La Coctelera

rociomedina

"Chic By Accident"

23 Diciembre 2008

EL INVIERNO

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Rocío Medina

Es invierno, nada adormece más la vida que el tiempo, que transcurre ajeno al aliento gris que se desprenden de esos grados demás que van cayendo lentamente con el aire frío de la mañana. Esas primeras lloviznas tristes y transparentes que se resbalan cielo abajo bailando al revés por las texturas del mundo, imprimiendo de brillantez acuosa las paredes, recovecos, surcos y redondeces de la tierra; dando vida sin descanso, pereciendo en sus curvaturas de cristal noble y líquido.

Es invierno, y hace mucho frío, las hojas arrastradas del otoño se precipitan al caos de la armonía de aquel latifundio, sobresaliendo en colores tostados la heredad presuntuosa de esas carnes de barro, polvo y légamo. El musgo creciente adormece setas en sus recodos oscuros y húmedos, y el impasible tiempo de mañana pronta, enjuaga con su rocío las contexturas calizas de las rocas y las adorna, jugosas y mojadas, en la abertura del valle impío.

La casa está en lo alto, una hacienda de piedra dura, color almendra tostada, desde donde sus chimeneas encendidas reparten olor a leña y budín, y te hacen tragar un sabor rancio y a la vez dulce que te acoge lentamente invitándote a pasar. Suelos de barro cocido con maderas nobles se reparten por las estancias y antesalas que nos guían al abrigo del comedor principal, donde en las repartidas antigüedades descubro con gozo a un Cristo Románico y a una alacena antigua con rejillas de granja donde se guarecen del tiempo, creando expectación, libros antiguos en varios idiomas con dedicatorias transcritas para los amantes de otros tiempos.

Los enormes ventanales separaban irremediablemente ese olor a musgo húmedo y a tierra vigía del calor protector de sus muros de guijarro, y los olores de hogar dulce entre el dulzor de sus bizcochos caseros.

Tenía los dedos marchitados de años y artrosis, de manchas y de vida, y paseaban temblorosos por encima de los pastelillos caseros mientras su pipa de boquilla desgastada albergaba la espera con tabaco perfumado sobre un cenicero grande de plata. Miraba inquieto bajo sus gruesas cejas oscuras y con alguna cana, y su voz fuerte y a la vez templada, caminaba con palabras por las dunas desiertas y las ciudades recordadas. Vagaba por las guerras y sus batallas, por las fotos y sus historias, por cada mueble conservado que se envolvía en belleza y se erguía en la prestancia de sus palabras cuando lo señalaba al contar dónde lo descubrió.

Sus palabras me invitaron a pensar que todo en la vida es así, más allá de los inviernos, más allá de los tiempos, todo lo bello ha de ser encontrado, descubierto, si no, deja de parecernos bello al instante. Lo más grandioso de la vida es aquello que descubrimos, que se nos muestra sólo a nosotros de una manera especial, y tras reconocerlo nuestro, lo soltamos al mundo publicando nuestra hazaña, entonces se revaloriza y crece, se encarama alto en la elegancia de las cosas que no son corrientes ni seriadas, sino únicas y difíciles…

La luz de fuera empezó a crecer a medida que el cielo se iba elevando y despejándose en una inmensa toalla blanca abullonada, pomposa, llena aire, de suavizante blanco que enjuaga las arrugas frías y mojadas con bálsamo de inquieta limpieza y frescor. Y las contraventanas de madera se mecían sin piedad queriendo romper las rejas sevillanas de hierro ajado. El olor de su pipa penetró fuerte a través de sus palabras, y las bocanadas serenas de humo desfilaban en humaredas color niebla perdiéndose lentamente.

Miraba la chimenea, inquieto porque sus llamas no cesaran de brillar rojizas y altas entre las piedras de su candela, esa lumbre de palos secos y gruesos que desprendían su heroicidad de carrascas y pinos, y me animaba continuamente a avivar la hoguera.

Tomaba el café lentamente, a sorbitos pequeños, como el invierno se mete en nuestra piel; de una manera lenta y segura, abriéndose paso por nuestra carne, nuestro aire, y llenando de frío nuestro cuerpo. Me hablaba de su infancia, de ese calor abrigado del amor de una familia que le protegía y le cuidaba, de primaveras suaves al arrullo del campo y sus fragancias en pleno esplendor, de sus veranos a caballo por las veredas de sus fincas cuajadas de olivos, y de sus inviernos; más fríos aún que éste, más brillantes y más duros, de sus primeros paseos en moto y de la primera vez que montó en un coche.

Me temblaba la mano al escribir, sentía cómo me iba mareando y cayéndome en ese sueño de palabras y recuerdos, literalmente, no podía transcribir todo aquello, me dolía el esfuerzo por plasmar en un papel el sentimiento que se desprendía más allá de las palabras. El contexto, el entorno, su rotundidad y su vejez, desplomaban un algo tan distinto, tan interesante, más aún que su propia historia, que me hacía sentir un profundo pinchazo agudo de dolor intenso. Necesitaba meterme en él, cobijarme en algún hueco de su cabeza y de ahí, ir resbalándome poco a poco, dejándome caer lenta y parsimoniosamente por los entresijos de su alma, empaparme de sus fragancias, de su leyenda, sus historias y sus hazañas, de sus logros y su cultura, de ese aire aristócrata y refinado que se escondía bajo las escamas de su piel temblorosa y blanquecina, por entre sus ojos y sus lágrimas, por su boca vacía y tan llena de aliento y sabiduría, por entre su pelo cano y sus bucles rebeldes, por sus brazos azulados y los montículos ya deformes de su cuerpo gastado.

Deseaba sentarme con él en los riachuelos de su infancia, recostarme en las puestas de sol de su adolescencia, en la llanuras de su juventud viajada, en los altozanos rebeldes de su madurez serena, en los valles caídos de su lucidez sórdida, y dormitar angostamente en una vida intensa que se escapa por las muescas del tiempo, en esas ranuras abiertas que tiene la existencia; aquellas que dejan que todos, sin excepciones, vayan naciendo, creciendo y degenerándose hasta morir. Una existencia que se pierde, un monte que yace muerto y seco dando vida y luz a otros siendo su pasto, y que sólo puede apilarse en la permanencia de minúsculas vidas que vendrán a través de papel y palabras; palabras que transcribo torpemente dejándome tantas cosas imposibles de reproducir…

El perro entra por la habitación subiéndose a sus rodillas, se acuna en su regazo pidiendo mimos de autoridad, sollozando para que no sucumbiese ese demoledor tacto rozado de cariño sobre su lomo peludo.

Y el invierno nos vigila desde fuera, se pone serio y mancha el cielo de nubes decapadas en escala de grises, y lo árboles vacíos agitan sus ramas blancas y desconchadas con temeridad. La hoguera es vivaz, y consume su alimento rápido con voracidad y desasosiego, y los pastelillos navideños recién hechos van enfriándose poco a poco a la vez que se endurece el pan tostado. Miro el pino de colores brillantes, colocado a un lado del salón con bolitas color plata y lazos dorados, con el ‘Belén’ antiguo dispuesto en el fondo, donde el ‘Pesebre’ legendario conmueve la historia y reaviva la fe.

Enfundado en un elegante batín de terciopelo con su pañuelo de ‘foulard’ anudado al cuello, abrigando su garganta de humo ya reseco, se levanta ayudado por un bastón de madera con punta de plata y camina unos pasos por la estancia tratando de hacerse con un viejo álbum de fotos. Encaramado en las puntas de sus pies de juanetes lo dejo tambalearse entre las oscilaciones de sus dudas, y me sumerjo de lleno en mi papel de letras negras, donde aprovecho para rellenar las partes blancas con palabras que describan sus andanzas, sin olvidarme de anotar sus olores referidos y sus sentimientos reseñados.

Y es invierno, sin dudarlo lo sé, el olor del invierno es implacable; huele a piña sin piñones, a ramas sin hojas, a baúles llenos de recuerdos antiguos, a tradiciones viejas, a visitas encaramadas a la vera del cariño, a regalos sin porvenir y a dudas… Los inviernos traen las perplejidades de la vida a la mente, la agarrotan con los nudos que atamos a nuestros recuerdos buenos... En los inviernos no hace frío porque el tiempo de la vida haya dispuesto unos grados centígrados de menos en su devenir, sino porque la gente llora más, y sus lágrimas al evaporarse se aferran al cielo, a su esperanza, y tanta amargura junta ahogan a las nubes que se vuelven grises, asfixiadas por no poder respirar, y acaban desprendiéndose en derrota acuosa y fría al mundo, repartiendo sus gotas por los campos henchidos de hierbas sin desidia y pasando inadvertidas por las ciudades, donde las gotas mueren antes de tocar suelo, resbalando en azoteas y edificios de cristaleras imposibles y en bastidores con llantas de última generación.

Los inviernos son sólo para el campo, no para la vida urbanita que se acuesta en farolas programadas para dar luz, en tiendas abiertas veinticuatro horas donde te dejan entrar con mascotas, en hostales que rentan habitaciones por horas y en amores furtivos… Los inviernos son para el campo, para las bodegas escondidas en cuevas de piedra que acumulan polvo y años, para que el agua de las charcas se desborde impíamente y llene de barro la entrada principal, para las botas de agua, para que los perros corran por entre sus lodazales, y los niños dejen de ir al colegio durante días porque sus caminos están incomunicados por un fuerte temporal de nieve. El invierno es para ‘La Navidad con una gran familia, en una casa grande donde albergar recuerdos y fantasías, donde incentivar la imaginación y crear leyendas antiguas que se perpetúan durante años aferrados a las ventanas para ver a los visitantes de Oriente un año tras otro a jorobas de sus camellos…

Y tomó asiento otra vez, me pidió releer el último apunte para tomar de nuevo el hilo de su historia, y nos aferramos en aquella batalla herida de ‘El Ebro’ donde gracias a que su amigo lo anudó, desnudo con el frío del invierno, a su cuerpo con su cinturón y lo ayudó a cruzar a nado, aún a riesgo de morir congelados ambos dos en sus aguas sangrientas, se salvó de morir ahogado… Desde entonces, cuando los calores del solsticio visitan su hacienda, sólo se sienta a borde de balsa de regadío a meter sus pies, pantalones remangados, y refrescarlos bajo su sombrero, de los calores del verano.

Y de nuevo el frío congelaba mi cuerpo al mirar por los cristales, las gotas de lluvia se estampaban atropelladas contra la tierra, contra los pájaros que se escondían, y penetrando tozudamente en la casa de las hormigas que se apiñaban unas contra otras en los entresijos de la tierra para darse calor.

Abrigado en su manta de lana virgen y vieja, se quedó adormilado con añosa pipa entre sus dedos amarillentos, y allí, volvió al recuerdo secreto de su juventud feliz, al recuerdo, digo yo, de sus travesuras de niño, y sus odas inocentes escritas a pluma a su primer amor. Y ahora ya sé que si vaguea por esas calles limpias buscando su ventana como aquel príncipe poeta, se encontrará a una dama asustada que abre los portones de su cuarto, tímida y con sus mejillas sonrosadas, para acercarle a las puertas de su corazón, una sonrisa que durará para siempre, aunque tan sólo hayan existido, entre ambos dos, unos versos apasionados y mirada, a luz velada, por entre las cortinas de su recámara, aquel invierno noble que se le tatuó en su alma. Y allí recostado, recogí su pipa caída al suelo de sus fuerzas ya inertes, donde su piel blanquecina se tornó a mortuoria justo cuando la leña empezaba a crujir fuerte con homéricas llamaradas que salpicaron de rabia y perdigonazos de ascuas aquella alfombra donde se tumbó por primera vez a besar a su mujer…

Y ahora mantiene aquí su cuerpo, para velarle en el recuerdo junto a sus cosas, las que no sirven y se quedan en este mundo, y él mientras me sonríe desde el cielo, donde está junto a su esposa, donde camina erguido y sin bastón, dónde sigue siendo joven y fuerte, valiente y aventurero, donde sus canas sólo tiñen el blancor de sus atuendos, y sus rizos holgados y negros, bandean por entre ese soplo caliente de bruma que hace cosquillas al cielo.

Rocío Medina

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Tita

Tita dijo

Es un verdadero derroche de imaginación tus escritos.He leido casi todo lo que tienes en tu blog y me parece genial¿tienes escrito algun libro?,Si no es así te animo a que lo intentes.

5 Enero 2009 | 12:03 AM

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Sobre mí

- "The Secret of Health for both mind and body is not to mourn for the past, worry about the future, or anticipate troubles, but to Live in the Present moment wisely and earnestly". Buddha. - "Todos tomamos distintos caminos en la vida, pero no importa a dónde vayamos, tomamos un poco de cada quien", Tim McGraw

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