Cuando Regreses Te Acunaré
Sigo castigada a no encontrarme contigo, a mirarte y hallarte escondido mientras haces perderme por los recovecos de esa cara que tan bien conozco; de ese rostro amigo que continúa hablándome de todo menos de él. Y sigo mirándote, buscando sin doblegarme la pista buena del sendero que me lleve a ese camino que forzosamente haría que nos encontrásemos de nuevo; pero no quedan, se han apagado con la sombra de tu pestañeo y se escapan hábilmente conforme de tu boca sale voz. Me he dado cuenta de que estoy pisando las mismas huellas una y otra vez; las mismas huellas que sin quererlo ni saber cómo me alejaron de ti cuando te tenía tan cerca que casi sentía escurrirse tu perfume entre mis dedos. Me doy cuenta que el agua es igual de salada que entonces y que la arena continua sucia y sedienta; me he dado cuenta de que nuestro universo es igual de grande y gélido. Y renace mi miedo mientras se me cae el tenedor y tú te agachas a cogerlo mientras el vino me hace resbalar las lágrimas desde la garganta hacia las entrañas en un intenso sabor amargo.
Ahora me sonríes nuevamente; y con la mueca de tu boca se escapa un ahogado llanto mío que ya no puedo parar; y brota desde mi alma otra sonrisa -esta es triste- para devolvértela con ternura mientras pides otro instrumento que pinche la carne y la ayude a desgarrarse como siento desgarrarse el corazón cada vez que te miro.
Me duele verte casi tanto como no hacerlo, me duele no saber de ti casi tanto como tenerte delante y saber que si te toco, jamás te sentirás tan vivo como me siento yo al hacerlo. Me duele saber que me haces sentir viva porque me dueles, y me duele saber que esa herida que me haces apacigua al mismo tiempo mi daño. Quiero no sentir, quiero tenerte delante y no sentir ni el viento ni el frío, quiero tenerte delante y no dañarme con tu voz ni tu sonrisa; quiero verte desnudo frente a mí como un niño pequeño, quiero sentir que caminas descalzo por encima de las rocas buscando tu amuleto como aquella primera vez, que te paras con los pies arañados y me miras sonriendo con esa boca que me acuna y me devuelve la intensidad de la luz.
Estoy escondida frente a ti pero no dejo de buscarte, te tengo delante y tú no notas nada, porque te sonrío mientras cenas y toco tus manos para saber que la que está ahí soy yo, que no lo estoy soñando. Y quiero hacerte regresar para poder tener un final, ese que tan sólo nos pertenece a ti y a mí, ese que tú no quieres darme porque crees que no lo necesito, y porque piensas que tu tiempo y el mío han corrido en paralelo, pero no es verdad; yo me quedé anclada en la arena cuando se terminó la noche y tú te despedías con el beso de siempre mirando a ese infinito turbio donde las cosas no tienen respuesta. Y ahí me quedé, rodeada de silencio y oleaje, rodeada de espuma y arena, escondida entre las rocas para que el agua no me enfríe más y el sol no siga quemándome aún en la oscuridad de la playa al caer la noche.
Dime qué hacer si cuando despierte al andar doy con tu casa y no tiene letrero, dime qué puedo hacer si allí no ha vivido nadie. Dime que puedo decirme si cuando te encuentre nunca has sido tú. ¡Cómo podré entonces aplacar mi llanto!...
Y mi niño de ojos oscuros se va cerrando poco a poco conforme se entorna la nube y el cielo oscuro se vuelve gris, y quiero que al irte ya no cierres la puerta, quiero ver tu estela marcharse; andando a gatas detrás de esa luz.
Nuestro oxígeno para mí se ha vuelto espeso, no puedo tragar...
Te tengo frente a mí y sigo sin verte, se posan frente a mí esos ojos cándidos en los que quiero reflejarme y que no me miran nunca si no es con un poso de aire frío. Tengo frente a mí la boca por la que suspiro un beso, por la que sueño cada noche adormeciendo una palabra de aliento; una búsqueda, un respiro... pero ella no me cuenta nada, tan sólo habla divertida, conversa sobre aquellas cosas que se le dan bien y no la implican, y yo sólo quiero que haya silencio. Y yo sólo quiero poder ser fuerte y continuar minuto a minuto suplicando a mi corazón que no se eche a llorar, que sea fuerte y aguante la sonrisa, que continúe callado, que no le mire, que no se haga daño, que no sienta más y que se duerma...
Ahí siguen tus rizos oscuros peinados en rebeldía, agolpando horas y minutos de vida de los que sólo he tenido un esbozo, ahí sigue tu piel, tus manos, tus pecas claras dibujando los surcos que mi mano acariciaba mientras te dormías.
Y mi alma se desborda, y mi mente aplaca el golpe como puede girando la vista hacia la ventana, y tu voz se mete dentro y se balancea triunfal dando saltos como un caballo de tío vivo dentro de mi estómago. Los cristales son finos y se cuela por la rendija que refleja la luna una cuchilla caliente para aplacar mi agonía, abofeteándome la cara y cortando la subida de mis lágrimas en tropel.
El verano regresa, pasea entre la muchedumbre dejando la piel seca y cargada de tinte oscuro, y los paseantes dominan los rincones escondidos dónde enamorarse a luz de farolas apagándose al amanecer.
Y hoy mi risa es un esfuerzo por contener la agonía, y hoy mi mente se ha empapado de sudor y mi piel se broncea por el imán que me atrae a tu cuerpo, pero tú ya no estás en él; te has ido o bien, nunca fuiste... Quiero permanecer horas sentada en aquella silla, retener tu cara entre mis ojos y que tu imagen se congele sonriendo en dirección hacia mí; y quiero poder borrar aquellas palabras que salieron de tu corazón debiendo haber salido tan sólo de la mente y de un alma enturbiada, aunque sé que eso es imposible.
Quiero devolver el tiempo a su lugar porque todo ha pasado muy deprisa, y no sé en qué momento debí haber desconectado, no haber andado más para seguirte; porque ahora estoy perdida y sin rumbo fijo, porque ahora he abandonado mi vida para seguir tu camino que sé que ya no es ni será el mío, pero estaré anclada de igual modo para siempre, como una púa que deja marca en una pared limpia.
Y con el desasosiego se apaga la esperanza, mientras veo por fin tus ojos transparentes en dirección a la nada, y con la desazón miro tu boca que ya no sonríe, y con mi mirada tú te encuentras dentro de mí confundido y roto. Y de pronto sabes que has desaparecido, desparecido de mi ilusión para siempre; y mi desgarro tropieza con tu rebeldía, y mis fuerzas apagadas han prendido mecha en el reloj de tu tiempo. Y ahora he sido yo la que ha salido corriendo dejándote atrás para siempre, y ahora soy yo la que no gira la cabeza. Y ahí estamos los dos mirándonos mientras esto sucede; inmóviles, callados, tristes...
La desilusión se recrea en la copa que balancea el vino, se decanta a sorbitos por las grietas de nuestra boca seca, y se acuesta en el paladar donde el regusto se marca fuerte y con sabor a cerezas y humedad. Y nuestras miradas han roto el cristal fino de nuestro iris, se han colado lentamente por la herida abierta; y nos damos cuenta de que ya es tarde, de que nos hemos perdido para siempre aún queriendo tan sólo habernos encontrado.
Mi corazón estalla en lágrimas y te quedas paralizado, de tu boca sólo salen frases de aliento y de perdón, y mi corazón se hace un nudo para dejar pensar a la mente que balbucea triste que ya ha perdonado, pero que no puede dejar que mi alma lata de nuevo; que la cuerda frágil que acompasa los latidos se ha quebrado al pasar por el pliegue más difícil. Y ya no quedan fuerzas para buscar la manera de arreglarlo todo sin dejar marcas, y ya no hay operación que pueda sanarlo, que ahora mi corazón: mudo y sordo, ha perdido el oído y el tacto, y ya no puede creer las palabras ni sentir la piel para atraparla y querer cuidarla para siempre...
La copa de vino está vacía dejando un responso de último trago, pero ya se sabe que la botella que no se abre bien suele dejar corcho en los remansos reposados y al esgrimirla salen a trompicones ensuciando el cristal fino de posos amargos.
La templanza sale en aquellos segundos intensos y cargados, en aquellos minutos de dolor triste. Y vuelvo a hacer crecer la ola de aquel océano donde perdiste el amuleto, y soy yo la que ya no deja salir la esperanza, y quiero regresar al lado de mi cuna, donde todo es seguro y huele bien, donde las sábanas son calientes y no da pereza dormirse; donde el miedo no asoma antes de rezar.
Y nos despedimos en mi calle donde ya no vi brillar la luna, donde las farolas encendidas se apagaron por primera vez, y desde mi puerta vi despedirme con tu mano fuerte, agitada impaciente detrás del cristal. Corrí al primer piso a verte de nuevo marcharte tras las ventanas de mi cuarto, como hice tantas veces, pero ya te habías ido. Y sentí que una mano me golpeaba a puño cerrado, dejándome sin respiración, en mitad de mi alma; y sentí cómo el corazón se caía al suelo hecho un harapo de lágrimas y sangre. Y vi entonces tu talismán, revoltijado entre mi esperanza, y para entonces ya era muy tarde para volver a seguirte; y mi fe ya se había consumido devorada por la sangre al desparramarse por el suelo...
Han pasado muchos días, muchos meses y hasta muchos años; y cada día recuerdo tu cara de ese primer día. Y cada vez recuerdo tu afán por recuperar tu talismán que era tu esperanza, y cada día que pasa pienso que no debí dejar caer mi corazón al suelo tan rápido, y cada día; cada uno de estos días de mi vida sin ti, me doy cuenta que con tu talismán entre mi sangre, jamás nos hemos perdido del todo.
Si vuelves algún día, si algún día existieras y aparecieras frente a mí no dejaría que te fueras, no correría escaleras arriba para verte marchar desde mi ventana; correría tras de ti hasta morir en el camino, y te lanzaría mi corazón para que lo cuidases tú. Nunca me fiaría de tus ojos, porque son con los míos con los que yo los miro. Nunca me fiaría de tus palabras porque las escucharía una mente convulsa en dudas. Nunca me fiaría del olor caliente que desprende tu cuerpo porque con él me dormiría y no podría cuidarte. Estaría despierta, ciega, sorda... pero dejaría que mi voz saliese para arrullarte con palabras, para decirte que "te quiero", y para asegurarte que sigo estando a tu lado; cuidando de ti como te prometí hacer, cuidando de que no pierdas tu talismán para siempre. Y ten por seguro, que jamás habría lágrimas de dolor mezcladas con el vino, sino parras enteras de vides que derramar sobre la cama donde despertarte cada día con un beso y donde acostarte cada día entre mis brazos...
Rocío Medina
