La Coctelera

rociomedina

"Chic By Accident"

12 Octubre 2010

Cuando las mujeres beben churros y cuando los hombres comen Fanta

Queridos Tod@s:

Me hallo sentada al borde de una mesa de mantel fucsia con centro de mesa lleno de ababoles o amapolas, al gusto de cada cual, y repleto de velas rojas y púrpuras con olor a lavanda. Estoy que me va a dar algo de un momento a otro; entre la alergia y ese mareo de colores y olores fuertes lo de la comida va a ser algo bastante indigesto, desde ya os lo digo.

Mi tío Manuel Enrique nos ha invitado a conocer al novio de su hija, así que después de la cena íntima que tuvieron ayer y donde resolvieron que era un buen chico hoy ha abierto las puertas de su salón para que el chaval se sienta más arropado con gente de su edad. Mi prima, que aunque compartimos apellido está provista de una genética recesiva bastante difícil e imprevisible, se ha empeñado en vestir ella la mesa y claro, cuando hemos aparecido entre que las paredes son rojas y el mantel estaba teñido de aquel color cabreante hemos acabado todos con un dolor de cabeza insoportable.

Por su parte mi tía Cuchi - si, se llama así desde que la conozco y ¡haced el favor de no reírse!- hace siglos que dio por imposible a mi tío, así que estuvo durante toda la comida ignorando las incursiones políticas de mi tío Manuel Enrique y haciendo lo propio: seguir sometiendo a su invitado al ‘tercer grado' voluntario.

Mi tía Cuchi es una gran dama, una dama de esas que siempre llevan todo a juego y que cuando algo descoloca su sentido asentado de las cosas se sumerge de lleno en la búsqueda de la píldora correcta para soportar ese encontronazo con la realidad. Mi tío Manuel Enrique es alto, tiene una voz atronadora, es un loco de la caza y luce siempre un gran bigote espeso desde que recuerdo. Se repeina su pelo oscuro hacia atrás y si le vieses con poca luz sentado creerías que se ha escapado de alguna película del siglo XIX. Siempre va con traje de chaqueta y zapatos de cordones.

Cuando mi prima Cuchita -¡que no os riáis!, ¡que ya no sé cómo decíroslo!- nos ha presentado a su querido Mariano casi nos caemos de culo al ver lo guapo que era (los chicos no, obvio, pero dieron por hecho que si tenía un físico con pintaza seguro que también estaba provisto de sentido del humor; tradúzcase a que daban por hecho que no era un pringado, ni un penoso... o sea, un tío que mola). Así pues, estábamos con nuestro futuro primo "El Molón" sentados a la mesa y teníamos todos que contener las ganas locas de hacer preguntas, a lo que mi tía Cuchi respondió con un acaparamiento total y absoluto del pobre primo Mariano - y lo de ‘primo' no va con segundas- y haciendo caso omiso cuando mi tío se enzarzaba en el problemón nacional. De momento hasta aquí nadie sabía si Mariano sería ‘guay' o no, pero nos quedó claro que listo era un rato; logró esquivar airosamente todas las preguntas de mi tía y lo mejor de todo es que la dejó visiblemente satisfecha.

La injusticia más grave del mundo social es claramente, pensaba yo, ese momento que estaba viviendo y presenciando: otorgamos una etiqueta conductora de buenos propósitos y aperturas a nuestro mundo íntimo, familiar, etcétera con tan sólo echar un vistazo a la pericia estilosa del que tenemos enfrente. Si hubiese sido feo le habríamos mirado con compasión e incredulidad - Cuchita es bien guapa a pesar del resbalón filológico de su nombre-, si hubiese sido normaducho - o sea, que ni ‘fu' ni ‘fa'- le habríamos mirado escépticos, pero como el chaval tenía una pinta inmejorable, una estatura consideradamente agradecida y buen pelo; pues aquí estábamos todos que se nos caía la baba con el ‘buen partido' - expresión que resalto porque la detesto con todas mis fuerzas- que mi prima había traído a casa y que aguantó estoicamente toda una cena con mi tío Manuel Enrique y tuvo las agallas de repetir mesa al día siguiente; es que él, mi tío, es de los que cuesta aguantar a menos que seas de su familia o te mediques sin control.

Mariano es algo así como un gurú de algo, no se sabe a ciencia cierta de qué -porque mi tía Cuchi lo contaba entusiasmada al resto de mis tías y a alguna amiga suya que nos acompañaba a la hora del té- pero lo que estaba claro es que aunque fuese un gurú en el mismo arte que el que practicaba "Jack El Destripador", aquello que fuera lo que le contó a mi tía le dejó más que satisfecha (ya os dije que era listo en el regateo). También dijo mi tía que su padres eran de origen gallego pero que no podía precisar en qué lugar tenían la finca, y que estudió en alguna universidad de por ahí en EEUU y con buenas notas (esto lo resaltó levantando un dedo y abriendo mucho los ojos). Total, que Mariano estaba ya bendecido en casa aunque no se supiese muy bien nada de él, tan sólo se sabía que el chaval había logrado cosechar a su paso porciones incontables de entusiasmo en la poco entusiasta casa de mis tíos ‘los Cuchis'.

Cuchita entra de pronto y yo pego un respingo, ella suspira con cara de enamorada (ya sabemos todos lo que es: mejillas teñidas en ligero rubor, ojos abiertos más de la cuenta modelo "tipsy but not drunk", cara sonriente a medio camino entre sonreír por todo y ser mema del todo, mirada de "la vie in rose", y pensamiento con un pie en el altar y otro en Barbados para pasar la luna de miel) y se sienta a mi lado susurrándome en el oído que qué me parece su amado Mariano, el hombre del que nada se sabe a ciencia cierta. La miro dispuesta a contestar, y ella cierra los ojos con fuerza y los abre mirándome de reojo, y aquí es cuando recuerdo aquella novela de Alcott donde la heroína Imperia es acusada por su marido, el Conde Stennio, de no creer en el amor: _"Tú eres igual a la flor oriental de la camelia traída por los jesuitas, hermosa pero sin el aroma del amor", cosa cierta, así que esta hermosa e insensible mujer veneciana cuya idea del matrimonio resultaba totalmente fastidiosa, al suicidarse su esposo por tanto despecho se dio cuenta de cuánto le quería en el fondo y que su pérdida le producía un dolor insoportable que la tenía llorando por los rincones diciendo cosas tan poéticas como ésta: _"Una flor puede brotar sin perfume, pero una mujer no puede florecer sin amor". Total, que como mi prima me hace con su cara de mueca tediosa recordar fragmentos de libros que leo en ratos tontos - ¡ojo!, que con esto no quiero decir que el libro no merezca la pena- y hace darme cuenta que en realidad no busca mi opinión verdadera sino la que quiere oír, resuelvo en decirle que su Mariano es estupendo y ella complacida me aprieta con ganas en un abrazo envuelto en las dudas de ese recién estrenado frenesí tan inesperado.

Che Montijo, amiga amiguísima de mi tía que presenciaba la escena suspiró y entre susurros dijo aquello tan socorrido en el vocabulario de las abuelas: _ "Juventud, ¡divino tesoro!", y su amiga Clementina Bonano remató diciendo: _ "¡Tampoco son tan jóvenes!, que como se descuiden un poco se les pasa el arroz y eso ya no lo arregla nadie". Mi tía acabó indigestándose con la pastita que deglutía ajena a esta realidad tan aplastante y mi prima ruborizada se levantó a palmear la espalda de Tía Cuchi a ver si recuperaba color dejando libre su garganta del atoramiento sufrido. Cuando recuperó tono y parecía que el oxígeno ya circulaba a sus anchas por el cerebro, mi tía, que no puede remediar el corregir la cosas en el momento en que pasan, puso los puntos sobre las íes: _ "Mi sobrina - o sea, yo- es la que es un caso perdido, pero Cuchita ¡ni hablar!, esta noche en la cena le digo a Mariano que su talla de anillo es la 15, la niña es guapa pero tiene los dedos rechonchos como su abuela ¡qué le vamos a hacer!. Y tú, Cuchita, la próxima vez que me atragante no me des golpes en la espalda, tienes que darme un golpe cerca del esternón, pero asegúrate de que lo haces tú y no cualquiera de los bestias que hay en esta casa, no quiero que me rompan la pleura". ¡Amén!. Mi prima y yo salimos despavoridas según mi tía se recolocaba satisfecha de su intervención en la mesita mientras se acercaba la taza del té a la boca.

Fuera estaba Mariano, el salvador de la juventud no aprovechada de Cuchita, junto con varios primos míos dando vueltas alrededor de un "quad" que acababa de comprar mi primo Gonzalo para hacer el cabra por el monte -el kamikaze, vamos- y aportando su granito de pericia en Dios sabrá qué sobre el tema. Gonzalo, que por primo mío que sea no deja de ser un hombre y ya se sabe que cuando a los hombres se les alaba piropeando su juguetito nuevo se vuelven niños traviesos cargados de ilusión, sonríe sin parar de mirar su cuatriciclo y aseguro que hasta con ganas de tirarse en plancha encima de esa máquina para comérsela a besos. Mi tío Manuel Enrique que estaba hablando por teléfono se giró al escuchar las risas con un volumen revolucionario y enarcó una ceja en señal de desaprobación; bajaron el tono.

Los hombres son... son... ay! Dios, ¡cómo lo expresaría!: son como extraterrestres enfundados en piel hormonada desprendiendo feromonas para someternos a la desidia pura en el momento más inoportuno de nuestra vida. Porque vamos a ver; ¿dónde están esos hombres cuando estamos de bajón en casa y necesitamos contarle a ese ser masculino que nadie nos comprende y que necesitamos que nos escuchen - hombres-?. Pues en ese momento ese mastodonte humanoide no está, estamos las amigas al otro lado del teléfono aguantando estoicamente una conversación sobre lo mismo durante horas y horas sin sacar nada en claro. O está la peli ñoña de turno que siempre nos hace llorar con más motivo pero que nos optimiza el ánimo al desviar la causa de nuestras lágrimas a lo sensibloide de la película y no hacia nuestro propio drama. ¿Dónde están estos especímenes cuando necesitamos un abrazo masculino?, ¿o un beso?, ¿o simplemente que nos lleven al cine porque nos sentimos solas y aburridas?. Pues nada, ¡están con los ‘quad'!, afanados en la tarea de escrudiñar minuciosamente cada una de las piezas del chisme antes nombrado.

En cambio cuando estamos en época dichosa donde por fin hemos hecho las paces con nuestro peso, con nuestro jefe acatando aliviadas el sueldo a cobrar, con nuestras hermanas mayores que son unas pesadas, con ese estigma social que hace que con treinta nos sintamos octogenarias resecas... ¡zas!, ahí aparece el extraterrestre X,Y para desequilibrar nuestra psique imponiéndonos de manera descarada el que dejemos de ser autosuficientes y pasemos a ser dependientes del "sms" con mensajitos que nos hacen tener la boca resbalosa soltando babas a casi todas horas, dedos ágiles para responder al segundo esa misiva espacial que viaja por cable con letras comidas, descentramiento general en todo, subversión preocupante por parte de nuestro mundo hormonal y mal pago innecesario de todo tipo de caprichos chulescos que nos miran desde los escaparates porque estamos de buen humor y todo nos parece divertido e inocente. Los hombres son ese antídoto contra la depresión no diagnosticada pero a su vez; sin un antídoto para poder zafarnos de ellos en el momento en que necesitamos parar ese desequilibrio anacrónico que se nos implanta en las tripas y nos hace reír y llorar casi al mismo tiempo, o que nos hace ser estúpidas más de la cuenta y en las ocasiones menos oportunas.

Nada, ¡que ahí siguen!... subiendo y bajando del ‘quad' y turnándose la siguiente carrera; felices, inconscientes, parando el tiempo que les separa de los quince años... estampa cándida de su radiante puerilidad. Esa inocencia traviesa desprovista de malicia cuando es su propio don genético el que le otorga esa despreocupación desmedida e instintiva.

Asoma Cuchita desde su balcón, y con la cara empotrada en las rejas llama a su amado, que rompe con la magia del momento "los chicos y sus cosas" para volver a la dura realidad del adulto; atender necesidades mayores cuando estás en casa de esa novia expectante que te mantiene en un sueño ligero y receloso de que la nube de algodón de azúcar se desparrame por los derroteros de la cotidianidad y te salpique la terrorífica nublo de azufre del día a día urbano, coñazo y rutinario.

_ "Ya subo, Cariño... ¡un segundo!". Normal, un segundo en el tema del motor es directamente proporcional a nuestros segundos de chica cuando el hombre nos espera aparcado en la puerta de casa para llevarnos a cenar. Y quince minutos después...

Prima Cuchita: _ "Marianoooo, ¿pero subes o qué?. ¡te llevo esperando media hora!". ¡Lógico!, si él acorta los tiempos nosotras tenemos derecho a subirlos. Y Cuchita vuelve a apoltronar la cara en las rejas y esta vez no quita la vista hasta que se asegura que Mariano entra en casa.

Después de cuarenta minutos aparece Mariano con claro gesto de angustia, mi primo Gonzalo le dice que van a montar a caballo que si les acompaña, y él dice que se encuentra mal y que se queda con Cuchita. Le dejo sentado en el porche y subo a hablar con mi prima, que está tumbada en la cama con la almohada comprimiéndole la cabeza. Estaba desolada, me dijo que alentada por su madre le preguntó a Mariano que cuándo le venía bien casarse, si por el verano o mejor cerca del otoño, y que su amado se puso nervioso, balbuceaba y acabó diciendo que él aún no había pensado en ello y que le parecía precipitado el hablarlo en ese momento, y más aún en territorio "enemigo". Total, que Cuchita se quedó noqueada y le mandó a hacer gárgaras y al momento se acordó del comentario de Clementina Bonano y recapacitó, y aunque Mariano aseguró que sabía que el comentario no iba en serio algo dentro de él se había desteñido.

Mi tía Cuchi sube las escaleras en ese instante, lo sé porque me hace ponerme de los nervios cada vez que hace uso de ese ‘tic' suyo tan molesto acústicamente; algo así como: _ "Cuchiiiiiiiiitaaaa, Cuchiiiitaaaaaaa, Cuchi, Cuchi, Cuchiiiiiiiiiita... querida, ¿dónde estás. ¡Cuchiiiiiiiiiiitaaaaaaa!" (anexionad esas palabras con un peculiar tono irritante de voz puntiaguda a la hora de pronunciar: ¡su despiadado ‘tic'!). Y de pronto mi tía toca la puerta, y antes de recibir permiso para inmiscuirse en nuestra privacidad se cuela dentro y pregunta alarmada que qué hacemos ahí las dos tumbadas en la cama dejando a su querido futuro yerno - experto en algo aún sin precisar- solo en el jardín con el pesado de mi tío. Mi prima se quita la almohada de la cabeza, se incorpora lentamente sobre la cama, me mira con gesto de drama y explota diciendo: _"Mamaaaaaaaaaaaaaaá, éste no se casa, ¡no se casa!"... aquí cuarenta y cinco minutos enteros hablando sobre el suceso hasta que mi tía se asoma a la ventana haciendo uso del tic antes descrito: _ "Manuel Enriiiiiiiiiiiique ¡sube por favor!, es importante...", y mi tía hace lo que Cuchita dejándose marcada la cara con las rejas hasta que ve desaparecer la sombra de mi tío entrando en la casa y a posteriori escucha las suelas de sus zapatos de cuero subiendo hacia el cuarto. Mi tía le cuenta, mi prima llora y llora, y yo que quiero salir de aquella escena tan privada cuando por un momento mi cabeza vuela y vuela pensando en el pobre Mariano y en la que le ha caído encima (Mariano y Cuchita llevan saliendo cuatro meses aunque según mi prima se conocían desde hacía año y medio) no puedo porque mi tío desaprueba irritado el que me levante de la cama en ese momento tan crítico.

Después de muchos más minutos de tensión, lloros, desesperación y maquinaciones varias por parte de mi tía Cuchita que parecía tener bajo manga un montón de planes B salimos del cuarto con una prima más aliviada que me susurra por lo bajini: _"Ro, nada, ¡no haré nada!... yo ¡como si tal cosa!, ya viste a mamá lo tensa y preocupada que está. Así que yo con Mariano todo mega guay hasta que pasen unos meses más; y ya con las vacaciones que nos pague papá ahí le vuelvo a sacar el tema que dice mamá que es lo mejor". Yo no digo ni mú; ¡ellos sabrán!.

Hora de cenar y los chicos no aparecen, excepto Mariano que todos sabemos que está en su cuarto duchándose hace más de dos horas y treinta y siete minutos que Cuchita los lleva bien contados; pero todos comprendemos que le pudiera resultar tenso y desagradable el sentarse con nosotros sosteniendo un silencio inaudito después de haberle hecho llorar a mi prima durante toda la tarde, haber producido una jaqueca impresionante a mi tía que se había tenido que tomar varias pastillas para contener al máximo el esfuerzo por tener buena cara y actuar como si mi prima no le hubiese puesto al tanto de todo coma por coma, y haber hecho que mi tío Manuel Enrique se perdiese la corrida de toros que daban en televisión; silencio que seguramente rompería mi tía Cuchi sometiéndole de nuevo a otra batería de preguntas en tropel. El chaval no salía y mi tía estaba histérica llamando por vigésimo sexta vez a mis primos a ver cuándo tenían pensado venir a cenar. Gonzalo entra de golpe sonriendo y bramando sobre lo bien que huele la cena. Mariano asoma las orejas por el ‘office' y sonríe tímido y desdeñoso apostillando que además de oler bien debe estar riquísima. ¡Todos a cenar!.

Silencio y silencio. Mis primos ajenos a la tragedia que se maceraba lenta y espesamente con cada trago largo y áspero nos miraban en busca de respuestas a mi prima y a mí mientras Mariano se iba encogiendo visiblemente en su silla preso de un pánico escénico. Mi primo Álvaro que es de los que saben contar chistes hizo un intento por salvar la cena y casi lo logra al tercer chiste, pero mi tío Manuel Enrique dijo que no estaba el horno para calentar bollos - así mismo lo dijo- y Álvaro que prometía mejorar mucho la velada con el cuarto que era de Lepe tuvo que afanarse en los caracoles que según supo mi tía eran el plato preferido de ese futuro y previsible ‘no yerno' que tenía la cara blanca como el mantel que ordenó mi tía poner después de asegurarse haber hecho desaparecer el fucsia del día anterior.

Terminó la cena, los chicos se retiran abajo a jugar al billar y mi tía agarra a mi tío del brazo y le dice bien claro que se esfume; nos quedamos solas las tres. Mi tía Cuchi dice a mi prima que no ha ido tan mal, que mañana será mejor y al otro aún mejor y que sea positiva, y que por lo que yo - dirigiéndose a mí con mirada desafiante- más quiera que no desaliente a mi prima Cuchita con esas opiniones horrendas -según mi tía- que tengo entorno a las relaciones y demás, y me hace prometérselo como siete veces. Y acto seguido ordena a las cocineras que preparen para el desayuno de mañana además de los bollos de canela y las rosquillas unos buenos churros, y nada de café - esto lo deja bien claro- nada de nada de cafeína ni cosas que alteren los nervios, si preguntan se les dice que no queda y que beban zumo de naranja natural que las vitaminas vienen fenomenal para todo.

Mi prima Cuchita se despide de mí, quiere darse un baño y meterse en la cama, y me pide que si puedo que le haga el favor de hablar a solas con Mariano para asegurarse de que está bien, que ella no quiere bajar para que no se sienta molesto ni presionado; se lo prometo y me bajo donde los chicos mientras ella agarra del salón el periódico y se sube a su cuarto arrastrando los pies.

Abajo los chicos estaban aullando de felicidad; tiraban los dardos de la diana desde una distancia considerablemente más lejana de lo normal. Hablaban del coche nuevo de Mariano, de las suspensiones, del color de los asientos... y cuando me miran se giran divertidos preguntándome por Cuchita; Mariano baja la mirada.

Y al día siguiente y los siguientes días el discurrir del buen tiempo trajo la armonía, y ya no importaba si desayunábamos con churros o con Fanta, ni importaba si mis primos y sus amigos nos invadían con risas de resaca al pedir comer "fanta de esa de naranja" y beber un poquito de churros; porque había sol, y la piscina estaba helada pero apetecible. Y mi prima se relajó cuando La Bonano se fue a su casa de una buena vez; y sobretodo porque al romper la promesa que le hice a mi tía Cuchi pude hablar con ella y hacerla entender que presionar no es el mejor modo de estar por la vida, que el tiempo tenía su propia voz... Y el quad volvía lleno de tierra y barro, y los perritos les seguían hasta un tramo avanzado del camino. Mi tío Manuel Enrique cogió indigestión de caracoles y mi tía Cuchi se sonreía cuando le acercaba el servicio sus purés pensando que por fin iba a hacer dieta...

Y Cuchita y su Mariano se daban besos tímidos cuando mi tía disimulaba no estar mirándoles, y el futuro primísimo tuvo que seguir contestando preguntas; y volvíamos a jugar por las noches al billar. Y bueno, los hombres seguían con sus cosas y nosotras con las nuestras... Ya sabéis todos: las mujeres con sus churros y los hombres con sus fantas.

Besazo Grande,
Rocío Medina

P.D.: ¡Mariano y mi prima Cuchita se casan en Septiembre!

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busman

busman dijo

Ante todo decir que sólo pretendo dar mi opinión cuando digo que esta historia, además de estar perfectamente escrita, es cotidiana, de todos los días, vamos, que todos tenemos o hemos tenido situaciones similares.
No me parece extraño que Mariano, en casa extraña y llevando tan solo cuatro meses con Cuchita, no haya pensado en boda. Lo que sí me parece extraño, o más que extraño, criticable, es que la Tía Cuchi presione de esa forma a su hija con el tema de la pareja. Es como si mi madre tuviera que elegir la marca de preservativo que tengo que usar con mi pareja, o con quien me dé la gana. Aún así, efectivamente hay "madres" que tienen trazada mentalmente la línea de vida de sus hijos y en cuanto se salen lo más mínimo...ponen el grito en el cielo. Desde aquí quiero formar una plataforma: Plataforma para la Independecia de la Descendencia (PIDE). Con ella pretendo que los hijos tengamos en cuenta la opinión de nuestros padres, pero sólo eso: TENGAMOS EN CUENTA (como una opinión más).
Ro, ya es tarde, porque Cuchita ya se ha casado, pero...dile a tu tía Cuchi que debe dar más correa a Cuchi, al menos desde que se divorcie, que tal y como está el panorama...no tardará demasiado. Ya lo decía alguien: "algunos matrimonios acaban bien, pero otros duran toda la vida". Ójala me equivoque, desde luego, y que vivan felices para siempre.

3 Junio 2011 | 01:39 PM

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Sobre mí

- "The Secret of Health for both mind and body is not to mourn for the past, worry about the future, or anticipate troubles, but to Live in the Present moment wisely and earnestly". Buddha. - "Todos tomamos distintos caminos en la vida, pero no importa a dónde vayamos, tomamos un poco de cada quien", Tim McGraw
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