La Coctelera

rociomedina

"Chic By Accident"

29 Noviembre 2008

L'Afrique Sauvage

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“L’Afrique Sauvage”

por Rocío Medina

Al amanecer las sabanas arbustivas, que son mayoría en África, desperezaron un horizonte naranja, el polvo dorado de la bruma salpicaba la luz que se filtraba por la arboleda de la selva, y la luz radiante del día escocía de belleza los ojos. Sotos convertidos en mares de tierra, que es el color de la ropa que usan en estas llanuras, manan de espesura la vida borboteante de animales salvajes y atropellados por su propia naturaleza, como ese gran “Búfalo Cafre” negro y enorme, que se pasa las horas más cálidas del día durmiendo en el “bush” y rumiando cerca de cualquier charca, río o laguna; porque en el África Oriental no hay pantanos. Y cuando sale, se impregna su piel oscura de una costra sucia y dura. O bien elige un paisaje sombrío del bosque, como si fuera un mal cuento de hadas donde las brujas albergan sus cabañas, y ahí confinados entre espesos matorrales, mantiene su carácter tozudo, malvado y poseído por un crónico mal humor que se refleja en sus grandes ojos teñidos de negro azulado, brillantes y salvajemente protegidos bajo unos poderosos cuernos; son la viva imagen viviente de la más desenfrenada violencia. Y cuando es mortalmente herido, sus casi ochocientos kilos de peso se dejan caer poco a poco a la espesura de la tierra, alargando la cabeza y emitiendo un mugido muy especial que los cazadores controlan, así que nadie se aproxima nunca a esa presa sin antes haber oído este singular grito de muerte.

Y en las selvas, aquellos hombres de ropa verde cruzaban las planicies a pie, ayudados por las viejas vías de los madereros que facilitan el camino de la foresta, dejando los ‘todoterrenos’ aparcados en un lugar con existencia humana, y se adentraban rifle en mano, atraídos como imanes a esa llamada depredadora; la naturaleza les aguardaba con todo su esplendor. El olor a sangre, la propia vida; ese torrente de sentimientos incontrolados se adentra selva a través para encarnizarse en una lucha cuerpo a cuerpo. Donde la filosofía del cazador no es la cantidad de abates, sino la calidad, tanto en la cacería en sí como en los trofeos a abatir. Les gusta ese “trabajo”. Cazan ‘pisteando’, disfrutando y “recechando”, preocupándose en definitiva por involucrarse dentro de esa selva, mimetizándose con ella; algo que desde un coche sería imposible hacer. Así que en coche ojean la zona, y después se lanzan largas horas al ‘rececho’ a pie para dar alcance al animal.

Importantes conservacionistas aseguran de hecho, que la población de elefantes se ha beneficiado gracias a un sistema que permite a los cazadores matar un número limitado de ellos que ya han sido seleccionados por su edad y género. Una ley pragmática que en contra de lo que los más reivindicativos activistas anti-caza aseguran, los cazadores de rececho ya llevan a rajatabla como parte de esa premisa moral que ellos mismos adjudican sin necesidad de un sistema que haya de ser regulado por ley. No olvidemos que son amantes de la naturaleza ante todo. Y prueba de ello es que estos países tienen una población de elefantes, por ejemplo, abundante y sana. Y de igual modo, son ellos mismos, estos cazadores, los que luchan con críticas feroces contra los terratenientes irresponsables que permiten prácticas poco éticas como cazar animales enjaulados o disparar desde un vehículo. Así como luchan ferozmente contra los cazadores furtivos, cuyas repugnantes y deleznables hazañas ayudan a acrecentar el mal ‘marketing’ que tienen los verdaderos cazadores.

En Sudáfrica, por ejemplo, los terratenientes obtuvieron permisos especiales para dejar que los cazadores mataran a rinocerontes machos excedentes cuando la especie comenzó a recuperarse. Hecho que incentivó a la compra de más tierra para animales y muchos científicos han asegurado que esta práctica ha sido el motivo de la recuperación de la población de estos.

El experto de la Universidad de Zimbadwe, “Peter Lindsey”, asegura sin lugar a dudas, que si la caza se prohibiese las consecuencias serían devastadoras para la conservación de muchas especies (como ya ocurre en Kenya, donde la caza lleva prohibida veinte años y las poblaciones deben ser “reducidas” bajo cuerda y en secreto para preservar la foresta literalmente devorada por los ‘paquidermos’).

Aún así, cazar en África se resume fácil; esperar, esperar y esperar, así hasta doce horas al día.

Dicen los que entienden de caza que ‘los recechos’ son realmente complicados en algunos terrenos secos, porque moverse en el silencio es muy difícil; entre otras cosas porque los animales rara vez van solos, y la presión que los predadores naturales ejercen sobre estos animales es muy alta, desde los “chacales” hasta los “leopardos”; así que viven en alerta permanente.

En el norte de Sudáfrica, con el “Río Limpopo” haciendo de frontera con Botswana, me contó un cazador que a su llegada vio un inmenso “leopardo”, y que todas las mañanas veía las huellas de la “hiena”, porque en las sabanas no van en manadas sino que van solos. Con las altas temperaturas, la dirección del viento es impredecible, y uno de los animales más bellos, una hembra de “Steenbok”, un antílope de menos de quince kilos y unos cuarenta centímetros de altura, se acercó a un “waterhole” o ‘punto de agua’ muy levemente, no a beber, porque apenas lo necesitan, sino para lamer una piedra de minerales, y que sintió como un escalofrío; su fragilidad, su belleza... Me asegura que era como ver a un “corzo” en miniatura a unos diez metros de él; no podía dejar de pensar en atrapar esa ‘pieza’, hacerla suya, revolcarse en su belleza, pero no era un macho, así que no disparó. No imagino estar allí y no contemplar a los grupos de hembras y algún machete joven de “Kudus” sin acercarse a los puestos con menos precauciones que los machos.

Y los “facos”, los famosos ‘facos’ apenas se dejaron ver, resultaban esquivos, se movían mucho con el agua que había en la zona y con los abundantes pastos no entraron ni un sólo día a los ‘puestos’, igual que las “cebras” u otras especies.

Pero “hunting is hunting”.... y después de ocho horas en el “blind” o ‘puesto’, el cazador sigue atento, mirando cada arbusto y cada detalle; como hacen los cazadores de todo el mundo sin importar condición ni razón, tan sólo dogma...

Y en la frondosidad de la selva, su silencio despertado por el sonido que pocos conocen, las especies vivas que nunca sucumben al letargo, corean eufonías armónicas que encajan en ese mundo atropellado de una rutina irracional y violenta, que embellece la propia esencia de la vida; sin principio, sin final… Y su espesor no deja ver nada, y su humedad te empapa...

Aunque hay quien dice que cazar en Sudáfrica está lejos de esas ideas románticas de lugares inexplorados y de campamentos en la sabana; porque las granjas se encuentran delimitadas por vallas en alojamientos de primera categoría.

Pese a todo y de cualquier forma, los increíbles atardeceres cenando en el ‘boma’, bajo la luz de una hoguera, levantarse de la cama y ver los “wildebeest” o ‘ñus’ corriendo a cien metros de tí, ver un ‘punto de agua’ desde el porche mientras te tomas un café es algo que no parece de este mundo... Y de pronto, aparecen un grupo formado por nueve “orix” en el puesto, a tan sólo treinta metros de distancia, comiendo o peleándose entre ellos, que te hacen olvidar las largas horas de espera.

Y es que “el rececho” es muy difícil durante la época seca (de Mayo a Octubre) por la hierba punzante y el ruido que se hace al andar. La forma más juiciosa de cazar es la de ‘los puntos de agua’, donde los animales se acercan a beber mientras los cazadores a primeras horas de la mañana, les esperan en ‘puestos’ cavados en el suelo de Namibia por ejemplo, y cubiertos por barro y ramas, donde dentro se está fresco y puedes estirar las piernas.

Siempre había escuchado que quien visita África no piensa en otra cosa más que en volver. Y aunque hay quien dice que no es más que un tópico, lo cierto es que África tiene algo que atrapa; un aroma especial que inunda las fosas nasales y que permanece en lo más profundo del corazón.

La selva: Congo, Centro África, Camerún; “Río Lobeque” y sus ‘búfalos enanos’, ‘bongos’, ‘sitatungas’, ‘hilocheros’, ‘potamoqueros’, ‘duikers’... El cielo no se deja ver cuando estás metido en la zona de foresta, que es todo el rato, y el cazador traga miedo agolpado en latidos más fuertes que el propio silencio, y ‘tira’ cerca, irremediablemente cerca, porque prácticamente no se ve ni a un elefante en veinte metros de distancia...

En la foresta el polvo es gris, como en la sabana es rojo o anaranjado; y los árboles, todos los que están cerca de una pista, se elevan al cielo en la espesura de la selva, y la ropa se vuelve roja, completamente roja, y al lavarte la piel se ha quedado encarnizada en ese polvo de la África más salvaje...

Y el cazador no domesticado; ese cazador de África, se adentra presuroso entre ese silencio de palabras, donde sólo siente la llamada animal que lo purifica y lo mimetiza, sangre a sangre; movido por el impulso de los latidos de su corazón… Y cae la noche en la selva, el hombre se despereza cansado cuando la luna asoma tímida en un cielo raso. Las bajas temperaturas encogen su cuerpo cansado, y los escalofríos le reconfortan pese al cansancio. El pelo suelto, la melena rubia enmarañada del sudor y el barro se agita suavemente en su piel ya tostada.

Pequeñito en ese océano de verdes selvas, donde la tierra es roja y el horizonte se denota espeso, el primitivismo de lo neutro se desprende del convencionalismo gastado de una sociedad que encasilla y enjuicia torpemente la riqueza y los sabores que ni prueba ni entiende, y despojado de la autonomía del capitalismo y el avance de la vida, se prueba el cazador de “rececho”, dando su vida por la propia vida; como un torero en el ruedo de la arena, del coso de aplausos por sangre, de capotes, estocadas y ‘cornás’, y se envuelve en el lecho de la muerte en la tierra, con la sangre, y la piel desgastadas en la premisa de querer atrapar la belleza. Sin razón, sin sentido, sólo ese envite bestia que te crece con el pálpito del alma, avanza presuntuoso el animal con raciocinio, impulsado por la marea de su propia naturaleza desbocada y desmediatizada…

El hombre torna a su origen, y alcanza al animal cerca; se miden, se prueban, y en el cuerpo a cuerpo, se despoja de las vestiduras de la vida que occidente conoce, y varea la cuerda floja del raciocinio a golpes de latidos, y la belleza, la sinrazón, y el sentimiento; se mezclan unidos en la lucha por poseerse, por volver al principio, por depredar sin ser depredado… Y el cuerpo duele, duele tanto como la adrenalina va creciendo dentro, los ojos redondos y verdes del cazador intrépido se clavan estáticos en los del animal apunto de ataque. El calor impregna la ropa, el miedo y la humedad empujan hasta el alma, y la incertidumbre de la espera moja la frente brillante y curtida del cazador salvaje. La melena dorada tapa ahora uno de sus ojos, aún fijos en esa presa que ‘entra’, y él espera al momento en que la ‘trufa’ destile vaho de lucha para abalanzar su envite contra él. Emoción y aliento se unen ahora en el mismo duelo, destensan las emociones que engarrotan su cuerpo y lo amarran al ímpetu de la espera, y seca su frente, con sus manos rotas de arañazos de “guerra”. Y la rodilla le duele...

El animal bello luce cuernos enroscados en una pieza de quinientos kilos, y el animal de ciudad luce rifle abrillantado con munición de metrópoli… Caminan lentos, la bestia le mira con ojos enormes y negros, un vaho de lucha destila ahora su gigante ‘trufa’ negra, amorra el hocico deseando la sangre de su nueva presa, y el cazador; prisionero del pánico y de su adrenalina desatada, genera un veneno autóctono que lo lanza a la lucha más primitiva… Morir y vivir, todo se reduce a eso, y el corazón paraliza, mantiene estático en su puesto de visitante al que se sabe no invitado a ese mundo al que irremediablemente pertenece como herencia ancestral, y por fin da alcance a su presa, y la rodilla le lanza un latigazo de dolor agudo, pero no piensa en eso mientras camina durante horas buscando el punto donde el animal tras el disparo ha huido.

El cazador salvaje, que emigra de su urbe para contemplar lo bello, apresarlo y hacerlo suyo, no entiende de modas en horas de caza, huye del término que lo clasifica como ese asesino despiadado de animales indomesticables, y simplemente lo reduce a un modo de vivir. El sello distinguido de ese ‘animal humano de rececho’ que deja un avión tras de sí con sus trajes de ejecutivo adornando vestidores, no entiende de cacerías; ni mayores, ni menores, sino de la llamada salvaje de la propia naturaleza que lo reclama como un imán. Necesita volver a su mundo, a la fiereza que crea vida fuera de leyes y dogmas, más que la propia sinergia de la vida y la muerte, de la lucha primitiva que nos une a nuestros ancestros; la odisea mancillada del hombre de ciudad que convive siglos adelantados al propio surgir de la vida… El hombre predador no entiende de ‘hobbies’ de ciudad con rifle y ‘piezas’ soltadas en un redil, dispuestas a ser apresadas, inocentes y desprotegidas, sino del volver al origen de todo; donde luchar para vivir o morir se convierten en el día a día.

Por tanto, igual que el jinete se hermana y se armoniza con su caballo, haciéndose uno sólo; una pieza indivisible en la postal añeja de un hipódromo enarbolado de blandidos rivales que ansían la misma meta. De igual modo el cazador es llamado a la tierra sin dueño, a la naturaleza no prostituida, al arbitraje de sus propias leyes; donde se unen la fuerza y el asalto, la carne contra la carne, la fiereza contra la estampa de la fiera que se abalanza sobre la presa; devorándose mutuamente.

La caza salvaje es un modo de vida, una actitud, una personalidad que mantiene genes primitivos del hombre que sale a retarse contra su propia naturaleza animal, cuyo equilibrio de ciudad pasa por la necesidad de mantener su espíritu, calmando su sed de aire, de viento, de lluvia, de oler el campo y sentir la vida en pleno pulso contra ella, salvarse, vivir; ansiar derramar la sangre de esa bestia que estornuda, bella y fiera, a tan sólo quince metros de ti. Sentir su aliento caliente, la maraña de vida y a la vez el impulso de la muerte; tan cerca, tan cerca… que cuando lo miras, la beldad salvaje te atrapa en esa atmósfera de tierra hermosa quemada de sol, y te hace pequeño y necesitado, recogiéndote en tu propio latido, impulsado por la propia naturaleza que te hace guiños de envite al cuerpo a cuerpo, al piel contra piel… La hermosura del entorno te sumerge de lleno en ese bálsamo de tierra y vida que te comprime y te engulle, y te hace querer apresarla para siempre…

Y el disparo suena fuerte y rotundo, la bestia negra de cuernos redondos de nácares negros, cae a la tierra donde renacerá de nuevo la vida, donde la vejez y la masificación retornan al paraíso perdido de las ciudades de neón… Y vuelve el cazador ligero y abatido gimiendo al sentimiento de esas raíces que le copan, toma aliento y su piel huele a sudor y tierra, y se abraza a su presa; apresada en su valentía, a su más fiero oponente, a su rival más digno. Y mira cansado sus ojos abiertos y brillantes, vacíos pero aún con vida, siente su sangre caliente que se resbala hacia abajo bailando por su piel dura y oscura, puliendo los surcos del disparo con una herida abierta de júbilo y armonía… Y esa sangre caliente y viva, rellena la tierra seca de un perfume de vida nueva que genera que la naturaleza siga su camino, su curso… Predador y presa, conviven en el ‘rececho’ sin alergias de ciudad, cantando el himno de la propia muerte por la vida, y dando la vida por la muerte…

Carga el cazador orgulloso su triunfo; trofeo de sangre y sudor. Las carnes ya muertas del racimo de la vida; como las vides se machacan vivas y en esplendor para obtener ese caldo de vino… Sangre de sangre, vida de una vida; vegetal que armoniza nuestras mesas, animal que da vino con su sangre a la vida del que lo posee.

Y vuelve a su metrópoli; a sus ruidos de ciudad y a sus chaquetas de “Hackett”, a sus carreras en moto para llegar a tiempo a una reunión importante, a sus ‘e-mails’ y a sus rutinas de diario. Pero ese hombre de mundo moderno, sobrevive en sus reuniones manteniendo ávidamente su bipolaridad singular; camaleón que se encubre, tal vez, en barrios ‘posh’, y mantiene una lucha entre su realidad, arrastrada por una sociedad que marca pautas concretas para no dar saltos en el río de la urbanidad, y su verdadera pasión. Y sin sobresaltos aparentes, más que un puro latido que se acrecienta a cada vistazo en su memoria, mira tras las vidrieras de su rascacielos el grisáceo ambiente polucionado de la ciudad, y de nuevo siente una punzada de dolor agudo; la rodilla le está matando, la espalda abierta de dormitar en “fly camps fuera de un colchón mullido le tira con fuerza hacia abajo, pero son dolores que le enorgullecen, como a un ‘matador de toros’ una cornada; sello de su identidad vital. Y no para de holgar en los recovecos de su memoria mientras vive en su urbanidad tópica, pensando en el momento de una nueva aventura de caza, en volver a mirar el cielo desde África, y sentir el calor, y la humedad, y la piel embarrada...

Y se sacude el pelo al salir de la reunión, y lo tiene limpio y planchado, y sus pulseras de pelo de elefante viejo se le enredan constantemente, pero las luce brillantes e hidratadas en esa crema densa y blanca que reblandece el pelo. Y vuelve a mirar su correspondencia, mezclada con fotos de sus cacerías, con la vista del recuerdo puesta en la sed que le mantiene vivo y alerta. Y de nuevo regresa a su África para calmar su sed de viento, de sabana, de selva, de frío de noche y calor de día... Y de nuevo África le llama, post poniendo sus compromisos de ciudad y anticipando el viaje; las heridas aún no se han cerrado, y la espalda sigue abierta y duele, pero la ilusión es tan grande que su bálsamo le cura.

Y en el ocaso de la África pobre y viva, donde los manantiales de agua y selva agrietan el dominio de la tierra, camina un cazador amante de la vida; solitario y cansado, reflejando en su piel las arrugas ajadas de sol y campo. La selva le sonríe despidiéndose de él, haciendo flotar un soplo de viento cálido, y orgullosa emerge su savia, aceptando que el hombre regresa camino de su jaula en un mundo de ciudad. Y brinda sus estepas fértiles guiñándole un ojo hasta la próxima vez, y sabiéndose dueña del origen de la propia vida, sabiéndose dueña de su propia voluntad; en esas reglas marcadas de la propia esencia de la ley animal, irónica desprende su manto de olores tierra, sabiendo que ese pobre hombre, carne de la mazmorra del nuevo mundo adelantado, ha sido en realidad él el prendido, drogado por los enseres de su espíritu salvaje. Y ya no importa el camino que a partir de ahora escoja, el veneno de su narcótico ímpetu le impulsarán siempre hacia lo violento y real de la vida, hacia el instinto más arcaico de la existencia, habiendo coronado un sello en su alma que lo atraerá para siempre.

Y África se divisa a lo lejos como una postal de manadas en estampida, con cielos naranjas a la puesta de sol. Y mientras los aventureros apresados y envueltos en su magia cargan trofeos de caza como alimento de una sed que jamás se colma mientras regresan a esa urbe castigada; en los campos maduros de África, el búfalo se despereza, las cebras cuentan sus rayas, y el cocodrilo sacia su hambre mientras el agua verde flota…

Y el cazador se hace mayor, y envejece en una casa de paredes robustas y revestidas de madera, adornando estancias con trofeos de caza. Repasa las puntas de sus reliquias una y otra vez con sus dedos arrugados y toscos, y las lágrimas se le escapan por los recuerdos de su África, agarrada a sus entrañas, consoladas a media tarde con su copa de ‘Armagnac’ y sus libros antiguos de diarios de caza. Y las fotos, las fotos les miran dibujando en él una sonrisa rugosa y ya magullada que se oculta en una barba canosa. Y se acerca pausadamente a la ventana de su amplia estancia, rodeada de árboles que se agitan en otoño dejando caer sus hojas, y pega la cara al cristal, y mira cómo los ‘tordos’ van comiéndose los frutos rojos del ‘caquilero’, y coge la escopeta y sin pensárselo pega un disparo al aire para ahuyentarles. Y su mundo trascurre tranquilo, ajeno a los ruidos y las prisas de ciudad, agitado en recuerdos que transmite a sus nietos cuando los acuna en sus rodillas. Y la vida ha pasado rápida e intensamente vivida, con historias cargadas de emoción y relatos cortos de aguardiente templado mezclado con el clima y los olores de África. Y su pelo sigue rebelde; largo, desaliñado y canoso, al igual que su propia alma que sigue en rebeldía contra el mundo y sus clichés; en los que tarde o temprano y a nuestra manera, caemos todos. Y sus heridas de ‘guerra’ le sacan una sonrisa al dolerle. Y su mundo no sería su mundo si no hubiese existido África y sus selvas espesas, sus animales salvajes, y su alma indómita se habría apagado triste y lentamente en su mundo de estupor urbanita.

África negra de pieles oscuras, África verde de selvas altas que se alzan al cielo donde que se refleja ocre derramando tierras de dunas sin agua y desiertos llenos de calor. África tosca de vistas brutales que corren ligeras apresando otras vidas de iguales bucles. África, cuyo aliento es aire que da oxígeno al mundo, se adormece a las sombras vivas de sus árboles verdes de troncos oscuros. Y al final del día, el mundo vivo y dejado en ‘barbecho’ de ese cazador penitente, abre las puertas de su selva para que camine cabizbajo hacia su metrópoli. Y la África pobre que presta penas a un mundo de riquezas que le mira de reojo, sonríe ufana, engalanada de aire nuevo, donde generosa, presta su propia vida a aquel que sabe que ella en realidad es la reina de ese otro mundo; donde el dinero se regala, donde el tiempo no se mide con un reloj de esfera, y donde la riqueza no es otra que aquello que cuando lo miras, te duele los ojos por bello, que cuando lo pruebas te engancha, y que cuando lo respiras te deja atrapado para siempre…

África, la bestia embutida en tierra castaña, perfumada de hircismo y sangre; linaje pervertido de hombres de ciudad, se cubre generosa sus pechos verdes preñados de luz, y se viste mimosa de espesura y boscaje, presumida y hermosa, sentándose en ese trono de oxígeno divino y grácil, donde aguarda con prestancia caprichosa a sus rojizos baños de sol.

- Nota de Autor: Quiero agradecer expresamente este relato a “Rodrigo Moreno de Borbón”, a “Jaime Meléndez-Thacker”, a “José María Bernaldo de Quirós y a “Diego de Gregorio Abelló”, cuyas aportaciones han sido imprescindibles para componer este relato. GRACIAS.

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11 Noviembre 2008

A ESE DESCONOCIDO QUE...

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-A Ese Desconocido que...

por Rocío Medina

El día en que nos caigamos al pozo de la decepción y volvamos a coger impulso para subir más arriba, nos daremos cuenta a mitad del camino que nuestras expectativas han cambiado. Subir, subir... siempre subir más alto, volver a caernos y volver a subir; en eso consiste la vida. Tomar aliento, y caminar sin mirar hacia atrás más que lo necesario para sentirnos orgullosos de todo cuando hemos ascendido.

Ir moviéndonos a sacudidas, volver a caer, siempre es el mismo bucle que nos ata y nos suelta al antojo del destino que vamos escogiendo; como un alpinista ha de escoger en dónde colocar manos y pies...

Me reconforta saber que el mundo en el fondo es un poco más simple que la maraña de complicación que nos parece visto desde dentro cuando tomamos cierta perspectiva de las cosas.

Le conocí un día cualquiera, cuando estaba sentada en la terraza de un café tratando de que las gafas de sol sucias y ralladas me tapasen las ojeras. El café humeante me quemaba los labios y las manos al cogerlo, así que seguía afanada en la idea tonta de perder el tiempo o dejar que éste pase mientras ojeaba el móvil sin demasiado entusiasmo y manipulaba las teclas con dedos torpes.

Pasó de largo y ni le miré, en ese momento él podría haber sido cualquiera, era cualquiera que pasaba por la calle a esas horas. Al cabo de un rato pegué el segundo sorbo al café para comprobar que ya se había enfriado casi del todo. Sostuve la taza entre mis manos cuando sonó el teléfono, y entonces me arrepentí del mensaje que había mandado; si no lo hubiese hecho, un mensaje vago sin ningún propósito concreto, ahora no tendría que contestar esa llamada que invitaba a hablar durante intensos minutos acerca de cualquier cosa sin importancia.

Apagué el teléfono, la mañana era muy fría pero despejada, en mañanas así, aún a pesar del cansancio, agradeces haber madrugado y estar sentada entre el vaho del café y el frío a ver desde tu lejanía, cómo la ciudad se despierta y va adquiriendo vida con el paso de los minutos. La gente que cruza sin mirarse, el coche que pega un pitazo, las calles recién limpias, los pájaros que no aparecen, y las luces de las farolas que ya se han vuelto a apagar.

Oí un estornudo muy fuerte cerca de mí, justo detrás de mí, y ese instante despertó mi tiempo y dándome un tremendo susto volví en sí al sentir el calor chorreante y dulzón del café desparramado por mi mano y mi ropa. Me giré casi a la vez, casi con el primer reflejo del sobresalto que incitó a esa violenta sacudida, y entonces le vi. Acatarrado, con la nariz roja, con las orejas rojas y los ojos vidriosos... Medio agachado sosteniendo un pañuelo blanco de papel en su mano izquierda. Apartó el pañuelo y me sonrió, dejó caer sus lágrimas de tos por el surco arrugado de sus ojeras, y de entre sus dientes blancos salió un hilo de voz ronca y varonil que me dijo un “lo siento mucho” sin quitarme los ojos de encima. Aún encorvado y con el pañuelo en le mano, sostenía la mirada sin dejar de sonreír.

No dije nada, ni tan siquiera pude sonreír, me giré y pegué mi espalda contra el asiento de la silla todo lo que pude y me sorprendí tratando de respirar y sintiendo un nudo enorme en el pecho que me congestionaba por dentro. Aún seguía con la taza en la mano, y con los manchurrones de café que el vestido se había tragado por completo dejando unas ronchas marrones, dilatadas y frías. Sentía los dedos pringosos y mi paladar espeso, y sin saber cómo, sin que me preguntase él nada ni yo pudiera decir nada, lo tenía sentado frente a mí pidiéndome otro café y clavándome los ojos en algún punto de mis gafas de pasta oscura, tratando de abrirse camino entre ese cristal chocolate cubierto de rallajos y huellas.

Era el peor día de todos para presentarse una inquietud así a mi vida presente. Estaba cansada, pesimista, me iba todo fatal y no tenía mucho entusiasmo con respecto al rumbo que estaban tomando las cosas en el trabajo. Hacía semanas que no hablaba con mi familia, mi novio me había dejado, a mi mejor amiga le tocó la lotería y se fue un año entero a viajar por el mundo (me alegré mucho por ella, pero ahora ya no la tendría conmigo más que en postales y e-mails), y mi jefe había intentado meterme mano en una reunión (me levantó la falda lo justo como para hacerme sentir sus dedos calientes y gordos trepando por mis muslos). Mi vida estaba destinada a abocarse por el retrete de cualquier camino que tomase, y justo entonces, tenía que ocurrir el conocer a un hombre ‘a priori’ interesante y que era guapo de morir.

Tenía el pelo aún húmedo de la ducha, no olía a perfume, pero destilaba un aroma cálido y varonil, sonreía con naturalidad enfundado en su barba de dos días y su pelo greñosamente bien colocado. Miraba el reloj pero no daba la sensación de tener prisa. No llevaba traje de ejecutivo, ni tampoco tenía pinta de ser un jefazo de multinacional, pero iba impecablemente vestido, con un portafolios de piel grueso y las manos bonitas y cuidadas. Me hablaba, pero yo seguía pensando en mí mirándome con un espejo que yo misma había colocado justo entre él y yo. Me veía en ese espejo y tenía ganas de echar a correr de la misma forma en la que de mis ojos empezaba a querer salir alguna lágrima caprichosa que me hacía imposible olvidar el caos en el que había entrado mi vida.

Me traen el otro café, y sólo recupero mi consciencia cuando el camarero me insiste en que si quiero sacarina o azúcar. Le pido dos de azúcar y se va refunfuñando a la mesa de al lado antes de acercarse al minuto siguiente con un vaso lleno de terrones de azúcar. Él seguía mirándome y sonriendo pausadamente, empezaba a sentir ese sonido que hacen las brocas cuando taladran la pared, y mi cabeza se iba congestionando al vaivén de ese sonido interno que apretaba mis sienes hasta comprimir del todo las ganas de llorar y me quedaba impasible y quieta, sintiendo cómo las lágrimas brotaban en tropel dentro de mis ojos y se escurrían hacia afuera sin poder evitarlo. El maldito espejo seguía de pie mirándome, ¡me daban unas ganas de matarlo!, de estrellar contra él el cenicero y empezar a gritarle sin parar... Pero me miraba riéndose a carcajada limpia, con el pelo descuidado, la cara pálida, las manos temblorosas, vestida sin ganas y con un chico increíblemente guapo frente a mí que me miraba y sonreía aún cuando en ese momento yo era, más que probablemente, la peor compañía que pudiera alguien tener. Definitivamente el espejo de mi cabeza es idiota.

Los espejos que conformamos en nuestra psique para que nos iluminen con su punto de cordura son tremendamente estúpidos a veces. Proyectan sobre nosotros, o nosotros sobre ellos largas y tediosas madejas de prejuicios e inseguridades que nos impiden avanzar en ese mismo instante en que los satisfacemos al dejarlos salir del cofre de nuestra consciencia. Así que me veía inmersa en un mar de contrariedades, sería estúpido pensaba, mientras él pedía un nuevo zumo de naranja, el que ahora pudiera cambiar de actitud y empezar a sonreírle, a contestarle a alguna de esas preguntas que sé que me ha hecho pero que no he escuchado. Y lo mismo de estúpido sería el tratar de contarle mi patética vida a aquel ser que no se sabe por qué narices está sentado frente a mí tratando de conseguir sacarme una sonrisa o al menos alguna palabra coherente y sin balbuceos. Y el espejo, conforme voy pensando esto, se dobla literalmente de la risa y se amplía más y más, y lo veo tan cerca que me asusto porque creo que va a tragarme.

Y entonces me doy cuenta que es cierto que las cosas más extraordinarias siempre ocurren de repente, pero no siempre en el mejor de los momentos. Empiezo a darme cuenta que cuando pensamos en el hecho de tener una pareja para siempre, cuando conocemos a alguien y al final estamos con él y la cosa no funciona, no es por él o por nosotros; sino por el puñetero momento en que los acontecimientos ocurrieron.

Me di cuenta que todas y cada una de las parejas que hemos tenido importantes en la vida, aquellas que nos enamoraron, que nos amaron y que quisimos, aquellas con las que rompimos y el dolor nos invadía por dentro, y aún así, sabíamos que tomase quien tomase la decisión, dura y siempre difícil, era lo acertado tarde o temprano porque había algo en nosotros que nos impedía ser del todo felices y reconociéndolo abierta y humildemente o no, dentro, en algún lugar de nuestro corazón y nuestra conciencia, sabíamos de sobra que tenía que terminarse algún día. Me di cuenta, digo, que todas eran válidas, que con todas esas parejas habríamos sido felices de por vida, pero no llegaron en nuestro momento, o no llegamos en su momento, y todo se hubo de acabar para poder continuar con nuestra vida hasta llegar a ese punto en el que encontrar a alguien, se convertía en el hecho de querer cuidar de la felicidad de esa persona, de saber que no era la persona en sí, sino nuestro propósito y necesidad de amor, y anhelo de que el otro ser, lo sienta de igual modo.

Allí sentada aclaré el asunto; llegados a un punto vital en nuestras vidas, cuando aparece una persona que nos despierta de un letargo rancio y frío, y nos muestra un lado tan igual como el nuestro, estamos en el camino de querer hacer que todo funcione con esa persona, de querer emprender un largo viaje por el destino junto a ella; que no es mejor, ni peor que las anteriores, sino que ha llegado en el momento en que hemos despertado del todo, y estamos dispuestos a sentarnos junto a él a tomar un café.

Le miraba mientras él me miraba, yo sólo veía en realidad el espejo pero él me mostraba su cuello y su nuca a medio peinar, sin inmutarse, mirando al frente que era yo. Los manchurrones del café se habían secado y con el viento fresco de la mañana el olor a café se intensificaba y me hacía estar, no sólo desgreñada y vestida de cualquier manera, sino sucia y tremendamente tosca.

El espejo se fue poco a poco emborronando conforme yo había asumido mi situación de desaliñada, penosa y criatura de lo más triste que había, y conforme el día brillaba en todo su esplendor. Las nubes eran blancas del todo y se dejaban ver muy alto e irregulares, como marcándole unas pecas a un cielo completamente brillante y azul. Sentía mi cuerpo entero congelado, la cara fría y las manos hirviendo por el calor de la taza caliente a la que se agarraban con fuerza. Y el espejo se cayó del todo y le empecé a mirar a él y a dejarme engatusar y adormecer en ese vozarrón resfriado que tenía.

El mechón de pelo del lado izquierdo le tapaba una cicatriz muy diminuta y fina, tenía la nariz grande y unos hoyuelos constantes que le daban a su cara de hombre un gesto de niño travieso, labios finos y dientes grandes, perfectos y blancos. Los ojos eran tan brillantes y tan grandes que no sabía de qué color eran; podían ser iguales de claros que oscuros, su color supongo que se definía como brillo y humedad.

Me estaba contando algo de su abuela, la iba a llevar al médico aquella mañana. Salió de casa a toda prisa y cuando empezaron a llegarle a la “Blackberry” los primeros e-mails del día, se dio cuenta de que había confundido la visita, que era para la semana que viene y se dio la vuelta para sentarse tranquilamente a desayunar. Imagino ahora por qué no centré la atención cuando pasó la primera vez frente a mi silla, cuando el espejo aún no estaba ahí para reflejarme esas realidades que tratamos de tapar. Imagino ahora que si no llego a sacudir mi pelo con cien litros de perfume no habría estornudado y ahora no estaría sentado frente a mí contándome que su abuela le crió y que no puede dejar de pensar en ella con una enorme pena por dentro por lo mayor que es ya y el poco tiempo de vida que sabe que irremediablemente le queda.

Pero un momento, ¿la historia la estoy contando yo, verdad?...

Seguía ahí mirándome y por fin me disculpé, sorprendida de que mi voz saliera casi afónica al principio y a mitad de la frase sonara como algo reconocible. Volvió a sonreír pero esta vez soltando un pequeño ruidito ceremonioso que me tranquilizó mucho. Y el taladro de mi cabeza dejó caer la broca al suelo con un golpe seco y sonoro que silenció mi dolor durante unos minutos. Le dije que estaba destrozada, que mi vida había entrado en un bucle del que no sabía salir, que sabía exactamente lo que quería, y de igual modo lo que no quería, pero que no encontraba el camino, y que buscando el camino me olvidé de comer, y me olvidé de reír, me olvidé de cómo se andaba, de cómo se cogía impulso, de cómo se abrían las ventanas y las puertas para que entrase aire y no morir asfixiada. Que me olvidé de que tenía que respirar, y dormir, y soñar, y seguir creyendo en mi misma...

Y se acercó a aún más, arrastró su silla hacia mi lado izquierdo y ahora ya le podía ver por los cristales de mis viejas gafas de sol y por el rabillo del ojo. Tenía los ojos pardos, verdes como el agua estancada de un estanque en otoño, oscuros como la neblina que se forma bajo el mar cuando abres los ojos dentro... Y su sonrisa olía a naranja, a naranja y a limpieza, a saliva fresca que se ha enjuagado con agua clara para cepillar el blancor de sus dientes de nata. Y poco a poco fue dejando de sonreír, y en el centro de su cara de hombre se formaron unas arrugas quebradas de sol y edad, y su entrecejo se venció al lado de la seriedad, y me cogía las manos ayudando a sostener mi taza. Y yo no quería, porque veía sin querer al espejo que estaba allí enfrente y más cerca mirándome de nuevo, pero mis lágrimas aparecían otra vez, y esta vez con más y más fuerza. Y se escurrían mejillas abajo como una gota perpetua de agua que resbala por un grifo mal cerrado. Y mis palabras ya eran sollozos indescifrables y mi garganta tan sólo era un nudo mojado que intentaba soltarse quedándose en cada intento más y más atrapado. Y mi boca sólo era una curva que se retorcía entre el aire soltado con ecos extraños y un tic pecaminoso desde donde brotaba pena.

Dejé caer la cabeza hacia abajo, necesitaba sacudir las lágrimas que me empañaban los cristales de las gafas y que se llevaran en la sacudida mis ojos y mi amargura, mientras mis manos ahora congeladas, sentían el calor de las suyas que me las sostenían con fuerza. Las gafas se cayeron, y no se llevaron mis ojos, y mis pupilas se hirieron aún más con la luz radiante que se coló por alguna hendidura abierta por las lágrimas. Y él soltó mis manos y me abrazó.

Ahora el silencio ya no formaba parte de mi, sino de él, que callaba y me miraba sin soltarme, pero no me veía, ni yo a él, sólo estábamos quietos sintiéndonos el uno al otro, él ya no podía escucharme, pese a que yo era ahora la que hablaba, porque no decía nada coherente, ni inteligible; tan sólo sollozaba y soltaba dolor desde dentro de mi alma. Sentíamos nuestro calor, el olor de un cuerpo distinto al nuestro, el tacto diferente y agradable de la piel que se roza cuando no se precipita ni se propone nada, cuando la piel se regala al tacto de otros por pura inercia; como cuando un estornudo llega a la nariz de golpe y el olor que te lo ha provocado se queda en tu pituitaria para siempre.

Sentía una mano apretándome mi pecho contra él, la otra acariciándome el pelo, planchándolo con sus dedos entreabiertos de arriba a abajo, el bombear de su cuello; dilatado y de piel gruesa que latía fuerte loando mi corazón y sus latidos, que tomaban impulso en la medida en que secaban mis lágrimas tragándose en el esfuerzo el espejo y sus malditas imágenes.

Y me sentí al mismo tiempo pequeña y recogida, necesitada y frágil. Y también mujer y adolescente, excitada y asustada. Y también me sentía débil y triste, derrotada y pesimista, en la misma medida en que su olor llegaba a mí con impulsos fuertes de hombre demoledoramente protector y sensible, indómito a la vez que empático, y mi optimismo se cargó al espejo de una patada. Y mi mente quiso retomar la fuerza que necesitaba para volver a aprender a caminar, a llegar hasta la puerta y abrir las ventanas, a descubrir que ya no estaba en el camino, porque ya lo había andado, que tenía que caminar aún más y más y más, y volver a caerme, y volver a subir...

Y acurrucada en el hueco de su cuello, entre su piel y su chaqueta de lana, descubrí que en el ‘trekking’ de mi vida sólo había cuerdas al final de la montaña, donde la vista es inmensa y duelen los ojos al mirar la verdadera belleza, que nadie mira hacia abajo sin tumbarse del todo en el suelo por miedo a caerse de nuevo, pero que el horizonte es inmenso y despejado. Que las cuerdas se han soltado y caen desperdigadas por la ladera de la montaña, y que nadie más puede volver a usarlas, que cada cual ha de encontrar su camino y usar sus propias cuerdas, pero que al final del todo, siempre llegará a la cima de su montaña y contemplará un paisaje bello si sabe mirarlo desde la perspectiva adecuada.

Y me besó, un beso intenso y largo, húmedo y caliente... Y los olores se mezclaron con los restos de las lágrimas y sus manos apretaban mi cara queriendo borrar las ojeras y los ojos hinchados. Las gafas seguían en el suelo, y ahí las dejé cuando me dio la mano para levarme de la silla a dar un paseo.

Las calles ahora estaban silenciosas, y seguía sin haber pájaros en la ciudad, tan sólo las palomas que acuden a los parques a repartirse las miguitas de pan duro. Y nadie se movía, sólo nosotros dos caminando con un frío al que no dejábamos entrar dentro de nuestro cuerpo, ni que traspasara por nuestras manos entrelazadas mientras nos movíamos caminando hacia ningún sitio. Andar, andar... eso es el camino.

Y nos detuvimos en cada plaza y en cada parque, y nos desabrochamos los abrigos para respirar aire, y su sonrisa contagió la mía, y nos reíamos tontamente sin tener que hablar de nada. Y mis lágrimas volvían a caer, y ya no había gafas que las taparan, y su pañuelo me secó el agua de mis ojos una y otra vez. Y en su casa no hacía frío. Y el café de su cafetera seguía siendo caliente y fuerte, y su cama era de madera. Y todas las mañanas nos despertamos con un beso, y muchas noches hablamos durante horas. Y muchas otras tardes, cuando él no está, pego la cara a los cristales y contemplo cómo los árboles del jardín van creciendo y albergando pájaros en sus ramas pequeñas y torcidas. Y a veces, cuando estoy triste, le sonrío y no le digo nada, y me acuerdo de su beso, en ese silencio triste y cargado, y me reconforta mirarlo una y otra vez con los ojos del alma, esos que quedan atrapados en la memoria de los recuerdos bonitos, y entonces hago salir al espejo, y le guiño un ojo; y éste me sonríe porque ya nos hemos hecho amigos. Y ahora puedo decir que soy feliz, porque mi espejo sale para darme la perspectiva exacta de mi vida, la que tengo y la que quiero seguir cuidando y hacer crecer más y más... Y mantengo conversaciones largas y profundas con él, que pacientemente me aconseja, y me cuenta en el silencio de mi soledad que todo, hasta los momentos más difíciles y amargos hay que mirarlos con la perspectiva justa, con el ánimo templado, con la serenidad de una mente configurada en el modo maduro de ver las cosas. Que todo al final se soluciona, que no hay río por grande que sea, que al desbordarse, tarde o temprano no alcance su cauce. Que no hay noche, por larga y oscura que sea, que no deje salir al sol de la mañana. Y que todo, absolutamente todo, se puede resolver tarde o temprano, que todas las heridas al final cicatrizan, y que pese a todo, sólo nosotros podemos ayudarnos.

La vida es “ese desconocido que...” te sonríe al pasar y te levanta el ánimo sin proponérselo, “ese desconocido que...” te grita para que no te pille un coche, “ese desconocido que...” te emociona cuando lo ves en la pantalla de cine y te relata una historia con la que te identificas, “ese desconocido que...” te cuenta un chiste, “ese desconocido que...” te sirve una copa con una sonrisa aún cuando tú miras a otro lado, “ese desconocido que...” un día conoces por casualidad en el sitio más insospechado, y alargando la mano para pagar tu café, te da un beso dulce y largo...

La vida es “ese desconocido que...

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22 Octubre 2008

HUELVA; EUCALIPTO Y PINOS

Huelva; Eucalipto y Pinos. Septiembre 2008

El eucalipto seco flota a ras de viento llenando los pueblos en blanco encalado. Y en las laderas del ‘Atlántico’ sus briznas se mezclan juguetonas con la embriaguez de los pinos. Y las arenas, de blanco peregrino, se admiran en la tranquilidad ‘ceceante’ de sus pueblos de marismas. Y aquellos pescadores rotos, del mar y la brisa, acuden mañaneros al pintar el día a la rutina remendona de su barcos amarrados en “El Rompido” marinero. Y ‘Alosno’ se despierta, grácil y cautivo, cantando un fandango lento…

Huelva, de calle blancas arrulladas por aquel poema de “Platero”, hace sones a la mañana embriagado del romanticismo huraño de esas Zenobias Camprubí” de pies pequeños. Y canta, canta por “tangos” y “tanguillos”, salvaje y viva, pisando arenas con los cueros trabajados de “Valverde del Camino”.

Y esos “pobres niños tontos”, que se sientan en la puerta de su casa pisando la acera limpia de “Moguer”, “viendo el pasar de los otros”, se enternecen al ladrido del perro callejero, lo acunan aún pulgosos, y les quitan el hambre con cacahuetes salados mientras las ‘Omaítas’ de delantal puesto, les gritan desde la cocina…

Niños ‘incultos’ cultivados en el campo fresero, en la mar de los viejos, o en ese campo ganadero, miran al cielo embobados, pensando en el tiempo rociero… Y vuelven ‘al tajo’, aviejados y risueños, soltando sus eses de cetas, y atusándose las patillas morenas. Y el señor desgarbado, con el palillo en la boca, da los buenos días a la señora, y sale, con el rodillo encalado, a dar temple a su casita vieja… Y el puchero, con garbanzos, tocino y hierbabuena, humea sereno en las posturas de la mesa con “Nuestra Pepa” en la cocina preparando el adobo…

Y los cuadros que pintaron adornan sus casas de verdes ramales, de polvo de carretas, de bahías saladas, de pinos costaneros y de palmeras altas.

Huelva es un pueblo de eucalipto, de sábanas blancas tendidas en sus campos marismeños, que huele a sal y río, a mar y arena, a gambas y vino, a lluvia de sierra y pino, y a capeas próximas a tiempos de “El Rocío”…

Huelva mece palmas en esas monterías de días sueltos, de caballos y ‘jarana’, de ‘Rocío’ y ‘Candelaria’. Y los paseantes descubren boquiabiertos calles tranquilas, de flores y alegría, de plazas limpias y poetas vagabundos… Patios encallados en las aldeas del tiempo repletos de buganvillas resultonas y de macetas con jazmines. Caballos ‘pura sangre’ dotados de hermosura, distinguidos y salvajes, que se dejan lazar a premura de jinetes al galope…

Y el vino se destila, sobre manteles en un blanco desobediente, fresco, con templanza y fino, arropado en fincas cubiertas de olivos. Y las niñas; damas morenas y tempranamente madres, acunan al niño en la teta y lo pasean por sus calles.

Huelva tiene sabor a eucalipto y sierra, a verbena de pueblo viejo, a serranía de Jamón curado, a fincas con senderos descabellados, y a marismas desbordadas cubiertas de ‘flamencos’ dorados a la puesta de sol.

Huelva es un amanecer frente al puerto, rodeada de barcos, con vistas a los ríos que se besan continuamente y mueren juntos en el mar de un océano frío. Y allí, “Colón” protege a su gente, grande su estatua, y pequeños nosotros junto a sus veteranas ‘carabelas’ que salpican tímidas la historia de la “Conquista del Nuevo Mundo”.

Y sentada en La Punta del Sebo” veo llegar tu barco, entre tostadas calientes de aceite, tomate y sal. Sonríes, moviendo al aire tu sombrero, y amarras el barco tranquilo, y mojando náuticos a pie de río, te sientas junto a mí. Y cantando juntos, pagamos al camarero y nos vamos, camino de un paseo de Huelva a “Punta Umbría”, donde me encuentro con tus vistas, Huelva mía, brillantes y nítidas, y con tus coches lentos...

Huelva duerme la siesta con puestos errantes de ‘melones de año’ y sandías negras, de melocotones suaves y rojos, y de gitanos patriarcas… Huelva es arena caliente, con caballos salvajes y toros bravos, con croquetas caseras y jamón bien curado… Huelva es olor a cangrejo y gambas, a vino fino del aperitivo de la mañana, es una moto que resuena lejana, entre el eco débil de sus calles espartanas de macetas rojas, y tejados con enredaderas, de esas calles del “Alto Conquero”, y esa “Ermita de la Cintamía, de “Évora” y de “Juanito Guil”… Y esa “Plaza de Las Monjas” donde quedé contigo, y esa “Palmera” tan próxima a su calle… Y sus vistas, las de “David Cucala” al centro, y el botellón de ciudad sentados en sus portales… La Calle Concepción donde pasear al calor de sus losetas, con sus tiendas y su gente, con sus callecitas estrechas.

Y las casas bajas tienen tejados de lluvia, donde se divisan campos preñados a pie de aldea. Y sus ribazos, repletos de trabajadores del campo que sacan dedo por si puedes llevarlos, se llenan de vida a pie de asfalto. Caminos de tierra chica, ensuciados de arena, pájaros que cantan a “El Espigón”, donde se refugian las caracolas y nácares más bellos del mundo, y donde pasear otoños, mojando pies en arena sin pisar, en esa playa visitada por gaviotas…

“El Parque de Los Monos” hace tiempo que no conoce su nombre, y tu silueta se va, divisando lejana un mar de lágrimas atrás…

Huelva es un campo “Triguereño” de mecedoras de mimbre a la entrada de sus casas bajas, de sus ventanas con rejas y sus balcones de madera. De sus panes suaves como las amapolas, y su gente sencilla y buena… Del señorío fugaz que levita a pie de campo llano, de paseos a caballo con las polainas y el sombrero cordobés incrustado en frentes morenas al trote o al ‘paso’…

Y esas niñas de piel tostada, ojos negros que difuminan su cara, sonrisas frescas y carcajadas espontáneas, que friegan a cubos llenos de agua, las puertas y aceras de sus casas…

Y esos niños pequeños, aplomados sobre un tambor pastorilero, ‘se quitan de la escuela’ tempranamente, y cantan por las calles y las plazas, por los bares y por las playas, a ritmo de candela, con una guitarra afinada a lo gitano y sin una de sus cuerdas…

Huelva es la frescura de un pueblo de La Sierra de Aracena”, de sus zapatillas de esparto y de sus fotos de carretas. De ese “Almonte” seco y verde, de esas dunas calientes, de esos pinos macerados entre tomillos y arenas, de esos carruajes a pie de “Doñana”, y de esa pastora, “Virgen del Rocío”, que recoge velas de promesas, y salta la reja de un tardío Domingo de romería rociera, para pasear por sus calles próximas a la ermita.

Huelva son esos trajes de falda “jinetera”, con su camisa de ‘chorreras’ y sus ‘todoterrenos’ vacilones que atrapan polvo a la vera de sus casas. Son ponchos tostados en ropas verde campo, son flores grandes en el pelo, y botos camperos con faldas flamencas, pantalones de ‘traje corto’ y chaquetilla torera.

Huelva se abriga al son de la candela, de noches arrumbadas o de inviernos contigo, son nueces en otoño, y vino en primavera. Sandías en verano, higos chumbos y palmeras en sus patios…

Y regreso al verde de los campos, los de ‘golf’ y los de antaño, y al paseo de “Cuesta Maneli” y lo bello y tranquilo de “Isla Canela”. Y a ese fragor danzarino de sus pueblos en fiestas, a esa “Salve Rociera” y sus Navidades caseras… Y ese tumulto lejano que despierta los mosquitos en horas de siesta, a las chicharras y los grillos, y a tu voz ‘quebrá’ y somnolienta.

Al abuelo del cuento, y a su nieta que es princesa, a ese plebeyo bello que acaricia tus campos ‘huervanos’ sobre la bicicleta con cesta; y a esa niña, que rompe sentada frente a tu casa su rubia muñeca. A ti, ‘choquero’ de arte de bandera “Blanca y Azul” que pintas de hinojo tu boceto de fantasía, quiero dedicarte un ‘Fandango de la Ríacon saborcillo de naranjos y limones, de “Paco Toronjo” bañado en aroma ‘alosnero’ con un ‘buchito’ de aguardiente, una ‘perrunilla’ de “Antonia, La Pesetera”, un café soluble de “El Tito Juan”, y así; antes de llegar a “Mazagón”, “Matalascañas”, o darme un paseo por “El Cruce” que me lleva a “El Portil”, asomo mi cara cansada y sonriente, a esa brisa de eucalipto seco, y brindo, orgullosa y feliz contigo, guiñándole un ojo al nuevo sol Rociero…


Rocío Medina

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9 Octubre 2008

ANDALUCÍA CON MENTA

Andalucía con Menta

Un patio de manises, unas rejas en verde carruaje, las macetas rojas de geranios encendidos que salen a luz de luna a contemplar las guitarras y las voces templadas al aroma de naranjos que se mezclan en azahares, y niñas morenas con pendientes largos. Y una bulería; esa que vibra en la voz del ‘caló’ repeinado que desgarra torrentes de sentimientos acunados en toques de ‘caja flamenca’ y palmas a compás.

La cara se desfigura en torno al ambiente, las piernas se mueven inquietas marcando el ritmo a golpe de tacón, y las manos se arquean en alto, moviendo el pelo suelto al aire de ‘Santa Cruz’.

Tu barrio y el mío no son tan distintos en el fondo…

Camino por esas calles estrechitas, que adornan balcones de hierro con macetas de barro, que sonríen al transeúnte, a los amantes; que pasean arrumacos por sus adoquines moriscos… Ella camina, marcando tacón largo que esculturiza las redondeces de su cuerpo de volantes, y él; repeinado y serio, se suelta la corbata dejando que el soplo de la noche descubra su vello a flor de piel mientras las farolas se van poco a poco apagando con La Madrugá’…

Calles marcadas de recuerdos, de historia, de leyenda, que terminan en un callejón de nadie donde un coche camina a luz velada para entrar en su cochera de caballos. El portón donde te haces las fotos se ilumina templado en el cálido clima del amanecer, y un resoplo de hierbabuena se inyecta rápido mezclado con los naranjos amargos de esa ciudad siempre en flor.

Y el corrillo de la noche termina las ‘sevillanas’ para entonar esa ‘taranta’ rancia, y ese patio, ya sombrío, regala a la mañana cantes de gitanos viejos que a voz ‘quebrá’, mata del todo la noche.

Sevilla es un patio de recuerdos y de arte, de luz propia que brilla en sus adoquines de pinturas moras teñidas a mano, es hierro y barro, es naranjo y menta, es un chorro de agua que salpica los parques verdes y sus bancos de piedra.

Me recuesto en ese pueblo cercano que es Sevilla, dónde el arte pasea por sus calles movido a son de cuerda, y donde las guitarras entonan quimeras en sus ‘tablaos’ de madera. Y ese mantón de “Manila” que se descuelga por los hombros al aire, que se dobla en un ‘quejío’, que disfruta insinuante movido al son ‘calé’ de un arte tan puro… Sevilla es flamenco sentido, que en redoble de ‘castañuelas’ o ‘palillos’, embriaga esa tarde de primavera.

Y los bares encendidos a la vera del río, esa “Calle Betis” que regala quedadas con amigos, entre aceitunas y ‘rumbas’, y ese corto paseo que te lleva a la puerta de La Anselma para cantar La Salve Rociera”… El jamón de Jabugo bañado en vino fino, en esa ‘Manzanilla’ de ‘buchitos’ al catavino, que se pegan al regusto del paladar mezclado con el “Boffard” bien curado, hasta la plaza de toros. Y ‘La Maestranza’ se peina su flequillo de rojo teja, y el aperitivo sucumbe por fin al aliento del puro, camino de la siesta, adornando el paseo de amarillos albero y de geranios en flor.

Y la muchacha sola rompe su silencio al arrullo de esa magia, y sonríe, con su pelo negro recogido en un alfiler de plata. Toca su brazo suavemente, como el trote de los caballos que pasean arrastrando un carro, negro y oro, elegantes y soberbios, y le dice que lo querrá siempre; que siempre permanecerá junto a él mientras camine con ella por las calles de Sevilla. Y él la abraza templado, conteniendo emociones, y como si estuvieran bailando un ‘tango arrumbado’, desdibujan su silueta grisácea mezclada con las sombras de aquellos tejados bajos.

El anciano mira su reloj, y arrastra tembloroso una silla de anea y madera a pie de calle, dejando ver las macetas de su patio y a su señora colgando sábanas. Mira el cielo, azul como el océano, y cierra los ojos abriendo su sueño acalorado de par en par…

Y la mezquita rezuma a lo lejos fragancias de incienso, y las cuestas que me llevan a tu calle son pequeñas y limpias, y el calor ya da tregua… Morena, que te quiero ver paseando por mi puerta, elegante y enjoyada, con pendientes de azabache y brocados con volantes. Morena, que quiero desnudarte bajo la luz que atraviesa mi ventana, que quiero despojarte del corsé que anuda tu cintura… Vente, alma mía, que te de un poco del verde Andalucía, de esa menta que se desborda en el jarabe de mi tierra…

Moreno, gitano de ojos negros, mirada de fiera que se templa al son de la ‘marihuana’ callejera… Moreno, cántame en ‘caló’ como sólo se le canta al espíritu de la mañana… Ven, ilumíname la noche con tu atuendo oscuro, quítale miedo a esta madrugada. Y canta, cántate algo por ‘tanguillos marineros’ que me haga oler sal en un desierto. Y vete rápido, antes de que la luna masculle tu nombre a pie de poema “romancero”…

Y la mañana se bambolea feliz dando sus primeros saludos al pescadero, y en el establecimiento de olor chocolate se desmorona la harina cocida de la tahona caliente. Quiero verte fresca, rosa mía, con tus ojos oscuros perfilados en el aire puro de la mañana, con las mejillas sonrosadas, y caminando, a pie ligero, moviendo la cesta de mimbre con tu pañoleta vieja. Y ese abacero que sube la persiana del bar de la esquina se gira risueño, cigarro y carajillo en mano, para brindarte un poema en forma de piropo castizo. Y cuando regreses, no olvides desabrocharte el escote al pasar por la fuente, llenarte de agua la cara limpia, y regresar oliendo a naranjas con una flor en el pelo.

Y la mañana nace haciendo brillar el día, y el río refleja las barandillas recién pintadas, y te veo, anudándote la chaquetilla con el pelo mojado y tieso, y el café con tostadas bañadas en aceite humea tranquilo antes de las prisas del día…

Yo me quedo en Andalucía, en esa envolvente magia inquieta que discurre tranquila por sus patios soleados y sus calles vivas. Me quedo con su aurora de eterna primavera, y sus atardeceres de candiles amarillentos tornados a luz toronja. Con su trote de caballos, y sus toreros, y sus aceitunas… Me quedo con las calles blancas de sus pueblos en fiesta, con sus niñas morenas que hablan idiomas con sonidos de trapo; con sus hombres, perfilados a esbozos, elegantes y cautivos del buen vivir…

Y con esa postal de sevillana marchita, con el toro bravo que adorna los estantes y carteles de faenas de toros en ese bar pequeño. Con sus azulejos de barro y sus platos adornando cocinas de butano. Con sus macetas de mastranzo y las rejas limpias torneadas en hierro barnizado.

Me quedo contigo, Andalucía mía, me quedo contigo para que me cantes siempre, a voz templada, rota o marchita, al cante de guitarra o al son caribeño de ese ‘cajón’ con agujero que redobla ‘rumbas’ a ritmo flamenco. Andalucía; pura, brillante, blanca, vestida con volantes en primavera, mojada en vino, con humareda de cava de puros, con ese jamón que llora a pie de ‘tapa’, y con esas calles donde brota la vida que resuena al goteo de sus fuentes.

Andalucía, menta y vida, flamenco y arte, caballos y nazarenos; peregrinos de todas partes…

Rocío Medina

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8 Octubre 2008

La Visita Inesperada

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Querid@s Tod@s:

Estamos en plena cuesta abajo del verano, lo sé porque mi hamaca ya está maltrecha por la parte donde están los ganchos que regulan las alturas. Yo no puedo bajar a la playa a menos que haya hamacas buenas bajo unas sombrillas de cañizo donde siempre estiro un par de toallas, que son las que indican que están en un sitio desde donde una puede echarse la siesta y no perder del todo el “glamour”, y donde el hamaquero, que ya te conoce, te reserva las mejores de la primera línea de playa. En caso de estar en alguna playa lejana yo me cojo dos toallas y mi tumbona portátil; pero aunque me muera de sed, a lo sumo que llego a llevarme es una botellita de agua porque creo que no hay nada más hortera (práctico por otro lado) que el hecho de llevarse una nevera o similar, e ir cargada con bolsas de plástico donde guardar meriendas...

Hoy hacía un airazo tremendo, me he bajado con Bertina y su hermano Bruno a la playa, les he hecho mirar la bandera roja y los niños de la rabieta que han pillado por no poderse bañar, se han puestos hechos una furia y me han instado a que les llevara de vuelta a casa para bañarse en la piscina. Es lo que más me gusta de la playa en días de resaca; que me siento orgullosa de ser buena prima mayor porque nada más bajarles y ver que está la bandera roja, ya no tengo que estar pendiente de que se ahoguen o no; les digo que las olas son muy grandes y que ellos son muy chicos, y que las resacas quieren decir que el mar tiene mucha hambre y va arrastrando todo lo que pilla por su paso lentamente hacia altamar, entonces se ponen rojos como un tomate de la rabia, y se conforman con jugar a las palas hasta que alguno de ellos hastiado por tanto ir a recoger pelotas, y sólo haber logrado dar durante ese tiempo la del ‘saque’; me pide violentamente que le lleve a casa. La gente progre teoriza mucho sobre lo de no mentir a los niños, pero a ver cómo se hacen entender con dos mocosos que patalean tirándote arena a los ojos, empiezan a berrear como descosidos, dicen que les importa un pepino que esté la bandera del color que quiera, y tú estás ahí; luchando porque no salga volando la sombrilla, con las tumbonas y las bolsas pertinentes con cubos, rastrillos, palas, cremas, sombreros, agua, pelotas, toallas y bocatas, que no sabes si ponerte con el rastrillo a hacer un agujero para meterte dentro, dejarles hacer lo que les de la gana así se ahoguen, o darles una ‘castaña’ (o ‘zurrío’ como también se dice por aquí) en el culete para que se relajen un poco. Pero no, yo prefiero echarles una mentirijilla para conseguir que me hagan un poco de caso y luego ya si eso; que les arreen sus padres… De cualquier manera los que dicen que una azotaina a tiempo es un método bárbaro educativo, estoy convencida de que no son padres, o directamente que no lo son de unos retoños tan fieras como los críos que hay siempre por mi casa…

La playa estaba brillante, la arena estaba llena de conchas aún sin pisar; preciosos restos marinos multiusos. Había gente que andaba airosa a pesar del viento que se levantaba a océano abierto, y pisan la orilla con cautela por si el agua que va empapando nuestros pies desnudos se los tragan con la velocidad con la que la arena engulle agua salada. Multitud de chicos jóvenes se lanzan con la cometa de ‘kite surf’, otros se deciden por el ‘windsurf’, otros por el ‘surf’, y algunos menos entusiastas se conforman con enseñarles a sus mocosos a volar una cometa. Yo en cambio me quedo impasible, me tumbo boca abajo en mi hamaca tapándome el cuello con el ‘foulard’ y con el vestidito playero encima, y observo cómo el mar suelta espuma por la boca sin parar… El agua desde la lejanía parece turbia y grisácea, y las palmípedas desaparecen ante los estufidos que les da el mar.

Sigo mirando impávida, a pesar de que el sol que irradia claridad cegadora está escondido jugando con las gaviotas, y ya no necesito cubrirme los ojos para poder ver. Aún llevo las gafas de sol puestas, la arena que me golpea suavemente contra los cristales y la bruma, me hacen no ver absolutamente nada. Pero no importa, estoy escuchando los bramidos del mar y al papá desesperado que grita para que su niña suelte hilo a la cometa. Hay un chico que a lo lejos se divisa más valiente que nadie; cada vez entra más adentro con la tabla de ‘surf’, y cada vez que lo intenta acaba cayéndose y seguro que tragando agua. Después de una hora y media sale, le veo venir hacia mí con su tabla bajo el brazo y con su neopreno puesto. Cuando está a medio metro le sonrío, igual como yo no veo un ‘carajo’ pienso que no me ha visto, pero ha pasado de largo a recoger sus pertenencias que estaban a diez centímetros de dónde me cuelgan los pies y a unos siete centímetros de una parejita que lleva horas intercambiando lenguas de un lado a otro a medio palmo de mi; ¡como si no hubiese más playa!. ¡Es que la gente tiene unas ganas de fastidiar!...

Noto que el verano acaba porque los días van siendo más cortos y hay menos entusiasmo en la cara de la gente. Las tiendas estrenan nuevos carteles más luminosos dónde se puede leer: “REBAJAS, ¡CoÑo!. ¡Compren de una vez!. Todo a 10 Euros (pero podíamos rebajar a 3). ¡ENTREN YA!”. También lo noto porque los chiringuitos de verano ya no lucen tan festivos con los focos verdes, que al anochecer; combinan con los cócteles y las primeras copas a pie de mar e iluminando palmeras.

A mí me fascinan las palmeras, tienen frutos que se comen y son exquisitos y dulzones: palmitos (esto no es una fruta pero para el caso sirve igual), cocos y dátiles. Me fascinan porque son de un montón de variedades pero lo que nadie duda es que además de ser un árbol, también es una palmera. Yo veo una palmera y busco cerca algún chalet, o alguna playa, o algún oasis escondido en plena ciudad del que yo no me he percatado aún. Me sugieren alegría y espontaneidad, me recuerdan “Al Tabla” de Punta Umbría, tomando copas al son de las guitarras flamencas que los gitanos afinan por rumbas, bulerías y fandangos cuando se ponen “agustito”. Las palmeras mueven sus ramas y hacen figuras elegantes en las sombras provocadas por el sol al mecerse en sus hojas abiertas alguna sonrisa. Tienen un tronco ágil y abrupto a la vez, que invita a pensar que se está en algún paraíso tropical, o rezumando brisa exótica en la “La Martinica”. Me encanta dibujar palmeras, las mías no son como las de “Muher”, pero sin duda son palmeras más táctiles y pragmáticas... Las recuesto entre chumberas y las dejo días, meses, y hasta años macerar en blanco y negro, y a esbozos hechos a lápiz.

Mi amigo Nicolas ha venido a verme, me ha traído un par de besos y una sorpresa. Mi abuelo, nada más llegar yo de la playa, me mira muy serio y me dice:

_ “Hija, tienes visita... Es un amigo tuyo francés que viene de Egipto... Creía que no se me había olvidado el francés y me ha costado lo suyo mantener una conversación fluida... Está en el jardín hablando con tu padre”.

Cuando me voy acercando los niños se sueltan de la mano y empiezan a pedirle caramelos a mi abuelo, yo suelto las bolsas, con todo lo demás, y salgo pitando hacia el jardín. Ahí está el tío... sonriente, y comiendo... Yo siempre que pienso en Nicolas lo veo sonriente (da igual que diga: “I am in a terrible mood”), que lo veo con una sonrisa en la boca, con su gesto irónico y con hambre o comiendo... Está engullendo una ensalada de aceite, con un par de tomates y queso fresco con orégano (seguro entonces que ha sido él el que le ha dicho a Reme, la cocinera, que le parta un tomate con un poco de queso fresco, y que ya se lo aliña él: medio litro de aceite de oliva de sabor intensísimo recién salido de nuestros olivos, un poco de orégano por despistar, algo de sal... y mucho pan de hogaza). Nico me ve y de un salto se levanta en dirección hacia mí y me endiña un beso en la mejilla mientras me hace signos de que no puede hablar porque está tragando...

Se acerca Tío Cosme con una botella de vino en la mano, le sonríe y le dice no sé qué en francés que yo no entiendo, y Nico le contesta algo medio tragando y acto seguido mi tío abre la botella, mi padre llama a Reme que viene con una remesa de jamón y de gambas, yo sigo alucinando... ¡Pero esto qué es!. O sea; que es Nico el invitado, que no ha sido invitado y viene por sorpresa, pero que a su vez es amigo mío, y encima no me ha dicho ni ‘hola’ porque está comiendo como si en su vida hubiera tenido tanta hambre como ahora, y aquí parece que todo el mundo le brinda honores como si hubiera regresado ‘El Hijo Pródigo’... Encima como yo no hablo francés, cuando empiezo a medio entender lo que dicen, si es que lo dicen despacio, empiezan con otra cosa y no cazo ni una... Yo le digo a Nicolas en inglés un par de cosas, y él me sonríe y me dice en un castellano-italianense: “Ma Peqüiña, e no ti pongas selosa, mi amore... io ti adoro, mi Rooocio bella... tiene una bella familia molto simpática e molto caritativa...”. ¡Eso!; ¡tú dales coba y verás!... Acabas saliendo de aquí con una grúa... Eso le pasó a una amiga de mi Tía Constancia, que de tanta amabilidad y predisposición, salió tan agasajada que lo hizo un mes después y con ocho kilos demás...

Rocío: “Ey... Familia, siento interrumpir, pero lo cierto es que Nicolas habla seis idiomas y no es muy correcto que por culpa de vuestra amabilidad no pueda él practicar castellano que es a lo que ha venido... Right, Nicolas?. Pues deja ya de ser amable que si no, aunque luego quieras irte no te dejan ni poniéndote de rodillas... ¡Nicolas!. ¡QUÉ SORPRESA!”.

Nicolas es un encanto, la verdad es que si, y como en días anteriores yo tenía que enviarle un mensaje y cuando por fin lo hice de madrugada, en vez de darle a enviar, le di a llamar y le desperté; pues ya me quedé con él un ratito hablando, le conté que papá había tenido un accidente pero que pese a la desgracia y al susto, estaba bien... Como le llamé a esa hora y yo estaba medio frita, pensó que estaba deprimida y decidió venir a darme una sorpresa: ¡Y vaya qué sorpresa!.

Lo malo de Nicolas es que es otro de esos chicos perfectos para todo (excepto para casarse y demás; que sabemos todos que la perfección no existe): es guapo, inteligentísimo, simpático, educado, de buena familia, con una cultura impresionante, trabaja viajando por el mundo porque se dedica a la “especulación” (eso dice él siempre), su casa es el mundo entero y las casas de sus millones de amigos por todo el planeta, a los que cuida y de los que siempre está pendiente. Habla seis idiomas y chapurrea ni se sabe (dice que no habla español y mantiene una conversación absolutamente correcta con Reme, que de cacerolas y adobos sabe un rato, pero que de idiomas no la saques del “andalú cerrao”), es un tío que se lleva maravillosamente bien con los niños (de hecho ha estado con Antonio dándole euros mientras él hacía como que aprendía la canción de cuna que le estaba cantando en francés para que se durmiera), es buen amigo, tiene estilazo y unos increíbles ojos azules-violeta que cuando te miran parece que siempre están mirando a otra porque no puedes creerte que ese halo de luz coloreada y con vida se pose así sobre tus ojos a cada palabra que dice... Siempre tiene la palabra educada, justa, correcta, sabe de todo, y encima tiene un humor maravillosamente irónico e inteligente... Y además de ser un tío de mundo; es de derechas, jajajaja...

Aunque claro; como no tiene casa estable, las casamenteras enamoradizas que se pegan a él con ganas de hacerle sentar la cabeza, se tienen a la larga que conformar con aceptar que es un ave migratoria sin estaciones... que va movido por inercia, por impulsos, por lo más salvaje de las apetencias humanas... ¡Yo le admiro tanto!... Que mañana hay fiesta en Dubai; ahí está él al día siguiente con la ropa adecuada. Que pasado se debe quedar en Kenia para un almuerzo de montería: ahí que está él con todo el atuendo listo y sin arrugas... Yo siempre le pregunto que si es que tiene casa en cada uno de los lugares por dónde va o si allá a donde va a ir, se compra la ropa para la ocasión y luego la regala... Se ríe.

Lo cierto es que la mejor cualidad de Nicolas es la paciencia, no sé cómo logra entenderse con los críos y dejarse pintar tatuajes a rotulador (clavándole la punta a traición), sacarle una sonrisa a Reme que no sonrió ni cuando le tocaron dos millones de pesetas en la primitiva, esperar horas a remojo porque todos quieren jugar con ‘la novedad’ en la piscina, en la playa, en el jardín... y Antonio quiere que le enseñe él a hacer el nudo a las corbatas – no si, cuando se empeña... ¡es que el tío se empeña!- por si los franceses los hacen de una manera más fácil.

Antonio oficialmente ya sabe hacer el nudo de las corbatas, por fin lo ha conseguido y se ha colocado una para dormir encima de su pijama. Sonríe satisfecho enseñando su boca mellada y nos advierte a todos que ahora su primo favorito se llama “Nicolas”, que es el único que le hace caso (hace lo que él dice, cuándo y cómo lo dice) y le ha dado diez euros por tomarse toda la cena sin rechistar para poder comprarse antes la “wii”, que la que le regalaron por “Reyes” sus padres hace meses que falleció. Y además, nos advierte seriamente, casi al borde del enfado, que como sigamos regañándole por cualquier cosa se va con Nicolas a vivir con él y pasa de ir al colegio. Nicolas le mira divertido, sonríe, y Antonio se acerca, le da un beso y las buenas noches, a los demás nos saca la lengua, y se va a la cama estirando con su mano la corbata que le llega por las rodillas.

A esas horas empieza a refrescar mucho al aire libre, al menos para mí que soy muy friolera, y los farolillos que cuelgan por las fachadas de la casa iluminan tenuemente las ramas de las palmas y los cocoteros que rodean los porches del jardín. Miro sus hojas mientras recojo las revistas que había puesto esta tarde sobre la mesa, y las veo tristes y apagadas ante la calma nocturna que divisa el final del verano. Las fachadas se llenan de mosquitos que revolotean juguetones alrededor de los candiles, y de lagartijas que se arrastran hasta el tejado en busca de algún escondite en el que descansar.

Nos entramos a la bolera, en la parte de abajo para sentarnos cómodamente y hablar, allí siempre hace fresco; en verano el suficiente como para no pasar calor, y nos pusimos a hablar mientras Nicolas no paraba de hacer mojitos con la maceta de hierbabuena que le cogió a Reme de la cocina. Creo que los hizo mal, porque el azúcar moreno no se derretía y cada sorbito que le daba con la pajita, se me llenaba la boca de un pringue dulzón mezclado con un alcohol de sabor espantoso, así que yo me limitaba a escucharle y a comerme las hojas de menta de los vasitos.

Hablando y hablando de todo y de nada se fueron pasando las horas, mi Tío Cosme, allá por las tres de la madrugada bajó a tomarse un “whiskey”, decía que no podía dormir por culpa de la mala digestión de la cena (todo mentira, el Tío Cosme es lo más cercano físicamente a un mafioso de las películas de “los Corleone” de Sicilia sólo que a la española, y se sienta en un sillón “Chéster” a tomarse la copa enfundado en su batín y con sus gafas de pasta negra mirándonos serios mientras me dice que le acerque su caja de puros. No os digo más que, cuando murió su hermano mayor; el Tío Santiago, éste dejó previamente escrito en una carta a cada uno de los hermanos, que si vivían para enterrarle, que lo hicieran metiéndole en la caja fúnebre una botella de “Cardhú” de no sé cuántos años que tenía guardada ex profeso (un ‘malta’ de treinta años), y un revólver, por si no estaba bien muerto y se despertaba ya en el nicho del panteón ante esa perspectiva, poder tomársela entera y coger fuerzas para pegarse un tiro en los sesos... Y así se enterró). El caso es que al Tío Cosme le va la “bulla”, como se dice en el Sur, y no se quedaba durmiendo tranquilo mientras no se percatase de que ya no quedaba alguien ‘alternando’ cerca.

Yo al Tío Cosme y al fallecido Tío Santiago, los recuerdo siempre más jóvenes, con ese pelo oscuro teñido en colonia “Álvarez Gómez”, repeinadísimos hacia atrás (Tío Cosme con bigotillo y Tío Santiago afeitado en su barbero de toda la vida), delgados, corpulentos y altísimos, enfundados en su traje de chaqueta, con sus petacas de plata y sus puros, despidiéndose de nosotros porque estaban de vacaciones y se iban al “Casino de Montecarlo” en un respiro que hacían en sus negocios cotidianos. El chófer en la puerta, que previo aviso, repetía como un disco rallado que los señores iban a llegar tarde al aeropuerto. Y también recuerdo a mis Tías poniendo el grito en el cielo cuando se iban y más aún cuando venían y resulta que se habían jugado alguna finca y la habían perdido.

Ya os digo yo siempre que tengo una familia peculiar; tengo familiares de todo tipo: “kikos”, “del Opus Dei”, pinta de mafiosos, vividores empedernidos, listos embelesadores, buenazos tontorrones, buenazos a secas, empresarios, pintores, artistas, músicos, joyeros, matemáticos y físicos nucleares, y también los tengo letrados de todo tipo: magistrados, doctores en derecho, letrados a secas, jueces, notarios, registradores de la propiedad, y sibaritas de todo tipo de catas, ambientes, estilismos y derrochadores despiadados; de todo hay en la viña del Señor, y yo que soy de familia numerosísima, tengo más viñas de las que la gente pueda pensar...

Mi Tío Cosme, que tiene setenta y ocho años inhala su puro haciendo humo en forma de burbujas que acaban estrellándose contra los ojos color cristal oscuro de Nicolas, él le sonríe, y le insta a echarse una partida de cartas. Así que yo le miro con ojos de ¡ni se te ocurra!, pero ya es tarde y Tío Cosme animado, me pide otro “Whiskey” con hielo mientras alcanza la baraja de pócker que está en el cajón de la mesa de juegos. ¡Qué fastidio!, como yo no sé jugar me tengo que conformar con estar mirando un rato, hasta que el aburrimiento me hace bostezar un par de veces y mi tío me dice que me meta en la cama. Miro a Nicolas para sugerirle que si también tiene ganas de retirarse a descansar, pero ya empieza a hablar en francés con mi tío y eso es claramente que pasa de mi y que está encantado con lo que me tío, que dicho sea de paso; cuenta unas historias increíbles, y además ciertas (ha vivido mucho y se ha pasado la vida viajando) le ha tenido que decir y se dispondrá a contarle. Así que doy las buenas noches, los besuqueo a ambos, mi tío se mesa el bigote recortado, en plan médico antiguo de otra época, y yo me largo escaleras arriba a ver si alcanzo pronto la cama después de pasar por el suplicio de los mejunjes anti-arrugas, granitos, caída de pómulos, elasticidad, poros abiertos, seda dental, colutorio bucal, cremas para codos, pies, rodillas y celulitis, y después de este arsenal de cremas vertidas en mi cuerpo sin orden concreto, me meto en mi dormitorio no sin antes tropezarme con una muñeca de Bertina que me ha dado un susto de muerte...

A la mañana siguiente, cuando bajo a desayunar, mi primo Antonio y Marta (que está en edad adolescente y empieza a interesarse por los chicos), me preguntan por Nicolas. Antonio me dice que la corbata le ha dado una noche de perros: “Prima, casi me ahogo con la corbata, además que me ha dado mucho calor y hasta que no vaya al colegio ya no me la pongo más... Si, en el colegio llevo corbata, pero esa del uniforme a mi no me gusta, me voy a llevar la del Abu, que es más chula...” Le digo que no despierte a Nicolas, que anoche se acostó muy tarde, pero él dice que si no le despierta, que entonces le tengo que llevar yo hoy a la playa, que ayer llevé a los primos mientras él estaba en el dentista, y que hoy le toca a él ir antes de que el vigilante de la playa saque la bandera roja, así que aunque sean las diez y media de la mañana quiere que lo baje a bañarse. Le digo que tan temprano el agua está muy fría, pero él dice que como ya ha salido el sol no es verdad, así que, que le lleve que ya se ha puesto el bañador y todo. A regañadientes, después de desmantelarme cualquier excusa, le prometo ir si me deja desayunar, y él me dice que mientras va a coger la cometa y la crema, y que yo le coja el bocadillo, el zumo y su toalla. Baja a los cinco minutos con un patinete, y dice que ha pensado que lo mejor es esperar a que se despierte Nicolas que es más divertido que yo, que desayune lo que quiera porque total, ya no quiere jugar conmigo, así que se mete con el monopatín por el césped una vez que se ha cerciorado de que no hay ningún “mayor” que le pueda regañar por dejar el jardín hecho un asco. Y mientras respiro tranquila, viendo que por mucho que le diga a Antonio que no patine por ahí, no tengo ningún tipo de autoridad sobre él, y observando que se ha puesto las rodilleras y las coderas para estamparse con ganas, tengo a Marta a mi vera sometiéndome al tercer grado con todo tipo de preguntas acerca de Nicolas.

Veinte minutos después baja Tío Cosme, me sonríe y me dice: “Sobrinaaaa, ¡buenos días!, ese chico amigo tuyo es una joya. Lo que es jugar al pócker lo hace de pena pero es un gran chico... Por cierto, que me preparó un combinado de azúcar con hielo y ginebra que me hizo dormir mejor que un marajá” (si, ¡hombre!, ¡seguro que era su cócktel el que le hizo dormir y no la ‘tajada’ que llevaba encima!)...

A las once en punto bajó Nicolas, con su sonrisa de siempre y su cargamento de hambre, y yo me froto las manos pensando en lo rápido que se le pondrán las comisuras en su sitio en cuanto mi primo Antonio lo vea. Da los buenos días con sus pantalones cortos, sus “hawaianas” blancas, y su camisa de hilo blanca de cuello ‘tao’ arrugada. Antonio lo ve y como una flecha, salta de su patinete y se tira hacia su cuello pegando uno de sus famosos “saltos con efecto”, entonces le sonríe con sus mellas ‘caninas’ (anda preocupado el chaval porque no le salen los caninos como al “Conde Dracula”, como bien os comenté en un ‘post’ anterior, y tanto se empeñó, que ayer le tuvo que llevar mi abuela al dentista), y le dice: “Nicolas, mi prima Rocío dice que me lleves a la playa, que ella está cansada porque ya es muy vieja, así que he preparado la cometa, la tengo en mi cuarto, que como me enseñaste a hacerme el nudo de la corbata, yo te voy a enseñar a ti a volar una, que me sale súper bien... (aquí me saca la lengua) Pero mi prima y mi hermana Marta que no se vengan, ¿eh?, que son muy pesadas”. Nico intenta zafarse del asunto y le dice que no entiende bien lo que le está diciendo, y yo aquí, pongo ideas maliciosas en mi mente y por fin las hago salir muy a mi pesar, así que le digo a Nicolas lo que quiere el crío, y que no sea tan listo e intente darle esquinazo, que tiene al niño todo embelesado con él. Nicolas sonríe a Antonio que se empieza a poner serio y con amagos de pucherito, y ante su gesto expectante le dice que de acuerdo, y Antonio tan contento le acerca la taza del café echando la mitad desde la mesa hasta sus pantalones, pasando por su hermana Marta, que no le quitaba ojo a Nicolas, y quemándole el brazo.

Nos vamos a la playa, Marta se lleva su “ipod” y se tumba bajo el sol mientras sigue con su mirada tapada de “wayfarer” de “Ray Ban” de pasta blanca, los pasos de Nico. Yo abro la sombrilla, dejo las palas de Antonio y su bolsa con ‘sus cosas’, y me voy a darme un paseo mientras cojo conchas para que luego las niñas pequeñas las pinten con esmaltes y se hagan collares. Nico anda todo el rato pendiente de Antonio, haciéndole ver que no puede meterse en el agua porque de nuevo hay bandera roja, y como él es más listo que el hambre, desafía en pulso a mi francesito, y se pone a berrear como si lo estuvieran matando, hasta que consigue que Nicolas lo coja en brazos y se meta con él en el agua, donde Antonio se aferra como un poseso a su cuello y empieza a gritar: “¡Que viene otra olaaaaaa!, ¡levántameeeeeeeeeeeeee!”.

Cuando salen ambos, Nico me dice que mañana tiene que irse, le digo que no me extraña, y se ríe a carcajadas mientras Antonio va delante con su hermana Marta, que continúa colgada del “ipod”, y le va diciendo: “... Pues Nicolas es súper fuerte, tiene los brazos iguales que los del ‘Pressing Catch’, me levantaba súper alto y no he tragado nada de agua, le voy a adoptar como primo, si me das un euro le digo que tú también le quieres adoptar, ¿vale?”.

Total, que si antes Nicolas era uno de esos hombres aquejados de poseer el “Alelo 334 (un gen que está presente sobretodo en hombres que los hace peligrosos para las relaciones estables), ahora encima ha descubierto que esa cosa moderna de no querer tener descendencia es un mal que también le aqueja, al menos durante otro montón de años...

En fin, que mi amigo Nicolas se marchó, dejando a un primo postizo que no paraba de hablar de sus proezas, dejando a una adolescente suspirando por sus ojos azules y su sonrisa pícara, ilusionada ante la idea de poder hablar con él por “Messenger”, y dejando a mi Tío Cosme todo el día pidiendo a Reme o a cualquiera de nosotros, sus sobrinos, que le hagamos ese mejunje alcohólico tan digestivo.

Besazo Grande,

Rocío Medina

P.D.: Si algún amigo quiere venir a visitarme, yo encantada, ahora bien; tened en cuenta que Nicolas ha dejado al pabellón bien alto.

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4 Octubre 2008

A caballo por Doñana


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Hoy hace un día demasiado caluroso y plomizo, lo cierto es que en verano son los días menos apetecibles de todos porque siempre son sinónimo de que nos quedamos sin playa, o a lo sumo; sin poder tomar el sol.

Nada más levantarme bajé a desayunar al porche que da al jardín, allí el sol siempre te pilla esquinado a esas horas, y las hojas de la palmera cubren lo justo como para poder desayunar como Dios manda: con la mano sujetando la cabeza malamente plisándote la cara, con la silla echada hacia atrás todo lo que se puede (estirándote como si fueras un chicle “Boomer”, porque la idea es acostarte encima de la mesa directamente, y si me apuras; meterte dentro del café a seguir durmiendo un poquito más) y con la otra pasando hojas del periódico sin detenerte en nada concreto, a lo más que llego yo en estos casos es a estar, con el ojo que tengo abierto; avizor del periódico a la casa, y así… (porque en mi casa se nos cabrean cuando hacemos esas cosas; si por ellos fueran estaríamos desayunando todo ‘peripuestos’ como si lo estuviéramos haciendo en la cafetería del “Loevre”): ¡qué estrés!...

La palmera hoy estaba que no le daba la gana de taparme el dichoso rayito de sol, el poco que había estaba encaprichado con mi ojo izquierdo, y nada; que yo estaba por arriesgarme a una bronca si lo cerraba encima de la mesa, o por ponerme las gafas de sol a las diez de la mañana y arriesgarme a lo mismo; así que decidí no echarme café y directamente quedarme tumbada ojeando el periódico a ver cuántas desgracias, que no supiéramos, habían despertado hoy en el mundo… Las mismas: tíos que matan, apuñalan, golpean, y en el mejor de los casos acaban suicidándose, las películas con que nos deleitan en televisión que por edad seguro que se licenciaron en la misma universidad que “Tutankamon”, lo de los dichosos juegos olímpicos en ese país comunista horrible que ha expropiado a gente de sus casas, y por fin la política; que son como las gallinas de corral; que es para echarle de comer aparte…

Mi primo Álvaro llegó el día anterior de Jerez, vino con un cargamento de caramelos y globos de agua para ‘los enanos’, que descargaron el susodicho cargamento, como es lógico, encima de él… Álvaro vino cabreado, todo hay que decirlo, el tío es guapísimo y como familiar tuyo es todo lo aconsejable y probo del mundo, ahora bien, si eres una chica y no tienes lazos de sangre con él; sal corriendo porque tu estabilidad emocional y sentimental estará en apuros serios. Yo no sé lo que tiene Álvaro aparte de guapo, alto, inteligente, deportista, educadísimo, simpatiquísimo y un estilazo increíble (aquí yo pongo sonrisa de oreja a oreja porque según voy describiéndole le veo esa mueca tan típica suya cuando acaba de leer un mensajito ‘by mobile’ y le va a responder cualquier parida para tenerla contenta). El chico vuelve locas a las mujeres, y yo por eso no se lo presento, a menos que me vea forzada, a ninguna amiga mía o similar (amistades que te llaman y te cuentan su vida, te integran como parte ‘chic’ de su universo del ‘soirée’, pero luego les importas un pimiento y a la que pueden y encuentran un tío que las mime durante una temporada, pierden tu teléfono y dicho sea de paso; te despellejan viva, y todo lo que antes veían en ti que les fascinaba, ahora les horroriza más que despertarse una mañana y encontrarse a “Paco Porras” sirviéndoles el desayuno tapando sus partes ‘pudientes’ con un ramillete de perejil). Dicho lo cual; Álvaro es un caprichito de hombre pero yo por suerte lo tengo en mi familia, si no, seguramente pringaría como la que más…

Pues bien: resulta que andaba medio liadillo con la morenaza del turno veraniego, y mi Tío Miguel a regañadientes le dejó salir a navegar en su embarcación nueva, donde se fue con ‘La Morena’ y con la hermana de ésta (huelga decir que ninguna era de Jerez – ya las tiene a todas ‘recauchutadas’- ni hablaban castellano) y luego con un montón de amigos… Al día siguiente se enteró de que un amigo suyo se había liado con ‘Morena’s sister’, y entre ‘caladita’ y ‘caladita’ post-coital, el muy espabilado la había puesto al tanto de los prodigios de mi Alvarito, así que estaba ‘La Morena’ que trinaba en su idioma. Total, que como Álvaro a los histerismos femeninos sólo los aguanta si son de su madre, en un arranque de filamentos condensados de ácido desoxirribonucleico, agarró el coche y apareció en Huelva para la hora de comer, dejando a la ‘guiri’ hasta más ver.

Así que esta mañana después de mi ‘no desayuno’, Álvaro recién duchado y afeitado que parecía una rosa fresca de “Jericó”, bajó con el semblante optimista, se desayunó por lo menos cuatro rebanadas de pan de pueblo tostadas con tomatito, aceite de oliva y sal, y un tanque de leche. Acto seguido me pregunta qué plan tengo para hoy, le miro, y antes de poder responder, me dice que nos vayamos a “El Rocío” a montar a caballo que hace un día ideal para eso. Me pareció una idea estupenda, además que me apetecía muchísimo perderme por “Doñana” y desconectar un poco del barullo de la casa. Encima hoy venían unos amigos de mi Tío Vicente Luis que son casi octogenarios y en contra de todo pronóstico; los más ruidosos del mundo (como están medio sordos pues hablan gritando y al final de la velada lo único que han sacado en claro es que, o se quedan a dormir o tienen que salir a ‘cuatro patas’ de lo mucho que les gusta darle ‘al pirri’).

Entramos en la aldea de “El Rocío”, allí el aire huele distinto, sé que serán imaginaciones mías, pero es un sitio absolutamente envolvente, estemos o no en temporada de ‘Romería’, ‘Candelaria’, ‘El Rocío Chico’… La ermita siempre se ve reluciente y majestuosa con sus peregrinos a la puerta de la ‘Sala de Velas’, donde las luces cargadas de promesas desprenden un tufillo a cera del crematorio que se entremezcla con el inciso, la arena, y el salitre estancado de las marismas que a lo lejos dibujaban sombras de ‘flamencos’ que intentan almorzar.

En el mismo centro de “La Plaza de Doñana”, un par de casas más a la derecha de la que se ha comprado “Don Jesús Quintero”, está la nuestra. Aparcamos el coche a pie de casa, y abrimos la verja de hierro por la que entramos. Cada vez que regresamos siempre encontramos al mismo cuadro tirado en el suelo; mi Tía Abuela Bella, nos dice que en la casa se aparece “El Bisabuelo” tratando de tocar la moral de la gente. Ella nos ha contado montones de veces que “La Bisa”, esposa de “El Bisa”, trajo ese cuadro porque su madre se lo regaló y le tenía mucho cariño; es el típico cuadro con escenas de caza. “El Bisa”, que no soportaba a su suegra, sintió cómo le hervía la sangre al tener que quitar un trofeo suyo de caza, por poner semejante ‘pestiño’ de cuadro. Así que según mi Tía Abuela Bella, “El Bisa” seguía con el reconcome en su tumba.

Volví a colgar el cuadro y abrí las ventanas, la brisilla era calurosa y dejaba la piel lentamente pegajosa. Esperamos a que el cuidador, al que llamamos antes para que nos preparase los caballos, terminase de colocarles las monturas y mientras lo hacía, nos fuimos a las tiendas de ropa que están más abajo de nuestra casa porque Álvaro quería comprar unas pulseritas de cuero con la bandera española. Entramos en casa, me tomé una ‘coca-cola light’ con un paquete pequeño de galletitas de chocolate que encontré por la despensa.

Entramos en “Doñana”, hacía un calor espantoso pero corría un poco de brisa, y me pasaba más tiempo tratando de que no se me cayera el sombrero, que tratando de no caerme yo con el caballo a galope. Me encanta montar a caballo, es una sensación maravillosa de libertad y salvajismo neutro. Álvaro monta muy bien, se pasa días enteros montando en Jerez, y a veces tiene que esperarme porque en algunos tramos yo no puedo pasar con el caballo tan rápido como él. Cuando montas a caballo tu alma se funde con la del animal. El caballo es elegante, bonito, fuerte, salvaje, valiente, y a la vez noble e imprevisible. Es como un humano sin estocadas, con un espíritu indomable y distinguido.

El caballo regala a nuestra historia connotaciones muy diferentes a nuestra civilización; sin este animal, nuestra leyenda a través de los siglos hubiese sido otra muy distinta. Creo que el caballo, más que moldearlo nosotros al haberle comenzado a domesticar hace no más de seis mil años, nos ha moldeado a nosotros. Ese bello animal salvaje, esa bestia pulida que trota por los capítulos de nuestra historia salvando de los perseguidores a “Robin Hood” y a nobles damiselas fugadas en clandestinas noches de luna llena, trotando por adoquines de ciudades románticas y montañas perdidas bajo las órdenes de villanos. El caballo está presente en la imaginación, y con sólo escuchar su galope resonando sobre la tierra nos hace evocar batallas épicas cargadas de aventuras. El caballo ha modificado nuestro estilismo, y con ello ha predispuesto a la moda que vestía a Hernán Cortés, Francisco Pizarro, etcétera, de pantalones cómodos para prevalecer, más ágiles e impunes, sobre ejércitos mucho más numerosos que los suyos. Cambiaron la historia de la música, ya que gracias a ellos existen los instrumentos de cuerda frotada hechas con los pelos de la cola, originarios de las culturas de Asia Central. Tampoco la historia de la mitología hubiese sido la misma de no existir los caballos, porque no habría existido el centauro; mitad hombre, mitad caballo. Ni los unicornios; esos bellos animales que se esconden durante el día avergonzados por tener entre los ojos un gran y afilado cuerno enroscado. De hecho; ¿cómo podrían haberse escondido los soldados aqueos (ciudadanos de Acaya, Región al Norte del Peloponeso en la Antigua Grecia) en el interior de un caballo de madera frente a las murallas de Troya?. ¿Cómo habría “Brad Pitt” de yacer muerto en la película que emula esta historia?. Sin los caballos no habrían existido tampoco las películas “del Oeste”, esos “western” que exaltaron a la categoría de mito al famoso “Tom Ford”. Pero lo más importante, lo que más me llama la atención; es que la idea medieval de la nobleza está tan vinculada al caballo que no sólo los libros que enloquecieron al protagonista más famoso de Cervantes,“Don Quijote”, se llamaban “Libros de Caballerías, sino que aún hoy para cualquier cosa, hasta para ir al lavabo, a los señores se les llama: “Caballeros”.

“Su silueta grácil se repite a través de los siglos galopando siempre en la imaginación humana, en Altamira o en una talla de Mongolia, o en uno de esos escudos muy pulidos de piel de bisonte que decoraban los indios de las grandes praderas de América del Norte. Los caballos son presencias sagradas, muestras de riqueza y de supremacía, juguetes para niños...” Antonio Muñoz Molina.

Cuando la gente monta a caballo por primera vez, sólo aprecia si es más o menos manso, pero todos los caballos amén del color y la raza, les parecen iguales; lo cierto es que no lo son en absoluto. El caballo es uno de los animales más inteligentes del mundo, prueban siempre a su jinete, lo varean y lo tientan a ver quién puede más. Un caballo es un filósofo sin título ni dogma que dialoga con el que lo monta y mantiene conversaciones silenciosas con él. Le hablas y te escucha, le dices que te cuide, que esté tranquilo, que camine despacito, y él te entiende y hace lo que le da la gana si ve que puede más que tú; es cuestión de jerarquía. O sea; mi caballo parece que me quiere más que a nadie, pero en cuanto se monta Álvaro, está claro que pasa de mí y le hace más caso a él.

Estuvimos paseando por un bosque lleno de dunas y pinos, de marismas enjauladas que mezclan sangres impuras del “Río Tinto” y del “Río Odiel”, de montones de especies diferentes de aves que impregnan el aire de sonidos indescifrables que ornamentan el paseo a modo de banda sonora, que vuelven locos a los ornitólogos para poderlos clasificar. La brisa nos golpea cálida en la cara, por fin se me cae el sombrero y Álvaro, veloz como una gacela, desdibuja nuestras huellas marcadas en los altozanos de arena, y como si fuera un rejoneador haciendo un quiebro frente al toro, sin apearse del caballo, se descuelga por su lomo negro, brillante y sudado, lo recoge y se lo guarda (prefiere ir cargando con él, que el devolvérmelo y que a los diez minutos vuelva a suceder lo mismo).

El cielo es color plata rasa, los manchones de nubes tempranas se deshicieron en un blanco roto con parches añil que acabaron desapareciendo. El aire huele ahora a eucalipto seco, a jara, y a breña mohosa de las laderas de los marjales que adornan postales de romería “Rociera”. Me fijo en el camino mientras troto sin rumbo por las veredas fragosas que tan bien conocen los ‘Almonteños’, y me doy cuenta de que se han borrado los surcos de las carretas de los romeros.

Paseamos durante varias horas seguidas y sin descanso, creo que voy a morirme, siento que la sangre es la causante del calor que tengo, la noto en ebullición y tengo más sed que nunca. Álvaro me mira un poco mosqueado cuando le pregunto si él no tiene sed, si no tiene hambre, si no nota el calor, y entonces me dice: “Venga, ¡floja!, ¡vámonos ya!, nos vamos donde Curro y nos tomamos un vinito, y ya de paso comemos, que me ha dicho el abuelo que nos tenía que dar una caja de no sé qué para él… Pero eso sí; por la tarde si no llueve seguimos”. ¡Cualquiera le dice que NO!.

Curro es un antiguo capataz de una finca que tiene mi abuelo. Mi abuelo decía que como mayoral era un desastre, pero como persona es un tío increíble, total, que le daba pena despedirlo y lo ascendió a “Jefe de Capataz”, o sea; era el que le mandaba todo el día a un pobre chaval que acababa de terminar “Ingeniería Agrónoma”, y si no hacía exactamente lo que le decía se ponía al borde del infarto. Total, que mi abuelo porque no le tuvieran que poner el marcapasos ni tener que despedir al chaval después de todo lo que tuvo que sufrir -“Al Curro es que hay que aguantarlo”,que dice siempre su mujer-, tuvo que ascender a los dos y llevarse a Curro para que se encargara un poco de todo y de nada (cosa fácil ya que “El Curro” es bastante vago), y al aprendiz de “Curro” lo ascendió por enchufe directamente a ser el “El Jefe de Subalterno” de la finca de un famoso ganadero de reses bravas. En fin, que mi pobre ‘Abu’ tuvo que colocar a un señor que trabajaba mucho y lo tenía todo en orden, pero que cada vez que podía le daba por robarle racimos de uvas de las parras y esto a mi abuelo lo ponía malo.

Cuando llegamos entramos por el patio donde está la entrada de carruajes y allí nos esperaba Blasito para hacerse cargo de los caballos. Una ducha rápida y nos vamos a casa de Curro. Curro después de ser el recadero del abuelo durante un año dijo que se quería prejubilar, que con el dinero que le había dado mi súper ‘Abu’ durante años por no hacer prácticamente nada, ya le había dado lo suficiente como para comprar una casa en “El Rocío” vendiendo el piso que tenía en “Bollullos”, total; que después de tanta trifulca, va el tío y se jubila. En fin, que su mujer cocina muy bien y mi abuelo dijo: _“¡No hijos!, ¡no!, ir hasta allí y regresar para el almuerzo es tontería. Llamo a Curro para que me tenga preparadas las cosas que me tiene que dar, y ya que vais a recogerlas os quedáis a comer que él estará encantado”. Cierto es que su mujer, Paca, cocina fenomenal, y prueba de ello fue el puchero con cuatro kilos de tocino, no sé cuántos de mondongo, y yo creo que ya puestos dijo: pues voy a echar la vaca entera, que parece que si no, como que no tiene sustancia. Así que entre el calorazo que hacía que pedía a gritos lluvia, los vapores de la olla que puso sobre la mesa para servirnos ahí mismo, y lo pesada que se puso después para que nos tomáramos un par de “perrunillas” cada uno con el café de la sobremesa; yo cuando llegué a casa y Álvaro dijo que a montar otra vez, me tiré encima del caballo que quién me viera con un ‘finito’ o un “carajillo” demás, juraría que estaba rodando un “spaghetti western” y estaba ‘filmando’ la escena de cuando ‘El Feo’ y ‘El Malo’ se baten a duelo con “Burt Spencer” y acaban pegándome a mí, que soy ‘El Bueno’, el tiro en el culo…

Son las siete y media de la tarde y estoy dándole besos a mi caballo y agarrándome a él como si no le fuera a ver más en toda la vida. ¡Le quiero más!... Álvaro está al teléfono y echo una ojeada de última hora por la casa. En la mesilla de la cama de “Tío Cosme” encuentro los pendientes de gitana rosa palo con lunares blancos de alguna de mis primas pequeñas, y veo que el grifo de agua del lavadero tiene un goteo armónico y constante que no me gusta nada de nada. Cojo un pañito y hago fuerza para girar la manilla hasta que ésta se cierra completamente. Pego un tirón a la puerta de casa, y Álvaro, mientras sigue de charla por su ‘cell’, introduce las dos llaves y la cierra, sale, y tras él lo hago yo echando el cerrojo de la puertecita de hierro de la verja de acceso.

A la media hora aproximadamente estamos en casa, ¡Maldita sea!, pienso yo, se me había olvidado que había cena con los amigos del Tío. Aviso a Álvaro, y me dice que él pasa de todo, que él entra por el garaje y cuando esté dentro de la casa avisa a la cocinera de que se queda arriba. Así que cenamos a nuestro aire en la terraza del salón de arriba.

Estoy cansadísima, el cielo ha dado tregua y ha rebajado los grados de calor por las briznas de brisa templada, que a pies quietos, te obliga a ponerte una chaquetita. La luna, que lleva escondida horas y horas detrás de alguna nube juguetona, parece una ele torcida y color candela apagada, aparece coquetona a la hora de la horchata granizada y la película que Álvaro elige para poner en el DVD.

El caso es que los tíos; por ligones, penosos, guapos o poco agraciados, mayores o más adolescentes, todos; siempre saben que a la hora de escoger ‘peli’, cuantos más tiros, sangre, fantasmadas, efectos especiales y demás, mucho mejor siempre. Así que como “Daniel Craig” estaba emulando a “Bond” en estado puro, y yo a “James” lo prefiero en momentos menos productivos; me voy a mi cuarto desde donde os escribo revestida de “Aután” y sentada bajo la mosquitera de mi cama con un empacho tremendo.

Besitos Dulces,

Rocío Medina

P.D.: Por culpa de la “Coca-cola” que me tomé para ver si se me pasaba la pesadez del estómago, me desvelé, y ahora sólo escucho ruidos raros que provienen de algún lugar del jardín, y que me sobresaltan de cuándo en cuándo al pensar que tal vez alguno de ellos se esté atragantando con la dentadura postiza.

P.D.1: Definitivamente estoy con Álvaro en su cuarto jugando a matar a gente con “La Play”, si alguien quiere algo que llame al móvil de mi primo que el mío está cargando en mi cuarto, y ahora no me puedo dejar el puesto que sólo me quedan dos metralletas y una vida…. AaaaaGGGgggggg!, ¡Me MATARON!

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16 Septiembre 2008

Las Cosas del Verano

Queridos Tod@s:

Cuánto más lo pienso menos dudas tengo de que para pasar un buen verano una persona decente debería arrancar de cuajo los cables de la tele y anular la suscripción a sus revistas preferidas a menos que sean de caza, arquitectura o decoración. A lo sumo os dejo leer el “PRONTO”, que siempre da consejos útiles de cómo limpiar las manchas de velas de los manteles, cómo hacer que tu pelo grasiento, que hace dieta de agua y jabón, parezca recién salido de la peluquería con tan sólo echarle encima un bote de polvos de talco y pasarte la tarde entera cepillándolo con brío, cómo reutilizar los botes de cristal de los yogures y reconvertirlos en improvisados candelabros, cómo limpiar los surcos que el sudor y el desodorante deja en las axilas de las camisas… y todo esto adornado en la misma página por la receta de un sabroso pastel de carne con piñones y albahaca. Bueno, doy por hecho que sólo miráis eso y no los despropósitos de consejos que dan los tarotistas al final de la revista:

Bruja Amanda: “Hago amarres de todo tipo y soy especialista en temas de amor. Sólo digo la verdad; duela a quién le duela. Seré tu amiga y consejera. Llámame a cualquier hora”.

Veamos querida Bruja Amanda: yo de estas cosas sé poco, conozco mi horóscopo porque hay quién para ligar necesita con urgencia saber de qué signo eres, y ya viendo que era más que una moda, todo un dogma a seguir; me dediqué pacientemente a mirarlo e informarme, pero eso de “hacer amarres de todo tipo” a mí me suena a ‘chamusquina’. O sea; tú lo mismo amarras al susodicho a una cabra que a un caimán de Florida, que lo amarras al póster de la luz a ver si mientras se electrocuta recapacita de cuánto ha perdido dejando a la pesada, loca e histérica de la que se gasta el sueldo en llamarte, que amarras tres pelos del bigote de un gato y lo cueces con canela, excrementos de sapo, y haces un amuleto para que la persona en cuestión lo lleve siempre en el bolsillo junto con la pata disecada de alguna liebre cazada a traición…

Otra cosa: tú, querida Bruja Amanda, dices ser especialista en temas del amor, o sea; que doy por hecho que tu especialidad se debe a las clases lectivas que has debido recibir en alguna universidad donde te han formado bien y te han dado el diploma que te acredita lo suficiente como para saber qué hacer para que el tío que ha pasado de tí y te ha chuleado todo lo que ha podido y más, vuelva a tí como un corderito manso y encima pretenderás que la lleve de viajecito romántico a “Saint Tropez” y le ponga a tu clienta un ático en la calle “Claudio Coello" con asistenta y un “personal trainer" estilo “Darek” para que la ponga a punto por lo mucho que sus disgustos han condicionado su dieta… Yo le diría a la señora Bruja Amanda, que por qué no se amarra ella misma en algún lugar en condiciones y que se aplique ella sus teorías a ver si en vez de estar tan sola y tan ávida de ‘pasta’ fácil, se hace con un buen tío que pise con los pies en la tierra, que le quite tanta tontería junta, y la ponga de rodillas a meditar sobre si esta verdad es la que duele “pese a quién le pese”, o necesita que se lo digan con algún mapa explicativo donde se muestre una flecha desde su casa hasta un lugar llamado “Excremento” (sé que me he pasado de grosera pero verdaderamente estos temas me encienden. Es que cuando veo que hay tanta gente aburrida que en vez de aprovechar su dinero en cosas interesantes se dedican a tirarlo a la cuenta de esta gente tan cretina, se me va la mano a la tecla y no puedo parar, es como cuando te pica el brazo; no paras de rascarte y rascarte hasta que te dejas la piel bajo las uñas y un ronchón arañado y rojizo en el brazo).

Por cierto, Bruja Amanda: si se te ocurre tratar de ser amiga mía o consejera, te aseguro que antes llamaría a la “Guardia Civil” para que te lleven con urgencia a algún psiquiátrico… Además, que si tratas de ser mi amiga mejor que vayas replanteándote la dirección de las llamadas, porque mis amigas no siempre esperan que sea yo la que ‘cargue’ con la factura…

En fin, a lo que iba: que estar de vacaciones siendo un vulgar ciudadano es un ascazo tremendo cuando enciendes la tele y ves lo bien que se lo pasan los demás, que parecen que más que de vacaciones están concentrando todo un año sabático en un par de meses que no acaban nunca. Y todo a su lado es bonito, perfecto, sonriente, mágico, gente guapa que no sólo tiene cuerpos de escándalo, sino que deben ser simpática e inteligente de morir, a razón de las risas lujuriosas que no se apartan ni un segundo del famoso de turno. En las revistas es peor; porque esa imagen congelada hace que puedas repasar los detalles de la foto más de una vez con lupa (te enciendes porque no puedes criticar ni un ápice de ese trasero, te mueres de la envidia porque este año ha vuelto a descumplir cumpleaños y aparecen los acompañantes más guapos y rozando la mayoría de edad, te cabreas porque en una foto aparece un posavasos de un reservado de algún local de moda de Ibiza, en la siguiente posan despampanantes bajo la sombra de un toldo teniendo como telón de fondo un lujoso hotel de Marraquech, y en la última bajo un posado ideal, aparece en titulares la frase que te invita a suicidarte directamente: “Intento sobreponerme y coger fuerzas tras morir mi gata ‘Bloody Mary’, así que este verano he acortado mis vacaciones porque me inundaba la pena”. O sea; que si no se llega a morir su felino se pasa un año o dos de vacaciones a ver si descubre algún lugar exótico con cócteles aún sin catalogar, GRRRRRRRRRRRRR!!!!!!!!!!!!!

Por eso he decidido que lo mejor es no encender la tele para no pasarte el verano de mal humor. Y es que cuando comienza el verano nos vemos optimistas ante los dos kilos de grasa corporal que hemos perdido gracias a ese milagroso concepto post-moderno llamado: “Operación Bikini”, y al que sólo seguimos a rajatabla las semanas previas a nuestras vacaciones. Porque antes son todo buenos propósitos que se aminoran ante la idea de que aún faltan tres o cuatro meses para las vacaciones y podemos invertir, más que en él, en los rayos UVA; que ya va haciendo tiempecito para lucir piernas bronceadas, saltarnos la dieta porque obviamente es ideal salir del trabajo y acercarte a algún local de moda a tomarte una copa con tu falso ‘look’ de ejecutivo (habiéndote pasado antes por casa para soltar de golpe el portátil y el teléfono de trabajo, ponerte el traje recién planchado, y cambiarte la camisa arrugada de todo el día por una nueva y limpita. Es decir; quitarte el maquillaje cuarteado de toda la jornada laboral, volver a pintarte, quitarte los zapatos de tacón medio y cambiarlos por los de ejecutiva agresiva a lo Demi Moore en “Acoso”, y echarte un perfume caro y matón). Así que para la dieta estricta sólo quedan las dos últimas semanas; que es cuando estamos obligadas a hacerla porque nos hemos gastado el presupuesto que nos quedaba en cremas de todas las texturas y todos los factores de protección según el grado de moreno que vayamos cogiendo, en bikinis con pareo a juego de la cesta y el sombrero, en “kaftanes” y vestidos de noche, en pedicura, manicura, ‘micropeeling’, exfoliante corporal para adecuar la piel al sol, y en la factura del teléfono porque hay que llamar a todo el mundo a informarle de que te vas de vacaciones. Así que si estás un par de semanas a dieta no pasa nada; sobretodo porque para meterte en los “mini-shorts” tan ideales que te has comprado necesitas forzosamente perder una talla (básicamente porque estos eran los últimos que quedaban y te han costado un pastón).

Así que llegamos humildemente a nuestro lugar elegido para las vacaciones, cargando orgullosamente con casi una decena de ‘trapos’, zapatos, bañadores y demás complementos por estrenar, encendemos la tele mientras hacemos tiempo para que la humanidad española despierte de su siesta, y de entre esa humanidad vengan los ‘nuestros’ a recogernos para irnos a la playa, y nos encontramos con que hay gente que se ha gastado más que nosotros, que tiene, no dos semanas de vacaciones, sino por lo menos veinte meses, y que encima cada día estrena vestimenta distinta, que está de vacaciones en un lugar que se llama como el tuyo, pero que seguramente es otro porque a esa gente, esas fiestas, y esos sitios no los recuerdas así de monumentales… Así que directamente te dan ganas de meterle un par de puntapiés a cada maleta, meterte un atracón de anacardos del minibar mezclados con las mini botellas de ‘champange’, y echarte a dormir la siesta hasta que sea la hora de salir a cenar y emborracharte para que se te pase el disgusto…

Claro que siempre hay gente más lista que ahorra en ‘trapos’, gimnasios y tratamientos novedosos adelgazantes, y se va a playas nudistas donde si a alguien se le ocurre mirar indiscretamente a tu ‘muslamen’ con celulitis aberrante, siempre puedes desquitarte diciéndole que peor es lo suyo; que tiene un pene del tamaño de un garbanzo o que tiene el pecho que parece un higo a punto de madurar en pasa.

También siguen existiendo los mal afamados ‘domingueros’ de turno que se llevan la nevera a punto de reventar, se apean en cualquier ribazo a ras de carretera bajo las chicharras y el solano cantando los cerca de cuarenta grados de calor sofocante, y le abren la banqueta a la suegra todo orgullosos para que la mujer estire las piernas antes de almorzar los melocotones que minutos antes han sisado de alguna huerta que les pillaba de paso. A mí esta gente me pone de los nervios (por no decir otra cosa) en la misma cuantía en que son capaces de sacarme una sonrisa benévola y proyectarme cierta ternura. Ves al tío con el palillo en el hueco de la boca que pese a los ronquidos ni se le cae, con el sombrero de paja hecho trizas encima de la cara para taparse del sol, a la abuela con la tapa del ‘tupper ware’ abanicándose, a su señora con los pies dentro de la acequia porque cree que el agua esa que corre fría viene de algún manantial y es buena para los callos (de los pies, ¡se entiende!), al hijo pequeño al que los otros tres mayores no le hacen ni caso, y ya de paso nadie en esa familia (como si fuera “Maggie Simpson”), que está jugando con un pie en el arcén y otro en la carretera, a la mujer haciendo crucigramas y pegando gritos a los niños para avisarles de que como se suban a los árboles y se caigan, encima ‘van a cobrar’, tirando el papel “albal” de los bocadillos hecho bolitas a los coches, que pasan a todo gas por la carretera, mientras les grita que a ver si tienen un poco más de cuidado, que si por causa de la gravilla o algo vuelcan, se les van a echar encima…

A mi me hacen mucha gracia, la verdad, no entiendo que después de estar como poco una hora en carretera soportando a la suegra que no puede con el aire acondicionado, diciéndoles de subir el cristal, luego bajarlo, luego que se orina, luego que se ha mareado, y un sin fin de etcéteras; que no sean capaz de dar una pequeña vuelta para encontrar un lugar más confortable donde pasar el día que no sea ese a ras de arcén. Cuando regresas por la tarde del “Club”, resultan que siguen en el mismo sitio; el crío que como ya ha ‘cobrado’ lo suyo sigue en el árbol sin moverse de ahí tratando de llamar como puede la atención de alguien aún a riesgo despeñarse, la señora que está comiendo pipas como una poseída y tiene los tobillos en lo alto de una piedra para ver si se les descongelan y las durezas se le caen de una, la abuela que hace lo propio y tiene los pies metidos en la acequia esa de agua congelada con las medias de calceta y todo puestas; no vaya a ser que le pique a pies descalzos alguna medusa (si ella dice que ahí hay medusas, es que las hay, y con lo que le cuesta agacharse para meterse las medias, que se queda ‘enriñonaíta perdía’, cualquiera le quita la idea de la cabeza). El macho ibérico que tienen por patriarca del clan está con su camiseta de tirantes mostrando michelín cervecero, y navaja en mano, ‘trinca’ como puede una rodaja de chorizo y otra de pan, y así hasta que la suegra que se vuelve a orinar, le pide que le acompañe a ir detrás de algún matorral donde pueda aliviarse sin que nadie la vea que ella para esas cosas es muy mirada…

Las otras tardes, cuando bajaba del chalet en dirección a la gasolinera a ver si podía llenar de aire las ruedas traseras del coche que las veía muy desinfladas, me veo a una señora de éstas haciendo ‘autostop’, o al menos eso parecía, porque estaba parada a un lado de la carretera, quieta como una estatua, sin mostrar signos de accidente grave ni nada por el estilo… Deduje que algo quería, así que, como no vi más que a esa señora, cuya edad no podría ser menor de setenta años, pensé que no habría menor peligro en parar y averiguar si necesitaba algo. Paro el coche en un rellano del camino como a siete metros de donde está la señora, me bajo y me voy acercando hasta donde está, justo cuando la tengo a menos de medio metro le pregunto que si está bien o si necesita algo. La señora me mira con gesto de incredulidad y me dice: “¡Qué va!, yo estoy divinamente hija… ¡No vé qué fresquito má wueno hay cuando pazan lóh ‘coshe!. Zi yo ziempre ze lo digo ar Paco, mi yerno, que ‘eh mu tonto, ¡pero qué le vamo a haser!; él ‘eh azín de canzino, noh pone al otro lao de la fanega donde no corre ni una mijita de aire ni ná… Yo er día menoh penzao no vengo máh; ¡tóh lóh zantízimoh Domingoh ejque ‘eh iguá!; ojú!, ¡qué Cruz de hombre!. ¡Oye Niña!, ¿tú quiere un gazpashito fresquito que he traío mushízimo y me va a zobrá?”.

Total, tirado por tierra el mito de que los domingueros no tienen ni puñetera idea de buscarse un lugar con sombrita cerca de algún prado verdoso, con algún riachuelo cerca donde poder refrescarse y a ser posible alejados del mundanal ruido, me he dado cuenta de que la que no tiene ni idea soy yo; que una señora como aquella, toda una experta en el mundo de los ‘Dominguers’, me ha hecho ver la clave del asunto: a falta de enchufes donde apoltronar un ventilador, mejor en el ribazo de cualquier carretera dónde si no corre aire; los camiones lo mueven a su paso, así que cuanto más cerca se esté de ellos mucho mejor…

Cuando llegué a la gasolinera no sabía cómo llenar de aire las ruedas, o sea; si que sabía pero no la cantidad que debía echarle, así que le pregunto al gasolinero y lo único que saqué en claro es que ante la duda; que le echara al turismo que fuera “dos kilos de aire”. Total, que como yo llevaba el ‘todoterreno’ de mi abuelo tuve que deshacer lo andado, con menos gasolina y con menos aire en las ruedas, y encima me cayó una bronca, porque tras ir a otra gasolinera que me pillaba de camino y estaba cerrada, decidí volver a casa sin echarle aire a las ruedas…

También cuando llega el verano uno ha de tener en cuenta otras cosas aparte de los lugares dónde pasar las vacaciones y la ropa ideal que debes llevarte. Por ejemplo:

-No elegir un destino cualquiera sin cerciorarte antes de que vas a tener fácil acceso al mundo de Internet (que es un mundo virtual que corre paralelo al nuestro donde todo es posible y dónde uno puede ser un rubio nórdico, delgado y con un paquete de acciones solventes, o una diosa de ébano capaz de provocar un ataque de celos a la mismísima “Naomi Capbell”). Porque nunca se sabe si vamos a necesitar hacer una reserva de última hora o necesitamos encontrar a alguien después de haber perdido el móvil al tirarnos desde el catamarán en estado ebrio con él encima…

-No salir de casa sin asegurarte de que en el citado lugar no te vas a encontrar con algún/a ex indeseable, o con alguna antigua “amiga” de tu ex, o directamente con el/la ex de tu “amorcito”.

-Prohibido ir de vacaciones al mismo lugar donde veranea tu jefe a menos que quieras ligártelo, para lo cual la cosa cambia y tienes que fastidiarte e irte a cualquier otra cala cercana porque obviamente; si te ve en la playa cubierta de arena, con los pelos pringosos de la sal, con algún michelincillo caprichoso que se empeña en afearte el bikini, o te ve rechupeteándote los dedos después de haber merendado una bolsa grande de patatas fritas como una ‘cerda poseída’, igual le entra la vena de despedirte, o lo más seguro es que ya no vuelva a mirar con deseo tu estudiado cruce de piernas a lo “Sharon Stone” en las reuniones y tengas que impresionarlo con argumentos de verdad. Así que tienes que conformarte con levantarte antes, irte más lejos, y que sólo te vea por las noches cuando estás divina de morir tras una sesión de dos horas de “protocolo femenino-social”. En los demás casos lo mejor es cerciorarte de que no veranea en el mismo sitio para no amargarte las vacaciones. Que lo mismo te lo encuentras en el descansillo del hotel con la mujer, y a ver qué cara le pones tú cuando te la presente después de saber que en horas menos estivales se ‘ventila’ a la de la fotocopiadora. Que te lo puedes encontrar embutido en un ‘neopreno’, tratando de atrapar tiempo de juventud con la misma ansia con la que se aferra a la cometa de ‘kite’, y no puedes contener la risa de lo penosa que te resulta la escena.

-Tampoco se puede ir uno de vacaciones así como así en los siguientes casos:

1- Si estás soltero debes hacerte acopio de tu lista de “amiguitas” de la zona y cerciorarte bien de a qué locales van. Porque alguna vez ya ha pasado que estás dos días detrás de grupo de rusas despampanantes cuyas piernas, que les llegan hasta el cuello, dan dos vueltas y aún sobran, y cuando por fin acceden a quedar y precisamente a la que más ojitos le echas acude sola, vas tú todo triunfal y te das de bruces con la “amiguita” a la que días previos a las “vacances” has atiborrado de mensajes dándole habida cuenta de lo muchísimo que te gustaría poder quedar a solas con ella, etcétera, etcétera (los tíos ya sabéis de qué va el asunto)… Total, que acabas más sólo que la una, uniéndote al tío más penoso del lugar que anda tan ‘tirao’ como tú, y ellas, que ya se han hecho amigas, han levantado un cerco alrededor suyo y de sus otras quince amigas tan “buenorras” como ellas, y te miran a la vez con caras de querer matarte.

2- Si estás comprometido y en plan ‘tranqui’ pásatelo bien y apaga el móvil, porque seguro que tienes a la ‘parienta’ todo el rato llamándote a ver si te van bien las cosas, recordándote que como “hagas algo” ya te puedes largar con otra, y tú, que no pensabas hacer nada, te dan ganas hasta de llamar a la primera ex ‘fulana’ que aún ‘ranquea’ en tu móvil y proponerle una cita lujuriosa para que tu novia te amenace, pero esta vez con razón…

3- Si estás en la situación anterior pero con ganas de ‘jarana’, acuérdate de salir de casa con dos móviles: Uno, que es el que siempre debes llevar encima atado con una cuerda y siete candados para que no se te caiga ni lo dejes tirado por algún sitio de borrachera (donde has introducido pacientemente todos los teléfonos de las ‘chatis’ que interesan). En el dos: únicamente anota el teléfono de tu “parienta” (para que no puedas llegar a enviarle mensajes confusos de esos que tú no ‘cazas’, pero que ella capta al vuelo desde la primera palabra), y ese déjalo siempre en la mesita de noche, y como un ritual, le mandas su mensajito mañanero, el de la siesta, y el de la noche, que es el que menos falla de todos: “Hola Cielo, stoy matao, éstos me han tenido toda la tarde haciendo surf y stoy roto, m meto ya en la cama. Pienso en ti, m gustaría q stuvieras aki conmigo. T imagino y m pongo malo. Mña m levanto pronto xa correr un poco, cuando regrese te pego toke xa no despertarte antes. T kiero, mi bomboncito sexy…” (aquí cualquier apelativo cursi que se te ocurra va bien), y entonces cierras el móvil, abres la caja fuerte para cogerte el reloj y las tarjetas, te echas perfume, y sales a toda prisa colgándote del cuello el otro teléfono que es más resultón…

4- Si eres chica esos últimos consejos anteriores ya sabemos que no sirven, pero lo que está clarísimo es que no puedes salir de vacaciones sin asegurarte que los amigos de tus amigos son tan increíbles como te han contado, porque ya que renuncias a algún rollete veraniego -de esos que siempre dan un poco de pereza pero que te prometen unas semanas ‘deluxe’ en algún yate mojado por el Mar Adriático- al menos que sea porque la cosa promete. Así que antes de salir busca alguna excusa como la que solía hacer una amiga mía (ahora casada y con un retoño), que era la de llamar al ‘Mengano’ amigo suyo y decirle que tenía que enviarle fotos de sus amigos para la clásica fiesta sorpresa de parejitas a las que ella era muy asidua. Así pues, su amigo le mandaba todo feliz las fotos de sus amigos (obviamente sin contar con ellos porque formaba parte de la pretendida “falsa” sorpresa), que son esas fotos que se hacen los colegas entre ellos y no las que se eligen con el perfil adecuado, y nada más recibirlas, nos enviaba un mensaje tal que así: “Cambio de planes chicas, estos tíos son penosos y a mis amigos los tengo ya muy vistos… Si no sugerís nada interesante yo me voy a Menorca que los Italianos para un apuro nunca fallan… Después quedo con Andrés y nos vamos a pasar con él unos días. No dejarme tirada que yo sola con éste no me voy ni loca… Besitos”.

Total, que el verano tiene una multitud de cosas maravillosas, pero también están esas otras cosas que te castigan a no bajar la guardia ni un segundo. Yo siempre pienso que estar todo un invierno embutido en tu jornada laboral pensando en el momento de dar carpetazo a todo y largarte de vacaciones es trabajar sin fundamento; porque nos volvemos muy poco productivos. Así que propondría el plan contrario: exigir el derecho a estar un mes entero trabajando, ocho meses a programar un verano como debe ser; incluyendo el echar la solicitud a ZP para que nos dé lo que nos corresponda de los cuatrocientos euros, el ir al paro porque estar tanto mes sin cobrar es algo que no tiene mucho fuste, apuntarnos a un centro de gimnasia pasiva -que estar dos horas diarias en el ‘gym’ da una pereza de morir-, incluir planes para salvar el mundo que sólo se cuecen en los locales de moda de la ciudad y no logran jamás salir de ahí (son como el hielo; reconforta el tener los cubitos para enfriar la bebida, pero una vez que ésta se agota; se tiran los hielos medio derretidos sin más miramientos). Hacer dieta más de dos semanas, a lo sumo cinco, o volver a echar más solicitudes para que nos alcance el dinero y nos paguemos la ‘lipo’ que es una solución menos dolorosa y más eficiente. Y ya vislumbras allá por Mayo el verano como debe ser: haciendo boca con la Feria de Jerez, la de Sevilla, el Rocío… y te pones en mitad de junio desestresada, fresca como una rosa, dispuesta a lucir tus modelitos, y te recuestas en septiembre bajo el paraguas de las lluvias recónditas maldiciendo tu suerte porque en octubre has de volver ‘al tajo’.

Paciencia queridos míos, que a este paso socio-político, esto, más que una teoría se hará una obligada realidad, y antes que nos demos cuenta estaremos más de uno como esos sabios “domingueros”; abanicándonos con el “tupper-ware”, al lado de cualquier ribazo, y rezando porque los capataces de alguna finca de frutales se vayan a echarse la siesta y podamos entrar a arramblar con todo lo que veamos…

Besazo Grande,

Rocío Medina

P.D.: ¿Alguien sabe cuánto aire tengo que echarle a las ruedas de un ‘todoterreno’?.

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7 Septiembre 2008

EL VERANO

Querid@s Tod@s:

Estamos en verano, la gente guapa se adueña del sol y lo funde con cremas irisadas en torno al bronceado. Los foulares salen a cubrir los hombros perfumados en multitud de tonos, vestidos cortos, estilosas bailarinas en afluencia de colores alegres, mini caftanes y maxiblusones puestos con un cinturón y unas buenas sandalias. Los niños se ponen polos de colores palo, camisas blancas de algodón, los mocasines, las zapatillas de esparto… Pieles morenas y sonrisas blanqueadas, miradas clandestinas detrás de las hojas de palmera que adornan los locales estivales nocturnos, recogidos apurados que mendigan besos furtivos detrás del sudor y las copas…

El verano es ese amor taciturno que se esconde tras los mensajes que funden el cantar del gallo con el ‘politono’ resultón de moda adolescente. Es ese olor sabroso y comestible de las cremas protectoras, las boqueras del ‘dominguero’ que reparte la sandía entre su boca y su pectoral blanquinoso y peludo, los sudores que armonizan bajo la sombrilla los ronquidos severos del obrero que descansa las tres de la tarde con la fresquera, adornando su camiseta de tirantes de miguitas del pan del almuerzo, frente a la playa. El verano es esa nube roja que se detiene a ver la resaca del mar al atardecer y que cubre de pajitos al campo.

A mi me encanta el verano porque es como una primavera sin alergias, y con licencia para hacer “topless” y tomar mojitos casi a cualquier hora. Me encanta porque la gente sonríe más ante la perspectiva de un descanso bajo las chicharras de la sierra o sobre la tumbona que deja caer arena de los pies a la arena de la playa. La piel caliente y bronceada que se derrite al sol del medio día…

Siempre que pienso en el verano me lo imagino como un lago inmenso de agua cristalina cubierto de palmeras y pinos, y con un suelo verdoso de césped húmedo. Y veo las piedras de “Hansel y Gretel” hechas de piedras blancas pulidas de cantos rodados que bordean un camino de hamacas blancas de madera de teca, con mesas adornadas de jarras de hielo con hierbabuena y limón.

Mis veranos siempre comienzan en Sábado, a eso de las siete de la mañana, que es cuando mi padre, que tiene más paciencia, nos despierta remolones para tomar el desayuno y coger los bártulos para llevarnos a pintar. Mis mañanas de verano comienzan pintando barcas de pescadores mientras hacemos círculos imprecisos en la arena con nuestros pies descalzos, protestando continuamente por el fuerte olor a pescado crudo que desprenden aquellas redes que cosen y remiendan aquellos señores de piel curtida.

Mis veranos tienen color picota madura y huelen a eucalipto seco. Y se esconden en un lugar repleto de dunas de arena caliente o muy fría según se vaya posando el sol, entre pinos, bananos y palmeras. Con el griterío lejano de la gente que se queda de sobremesa en el jardín, o los ronquidos de las siestas. Miro de reojo al verano escondida entre una sábana vieja de algodón que me tapa hasta la cabeza mientras me balanceo en la hamaca a ver si me duermo de una vez por todas; pero nunca funciona, así que me conformo con escuchar el relincho lejano de los caballos cuando se acercan los perros muertos de sed. Y los campos de golf que amontonan ‘buggies’ chulos a los que mi padre jamás me deja subirme.

Los veranos son estancias maravillosas que se guardan en el recuerdo y en el anhelo de esas semanas que deseamos tener. Los pintamos con cielos azules y playas cálidas color turquesa, grandes barcos que despliegan velas impresionistas allá donde se funde el mar con el cielo, lujosos yates que aglutinan bebidas frías y pareos, y grandes llanuras a pie de montaña donde descansa un lago dormido. Son amores atrapados en los diarios de hace muchos años que deseamos reencontrar, flirteos inocentes que se mezclan con el ruido seco de las pelotas que impactan con las palas a ras de agua. Pero sobretodo; decir verano es hacer un canto al optimismo.

Al verano me encanta mirarlo desde el ángulo exacto entre la higuera y los olivos del primer jardín, porque al anochecer sólo se ve la luz de la luna y la de aquel inmenso castillo que a lo lejos se ilumina en tonos amarillentos. Es como si el tiempo no hubiese jamás escapado de aquel lugar y los higos fueran, un año tras otro, los mismos que salen a respirar verano después de las brevas. Las ranas y lagartijas que se hacinan en la charca posterior a la piscina resbalan de mano en mano croando muy enfadadas, y los nenúfares de “Monet” abandonan su historia de arte pedigüeño y salen esplendorosas al vaivén de aquel charco cubierto de moho y humus.

Los veranos son vestidos cortos de noche con sandalias de tacón y largos vestidos de algodón, blancos a ser posible, sin zapatos. También son camisas habaneras, camisolas de hilo de cuello ‘tao’, y mocasines o náuticos a pie de espetos con una gran jarra de vino rellena de melocotones fríos.

En verano es tiempo de pintar cuadros de colores alegres, de escuchar violines de orquesta de “Vivaldi”, y de tirar por el lavadero el “Lambrusco” y pasarse directamente al “Manzanilla” con un plato cubierto de aceitunas verdes aliñadas, mientras esperas que pase la mañana para ir después a los toros.

Eso es una manía muy mía; siempre asocio los toros y las corridas de toros con el verano. Me imagino a “Morante de la Puebla” en su finca, repartiendo vino fino en su picadero y platos de ‘jabugo’ antes de sacar al tentadero a un torito bonachón que brinda a sus amigos. Y también me veo compartiendo barrera con mi padre a un lado y con una señora peinada con moño, flor en el pelo, vestida de meretriz, y llorando a moco tendido cuando su torero de escarceos no muy ortodoxos sale por “la puerta grande” con dos orejas y el rabo.

Este verano está siendo un poco raro, hay poca gente en general en todas partes y la que hay es básicamente aquella que siempre sobra. Las mañanas son más silenciosas y madrugo más para ver desde el balcón de mi dormitorio a los deportistas haciendo ‘jogging’ a la vera del mar.

Esta mañana me despierta mi amigo Nicolas, un francés multicultural de pro que me envía este mensaje: “Hello querida! Am back from Fuijeirah we’ve been flying Cessna all day… Tomorrow Egypt!. Please come to 26-Aug 2-Sep to find me!! Very Relax…” Y claro, yo lo primero que hago es mirar el despertador y cabrearme lo suyo porque ayer estuve de cena hasta las 3:30 de la madrugada, eran oficialmente las 6:30 a.m. en horario español, y a esas horas yo no concibo que me despierten a menos que sea una cosa grave como que han saboteado las mejores zapaterías del mundo y algún o alguna indeseable se ha hecho con semejante botín por la cara sin haber contado conmigo previamente, o bien; que algún amigo y/o familiar solidario me quiera avisar de que en menos de dos horas vendrán mis tíos con el cargamento de críos a que se los cuiden porque se van a jugar al golf; para que me de tiempo a lavarme los dientes, echarme crema protectora, y coger las llaves del coche para salir pitando huyendo de la quema…

Así que ya no pude dormir más… Me levanté, y aún la asistenta no había hecho la compra, así que me conformé con tomarme unas galletas bañadas en coco y salir al jardín a ojear las revistas de decoración que había comprado hacía un par de días… Pensé que estaría bien irme con Nicolas, que tiene amigos por todo el mundo y siempre es una risa quedar con él porque todo es prácticamente improvisado… Pienso en enviarle un mensaje para informarle de que tal vez sea lo mejor que pueda hacer y pasar de ir a Jerez y a Marbella, pero decido devolverle la broma y esperar a enviarle el mensaje a las cinco de la mañana para que se fastidie por haberme despertado.

Papá desde el accidente está de mejor humor; ¡qué cosa más curiosa!, ¿no?... Yo creo que es porque la gente que le conoce le inunda de regalos y a estas alturas ha recibido tanta cantidad de puros que podría hacer una casa de “Cohibas” con ellos. Está silbando a todas horas y no para de pintar (obligándome a mí a hacer lo mismo como cuando era pequeña). Se coge sus muletas para no apoyar su pierna enyesada, y ahí que estoy yo con el sombrero de paja incrustado a ras de ceja (me lo suele encajar él porque siempre se me olvida y es la excusa que le pongo para poder regresar antes), con los caballetes portátiles, las poltronas de plástico con las toallas para cubrirlas, la sombrilla para taparnos del sol chicharrero… y así; como una mula de carga, me veo abriéndole el coche para que una vez que mi padre se ha subido, me empiece a increpar con su tono optimista que a ver si me doy un poco más de prisa o nos vamos a quedar sin paisaje que pintar… GRRRRRRRR!!!!!!!!!!

Mi padre es un padre simpático, generoso, de palabra ágil, fuerte vozarrón, y de un “charm” especial que le hace estar siempre rodeado de gente que le mima, le admira, le cuida y le adora… Yo quiero ser como él (en otra vida, ¡claro está!; porque en ésta sería un incordio tener sus años y haber vivido la mitad de la mitad de lo que ha vivido y aprendido él, o sea, ¡que ya llego tarde!), porque ser un hombre es un gran inconveniente en este momento en el que mis planes futuros se acercan más a tener un enorme vestidor de 10 x 10 metros, y una larga lista de playas exóticas a las que ir luciendo pareos y trikinis sin nada más por lo que preocuparme que no sea por comer bandejas repletas de todo tipo de frutas de texturas extrañas y desconocidas, y saber si me estoy echando o no la crema adecuada en cada momento del día rodeada de amigos.

Total, que mi padre se asoma por el balcón de su dormitorio y me dice: “¡Pequeñaaaa!, ¡Buenos días, Cariño!... ¿Nos vamos a pintar? (aquí no me da tiempo más que girar el cuello, levantar la mano y decir: “¡Buenos días, Papá!”) Venga, ¡coge las cosas mientras desayuno!”. Así que con las prisas se me ha olvidado el “Aután”, y como en Huelva los mosquitos ya nacen asesinos en serie a los que no les importa la hora del día que sea para fastidiarte, pues he venido llena de picaduras y con el pelo lleno de mechas verdes hechas al óleo (en un ataque mío desesperado porque no me picara una avispa, se me ha caído el sombrero y yo he aterrizado con la cabeza sobre el caballete). Mi padre, que ya os he dicho que ahora todo lo ve color verde campo (el de la esperanza, el del optimismo, el del buen humor y el del tiempo libre…) me dice: “Cariño,¡jajajaja! (esta risa me molestó mucho) ¡qué guapa estás!... ¡No importa!, ahora después te ayudo a quitártelo con el aguarrás, que éste es otro que huele a limón y así no parece que te has bañado en disolvente, ¡jajajaja! (esta risa me fastidió más que la anterior y echó por tierra la poca fe que tenía de pasar un día tranquilo y sin sofocos). El día no presagia nada bueno…

13:30 p.m. Papá está cansado de pintar (yo creo que le llega el olor del aperitivo y está deseando zafarse de aquí como sea, justo ahora que por fin he logrado que la montaña parezca una montaña y no saco de tierra desparramado por el horizonte de mi cuadro), me dice que lo mejor sería que nos fuéramos yendo a casa porque en breve el calorazo va a derretir las pinturas. No le hago la contraria, y se sienta bajo la sombrilla con su pierna tiesa y sus gafas de sol mientras yo limpio los pinceles, recojo las paletas con las briznas de óleo de tonos tierra expuestas en escalera, los trapos de lino llenos de aceite, los cartones bajo nuestros pies, pliego la sombrilla, mi tumbona, le ayudo a levantarse, le alargo sus muletas, cierro también su butacón, lo meto todo en el maletero, y me pongo furiosa al verme en el espejo del retrovisor las mechas verdes sapo.

Papá está cantando todo el camino por bulerías, sigue el ritmo dando golpes contra su escayola marcando el compás, y yo que pintar pinto poco y cantar aún menos y peor, intento sacar el tonillo adecuado pero mi progenitor me mira sonriente y con cara de: “Es mi niña, ¡pobre!, canta fatal pero al menos lo intenta…” así que me callo en seco y prefiero que sea él el que continúe hasta que llegamos a casa.

Al primero que veo es a mi primo Antonio, con los patines de su hermana Ana (él usa un 34 de pie y Ana un 37), pero a él eso no le importa y se los ha rellenado con 3 calcetines que a saber de qué habitación los ha cogido. “¡Primaaaaaa!, ¡mírame!... ¿Ves como soy mayor?. Ahora que sé patinar en línea puedo ser el amo del mundo porque llego antes que nadie a los sitios. ¡Prima!, ¡Prima!, ¡Rocíooooooooo!, como sigas siendo así de mala y no me hagas caso te piso con los patines para que te escayolen a ti también!”. Mi primo Antonio es un energúmeno, anda todo el rato diciéndole a mi hermana que es una falsa dentista porque no se ha dado cuenta de que ya se le han caído cuatro dientes, y que los colmillos a él no le salen, y que él quiere que le salgan pronto para ver si son con mucho pico como los del “Conde Drácula”. ¡Nos tiene fritos!. Mi abuelo ayer le dejó una corbata porque se empeñó en que quería aprender a hacer el nudo, y después de estar media hora enseñándole y que no le saliera, se enfadó y agarró la corbata y la tiró directamente a la piscina. Después, a la hora del baño se puso sus gafas de buceo y la sacó, y nos explicó a todos que para ser un mafioso tenía que saber hacerse los nudos de las corbatas e ir vestido de viejo (con traje y chaqueta), porque los que no visten así son pobres muy pobres, y los que visten “de viejo” como el abuelo, es que tienen mucho dinero; como los mafiosos… Así que después de bañarse, ató la corbata a un árbol, y se pasó toda la tarde con la cabeza agachada mirando al árbol y dejando la susodicha corbata hecha un trapo de tanto nudo como le hizo…

Después del almuerzo se ha subido como los demás peques a dormir la siesta, pero al cabo de diez minutos ha bajado con el cepillo de dientes en la boca diciendo que como se le había olvidado lavarse los dientes no se había podido quedar durmiendo, así que se sube encima de mi para que le acune y le cuente algún ‘cuento secreto’ (cuento inventado que cada vez tiene un final distinto o un argumento diferente), y se queda dormido encima de mi. Le cojo en brazos y lo tumbo en un sofá del porche, y entonces abre un ojo y me dice: “Prima, ¿es que te crees que soy tonto?. Yo quiero dormir contigo, si me acuestas aquí me despierto…”. Me siento en el sofá y él apoya la cabeza en un cojín puesto en mis rodillas y así aguanta media hora a duermevela hasta que definitivamente me dice que le ayude con los calcetines que tiene que practicar con los patines y después con la corbata. Finalmente acaba dentro de la piscina con los patines dentro del agua y sin poder salir porque le pesan tanto que no puede levantar los pies… Y finalmente acabo yo mojada perdida, con un moratón increíble en el empeine del pie porque no para de pisarme todo agobiado al no poder subir por las escaleras con esa cosa con ruedas…

Pese a todo tengo una familia divertida y sin mayores problemas, tengo un montón de primos de todas las edades que cuando no te dan la lata por una cosa, te la dan por otra. Tengo un montón de tíos y amigos de mis padres que también considero tíos porque desde pequeña siempre han estado por casa y se les ha considerado y llamado así: Tío Fulano, Tío Mengano, etcétera, etcétera… y que son un gran alivio cuando estoy sola en casa y no sé a quién llama mi padre para traerle el camión de leña, o cuando se ha roto en pleno invierno la tubería del agua, o cuando no funciona la calefacción, o cuando mi abuela se empeña en conducir (porque dice que a sus años, aunque ya no le hayan querido renovar el carnet, ya no la pueden meter en la cárcel), les llamo y son ellos los que median entre mi abuela y el coche, o los que localizan al fontanero, al electricista, o los que me traen gasolina cuando el coche me ha dejado tirada por algún camino de Dios… Esos Tíos son los mejores; están cuando tienen que estar y el resto del tiempo no andan molestando únicamente por el hecho de que pueden hacerlo al correr por nuestras venas la misma sangre.

A mi Tía Lola hoy le ha dado un ‘patatús’ justo después de que los niños merendasen y se acicalaran para salir a darse una vuelta, ella dice que el calor le da sofocos pese a no estar en edad menopaúsica, y se ha puesto muy aspaventosa meneando el abanico y suplicando sus minutos de tranquilidad para que nos lleváramos el resto a sus niños y a los otros a darles una vuelta. Yo creo que lo ha hecho con maldad, para que mis primos mayores y yo nos quedáramos con sus cuatro infernales niños y así quedarse ella a sus anchas respirando tranquilidad y silencio…

Total, que nos repartimos a los once niños que había esta mañana en casa. Mi primo Germán y yo nos hemos llevado a Antonio, su hermana Ana (que es una monada de niña de 11 años que cuida siempre de él), a Blanca y a Bertina. Mis Tíos ‘verdaderos’ se han llevado a Berenice, a Marta (hermana de Antonio y Ana) y a Bruno (los niños cuyos nombres empiezan por B son los hijos de mi tía la del “síncope falso”, que aseguraba que quería hijos que compartieran las mismas iniciales en nombre y apellidos: B. G.deB. M. ¡Cuánta tontería junta llevan mis genes!). Mis abuelos con mi padre y sus muletas llevan al resto que son más mayores y menos propensos a provocarles un infarto: Sara, Sofía, Clara y Manuel.

Germán y yo nos llevamos a “nuestros” niños a un pueblo de aquí cerca que está en fiestas, y allí los dejamos subirse sin descanso a todo tipo de “cacharritos” de la feria haciéndoles ir cogidos de la mano de dos en dos, y cada uno vigilando al otro para que al menos no se pierdan. Yo cruzaba los dedos porque se cansaran pronto y pudiera tener al menos diez minutos libres para que me diera tiempo a irme a la zona del mercadillo donde están los “hippies” (o sea; donde ponen todo tipo de cosas horteras que se repiten en cada mercadillo, de cada pueblo, y de cada feria; donde siempre se pregunta los precios de todo y acabas comprando a lo sumo un ‘foulard’ que únicamente te llevas a la playa para que te tape la cabeza del sol). Total, que como no se cansan y cuando mismo bajan de la susodicha atracción se ponen pesados para repetir, ya me veo en la obligación de ir al tío de la caseta y suplicarle hasta con lágrimas en los ojos que me de un descanso; le doy un billete de veinte euros y le ruego que: _“¡Por Dios!, No pare usted la atracción hasta asegurarse de que aquellos cuatro que se están tirando de los pelos acaban mareados, o sea; le estoy dando veinte euros para que esté diez minutos enteritos subiendo y bajando al ‘canguro’ ese sin parar”. Germán me dice que me vaya tranquila que ya se queda él, y justo cuando estoy preguntando en el segundo puestecillo por el precio de unos pendientes, ¡justo entonces!… “¡Prima!, ¡ya te querías deshacer de nosotros!, ¿eh?” (esto lo dice Antonio con gesto displicente después de haberme dado un puñetazo en el culo). “Nosotros también queremos comprar cosas, yo tengo cinco euros que le pedí al Tío Cosme hoy, si tú me compras lo que yo quiero después te doy un par de euros” (lo dice todo digno, el mocoso, mientras yo siento la vena que va del cuello al cerebro a punto de explotar, y busco con los ojos a Germán, que está en un segundo plano, para fulminarlo). Germán me dice que nada más irme, como los niños aún no habían subido a la atracción, que estaban haciendo cola, al verme, salieron pitando detrás de mi, él les dio alcance, pero por más que insistía en que yo sólo iba al baño, se empecinaron en seguirme desdeñosos a ver si era verdad o no…

Cuando pasé de nuevo por la caseta del feriante me dieron ganas de ir a reclamarle los veinte euros, pero la idea se me quitó pronto de la cabeza al ver a Bertina y Blanca (Ana que es lo más mono del mundo llevaba fuertemente aferrado a su hermano de la mano ante mi promesa de que le compraría al día siguiente una bolsa auténtica de “Hello Kitty” para irse a la playa) que echaban a correr para montarse en “los coches de choque”.

A la hora de la cena no había quien los recogiera y los pudiera meter en el coche, Bertina y Antonio, los más pequeños (tienen la misma edad) lloraban a moco tendido porque aún no habían repetido en una atracción, Ana protestaba porque a ella nadie le hacía caso y estábamos más pendientes de su hermano y de las primas que de ella (con toda la razón, la pobre…) y Blanca se empeñaba en que un chino le hiciera un tatuaje de “henna” con una mariposa…

Dentro del coche Antonio se quedó dormido. Cuando llegamos se puso a llorar porque al despertarse se dio cuenta de que los otros no habían llegado aún, y él ya estaba dentro de casa, así que la tomó con Germán que le había llevado en brazos hasta el sofá donde se despertó. Y las niñas se aunaron a su causa pidiéndonos que llamáramos a los Tíos para que vinieran pronto.

Total, son las doce y media de la noche y ya están acostados. Abajo el murmullo de “los mayores” resuena en palabras indescifrables mezcladas con risotadas, yo tengo picores por todo el cuerpo y me duele el pie como nunca por causa de ese moratón “in crescendo” que me hizo Antonio con sus patines pasados por agua…

Deseo volver a ese verano lleno de tranquilidad y de espuma, de flamenco suave y lejano, de paisajes bellos bañados por el mar, y de siestas reparadoras ajenas a los mosquitos y al pestazo del “Aután”…

Besazo Grande,

Rocío Medina

P.D.: No veo llegar el momento en que suene mi despertador a las 5:00 a.m. para enviarle el mensaje a mi amigo Nicolas y decirle que me espere para ya mismo…

P.D.1: ¿Qué tal está yendo vuestro verano?.

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- "The Secret of Health for both mind and body is not to mourn for the past, worry about the future, or anticipate troubles, but to Live in the Present moment wisely and earnestly". Buddha. - "Todos tomamos distintos caminos en la vida, pero no importa a dónde vayamos, tomamos un poco de cada quien", Tim McGraw

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