Las Lentejas
Querid@s Tod@s:
¡Nada de nada!, como ahora se peguen las lentejas verás tú qué risa más buena… Llevamos tres horas esperando a que las dichosas lentejas se ablanden y nada; ¡que no hay manera!…
Mi amiga Cuca acaba de venir de Alemania, y dice que allí hay de todo, pero que lentejas no, y le ha entrado el mono y no hemos podido hacer nada para evitarlo, ni Theese, ni yo. Así que Cuca ha llamado a su abuela y ésta le ha pasado con su ‘doméstica’, que al teléfono, le ha dicho que echase laurel y chorizos para dar consistencia, que si no sabrían a brebaje compuesto de agua sucia, pimientos y ajos… Así que aquí estamos las tres con una copa de vino en la mano mirando como borbotea la cazuela donde las lentejas no se pasan de duras a estado comestible, y donde flotan una cantidad imposible de ajos sin pelar, pimientos y chorizos descompuestos dejando flotar hilos sueltos. Yo no he querido decir nada por no echar más leña al fuego – en este caso a esa cacerola que chorrea ‘aguachirri’ hirviendo por los extremos, llenando la vitrocerámica de manchas que al caer desparraman por la cocina un intenso olor a quemado- pero yo ese despropósito de caldo con tropezones duros y atestado de ajos no lo pruebo ni loca.
Theese me mira con cara de drama y cuando Cuca mete las narices en la olla llenándose la cara de gotas de vapor, aprovecha para decirme que si estoy pensando en escaquearme que ni se me ocurra, que Cuca ha puesto mucho entusiasmo… Si, si, ¡si entusiasmo ha puesto!, pero será para matarnos de ardor de estómago; que con aquella olla de ajos no se acerca ni Paco Porras con su mata de perejil cogido al bisoñé del flequillo…
Media hora después Cuca en vista de que aquello se queda sin agua y sólo está cubierto por la capa de nutrientes antes descrita, resuelve que hay que añadirle una media botella de vino tinto que según nos cuenta, es muy socorrido para esas cosas… Y media hora justo después, se da cuenta de que la parte de abajo está pegada al perol, que debía haber recaído en el hecho de que a la comida se le debe dar unas vueltecitas de vez en cuando, y que no por poner el fuego al máximo, las cosas se hacen antes y mejor… Total, la cazuela entera fue a la basura directa pasadas las cuatro de la tarde y tuvimos que llamar a un ‘chino’ para que cocinara por nosotras; o sea, llamar al restaurante chino que a aquellas horas tuviera la santa paciencia de explicarle a mi amiga Cuca que su problema con las lentejas no tenía nada que ver con él, y que no llamaba a un asiático ni a un japonés, sino a un restaurante chino donde por más que te empeñes, no te traen "tataki de atún".
A las cinco de la tarde y diez minutos viene la comida, no sabemos si la sirvió un 'chino' o un 'mandarín' porque no se quitó el casco de la moto. Theese abrió la puerta y cargó con la bolsa dirección a la cocina, y Cuca pagó soltando un bufido.
La comida no sabía nada bien y Cuca agarró un berrinche que le costó una jaqueca…
Las mujeres cuando nos juntamos y nos hemos tomado más de tres copas de vino, si no atienden nuestras necesidades como las requerimos y en ese preciso instante, todo sin excepción está sujeto a ser criticado y a provocarnos un disgusto de muerte. Recuerdo como una vez mi amiga Cayetana, esperando a que abriesen la cafetería del aeropuerto durante más de cuarenta minutos, en cuanto abrió se abalanzó a los ‘croissants’ con lágrimas en los ojos de felicidad y agarró cuatro sin pensar en la dieta. Y cómo en cuanto probó uno, se fue derecha al encargado, y con más lágrimas aún –éstas de rabia- dijo que aquello era como un chicle endulzado y calentucho, y que a ver si se lo cambiaba por algo que tuviese jamón ‘del bueno’. Y como jamón ‘del bueno’ tampoco había, se negó a probar bocado hasta que llegamos al destino, y del disgusto que cogió y la ‘zapatiesta’ que armó, la gente no paraba de mirarnos allá por donde fuéramos. De hecho, recuerdo en la sala para fumadores a un señor gordito que antes de que ella sacase un cigarro le ofreció él el paquete de 'Malboro' y el mechero, por si acaso la tomaba con él y también le daba el viaje.
Después de medio dormitar viendo una de esas pelis hechas para televisión a las que yo siempre llamo “de amor y lujo”, donde siempre pasa alguna desgracia con alguien apuesto, y donde siempre el más apuesto todavía resuelve el caso y se queda con la chica… empezamos a repasarnos las unas a las otras de arriba a abajo. Cuca dijo que tenía que ir a hacerse la pedicura con urgencia, porque llevaba las uñas esmaltadas en color berenjena y con las sandalias que se iba a poner por la noche no pegaba ese color. Theese dijo que iba a ponerse rulos en el pelo para hacerse un peinado de ondas lánguidas y gordas como el que saca Marta Sánchez en el ‘videoclip’ con el guapísimo Carlos Baute, y yo directamente pensé en no salir porque mis amigas se habían encaprichado de los dos únicos vestidos que estaban disponibles para la fiesta de esa noche… Al final Theese me dejó un vestido suyo que se negaba a ponerse porque ya lo había usado en dos ocasiones, y ella estrenó el mío. Cuca como digo escogió el otro que era una monada con corte griego, y después de la decisión y horas antes de salir, los teléfonos empiezan a sonar…
La cosa de los teléfonos es algo muy curioso, yo en persona puedo hablar horas seguidas pero por ese cacharro, soy como un coche de control remoto sin pilas; arrastro las palabras y me cuesta lo suyo tener una conversación decente, pierdo el hilo varias veces y otras tantas estoy a por uvas. Así que cuando me llaman digo a Theese que coja el teléfono y la muy petarda acepta en mi nombre el que un tipo llamado Gus pase a buscarnos a casa para llevarnos a la fiesta. ¿Gus?, pero ¡qué clase de hombre decente se hace llamar Gus!. Gus de ¿gusano?, ¿la rana Gustavo?, ¿Gumersindo como el panadero de un cuento?... Pues eso, Gus era Antonio Gusando, un pesado con el que compartía clases de golf hace algún tiempo, cuando era una persona normal y respetable que se hacía llamar por su nombre: Antonio. Le perdí la pista al curso siguiente, cuando cogí clases particulares e iba sola y al preguntar por él me dijeron que se había casado y se había ido a vivir a Palma de Mallorca. Tiempo después me lo encontré en un restaurante, me dijo que se había separado y me dio su tarjeta, y tiempo después le llamé confundiéndolo con otro Antonio de otra tarjeta de trabajo, y ahí es cuando dijo que no le llamase Sr. Gusando, que como mucho le llamase Gus… Y a partir de ese tremendo y caótico error, fue cuando Antonio, ‘Gus a Secas’, empezó a llamarme más de dos días seguidos para quedar, y cuando desconsideradamente por mi parte, fue cuando anoté su teléfono en la agenda del mío para saber que si me llamaban de ese número no debía coger la llamada.
Pero llegamos al presente, mi amiga Theese no tenía ni idea de mis rarezas en cuanto a los nombres horteras, así que vio “GUS”, cogió la llamada, y en menos de dos horas tendré a este tío en la puerta de mi casa, y viéndome en la obligación de inventarme excusas para no haberle cogido el teléfono. Estas cosas las odio, ¿por qué me tengo que sentir obligada a tener que dar explicaciones ante algo tan simple?. Pues inquietantemente, es algo que los hombres de un modo u otro exigen, porque aunque la respuesta la conozcan de sobra siempre pretenden autoengañarse pese a estar la cosa más cristalina que el “Evian”.
Theese busca como loca una aspirina, se había puesto los rulos tan tirantes y tan llenos de laca para que se le quedasen las ondas bien hechas, que los últimos rulos se los había tenido literalmente que arrancar de la cabeza, y ahora era una cosa así como un pibón rubio con peluca enmarañada y ojos perfectamente delineados con Kölh y sombras ahumadas corriendo histérica en bragas por toda la casa. Cuca estaba soltando humo por la boca sin parar y tenía el pelo negro tan perfectamente brillante y laceo que parecía sacada de un anuncio “Pantene PRO-V”, y yo estaba enzarzada en la odisea de no saber en dónde había puesto las sandalias mientras Theese me distraía una y otra vez diciéndome que a ver qué iba a hacer ahora con el pelo así.
Gus asoma su cara por el interfono, las niñas entusiasmadas porque no es tan feo como yo lo puse –no dije que fuese feo, sino que no me gustaba- y cuando entra las dos al unísono le dicen: “¡Hola, Gus!”, y el Gus que yo conocía dijo al instante que se llamaba Antonio y me miró con cara de incredulidad. Estaba guapo vestido de ‘smoking’, pero claro, eso era algo que no se le podía apremiar porque tanto el ‘smoking’ como un buen traje de chaqueta hacen guapos a cualquiera…
Gus va a la cocina a por hielo y dice que huele a quemado, y todas gritamos… _“¡Las lentejas!”.
Gus se sentó entre Cuca y yo, y Theese no paraba de levantarse a cada dos minutos para ir al baño a mirarse el pelo; se ponía de espaldas al espejo con uno pequeño en su mano derecha para poder verse en el reflejo cómo le quedaba por detrás la melena. Y regresaba con el morro más pintado y torcido en una mueca de desaprobación máxima. Yo no lo se lo veía tan mal… Después de que Gus se terminó la segunda copa Cuca dijo alegremente que levantásemos el pandero que íbamos a llegar tarde, y Theese salió pitando nuevamente para el baño a darse el último retoque y desde ahí me grita que si puedo entrar un segundo.
Y yo sigo dándole vueltas a las lentejas, ahora que se me ha quedado el vestido de Theese pillado en el tacón de las sandalias, creo que la vida es como las lentejas; les pones entusiasmo y no se cuecen, les metes prisa y siguen duras, y cuando ya te llenas de paciencia; ¡se te pegan!… Las mujeres somos las lentejas y los hombres el condimento de chorizos, pimientos, laurel y ajo; sin toda esa mezcla las lentejas aún cargadas de nutrientes no hay quien se las coma. Y por ende, sin haber dado con un buen hombre-pimiento, un buen hombre- laurel y chorizo, y un buen ajo de hombre; estamos perdidas vagando por los cuentos de la cacuela al rojo vivo donde el agua se ha consumido y un vino avinagrado trata de sacar sustancia a aquella cosa tan poco apetitosa a la vista.
Pero yo ando ahora con el bajo del vestido de Theese metido en el tacón, Theese que es una santa pero por santa que sea, se apega a sus cosas, siente una punzada de dolor intenso que se vuelve contra mi con un gesto de disgusto colosal y me dice: _“¡Ya te has cargado el vestido!, ¿no?”, a lo que yo ciertamente cabreada y compungida digo: _ ¡No, Theese!, ¡tu vestido la ha tomado con mis sandalias! – aquí es muy rollo tía el desquitarse y echar las culpas a otro; lo que sea basta para redimirte- ¡Y sólo se ha descosido un poco el bajo, eso se arregla!… ¡Jo!, Theese, ¡lo siento! – seremos tías pero también amigas, y el sentimiento de culpa cuando es tu amiga la que lleva tu vestido no estrenado por ti sino por ella se apodera de nosotras y nos hace eximirnos de la mejor manera posible- ¿me perdonas?”. Theese me sonríe y dice: _ “¡Pues claro, boba!, Cuca… ¡pásame un cigarro!. Gus, digo… Antonio, nos dejas fumar en tu coche, ¿verdad?”.
A Gus no le hacía ninguna gracia que nadie fumase en su coche, había venido a recogernos con el coche ‘niquelao’, y desde luego se notaba que en ese auto nadie fumaba; pero es que no hay tío alguno en el mundo que vaya a recoger él solo a tres chicas y se pueda negar a dar un capricho tan tonto como ese si además la que lo pide es una rubia impresionante que le ruega poniendo morritos mientras se ha dado sola la respuesta encendiéndose el cigarro a la misma vez que cierra la puerta de un portazo. Veo cómo las sienes le comprimen el cuello por donde la pajarita se mantiene derecha, y como sonríe complaciente mientras toma asiento y baja el volumen de la música que se prende sola con el motor.
La fiesta no pintaba nada bien, porque nada más llegar, vislumbrábamos tales filas imposibles de coches aparcados en triples y cuartas filas medio apelotonados; que lo que inexorablemente nos fastidiaba era el hecho de que Gus no nos pudiese dejar en la misma puerta y se fuera por su cuenta a tratar de aparcar el coche. ¡La leche!... ¡Qué follón y qué desidia!, que tenemos que quedarnos abajo del todo subidas a unos tacones imposibles, recogiéndonos la cola del vestido, el bolso, y haciendo malabarismos para no caernos mientras con una mano sujetamos todo eso y con la otra –en el caso de Theese y Cuca- los cigarros. El caso es que esa visión no sucedió porque no nos bajamos del coche.
Gus se había terminado por cargar el poco entusiasmo que las chicas habían adquirido sobre su persona en un primer momento; ahora Gus era “el gusano de Gus”, que se negaba a dejar el coche, “¡su súper coche!”, aparcado en cualquier sitio y de cualquier forma pese a que nosotras insistíamos en que ahí no iba a venir ni la grúa, ni nadie a llevárselo y que todos los coches estaban igual de mal aparcados. Pero él, venga y venga dar vueltas con el coche; quería un sitio exclusivo donde la puerta del piloto tuviera espacio suficiente para meterse él y no tener que hacer ningún tejemaneje, la del copiloto y asientos traseros con espacio suficiente para que si llegábamos borrachas nos pudiésemos meter perfectamente y tener espacio para abrir la puerta sin temor a rayarle el coche, y por ende, para que el vecino del coche de al lado no hiciera lo mismo al abrir borracho la puerta del suyo y le diese un golpe a su ‘luxury car’… ¡Qué mal que nos estaba cayendo!.
La verdad es que no conozco a un sólo tío que llegado el caso en que no sea obligatorio dejar el coche al portero y no vea previamente en qué lugar lo va a ubicar, deje su preciado objeto en manos de otro. Se ponen irritables y es que no se fían, y preguntan una y otra vez…:_ “Ya pero… ¿dónde lo va a aparcar usted?, no, no… ¡dígamelo y ya lo aparco yo!... Si no es que no me fíe, ¡que sí me fío!, pero yo prefiero aparcarlo ahí en medio de las dos columnas, que es que este coche es muy grande… Bueno pero si luego molesta ya lo quita usted… ¿En ese hueco de ahí?, ¿ahí?... ¿dice usted que ahí cabe mi coche?, ¡pero cómo va a caber mi coche en ese hueco?... me da igual que ahí haya aparcado un todoterreno, este coche es más ancho seguro, ¡más ancho!, es que los todoterreno engañan mucho… “. Y cuando ya resignados tienen que dejarle las llaves, es como la suegra que no suelta la mano del hijo cuando se despide de ella después de la paella del domingo y piensa para sí: “Mi pobre niño de mis entrañas que se va con esa pelandrusca… ¡qué le hará esa petarda que cada día está más flaco y menos repuesto!”. ¡Pues lo mismo!… porque el coche de un hombre, es como la prolongación de su mano derecha, como una costilla, como un hijo, como ese ser pequeñito y débil que si ‘papi’ no lo baña, le cuida, y lo llena de mimitos y caprichos es un ser humano pésimo de mayor. Así que los hombres son los padres de sus coches y hacen lo propio: los limpian cada fin de semana, les compran las llantas último modelo del mercado, y lo miman a base de tías que dejan resbalar sus traseros redondos por la tapicería para sacarle brillo… Definitivamente los hombres sonríen más cuando te recogen en un buen coche –aumenta su ego y es como decir: _ “Chata, ¡que no vengo a recogerte solo!, jejeje… ¡que vengo con el Porsche!”, y esto reafirma su ego hasta limites insospechados porque se sienten más acompañados-. En cambio si van con un coche de los normalitos tirando a cutre, lo primero que hacen –antes incluso de darte un beso y saludarte- es echar balones fuera y excusarse por el coche que llevan, que además como ya les ha dejado el ánimo por los suelos ni se molestan en limpiarlo (es el hijo tonto que se le esconde por vergüenza, y como es tonto y nadie le tiene la fe suficiente para que demuestre nada, pues las camisetas de marca se le compran al hermano y al ‘tonto’, les dejas las de “merchandising” de la cerveza “Mahou”). Y claro, pues no vienen con tanta sonrisa ni el ánimo puesto, sino que como mucho te abren la puerta del coche y ni se esperan a que estés sentada para cerrártela, te dejan que te montes mientras ellos siguen hablando de que el coche bueno está en el taller y bla, bla, bla… ‘Ofú’, ¡qué pereza!. Se sienten solos en un coche que creen que no les aumenta el estilo, y entonces andan como perdidos y se hacen el jaleo padre mientras intentan besarte, y sin querer, echan la noche a perder.
Cuca ya se ha bajado hasta con el coche en marcha, ha visto a un amigo suyo y le ha dicho a Gus que le den, bien alto y bien claro, que es un jodido pelmazo; que la que está por rallar el coche es ella… Theese hubiera querido hacer lo mismo, entre lo que le hice al vestido y el bajón que teníamos todos ya, habría agarrado el bolso de diario –ese que es enorme y va lleno de todo tipo de bolígrafos, chicles, anticonceptivos, barras de labios, tarjetas, tampones, tapas de zapatos, medicinas, cremas hidratantes para manos, neceser de maquillaje, ropa interior de repuesto, prótesis para rellenar el sujetador, botellas de agua vacías, ‘kleenex’ usados y sin usar, revistas tamaño reducido, los cien mecheros que vamos cogiendo de cualquier parte sin darnos cuenta... - y le abría soltado un bolsazo en plena cabeza, mientras le gritaba que a ver si paraba de una puñetera vez para que pudiera bajarse... Pero él nada, seguía buscando el sitio apropiado hasta que iba tan despacio que pegué un tirón del freno de mano y le dije que ahí se quedaba.
La fiesta era un tumulto agresivo de gente guapa, tan guapa que te lloraban los ojos de ver el panorama tan saturado de hombres apuestos en ‘smoking’ y de mujeres mostrando sonrisa, bronceado y vestidos fantásticos a juego con los complementos más ideales… Entramos llenas de expectación y de cerca, las caras no eran tan estupendas, siempre pasa, pero lo bueno es que al fondo veíamos a Cuca muy bien acompañada y nos dirigimos hacia allá con una copa de 'champagne' en la mano que nos ofreció un chico del 'catering' nada más entrar…
Cuca nos presenta y continua hablando con gran convicción de que el verano no es verano, ni las vacaciones son vacaciones, si por medio no hay una fiesta como esa ni una estancia tostándose al sol en la cubierta de un barco. Pero las únicas que más vacaciones habíamos tenido éramos Theese y yo, y ninguna de las dos habíamos subido a barco, lancha, catamarán o yate alguno este año; así que nos miramos y tuvimos ganas de estrangularla ahí mismo.
La fiesta continuó animada, y las copas nos hicieron el favor de hacernos sentir más alegres y más guapas, a pesar de que yo ya me había tropezado varias veces con los tacones y llevaba el bajo del vestido haciendo doce centímetros más de cola, y a pesar también de que el remedio de última hora que se hizo Theese en los bucles del calor se había deshecho y ahora llevaba el mismo ‘look’ que Tina Turner… Cuca permanecía impoluta pero más borracha y andaba pidiendo cigarros a todo hombre guapo que veía con cara de fumador empedernido con “zippo” personalizado en plata.
Y por fin llega el hombre de la fiesta, el señor Gus, que se nos acerca y dice que por fin ha aparcado el coche… _ “Ah!, ¡pues fíjate qué bien!, ¡cuánto que me alegro por tu jodido coche!...¡espero que lo dejases en el aparcamiento del Ritz!”, pero Gus, con gesto de dolor agudo dijo: _ “¡Pues no!, al final es que era imposible y lo tuve que dejar en el primer sitio que vimos, al lado del niñato aquel que meaba en las ruedas del Audi”…
En fin, así son los hombres… no podemos tratar de comprenderlos porque es imposible. Dan vueltas y más vueltas buscando algo que a todas luces es absurdo para al final quedarse con lo primero que ya tenían a mano. Son prácticos y tratan de ser productivos, pero cuando les falla la logística del momento según la tenían planteada, no les hagas entrar en razón porque son como el caballo del picador; no ven más allá y tratan de calzar un pie talla 44 en un zapato del 36…
¡Como las lentejas!; si las quieres las comes –duras o como estén- y si no, las dejas – que ya llamaremos a un chino…
Besazo Grande,
Rocío Medina
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Rafael Moreno Prieto dijo
1, Me niego a que me llames hombre-chorizo
2. Me trae sin cuidado el coche, lo dejo en cualquier lado y si voy a un sitio donde no me lo aparcan, simplemente no voy. MI coche no es mi extensión de nada y mi ego esta bien, gracias, a mandar.
3. Gus me parece un nombre "divino", no entiendo el prolema, a mi puedes llamarme Raf, que me parece de lo más cool.
4. No soy nada practico y si muy productivo, aunque no he hecho nada para evirar aquello ni para conseguir esto, la verdad
5. Me encantan las lentejas, más todavia si las trae un chino, o mandarín, no nos pngamos intolerantes.
Con Dios
14 Octubre 2009 | 03:18 AM