por el número de móvil directamente, ya que me siento mucho más familiarizada con este dato que con los nombres, y me lié a llamarles para ponerles al corriente del asunto que debían formalizar conmigo en las horas donde encajaban según mi “planning”. Hecho esto, pensé que sería bueno quedar a tomar un desayuno en condiciones en un lugar estupendo donde cargar las pilas y venirte arriba; quedo en “Golf Park” de La Moraleja, que me pilla al ‘laíto‘ de mi casa.

Ahí sentada pensaba en lo maravilloso que es el tener tiempo libre y que haga un día estupendo; hacía solecito, veía a los señores y a los jubilados cargando con su bolsa con los palos de golf a pegar unas bolas, tan conjuntados y tan monos, y cuando mi amigo me preguntó por el “handicap” que tenía y justo en ese momento pasaba mi ‘profe’ y me saluda diciendo: “Rocío, en la cafetería te veo mucho, pero lo que es practicando… Mujer, que ‘18 hoyos’ no se hacen por arte de magia, a ver si cuando vienes haces un esfuerzo en pegar al menos 200 bolas… En fin, ¿qué tal todo?, ¿te vuelves a apuntar al curso que viene?...”, yo ahí maldije el momento en el que decidí quedar en este sitio, y maldije la mala suerte de que mi genética viniera programada con conciencia y mala conciencia, y me quedé los diez siguientes minutos con la mirada perdida, más pendiente de los zapatos de mi amigo Alfonso que de su conversación.

Lo siguiente que tenía apuntado era quedar con Andrés y ayudarle a elegir un ‘anillo de pedida’ para su novia, así que, después de que Alfonso estuviera media hora diciendo: “Rocío, Rocío… Rocío, ¡tía!... Rocío, ¡Rocío!... Rocío, ¿sabes que el gobierno ha prohibido las corridas de toros en toda España?” y que yo le contestara: “¡Bien hecho!”, se dio cuenta que me había quedado con alguna neurona ‘cogida’ que no echaba ni para adelante, ni para atrás (como cuando se te queda pillada la pantalla del ordenador). Me toca un poco mirándome fijamente a dos centímetros de mí y entonces reacciono y le digo: “¿Cómo?” y me dice: “Nada, quería saber si estabas atenta, pero ya me he dado cuenta de que estaba hablando básicamente para mí”. Entonces hablamos de los toros un poco más y le mando un mensaje a Andrés para que se pase a recogerme que vive cerca.

Andrés viene y nos vamos, elegimos un anillo lo más de lo más, y después comemos juntos en “El Gran Barril” de la Calle Goya. Más tarde quedamos a tomar unas copitas en “El Teatriz” con unos amigos. Y después de las copitas y dejando que los tacones me llevaran por la inercia de un día poco laborioso, dejo que mi impulso vital me lleve de tiendas, donde arramblo con todo tipo de cosas que obviamente no necesito.

Siguiendo con mi protocolo anotado; tenía que ir a mi ‘pelu’ a llorarle un poco a Marcos, mi peluquero, a ver si por el hecho de ser clienta fija me tiene la consideración necesaria como para colarme y atenderme sin haber cogido cita previa, pero me llama mi “Casilda” del alma diciendo que tengo que quedar con ella sin más solución, que ha quedado a cenar con dos amigos, y que “Milú” (una amiga morenaza ideal y guapísima que es diseñadora de joyas) también va a venir. Total, que libero a mi peluquero del compromiso de tener que atenderme de emergencias, y voy a casa a cambiarme…

Llego tarde a “La Cantina di… PULCINELLA”, el restaurante que eligió Casilda para cenar, y Casilda, copa de vino en mano, me saluda alegremente y me dice que por llegar tarde, tengo que llamar yo a Milú para meterle prisa y que no llegue para los postres…

Casilda come como una lima, tiene más energía que nadie que yo conozca, está delgadísima, y traga como si fuera ‘bulímica’; a cualquier chico que quiera conquistarla le compensa antes comprarle un bolso de “Prada” que invitarla a cenar, ¡ya os lo digo yo!. Pero ese día estaba desganada, cosa de la ovulación, que tiene esos caprichos clandestinos; que lo mismo le da por ponernos de malas, que por hacer compras compulsivas (bueno, esto es de sobra sabido que no es más que una excusa, porque ovulando o no, nosotras venimos al mundo con este error en nuestra programación genética), o nos da por comer como limas, o por echarnos a llorar ante cualquier desgracia ajena… Total, que no cenó, tan sólo bebía un vino “Rueda” malísimo, pero como ella es muy agradecida, aunque yo le dije al camarero que nos trajera otro, ella dijo que ya que se lo había echado “il italiano di Roma”, que se lo bebía y que ya se echaría ella otra copa del nuevo que trajo.

Milú viene tarde, sonriente como siempre, y con su melena azabache suelta, va impregnando de “Bvlgari” los aromas naturales de los platos servidos a los comensales que ahí se reunían. Así que claro, normal que ese día la única que se quejara (por lo del vino) fuera yo, porque el resto no sabían ni qué estaban comiendo. Había un señor al lado nuestro que cuando fue a catar el vino, directamente pasó a la cava de puros… Y una señora de detrás le dijo a su marido que no sabía qué tenía ese restaurante, pero que no había probado un “risotto” en toda su vida que le supiera a croquetas de almejas ‘crustillé’. Así que yo no tuve más opciones que decirle a Milú que pasara directamente al postre que es lo que iba a hacer yo, o haría estragos en el restaurante como tuviéramos que continuar ahí por mucho más tiempo.

Al final de la cena me encuentro dos mesas más allá con un amigo que sólo reconozco por la nuca y la oreja izquierda, pienso que es mi amigo “Traumatólogo” y “Cirujano Ortopédico”, y allá que me voy sin contemplaciones cuando su acompañante de dos metros de piernas y melena rubia perfectamente mechada se larga al baño. Voy a su mesa y le digo: “Fulanito, ¿qué tal?...” y el tío me mira mientras le da un trago a su copa de agua y me dice…”Me confundes con otro…” y yo pensando para mí; que después del puzzle de mesas que he tenido que sortear, tratando de no tirar ni los bolsos, ni los abrigos, ni en mi caso las compras (las traje para mostrárselas a mis amigas), ya es tener mala suerte si encima; después de disculparme y darme la vuelta, la rubia me ha oído. Pues nada, que le digo: “Ay!, ¡perdona!, es que por detrás eres clavadito a mi amigo, ¡cuánto lo siento!...” y ¡zas!, la rubia que pasa por la mesa, se sienta, y me lanza una mirada inquisitiva de querer arrancarme los rizos uno a uno con pinzas de depilar…

Vuelvo a mi asiento, y Casilda que ya estaba en su salsa (con la ‘chispera’ propia de quien aguanta veinte paellas de golpe y una tanda de pinchitos de tortilla, pero en un cuerpo tan ‘pequeñito’ el alcohol se siente el rey), me dice que ponga la pasta (nunca mejor dicho) y que nos vayamos ya a tomar copas, y que no salude por hoy a más nadie si no estoy segura de saber hasta su DNI. Total, que salimos y nos vamos de copas (para los que no lo sepáis: yo soy abstemia para los copazos, así que exceptuando el vino, yo no bebí más alcohol en toda la noche).

Los chicos propusieron un sitio en la zona de “Chueca” que pillaba cerquita, así que sólo tuvimos que abrir las puertas del coche de uno de ellos que estaba al lado del restaurante, para que yo abocara mis bolsas teniendo que darles un par de empujones para que cupiesen dentro y se pudiera cerrar la puerta, y nos fuimos.

El local era pequeño y ecléctico, demasiada luz a mi gusto, y estaba vacío. Llegamos los cinco y nos sentamos en la barra, donde cada cual se pidió sus copas y / o ‘cóckteles’ varios. Milú y yo nos cambiamos de sitio y nos sentamos en un sofá muy ‘chic’ que había al fondo, y Casilda y sus amigos se quedaron en la barra esperando a que “Marité” (una niña súper simpática, agradable, divertida, diferente…) viniera y se uniera a nosotros. El ‘barman’ era uno de los encargados, y una monstruosidad de mujer que se hacinaba a un lado de la barra era la otra encargada del local. La noche iba de italianos, porque el tipo era de “Rimini”, y ahí que nos dio la tabarra cuando nos mudamos de asiento, a Milú y a mí, con que nos invitaba a conocer a la bella Italia, y con que si le dábamos nuestro teléfono, que si nos parecíamos a no sé qué lindezas, etcétera, etcétera…

Después de media hora Marité vino, saludó a la entrada a los otros chicos y se quedó charlando con nosotras, y al cabo de la hora de estar ahí hablando de nuestras cosas, mientras ninguneábamos al Italiano que seguía hablando solo y soltando babas pringadas de “Bella Regazza”, uno de los chicos nos avisa de que Casilda está en el lavabo llorando como una descosida.

Resulta que las puertas de los aseos son de estas modernas y de grosor imposible, de las que se abren para ambos lados y de las que no están preparadas para que mujeres orangutanes y con tipo de camionera en apuros pegara un empujón bestial hacia dentro, cuando mi Casilda hacía lo propio hacia fuera, y le pilló la mano, dejándole los dedos ‘anular’ y ‘meñique’ de la mano izquierda más morados que un ‘palodú’. Y claro, entre que mi Casilda es poco sufrida, entre que había mezclado todo tipo de ‘cóckteles’, y entre que “la legionaria” no tuvo ni la amabilidad de disculparse mil veces de la forma debida (diciéndole a Casilda que como la veía tan mal ‘de lo suyo’ lo mejor antes de amputar sería llamar a la policía para que la metiese a ella en “chirona” por ser fea y además torpe, y a una ambulancia para ocuparse de su mano), estaba tirada en el suelo a lágrima viva, pidiendo que le trajéramos la copa a ver si se le pasaba el dolor, que así ella no iba a ir a trabajar al día siguiente con lo mal que queda llegar al trabajo con los dedos negros, y se puso a las dos de la mañana a llamar a su padre...

El buen hombre menos mal que no tenía el móvil operativo, pero si en ese momento coge el teléfono, al señor le da un síncope ahí mismo pensando en que a su hija, que no se le entendía un pimiento, dicho sea de paso, la habían robado, apaleado, violado y rapado el pelo a tirón limpio. El caso es que ella le dejó un mensaje en condiciones, más o menos así:

_“Pa… papá… ¡papá!, ay!, ¡qué daño!... Me duele, me duele… ¡me duele mucho!, ¡la mano negra!... ¡Qué daño!... La gorda, la gilipollas gorda ésta… ¡La gorda!... ¡Que sí!, que llamo a mi padre que venga a por mí que para algo es mi padre, ¡no os voy a molestar a vosotros que sois mis amigos!, ¡es su obligación de padre que para algo está!… Tú; ¡enciéndeme un cigarro!, y tú, ¡acércame la copa!… (a nosotros mientras estaba al habla con el contestador del móvil de su Señor Padre)… Ay!, ¡PapaaaaaaÁ!, ¡qué dolor más insoportable!... Ven a por mi… ¡VEN YA!... ¡Que me muero!...

Cuelga el teléfono, decidimos llevarla a urgencias; y a la tía le da un ataque de risa mojado en lágrimas (o por las copas, o por el dolor, o por el tema de la ovulación; esto no se sabe con certeza).

El caso es que salimos fuera, despotrica contra ‘La Gorda y se mete con el color rojo- fucsia de su pelo, la llama cutre y desaforada, y me incita a que le pida la cuenta a ella de nuevo por haberle cobrado las tres copas que se tomó más el cóctel, la tranquilizamos, y Milú y yo la cogemos por banda para llevarla a urgencias.

Llegamos a su coche, lo conduzco yo, y la pobre está con un dolor pavoroso y llorando y riendo en la misma cuantía y casi al mismo tiempo… Su estado es grave, concluimos Milú y yo, así que piso el acelerador y nos vamos a la “Clínica Madrid” (clínica privada que parecía la entrada de lujo del “Lady Pepa” de la “Calle San Lorenzo”, con un homónimo del encargado bigotudo llamado Isaac). El ‘Isaac’ de la clínica era un armario de hombre con cara de malas pulgas, se asoma a la mirilla y cuando ve a Casilda agarrada a Milú y a mí, nos abre la puerta y nos dice que subamos. Arriba en una mesa estilo pupitre de la época de la “LOGSE”, nos atiende un médico lleno de “pearcings” que nos dice antes siquiera de preguntarnos qué nos ocurre, a qué seguro médico vamos a encargar la factura del coste de la urgencia en cuestión.

Casilda desparrama el bolso buscando el monedero (en los bolsos de las chicas es mejor siempre no hurgar, porque te puedes encontrar desde un par de medias, hasta un manguito del coche que como hacía un ruido exagerado y no nos dejaba escuchar el CD de “Luis Miguel”, lo hemos arrancado de cuajo y lo llevamos ahí por si un caso, hasta un cenicero moderno que hemos sisado de algún restaurante, pasando por los maquillajes de turno, las gafas de sol, la invitación de la boda de tu peor amiga – que la llevas para mostrar el mal gusto que ha tenido al elegir la tipografía de las letras- las muestras de mini perfumes que te regalan, y un muñeco “budú” para que a tu ex no se le cure la hernia de hiato ni en un millón de años).

Después de estar hurgando entre sus cosas como unos cinco minutos, ninguna encontramos la tarjeta de su seguro médico, así que le rogamos al susodicho doctor que comprobase los datos con “Sanitas” y “Asisa”. El tío faltón, no paró de refunfuñar y de decir: “Oye niñas, no me pienso pasar la noche comprobando de qué compañía sois, así que si en esta segunda no estáis, ya os podéis ir porque en esta Clínica no se os puede atender”. Casilda súper educada le dijo: “Oiga mire, yo estoy fatal, mire cómo llevo la mano, no puedo mover los dedos, y usted no tiene derecho a hablarme de esta manera cuando yo estoy aquí aguantando el dolor y tratándole con mucha educación”

El macarra éste, empezó a levantar la voz y a decir: “Pues yo estoy acostumbrado a tratar a los pacientes y sé lo que es hacer guardia, y hablo como me parece bien…” Total, que por tal de no darle una colleja que le hiciera empotrar su careto contra la pantalla del PC, y dejarle el “pearcing” de la ceja incrustado dentro, nos largamos a un hospital de la “Seguridad Social” con la idea de que nos confundan con “inmigrantes sin papeles” de los que tanto gustan a los secuaces del “PSOE” y así nos traten antes y mejor.

Una vez en la sala de urgencias del hospital elegido (al azar, simplemente por proximidad), nos atiende una recepcionista que nos dice que tenemos que esperar a que nos llamen de “Rayos” para hacer la radiografía necesaria. Nos llaman, pero no de cualquier manera, no, sino con una bocina por lo menos… Seguimos a un celador que nos dejó en un pasillo y nos dijo que no nos moviéramos de ahí al estilo “Mussolini” (lo veo más propio ya que la noche iba de italianos). De la nada aparece una señora que parecía un champiñón gigante (cuerpo menudo y cabeza estilo cardado años ’60), nos mira de arriba abajo a las tres y nos dice: “¡Qué hacéis aquí!, ¡esperaos ahí detrás sentadas!... ¡CoÑo, qué nochecita!” (esto dicho con un tono de voz, que uno de los pocos ‘Serenos’ que aún quedaban en Madrid, esa noche fue hospitalizado de paro cardiaco y le tuvieron que poner un “doble bypass”).

Hecha la radiografía nos sentamos a esperar, después de tres horas esperando pacientemente en urgencias muertas de frío, nos acercamos educadamente a ver si nos podía atender alguien, asustadas por si en vez de gritarnos y rompernos el tímpano, directamente nos metían una broca del doce en la oreja, la señora de recepción nos dijo que teníamos que esperar a que el médico nos diera la baja voluntaria (¿cómo de baja, Señora?… Si no hemos ni ingresado… ¡No entendíamos nada!). Ella insistía: _¡Niñas!, ¡que hasta que no venga un médico a daros firmados los papeles de la baja no os damos la radiografía ni nada de nada!, con que así es que, ¡iros si queréis!… Y resulta; ¡que estáis de suerte!, que esta noche ha habido cinco accidentes en la ‘N-V’ y no habrá ningún médico disponible hasta dentro de siete horas…¡Vosotras mismas!... Y quitaros de la ventanilla de una vez, que me obstaculizáis la visión y se me descontrola la gente” (¿Qué?, ¿y “El Segurata“ que pasaba por nuestro lado sin parar de mirarnos el escote lo tenéis para que dé colorido a urgencias o para que incomode al personal?). Total, que yo ya empiezo a cabrearme de verdad y a afilar mi “Pilot” pensando en las veinte páginas de reclamación que iba a poner, cuando veo a un chaval jovencito saliendo por un pasillo con cara de ser un “Médico en apuros serios”, y me voy derecha hacia él diciendo que si es médico, sea ‘Residente’ del año que sea y de la especialidad que sea, que nos firme el papel que haga falta y que nos ponga una “Post Data” con un “No volver jamás u os matamos en vez de curaros” si quiere, pero que nos dé la maldita radiografía para poder salir por fin de aquel infierno, porque directamente nos estaban tratando como si fuéramos unas apestadas.

El chaval se apiadó, y a los cinco minutos una chica súper simpática, ‘Residente’ de “Primero de Traumatología”, nos atiende súper educada después de estar en un turno de Urgencias de 24 horas (así funciona nuestra “Seguridad Social”, a la que debemos pagar todo hijo de vecino español de padre y madre), y después de mirar a Casilda sus deditos, le pone un vendaje con celo (cosa que en cualquier otra circunstancia nos habría parecido sospechosa, pero que dado el caso; era como si nos pusieran en una fría noche de invierno un “foulard” de ‘cachemira’ auténtico) y le dice que a las malas; o bien se le caería la uña o se la tendrían que pinchar para que supurase la herida.

Nos la queríamos comer a besos ahí mismo; yo me vine arriba y le dije que si la maltrataban como a nosotras, que la pasaría ’enchufada’ al “Asepeyo”, donde mi amigo, que es un “Médico Traumatólogo de Pro” (no el del restaurante, sino el real), la acogería con todo el amor del mundo, y que ya me las apañaría y ajustaría cuentas yo con él como fuese… ¡Qué mona!

Total, que radiografía y papeles en mano, nos vamos en el coche, Casilda mientras lloraba, nosotras para calmarla le dábamos por exigencia expresa de la propia lisiada un “Ibuprofeno”, y después de tres, y del aire frío de la noche, decía que ya estaba buena, que a trabajar no iba, pero que si sabíamos de algún sitio que a las seis y media de la mañana pusieran copas un martes, que la llevásemos sin dudarlo por cutre que fuera, que ella ya no estaba para ir así a casa. Total, que llama a su padre para aclararle lo del mensaje y decirle que estaba en casa de una amiga, y que todo bien, pero resulta que el padre ya había comprobado sus mensajes y no había ninguno de ella (¡a saber a quién habría llamado!).

Después de dejar a Milú en su casa, Casilda me obliga a llevarla a no sé cuantos sitios (todos cerrados), y acabamos en una gasolinera de mala muerte, comiendo unos bocatas horribles de morir, ‘deleitándonos’ la vista con todo tipo de revistas guarras que en mi vida había visto ni nombrar, y que estaban enfrente de la barra donde teníamos el bocata rancio que nos habían servido a medio calentar.

En fin, que de nuevo dentro del coche, apoquinadas y Casilda drogada a base de “Ibuprofenos”, con la calefacción y la música a tope, viendo como la gente normal y corriente sale a la calle para levantar el país, mientras nosotras seguimos confirmando la idea de que ser humano y tener que madrugar es un asco insoportable; convinimos que si en algún momento nos habíamos hecho a la idea de tener que lesionarnos para no levantarnos a esas horas tan europeas para ir al trabajo, estábamos erradas en la focalización del asunto: tendríamos que inventar una excusa mejor, porque pasar la noche en una sala de urgencias, sin un médico estilo “George Clooney” o el “Dr. Perk” (de “Anatomía de Grey”) que le de color al asunto, y sin una cafetería en condiciones donde poder ligar y no dar así como así el tiempo por perdido, era un remedio sin fundamento…

Así que ya lo sabéis querid@s: antes de salir; aprovisionarse de una buena petaca para matar horas de aburrimiento en estado sobrio. O haceros con la medicación de la abuela, que para un apuro; “a falta de pan, buenas son tortas”…

Besazo grande:

Rocío Medina

P.D.: Ya lo dijo“Samuel Butler”: “The man who lets himself be bored is even more contemptible than the bore”.

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