A ESE DESCONOCIDO QUE...
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-A Ese Desconocido que...
por Rocío Medina
El día en que nos caigamos al pozo de la decepción y volvamos a coger impulso para subir más arriba, nos daremos cuenta a mitad del camino que nuestras expectativas han cambiado. Subir, subir... siempre subir más alto, volver a caernos y volver a subir; en eso consiste la vida. Tomar aliento, y caminar sin mirar hacia atrás más que lo necesario para sentirnos orgullosos de todo cuando hemos ascendido.
Ir moviéndonos a sacudidas, volver a caer, siempre es el mismo bucle que nos ata y nos suelta al antojo del destino que vamos escogiendo; como un alpinista ha de escoger en dónde colocar manos y pies...
Me reconforta saber que el mundo en el fondo es un poco más simple que la maraña de complicación que nos parece visto desde dentro cuando tomamos cierta perspectiva de las cosas.
Le conocí un día cualquiera, cuando estaba sentada en la terraza de un café tratando de que las gafas de sol sucias y ralladas me tapasen las ojeras. El café humeante me quemaba los labios y las manos al cogerlo, así que seguía afanada en la idea tonta de perder el tiempo o dejar que éste pase mientras ojeaba el móvil sin demasiado entusiasmo y manipulaba las teclas con dedos torpes.
Pasó de largo y ni le miré, en ese momento él podría haber sido cualquiera, era cualquiera que pasaba por la calle a esas horas. Al cabo de un rato pegué el segundo sorbo al café para comprobar que ya se había enfriado casi del todo. Sostuve la taza entre mis manos cuando sonó el teléfono, y entonces me arrepentí del mensaje que había mandado; si no lo hubiese hecho, un mensaje vago sin ningún propósito concreto, ahora no tendría que contestar esa llamada que invitaba a hablar durante intensos minutos acerca de cualquier cosa sin importancia.
Apagué el teléfono, la mañana era muy fría pero despejada, en mañanas así, aún a pesar del cansancio, agradeces haber madrugado y estar sentada entre el vaho del café y el frío a ver desde tu lejanía, cómo la ciudad se despierta y va adquiriendo vida con el paso de los minutos. La gente que cruza sin mirarse, el coche que pega un pitazo, las calles recién limpias, los pájaros que no aparecen, y las luces de las farolas que ya se han vuelto a apagar.
Oí un estornudo muy fuerte cerca de mí, justo detrás de mí, y ese instante despertó mi tiempo y dándome un tremendo susto volví en sí al sentir el calor chorreante y dulzón del café desparramado por mi mano y mi ropa. Me giré casi a la vez, casi con el primer reflejo del sobresalto que incitó a esa violenta sacudida, y entonces le vi. Acatarrado, con la nariz roja, con las orejas rojas y los ojos vidriosos... Medio agachado sosteniendo un pañuelo blanco de papel en su mano izquierda. Apartó el pañuelo y me sonrió, dejó caer sus lágrimas de tos por el surco arrugado de sus ojeras, y de entre sus dientes blancos salió un hilo de voz ronca y varonil que me dijo un “lo siento mucho” sin quitarme los ojos de encima. Aún encorvado y con el pañuelo en le mano, sostenía la mirada sin dejar de sonreír.
No dije nada, ni tan siquiera pude sonreír, me giré y pegué mi espalda contra el asiento de la silla todo lo que pude y me sorprendí tratando de respirar y sintiendo un nudo enorme en el pecho que me congestionaba por dentro. Aún seguía con la taza en la mano, y con los manchurrones de café que el vestido se había tragado por completo dejando unas ronchas marrones, dilatadas y frías. Sentía los dedos pringosos y mi paladar espeso, y sin saber cómo, sin que me preguntase él nada ni yo pudiera decir nada, lo tenía sentado frente a mí pidiéndome otro café y clavándome los ojos en algún punto de mis gafas de pasta oscura, tratando de abrirse camino entre ese cristal chocolate cubierto de rallajos y huellas.
Era el peor día de todos para presentarse una inquietud así a mi vida presente. Estaba cansada, pesimista, me iba todo fatal y no tenía mucho entusiasmo con respecto al rumbo que estaban tomando las cosas en el trabajo. Hacía semanas que no hablaba con mi familia, mi novio me había dejado, a mi mejor amiga le tocó la lotería y se fue un año entero a viajar por el mundo (me alegré mucho por ella, pero ahora ya no la tendría conmigo más que en postales y e-mails), y mi jefe había intentado meterme mano en una reunión (me levantó la falda lo justo como para hacerme sentir sus dedos calientes y gordos trepando por mis muslos). Mi vida estaba destinada a abocarse por el retrete de cualquier camino que tomase, y justo entonces, tenía que ocurrir el conocer a un hombre ‘a priori’ interesante y que era guapo de morir.
Tenía el pelo aún húmedo de la ducha, no olía a perfume, pero destilaba un aroma cálido y varonil, sonreía con naturalidad enfundado en su barba de dos días y su pelo greñosamente bien colocado. Miraba el reloj pero no daba la sensación de tener prisa. No llevaba traje de ejecutivo, ni tampoco tenía pinta de ser un jefazo de multinacional, pero iba impecablemente vestido, con un portafolios de piel grueso y las manos bonitas y cuidadas. Me hablaba, pero yo seguía pensando en mí mirándome con un espejo que yo misma había colocado justo entre él y yo. Me veía en ese espejo y tenía ganas de echar a correr de la misma forma en la que de mis ojos empezaba a querer salir alguna lágrima caprichosa que me hacía imposible olvidar el caos en el que había entrado mi vida.
Me traen el otro café, y sólo recupero mi consciencia cuando el camarero me insiste en que si quiero sacarina o azúcar. Le pido dos de azúcar y se va refunfuñando a la mesa de al lado antes de acercarse al minuto siguiente con un vaso lleno de terrones de azúcar. Él seguía mirándome y sonriendo pausadamente, empezaba a sentir ese sonido que hacen las brocas cuando taladran la pared, y mi cabeza se iba congestionando al vaivén de ese sonido interno que apretaba mis sienes hasta comprimir del todo las ganas de llorar y me quedaba impasible y quieta, sintiendo cómo las lágrimas brotaban en tropel dentro de mis ojos y se escurrían hacia afuera sin poder evitarlo. El maldito espejo seguía de pie mirándome, ¡me daban unas ganas de matarlo!, de estrellar contra él el cenicero y empezar a gritarle sin parar... Pero me miraba riéndose a carcajada limpia, con el pelo descuidado, la cara pálida, las manos temblorosas, vestida sin ganas y con un chico increíblemente guapo frente a mí que me miraba y sonreía aún cuando en ese momento yo era, más que probablemente, la peor compañía que pudiera alguien tener. Definitivamente el espejo de mi cabeza es idiota.
Los espejos que conformamos en nuestra psique para que nos iluminen con su punto de cordura son tremendamente estúpidos a veces. Proyectan sobre nosotros, o nosotros sobre ellos largas y tediosas madejas de prejuicios e inseguridades que nos impiden avanzar en ese mismo instante en que los satisfacemos al dejarlos salir del cofre de nuestra consciencia. Así que me veía inmersa en un mar de contrariedades, sería estúpido pensaba, mientras él pedía un nuevo zumo de naranja, el que ahora pudiera cambiar de actitud y empezar a sonreírle, a contestarle a alguna de esas preguntas que sé que me ha hecho pero que no he escuchado. Y lo mismo de estúpido sería el tratar de contarle mi patética vida a aquel ser que no se sabe por qué narices está sentado frente a mí tratando de conseguir sacarme una sonrisa o al menos alguna palabra coherente y sin balbuceos. Y el espejo, conforme voy pensando esto, se dobla literalmente de la risa y se amplía más y más, y lo veo tan cerca que me asusto porque creo que va a tragarme.
Y entonces me doy cuenta que es cierto que las cosas más extraordinarias siempre ocurren de repente, pero no siempre en el mejor de los momentos. Empiezo a darme cuenta que cuando pensamos en el hecho de tener una pareja para siempre, cuando conocemos a alguien y al final estamos con él y la cosa no funciona, no es por él o por nosotros; sino por el puñetero momento en que los acontecimientos ocurrieron.
Me di cuenta que todas y cada una de las parejas que hemos tenido importantes en la vida, aquellas que nos enamoraron, que nos amaron y que quisimos, aquellas con las que rompimos y el dolor nos invadía por dentro, y aún así, sabíamos que tomase quien tomase la decisión, dura y siempre difícil, era lo acertado tarde o temprano porque había algo en nosotros que nos impedía ser del todo felices y reconociéndolo abierta y humildemente o no, dentro, en algún lugar de nuestro corazón y nuestra conciencia, sabíamos de sobra que tenía que terminarse algún día. Me di cuenta, digo, que todas eran válidas, que con todas esas parejas habríamos sido felices de por vida, pero no llegaron en nuestro momento, o no llegamos en su momento, y todo se hubo de acabar para poder continuar con nuestra vida hasta llegar a ese punto en el que encontrar a alguien, se convertía en el hecho de querer cuidar de la felicidad de esa persona, de saber que no era la persona en sí, sino nuestro propósito y necesidad de amor, y anhelo de que el otro ser, lo sienta de igual modo.
Allí sentada aclaré el asunto; llegados a un punto vital en nuestras vidas, cuando aparece una persona que nos despierta de un letargo rancio y frío, y nos muestra un lado tan igual como el nuestro, estamos en el camino de querer hacer que todo funcione con esa persona, de querer emprender un largo viaje por el destino junto a ella; que no es mejor, ni peor que las anteriores, sino que ha llegado en el momento en que hemos despertado del todo, y estamos dispuestos a sentarnos junto a él a tomar un café.
Le miraba mientras él me miraba, yo sólo veía en realidad el espejo pero él me mostraba su cuello y su nuca a medio peinar, sin inmutarse, mirando al frente que era yo. Los manchurrones del café se habían secado y con el viento fresco de la mañana el olor a café se intensificaba y me hacía estar, no sólo desgreñada y vestida de cualquier manera, sino sucia y tremendamente tosca.
El espejo se fue poco a poco emborronando conforme yo había asumido mi situación de desaliñada, penosa y criatura de lo más triste que había, y conforme el día brillaba en todo su esplendor. Las nubes eran blancas del todo y se dejaban ver muy alto e irregulares, como marcándole unas pecas a un cielo completamente brillante y azul. Sentía mi cuerpo entero congelado, la cara fría y las manos hirviendo por el calor de la taza caliente a la que se agarraban con fuerza. Y el espejo se cayó del todo y le empecé a mirar a él y a dejarme engatusar y adormecer en ese vozarrón resfriado que tenía.
El mechón de pelo del lado izquierdo le tapaba una cicatriz muy diminuta y fina, tenía la nariz grande y unos hoyuelos constantes que le daban a su cara de hombre un gesto de niño travieso, labios finos y dientes grandes, perfectos y blancos. Los ojos eran tan brillantes y tan grandes que no sabía de qué color eran; podían ser iguales de claros que oscuros, su color supongo que se definía como brillo y humedad.
Me estaba contando algo de su abuela, la iba a llevar al médico aquella mañana. Salió de casa a toda prisa y cuando empezaron a llegarle a la “Blackberry” los primeros e-mails del día, se dio cuenta de que había confundido la visita, que era para la semana que viene y se dio la vuelta para sentarse tranquilamente a desayunar. Imagino ahora por qué no centré la atención cuando pasó la primera vez frente a mi silla, cuando el espejo aún no estaba ahí para reflejarme esas realidades que tratamos de tapar. Imagino ahora que si no llego a sacudir mi pelo con cien litros de perfume no habría estornudado y ahora no estaría sentado frente a mí contándome que su abuela le crió y que no puede dejar de pensar en ella con una enorme pena por dentro por lo mayor que es ya y el poco tiempo de vida que sabe que irremediablemente le queda.
Pero un momento, ¿la historia la estoy contando yo, verdad?...
Seguía ahí mirándome y por fin me disculpé, sorprendida de que mi voz saliera casi afónica al principio y a mitad de la frase sonara como algo reconocible. Volvió a sonreír pero esta vez soltando un pequeño ruidito ceremonioso que me tranquilizó mucho. Y el taladro de mi cabeza dejó caer la broca al suelo con un golpe seco y sonoro que silenció mi dolor durante unos minutos. Le dije que estaba destrozada, que mi vida había entrado en un bucle del que no sabía salir, que sabía exactamente lo que quería, y de igual modo lo que no quería, pero que no encontraba el camino, y que buscando el camino me olvidé de comer, y me olvidé de reír, me olvidé de cómo se andaba, de cómo se cogía impulso, de cómo se abrían las ventanas y las puertas para que entrase aire y no morir asfixiada. Que me olvidé de que tenía que respirar, y dormir, y soñar, y seguir creyendo en mi misma...
Y se acercó a aún más, arrastró su silla hacia mi lado izquierdo y ahora ya le podía ver por los cristales de mis viejas gafas de sol y por el rabillo del ojo. Tenía los ojos pardos, verdes como el agua estancada de un estanque en otoño, oscuros como la neblina que se forma bajo el mar cuando abres los ojos dentro... Y su sonrisa olía a naranja, a naranja y a limpieza, a saliva fresca que se ha enjuagado con agua clara para cepillar el blancor de sus dientes de nata. Y poco a poco fue dejando de sonreír, y en el centro de su cara de hombre se formaron unas arrugas quebradas de sol y edad, y su entrecejo se venció al lado de la seriedad, y me cogía las manos ayudando a sostener mi taza. Y yo no quería, porque veía sin querer al espejo que estaba allí enfrente y más cerca mirándome de nuevo, pero mis lágrimas aparecían otra vez, y esta vez con más y más fuerza. Y se escurrían mejillas abajo como una gota perpetua de agua que resbala por un grifo mal cerrado. Y mis palabras ya eran sollozos indescifrables y mi garganta tan sólo era un nudo mojado que intentaba soltarse quedándose en cada intento más y más atrapado. Y mi boca sólo era una curva que se retorcía entre el aire soltado con ecos extraños y un tic pecaminoso desde donde brotaba pena.
Dejé caer la cabeza hacia abajo, necesitaba sacudir las lágrimas que me empañaban los cristales de las gafas y que se llevaran en la sacudida mis ojos y mi amargura, mientras mis manos ahora congeladas, sentían el calor de las suyas que me las sostenían con fuerza. Las gafas se cayeron, y no se llevaron mis ojos, y mis pupilas se hirieron aún más con la luz radiante que se coló por alguna hendidura abierta por las lágrimas. Y él soltó mis manos y me abrazó.
Ahora el silencio ya no formaba parte de mi, sino de él, que callaba y me miraba sin soltarme, pero no me veía, ni yo a él, sólo estábamos quietos sintiéndonos el uno al otro, él ya no podía escucharme, pese a que yo era ahora la que hablaba, porque no decía nada coherente, ni inteligible; tan sólo sollozaba y soltaba dolor desde dentro de mi alma. Sentíamos nuestro calor, el olor de un cuerpo distinto al nuestro, el tacto diferente y agradable de la piel que se roza cuando no se precipita ni se propone nada, cuando la piel se regala al tacto de otros por pura inercia; como cuando un estornudo llega a la nariz de golpe y el olor que te lo ha provocado se queda en tu pituitaria para siempre.
Sentía una mano apretándome mi pecho contra él, la otra acariciándome el pelo, planchándolo con sus dedos entreabiertos de arriba a abajo, el bombear de su cuello; dilatado y de piel gruesa que latía fuerte loando mi corazón y sus latidos, que tomaban impulso en la medida en que secaban mis lágrimas tragándose en el esfuerzo el espejo y sus malditas imágenes.
Y me sentí al mismo tiempo pequeña y recogida, necesitada y frágil. Y también mujer y adolescente, excitada y asustada. Y también me sentía débil y triste, derrotada y pesimista, en la misma medida en que su olor llegaba a mí con impulsos fuertes de hombre demoledoramente protector y sensible, indómito a la vez que empático, y mi optimismo se cargó al espejo de una patada. Y mi mente quiso retomar la fuerza que necesitaba para volver a aprender a caminar, a llegar hasta la puerta y abrir las ventanas, a descubrir que ya no estaba en el camino, porque ya lo había andado, que tenía que caminar aún más y más y más, y volver a caerme, y volver a subir...
Y acurrucada en el hueco de su cuello, entre su piel y su chaqueta de lana, descubrí que en el ‘trekking’ de mi vida sólo había cuerdas al final de la montaña, donde la vista es inmensa y duelen los ojos al mirar la verdadera belleza, que nadie mira hacia abajo sin tumbarse del todo en el suelo por miedo a caerse de nuevo, pero que el horizonte es inmenso y despejado. Que las cuerdas se han soltado y caen desperdigadas por la ladera de la montaña, y que nadie más puede volver a usarlas, que cada cual ha de encontrar su camino y usar sus propias cuerdas, pero que al final del todo, siempre llegará a la cima de su montaña y contemplará un paisaje bello si sabe mirarlo desde la perspectiva adecuada.
Y me besó, un beso intenso y largo, húmedo y caliente... Y los olores se mezclaron con los restos de las lágrimas y sus manos apretaban mi cara queriendo borrar las ojeras y los ojos hinchados. Las gafas seguían en el suelo, y ahí las dejé cuando me dio la mano para levarme de la silla a dar un paseo.
Las calles ahora estaban silenciosas, y seguía sin haber pájaros en la ciudad, tan sólo las palomas que acuden a los parques a repartirse las miguitas de pan duro. Y nadie se movía, sólo nosotros dos caminando con un frío al que no dejábamos entrar dentro de nuestro cuerpo, ni que traspasara por nuestras manos entrelazadas mientras nos movíamos caminando hacia ningún sitio. Andar, andar... eso es el camino.
Y nos detuvimos en cada plaza y en cada parque, y nos desabrochamos los abrigos para respirar aire, y su sonrisa contagió la mía, y nos reíamos tontamente sin tener que hablar de nada. Y mis lágrimas volvían a caer, y ya no había gafas que las taparan, y su pañuelo me secó el agua de mis ojos una y otra vez. Y en su casa no hacía frío. Y el café de su cafetera seguía siendo caliente y fuerte, y su cama era de madera. Y todas las mañanas nos despertamos con un beso, y muchas noches hablamos durante horas. Y muchas otras tardes, cuando él no está, pego la cara a los cristales y contemplo cómo los árboles del jardín van creciendo y albergando pájaros en sus ramas pequeñas y torcidas. Y a veces, cuando estoy triste, le sonrío y no le digo nada, y me acuerdo de su beso, en ese silencio triste y cargado, y me reconforta mirarlo una y otra vez con los ojos del alma, esos que quedan atrapados en la memoria de los recuerdos bonitos, y entonces hago salir al espejo, y le guiño un ojo; y éste me sonríe porque ya nos hemos hecho amigos. Y ahora puedo decir que soy feliz, porque mi espejo sale para darme la perspectiva exacta de mi vida, la que tengo y la que quiero seguir cuidando y hacer crecer más y más... Y mantengo conversaciones largas y profundas con él, que pacientemente me aconseja, y me cuenta en el silencio de mi soledad que todo, hasta los momentos más difíciles y amargos hay que mirarlos con la perspectiva justa, con el ánimo templado, con la serenidad de una mente configurada en el modo maduro de ver las cosas. Que todo al final se soluciona, que no hay río por grande que sea, que al desbordarse, tarde o temprano no alcance su cauce. Que no hay noche, por larga y oscura que sea, que no deje salir al sol de la mañana. Y que todo, absolutamente todo, se puede resolver tarde o temprano, que todas las heridas al final cicatrizan, y que pese a todo, sólo nosotros podemos ayudarnos.
La vida es “ese desconocido que...” te sonríe al pasar y te levanta el ánimo sin proponérselo, “ese desconocido que...” te grita para que no te pille un coche, “ese desconocido que...” te emociona cuando lo ves en la pantalla de cine y te relata una historia con la que te identificas, “ese desconocido que...” te cuenta un chiste, “ese desconocido que...” te sirve una copa con una sonrisa aún cuando tú miras a otro lado, “ese desconocido que...” un día conoces por casualidad en el sitio más insospechado, y alargando la mano para pagar tu café, te da un beso dulce y largo...
La vida es “ese desconocido que...”

Jorge dijo
Hi Rocio, i took time but here i´m, well it´s true, maybe " ese desconecido" is something that we have the sensation that we know, it´s the key thing, someone cross our life and has a key that opens something inside, it´s common when you are expose to life, it not happens many times, but it happens sometimes......
Your friend
Jorge
9 Marzo 2009 | 04:57 AM