La Coctelera

rociomedina

"Chic By Accident"

29 Noviembre 2008

L'Afrique Sauvage

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“L’Afrique Sauvage”

por Rocío Medina

Al amanecer las sabanas arbustivas, que son mayoría en África, desperezaron un horizonte naranja, el polvo dorado de la bruma salpicaba la luz que se filtraba por la arboleda de la selva, y la luz radiante del día escocía de belleza los ojos. Sotos convertidos en mares de tierra, que es el color de la ropa que usan en estas llanuras, manan de espesura la vida borboteante de animales salvajes y atropellados por su propia naturaleza, como ese gran “Búfalo Cafre” negro y enorme, que se pasa las horas más cálidas del día durmiendo en el “bush” y rumiando cerca de cualquier charca, río o laguna; porque en el África Oriental no hay pantanos. Y cuando sale, se impregna su piel oscura de una costra sucia y dura. O bien elige un paisaje sombrío del bosque, como si fuera un mal cuento de hadas donde las brujas albergan sus cabañas, y ahí confinados entre espesos matorrales, mantiene su carácter tozudo, malvado y poseído por un crónico mal humor que se refleja en sus grandes ojos teñidos de negro azulado, brillantes y salvajemente protegidos bajo unos poderosos cuernos; son la viva imagen viviente de la más desenfrenada violencia. Y cuando es mortalmente herido, sus casi ochocientos kilos de peso se dejan caer poco a poco a la espesura de la tierra, alargando la cabeza y emitiendo un mugido muy especial que los cazadores controlan, así que nadie se aproxima nunca a esa presa sin antes haber oído este singular grito de muerte.

Y en las selvas, aquellos hombres de ropa verde cruzaban las planicies a pie, ayudados por las viejas vías de los madereros que facilitan el camino de la foresta, dejando los ‘todoterrenos’ aparcados en un lugar con existencia humana, y se adentraban rifle en mano, atraídos como imanes a esa llamada depredadora; la naturaleza les aguardaba con todo su esplendor. El olor a sangre, la propia vida; ese torrente de sentimientos incontrolados se adentra selva a través para encarnizarse en una lucha cuerpo a cuerpo. Donde la filosofía del cazador no es la cantidad de abates, sino la calidad, tanto en la cacería en sí como en los trofeos a abatir. Les gusta ese “trabajo”. Cazan ‘pisteando’, disfrutando y “recechando”, preocupándose en definitiva por involucrarse dentro de esa selva, mimetizándose con ella; algo que desde un coche sería imposible hacer. Así que en coche ojean la zona, y después se lanzan largas horas al ‘rececho’ a pie para dar alcance al animal.

Importantes conservacionistas aseguran de hecho, que la población de elefantes se ha beneficiado gracias a un sistema que permite a los cazadores matar un número limitado de ellos que ya han sido seleccionados por su edad y género. Una ley pragmática que en contra de lo que los más reivindicativos activistas anti-caza aseguran, los cazadores de rececho ya llevan a rajatabla como parte de esa premisa moral que ellos mismos adjudican sin necesidad de un sistema que haya de ser regulado por ley. No olvidemos que son amantes de la naturaleza ante todo. Y prueba de ello es que estos países tienen una población de elefantes, por ejemplo, abundante y sana. Y de igual modo, son ellos mismos, estos cazadores, los que luchan con críticas feroces contra los terratenientes irresponsables que permiten prácticas poco éticas como cazar animales enjaulados o disparar desde un vehículo. Así como luchan ferozmente contra los cazadores furtivos, cuyas repugnantes y deleznables hazañas ayudan a acrecentar el mal ‘marketing’ que tienen los verdaderos cazadores.

En Sudáfrica, por ejemplo, los terratenientes obtuvieron permisos especiales para dejar que los cazadores mataran a rinocerontes machos excedentes cuando la especie comenzó a recuperarse. Hecho que incentivó a la compra de más tierra para animales y muchos científicos han asegurado que esta práctica ha sido el motivo de la recuperación de la población de estos.

El experto de la Universidad de Zimbadwe, “Peter Lindsey”, asegura sin lugar a dudas, que si la caza se prohibiese las consecuencias serían devastadoras para la conservación de muchas especies (como ya ocurre en Kenya, donde la caza lleva prohibida veinte años y las poblaciones deben ser “reducidas” bajo cuerda y en secreto para preservar la foresta literalmente devorada por los ‘paquidermos’).

Aún así, cazar en África se resume fácil; esperar, esperar y esperar, así hasta doce horas al día.

Dicen los que entienden de caza que ‘los recechos’ son realmente complicados en algunos terrenos secos, porque moverse en el silencio es muy difícil; entre otras cosas porque los animales rara vez van solos, y la presión que los predadores naturales ejercen sobre estos animales es muy alta, desde los “chacales” hasta los “leopardos”; así que viven en alerta permanente.

En el norte de Sudáfrica, con el “Río Limpopo” haciendo de frontera con Botswana, me contó un cazador que a su llegada vio un inmenso “leopardo”, y que todas las mañanas veía las huellas de la “hiena”, porque en las sabanas no van en manadas sino que van solos. Con las altas temperaturas, la dirección del viento es impredecible, y uno de los animales más bellos, una hembra de “Steenbok”, un antílope de menos de quince kilos y unos cuarenta centímetros de altura, se acercó a un “waterhole” o ‘punto de agua’ muy levemente, no a beber, porque apenas lo necesitan, sino para lamer una piedra de minerales, y que sintió como un escalofrío; su fragilidad, su belleza... Me asegura que era como ver a un “corzo” en miniatura a unos diez metros de él; no podía dejar de pensar en atrapar esa ‘pieza’, hacerla suya, revolcarse en su belleza, pero no era un macho, así que no disparó. No imagino estar allí y no contemplar a los grupos de hembras y algún machete joven de “Kudus” sin acercarse a los puestos con menos precauciones que los machos.

Y los “facos”, los famosos ‘facos’ apenas se dejaron ver, resultaban esquivos, se movían mucho con el agua que había en la zona y con los abundantes pastos no entraron ni un sólo día a los ‘puestos’, igual que las “cebras” u otras especies.

Pero “hunting is hunting”.... y después de ocho horas en el “blind” o ‘puesto’, el cazador sigue atento, mirando cada arbusto y cada detalle; como hacen los cazadores de todo el mundo sin importar condición ni razón, tan sólo dogma...

Y en la frondosidad de la selva, su silencio despertado por el sonido que pocos conocen, las especies vivas que nunca sucumben al letargo, corean eufonías armónicas que encajan en ese mundo atropellado de una rutina irracional y violenta, que embellece la propia esencia de la vida; sin principio, sin final… Y su espesor no deja ver nada, y su humedad te empapa...

Aunque hay quien dice que cazar en Sudáfrica está lejos de esas ideas románticas de lugares inexplorados y de campamentos en la sabana; porque las granjas se encuentran delimitadas por vallas en alojamientos de primera categoría.

Pese a todo y de cualquier forma, los increíbles atardeceres cenando en el ‘boma’, bajo la luz de una hoguera, levantarse de la cama y ver los “wildebeest” o ‘ñus’ corriendo a cien metros de tí, ver un ‘punto de agua’ desde el porche mientras te tomas un café es algo que no parece de este mundo... Y de pronto, aparecen un grupo formado por nueve “orix” en el puesto, a tan sólo treinta metros de distancia, comiendo o peleándose entre ellos, que te hacen olvidar las largas horas de espera.

Y es que “el rececho” es muy difícil durante la época seca (de Mayo a Octubre) por la hierba punzante y el ruido que se hace al andar. La forma más juiciosa de cazar es la de ‘los puntos de agua’, donde los animales se acercan a beber mientras los cazadores a primeras horas de la mañana, les esperan en ‘puestos’ cavados en el suelo de Namibia por ejemplo, y cubiertos por barro y ramas, donde dentro se está fresco y puedes estirar las piernas.

Siempre había escuchado que quien visita África no piensa en otra cosa más que en volver. Y aunque hay quien dice que no es más que un tópico, lo cierto es que África tiene algo que atrapa; un aroma especial que inunda las fosas nasales y que permanece en lo más profundo del corazón.

La selva: Congo, Centro África, Camerún; “Río Lobeque” y sus ‘búfalos enanos’, ‘bongos’, ‘sitatungas’, ‘hilocheros’, ‘potamoqueros’, ‘duikers’... El cielo no se deja ver cuando estás metido en la zona de foresta, que es todo el rato, y el cazador traga miedo agolpado en latidos más fuertes que el propio silencio, y ‘tira’ cerca, irremediablemente cerca, porque prácticamente no se ve ni a un elefante en veinte metros de distancia...

En la foresta el polvo es gris, como en la sabana es rojo o anaranjado; y los árboles, todos los que están cerca de una pista, se elevan al cielo en la espesura de la selva, y la ropa se vuelve roja, completamente roja, y al lavarte la piel se ha quedado encarnizada en ese polvo de la África más salvaje...

Y el cazador no domesticado; ese cazador de África, se adentra presuroso entre ese silencio de palabras, donde sólo siente la llamada animal que lo purifica y lo mimetiza, sangre a sangre; movido por el impulso de los latidos de su corazón… Y cae la noche en la selva, el hombre se despereza cansado cuando la luna asoma tímida en un cielo raso. Las bajas temperaturas encogen su cuerpo cansado, y los escalofríos le reconfortan pese al cansancio. El pelo suelto, la melena rubia enmarañada del sudor y el barro se agita suavemente en su piel ya tostada.

Pequeñito en ese océano de verdes selvas, donde la tierra es roja y el horizonte se denota espeso, el primitivismo de lo neutro se desprende del convencionalismo gastado de una sociedad que encasilla y enjuicia torpemente la riqueza y los sabores que ni prueba ni entiende, y despojado de la autonomía del capitalismo y el avance de la vida, se prueba el cazador de “rececho”, dando su vida por la propia vida; como un torero en el ruedo de la arena, del coso de aplausos por sangre, de capotes, estocadas y ‘cornás’, y se envuelve en el lecho de la muerte en la tierra, con la sangre, y la piel desgastadas en la premisa de querer atrapar la belleza. Sin razón, sin sentido, sólo ese envite bestia que te crece con el pálpito del alma, avanza presuntuoso el animal con raciocinio, impulsado por la marea de su propia naturaleza desbocada y desmediatizada…

El hombre torna a su origen, y alcanza al animal cerca; se miden, se prueban, y en el cuerpo a cuerpo, se despoja de las vestiduras de la vida que occidente conoce, y varea la cuerda floja del raciocinio a golpes de latidos, y la belleza, la sinrazón, y el sentimiento; se mezclan unidos en la lucha por poseerse, por volver al principio, por depredar sin ser depredado… Y el cuerpo duele, duele tanto como la adrenalina va creciendo dentro, los ojos redondos y verdes del cazador intrépido se clavan estáticos en los del animal apunto de ataque. El calor impregna la ropa, el miedo y la humedad empujan hasta el alma, y la incertidumbre de la espera moja la frente brillante y curtida del cazador salvaje. La melena dorada tapa ahora uno de sus ojos, aún fijos en esa presa que ‘entra’, y él espera al momento en que la ‘trufa’ destile vaho de lucha para abalanzar su envite contra él. Emoción y aliento se unen ahora en el mismo duelo, destensan las emociones que engarrotan su cuerpo y lo amarran al ímpetu de la espera, y seca su frente, con sus manos rotas de arañazos de “guerra”. Y la rodilla le duele...

El animal bello luce cuernos enroscados en una pieza de quinientos kilos, y el animal de ciudad luce rifle abrillantado con munición de metrópoli… Caminan lentos, la bestia le mira con ojos enormes y negros, un vaho de lucha destila ahora su gigante ‘trufa’ negra, amorra el hocico deseando la sangre de su nueva presa, y el cazador; prisionero del pánico y de su adrenalina desatada, genera un veneno autóctono que lo lanza a la lucha más primitiva… Morir y vivir, todo se reduce a eso, y el corazón paraliza, mantiene estático en su puesto de visitante al que se sabe no invitado a ese mundo al que irremediablemente pertenece como herencia ancestral, y por fin da alcance a su presa, y la rodilla le lanza un latigazo de dolor agudo, pero no piensa en eso mientras camina durante horas buscando el punto donde el animal tras el disparo ha huido.

El cazador salvaje, que emigra de su urbe para contemplar lo bello, apresarlo y hacerlo suyo, no entiende de modas en horas de caza, huye del término que lo clasifica como ese asesino despiadado de animales indomesticables, y simplemente lo reduce a un modo de vivir. El sello distinguido de ese ‘animal humano de rececho’ que deja un avión tras de sí con sus trajes de ejecutivo adornando vestidores, no entiende de cacerías; ni mayores, ni menores, sino de la llamada salvaje de la propia naturaleza que lo reclama como un imán. Necesita volver a su mundo, a la fiereza que crea vida fuera de leyes y dogmas, más que la propia sinergia de la vida y la muerte, de la lucha primitiva que nos une a nuestros ancestros; la odisea mancillada del hombre de ciudad que convive siglos adelantados al propio surgir de la vida… El hombre predador no entiende de ‘hobbies’ de ciudad con rifle y ‘piezas’ soltadas en un redil, dispuestas a ser apresadas, inocentes y desprotegidas, sino del volver al origen de todo; donde luchar para vivir o morir se convierten en el día a día.

Por tanto, igual que el jinete se hermana y se armoniza con su caballo, haciéndose uno sólo; una pieza indivisible en la postal añeja de un hipódromo enarbolado de blandidos rivales que ansían la misma meta. De igual modo el cazador es llamado a la tierra sin dueño, a la naturaleza no prostituida, al arbitraje de sus propias leyes; donde se unen la fuerza y el asalto, la carne contra la carne, la fiereza contra la estampa de la fiera que se abalanza sobre la presa; devorándose mutuamente.

La caza salvaje es un modo de vida, una actitud, una personalidad que mantiene genes primitivos del hombre que sale a retarse contra su propia naturaleza animal, cuyo equilibrio de ciudad pasa por la necesidad de mantener su espíritu, calmando su sed de aire, de viento, de lluvia, de oler el campo y sentir la vida en pleno pulso contra ella, salvarse, vivir; ansiar derramar la sangre de esa bestia que estornuda, bella y fiera, a tan sólo quince metros de ti. Sentir su aliento caliente, la maraña de vida y a la vez el impulso de la muerte; tan cerca, tan cerca… que cuando lo miras, la beldad salvaje te atrapa en esa atmósfera de tierra hermosa quemada de sol, y te hace pequeño y necesitado, recogiéndote en tu propio latido, impulsado por la propia naturaleza que te hace guiños de envite al cuerpo a cuerpo, al piel contra piel… La hermosura del entorno te sumerge de lleno en ese bálsamo de tierra y vida que te comprime y te engulle, y te hace querer apresarla para siempre…

Y el disparo suena fuerte y rotundo, la bestia negra de cuernos redondos de nácares negros, cae a la tierra donde renacerá de nuevo la vida, donde la vejez y la masificación retornan al paraíso perdido de las ciudades de neón… Y vuelve el cazador ligero y abatido gimiendo al sentimiento de esas raíces que le copan, toma aliento y su piel huele a sudor y tierra, y se abraza a su presa; apresada en su valentía, a su más fiero oponente, a su rival más digno. Y mira cansado sus ojos abiertos y brillantes, vacíos pero aún con vida, siente su sangre caliente que se resbala hacia abajo bailando por su piel dura y oscura, puliendo los surcos del disparo con una herida abierta de júbilo y armonía… Y esa sangre caliente y viva, rellena la tierra seca de un perfume de vida nueva que genera que la naturaleza siga su camino, su curso… Predador y presa, conviven en el ‘rececho’ sin alergias de ciudad, cantando el himno de la propia muerte por la vida, y dando la vida por la muerte…

Carga el cazador orgulloso su triunfo; trofeo de sangre y sudor. Las carnes ya muertas del racimo de la vida; como las vides se machacan vivas y en esplendor para obtener ese caldo de vino… Sangre de sangre, vida de una vida; vegetal que armoniza nuestras mesas, animal que da vino con su sangre a la vida del que lo posee.

Y vuelve a su metrópoli; a sus ruidos de ciudad y a sus chaquetas de “Hackett”, a sus carreras en moto para llegar a tiempo a una reunión importante, a sus ‘e-mails’ y a sus rutinas de diario. Pero ese hombre de mundo moderno, sobrevive en sus reuniones manteniendo ávidamente su bipolaridad singular; camaleón que se encubre, tal vez, en barrios ‘posh’, y mantiene una lucha entre su realidad, arrastrada por una sociedad que marca pautas concretas para no dar saltos en el río de la urbanidad, y su verdadera pasión. Y sin sobresaltos aparentes, más que un puro latido que se acrecienta a cada vistazo en su memoria, mira tras las vidrieras de su rascacielos el grisáceo ambiente polucionado de la ciudad, y de nuevo siente una punzada de dolor agudo; la rodilla le está matando, la espalda abierta de dormitar en “fly camps fuera de un colchón mullido le tira con fuerza hacia abajo, pero son dolores que le enorgullecen, como a un ‘matador de toros’ una cornada; sello de su identidad vital. Y no para de holgar en los recovecos de su memoria mientras vive en su urbanidad tópica, pensando en el momento de una nueva aventura de caza, en volver a mirar el cielo desde África, y sentir el calor, y la humedad, y la piel embarrada...

Y se sacude el pelo al salir de la reunión, y lo tiene limpio y planchado, y sus pulseras de pelo de elefante viejo se le enredan constantemente, pero las luce brillantes e hidratadas en esa crema densa y blanca que reblandece el pelo. Y vuelve a mirar su correspondencia, mezclada con fotos de sus cacerías, con la vista del recuerdo puesta en la sed que le mantiene vivo y alerta. Y de nuevo regresa a su África para calmar su sed de viento, de sabana, de selva, de frío de noche y calor de día... Y de nuevo África le llama, post poniendo sus compromisos de ciudad y anticipando el viaje; las heridas aún no se han cerrado, y la espalda sigue abierta y duele, pero la ilusión es tan grande que su bálsamo le cura.

Y en el ocaso de la África pobre y viva, donde los manantiales de agua y selva agrietan el dominio de la tierra, camina un cazador amante de la vida; solitario y cansado, reflejando en su piel las arrugas ajadas de sol y campo. La selva le sonríe despidiéndose de él, haciendo flotar un soplo de viento cálido, y orgullosa emerge su savia, aceptando que el hombre regresa camino de su jaula en un mundo de ciudad. Y brinda sus estepas fértiles guiñándole un ojo hasta la próxima vez, y sabiéndose dueña del origen de la propia vida, sabiéndose dueña de su propia voluntad; en esas reglas marcadas de la propia esencia de la ley animal, irónica desprende su manto de olores tierra, sabiendo que ese pobre hombre, carne de la mazmorra del nuevo mundo adelantado, ha sido en realidad él el prendido, drogado por los enseres de su espíritu salvaje. Y ya no importa el camino que a partir de ahora escoja, el veneno de su narcótico ímpetu le impulsarán siempre hacia lo violento y real de la vida, hacia el instinto más arcaico de la existencia, habiendo coronado un sello en su alma que lo atraerá para siempre.

Y África se divisa a lo lejos como una postal de manadas en estampida, con cielos naranjas a la puesta de sol. Y mientras los aventureros apresados y envueltos en su magia cargan trofeos de caza como alimento de una sed que jamás se colma mientras regresan a esa urbe castigada; en los campos maduros de África, el búfalo se despereza, las cebras cuentan sus rayas, y el cocodrilo sacia su hambre mientras el agua verde flota…

Y el cazador se hace mayor, y envejece en una casa de paredes robustas y revestidas de madera, adornando estancias con trofeos de caza. Repasa las puntas de sus reliquias una y otra vez con sus dedos arrugados y toscos, y las lágrimas se le escapan por los recuerdos de su África, agarrada a sus entrañas, consoladas a media tarde con su copa de ‘Armagnac’ y sus libros antiguos de diarios de caza. Y las fotos, las fotos les miran dibujando en él una sonrisa rugosa y ya magullada que se oculta en una barba canosa. Y se acerca pausadamente a la ventana de su amplia estancia, rodeada de árboles que se agitan en otoño dejando caer sus hojas, y pega la cara al cristal, y mira cómo los ‘tordos’ van comiéndose los frutos rojos del ‘caquilero’, y coge la escopeta y sin pensárselo pega un disparo al aire para ahuyentarles. Y su mundo trascurre tranquilo, ajeno a los ruidos y las prisas de ciudad, agitado en recuerdos que transmite a sus nietos cuando los acuna en sus rodillas. Y la vida ha pasado rápida e intensamente vivida, con historias cargadas de emoción y relatos cortos de aguardiente templado mezclado con el clima y los olores de África. Y su pelo sigue rebelde; largo, desaliñado y canoso, al igual que su propia alma que sigue en rebeldía contra el mundo y sus clichés; en los que tarde o temprano y a nuestra manera, caemos todos. Y sus heridas de ‘guerra’ le sacan una sonrisa al dolerle. Y su mundo no sería su mundo si no hubiese existido África y sus selvas espesas, sus animales salvajes, y su alma indómita se habría apagado triste y lentamente en su mundo de estupor urbanita.

África negra de pieles oscuras, África verde de selvas altas que se alzan al cielo donde que se refleja ocre derramando tierras de dunas sin agua y desiertos llenos de calor. África tosca de vistas brutales que corren ligeras apresando otras vidas de iguales bucles. África, cuyo aliento es aire que da oxígeno al mundo, se adormece a las sombras vivas de sus árboles verdes de troncos oscuros. Y al final del día, el mundo vivo y dejado en ‘barbecho’ de ese cazador penitente, abre las puertas de su selva para que camine cabizbajo hacia su metrópoli. Y la África pobre que presta penas a un mundo de riquezas que le mira de reojo, sonríe ufana, engalanada de aire nuevo, donde generosa, presta su propia vida a aquel que sabe que ella en realidad es la reina de ese otro mundo; donde el dinero se regala, donde el tiempo no se mide con un reloj de esfera, y donde la riqueza no es otra que aquello que cuando lo miras, te duele los ojos por bello, que cuando lo pruebas te engancha, y que cuando lo respiras te deja atrapado para siempre…

África, la bestia embutida en tierra castaña, perfumada de hircismo y sangre; linaje pervertido de hombres de ciudad, se cubre generosa sus pechos verdes preñados de luz, y se viste mimosa de espesura y boscaje, presumida y hermosa, sentándose en ese trono de oxígeno divino y grácil, donde aguarda con prestancia caprichosa a sus rojizos baños de sol.

- Nota de Autor: Quiero agradecer expresamente este relato a “Rodrigo Moreno de Borbón”, a “Jaime Meléndez-Thacker”, a “José María Bernaldo de Quirós y a “Diego de Gregorio Abelló”, cuyas aportaciones han sido imprescindibles para componer este relato. GRACIAS.

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