La Coctelera

rociomedina

"Chic By Accident"

26 Septiembre 2010

Los Cirujanos

Los cirujanos son las manos de Dios en la tierra, siempre lo he pensado. Me atormenta seriamente creer lo contrario porque después de que el anestesista se tome el café y te deje inconsciente del mundo y de todo... ahí que delegas tu alma, tu vida y tu cuerpo a manos de un señor o señora que husmea en tu dolor tratando de arreglar los desaguisados de la vida: enfermedades, accidentes... Lo cierto es que no paramos de pensar que si en algún momento necesitásemos una cura sin remedio no hay Dios mejor bajado del cielo que un buen cirujano, las cosas como son.

Tengo amigos cirujanos de todo tipo: los hay más altos y más bajos, más rubios y más morenos, delgados, rechonchos, algunos hasta con melena, y otros con grave tendencia a la calvicie severa. Unos son más simpáticos, otros más introvertidos, algunos excesivos en sus formas y gustos, y otros súper comedidos. También es verdad que hay otro punto interesante que destacar: "las especialidades" y "subespecialidades". Porque para el ciudadano medio se nos hace muy difícil distinguir a los facultativos de esta rama sanitaria y las variantes categorías en las que encajarlos según la urgencia médica. Para el común de los mortales un médico es un médico (extiende recetas de todo tipo y te da un volante para el especialista), y un cirujano es el que te opera; pero básicamente son doctores y como tales, entendemos que su trabajo consiste en aliviarnos del dolor del modo que sea y en cualquier circunstancia. Que estamos en un avión y se nos atraganta el montadito, pues ahí que siempre se recurre a grito pelado a la frase de: "¿Hay algún médico en la sala?". Y si el médico no está en coma inducido por dos Orfidales -será médico, pero igualmente tiene derecho a tener pánico a volar por ejemplo, o a estar durmiendo la siesta en el camarote del barco de un colega inmerso en los efectos secundarios de los mareos naúticos- seguro que tímidamente levanta una mano presa del pánico escénico ante la presión de los cuatrocientos pasajeros puesta en su nuca mientas va pensando: ¡A ver qué carajo pasa ahora!, a ver si no va a ser un amago de infarto - que yo soy cardiólogo- y como mucho voy a saber reconocer que tiene una leve arritmia del susto!. En caso de haberse tomado el somnífero se le despierta igualmente para que proceda con su misión - aquí nunca mejor dicho- de "matasanos". Para lo cual, les exigimos que sea fuerte, resolutivo, que tome el control, que sepa como proceder, y que su propio malestar sea disuelto ‘ipso facto' dándonos lo mejor de sí mismo.

Os voy a poner en antecedentes para que quede claro a los no doctos de qué quiero hablar.

Últimamente estoy más famélica que de costumbre, lo sé, no debería ser así... el caso es que no puedo evitarlo y por más que como me paso todo el tiempo del mundo pensando en comida. Y cuanto más como, más ganas de comer tengo. Así que decidí que por más que mi negatividad me asediase por cada esquina de mi psique haciéndome recordar que los hospitales es un lugar tedioso de luz cenital, salas de espera donde ves alguna vez algún ‘homeless' pasando la noche agarrado a su tinto envuelto en periódicos y con olor a desinfectante malo - si eres médico o sucedáneo dirás seguramente que huele a limpito-, yo decidí que tenía que tomar cartas en el asunto, y este asunto sólo podía resolverlo un doctor en condiciones. Total, que ahí estoy yo, mirándome las manos, mirando mi bolso ciento cincuenta y siete veces, repasando mentalmente las últimas llamadas que hice, investigando las posibilidades de mi móvil, mirando las fotos de las revistas... lo que se dice estar en una sala de espera donde sólo tienes que esperar muerta del aburrimiento y con un gran nudo en la tripa (en mi caso por el hambre y por los nervios). A la hora y tres cuartos aparece la chica que me atendió en el mostrador mascando chicle con vehemencia, llevaba un lápiz sujeto al moño del pelo y unas ojeras que llegaban con toda probabilidad hasta las pantorrillas, pero ya no le podía mirar mucho más debajo de la boca porque hizo una pompa y me aclaró con un dedo que yo era la siguiente y que la siguiera.

Voy detrás de la mascadora compulsiva de chicle de fresa que hace pompas con él de mala gana y muerde esa goma edulcorada con tanto ahínco que me duelen mis mandíbulas de imaginar el esfuerzo, golpea la puerta con los nudillos y de nuevo me señala con el dedo para que pase dentro. Cuando estoy a su altura me suelta una carpeta, que de inmediato me coge antes de que la agarre el señor con bata blanca que tengo delante. Estiro la mano al médico, que me sonríe y me hace sentarme. Le cuento mi problema mientras me mira desaforadamente sin pestañear ni un segundo mientras hace ruiditos con la boca en señal de que comprende coma a coma lo que le estoy contando; termino y me dice: _" ¡Pero tú no estás gorda!... eso es la ansiedad, guapa. A ver, ¿a qué te dedicas?". ¡Vaya por Dios!, le cuento a qué me dedico y parece decepcionado enviándome sin más solución a un Internista. Y dicho eso, me dice que si ya puestos me tiene que recetar algo más, le digo que no y me alarga la mano con gesto de alivio, no sin antes haberme hecho un montón de preguntas que duraron más que mi consulta para rellenar formularios en un ordenador bastante cochambroso.

Internista, internista.... ¡internista!. Internada, internada, internada... estoy tan angustiada que me he parado frente a una tienda de licores que mostraban en el escaparate unos croissants maravillosos y me he comprado dos para volver en sí. ¡Internista!, médico internista; suena a médico complicado que resuelve casos de órdago de gente patológicamente fatal y que debe llevar miles de años entubada en una cama. Así que llego a casa y busco en internet qué es un médico internista exactamente, y ¡alehop!, según ese maravilloso bazar online de respuestas este señor es el que se dedica a la atención integral del adulto enfermo, sobre todo a los problemas clínicos de la mayoría de los pacientes que se encuentran ingresados en un hospital. Ay! ¡que me van a ingresar!... tiro el segundo croissant a la basura medio mordisqueado culpándole a él de todo, y miro de nuevo a ver si hay algo en internet acerca de ese dichoso internista; no encuentro nada excepto que efectivamente está colegiado en Madrid.

Días después tras los trámites pertinentes llega mi cita con ese señor, yo por si un caso me pasé toda la mañana en ayunas (en realidad desde las diez y media hasta las doce que tenía la cita), y cuando llego curiosamente no tengo que esperar más de diez minutos. Miro al Internista, él me mira a mí, le cuento tímidamente que estoy agobiada porque como mucho, él se ríe y me dice que cuánto es mucho... y yo le digo que no sé cuánto es mucho pero que debe ser una barbaridad porque siempre tengo hambre. Me mira y me dice que si hago ejercicio, que si me estreso mucho, que si es desde siempre, que si eso afecta a mi vida diaria... voy pensando las respuestas y le digo que no me afecta más que el hecho de saber que tarde o temprano cambiará mi metabolismo y seré obesa en tres meses, se ríe y me dice que vuelva para entonces pero que debe ser cosa del estrés del día a día. ¿Así que no va a internarme?, ¡qué alivio!, si es que me preocupo por nada, un palabro fuera de mi vocabulario habitual como es internista y ya estoy sufriendo dolorosamente. Le sonrío, le doy las gracias, me devuelve la sonrisa y me dice que pruebe con un nutricionista, que ya que tengo la suerte de tener apetito a todas horas y de metabolizarlo bien, que al menos si estoy preocupada me haga un estudio para saber cómo combinar los alimentos. Le digo que así lo haré y él complacido me vuelve a interrogar para rellenar datos en un ordenador más moderno. Total, que sigo teniendo hambre y ningún médico me lo cura... El caso, os preguntaréis, es que yo empecé a hablar de los cirujanos, y he derivado el tema hablando de algo tan poco importante como mis hábitos alimenticios, y tenéis razón, pero os lo contaba por lo siguiente.

Cuando salgo de la consulta de este simpático internista, que al menos a mí me atendió sin estar internada, me paré en un kiosco que había a la salida, ojeando detenidamente algún artículo me llamó una amiga desde lejos... cuando estaba a mi altura me dijo que si ya venía de ver a Paula. Y entonces fue cuando me enteré por casualidad que una amiga de la época de la facultad estaba ingresada en el hospital recién operada de cambio de sexo (dos noticias en una). "¿Paula?, ¿Paula la rubia?... ¿Paula?", pues sí, esa misma. Una chica que en la facultad tenía que quitarse a los tíos de encima a cañonazos. Mi amiga Elvira estaba yendo en ese momento a visitarla antes de la hora de las comidas, así que me rogó que la acompañase y yo estaba en ‘shock'.

Paula ahora es Pablo, tenía la cara diferente pero los mismos ojos. Tenía la cara más angulosa, más de hombre, distinta, pero la misma piel a pesar de haberse vuelto más rugosa y dura por la barba. Tenía las mismas manos y la misma estatura, los mismos pies pequeños que se veían cuando se quitaba los zapatos en época de exámenes y se tumbaba en el césped de la universidad a repasar apuntes. Tenía el mismo acento pero diferente voz, y yo me quedé sin la mía. Ella me miraba y me decía que le hacía ilusión que hubiese ido a verla o verle... y que entendía que se me escapase el llamarla Paula y no Pablo; que pasaba a menudo pero que no tenía importancia, que era cuestión de acostumbrarse. Y yo no paraba de pensar en que alguien se había metido en el cuerpo de Paula en el quirófano y nos la había devuelto hecha unos zorros, con más masa muscular pero como desabrida, como a medio hacer, como si fuese otra persona... Y quería hacerle mil preguntas, porque no era la típica niña que cuando la conoces te de la impresión de estar en un cuerpo equivocado, de ser asexual o poco afeminada sino al revés. Pero no podía hablar, la miraba y sabía que estaba ahí en sus ojos, en las cosas que vivimos, en su nueva piel hormonada; pero al mismo tiempo de Paula no quedaba físicamente ni rastro.

Paula nos dijo que ahora tenía ‘pito', pero que nos lo enseñaría cuando hubiesen pasado unos meses, y yo le dije que ya sabía cómo eran y que no hacía falta; me sonrió y me dijo que me lo pensaba enseñar igualmente y para más INRI me aseguró que ahora podría tratar de ligar conmigo. Elvira y ella se empezaron a reír como dos locas mientras yo estaba cada vez más nerviosa hasta que al final empecé a reírme yo también.

A la hora de comer entró Miguel, su padre, nos saludó con intensidad y nos pidió que ya que estábamos, que no dejásemos solos a Pau (aún no se había acostumbrado como yo a llamarle Pablo) y así aprovechaba para bajar a comer algo. Y Paula nos contó cómo siempre quiso ser un chico, cómo se sentía ahora y la decisión tan difícil que tuvo que asumir en su vida. Había comido y seguía hablando desde lo más profundo de su corazón, con los ojos envueltos en luz y lágrimas, sin mirarnos, mirándose así misma y a esa verdad que ahora podría destapar ante el mundo... Y yo estaba absorta.

Tumbada en esa camilla sentía que la vida le estaba dando una nueva oportunidad, sentía que después de enfrentarse a sus miedos y ser valiente enfrentándose a ese mundo tranquilo y familiar que la acogía como Paula y la protegía ante los males de la vida estaba dejando morir a ella misma. Ahogando su verdad en una nebulosa de dudas y miedos que la atormentaban día y noche privándole de todas aquellas necesidades íntimas más vitales que la comida, el trabajo y una casa. Privándola de enamorarse plenamente, privándola de ser él, privándola de poder respirar sin sentir culpabilidad al haber usurpado una entidad humana que no le pertenecía. Y que con cada curva de su cuerpo, se resbalaban un poco más sus sueños y su apetencia hacia la vida. Así que decidió liberarse, poner punto y final a su existencia, redimir su tragedia en busca de otros mundos más allá de la muerte tras ese amargo trago de agua donde disolvió decenas de pastillas. El médico que la atendió tras despertarse del coma era un psiquiatra, cuando se descubrió viva y en un hospital empezó a llorar y gritar según nos contó, hasta que por fin desnudó el alma y poco tiempo después empezó a hormonarse.

Y un día por fin se pudo operar, y su cirujano le devolvió la vida estando muerta en un mundo donde respiraba sin aliento siendo un ente extraño en un cuerpo de mujer rabiosamente guapa. Y cambió a Dios por él, aunque pudo hacer las paces con el primero de ellos.

_ "Y ahí estaba, muerto de miedo, pero contento, muy contento... el día más feliz de mi vida de todos los que recuerdo hasta que me vi el ‘pito'. Pero nervioso, mi vida estaba en manos de un señor vestido de verde con un gorro y una mascarilla tras la que me decía que cuando despertase ya sería un hombre completamente y que todo iría bien. Y mi vida pasó a ser la suya, su responsabilidad... el fracaso de mi vida sería el suyo, su culpa. Y ese cirujano aceptó ser mi Dios de por vida, crearme de nuevo, parirme otra vez. Ese cirujano al que yo no recé nunca acogió mis plegarias sin ser nada suyo y generosamente quiso cumplir mis ruegos, ser mi luz... Y fue ese cirujano el que me vio desnudo cuando yo era incapaz de mirarme, el que me daba un apretón de manos cuando flaqueaban mis fuerzas y me venía abajo con mi angustia y mi temor. El que comprendía mi ansiedad y mi destrozo, el que me hablaba como un padre haciéndome saber que debía tener unas expectativas realistas. El que me hacía soñar con una nueva vida pero con los pies en la tierra. El que me quitó el miedo andrógino de ser una mitad de cualquier cosa y no esa pieza entera que latía dentro de mí por vivir aquello que por fuera moría. Con miles de esperanzas y esa ilusión de quién espera entrar en el salón la mañana de Reyes y descubrir todos los regalos bajé al quirófano; y yo no podía hacer nada, tan solo esperar, tan sólo delegar una vida entera en las manos de alguien que tiene su propia vida y para el que yo tan sólo era una rutina más dentro de su abanico diario. Delegar en alguien mi vida, traspasarle mi problema y con él toda la responsabilidad de solucionarlo, lanzarle mis sueños, mis esperanzas, al vacío de su erudita experiencia, de sus manos expertas que hagan tomar forma a través del bisturí los manuales médicos que han ocupado horas y horas de su tiempo en estudio. Y dejarme arrastrar por la quimera de la anestesia pensando que tras esas horas volvería a la vida siendo Pablo, que habría matado a Paula para siempre. Que ese cirujano hizo el trabajo que Dios no quiso hacer, que se pringó las manos con mi sangre haciendo que sus horas de sacrificio y esfuerzo restados a su vida productiva estudiando sin parar fueran destinadas a darme esa vida que tenía que haber tenido cuando nací por primera vez... Y desperté y estaba allí, mi Dios, ¡mi héroe!, diciéndome que todo estaba bien y que no tirase de las sábanas que aún no podía mirarme el ‘colgajo'; que todo estaba bien, muy bien, que descansara... Pablo, ¡descansa!... ¡Pablo!, fue él el que me llamó Pablo siendo Pablo completamente. El primero que me cogió la mano de nuevo como lo hace Dios para arrastrarte al mundo convencido de que ahora ya no era un error..."

Y aquí estamos, empapados en la alegría de Paula que ahora es Pablo... en que las cosas sencillas que no podemos apreciar día a día se escriben con horas de estudio y generosidad inhumana. Tal vez cambien de nombre: anestesiólogos, oncólogos... y tal vez ni nuestros males sean tan grandes ni tan enormes sus diagnósticos. Incluso es justo decir que la mayoría de las veces, como he dicho antes, sus especialidades se nos escapen entre tanto tecnicismo y acoplemos la primera nomenclatura rara de la subespecialidad a la que se dedique reduciéndola al simple término de cirujano. Puede que el mundo globalizado en el que vivimos tenga una mancha capitalista de doble moral, y que la vuelta humanista a los principios sea un retroceso en los avances de la ciencia, el doble rasero con el que juzgamos a los demás bajo el prisma del que no sufre el mal ajeno nos cree criterios éticos preconcebidos cuando no es nuestro dolor el que se escurre por los ojos ajenos. Pero en la cercanía y en el conocimiento de las cosas se halla la sabiduría, se cierne el poder que hace mimetizarte con el otro creando esa empatía que nos acerca como humanos a todo aquello que como ‘monos' sapiens nos empeñamos en criticar de oídas. Las tragedias más sonoras se mascan siempre de cerca y en la penumbra de la oscuridad guarecen calladas en el alma de alguien de quién nos empeñamos en no escuchar su sollozo. Dice el refrán que no hay más ciego que el que no quiere ver, ni más sordo que el que no quiere oír, ni más tonto que el que no quiere entender; y así sucesivamente. Y tiene razón, podemos hacernos los sordos ante el llanto del que sufre, los ciegos ante aquel que nos incomoda al mirarle, los tontos ante el que nos pide ayuda haciéndole creer que no comprendemos qué nos está pidiendo; pero no por ello dejan de existir. Los cirujanos son aquellos seres que oyen aún cuando se está en silencio, que ven aún no mirando, y que comprenden aunque les tratemos como tontos. Y puede inclusive que tengan diferentes significados y acepciones según versan ellos mismos, pero sin lugar a dudas un cirujano es, como dije al principio: aquel señor que porta las manos de Dios en la tierra y permanece omnipresente sin horarios de ningún tipo a lo largo de toda su vida.

Nota: El concepto histórico que hoy conocemos de "enfermedad" fue introducido por Hipócrates que apostaba por la idea de que las enfermedades siguen un curso desde sus primeros indicios hasta desenlace (terrible o feliz). Por lo tanto, el padre de la medicina y solemne creador del "Juramento Hipocrático" introdujo así el Historial Clínico, un boceto que versa sobre la historia natural de la enfermedad que expresa con toda precisión el término "patología". Dichos Historiales son una forma de historia natural, pero no transmiten nada de la persona, ni de su experiencia mientras afronta su enfermedad, ni de su lucha por sobrevivirla. En un historial clínico riguroso no hay "sujeto", sino frases del tipo "hembra albina trisómica de 21" que podría igualmente aplicarse a una rata. El ser humano lucha, padece, sufre... es un "quién" -además de un "qué"- a veces muy necesario para la comprensión de una determinada enfermedad. Los médicos, y más cada vez hoy en día, elaboran un riguroso historial clínico para volver a situar al sujeto, al individuo, al ser humano, como ‘centro' en relación con el reconocimiento médico físico. Gracias a la labor de muchos médicos que saben aunar ciencia y humanismo (igual que Hipócrates supo aunar medicina y filosofía -facultades ‘¡a priori' enfrentadas y no yuxtapuestas- ) hoy en día al margen de ciertos decrépitos moralistas hay ‘cura' para pacientes, que alejados de estos singulares círculos científicos-humanistas, no merecen una cura quirúrgica, sino que su ‘mal' está reducido a otras áreas como la psicología y la psiquiatría. Igualmente Hipócrates luchó en su época dando apoyo científico ante esas dicotomías tan al gusto de la época donde el puro desconocimiento de la enfermedad se teñía de tintes espiritistas, supersticiosos o divinos.

Nota 1: Un amigo mío especialista en Microcirugía de la Mano, el Dr. Roger de Oña, hace un par de meses me dijo: _"Uno deja de ser médico cuando se convierte en cirujano". Hasta finales del siglo XVIII (en Francia y Alemania) o mediados del XIX (en España) las profesiones de Cirujano y de Médico eran diferentes, incluso con distintas consideraciones sociales. Por si un caso pido excusas por ir alternando y/o mezclando ambos términos.

Guy de Chauliac (1260-1368): Hizo una descripción del cirujano a la que los siglos poco han añadido y nada han quitado: "Que el cirujano sea audaz en las cosas seguras y precavido en las peligrosas; que evite los tratamientos y prácticas defectuosas. Debe ser amable con el enfermo, respetuoso con sus compañeros, cauteloso en sus pronósticos. Que sea modesto, digno, amable, compadecido y misericordioso; que no codicie el dinero ni sea socaliñero; que su recompensa sea según su trabajo, los medios del paciente, la clase del asunto y con su propia dignidad". Cirujano Francés.

M.G.Saphir ((1795-1858) Escritor alemán: "¿Qué respuesta daría a quién le preguntase: ¿quiere caer en manos de un abogado o de un médico?. La misma que daría a quién me agrediese con las palabras: ¡la bolsa o la vida!".

Rocío Medina

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

enrique alonso matey

enrique alonso matey dijo

alucino, que cosas se te ocurren
un abrazo, Enrique

27 Septiembre 2010 | 12:51 AM

Miso Hino

Miso Hino dijo

por alusiones,

cirujano metáfisico discrepo abiertamente, un cirujano vulgar no es más que un carnicero especializado en la rama de la vivisección y sus subvariantes, el cirujano que se considera cirujano por encima de médico es como el artista que se considera a sí mismo por encima de su obra,

no hemos de glorificar a estos mortales, su fino bisturí y demás elementos de despieze no han de pretender acariciar la límbica línea que separa el cuerpo físico del metáfisico, la idolatría que se les profiera puede hacerles caer en este error de base, error para el cual están seriamente prevenidos pero no adiestrados pues no hay correa capaz de atar al ego (aunque sí redimirlo), el cirujano obra obras y no milagros,

entiendo bien el sentimiento cuasi prófugo por lo exaltado que pueden provocar estos guerreros de la prestidigitación cárnica, sobre todo en una fémina, pero únicamente la etiqueta médico debe colgarles, la consistencia física con que lleven a término sus ideales no le acercan ni de lejos al misticismo,

todo esto lo digo por, como dije, alusiones,

las polaridades, por ese complejo de fusión que les da natural ser, incita a la confusión por frustración, y es que no se pueden mezclar elementos físicos y metafísicos así tan fácilmente,

la rama de la cirujía metafísica abarca un amplio espectro de posibilidades cuasikármicas/cuasicárnicas, me especializé en la rama de la metafísica entrepernal y no puedo menos que escandalizarme ante semejante retahíla de jolgoriosos gorgoritos chipiripifláuticos freudianos para con la figura del vulgar cirujano físico,

el desconocimiento especializado de la gente en general genera individuos de pura hipótesis que rabian por un cuerpo, esto aplica a todo, desde la ignorancia a la no aceptación,

para que una chica que se siente chico alcanze plenamente su transformación antes de transgredir su cuerpo ha de recomponer su alma, para ello se crearon los tres principios básicos de la metatransformación entrepernal:

1) no es lo mismo la chica que quiere ser chico que el chico que quiere ser chica, el segundo caso es una enfermedad y hay que estirparla,

2) el feto siempre nace mujer por eso sólo el hombre puede ganar, si vas a vencerte ríndele póstuma pleitesía con tu cuerpo,

3) la mujer es inferior físicamente pero superior genéticamente, si se te sube sométela por la fuerza (o ponla debajo),

Hay una cuarta que es "no discutas con un hombre con semen de otro dentro de los güevos", pero no suele darse el caso por eso la omito,

Estas tres normas son un bálsamo para los constreñidos espíritus hermafroditas, permite tomar bruta conciencia de la realidad; la exposición de estos principios van secundados de una exposición práctica o demostración, por ello adjunto siempre un doblemente exhaustivo planning de unas semanas; al final la sujeta (sujeta o no) se somete a la operación física o no, pero ya su alma está ubicada plenamente en su bisexualidad metafísica,

Un cirujano de carne y hueso no puede operar nunca plenamente a una mujer, su proceso de conversión no es pleno porque el ser en su último cambio deja atrás la cruda realidad de un cuerpo nunca despreciado en su justa medida por los acicates de la moral,

recuerda, la cirujía físicosexual es el expelente de la fuerza moral,

saludos membrales,

30 Septiembre 2010 | 09:37 PM

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