La Coctelera

rociomedina

"Chic By Accident"

4 Junio 2009

La Vida y La Muerte


Dedicado a Diego de Gregorio





Hoy envío este relato añadiendo este primer párrafo, dedicándolo como homenaje a un grandísimo amigo mío; ¡el mejor de todos!. Una gran persona y un ser humano que más allá de la sapiencia de sabio, alberga un corazón y una inteligencia emocional descomunal y serena… Le admiro muchísimo por su enorme capacidad de esperanza, por su grandísima sensatez ante la vida y las cosas, por su conciencia tranquila, y su capacidad de equilibrar la balanza hacia lo bello y lo positivo; por su manera de capear el temporal cuando la realidad se presenta difícil. Le quiero por su generosidad de espíritu, por su fascinante manera de decir las cosas, por lo empático y sensible que es ante el que sufre; porque con él no hacen falta las palabras para que te entienda y te ayude, porque cuando te tiende una mano en realidad te está dando todo su corazón… Porque él si que es un “ángel” atrapado en el cuerpo de un señor, de un hombre; de un mortal… Porque él es honesto de palabras y de actos, porque es sensible y está despierto a lo que pasa a su alrededor; porque tiene una inmensa capacidad para querer y siempre quiere bien… Porque con él jamás se acaba la esperanza, jamás llega la tristeza, y siempre te ofrece lo más grande que alguien puede darte; que es la sinceridad enmarcada con todo el cariño y el amor del mundo. Porque siempre ha sabido ser persona y amigo, porque siempre se ha sabido mantener en su sitio, porque siempre ha sabido perdonar; y porque con él he aprendido verdaderamente que lo bello, no pasa por apariencias distorsionadas de moda, sino que se encuentra siempre en la esencia de las cosas y lo divertido es saber descubrirlas paso a paso, como si de una valiosa antigüedad se tratase… ¡Te quiero!, Di.

 


La vida y la muerte… El proceso del enigma que da honor a nuestra existencia. Llantos derrapando sobre el lecho materno al dar a luz y ahogados en la sombra de la muerte…



¿Por qué nacemos para luego morir?. Desde que el mundo es mundo, los grandes pensadores se han cuestionado la existencia, viendo en los atajos de la época social una aparente y sugestiva respuesta a esta eterna duda. Culturas existentes han perpetuado sus bases terrenales y místicas alrededor de esta perenne cuestión. Creyentes “cristianos”, “musulmanes”… todos sin excepción no escapan a esta premisa solapándola con el hecho inviable de que permanecemos vivos mientras nos preguntamos por qué, y guareciéndonos en el hecho intrínseco de retrasar la hora de regresar a la muerte…



La vida es aquello que nos permite respirar e interactuar activamente con otros, mientras la muerte es aquello ‘no-nato’ que permanece expiado y lejano a nuestra razón y conocimiento. Teorías, tan sólo eso…



Pero lo cierto es que la vida sin la muerte es imposible de explicar, y sin la muerte; jamás habría vida. Porque para nacer se ha de estar muerto o ‘no-nacido’, y en ello perduran nuestras dudas, amén que el progreso retrase esa hora que los creyentes afirman marcada como destino; un sino imborrable en nuestro sello de natalidad.




Os contaré una historia…


“Hace bastantes años, mi madre dio clases de apoyo a una niña pequeña, no tendría más de diez años. Yo era un par de años menor e iba a otro colegio… Muchas tardes cuando salía de la escuela y lograba escaparme de la vista de los que venían a buscarme para llevarme a casa, corría con todas mis fuerzas hasta llegar adonde estaba mi madre; y muchas tardes la veía a Ella. Tenía el pelo muy negro, corto y laceo por encima de los hombros, un corte redondo y sin flequillo; se llamaba Cruz.


Yo siempre me quedaba impasible mirándola, mi madre se ponía histérica con eso y me decía que mirar a la gente así era de pésimo gusto; jamás le hacía caso cuando tenía a Cruz frente a mí. Era una niña diferente. Tenía la piel muy pálida, casi traslúcida, le podía contar las venas, casi sentir cómo burbujeaba la sangre con cada latido de su corazón corriendo por debajo de su piel. Yo me miraba, me veía tan “negra” a su lado que me daba rabia, y siempre cuando me duchaba al llegar a casa tras haberla visto me restregaba un par de veces más con la esponja a ver si se me aclaraba la piel…


Un día cuando llegué a ver a mi madre ésta no estaba en su aula, la esperé pacientemente dibujando en la pizarra – nunca me dejaba hacerlo- así que viendo que tardaba me puse encima de una silla y empecé a dibujar cosas. De pronto oí la voz de mi madre, un grito seco, ahogado a la vez, nombrando a alguien. Me bajé de la silla y eché a correr, cuando giré el pasillo recuerdo verla con toda la bata aquella que llevaban los profesores de ese centro absolutamente empapada en un líquido rojo, un rojo intenso… Corrí llamándola, y una profesora me cortó el paso y mi madre me dijo que no me moviera. Al poco vinieron unos hombres con una camilla, entraron en el baño, y a los segundos volvieron a salir con la camilla tapada por una sábana con alguien acostado ahí. Mi madre lloraba, y mientras forcejeaba con la profesora que me tenía agarrada vi el reloj de “Hello Kitty” que tenía Cruz; vi su muñeca dejándose caer por debajo de la sábana, su piel pálida, sus venas intensas… Le di una patada a la profesora y corrí hacia Ella, mi madre me dio alcance y me dijo que no pasaba nada.


Yo no entendía nada de la muerte, no sabía que una persona se pudiera ir para siempre; no verla jamás… No entendía que por muy bien que se escondiese, existiera un lugar donde alguien pudiera guarecerse tanto tiempo como para no ser encontrado nunca. No entendía que hubiera un sitio que no existiese; no entendía que en ese lugar inexistente, donde no se pudiera ir a buscar a alguien, a ver a alguien; que ahí fueran a parar las personas…


Lloraba y lloraba, seguía con la vista clavada hacia la nada, en dirección al reloj de Cruz y hacia su brazo pálido a pesar de que ya se la habían llevado y que la otra profesora se fue con aquellos hombres. Mi madre me dijo que Cruz se había ido al Cielo para siempre, y que por eso estaba tan pálida; porque se estaba convirtiendo en “ángel”… Y que su bata, que olía muy raro y muy mal, no estaba manchada de sangre; sino de pintura roja… Y jamás en la vida olvidé a Cruz, ni olvidaré nunca su cara, ni su cuerpo, ni su tono de voz; ¡imposible olvidar su mirada!…


Tenía leucemia, días atrás – esto lo supe siendo mucho más mayor – la niña fue al baño, vomitó sangre y mi madre llamó a sus padres alarmada. Sus padres le dijeron a mi madre que estaba enferma, que no habían dicho nada porque querían que la tratasen como a cualquier niño; que al menos merecía esa dignidad aunque supieran que iba a morir… La dignidad a veces pasa porque los demás nos consideren tal cual somos; iguales al resto aceptando nuestras propias diferencias. Cruz murió en brazos de mi madre, que la abrazó durante algunos minutos mientras rezaba, sufriendo más que por la niña por sus padres, por lo duro que sería informarles de algo así”…




¿Por qué nadie nos prepara para “vivir” la muerte?, ¿por qué nos esperanzamos e ilusionamos ante el hecho de traer vida al mundo y sin embargo nos embarga la desesperación cuando un ser querido enferma terminalmente o incluso muere?. La respuesta estaría en que aunque la vida que conocemos no sea un camino de rosas, al menos es algo palpable, tangible -¿quién nos asegura que será una vida fácil y llevadera?-, mientras que la muerte es algo oculto dentro de la nada, en un lugar igual de inexistente, impenetrable; tan misterioso que nos atemoriza -¿quién nos asegura que ese lugar inexistente no nos proporcione mejor “vida” que ésta que tenemos cuando traspasamos el umbral de lo intangible?-.



Me pregunto cómo actuaría el ser humano si supiera la fecha de su muerte, ¿seguiríamos siendo humanos?; ¿estaríamos sentenciados durante toda la existencia terrenal?... Creo que sabiendo el día en que volvemos a “no-existir”, realmente la “vida” carecería de sentido en sí misma… Jamás la viviríamos como la vivimos hoy; tan conscientes y a la vez tan inconsecuentes de que nacemos con un reloj invisible que nada más despertar nuestro primer llanto, activa la marcha atrás de nuestros días…



La vida es algo perecedero, algo caduco que ensombrece la esencia de la muerte que es realmente la de dar vida - el cómo, el dónde y el por qué jamás lo sabremos- y aunque nos aferremos a ella como la única realidad palpable, bien es cierto que albergamos una esperanza atónita para volver a renacer en otra existencia -llamadle dimensión si queréis- igual de caduca, que cierre un ciclo vital.




Una vez leí en un libro antiguo que compré en Londres, que cada persona tiene un ciclo vital despertado según las personas con las que conviva. Que cada una de las personas que pasan por nuestra vida (desde el tendero de la panadería hasta el que fue nuestro primer amor, pasando por nuestro vecino del ático y la señora que baja cada mañana, antes de salir tú al trabajo, a sacar al perro) tienen una importancia vital en nuestras futuras vidas, que siempre tenemos un número limitado de personas con las que interactuamos de manera más o menos activa a lo largo de nuestra existencia, y que despiertan roles sociales que ‘a posteriori’ cambiarán (el que ahora es nuestro padre quizá en vidas anteriores fue nuestro hijo), y que según nos interrelacionemos con ellos, así serán en nuestras futuras existencias (si hoy tienes un amor con el que te comportas de manera ilícita y en otra vida pasa a ser tu padre, cambiarán sus patrones de conducta). De modo que todos vamos variando a lo largo de nuestra vida de roles sociales, de sexo, y de lugares donde vivir. Las personas que viajan mucho tendrán una vida más larga -más dimensiones- porque irremediablemente habrán conocido a más personas con las que interactuar en el futuro, más allá de la existencia que al presente nos sujeta. Los pobres serán ricos, los ricos serán pobres, etcétera. ¿Mito o realidad?; ¡No se sabe!...



¿Dónde queda Dios en todo esto?. Dios es una figura sin rostro, un mar de sensaciones encontradas, una creencia de salvación antes que una certeza de muerte. Cambia de nombre, de origen, cambia de lugar; puede ser desde un “totem” hasta la esencia de una reliquia de madera añosa, desde un Alá que promulga guerras de Fe hasta un ser Misericordioso y “unitrino”. Pero lo que está claro es que es el timón de nuestras esperanzas, el reguero por el que caminar cuando se vive con tantas dudas, es el metrónomo del sordo, y el “lazarillo” del que no ve por dónde pisa…




La vida es un suspiro; poetas, antropólogos, sabios de la antigüedad… hablan de la existencia mundana como si fuera una lágrima que está a punto de caer, y cuando cae, ya no es lágrima, simplemente se fue; ¡se perdió la esencia!... Pero una lágrima, para ser lágrima debe de asomar y caer; resbalar mejillas abajo y estamparse en el suelo… La vida es esto; un segundo, un suspiro, una sonrisa… ¡una lágrima!.



La muerte es aquello que nadie ve, pero como dirían los filósofos; si se habla de ella, si la puedes imaginar, si puedes percibir su concepto; le estás dando vida. Y si vive existe, si existe es… Y por lo tanto, la recreamos en nuestra percepción magullada de dudas, perpetuando la idea agnóstica de que tal vez se erija en alguno de esos parajes exóticos que describía Platón en su “Paraíso Perdido”; escondida en una isla fugaz donde el tiempo se detiene…



Es paradójico y hasta siniestro pensar que la inmortalidad es perdurable a nuestra imagen; paradójico, digo, porque mi amigo Beli murió de cáncer linfático cuando tenía veintiséis años, y era tres años mayor que yo; y hoy yo soy mayor que él… Me pregunto si muchas abuelitas de hoy en día reconocerían a sus madres cuando aquellas murieron en edad temprana y hoy sus hijas le doblan la edad…



La vida es el misterio, no la muerte… La vida sólo son prismas de presente, posibilidades vacías de contenido, álgebras perdidas en los avatares de la econometría, funciones terrenales que no sirven para nada… La vida delimita las posibilidades de crecer, de creer, de querer… La vida son espejos encontrados que reflejan rostros y momentos que nunca existieron, porque tras suceder, pasan a ser pasado; y el pasado es algo que no existe, no es tangible, no se puede buscar, ni encontrar, ni retener… Las imágenes, los rostros… tan sólo son momentos fugaces de nuestra memoria, territorios explorados en los que recaemos para situarnos, localizaciones firmes que se solapan a momentos anhelados o falsamente vividos… Espejismos que tras ser “imaginados” o falsamente “rememoramos” estamos dando apariencia de existencia.




Lo último que Ella dijo fue: _“Seño, la semana que viene traeré caramelos que es mi cumpleaños”. Y al día siguiente ese “ángel” compró caramelos en el cielo, donde la esperaba, tal vez, otra vida, otro lugar, otro destino… Su reloj se quedó estancado en un cuarto de baño pequeño de un colegio donde se supone que te enseñan cosas para hacerte más ‘grande’ y mejor persona, donde te enseñan a relacionarte con los demás, ¡a vivir!; donde te preparan para un futuro… Un colegio ‘vacío’, sin pistas reales que nos lleven a dar con el por qué de las cosas que importan; aquellas que sí son ciertas, aquellas que no mueren, aquellas que siempre viven, aquellas que son tangibles: la vida y la muerte…



Me pregunto si Su rostro, el que yo vi y retengo en mi cabeza era real, si tú lo verías igual que yo lo vi; si lo recordarías tal cual yo lo revivo… Me pregunto si Su voz de trapo atrapada en su boca era de ella o de mi mente; ¿qué fue de los garabatos que dibujé en aquella pizarra?. ¿Qué sintió antes de morir?. ¿Qué pasó con aquella niña que se convertía en “ángel” mientras aún estaba viva?. ¿Cómo me veía ella a mí?, ¿qué pensaba de mí?... ¿Qué sensación le producía mi mirada expectante e impávida clavándole los ojos sin poder apartar la vista de Ella?.



Definitivamente vivimos en polos opuestos a nuestro espíritu que ansía perpetuarse, situarse en un lugar concreto donde siempre nos lleguen las cartas, y dónde siempre podamos abrirlas sabiendo que el remitente está en el lugar que marca el reverso. La vida nos demuestra que nada es eterno, pero que la eternidad existe y está plagada de esas pequeñas cosas que no vemos, tan sólo sentimos.



La vida y la muerte es una burla, expresiones terrenales que acaban en una nada llena de preguntas. La vida definitivamente es esa lágrima que cae al vacío, y el vacío es esa burbuja fugaz que se deshace y muere, vacua, silenciosa…



Y cuando percibimos un final cercano, la madeja tejida se convierte en seda virgen alcanzando todo su valor; observamos la vida con la nimia importancia que tienen las cosas que le dan color y la camuflan haciendo que nos adaptemos al medio. Comprendemos el valor de la amistad, de los afectos, de las sonrisas… la áspera sensación de las lágrimas ahogadas, el imperioso valor del silencio, el desconsuelo del dolor, la fuerza de las pasiones… Y cuando eso ocurre, estamos preparados para enfrentarnos al misterio, preparados para cabalgar a horcajadas y sin montura sobre un caballo sin domar; porque entendemos que mientras se bebe nunca se sacia la sed, que mientras andamos no hemos alcanzado aún el final del camino; que mientras lloramos la esperanza no se ha roto… Que mientras haya lágrimas derramándose, aún continúa la vida… Y que si existe ésta, existe la muerte; que tan sólo es una expresión, un término ignominioso carente de apología; y que con ella, hemos cruzado tan sólo la puerta que nos abre paso a un nuevo sendero…



Vivir y Morir… ¡Esperanza al fin y al cabo!


por Rocío Medina

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Sonia

Sonia dijo

Me encanta Rocio!!

23 Junio 2009 | 02:19 AM

Francisco Gordillo

Francisco Gordillo dijo

Sufres por la pérdida. Sufrir es bonito, es un sentimiento puro, como el odio o el amor, es parte del líquido primigenio donde germinan nuestros impulsos, es la gasolina de la vida. Aquel que sufre la ausencia de algo o alguien relevante esta vivo, y por lo tanto lo perdido pervive como parte de su esencia. El sufrimiento además, acarreará la explosión de otras formas de sentir, de manera inequívoca, universales, inmanejable, tales como el amor, el odio, la trieteza, la melancolía, todos ellos parte de la esencia de la persona que siente y no tiene miedo a sentir ergo a vivir.

Yo personalmente prefiero la melancolía ante la pérdida, de ella dijo Victor hugo (creo) que "la melancolía es la alegría de estar triste" y partiendo de esa base, el recuerdo de lo vivido con alguien o el anhelo de algo ya pasado, no es sino la alegría del tiempo compartido buyendo y palpitando en un mar hecho de miles de gotas que aglutinadas por la goma de la memoria en forma de colores, olores, sabores, risas, abrazos, roces y demás, nos transportan a aquellos momentos en presencia del que ya no está, sabiendo que nunca el recuerdo refleja fielmente lo vivido, sino la fibra misma del momento reflejada en nuestro interior.

Te honra que honres a tu amigo, sobre todo haciéndolo de manera tan sentida y sincera. Debió ser una persona magnífica para que alguien como tu hable de él así. Me has movido, y yo tengo una importante parte de cínico, no me ocurre con frecuencia. Gracias por hacerme sentir vivo a mi también, aunque solo sea un poquito más.

Que le llegue a tu amigo mi admiración a través de tus palabras!

1 Septiembre 2009 | 11:25 AM

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Sobre mí

- "The Secret of Health for both mind and body is not to mourn for the past, worry about the future, or anticipate troubles, but to Live in the Present moment wisely and earnestly". Buddha. - "Todos tomamos distintos caminos en la vida, pero no importa a dónde vayamos, tomamos un poco de cada quien", Tim McGraw

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